El
hombre prehistórico sólo nos ha dejado mensajes truncados. Tal vez colocó en el
suelo una piedra después de celebrar un largo ritual en el que ofrendaba un
hígado de bisonte asado en un plato de corteza pintado de ocre. Sin embargo desde entonces los gestos, las
palabras, el hígado y la bandeja han desaparecido; en cuanto a la piedra, de no
mediar un milagro, no la distinguiremos de las demás piedras de los
alrededores.
André
Leroi-Gourhan, “Las
religiones de la Prehistoria”, 1964
Desde 2008 nada menos que catorce cuevas con arte rupestre del Norte de
España son Patrimonio de la
Humanidad según la
UNESCO. Veintitrés años después de que se reconociese así a Altamira en ese año se le unieron Tito Bustillo, La
Peña, Llonín, Covaciella y El Pindal en Asturias; Chufín,
Hornos de la Peña,
Monte Castillo (este caso en realidad agrupa varios yacimientos de la zona, en
concreto La Pasiega,
Monedas y Chimeneas), El Pendo, La
Garma y Covalanas en Cantabria; y Santimamiñe, Ekain y
Altxerri en el País Vasco. E incluso así en dicha zona Norte de nuestro país aún
quedan algunos otros sitios de menor importancia con restos del período, como por ejemplo La Lluera, La Viña, La Lloseta, Pedroses,
Micolón, La Haza,
Cullalvera, Pondra, El Arco, Venta de la Perra o Arenaza. Por tanto hoy hablaré de un tema que debería resultar cercano e intrigante a bastantes lectores del blog.
De cara a ello vamos a viajar en el tiempo al llamado Paleolítico Superior, momento en que los Homo Sapiens que
acababan de extenderse por el mundo crearon la primera manifestación artística
de la historia. O más bien la más temprana manifestación artística de arte
mural, en paredes de piedra, que ha llegado hasta nosotros. Porque cada vez parece más claro que los
Neandertales (y quizás también otras especies del complejo árbol evolutivo de
los Homininos) ya realizaban algunos objetos “artísticos”, puede que primitivas
esculturas o sencillos adornos muy modestos vinculados al arte mueble o a rituales funerarios.

En todo caso no voy a tratar aquí esa última cuestión. Lo que sí voy a hacer es resumiros y replantearos someramente lo que conocemos (o creemos conocer) sobre un tipo de arte que frecuentemente se categoriza como
perteneciente al espacio entre la Península Ibérica y los Urales, vinculado a
una etapa cronológica que va del año 30.000 a.n.e. hasta el año 10.000 a.n.e. aproximadamente,
correspondiendo su momento de mayor vigencia quizás al arco entre los años
18.000 y 12.000 a.n.e.