sábado, 21 de abril de 2018

El catálogo de Aristófanes


- Estoy en una misión de civilizar. Soy Don Quijote.
- No, ¡yo soy Don Quijote¡.
- ¿Has leído siquiera el “Don Quijote”?
- En el francés original.
- Fue escrito en español.
- No mi copia. ¿Debería haberlo leído en español?.
- Deberías haberlo leído en inglés.

(“The Newsroom”, cuarto episodio de la primera temporada) 

         
    

Cuando la dinastía ptolemaica instaurada en Egipto tras la muerte de Alejandro Magno impulsó la creación de una gran institución cultural en Alejandría lo hizo en busca de prestigio y como una forma de promover la cultura griega en la región, lo que en último término redundaba en mayor legitimidad para su propio linaje (de origen griego).

La institución subsiguiente fue llamada Mouseion “Museo” por estar bajo la protección de las Musas y consistía en un centro de investigación y enseñanza, casi comparable a una Universidad actual, en el que residían importantes sabios del período, algunos de forma permanente y otros sólo hasta completar su aprendizaje.

Como no podía ser de otra forma ese "Museo" contaba con algo parecido a lo que nosotros llamamos “biblioteca”, formada en su caso por varias estancias donde se almacenaban múltiples volúmenes. Ahora bien, cuando los griegos hablaban de “volúmenes” estos no eran tal y como nosotros entendemos ese concepto, ya que se referían a rollos de papiro. Cada uno de esos rollos equivalía a unas 60 o 70 páginas mecanografiadas actuales por lo que una obra o “libro” estaba compuesta en realidad de un número variable de esos rollos de papiro.

Podemos imaginar por tanto que a medida que la colección de obras en manos de esa institución crecía el espacio necesario para almacenar todos esos rollos también aumentó hasta el punto de que fue necesario habilitar un segundo lugar de almacenamiento de "libros", es decir una segunda "biblioteca", en otro edificio separado de las estancias del "Museo" y ubicado en una parte distinta de la ciudad. Ese edificio fue el Serapeion, donde más bien se guardaban rollos consistentes en copias para consulta pública, a diferencia de la “biblioteca madre” que en principio solo estaba disponible para los sabios y estudiantes del "Museo" y contenía los originales y las copias de más valor.

  En cualquier caso el conjunto de ambas bibliotecas separadas pero relacionadas entre sí y en el fondo meros departamentos de una institución más amplia es lo que se conoce como la mítica “Biblioteca de Alejandría”. 

Los fondos manejados por dicha institución llegaron a ser docenas de miles de obras de todas las temáticas y autores, fijadas por escrito en cientos de miles de rollos de papiro que a su vez se almacenaban en cestos, vasijas, armarios así como nichos y estantes habilitados en las paredes (y llamados bibliotheke; de ahí el nombre posterior que se generalizó para todo el conjunto) dispersos por varias habitaciones y almacenes.

Tal es así que llegado un punto los responsables del "Museo" se vieron enfrentados a la tarea de intentar organizar ese caos. De cara a ello inicialmente se siguió el criterio que había implantado Aristóteles en su Lykeion dividiendo los fondos según materias o synodos. Pero claro pronto la cantidad de rollos que albergaba Alejandría superó con mucho los que alguna vez formaron parte del famoso "Liceo". De hecho en el año 287 a.n.e. un discípulo de Aristóteles llamado Neleo vendió en bloque a la propia institución alejandrina todos los libros acumulados en su día por su difunto maestro.

Debido a ello Zenódoto de Éfeso, el primer bibliotecario jefe de Alejandría, ayudado por el poeta Calímaco quien luego sería su sucesor en el cargo, afrontó la tarea de intentar una catalogación más o menos minuciosa de los papiros en manos de su institución usando un nuevo enfoque. La idea parece que se le ocurrió en realidad a Calímaco el cual abogó por fijar en unas tablillas (llamadas Pinakes en griego) la primera bibliografía temática exhaustiva en la historia. En otras palabras se redactó un listado de autores en orden alfabético divididos por materias y junto a cada autor se enumeraban sus obras.

Sin embargo no era fácil mantener actualizada esa lista porque los fondos no dejaban de crecer, superando poco después ya seguramente el medio millón de “volúmenes” y con ello en determinado momento el trabajo de catalogación rigurosa de cada nuevo paquete de obras adquiridas se volvió inabordable en un tiempo en que no se disponía de nada parecido a ordenadores o bases de datos. Es así como nuevos directores de la “Biblioteca”, en especial Aristófanes de Bizancio junto con uno de sus discípulos llamado Aristarco de Samotracia, decidieron adoptar un atajo y centrarse en compilar listas de los que ellos consideraban los mejores autores en cada género literario. En adelante focalizarían sus esfuerzos en tener controlados los fondos pertenecientes a un grupo escogido de autores y la ubicación de los papiros con lo que ellos consideraban que eran sus obras más destacadas. El resto de fondos… pues bueno, se amontonarían de forma menos cuidada.

   Es así como nació el denominado canon alejandrino, del que formaban parte unos sesenta autores cuyas obras en adelante pasaron a ser sistemáticamente copiadas no solo por los bibliotecarios de Alejandría sino por todos sus herederos espirituales en el arco mediterráneo. Es por eso que dichas listas confeccionadas por Aristófanes y Aristarco estaban llamados a tener una importancia capital pasado el tiempo. ¿Por qué?. Veamos. Muchos siglos después, durante la Alta Edad Media, los copistas medievales se vieron enfrentados a un desafío. Pese a las destrucciones y purgas de bibliotecas durante los siglos anteriores, pese a la escasez de libros resultante, lo cierto es que a comienzos de la Edad Media seguían existiendo "demasiadas" obras para lo que podían abarcar los monjes que las custodiaban: dado que el trabajo de copia en aquellos tiempos resultaba exasperantemente lento y laborioso (entre otras cosas por el énfasis puesto en embellecer los códices con textos religiosos y que la escritura resultase hermosa y no solo funcional) pronto fue evidente que no era posible realizar copias de todo el material disponible. En consecuencia una parte del mismo se iba a perder no solo debido a destrucciones intencionadas sino simplemente debido a la humedad, la putrefacción, o accidentes, todo ello combinado con la existencia de muy escasos ejemplares de la misma obra.

Asumido lo anterior los copistas de los scriptoria medievales se centraron en elaborar y copiar fundamentalmente obras religiosas, tratados doctrinales, biblias… y en el tiempo disponible restante intentaron también copiar obras antiguas que resultasen al menos especialmente notables o valiosas. ¿Pero cómo decidir cuales lo eran? Muchos de los monjes y abades no entendían nada de literatura antigua, o geometría, o astronomía. ¿Cómo escoger por tanto cuales de las obras sobre dichas materias debían ser copiadas una y otra vez para que perdurasen y cuales ser dejadas a su suerte en algún armario o borradas para copiar encima algo más provechoso? Sencillo. Acudiendo al canon establecido por Aristófanes en aquellas listas que había elaborado, algunos ejemplos de las cuales sobrevivieron. Gracias a eso bastaba mirar si una obra era mencionada en el catálogo que dicho sabio redactó en su día. Si lo estaba y se tenía tiempo y pergamino disponible entonces se intentaba copiarla. Si no estaba incluida en el canon… probablemente no valía la pena malgastar valiosos recursos.

Aunque obviamente no todos los copistas de todos los monasterios medievales se limitaron a seguir las listas de “favoritos” legadas para la posteridad por aquellos bibliotecarios de Alejandría, nos encontramos pese a todo con que sus puntos de vista acabaron por ostentar con el paso del tiempo una influencia desmedida respecto a qué obras y saberes pertenecientes a la tradición griega se conservaron y cuales desaparecieron de la faz de la Tierra.

Imaginaos que dentro de cien años diversas instituciones culturales enfrentadas al problema de estudiar y salvaguardar el cine del s. XX se ven obligadas, por la falta de presupuesto y de medios, a decidir con mucho cuidado qué filmes preservan (algo que ya está ocurriendo de hecho) y de cara a ello eligen tomar como referencia las listas de películas nominadas a los premios Oscar. No sería un mal criterio, pero indudablemente poseería un sesgo y en algunos casos dejaría fuera obras importantes en detrimento de otras no demasiado remarcables.

Los especialistas dicen que no resulta extraño encontrar entre los textos de muchos autores antiguos que de alguna manera han llegado hasta nosotros menciones sueltas a otros autores u otras creaciones en su momento consideradas obras maestras o tratados de referencia por los principales eruditos de la época y que, sin embargo, nosotros desconocemos por completo porque no se ha conservado nada. Es lo que sucede por ejemplo con un historiador denominado Fanias de Ereso citado con mucho respeto por Plutarco, con los poetas Arctino de Mileto y en menor medida Lesques de Pirra, un escritor satírico llamado Menippo, pintores como Nicias, Zeuxis, Parraxios o Polignoto, u obras como la Iliupersis. Pero todo ese legado se perdió en algún momento debido a causas variadas algunas tan aleatorias como que en su día Aristófanes decidió, de manera informada pero a fin de cuentas arbitraria, que otros autores y obras le gustaban más. 


El proceso de conservación de la cultura no es totalmente "justo", igual que la naturaleza no lo es con las especies que se conservan o desaparecen. E incluso cuando dicho proceso resulta más o menos "justo" en ocasiones se detecta un patrón inquietante en tanto que aquellas obras u autores que logran reproducirse y extenderse con mayor éxito entre una determinada sociedad (lo cual a veces no tiene una relación directa con su calidad o importancia real) tienen más probabilidades de pervivir en el tiempo y con ello alcanzar una pátina de respetabilidad intelectual que quizás originalmente nunca tuvieron. A fin de cuentas si una gran catástrofe destruye nuestra civilización los arqueólogos del futuro tienen más posibilidades de toparse con restos de la discografía de Maluma, Pitbull o Enrique Iglesias que con la del Niño de Elche o Maria Arnal. 

   Pero ni siquiera la popularidad en un tiempo determinado garantiza la supervivencia ante determinados eventos azarosos. Por ejemplo todo hace suponer que la sociedad cartaginesa en cuanto a patrones culturales y artísticos era como poco igual o más refinada que la romana en la época en que los dos grandes poderes se encontraron. Sin embargo la derrota militar de los púnicos frente a los latinos determinó que hoy en día no quede prácticamente rastro alguno de las producciones que los poetas, literatos, artistas y artesanos de Cartago alguna vez pudieron, o no, elaborar. Para nosotros es como si nunca hubieran existido igual que ocurre con pensadores y artistas de muchas civilizaciones derrotadas a lo largo de la historia. Un poco lo mismo que ha ocurrido a pequeña escala con muchas mujeres escritoras o pintoras durante la Edad Media o Moderna que resultaban invisibles en su tiempo y luego fueron condenadas al olvido ante los prejuicios de sus contemporáneos o más adelante de los propios historiadores, casi siempre varones hasta el presente.

Lo que consideramos un resumen del panorama cultural de un determinado tiempo pretérito no deja de ser en muchos casos una aproximación dudosa, como lo es nuestro conocimiento de muchos eventos militares o políticos del pasado. La falta de fuentes, la parcialidad de las mismas o de nuestros propios puntos de vista hacen que no podamos estar completamente seguros de que la imagen que nos hacemos de la cultura y los gustos del público en una determinada época lejana en el tiempo resulte precisa. Ocurre algo parecido a un pez visto desde fuera del agua cuya posición a nuestros ojos aparece distorsionada por el fenómeno de la refracción de la luz, siendo en este caso el tiempo y la pérdida de datos los elementos que contribuyen a la confusión. 

sábado, 7 de abril de 2018

El topo



Me atormenta un eterno anhelo por cosas remotasansío navegar mares prohibidos.

Herman Melville, “Moby Dick”




James Mellaart fue un arqueólogo británico de origen holandés nacido en 1925 y muerto en 2012. Su historia empezó de una forma clásica: de niño quedó fascinado por las civilizaciones antiguas el día que su tío le regaló, por su once cumpleaños, un libro sobre el antiguo Egipto. Pronto el chaval aprendió precisamente egipcio antiguo así como griego antiguo y latín a la vez que demostraba poseer un sorprendente sexto sentido para hallar restos del pasado. Por ejemplo en una ocasión, mientras viajaba con su familia por la campiña inglesa, encontró un broche de la Edad de Hierro y, años después, durante un viaje a Chipre, dio con varias piezas de bronce micénico. Por ello no sorprendió a nadie cuando en 1947 empezó a estudiar Historia Antigua y Egiptología en Londres. Se graduó cuatro años más tarde y en uno de sus primeros trabajos como arqueólogo, en un viaje a Jericó, encontró una tumba antigua intacta.

Puede decirse que tenía un don. Y sin embargo ya por entonces empezó a mostrar un carácter impulsivo y problemas para seguir las convenciones de la arqueología científica. La pasión de Mellaart era desenterrar cosas, encontrar joyas, restos de edificaciones y ajuares, y hacerlo cuanto antes mejor. Lo suyo no era excavar pacientemente durante años un par de metros cuadrados de terreno para encontrar restos de semillas o algunos trozos de vasijas sin importancia. 

Con todo, en los años cincuenta, empezó a familiarizarse con la escritura luvita y puso su atención en la Península de Anatolia lo que le iba a proporcionar inesperadas satisfacciones. Primero realizó grandes hallazgos de estatuillas primitivas de la Edad del Cobre en el sitio de Hacilar y más tarde, en 1958, llegó el premio gordo con el descubrimiento del sitio de Catalhöyük, un emplazamiento clave a nivel mundial para conocer el tránsito hacia el Neolítico entre los años 7.500 y 5.500 a.n.e.

Para poneros en situación, en dicho asentamiento aparecieron entre otras cosas lo que en su día fueron los primeros restos de producción de textiles elaborados, también algunos de los más tempranos vestigios de cerámica, de domesticación de ganado y de pinturas en paredes de edificaciones (no en muros de piedra naturales como había sido común en el arte anterior a esos momentos). En su día Catalhöyük fue ya algo muy parecido a un asentamiento urbano, milenios antes de las más antiguas ciudades-estado de Mesopotamia. De tal forma las publicaciones del propio Mellaart y su equipo abrieron el camino para las modernas teorías sobre los cambios en las sociedades humanas durante la transición hacia el Neolítico.

Mellaart se había transformado en una estrella de la arqueología.

Y justo en ese momento se vio enfangado en un asunto bastante extraño.

La chica del tren

En 1959, en el culmen de su prestigio, convertido en un nuevo Arthur Evans por la prensa británica, Mellaart afirmó por sorpresa en un magazine londinense de noticias un tanto sensacionalistas, The Illustrated London News, que tiempo atrás, durante el verano del año anterior mientras viajaba en tren por la costa turca, se había encontrado por casualidad con una atractiva mujer que portaba un brazalete de oro de apariencia muy antigua, algo que le llamó la atención. Mellaart ni corto ni perezoso le dijo a la joven que era arqueólogo y quería examinar más de cerca su joya y acto seguido la joven, también sin vacilar, le invitó a su casa. Allí la misteriosa mujer no solo le dejó analizar su brazalete sino que le enseñó una inmensa colección de alhajas de oro y plata, así como dagas y estatuillas milenarias, objetos que según ella habían sido desenterrados ilegalmente durante la guera turcogriega de 1919-1922 cerca de un lago ubicado en las proximidades de la villa de Dorak, al Sur del mar de Mármara y no muy lejos de la antigua Troya. Mellaart no pudo hacer fotos que probasen la veracidad del hallazgo pero según dijo se pasó cuatro días haciendo bocetos en papel de las piezas que pudo examinar. 

Debido a ello pudo observar que entre las piezas había fragmentos de una lámina de oro adornada con jeroglíficos egipcios que mencionaban el nombre del faraón Sahure (mediados del III milenio a.n.e.) y también logró identificar lo que describió como una “espada de plata” decorada con dibujos de barcos navegando en alta mar.  

A partir de dichos datos Mellaart dedujo que existía una gran nación marinera en el noroeste de Anatolia en tiempos muy antiguos, probablemente vinculada a la cultura Yortan de la Edad de Bronce, y que el tesoro que aquella mujer guardaba en su casa procedía probablemente de una tumba real de esa época.  

Pero a fin de cuentas nadie volvió a ver jamás todos aquellos objetos preciosos así que, poco después de que The Illustrated London News publicase la historia, un periódico turco acusó a Mellaart de haber saqueado ilegalmente tumbas y luego haber sacado del país los hallazgos obtenidos para venderlos a coleccionistas en el mercado negro. 

   Ahí empezaron los problemas para Mellaart pues, a pesar de realizar nuevas declaraciones proclamando su inocencia, la búsqueda de la enigmática mujer con la que aseguró haber hablado resultó infructuosa. Al parecer, según el testimonio aportado por Mellaart, la chica se llamaba Anna Papastrati y vivía el número 217 de la calle Kazim Direk en Karsiyaka, Izmir, pero nadie pudo encontrar rastro de una persona con ese nombre registrada en la zona y en concreto la dirección citada resultó pertenecer a un local comercial no a una residencia particular. 

   Oportunamente, en medio de la polémica, llegó una carta a la oficina de Mellaart en el Instituto Británico de Arqueología de Ankara. Dicha carta estaba firmada por la mencionada Anna Papastrati y en ella confirmaba todo lo que él había dicho, si bien existen sospechas –debido al tipo de escritura y la tipografía- de que la carta fue redactada en realidad por la esposa de Mellaart, Arlette Meryem Cenani, de origen turco, que ejercía como secretaria suya y con la que se había casado en 1954.

En cualquier caso gracias a la carta las aguas parecieron calmarse por un tiempo, hasta que varios años después, a mediados de los años 60, la policía turca hizo público un dossier sobre Mellaart, incluyendo las declaraciones de un par de supuestos testigos, acusándolo formalmente de contrabando de tesoros arqueológicos hacia el mercado negro.

La posterior causa penal abierta para juzgar dichos delitos quedó en nada pero, como consecuencia del descrédito que eso le supuso a Mellaart, el Departamento de Antigüedades de Turquía canceló su permiso de excavación. A su vez debido a lo anterior Mellaart perdió el control del yacimiento de Catalhöyük, también su puesto en la Universidad de Estambul y en última instancia se vio obligado a abandonar el país.

Sin embargo, pese a todo, y aunque parezca increíble visto desde el presente, la reputación internacional de Mellaart no se vio demasiado dañada por todo aquello.

Incluso ocurrió al contrario desde que empezó a circular en el mundillo especializado una supuesta explicación sobre lo que había ocurrido. Al parecer Mellaart había sido víctima de una banda de traficantes de arte. Dicha banda había descubierto un tesoro extraordinario durante una excavación ilegal en busca de restos antiguos para vender en el mercado negro. Intrigados acerca del valor aproximado de semejante alijo de piezas, así como de su posible horizonte cronológico, los miembros de la banda decidieron consultar a un especialista antes de vender a ricos coleccionistas su tesoro. Y para ello recurrieron al mayor experto disponible en el país por entonces: el propio Mellaart. Pero como no podían consultarle abiertamente ya que, no lo olvidemos, todo el asunto era ilegal, decidieron engañarle usando para ello como cebo a una chica guapísima, la misteriosa Anna Papastrati, cuyas explicaciones sobre cómo se había hecho con aquella colección de piezas eran probablemente igual de falsas que su nombre. Incluso es posible que el propio Mellaart tuviera razones para mentir al respecto de lo que contó sobre ella porque, pese a estar casado, habría llegado a tener un affaire con dicha femme fatale. Y así, cegado por el amor, o por el sexo, le hizo el trabajo sucio a los contrabandistas sin percatarse de ello. Luego la banda de traficantes vendió todas o parte de las piezas y cuando Mellaart, desconocedor de lo anterior, inocentemente dio a conocer su aventura, se quedó literalmente vendido al haberse esfumado los miembros de la banda y con ellos toda posible esperanza de verificar la veracidad de la historia que Mellaart había contado.

La anterior era una explicación interesante, sazonada con un cúmulo de elementos atrayentes: el encuentro fortuito en un tren de un viril arqueólogo con una mujer muy atractiva engalanada con una joya de miles de años, un viaje, una conspiración, una banda de astutos criminales de guante blanco…

Así que después de todo lo sucedido, y pese a haber sido expulsado de Turquía bajo acusaciones muy graves, como ya dije en Occidente Mellaart mantuvo intacto su prestigio académico e incluso se vio rodeado de un cierto aura de aventurero romántico con lo que pronto consiguió una plaza en la Universidad de Londres como especialista en Arqueología.

Diosas cachondas

Allí encontró refugio y se pasó casi un cuarto de siglo en un cierto anonimato hasta que en los años 90 empezó a recuperar su notoriedad mediática. Y lo hizo gracias a un libro publicado en 1989 titulado The Goddess from Anatolia, en el cual Mellaart hablaba de unos misteriosos frescos, hallados en su día durante las excavaciones en Catalhöyük, a la vez que mostraba algunos dibujos con las reconstrucciones hechas por él de memoria de tales pinturas. 

Y es que los mencionados frescos no los había visto nunca nadie más porque en realidad cuando Mellaart los encontró en el yacimiento estaban casi destruidos, solo quedaban fragmentos, fragmentos demasiado pequeños para hacerles fotografías. Y luego con el tiempo incluso los fragmentos se perdieron. En un fuego. Un fuego ocurrido en la casa del padre de su mujer. Porque Mellaart se los había llevado del yacimiento para estudiarlos y los dejó en casa de su suegro con tan mala suerte que se incendió. Y por eso nadie conocía aquellos restos concretos. Así que él era el único que los había visto alguna vez y el único que podía hablar de ellos. Pero eran muy interesantes porque, una vez reconstruidas las siluetas que parecían intuirse en los fragmentos supuestamente hallados, el resultado eran representaciones de una hipotética diosa madre, lo que podía proporcionar mucha información sobre la posible religión de los habitantes de Catalhöyük o la teórica existencia de un matriarcado entre los pueblos de la zona en aquel tiempo. (Nótese la abundancia, en las últimas frases, de palabras para denotar diferentes grados de especulación)

En cualquier caso, si bien los especialistas empezaron a desconfiar un tanto de esas nuevas y sensacionales afirmaciones, los seguidores de ese tipo de ideas (un púbico bastante abundante y activo en los círculos literarios) se mostraron entusiasmados por la aparición de nuevos datos que, en principio (nótese la nueva salvedad), corroboraban la existencia de un culto matriarcal a una diosa madre mediterránea primitiva.

Todo esto os sonará porque es toda una línea de pensamiento pseudocientífico respecto al mundo antiguo que parte a finales del s. XIX de las ideas de James Frazer, más adelante durante la primera mitad del s. XX encontró nuevos asideros a los que agarrarse a partir de las excavaciones de Arthur Evans, y las ideas de Marija Gimbutas, y desde entonces ha tenido muchos defensores en el campo de la novela, desde Robert Graves a Mary Renault, así como en los seguidores de ciertas corrientes feministas, cultos neopaganos y new age, etc. 

Pero, a raíz de aquellas primeras críticas académicas públicas y serias hacia su trabajo, y sobre todo ya en los últimos años tras su muerte en 2012 y la de su esposa al año siguiente, se han ido conociendo estudios y publicaciones de colegas de Mellaart que tiran de la manta y plantean serias dudas sobre la posible carrera de Mellaart como fabulador y falsificador compulsivo.

Para resumirlo, actualmente se cree, o se teme, que falsificó desde inscripciones luvitas (particularmente la llamada inscripción de Beyköy, con referencias a Wilusa, la Troya homérica y un príncipe de nombre Muksus), hasta figurillas de la Edad de Bronce o (todos o algunos de) los citados murales de Catalhöyük.

Como poco. 

Y lo peor es que, pese a todo, en su día Mellaart fue un especialista tan importante, tan erudito y con tanto poder y control sobre materiales arqueológicos, que es posible que nunca se pueda llegar a saber a ciencia cierta qué objetos e inscripciones falsificó y cuáles no. Por supuesto se puede verificar si determinadas traducciones de textos que realizó fueron correctas o hacer pruebas de antigüedad a determinados objetos. Pero en otros asuntos apenas tenemos su palabra por escrito y testimonios indirectos de personas que trabajaron con él. Aunque a ese respecto las teorías que él ideó sobre determinadas cuestiones en muchos casos están ya tan aceptadas entre seguidores de sus ideas que costará décadas deshacer la confusión en el mejor de los casos.

Una pregunta que podemos hacernos es, cómo con los avisos que aparecen en su biografía a lo largo de la extraña trayectoria que he intentado resumiros nadie se dio cuenta antes. Pero hacerse esa pregunta sería desconocer y mitificar los tortuosos mecanismos del mundillo académico.

Así que la cuestión más interesante es otra: ¿Por qué lo hizo?

La versión de Aydin

Su motivación podría haber sido la más simple de todas: la vanidad. Mirando hacia atrás casi todo lo falsificado por Mellaart tendría la utilidad de apoyar sus propias ideas e hipótesis sobre las culturas que estudiaba. En su trayectoria fue una constante que cuando sus teorías eran cuestionadas siempre aparecía una nueva pieza, una nueva tablilla con una inscripción, o un nuevo objeto aparentemente descubierto por sorpresa en una excavación años antes y que de golpe servía para probar lo acertado de sus tesis.

Pero, para algunos, esta explicación es demasiado simple. Por ello existen conjeturas bastante más complejas acerca del misterioso comportamiento de Mellaart durante todos estos años. Y casi todas parten del misterioso asunto de Dorak.

Volvamos sobre lo ocurrido allí, pero ahora bajo otro enfoque. Asumamos como hipótesis de partida que Mellaart empezó a falsificar objetos y pequeños textos casi desde el inicio de su actividad como arqueólogo. Por tanto respecto a la historia del tesoro debemos suponer que nunca existió realmente porque lo cierto es que jamás apareció ninguna de las numerosas piezas que en su día Mellaart describió minuciosamente.

La única explicación lógica para lo anterior es que, o bien todos los objetos acabaron en manos de un muy rico y cauteloso coleccionista, o bien todo o casi todo lo que Mellaart relató en su día al respecto era mentira. Parece razonable pensar esto último y creer que en su día Mellaart simplemente se dejó llevar por su ambición, su fantasía, o su adicción a la notoriedad, y creyéndose invulnerable gracias a su inigualable prestigio académico tras sus hallazgos en Catalhöyük, Mellaart le contó a un semanario británico un montón de mentiras para darse importancia y preparar el terreno para alguna mentira posterior que tal vez tendría planificada por entonces, acerca de los pueblos del mar, o los argonautas. Un nuevo hallazgo que cimentaría aún más su prestigio.

Seguramente creyó, y estaba en lo cierto, que ninguno de sus colegas arqueólogos le cuestionaría abiertamente. El problema es que apareció un imprevisto y la policía turca, o algún político turco nacionalista, realmente se tomó en serio el asunto y lanzó a Mellaart a los pies de los caballos. A fin de cuentas los tesoros de los que hablaba no habían aparecido, luego tenían que estar en el mercado negro y, de forma consciente o no, a juicio de los turcos Mellaart había colaborado en eso, así que alguien tenía que pagar por ello. Que Mellaart fuese realmente culpable de un delito grave contra el patrimonio histórico del país o solo un sinvergüenza mentiroso ávido de notoriedad ya no importaba realmente, el asunto se había convertido en una cuestión de imagen y de orgullo nacional. Mellaart probablemente no había contado con esa furibunda reacción por parte del gobierno turco y de esa forma su propia mentira se volvió contra él. 

   Si las cosas sucedieron así podría decirse que, paradójicamente su plan falló porque todo el mundo se tomó demasiado en serio su historia. Incluso, como ironía final, no es descartable que los testimonios que la policía turca presentó luego contra él fuesen a su vez mentiras pensadas para librarse de una vez de un asunto incómodo que les daba mala publicidad en la prensa. Pero, llegados a ese punto, Mellaart no podía ya desdecirse de sus declaraciones previas.

El caso es que para Mellaart tuvo que ser un shock ver como su carrera se truncaba por un fallo de previsión o por una mentira de otros. Quizás eso le enfadó o, por el contrario, simplemente lo convenció aún más de lo hipócrita y absurdo que es todo en este mundo y de lo fácil que es mentir. Y a partir de ahí su incipiente trayectoria como fabulador lejos de detenerse simplemente sufrió un parón hasta que, una vez olvidados en parte sus problemas en Turquía y asentada de nuevo su posición profesional, Mellaart pudo lanzarse de nuevo y con bríos renovados a un círculo de mentiras donde llegado un punto cada nueva falsificación llevaba a su vez a otra para legitimar la veracidad de la anterior. Luego en algún punto del camino su faceta de arqueólogo serio, que en sus primeros años pese a todo está claro que ocupó la mayor parte de su tiempo, fue perdiendo importancia para él en relación al placer que obtenía engañando a sus supuestamente inteligentes colegas con nuevas y cada vez más retorcidas falsificaciones de textos y de piezas antiguas. El fabulador fue progresivamente ganando terreno al científico y la emoción de conspirar y elaborar teorías para enredar a sus colegas en ellas le hizo ir dejando de lado el genuino interés por el pasado histórico real.   

¿Es la anterior, basada en la idea del académico despechado y tramposo, una buena explicación?

Eso creí yo durante mucho tiempo. Pero ahora sé que existe un personaje que añade otra vuelta de tuerca a esta historia.

En 1998 detuvieron en Alemania a un traficante de arte, de origen turco, llamado Aydin Dikmen. En principio la policía alemana lo arrestó en relación a diversas obras de arte bizantinas robadas en Chipre durante el caos de la invasión turca de 1974. Pero rebuscando en sus antecedentes empezó a aparecer información interesante sobre su pasado.

Aydin, nacido en 1937, empezó a trabajar siendo muy joven en una oficina encargada de trabajos de irrigación en la zona de Konya, en el sur de Turquía no lejos de la costa. Debido a su ocupación Aydin tenía que viajar a zonas rurales donde trataba con campesinos analfabetos que nada sabían de nuestro concepto de “antigüedades” ni del valor que podían llegar a tener en el mercado algunos de aquellos objetos "viejos" que ellos encontraban a veces enterrados en sus campos. Así es como Aydin, un joven con estudios y muy espabilado, empezó a relacionarse con la venta de restos arqueológicos y, vistos los primeros beneficios, pronto decidió cambiar de trabajo para dedicarse a dicha actividad a tiempo completo.

Ahora saltemos un poco en el tiempo y sumemos un nuevo hecho a lo anterior. Al parecer en torno al riquísimo yacimiento de Catalhöyük realmente hubo problemas casi desde el principio y poco después de que Mellaart descubriese el sitio y empezase a trabajar allí comenzaron a desaparecer objetos hacia el mercado negro. Pues bien, hoy sabemos que es muy probable que esas piezas que desaparecieron o se “traspapelaron” a finales de los años 50 y principios de los años 60 acabasen en manos de quien se había convertido para entonces en un joven vendedor de antigüedades que para redondear sus ingresos se dedicaba simultáneamente al tráfico de objetos antiguos expoliados de la excavación. Objetos que luego revendía a turistas y coleccionistas extranjeros, sin descartar de vez en cuando la venta de falsificaciones. Sí: me refiero a Aydin.

La pregunta en este punto es ¿Aydin empezó a robar objetos de Catalhöyük a espaldas de Mellaart o bien es entonces cuando los dos hombres se conocieron y empezaron a “colaborar”?

Hay varios datos que se han ido conociendo y que aportan piezas al puzzle. Para empezar Aydin parecía tener éxito con las mujeres. Artículos sobre su detención en los años 90, ya viejo, hablan de que su esposa por entonces era una espectacular gitana rumana. La Anna Papastrati de la historia quizás estaba inspirada en alguna joven ayudante de Aydin cuarenta años antes. ¿Aydin engañó a Mellaart? ¿O por el contrario este, al inventarse su historia del tesoro y la chica, fabuló acerca de alguna visita a un alijo ilegal que le enseñó su amigo Aydin y eso puso sobre aviso a la policía turca?

Es más. Poco después de que Mellaart fuese expulsado del país resulta que Aydin dio con sus huesos brevemente en prisión, arrestado por la policía turca. En aquel tiempo no se pudo probar que robase materiales de las excavaciones oficiales pero sí que vendía materiales falsos que se le incautaron. Entre ellos había piezas imitando las extraídas por Mellaart en Hacilar, el sitio que había excavado antes de Catalhöyük. En las décadas siguientes Aydin llegó a vender algunas “diosas femeninas de la fertilidad” neolíticas a casas de subastas. Todo lo cual nos sugiere quizás algún tipo de colaboración e influencia mutua entre el arqueólogo falsificador y el anticuario mafioso. Algo que dotaría de un tono bastante más sombrío a la figura de Mellaart, el cual quizás perdió su camino en el pasado no solo por rencor o vanidad sino por una cuestión relacionado con el sucio dinero.  

El grifón de la amistad

Por último supongo que habréis notado ciertas semejanzas entre esta historia y algunas de las cosas de las que os hablé cuando me extendí acerca de la fauna que había pululado en su día en torno al yacimiento de Cnossos.

Porque esta no es una historia aislada. De hecho desgraciadamente este tipo de comportamientos son más comunes de lo que se piensa y convierten la simbiosis entre arqueólogos profesionales, vendedores de antigüedades al borde de la legalidad y directores de museos en un terreno mucho más pantanoso del que imagináis.

Ya he advertido más veces de que no solo existe corrupción en torno a las grandes empresas o los partidos políticos. A menor escala, beneficiándose de que es mucho menos lucrativo, y por ellos también menos conocido y vigilado, existe un ignorado y por ello boyante mundillo de pequeñas y no tan pequeñas corruptelas en torno al campo académico y sus múltiples conexiones con patronatos, fundaciones, editoriales, premios, subastas, etc. En este caso concreto me refiero a los tentáculos que controlan todo lo relativo al comercio de antigüedades y las compras de piezas para museos. Solo en España había 1.521 registrados en el año 2016, ahora mismo probablemente ya hay algunos más, y todos necesitan materiales para exponer, bien sea pintura, bien sean restos arqueológicos, según la temática de cada uno de ellos, lo que a su vez genera una enorme demanda de ese tipo de piezas y contribuye a estimular el constante aumento del precio de dichos bienes. 

En lo que respecta a los vestigios antiguos muchas autoridades académicas en determinados campos son las únicas reconocidas como especialistas capaces de dictaminar su autenticidad y valoración. Curiosamente son esas mismas personas, habitualmente mal remuneradas (y recordad que el prestigio produce satisfacción, pero no alimenta ni sirve para comprarse cosas si no lo conviertes en dinero de alguna forma), las ubicadas en una mejor posición para saber cómo falsificar dichos objetos o simplemente aumentar su aparente relevancia a ojos del público.

    Obviamente en nuestro mundo también abundan las mafias que explotan yacimientos ilegales, en muchos casos en medio de la práctica impunidad porque a fin de cuentas a nadie le preocupa demasiado ese asunto. Resulta frecuente por tanto que cuando esas mafias colocan objetos en el mercado no lo hagan vendiéndolos a secretos coleccionistas millonarios sino comerciando directamente con instituciones estatales que no hacen muchas preguntas al respecto. 

   Para completar el puzzle en ocasiones coleccionistas millonarios también adquieren objetos, pero rara vez lo hacen solo para guardarlos en casa en una habitación blindada y obtener satisfacción de contemplarlos con una copa de coñac en la mano como sugiere el mito, sino que normalmente su objetivo es usar esos bienes de cara a blanquear dinero o conseguir exenciones fiscales. Por ello después de un tiempo prudencial normalmente los donan a museos o fundaciones públicas legales que casi nunca denuncian la naturaleza intrínsecamente ilegal del objeto porque se enteran tarde y para entonces no quieren admitir su vergüenza, o bien simplemente porque los responsables de turno callan y firman los papeles autentificando y legalizando la donación para cobrar su parte del pastel.

La consecuencia de todo esto es que no imagináis la cantidad de restos antiguos falsos o de orígenes inciertos que pueblan los museos y las casas de subastas supuestamente más respetables del planeta.  

Un ejemplo. Hace unos años, en 2013, en el marco de las negociaciones entre EE. UU. e Irán sobre el programa nuclear de los segundos, con el objetivo de relajar el ambiente, la administración Obama tuvo la genial idea de regalar a la delegación iraní un objeto arqueológico de 2.700 años de antigüedad supuestamente originario de tierras de Persia y valorado en más de un millón de dólares. 


La dudosa procedencia de la obra no espantó a los estadounidenses (a fin de cuentas han hecho bastante más que el ISIS por destruir todo el patrimonio artístico de Oriente Medio, así que es normal que eso no les preocupase). Lo gracioso fue cuando se descubrió que el objeto era una falsificación, además bastante mala y realizada como mucho unos años antes, pese a lo cual había pasado todos los controles y engañado a los responsables de cuestiones culturales en el entorno de la Casa Blanca (o simplemente estos decidieron hacer la vista gorda confiando en que nadie lo descubriría nunca). 

Y si eso pasa allí imaginaros como están las cosas en otros lados. Y no miro para nadie