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sábado, 9 de mayo de 2020

Los caminos del señor son inescrutables


No debo tener miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí, y cuando haya pasado giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo”

Frank Herbert, "Dune".




Las tasas de mortalidad por coronavirus en diversos países están siendo, por ahora y pese al baile de cifras, extrañamente bajas en comparación con otros países más ricos dotados de sistemas de salud pública teóricamente mucho mejores. La razón simplemente no está clara y quizás se puede relacionar con el diferente grado de integración global de sus economías, con pautas sociales, motivos culturales, una combinación de todos los factores anteriores sumados a alguna otra cosa, o vaya usted a saber. Pero, claro, ese vaya usted a saber es algo que a mi, como analista social aficionado, me resulta fascinante.

El caso es que durante las últimas semanas mis amigos en España me han expliado historias increíbles sobre cómo la gente se pasaba a lo mejor una hora desinfectando la ropa y los productos del supermercado después de hacer la compra. Y más cosas así. Todo ello por miedo a contagiarse del coronavirus.

Pues bien, con eso en mente os voy a contar una anécdota que me parece curiosa.

domingo, 17 de enero de 2016

Lárgame un cilindrín fotero


When the legend becomes fact, print the legend.

("El hombre que mató a Liberty Valance")





Hoy voy a contaros una anécdota sobre imágenes de esas que ilustran eventos históricos en los manuales escolares y con el tiempo quedan fijas en nuestro subconsciente. Para ello vamos a viajar a los años de la II Guerra Mundial -un periodo especialmente rico en sucesos- y vamos a concentrarnos en las que son quizás las dos instantáneas más famosas de la época. Por un lado la fotografía de los marines estadounidenses plantando una bandera en la cima del monte Suribachi en la isla de Iwo Jima y, por otro, la foto de los soldados rusos izando una bandera sobre el Reichstag. La historia de ambas instantáneas pienso que es más o menos bastante conocida, al menos a grandes rasgos, pero en cambio pocas veces la he visto explicada en detalle y usando imágenes de buena calidad para ilustrar el asunto. Así que procedo con ello.  

martes, 24 de noviembre de 2015

Peredvizhniki: los vagabundos contra el sistema


El problema de prometer a la gente una recompensa en el cielo es que luego aceptan sentarse sobre sus culos aquí en la Tierra, tragando mierda y limitándose a esperar que les broten las alas muy pronto.

The Man in the High Castle” episodio séptimo de la segunda temporada.






En la segunda mitad del s. XIX el arte ruso en particular, y Rusia en general, afrontaron la paradoja de manifestar un profundo conservadurismo en su cúspide institucional (emparentado con el estancamiento social y político que vivía el país) a la vez que en su seno periódicamente surgían figuras individuales o movimientos completos caracterizados por su compromiso social, su brillantez y/o su vocación de ir a contracorriente. Fue la época en que reinó una arquitectura de tinte historicista obsesionada con el revival de formas grandilocuentes propias del momento de esplendor del arte bizantino, mientras la literatura rusa alcanzaba su apogeo retratando de forma descarnada la tragedia de la vida humana y las miserias de la sociedad rusa del momento. Universidades y academias rebosaban de eruditos decrépitos a la vez que, pese a todo, el país producía genios como Dmitri Mendeleyev. La política oficial estaba completamente dominada por ideas autocráticas y reaccionarias, pero -seguramente debido a ello- en ese contexto surgió una amalgama de teóricos de la anarquía y la revolución llamados a cambiar el mundo. 

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Ermakov en la Cólquida




Hoy voy a hablar de un fotógrafo que, aunque también viajó por Persia, no obstante desarrolló el grueso de su trabajo un poco más al Norte, concretamente documentando la fascinante variedad etnográfica del Cáucaso. 

Me refiero a Dmitri Ivanovich Ermakov (1846-1916), nacido en Tbilisi, la actual capital de Georgia, hijo de un arquitecto italiano y una georgiana de ancestros austríacos. Cuando él aún era muy joven su madre contrajo un segundo matrimonio con un ciudadano ruso del que tomó el apellido, lo cual además le abrió al joven Dmitri el camino para formarse como topógrafo militar en una Academia militar zarista. Durante dichos estudios empezó a familiarizarse con la fotografía y así poco después de licenciarse, en los años 70, abrió un estudio fotográfico con base precisamente en Tbilisi. 

Curiosamente, pese a que la región por entonces -más o menos igual que ahora- se encontraba bastante atrasada socioeconómicamente, aun así contaba con diversos estudios de fotografía, como el abierto por un tal Alexander Roinashvili algunos años antes. De esa forma se formó allí un pionero grupo de fotógrafos georgianos que iban a mostrarse muy activos realizando “expediciones” por las regiones próximas controladas por el Imperio zarista, o incluso por zonas del Imperio otomano, así como Persia, siempre a la caza de las mejores y más pintorescas instantáneas de una zona del planeta donde lo pintoresco nunca ha dejado de abundar. Pensad que hablamos de un territorio donde por entonces aún pervivían los nómadas, los bandidos de montaña y una cierta mentalidad tribal, todo ello en paralelo a la existencia de importantes núcleos urbanos y vías de comunicación de corte moderno. 

domingo, 11 de octubre de 2015

El regreso de Sergei





Hoy os traigo otra galería de fotos en color de la Rusia de comienzos del s. XX tomadas por nuestro viejo amigo Sergei (prometo que será la última). Ya incluí fotos suyas en varias entradas previas del blog, aunque hoy voy a dedicar exclusivamente la entrada a su material. Por tanto no voy a mezclarlo con el de otros fotógrafos ni con imágenes de otros países, como hice en anteriores ocasiones. Eso sí, al final de la recopilación voy a incluir dos o tres imágenes en blanco y negro de la época, tomadas por otros, para recordarnos que no todo era tan bonito y folklórico en esa Rusia de postal que Sergei se dedicó a inmortalizar.

No obstante el valor de su obra es grande, pese a dicho sesgo, ya que nos permite apreciar muy bien la fisonomía urbana o las características arquitectónicas de muchas ciudades y construcciones del período, las cuales sufrieron luego amplias destrucciones durante la Guerra Civil rusa o debido a los avances alemanes hacia el interior del país en el transcurso de las Guerras Mundiales, particularmente la Segunda. Además su trabajo posibilita dar un vistazo de gran calidad a zonas como el Cáucaso o Turquestán, de las que de otra forma no se dispondría prácticamente de material fotográfico para aquellas fechas.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Si me queréis, ¡irse¡


¿Alguna vez viste un desastre más espléndido?

Anthony Quinn en “Zorba el griego”

        


                       



Supongo que a estas alturas todo el mundo lo sabe pero lo comentaré igualmente. Los lemmings, esos simpáticos roedores nórdicos protagonistas de una adictiva serie de videojuegos, no se suicidan en masa. Nunca lo han hecho. Esa falsa creencia procede de un tramposo documental de 1958 producido por la casa Disney llamado White Wilderness y cuyas peripecias de rodaje seguramente podréis encontrar en la web. 


                                       


En realidad el animal conocido con mayor tendencia a desarrollar pautas de comportamiento contraproducentes y estúpidas, en cierta forma parecidas a las que falsamente hemos atribuido a los lemmings, es precisamente el más inteligente de todos: el ser humano. En ese sentido se podría redactar un artículo completo recopilando, por ejemplo, desastres relacionados con estampidas humanas masivas en conciertos de música o celebraciones deportivas (desde la Tragedia del Estado Nacional del Perú, hasta las celebérrimas catástrofes de Heysel y Hillsborough). De hecho las catástrofes colectivas de este tipo podrían remontarse mucho más atrás en el tiempo, hasta la época de los primeros anfiteatros romanos, construidos en madera; a los altercados entre verdes y azules en el hipódromo de Constantinopla ya en época justinianea; o a las barbaridades que tal vez ocurrieron -aunque no dejasen rastro documental- en época medieval durante momentos de catarsis religiosa colectiva.

Sin embargo una de las primeras referencias precisas a este tipo de fenómenos la tenemos en fecha tan tardía como el s. XVIII cuando una crónica de época nos informa que durante la representación de una obra de Beaumarchais murieron tres personas aplastadas debido a una avalancha espontánea entre un sector de los espectadores. Eran tiempos en los que se producían abundantes altercados en representaciones teatrales o musicales debido a la beligerancia del público (parte del cual a veces era comprado para asegurar el éxito de la obra con sus vítores, o bien para todo lo contrario, hundirla con sus vehementes protestas).

Pero es ya en plena época contemporánea, debido al crecimiento de la población y la acumulación de cada vez mayores aglomeraciones urbanas, cuando estos fenómenos saltaron al siguiente nivel. En 1823 más de cien personas murieron en las celebraciones del Carnaval en la capital de la isla de Malta y en 1883 fueron cerca de doscientas las víctimas en Sunderland durante una estampida que se produjo en un reparto de regalos a niños.

  Viajemos ahora a mayo de 1896 en Moscú, durante las celebraciones posteriores a la coronación de Nicolás II como zar, escenario del que quizás sea el primero de estos desastres cuyos detalles conocemos a través de una extensa documentación.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Vuelve el hombre


Una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos.

Edward Murrow


                   
                     

Hoy da la casualidad de que las ediciones online de los dos grandes diarios españoles, primero El País y luego el ABC, nos sorprenden con las tradicionales galerías veraniegas constituidas por fotografías de Vladimir Putin. Un espectáculo ya tan entrañable y aterrador como en su momento los posados playeros de Ana Obregón. 

jueves, 6 de agosto de 2015

En el culo del mundo


Tebas, la de las Siete Puertas, ¿quién la construyó?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Arrastraron los reyes los grandes bloques de piedra?

Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió a construir otras tantas?

Bertolt Brecht, “Historias de almanaque”




Seamos sinceros, los destinos más emblemáticos del turismo cultural a lo largo del planeta frecuentemente lo son no solo por su intrínseco valor histórico (el cual se les presupone) sino también por encontrarse en lugares adecuadamente cercanos a núcleos urbanos y redes de comunicaciones más o menos modernas (aunque sea en el seno de países poco desarrollados) todo lo cual permite acercar grandes grupos de turistas hasta las proximidades de forma segura y cómoda.

La mayor parte del gran patrimonio histórico conocido con el tiempo ha ido amoldándose a estos requisitos, o en todo caso ha influido en la construcción de alojamientos y carreteras en su proximidad. Fijaros si no en la transformación del entorno próximo a las pirámides de Guiza entre comienzos del s. XX y la actualidad (la zona ha sido casi engullida como un barrio periférico de El Cairo).
        




                       

Pero no siempre esas condiciones se cumplen. Afortunadamente por todo el mundo sobreviven todavía algunos restos del pasado mayormente desconocidos para el gran público debido a que han sido descubiertos en épocas recientes, o se encuentran en lugares adecuadamente aislados de los circuitos turísticos tradicionales, en medio de selvas, montañas mal comunicadas, o bien en zonas de conflicto. Por ejemplo, es mucho más fácil contemplar pinturas rupestres en la cornisa cantábrica o el Sur de Francia que desplazarse a la amazonía colombiana donde en la sierra de Chiribiquete se han encontrado más de 30 murales con dibujos y pictogramas que en algunos casos se remontan a hace más de 15.000 años de antigüedad. También es más cómodo visitar restos romanos en Italia o España que viajar a examinar las por demás espléndidas ruinas de Leptis Magna en Libia u otros excelentes restos dispersos por Argelia. De la misma forma resulta mucho más sencillo darse una vuelta por el románico catalán o visitando catedrales en Francia que inspeccionando los igualmente interesantísimos templos medievales de Georgia (foto de más abajo), Armenia, Moldavia, Kosovo, o el Monasterio de Santa Caterina en pleno desierto del Sinaí.

lunes, 1 de junio de 2015

The Americans


La labor de un buen pastor consiste en esquilar a las ovejas, no en despellejarlas.

Frase atribuida a Tiberio, emperador romano.




Hace unas semanas Antonio Garrido resultó ganador del XX Premio de Novela Fernando Lara con una obra titulada El último paraíso. Leyendo la noticia en prensa me llamó la atención la sinopsis de dicha obra que se hizo pública al día siguiente: el argumento se centra en determinados hechos históricos, como la emigración de norteamericanos que se produjo a partir de 1930 a una Unión Soviética en pleno desarrollo gracias al éxito de sus primeros planes quinquenales. 

Tras leer dicho resumen me dije, esto me suena. Tras pensarlo me vino por fin a la cabeza el libro The Forsaken: An American Tragedy in Stalin’s Russia, publicado hará seis o siete años. Su autor fue Tim Tzouliadis, un periodista de origen griego asentado en Inglaterra y especialista en documentales para televisión. Y como funciono un poco por impulsos, pese a todos los temas que tengo pendientes de cara al blog, os voy a hablar muy brevemente de la temática tratada por dicho libro.

Pongámonos en contexto. Tras el crack del 29 y durante los años siguientes, los de la Gran Depresión, sin duda la época de mayor crisis económica y social en la historia de dicho país, algunos miles de estadounidenses (la cifra exacta de emigrantes no está clara, digamos que en torno a 10.000-15.000 podría ser una aproximación válida), normalmente obreros en paro y simpatizantes comunistas de diverso tipo, llegaron a emigrar a la Rusia soviética. Esto puede parecer sorprendente visto desde la perspectiva actual, pero hay que tener en cuenta que se trataba de una época donde el nivel de confrontación con dicho país todavía no había alcanzado las cotas a las que se llegó décadas más adelante, durante la Guerra fría. Además de que por entonces no se conocían bien los excesos autoritarios cometidos por el régimen comunista en la URSS, entre otras cosas porque buena parte de los mismos estaban por llegar.

En ese sentido lo interesante del relato que va desgranando Tzouliadis es apreciar a través de la historia del contingente de americanos (hubo también grupos de ciudadanos de otros países que pasaron por lo mismo, pero quizás no llaman tanto la atención) el desencanto en el que progresivamente cayeron esos hombres que habían viajado a la URSS esperando encontrar un paraíso. Todo lo anterior en paralelo al giro represivo que se produjo en dicho país comunista precisamente durante aquellos años. En realidad la práctica totalidad del contingente de emigrados yanquis acabó con el tiempo desapareciendo durante las purgas estalinistas o tras su paso por los gulags, constituyendo un “éxodo olvidado” en tanto que su destino se convirtió posteriormente en una memoria incómoda tanto para la URSS como los propios EE.UU. debido a las implicaciones diplomáticas.  

sábado, 8 de marzo de 2014

Abraza el caos


El caos no es una fosa. El caos es una escalera. Muchos intentan subir por ella, fallan y nunca vuelven a intentarlo. La caída los rompe por dentro. Otros tienen la oportunidad de ascender, pero rehúsan. Se aferran a un territorio, a unos dioses, o al amor. Son ilusiones, excusas.  Solo la subida es real. La escalada hacia la cima lo es todo.

"Little Finger" en Game of Thrones, The Climb, episodio sexto de la tercera temporada.

  


En la historia de la Humanidad hubo un tiempo, aún no muy lejano, en que era posible conquistar imperios a lomos de un caballo a base de mandobles de espada. Hombres (y a veces algunas mujeres) armados solo con su bravura y sus cojones podían aspirar a arrasar ciudades, someter pueblos enteros bajo su tiranía y enterrar civilizaciones en el olvido. Ese mundo maravilloso de violencia, desolación e injustica épicas se acabó con la llegada del mundo industrial, el humo de los motores de los coches y de las chimeneas de las fábricas, el maldito plástico, las quinielas y Telecinco. Ahora la existencia de algunos es mucho más cómoda, la de otros solo un poco y, al final de la jornada, la mayoría seguimos siendo siervos, solo que de forma más disimulada o civilizada que en el pasado sometidos como estamos a tipos aburridos que aprietan botones en un teclado o manipulan la Bolsa en lugar de eviscerar enemigos con un hacha a lomos de un caballo de guerra. Vulgares chupatintas sin carisma nos dominan en base al control de los mass media, a la acumulación de capitales, la especulación con acciones y, en definitiva, a que la mayor parte de la gente es tonta o moderna y encima vota a algunos de esos meapilas en el transcurso de una cosa llamada elecciones. Todo de lo más rutinario y hortera. 

lunes, 3 de marzo de 2014

¿Dónde está Serguéi?

  
        Y he visto alguna vez eso que el hombre ha creído ver.
Arthur Rimbaud, “El barco ebrio”.

    
La improbable relación de Rusia y Chequia a finales del s. XIX y durante la Iª Guerra Mundial resulta curiosa. Por ejemplo. No sé si os suena la Anábasis de Jenofonte; el mítico relato de la desesperada odisea de los Diez Mil a través de tierras del Imperio persa en su intento por regresar a su hogar en Grecia. Inesperadamente, dicha aventura sirvió para mostrar la debilidad interna del imperio persa y la superioridad militar de la falange griega. Además todo lo anterior más adelante desencadenaría el colapso de dicho Imperio al inspirar la conquista de Persia por parte de Macedonia. El caso es que dicha hazaña tuvo una secuela en el s. XX: la retirada de la llamada “Legión Checa” a través de Siberia.  

lunes, 27 de enero de 2014

Mundos perdidos




      Este señor de debajo es Adolf Hitler, el famoso líder ecologista alemán de los años 30. En concreto cuando se hizo esta foto estaba saludando a los miembros de la Legión Condor al regreso de estos a Alemania tras su Erasmus en la Península.