domingo, 21 de octubre de 2018

Que si quieres que te cuente el cuento de la buena pipa


La civilización no suprime la barbarie, la perfecciona.

Voltaire





La historia es muy conocida y se ha publicado mil veces en Internet, por ejemplo podéis dar un vistazo a ESTE artículo de Jotdown aunque, pese a ello, empezaré por resumírosla. Ahora bien, os aviso de que después voy a compartir con vosotros un análisis de esos hechos conocidos que –obviamente- no es el habitual. En esencia lo que voy a plantear niega la interpretación tradicional que se ha difundido de las circunstancias que rodearon el cuadro más famoso de Gèricault. O como mínimo ofrece un punto de vista diferente de las mismas. 

Empecemos por el principio. En junio de 1816 partió de Francia una flotilla de barcos compuesta por la fragata Medusa, la corbeta Eco, el bergantín Argus y un pequeño barco de aprovisionamiento llamado Loira.

Como consecuencia de los tratados firmados al final de las Guerras Napoleónicas, Francia debía recibir el control de la región de Senegal en ese momento en manos de los británicos. Así que el objetivo de la expedición naval era trasladar al coronel Julien-Désiré Schmaltz hasta ese lugar de África, donde pasaría a ejercer el cargo de gobernador de la región. En principio una misión sencilla y un viaje rutinario si bien, como todos sabemos, las cosas no iban a salir como estaban planeadas. 

Al mando de las operaciones en la tristemente célebre Medusa se encontraba un capitán llamado Hugues Duroy de Chaumareys, con alguna experiencia marinera pero que llevaba veinte años sin ejercer el mando de un navío. La razón era que tras las citadas Guerras Napoleónicas la nueva monarquía de Louis XVIII quería situar a sus leales en los altos rangos del Ejército y la Flota, tanto para pagar favores como con el objetivo de asegurarse la lealtad de tales organizaciones claves en el mantenimiento del poder. Y de ello se benefició Hugues Duroy de Chaumareys que, por cierto, era vizconde.

La tragedia que todos conocemos se incubó avanzada la navegación cuando el futuro gobernador comenzó a requerir al oxidado capitán que acelerase el viaje para llegar al destino cuanto antes. En cierta forma algo similar a lo ocurrido con la estúpida muerte del presidente polaco Lech Aleksander Kaczyński en 2010 cuando los políticos y militares a bordo del avión que lo transportaba presionaron a los pilotos para agilizar en exceso un complicado aterrizaje en Smolensko en condiciones de mala visibilidad, lo que acabó en tragedia.

En su caso, bajo las presiones de Schmaltz, la Medusa empezó a alejarse de los navíos escolta y, a la vez, a acercarse demasiado a la costa de la actual Mauritania. Todo ello pese a las advertencias sobre el escaso calado del fondo marino en la zona lanzadas por varios oficiales más expertos tanto a bordo del propio navío como presentes en los otros barcos del convoy, al menos antes de perder estos el contacto con el navío de Chaumareys. Así hasta que a las tres y cuarto de la tarde del martes dos de julio de 1816 se produjo lo inevitable y la Medusa encalló en un banco de arena a unos 55 km de tierra firme y 500 km de distancia de la ciudad más próxima.

Después de eso, tras malgastar varios valiosos días en un inútil esfuerzo por desencallar el barco ya que Chaumereys intentó hasta el final evitar el desprestigio que sabía le supondría dar por perdido su navío, finalmente el capitán se rindió a la evidencia y ordenó la evacuación. Acto seguido, un poco al estilo de la película Titanic, el propio Chaumereys, el gobernador Schmaltz, su mujer y su secretario, así como el resto de oficiales del barco, ocuparon los insuficientes “botes salvavidas” (en realidad en el período no existía el concepto, de ahí su escasez): en concreto seis (más bien cinco a los que habría que sumar un pequeño esquife).

Ante la incierta situación diecisiete hombres decidieron quedarse en el barco a esperar algún socorro mientras que el resto del pasaje, cerca de ciento cincuenta personas, todos hombres menos una mujer, embarcó en una precaria balsa de aproximadamente 20x7 metros construida con materiales procedentes del para entonces destartalado navío.

En principio el plan era que desde los botes se arrastraría a la balsa hasta tierra. Pero tras varias horas en las que apenas lograron avanzar unos 20 km el capitán Chaumereys juzgó inviable el esfuerzo y ordenó cortar la soga que arrastraba a la balsa, condenando a sus ocupantes a la deriva y una previsible muerte.

Hay que tener en cuenta que en dicha balsa las provisiones se reducían en aquel momento a una caja de galletas, seis de vino y un par de barrilitos de agua. Totalmente insuficientes, pero se había decidido sacrificar los suministros de cara a poder amontonar a todos los pasajeros posibles en aquel precario amasijo de tablones. Así que tras perder contacto con los botes pronto estallaron las luchas por los alimentos en la balsa. La primera noche unas veinte personas murieron arrastradas por las olas o en las peleas para ocupar el centro de la embarcación a la vez que el tumulto hizo que se perdieran parte de las preciadas provisiones. El segundo día el caos desembocó en una salvaje lucha por la supervivencia en la que perdieron la vida casi la mitad de los naúfragos restantes, mientras que el resto comenzaron a practicar el canibalismo durante los días siguientes.

Cuando el 17 de julio el rezagado bergantín Argus, perteneciente a la flotilla, contactó con los restos de la balsa, contabilizó solo quince supervivientes enloquecidos, cinco de los cuales murieron durante los días siguientes. 

Pero aunque son esos hombres los que pasaron a la posteridad lo cierto es que la historia ha olvidado a otros de los perjudicados por la incompetencia del tandem Chaumareys-Schmaltz.

Señalemos antes de nada que, como Dios es justo y ayuda a los necesitados, por supuesto ambos lograron llegar a la ciudad de Saint Louis después de tres días de navegación sin problemas, una vez liberados del peso muerto de la balsa.

La cuestión es que por el camino también se desentendieron de los integrantes de los otros cuatro botes que navegaban con ellos los cuales se dispersaron por el mar y encallaron en la costa en diversos puntos a lo largo de una franja desértica a unos 150 km de distancia de la población más cercana. De tal forma los supervivientes de ese grupo de olvidados fueron a Saint Louis durante las semanas siguientes, después de una larga y penosa marcha, contabilizándose entre ellos otras nueve muertes a sumar a la lista de fallecidos por culpa del desastre.

Pero peor fue el destino de las diecisiete personas que se quedaron entre los restos semihundidos de la Medusa ya que, incomprensiblemente olvidadas por todos, hubieron de resistir durante casi dos meses entre los restos encallados de casco hasta que fueron rescatados por una goleta francesa que los avistó casi por casualidad. Para entonces solamente tres se mantenían con vida. 

Lo que ocurrió a continuación es que el cirujano Henri Savigny, uno de los supervivientes de la tragedia, volvió a Francia a principios de septiembre e inmediatamente realizó un informe para el Ministerio de la Marina

Y aquí empieza lo interesante.

Al día siguiente la declaración de Savigny, en principio secreta, se filtró a la prensa, siendo publicada en el Journal des Debats, un diario crítico con el Régimen de Louis XVIII.

Ante el escándalo mayúsculo que estalló a continuación el Gobierno reaccionó condenando a Chaumerys a la pena de muerte.

Parecía que la crisis podía acabarse ahí, durante algunos meses el asunto pareció olvidado, hasta que entró en escena un joven y ambicioso pintor llamado Jean-Louis André Théodore Géricault (1791-1824) que, tres años después, en 1819 sacudió el conservador Salón de París, celebrado al final del verano, con un enorme lienzo (de 5x7 metros). El cuadro estaba dedicado a inmortalizar la tragedia de los supervivientes de un indeterminado naufragio, que sin embargo podía ser inmediatamente identificado por el público como una referencia a la famosa balsa abandonada a la deriva por unos incompetentes oficiales del Gobierno colocados en sus puestos a dedo debido a sus contactos.


Hasta ahí la historia conocida y habitualmente relatada. Pero para contextualizar todo lo ocurrido faltan datos. Antes de nada es importante resaltar que en Francia a lo que sería el equivalente a la crítica de arte del período en un primer momento no le gustó demasiado aquel "amasijo" de cuerpos en posiciones forzadas y con expresiones claramente exageradas para buscar el máximo impacto emocional en el espectador. Los académicos, conservadores por naturaleza, inicialmente rechazaron los valores del naciente Romanticismo. Aunque pronto el debate acerca del valor pictórico del cuadro fue eclipsado por la polémica suscitada en torno al contexto de la obra.

De tal forma tras la presentación en sociedad del lienzo casi todos los intelectuales “progresistas” del período (por entonces básicamente literatos e historiadores de ideología protoliberal) se aliaron para defender la obra de Gèricault que, más que un cuadro, era una manifiesto ideológico (por ejemplo uno de los puntos centrales de la composición es un hombre negro, algo no muy exacto respecto a los hechos acaecidos, pero que podía ser interpretado como un alegato a favor de la abolición de la trata de esclavos). Con ello Gèricault  acababa de hacer de precursor a muchos artistas plásticos del s. XX a la hora de usar el escándalo, la polémica y la confrontación como elemento publicitario para dar popularidad y, consiguientemente, valor y prestigio a su creación. 

   Es así como, en parte aceptando la leyenda que desde ese momento rodeó al cuadro, hoy en día se interpreta dicha obra de Gèricault como un alegato contra el poder establecido en su tiempo. Pero lo que pretendo poner en debate es si eso fue en algún momento realmente así. 

En mi opinión de cara a desentrañar la duda precedente hay que partir de otra cuestión bastante problemática. ¿En qué medida el propio Gèricault y los supervivientes de la Medusa se limitaron a ser –conscientemente o no- el instrumento de otro tipo de intereses?

A tal fin, para entender el asunto de forma plena, debemos olvidarnos de la emotiva historia de los personajes implicados, en muchos casos meros peones de fuerzas muy superiores, y pensar en el panorama general de la política francesa del período.

La primera conexión que encontramos entre los sucesos de la Medusa y el gran tablero político de aquellos años es el hecho de que el inútil de Chaumareys era en la época un protegido de François Joseph de Gratet, vizconde de Bouchage, ministro de Marina entre septiembre de 1815 y junio de 1817 (cuando hubo de dimitir en parte debido a su cada vez más debilitada posición tras el escándalo creado por su inepto subordinado).

La cuestión es que pocos estudios históricos se plantean cómo, en medio de un régimen de control de la opinión al estilo del de los primeros años de la Restauración monárquica en Francia, fue posible que un informe confidencial tremendamente crítico con personas muy poderosas se filtrase sin problemas y de forma inmediata a la opinión pública, además sin posteriores represalias para los implicados.

Para explicar ese misterio hay que tener en cuenta que por entonces en el seno del Gobierno francés se estaba produciendo, en la sombra como siempre, un enfrentamiento despiadado entre camarillas, en cierta forma similar a la disputa que años después enfrentó a los allegados de Fernando VII en España. Es decir, los monárquicos moderados por un lado, contra los ultraconservadores por otro.

En lo tocante a Francia inmediatamente después del aterrizaje de Louis XVIII en el trono los "ultras" se hicieron con el control de la mayoría de órganos de poder, contando entre sus rangos por ejemplo al propio vizconde de Bouchage. Su influencia llegó hasta un punto en el que amenazaban coartar el control del aparato del Estado por parte del propio Louis XVIII al que pretendían servir.

Con ese contexto la oposición se organizó en torno al ministro de Policía del período, Élie-Louis, duque de Decazes, un personaje interesante que había militado en las filas bonapartistas hasta que el viento cambió de dirección, momento que aprovechó para pasarse al bando monárquico. Su recompensa por ver la luz a tiempo fue ser nombrado prefecto de policía de París a mediados de 1815 y poco después Ministro de Policía sucediendo a Fouché.

Como podéis suponer alguien capaz de relevar en su cargo a un intrigante del calado de Fouché no podía ser un alma cándida. Así que vamos a suponer que Decazes pudo estar detrás de la filtración al público de lo sucedido con la Medusa.

En un tiempo en que no existía la democracia como tal y la opinión pública era aún más manipulable que hoy en día la intención de Decazes probablemente era iniciar un escándalo limitado que debilitase a sus rivales y justificase de cara al público el que luego fueran apartados de sus cargos.

Es curioso por ejemplo que en la época también se diese todo tipo de facilidades a la prensa para seguir el procedimiento judicial en torno al asesinato de Antoine-Bernardin Foualdès, Procurador Público en la ciudad de Rodez, quien probablemente fue asesinado por un grupo de ultras. De hecho el nombre de Foualdès figuraba en una lista de figuras públicas a “purgar” por demasiado progresistas elaborada por el conde Francois Régis La Bourdonnaye diputado ultra por la región de Loira.

Hablamos de un período de intensa confrontación política desarrollada en cierta forma a golpe de dossier comprometedor. Por tanto si Decazes, o más probablemente alguno de sus allegados, fue quien colaboró discretamente a hacer público el escándalo para fomentar un determinado clima de opinión favorable a sus intereses políticos (que en aquel momento consistían en debilitar al Gabinete de Gobierno en el poder) no cabe duda de que sus planes salieron bien y solo un mes después de estallar el escándalo de la Medusa, fijaros qué casualidad, Decazes se convirtió en el nuevo hombre fuerte del Gobierno. Posición que ostentaría a través de diversos cargos ejercidos los siguientes cuatro años mientras el escándalo siguió vivo y coleando a través de un libro publicado (sin problemas de ningún tipo) por otro de los supervivientes del naufragio. Hablamos así de un escándalo que lejos de comprometer realmente al Régimen (el cual se mantuvo otra década más pese a su carácter bastante impopular y autoritario), sirvió sobre todo para debilitar al bando ultra y favorecer las intenciones del monarca que quería dotar a su Gobierno de una imagen un poco más presentable y ganar margen de actuación personal apartando de sus cargos a sus seguidores más ultramontanos para situar en su lugar a advenedizos más manejables. A fin de cuentas Decazes tenía la virtud de ser un arribista previsible y totalmente fiel a su amo y no un iluminado intransigente. 

Por su parte la biografía de Gèricault también resulta interesante. Pese a su aura de enfant terrible y antisistema era un niño de buena familia que se había librado del servicio militar napoleónico pagando a otro más pobre para que fuera en su lugar y que finalmente se alistó en una compañía de mosqueteros grises de la Guardia Real, tras la primera caída de Napoleón, llegando a formar parte de la escolta encargada de proteger a Luis XVIII en su huida tras el regreso de Napoleón de la isla de Elba.

¿Sabéis quienes visitaron a Gèricault en el Salón de París cuando presentaba en sociedad su cuadro haciendo una valoración pública favorable del mismo? Exacto, el señor Decazes, nuevo favorito real, acompañado de su Majestad. En realidad ellos fueron de los pocos que lo apoyaron publicamente en aquellos primeros y difíciles momentos. Curioso cuanto menos. 

Por otro lado, unos años antes, en 1814, el propio Gèricault había fracasado en el mismo Salón de París al presentar un cuadro de temática militar en un contexto en el que el jurado tenía consignas de favorecer obras no militaristas que hiciesen olvidar el clima de guerra de los años previos. Así que podemos concluir que llegado su momento de gloria Gèricault sabía bastante de las sutilezas políticas que (entonces como ahora) envuelven las cuestiones “artísticas”.
  
Por tanto, contra lo que se suele comentar dando a entender que la obra de Gèricault contribuyó a publicitar de forma decisiva el escándalo de la Medusa en Francia, podemos preguntarnos si más bien se sirvió de él cuando el asunto no daba para mucho más y el teatro en torno al mismo ya había cumplido su objetivo, al menos en Francia. Por ello no molestó ni mucho menos a las cabezas visibles del Régimen, en aquel momento el propio monarca y Decazes. 

De tal forma puede decirse que Gèricault no se ganó su lugar en la historia (solo) por ser un artista notable sino que, abriendo el camino a lo que se estilaría en adelante, demostró principalmente una gran sagacidad a la hora de autopublicitarse usando para ello el contexto político del momento.

Lo cierto es que, como ya insinué, durante el Salón de París y pese al revuelo levantado por su obra Gèricault no fue unánimemente aclamado (por supuesto, además de aquellos observadores neutrales a los que sinceramente no les gustó su pintura, habría que tener en cuenta los intereses de los periódicos afines al movimiento ultra que se posicionaron en contra de la estética del cuadro por motivos obvios). Pese a todo al término del Salón recibió un premio. Pero la pintura no se vendió y a fin de cuentas los artistas no solo trabajan por amor al arte.

 Así que al año siguiente, cuando empezaba a correr el riesgo de transitar entre estar de moda y pasar al olvido, en un movimiento maestro Gèricault decidió publicitar su pintura con una gran exposición dedicada al cuadro en Inglaterra. Con ese propósito, para convertir la presentación de un simple cuadro en un auténtico evento, se usaron las más modernas técnicas publicitarias de la época, como por ejemplo el empleo de hombres-anuncio. Todo lo cual desembocó en una concurrencia masiva de público para ver la pintura, previo pago de una entrada, lo que proporcionó a Gèricault suculentas ganancias. Y por si fuera poco la obra fue unánimemente aclamada. La cuestión es que ese triunfo del cuadro de Gèricault en Inglaterra, que fue realmente el evento decisivo que cimentó la fama y a la posteridad la obra, no se debió tampoco a cuestiones puramente estéticas. De hecho diría que ni siquiera prioritariamente se debió a cuestiones artísticas, inmersas como estaban las élites y el público británico del período en una rivalidad con Francia.

En ese sentido la clave fue que el lienzo de Gèricault se presentó allí, una vez más, en el mejor momento posible y con el mensaje adecuado, en este caso en términos del contexto inglés. Por un lado ponía sobre el tapete la incompentencia de la oficialidad del enemigo tradicional, lo que contribuía a desterrar los fantasmas de los largos años de guerra y la memoria de las ocasionales derrotas frente a los contingentes galos sufridas por tropas inglesas durante las campañas contra Napoleón.

Por otro lado el suceso de la Medusa servía también para resaltar, por contraposición, la “hazaña del Alceste” en la mente del público británico (los ingleses siempre han destacado no solo por su hipocresía sino también por su capacidad para la autopropaganda). El Alceste era un navío de construcción francesa, en sus inicios llamado Minerve, que fue capturado por los ingleses en septiembre de 1806 y tras eso rebautizado y puesto nuevamente en servicio por el alto mando naval británico. El mito que lo rodea asegura que en 1811 formó parte de un escuadrón que capturó un convoy militar francés con más de doscientos cañones en ruta hacia Trieste con el objetivo de apoyar una supuesta invasión de los Balcanes por parte de las tropas napoleónicas. Al parecer este hecho decidió al Emperador a cambiar sus planes de expansión hacia el Este en dirección a Rusia, precipitando de dicho modo su caída.

El caso es que tras el final de la guerra, a su regreso de una misión diplomática, el barco encalló en unos arrecifes del Mar de Java en febrero de 1817, donde la tripulación además de problemas similares a los experimentados por la tripulación de la Medusa incluso hubo de hacer frente al ataque de una partida de piratas malayos, pese a lo cual, debido fundalmentalmente a la disciplina, sangre fría y competencia de los oficiales al mando, prácticamente toda la dotación del barco pudo salvarse y volver a territorio inglés sin problemas.  

En ese contexto el cuadro de Gèricault sirvió como elemento propagandístico, en este caso a favor de los ingleses, al evocar en el público el diferente desenlace de ambos eventos y con ello confirmar la "evidente" superioridad inglesa, lo que inevitablemente indispuso a Gèricault con algunos de sus antiguos protectores a su vuelta a Francia pero le ganó el favor de los influyentes críticos de arte británicos del período.

Por cierto que algunos libros de Arte explican estos primeros años de disparidad de valoraciones sobre el cuadro, y el unánime apoyo obtenido en Inglaterra frente a la división de opiniones en Francia, en base a que en Francia se colocó el cuadro demasiado alto para su exhibición pública mientras que en Inglaterra fue ubicado a una distancia más adecuada del suelo; todo un ejemplo de la forma en que una parte de la Historia del Arte más tradicional enfocaba hace años el análisis de muchas obras basando exageradamente sus análisis en la técnica, el estilo, cuestiones formales y el mundo personal del artista, cuando en muchas ocasiones lo relevante no es el proceso de creación de la obra sino el por qué una obra obtiene el éxito y la difusión (da igual cuáles sean sus pretendidos méritos) que casi siempre en contrapartida se niega a otras obras también notables. Algo sobre lo que las élites, la política y las cuestiones puramente económicas tienen mucho qué decir. Cabría añadir que, tras su éxito en Inglaterra, Gèricault llevó su cuadro a Dublín, al año siguiente, donde fue recibido con indiferencia.

Todo esto en el fondo me lleva a pediros reflexionar una vez más sobre la aparente “inocencia” del mundo del arte y también sobre cómo casi todas las grandes obras artísticas en su origen sirvieron a algún propósito propagandístico de diverso tipo.

   Otra cuestión es cómo en ocasiones diversos intelectuales aparentemente “antisistema” trabajan en el fondo a favor del mismo, sea de forma intencionada o no, o al menos se sirven de sus mecanismos. Un poco a la manera del "Elegido" dentro de Matrix. A fin de cuentas no puede ser de otra forma.

Gèricault fue un enfant terrible por su comportamiento irascible y por poseer el carácter depresivo, excesivo y violento que el tópico gusta de atribuir a los genios. Su prematura muerte con poco más de treinta años consolidó definitivamente su aura de estrella del rock del s. XIX. Pero en cierta forma la obra magna de Gèricault no dejó de retroalimentarse de una serie de intereses políticos, igual que sucedió con la obra de David, a comienzos de la centuria, y ocurrió después con la de Eugène Delacroix, amigo y compañero de Gèricault hasta el punto de que llegó a posar para uno de los personajes del cuadro sobre la Medusa. De hecho Delacroix ejemplifica muy bien ese tipo de pintor aparentemente libre de ataduras y "antisistema" que en el fondo todavía no había dejado de pintar cosas al servicio de las ideas y visiones del mundo de los grupos sociales y los poderes políticos que podían comprar sus cuadros. Si La masacre de Quíos (1824) o Grecia en las ruinas de Missolonghi (1826) ayudaron a pavimentar la aceptación popular de una intervención militar contra el Imperio otomano, la celebérrima Libertad guiando al pueblo pintada al rebufo de los eventos de 1830 sirvió para garantizar al pintor un lugar privilegiado dentro del nuevo régimen resultante de la “revolución” que en el fondo solo sustituyó la cabeza de un sistema monárquico por otra rama dinástica de tinte un poco más liberal, y de la que luego Delacroix recibió numerosos encargos bien remunerados.    

Desde luego llegado el s. XIX, en comparación con los artistas del medievo, el Renacimiento o el Barroco, ese tipo de relaciones simbióticas entre poder y artistas de vanguardia se estaban transformando en algo cualitativamente distinto al mecenazgo tradicional y pronto emergería un nuevo concepto de artista más libre en el seno de un público de masas también diferente. Pero, tras un período de varias décadas de relativo "caos" durante el que eclosionaron una serie de vanguardias, hoy en día muchas de las grandes contratas y ventas de pintura, escultura o arquitectura han vuelto a manifestar la tradicional relación parasitaria del artista con el poder, o al menos a la sintonía del artista con determinados estados de opinión e ideas dominantes, por lo cual muchos de los artistas más cotizados no dejan de seguir siendo meros esbirros al servicio de las prácticas especulativas de marchantes, grandes casas de subastas y firmas de capital riesgo o del ego de los millonarios de la nueva era.     


Por otro lado, también quiero posar vuestra atención sobre un tema que ya he tocado: pensemos cómo muchas veces los escándalos que se filtran al público en realidad no son logros de los medios de información o triunfos de la libertad de expresión, sino meros trucos de prestidigitación por parte de grupos de poderosos enfrentados que usan la esfera pública para dirimir sus diferencias como quien usa un tablero de parchís. Así de insignificantes y manipulables nos consideran. Porque lo somos. No os engañéis. 

Después de todo lo explicado, ¿qué creéis que pasó con Julien-Désiré Schmaltz y el inútil de Chaumareys?

En el caso de Chaumareys tras ver su condena a muerte (impuesta sobre todo para satisfacer al público) rápidamente conmutada por una liviana pena de cárcel de tres años, salió de prisión incluso antes de tiempo una vez calmadas las aguas, solo tres días después del final del Salón de París donde Gericault expuso su famoso cuadro. Los últimos años de su vida se retiró a vivir discreta pero cómodamente en los dominios de su familia en el Limousin.

Y eso porque a fin de cuentas Chaumareys fue el cabeza de turco de esta historia. Por su parte Schmaltz era un personaje de más talla así que no apenas resultó importunado. De tal forma y pese a todo lo ocurrido se mantuvo en su puesto de gobernador del Senegal durante los cuatro años siguientes al naufragio de la Medusa. Parece que aprovechó ese tiempo para lucrarse con el tráfico de esclavos por lo que finalmente, ante su creciente impopularidad debida a los escándalos acumulados en su trayectoria, fue reasignado a un puesto en el aparato de la cancillería francesa en el seno del Imperio turco. Allí se estableció finalmente como Cónsul General en Esmirna, cargo que desempeñó hasta su muerte siete años más tarde.

El poder nunca es duro de verdad con los suyos. Así ha sido siempre y así continua siendo ahora por mucho que, lógicamente, desde el propio poder se nos intente convencer de lo contrario. 

sábado, 6 de octubre de 2018

Recordatorio



Ultimamente no estoy actualizando el blog con mucha frecuencia entre otras cosas porque tengo tengo problemas con el equipo informático. Dentro de unos días espero retomar el ritmo normal de creación de entradas y ofreceros nuevo material. No es un problema de falta de ideas o interés sino de simple falta de tiempo y medios. Mientras tanto os recuerdo que se pueden hacer donaciones a este humilde sitio a través del enlace a Paypal que debería aparecer a la derecha de vuestras pantallas. Agradecería algunas contribuciones que me ayudasen a pagar por lo menos un nuevo monitor y mejor si no provienen de los sospechosos habituales, ese escaso puñado de locos que todos los años hacen alguna aportación. 



lunes, 3 de septiembre de 2018

Tss, tss. Que vienen, que vienen...



Aprender historia quiere decir buscar y encontrar las fuerzas que conducen a las causas de las acciones que escrutamos como acontecimientos históricos. Fue quizá decisivo en mi vida posterior el tener la satisfacción de contar como profesor de Historia a uno de los pocos que la entendían desde este punto de vista, y así la enseñaban. Todavía hoy me acuerdo con cariñosa emoción del viejo profesor que, en el calor de sus explicaciones, nos hacía olvidar el presente, nos fascinaba con el pasado y, desde la noche de los tiempos, separaba los áridos acontecimientos para transformarlos en viva realidad. Nuestro fanatismo nacional, propio de los jóvenes, era un recurso educativo que él utilizaba a menudo para completar nuestra formación más deprisa de lo que habría sido posible por cualquier otro método. Este profesor hizo de la Historia mi asignatura predilecta. De esa forma, ya en aquellos tiempos, me convertí en un joven revolucionario.

Adolf Hitler






Podría decirse que a fin de cuentas la Historia del Arte se reduce a una alternancia sin fin entre períodos donde predomina la abstracción (como en caso del arte egipcio, el arte medieval europeo, el arte precolombino mesoamericano o el arte contemporáneo occidental) y otros donde se impone la tendencia hacia un realismo creciente en las representaciones (caso del Renacimiento o el Realismo socialista, estilos que básicamente consistían en idealizar y sublimar la "realidad", pero al menos partiendo de representaciones naturalistas de las personas y los objetos).

De igual forma la historia política de las sociedades en el fondo puede resumirse en torno a la pugna eterna entre dos elementos: las tendencias conservadoras, en ocasiones hasta el punto de lo reaccionario, por oposición a las ideas progresistas, las cuales en determinadas coyunturas pueden alcanzar el grado de revolucionarias. Bajo ese prisma la historia de los últimos siglos se reduce a una eterna tensión dialéctica entre los partidarios del mantenimiento del status quo, o incluso la involución con el objetivo de recuperar un supuesto idílico pasado, frente a los defensores del cambio a través de la reforma, o la ruptura violenta si es preciso. Según épocas unos u otros han ostendado la hegemonía y a ese respecto, no se si os habéis dado cuenta, estamos atravesando un período de repunte y readaptación del ideario conservador después de unos años en que, debido a las consecuencias de la crisis económica del 2008, parte de sus postulados parecían desacreditados.

¿A qué se debe lo anterior? Bien, en principio hay tres factores a considerar. Por un lado está el aspecto puramente demográfico. La esperanza de vida en Occidente ha crecido mucho durante las últimas décadas, la natalidad se ha estancado y eso hace que en nuestras sociedades crezca el porcentaje de viejos frente al de jóvenes con las consecuencias evidentes que eso supone en el campo de las mentalidades, en tanto que los grupos de edad avanzada suelen ser por definición más conservadores que los de menor edad.

Un segundo aspecto a analizar, que no suele ser tenido en cuenta, es la configuración de los distritos electorales en muchas democracias avanzadas. En general sistemas como el de EE.UU., Gran Bretaña o España distribuyen de una forma bastante uniforme por todo su territorio la elección de los representantes populares. La cuestión es que en la medida en que el trabajo cada vez se está concentrando más y más en torno a determinadas áreas urbanas, es allí adonde acude la gente a vivir. Enormes migraciones interiores están despoblando áreas rurales de casi todos los países para concentrar a la población en grandes ciudades. Esa gente de las ciudades, por una serie de cuestiones en las que no voy a extenderme, tiende a ser más abierta y progresista hacia los extranjeros, las nuevas ideas, la moral sexual, etc., que la gente que vive en el campo. Es decir que las ciudades aglutinan la mayoría de los votantes de los partidos y los líderes progresistas. El problema es que ese tipo de votante, en lo que concierne a los sistemas electorales, se encuentra excesivamente concentrado en la medida en que áreas rurales -donde comparativamente puede vivir por ejemplo un 30% de la población- pueden llegar a otorgar, en función del sistema electoral en vigor, el 40 o el 45% de los representantes del Parlamento o la Cámara de turno lo que sobreprima de cierta manera el voto de los escasos habitantes rurales que, por otra serie de cuestiones (entre ellas nuevamente el éxodo rural), tienden a ser también mayoritariamente grupos de edad avanzados, es decir conservadores por partida doble. Por tanto, en contrapartida, el voto progresista se convierte en parcialmente ineficiente al estar menos desperdigado.

Pero lo descorazonador es un tercer aspecto, creo que también escasamente debatido.

Al respecto quiero escribir una entrada corta y directa, así que contendré mi habitual verborrea. Tampoco es cuestión de entrar en un duelo de cifras y gráficos que no conduce a nada porque al final existen estudios que sirven tanto para “demostrar” determinadas tendencias como para supuestamente invalidarlas. Vamos a acudir por tanto a la sucia realidad y a la experiencia de los más viejos que puedan leer estas páginas. Ellos podrán confirmar, o no, que hace algunas décadas era posible que en los países desarrollados un trabajador normal, incluso sin una carrera universitaria, accediese a un empleo estable de por vida. Empleo dotado de un sueldo mediante el que era posible mantener a una familia de varios hijos y pagar los estudios de estos así como comprar un coche y un piso en una ciudad en un período razonable de años. De esa forma con el trabajo remunerado de un solo miembro de la familia y reservando quizás un tercio del salario mensual era posible pagar una hipoteca en unos quince años. Hoy en día, trabajando los dos padres (el acceso, mejor o peor, de las mujeres al mercado de trabajo ha sido tanto una conquista como una necesidad del sistema productivo y político para camuflar la pérdida de poder adquisitivo de los salarios medios) y aportando estos en torno al 50% de sus sueldos, esa misma hipoteca puede lastrar la economía familiar durante 30 o 40 años.

Por supuesto hoy puedes viajar más barato y más fácil, y comprarte cachivaches tecnológicos que te hagan más amenas las enormes esperas para desplazarte al trabajo todos los días (porque, de hecho, al aumentar el tamaño de las ciudades cada vez pasamos más horas de nuestras vida simplemente esperando o desplazándonos de un punto a otro, entre el lugar de trabajo y el hogar). También puedes acceder de forma sencilla a discursos y actividades que te hagan sentir más sano, autocentrado y vital… para ser más productivo en tu trabajo de mierda en el que pasas la mayor parte de tu vida lejos de tu familia y las cosas que de verdad deberían hacerte feliz.


Pero en el fondo hay menos movilidad social que en las últimas décadas. En los años 60 y 70, un poco más tarde en el caso de España, una persona de una familia humilde a través del trabajo duro o los estudios podía esperar con razonable seguridad acceder a una más o menos confortable clase media protegida por unos sistemas de seguros sociales (pensiones, cobertura sanitaria y de desempleo, becas de estudios, etc.) bastante serios. Hoy ocurre al contrario y es la clase media la que, pese a trabajar más horas que nunca y estudiar más años que nunca está pasando a convertirse de nuevo en clase baja debido al encarecimiento de los bienes de primera necesidad, empezando por la vivienda y la educación. Todo ello mientras los muy ricos se hacen más y más ricos a costa del resto de la sociedad. 


Toda esta problemática que resumo aquí pero que es bastante más compleja debería estar haciendo crecer el voto progresista, algo que durante el último siglo era sinónimo de voto de “izquierdas” al menos en países como España. Pero eso NO está sucediendo. De hecho en algunas zonas (que están ejerciendo de laboratorios de lo que puede generalizarse en el futuro a corto plazo) lo que se detecta es un aumento del voto de “derechas” e incluso un desplazamiento hacia la ultraderecha en áreas pobladas por clases bajas trabajadoras.  

Esto de más abajo es Alemania. Tres décadas después de la caída del Muro la Alemania del Este continua siendo (y todo apunta a que no es algo temporal) un territorio más pobre, despoblado y con más paro que la antigua Alemania Federal.


Lo anterior, sumado al pasado comunista de la zona, explicaban que desde la Reunificación hasta hace unos años en esas zonas se refugiase gran parte del voto propiamente de izquierdas (en un país tan conservador como Alemania).


Pero desde hace cuatro o cinco años la Extrema Derecha ha convertido esos territorios en su bastión. ¿Cómo es posible un giro tan aparentemente radical en las tendencias de voto de esos electores: pasar de votar a nostálgicos comunistas a neonazis encubiertos prácticamente de un año para otro?


A lo que parece por todas partes los más desfavorecidos se están refugiando en el ultranacionalismo, la xenofobia o el racismo a falta de respuestas alternativas adecuadas. Los intelectuales liberales creyeron que era posible construir sociedades basadas en el egoísmo individual y la competición entre individuos y clases sociales... pero a la vez mantener Estados (no digamos ya construcciones como la UE) donde esas mismas personas aceptasen un mínimo de solidaridad y redistribución de los recursos entre regiones o países (algo necesario siquiera para mantener la eficiencia de los mercados de intercambio entre esos territorios). Lo que ha ocurrido en cambio es que cuando han aparecido los problemas lo que se documenta es, vaya sorpresa, el triunfo del egoísmo y la insolidaridad, no ya entre clases sociales sino entre esos grupos humanos igualmente artificiales llamados naciones. El mismo egoísmo humano que contribuyó a la caída del comunismo y con él la llegada de la globalización puede poner en peligro el paraíso global de libremercado draconiano resultante. Qué ironía. Además en gran parte de los Estados que se sitúan en el núcleo de ese mercado globalizado el capitalismo de cuño neoliberal está agrandando tanto la brecha entre los ricos y el resto de la sociedad como para poner en peligro el funcionamiento de dichas "democracias". Eso ocurre porque las élites, cada vez más poderosas y ricas, están gracias a ello en disposición de comprar y controlar tanto a los partidos políticos que nos "representan", como los mass media que deben suministrar información veraz a los ciudadanos para que estos (demasiado fatigados y angustiados por sus vidas miserables) "decidan". 

Pero si tras el colapso del comunismo a finales de los años 80 los intelectuales liberales se volvieron en exceso confiados y optimistas, por su parte los intelectuales de izquierda pecaron de forma mucho más grave: simplemente desertaron. Se acobardaron y en muchos casos dejaron de basar sus ideas en cuestiones puramente socioeconómicas y de redistribución de la renta entre clases sociales así como de los recursos entre territorios. Lo que debería ser su núcleo identitario ahora y siempre sin discusión posible. 

No obstante como desde los 90 ese tipo de discurso ya no parecía “estar de moda” pronto muchos se subieron al carro de la defensa del ecologismo, los derechos de diversos colectivos minoritarios, la multiculturalidad de las sociedades y otra serie de cosas muy bonitas y positivas pero que en el fondo solo constituyen el problema central en la vida de sectores sociales para nada dispuestos a una fuerte movilización social de cara a solicitar cambios estructurales, ya que esos sectores masivamente integrados por profesionales liberales sienten que viven en el seno de sociedades que básicamente funcionan bien a falta de algunos arreglos puntuales. Y lo que es más, para centrarse en ese tipo de problemáticas muchos de los nuevos intelectuales "de izquierdas" en boga (como siempre en su mayoría salidos del seno de familias burguesas) dejaron de preocuparse por los feos problemas jodidos de las personas realmente necesitadas, precisamente las que no tienen nada que perder a la hora de intentar cambiar, de verdad, el pacto social imperante. De tal forma los nuevos intelectuales de izquierdas "new age" empezaron a ofrecer a toda esa gente desamparada unos discursos "progres" demasiado complicados para ser entendidos por ese tipo de ciudadanos y demasiado alejados de sus problemas cotidianos reales como para que, de poder entenderlos, pudiesen importarles. Es triste, es incómodo, pero el deshielo de los polos, los derechos de los transexuales, la experimentación con monos, las corridas de toros, los refugiados de guerra sirios, o incluso los últimos debates sobre las problemáticas de género, importan entre poco y nada cuando no llegas a fin de mes, no tienes tiempo ni dinero para pasarte el día despotricando en Internet, trabajas de limpiadora, vives en un piso asqueroso en el extrarradio del que debes dos meses de hipoteca y a tu marido lo acaban de echar de su trabajo en la última fábrica de la zona. Es así. No digamos si vives en un pueblo donde ya no hay ni trabajo, ni vida cultural y pronto no habrá ni colegio ni siquiera lineas de autobuses diarios a la ciudad más próxima.  

Y ante el vacío de ideas en torno a las que canalizar la comprensiva frustración que se genera en ese tipo de situaciones y otras muchas que cada vez son más habituales fuera del anillo gentrificado de las grandes ciudades o de las urbanizaciones de buen nivel a las afueras de las mismas -esos oasis privilegiados donde los problemas son otros, quizás menos acuciantes-, determinados partidos e ideólogos con un discurso simple, por ello comprensible, emotivo y sobre todo apegados a los miedos y prejuicios de muchas personas de a pie, comienzan a ganar terreno situando en el centro del debate, por ejemplo, cuestiones identitarias en detrimento de la incómoda problemática sobre la desigualdad. 

   Paradójicamente parece evidente que llegados a tal punto muchos de sus votantes deberían preguntarse (y no lo hacen) ¿a que grupo social beneficia eso en el fondo?, ¿a aquellos que tienen más y van ganando con el actual reparto o a los que tienen problemas?  

Sin embargo lo más preocupante a mi juicio es que lo que está pasando en Alemania va a ocurrir pronto o incluso ya está sucediendo en otros lugares. Se ha hablado mucho de los EE.UU. donde Trump se ha visto favorecido por esta dinámica en detrimento de los demócratas. Pero es un proceso de carcoma y putrefacción social que también se detecta incluso en países tradicionalmente moderados como Francia o Suecia y asimismo resulta muy evidente a lo largo del olvidado Este de Europa, región geoestratégica que en comparación con los países punteros de la UE sigue siendo un reducto más atrasado, pobre e injusto socialmente y, aun así, también más conservador a cada año que pasa. Y por supuesto el populismo de derechas sigue fuerte en sus feudos tradicionales de Sudamérica (como Brasil). 

   Mientras tanto la "izquierda", si es que eso existe todavía, sigue centrada en sus estériles debates bizantinos y sus gestos de cara a la galería que en el fondo jamás suponen cuestionar de manera frontal, pública e inequívoca el modelo político y socioeconómico imperante pese a que desde hace años, muy especialmente en países como España, la coyuntura es de clara quiebra social y se supone que por ello debería ser terreno fértil para un debate valiente sobre el cambio radical de sistema o al menos para situar otra vez las cuestiones socioeconómicas en el centro del debate político. 

jueves, 9 de agosto de 2018

The power of love


- En algunas religiones se cree que el huevo simboliza el alma. ¿Lo sabía?
- No, no lo sabía.
- ¿Le apetece uno?

Robert de Niro y Mickey Rourke en “El corazón del ángel”




La semana pasada estuve en Ucrania. Es un país muy interesante aunque desaprovechado: debido a los ecos del conflicto con Rusia en el Este y, claro, también al miedo a la envenenada herencia de Chernóbil, la mayoría de turistas occidentales que acuden a la zona son hombres en busca de un polvo barato con alguna joven guapísima. Lo cual, todo sea dicho, no es una buena idea ya que lo anterior a su vez explica que Ucrania sea uno de los países de Europa con mayor porcentaje de enfermos de SIDA, particularmente en el caso de la población femenina urbana.

Es una pena porque Ucrania es asimismo un país que dentro de sus fronteras cuenta con algunas playas decentes en el Sur, en la zona de Odessa, precios bajos, monasterios y catedrales impresionantes (si bien muchas se encuentran en proceso de restauración/reconstrucción debido a los estragos que causó en la zona la II Guerra Mundial), pero sobre todo es un país que está dotado de un cierto exotismo en un mundo en el que cada vez todo es más homogéneo pese a las supuestas diferencias.

Y esto último también se nota en el campo de la arqueología debido a la peculiar historia de la zona y las singularidades de las culturas que conformaron las primeras etapas de civilización en aquella parte del mundo.

La cuestión es que en la típica campaña de excavaciones de verano este año ha logrado cierto eco el hallazgo de una tumba de la cultura Wysocka. Se trata de restos procedentes de una sociedad en transición entre el Bronce y el Hierro a finales del II milenio y comienzos del primer milenio antes de nuestra era, ubicada en la zona occidental de la actual Ucrania en las proximidades de Lviv (de hecho el nombre de dicha cultura se tomó a principios del s. XX de una aldea de la región llamada Wysocko Wyzne).

En cualquier caso la cultura Wysocka acabó desapareciendo en las brumas de la historia, quizás bajo la influencia escita, y puede decirse que no posee demasiado interés hoy en día. Ahora bien, la tumba que fue dada a conocer hace poco si que posee cierto interés, al menos periodístico, debido a cuestiones digamos estéticas ya que ofrece la potente imagen de lo que parece ser una pareja abrazada aun después de muerta. 



Algunos han querido ver en lo anterior una historia de amor. En cierta forma una de las primeras historias de romanticismo y devoción con tintes poéticos tal y como nosotros entendemos esos conceptos.

Pero claro, las apariencias pueden resultar engañosas a la hora de interpretar restos del pasado a la luz de nuestros valores y obsesiones, máxime en culturas exóticas de un área que no conocemos bien, un ejemplo de lo cual ya os lo puse a través de Facebook hace algunos meses con esta foto de los restos de un niño sármata con una deformación craneal intencionada encontrado en Crimea.



Lo cierto es que existen diversas tumbas neolíticas mediterráneas como los amantes de Valdaro que muestran ese tipo de posicionamiento de los cadáveres, y sobre todo es algo que se documenta con cierta frecuencia en los enterramientos propios de pueblos de la estepa en la época de los metales, por ejemplo en el caso de la cultura de Andronovo.




El problema es en qué medida donde nosotros vemos amor romántico y cariño (basándonos sobre todo en la posición de los difuntos) hay matices que para nuestra moral pueden resultar inquietantes.

De hecho los análisis de este tipo de tumbas normalmente indican que uno de los miembros de la pareja, la mujer en concreto, se suicidó o -más probablemente- fue sacrificada durante el ceremonial del enterramiento del hombre. Eso más que de amor nos habla también de posesión, dominación y culturas patriarcales donde la esposa no debía sobrevivir al marido si este detentaba una determinada posición, o donde los ritos funerarios se mezclaban con un culto a la fertilidad o con algún tipo de esperanza de reencarnación para lo cual el varón era acompañado de una fémina, no necesariamente su esposa, quizás una esclava, en la muerte. Tras lo anterior en determinadas ocasiones, sin que esté clara para nosotros la razón, se enterraban sus cadáveres y al hacerlo se tenía mucho cuidado en colocarlos específicamente en el tipo de posturas del que hablamos, recreando de esa forma la iconografía "amorosa" de alguna leyenda, relato oral o credo religioso perdido. Simplemente por ahora nos faltan elementos del puzzle de cara a entender el sentido de tales disposiciones.  



   Aunque, también podemos pensar que detrás de todo eso, más allá de las cuitas arqueológicas sobre las mentalidades propias de cada tiempo y cultura, en el fondo, de alguna manera, se encontraba el amor. Lo cierto es que nunca lo sabremos con total seguridad porque el amor es una cuestión que atañe a las personas implicadas mientras que los demás solo miramos desde fuera y, en este caso, desde muy lejos en el tiempo. Quizás incluso con cierta envidia y desazón, a veces con desasosiego.