martes, 18 de junio de 2019

El derecho a la memoria



Donde es un deber adorar al sol es bastante seguro que sea un crimen investigar las leyes del calor.

John Morley





Las nuevas leyes de protección de datos y "derecho al olvido" (reconocido en una sentencia del Tribunal de Justicia de la UE en 2014 con el objetivo inicial de evitar la difusión de información personal a través de Internet) han tenido interesantes derivaciones en los últimos años. Por ejemplo el año pasado en España el Tribunal Constitucional extendió el derecho al olvido digital a las hemerotecas de los periódicos. El razonamiento de base fue que ese derecho al olvido implica limitar la difusión de datos personales cuando supuestamente ya no tienen relevancia ni interés público y pueden lesionar los derechos de los individuos, aunque la publicación original fuese legítima y veraz.

Como siempre lo que en el campo legal empiezan siendo derechos inalienables para todos luego, en el caso de aquellos que tienen más dinero, tiempo y abogados, se convierten en una oportunidad para obtener ventajas retorciendo la interpretación de tales derechos. ¿Hay noticias de hace 20 años que relacionan su nombre con tráfico de drogas o con una imprudencia temeraria de su empresa? movilice a sus abogados para que en base a la protección de datos y al derecho al olvido una vez cumplida la sentencia los buscadores de Internet y luego las propias hemerotecas de los periódicos tengan que borrar su nombre y así nadie pueda acceder fácilmente a esa información aunque fuese en origen verídica. Lo que nos lleva a preguntarnos si existen individuos que no se merecen tener que convivir al menos con una mala reputación. 

En última instancia todo esto implica la confrontación entre el derecho a la información y a la libertad de expresión contra el derecho a la intimidad de una persona que, pasado un tiempo, opta por solicitar que determinados datos sobre su vida sean eliminados del escrutinio público o que, al menos, se dificulte el acceso a los mismos para el público masivo. Y como los procesos legales son caros y difíciles normalmente no van a ser los individuos corrientes los que más se beneficien de tales medidas de protección.

Pero estoy escribiendo este texto por una razón muy concreta. Me refiero a las consecuencias que todo lo anterior empieza a tener para los historiadores, especialmente en España donde, a quién puede sorprender, el Tribunal Constitucional o la Agencia de Protección de Datos a veces interpretan la jurisprudencia en torno a Internet de una forma un tanto conservadora, por decirlo de algún modo.

De tal manera hace unos días la Universidad de Alicante ha tenido que acceder a la petición del hijo de un alférez del ejército franquista de nombre Antonio Luis Baena Tocón, el cual ejerció de secretario judicial en uno de los consejos militares que condenaron a muerte al poeta Miguel Hernández (sentencia después conmutada por la de prisión).

Resulta que el chaval conserva un gran recuerdo de su padre. No lo dudo. La historia está llena de ejemplos de personas de catadura moral muy dudosa que pese a ello eran a su vez entrañables progenitores o divertidos contertulios en la intimidad. De Adolf Hitler siempre hablaron maravillas muchos integrantes de su círculo cercano. La cuestión es que al hijo de Antonio Luis Baena Tocón no le gusta que se recuerde el dato más oscuro de la biografía de su padre como celoso funcionario franquista (que lo era, como muestra el conjunto de su trayectoria, aunque no voy a a entrar en ello porque no es realmente el asunto), así que ha usado de manera muy creativa y eficaz las posibilidades de la nueva jurisprudencia para solicitar que se borre el nombre de su progenitor (en adelante solo se podrán mencionar las letras iniciales de su nombre y apellidos haciéndolo así irreconocible) de los artículos de investigación accesibles desde Internet que lo mencionan en relación al citado hecho histórico. Parece que no hemos avanzado nada desde que en los inicios de la Transición se decidió censurar el documental Rocío por tratar hechos incómodos similares poniendo igualmente nombres y apellidos al pasado franquista de algunos próceres locales de dicha romería.

Pensar en la trascendencia de esa medida en caso de sentar precedente. Hablamos de artículos científicos escritos por historiadores no de exabruptos en redes sociales o de desnudos filtrados de un móvil. Y además hablamos de hechos históricos probados y documentados, no de rumores o especulaciones. De hechos históricos ocurridos hace casi un siglo protagonizados por una persona que murió hace años. Y aún así el resultado es que en base a su "derecho al olvido" y al de sus descendientes... hay que callarse y no mencionar su nombre o al menos dificultar el acceso del público masivo al mismo a través de las fuentes de consulta en Internet.

Por ello las repercusiones potenciales de este asunto, en caso de confirmarse la legalidad y pertinencia del procedimiento, son devastadoras. Especialmente en un país como España y en un Régimen como el imperante en la España actual donde cada vez más sentencias de los tribunales de Justicia tienden a posicionarse del lado de una interpretación del pasado reciente nauseabunda y a intentar por todos los medios acallar cualquier crítica a la misma. Y eso que el acceso a los archivos y las fuentes documentales ya está suficientemente intervenido y que realmente el modelo de Transición a la democracia en España ya implicó de por si que se sepultase bajo tierra mucha información escandalosa. Por ejemplo no he visto ningún documental sobre la gloriosa Transición española que mencione siquiera de pasada que el primer Presidente del Gobierno tras la muerte de Franco, Carlos Arias Navarro, empezó su ascenso en el régimen franquista purgando la ciudad de Málaga tras la ocupación por las fuerzas militares golpistas lo que implicó miles (sí, has leido bien, no docenas, ni cientos, miles) de condenas de muerte de reales o supuestos "rojos". Asimismo, por deleznable que nos pueda parecer hoy (¿o no?), nada de eso impidió que ya en los luminosos años de la Transición la Casa Real lo nombrase marqués y Grande de España. A fin de cuentas en aquella época nadie tuvo la impertinencia de atreverse a recordar públicamente esos pequeños detalles en su trayectoria. 

Pero volviendo al tema central del que quiero hablar hoy, lo triste de todo esto es que está pasando en las sombras, a través de medidas técnicas no muy conocidas, ajenas al debate público y que no parecen importarle a nadie aunque se intuyen sus potentes consecuencias a años vista. Por eso me pregunto: si poco a poco se nos quita incluso el derecho a recordar y patalear, qué nos queda entonces.

jueves, 6 de junio de 2019

La democracia es un gran invento



Intenté hacer las cosas bien, fui al otro lado y ¿sabes qué aprendí?, que el juego está amañado, no está hecho para gente como nosotros.

"Snowfall", primer capítulo.




Hoy toca entrada cortita y al pie, de las que os gustan. Empezaré por comentar algunas impresiones personales que son simplemente eso, opiniones muy subjetivas dependientes de mis experiencias en la vida, para pasar luego al campo de los hechos objetivos.

Quiero de esa forma comenzar hablando de las embajadas de España en el exterior. En ese sentido, como algunos que de los lectores más habituales del blog ya sabéis, yo resido actualmente en un país que podríamos incluir en la categoría de "exótico-sin pasarse", un país pequeño, pero que está dentro de la Unión Europea, no en Asia Central o el África Subsahariana. En base a ello, vuelvo a insistir una vez más, voy a hablar desde un punto de vista completamente personal y por tanto mediatizado por mis experiencias particulares, las cuales pueden ser muy diferentes en el caso de otra persona que vive en otro país.

De cualquier forma la impresión que quiero comunicaros es que el papel que las embajadas juegan respecto a la cada vez más abundante comunidad de expatriados resulta decepcionante. Hablamos de un aparato que cuesta al Estado muchos millones de euros, de funcionarios con sueldos en algunos casos enormes, sobre todo en relación al volumen de trabajo que afrontan (realmente escaso fuera de las embajadas "importantes" que han de tratar con una comunidad hispana de cierto tamaño, como podría ser el caso del Reino Unido). Todo ello dentro de edificios con alquileres de muchos ceros cada mes, cuando no se trata de inmuebles que han costado millones de euros (porque a fin de cuentas se trata de dar buena imagen y a ser posible ubicarse en una zona accesible de la ciudad, lo que se paga muy caro en cualquier capital).

Pues bien, los que estáis en este momento en el extranjero de forma estable, no como fugaces turistas sino como trabajadores permanentes, os habréis dado cuenta de que la mayor parte de las cuestiones importantes y dudas a las que uno se enfrente en el curso de dicha experiencia han de ser solucionadas mediante los contactos personales, las búsquedas en Internet, la ayuda de otros emigrantes con más experiencia, o recorriendo pacientemente las oficinas de la burocracia local. Las embajadas en ningún caso se dedican a asesorarte sobre los precios medios del alquiler, las peculiaridades del sistema sanitario local, en qué medida tu contrato de trabajo cotizará luego en España, cómo conseguir visados para cruzar la frontera a los países limítrofes, etc. A mi al menos en un primer momento me pareció sorprendente (qué costaría, en términos relativos de su presupuesto, habilitar una pequeña oficina de información dedicada exclusivamente a ese propósito) pero es así. Yo esperaba ingenuamente que las embajadas ejerciesen, al menos en parte, como un centro de apoyo integral a los emigrantes en absolutamente todo lo que pudieran necesitar y en cambio distan mucho de ser eso. En realidad las embajadas se dedican fundamentalmente a un muy escaso volumen de tareas bastante concretas de las que luego hablaré. Por supuesto siempre es posible dar con el típico empleado abnegado e hipercompetente que, excediéndose en sus funciones, se esfuerza en ayudarte en todo y solucionar tus dudas de cualquier tipo, pero eso son casos particulares que uno encuentra en toda institución con miles de trabajadores. Además, y para comentar esto nuevamente recurro a mi muy particular experiencia personal, en muchas ocasiones en el caso de las embajadas los más abnegados suelen ser trabajadores temporales locales, no españoles, que cobran mucho menos que el personal de carrera con puesto fijo y que, por lógica, sí conocen bien el país en el que están por lo que son los que mejor pueden responder tus dudas y ayudarte. Eso al margen de que, como su puesto de trabajo no está garantizado para siempre, realmente se esfuerzan en hacerlo bien. No obstante, como ya dije, el cometido central del sistema de embajadas no consiste en dedicarse a esas tareas.

En cambio las embajadas centran su servicio sobre todo en tres tipos de tareas. La primera son las gestiones para incrementar el comercio a gran escala. Es decir una de las partes más importantes de cada embajada es su oficina comercial, la cual por otro lado no está para ayudar al negocio de venta por Internet de tu primo sino para ponerse al servicio de fomentar las cifras de negocio de las grandes empresas españolas con proyección internacional. En ese sentido la embajada busca estimular, facilitar, asesorar, la firma de grandes contratos o en todo caso agilizar la compra-venta de productos entre España y el país local.

La segunda tarea importante para una embajada es la "promoción cultural" entendido en realidad como "promoción del turismo", no nos engañemos. Se trata de organizar visitas de artistas, exposiciones fotográficas, exhibiciones de pintura, etc. Es decir, todo lo que de "buena imagen" del propio país, lo que indirectamente redundará en más "poder blando" y en última instancia en más turistas, o sea más ingresos para el sector servicios hispano. Toda conferencia intrascendente donde se pueda citar de refilón a Cervantes, Velázquez, Picasso, o Rafael Nadal llegados el caso, es una buena ocasión para que el agregado cultural de turno vaya a tomarse unas copitas y poner su mejor sonrisa. Obviamente no se trata de explicar nada en profundidad, ni ponerse a reflexionar en voz alta, en serio, sobre la situación real del mercado editorial, la prensa, la televisión, el mundo del arte, las universidades o la ciencia en España, o sobre cualquier cosa que sea ni remotamente compleja y relevante. El objetivo consiste más bien en promocionar una visión absolutamente tópica y planificadamente buerrollista y superficial de la imagen propia ante el mundo (ya saben flamenco, paella, playa, sol, olé, todos los españoles somos muy divertidos y estamos siempre de buen humor y sonriendo y con un clavel entre los labios mientras bailamos salsa con ninots ardiendo de fondo). De hecho dentro de esa tarea de promoción de la "cultura" se incluye hacer subrepticiamente labores policíacas no sea que alguien organice alguna conferencia sobre cosas trascendentes e intelectuales de verdad, como la problemática de la cuestión catalana (no necesariamente a favor o en contra de ningún bando), los claroscuros del modelo de Transición política adoptado en España, o el lado "chungo" de la "Movida". O cualquier cosa que joda el karma positivo, produzca mal rollo, haga a la gente de otros países replantearse la imagen (ridículamente tópica) que tienen de España (y el mundo hispano por extensión) y eso nos haga perder turistas o nuevos alumnos en las escuelas de idiomas o de baile.

De tal forma es fascinante encontrarse en muchos de esos actos culturales en el exterior a nativos del país en cuestión capaces de hablar español con una fluidez que para sí quisieran muchos españoles de los suburbios y que sin embargo tiene en su cabeza una imagen de España (construida a base de conferencias organizadas por la embajada y de algunas estancia suya de turistas en Alicante) como un país con un clima como Canarias (en todo el territorio) y un nivel de vida como el de la gente que vive en las áreas buenas de Londres (sí amigos, hay lugares en el mundo -incluso muchos lugares- donde piensan que España es poco menos que el paraíso en la Tierra). También resulta muy gracioso, por ejemplo, encontrarse con polacos que están estudiando español porque según ellos sienten que la gente que habla ese idioma es la única de Europa con una cultura de base tan católica como ellos (pero ignoran por completo que la sociedad española actual tiene, afortunadamente, unas ideas sobre el aborto, los gays, o los inmigrantes, muy diferentes a las suyas), o estudiantes bielorrusos de nivel C1 que conocen a Unamuno bastante mejor que vosotros y a los que preguntas ¿cuál es la tasa de paro en España? y te contestan: "3 o 4% ¿no?".

Como un derivado natural de esa tarea de promoción "cultural", que en realidad no es tal, se encuentra la organización de saraos y derivados. No deja de sorprenderme la cantidad de recursos que las embajadas parecen estar dispuestas a emplear en eso. No habrá dinero para poner un servicio de intérpretes del que echar mano cuando la gente expatriada tiene que hacer trámites como "empadronarse" o buscar un médico de cabecera, pero de cara a traer cocineros, escritores (por supuesto "del sistema", es decir encantados de hacer publicidad del Reino de España, siempre al servicio de Su Graciosa Majestad y la Gloriosa Transición), grupos de baile y lo que sea, y alquilar restaurantes y salas de fiestas en el centro de la ciudad para celebrar el 12 de octubre y otras variadas conmemoraciones... eso no falta nunca. Y debo reconocer que bien me he aprovechado de ello en múltiples ocasiones para atiborrarme de croquetas mientras algún patético desgraciado recién traído de la Península a precio de oro específicamente para la ocasión tocaba la gaita de fondo.

Finalmente la tercera tarea de la que se ocupan las embajadas no es una tarea en sí, más bien se trata de un grupo de tareas. Lo que podríamos llamar "asistencia burocrática en ocasiones especiales". Es decir repatriar tu cadáver en caso de que un francotirador te dispare, informar a tu familia si desapareces en medio de un tifón, ayudarte con las gestiones si pierdes el pasaporte en medio de un tsunami y ese tipo de cosas.

En general las embajadas están enfocadas sobre todo a la alta diplomacia (y el espionaje), el apoyo al gran comercio y luego el servicio a los turistas a los que pueden ayudar y asesorar de inmediato en caso de robo del dinero y la documentación y ese tipo de cosas. Por el contrario pronto descubres que cuando vives y trabajas en otro país de forma estable para el aparato estatal de tu país de origen estás como muerto y es perfectamente posible pasar años sin pisar la embajada salvo en las ocasiones donde vas a gorronear tortilla con música de Maluma de fondo. A mi modo de ver un error de concepto en el caso de un país como España que, aunque en los años 90 se convirtiese en receptor neto, históricamente ha sido más bien un emisor de emigrantes según etapas: finales del s. XIX y principios del XX, final de la Guerra Civil, años 60 y los últimos diez años nuevamente.

Pero hay un servicio muy importante que las embajadas aportan a la comunidad de expatriados: asistencia en la cosa esa de votar. Y aquí amigos empieza la parte seria de todo esto. Porque a fin de cuentas lo anterior ha sido solo una larga introducción.

Tras las pasadas elecciones generales ya se van conociendo las cifras y estadísticas, si bien comprobaréis que no es muy fácil encontrar los datos del voto en las webs del Gobierno. En todo caso surge una pregunta interesante. ¿Qué ha pasado con el llamado voto CERA o voto de "residentes ausentes"?. Esas casi 2.100.000 personas con ciudadanía española (nacidos en España serían más o menos un tercio) que viven y trabajan fuera de España, casi el 6% del total del censo electoral y que, en muchos casos (ese tercio del que hablo), vamos a ser claros, son emigrantes porque no han tenido más remedio que largarse a regañadientes de su país para buscarse la vida por esos mundos de dios. Así que hablamos de personas que, previsiblemente, no deberían estar muy contentas con los llamados "partidos del sistema de la Transición".

Recordemos que tradicionalmente el voto de los emigrantes no ha sido relevante en democracia porque para cuando la democracia se reinstauró en España, a finales de los años 70, ya había pasado la gran ola migratoria del tardofranquismo y en general durante los años 80 y 90 los españoles residentes en el extranjero eran en muchos casos un grupito de nostálgicos con una buena posición económica (los que no la tenían buena se habían vuelto hacía tiempo) y nulo conocimiento de la realidad del país, que votaban satisfechos a AP o más adelante al PP y los más "guays" al PSOE, como todo el mundo. Mientas que los más escépticos, o disconformes con la realidad española entre los emigrantes de décadas anteriores, hacía tiempo que se habían asentado en el extranjero y naturalizado franceses, alemanes, mexicanos o suizos, y ya no contaban a todos los efectos. Así que las regulaciones sobre el voto CERA respondían más bien a la ingeniería electoral de los grandes partidos, es decir, a los intentos de controlar y manipular una fuente de votos más para darse legitimidad. 

Pero tras la crisis de 2008 todo cambió, y ahora cada vez hay más emigrantes españoles en el extranjero, emigrantes no por propia elección sino por las circunstancias. Además esta generación de emigrantes es diferente porque, gracias a las facilidades que solo las comunicaciones modernas permiten, están más o menos informados en tiempo real de la política en España y en muchos casos además regresan a visitar a sus familias en España una o más veces cada año. Son asimismo emigrantes cada vez más jóvenes, con mayor nivel de estudios, y más cabreados, por lo que no extraña a nadie si digo que en las penúltimas elecciones generales, a diferencia de lo que ocurrió con el voto en España, los residentes en el extranjero votaron en su mayoría a Podemos.

Pero sin duda alguien vio con mucha preocupación esas tendencias ya en su día y puso al aparato del Estado a trabajar. En 2011 se realizó una reforma legislativa para que, en lugar de que los residentes ausentes inscritos recibieran por defecto las papeletas para votar, éstos tuvieran que "rogar" el voto con el supuesto objetivo de evitar fraudes en la identificación (pero si bien sobre el papel es una buena idea resulta sintomático que casi ningún país del mundo haga esto con el voto de sus residentes en el extranjero). Nótese la paradoja lingüística de tener que "rogar", es decir, solicitar o más bien suplicar, el poder ejercer lo que no deja de ser un derecho básico.

Después de eso, si ya tradicionalmente era difícil votar desde fuera de España tras los últimos e inocentes cambios, y el celo que han puesto las embajadas en implementarlos (no se si os parecerá extraño pero si empezáis a tratar a personal diplomático y embajadores notaréis que el perfil medio es el de personas con varios apellidos, procedentes por lo normal de una familia "bien" y muy conservadoras por sistema, un poco como ocurre con el personal del Ejército por ejemplo, con lo cual sus simpatías políticas parecen bastante claras en una amplia mayoría de los casos), en las últimas elecciones generales se ha logrado alcanzar satisfactorias cifras sin precedentes. Desde que se hizo oficial el procedimiento rogatorio el voto CERA ha caído desde un 30% más o menos al 6,1% del censo, dato registrado en las últimas elecciones generales. Es algo tan radical que no puede explicarse en base a simples tendencias naturales, como una repentina "desmovilización" de los votantes potenciales. 

Un buen ejemplo de lo que ha pasado lo mencionaba hasta Pau Gasol hace poco quejándose de paso que él tampoco pudo votar en los EE.UU. Pero me refiero a lo ocurrido en el consulado español de Moscú en el pasado abril. Como allí la comunidad española es relativamente grande había casi 1.800 personas inscritas con derecho a voto. De ellas, por pura pereza ante las dificultades, solo 107 rogaron el voto y, esto es lo interesante, de todas esas solo una persona pudo emitir su voto de forma válida.

Quizás por efecto de todo esto en las últimas elecciones generales el PSOE pasó a ser de nuevo la fuerza más votada entre los emigrantes, seguida de Ciudadanos y del PP a escasa distancia. Todo en orden de nuevo. Casualmente se ha cerrado el grifo del voto exterior cuando el mapa político ha cambiado del bipartidismo al multipartidismo y las nuevas generaciones de votantes en el exterior no parecen demasiado fieles, o no tanto como sus predecesoras, a los grandes partidos del sistema.

Vivimos en un país donde se sobreprima el voto rural (no por casualidad, durante la génesis de la Transición se tomó esa decisión para proteger a la monarquía y favorecer a UCD como partido conservador, algo de lo cual se han beneficiado luego en el tiempo otras organizaciones) y donde, alguien tiene que decirlo a las claras, se sabotea pasivamente el derecho al voto del colectivo de emigrantes, tal vez porque se sospecha que puede ser hostil a los partidos del sistema. Eso es en parte posible porque se intuye, se dice, se nota, se siente, que el personal del Ministerio de Exteriores es abrumadoramente partidario de los mismos.

Al final todo esto es uno más de los pequeños "ajustes" que el sistema hace para que la bola caiga donde tiene que caer. Porque a fin de cuentas la democracia ha demostrado ser un modelo mucho más flexible de lo que parece, donde siempre puedes repetir la votación hasta que salga lo que tiene que salir, o hacer lo contrario, o cambiar el tamaño o los límites de la circunscripción, o lo que sea. Y más o menos funciona mientras sonrías al hacerlo y los medios de comunicación, que están en manos de los más poderosos, colaboren. Eso sí, esta semana la embajada organiza una fiesta y seguro que hay tortilla y croquetas. Así que allí estaré para comérmelas todas como acto de protesta. Faltaría más. Y, si están buenas, hasta intentaré ocultar lo mucho que me cabrea no ser el tipo de emigrante que gusta a los que controlan mi país.