domingo, 25 de noviembre de 2018

Los muy cabrones



 Nos han desangrado los muy cabrones, nos han quitado todo lo que teníamos y no solo a nosotros sino a nuestros padres y a los padres de nuestros padres y a cambio los romanos ¿qué nos han dado?. Aparte del acueducto, el alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?

   Monty Python, “La vida de Brian”





A raíz de un artículo publicado en Jotdown hace algunos días se me ha ocurrido proponeros un debate que me parece más complejo de lo que tradicionalmente se asume en torno a la valoración ¿positiva o negativa? del Imperio romano. 

Desde luego no cabe duda de que la unificación de todas las tierras ribereñas del Mediterráneo bajo un único poder político llevada a cabo por los romanos produjo enormes beneficios. Básicamente eso permitió la formación de un primitivo “mercado común europeo” al menos para ciertos productos y una mayor facilidad para viajar e intercambiar mercancías entre regiones tan distantes como Capadocia, Siria, Egipto, Britania o Hispania. Lo anterior permitió asimismo la especialización por regiones de muchos latifundistas productores de cereales y de muchos artesanos. Y eso a su vez, aumentar la producción general de bienes en el ámbito mediterráneo.

Tal afirmación se explica de forma muy simple. Para una región rica en minerales o con una especiales condiciones para la fabricación de vino es mucho mejor especializarse en ese tipo de producción e intercambiarla por el resto de artículos que necesita, producidos en otros lugares más favorables, que no tener que producir en el marco local bienes para los que no se dan las condiciones (con la consiguiente pérdida de tiempo y recursos).

De esa forma si uno lee a autores como P. J. Reynolds, Iron Age Farm: the Butser Experiment; K. D. White, Roman Farming; o P. D. A. Garnsey, “Grain for Rome”, en Trade in the Ancient Economy, uno se da cuenta de que los rendimientos agrícolas en el mundo romano, esencialmente del trigo, pudieron ser de 8 a 11 o 12 granos obtenidos por cada grano sembrado mientras que tras la caída de Roma y el consiguiente colapso del sistema que permitía importar a Europa grano del Norte de África o Egipto, la agricultura altomedieval hubo de sobrevivir con rendimientos en torno a 4 a 1. Es decir con el mismo volumen de trabajo el mismo número de personas producían menos comida al tener que vivir en el seno de una economía autosuficiente donde prácticamente todos los bienes y alimentos debían obtenerse en un marco local, lo que obligaba en muchas ocasiones a depender de terrenos no aptos para ello.

Todo esto resulta significativo porque la única forma de que existan grandes ejércitos, pero también músicos, literatos, artesanos... es mediante una división social del trabajo relativamente avanzada. En otras palabras, que no toda la población haya de dedicarse a producir su sustento. Para esto un agricultor debe obtener de una cosecha en primer lugar nuevos granos con los que sembrar la siguiente cosecha, después alimento suficiente para sí mismo y su familia (en caso de que no se trate de un esclavo), y después de eso aún deben existir excedentes que –por medio del mercado o a través del Estado como redistribuidor- lleguen a los medios urbanos en cantidad suficiente como para liberar a una masa crítica de personas de la engorrosa tarea consistente en producir alimentos a través del trabajo agrícola. Son esas personas las que dan forma a lo que nosotros entendemos como “civilización”, ya que constituyen la mano de obra liberada de la tarea de producir comida que puede por ello dedicarse a construir grandes infaestructuras públicas, registrar la historia, o limitarse a crear obras de arte y productos sofisticados.

Así pues, en primer lugar, uno de los logros más destacados del Imperio romano fue instaurar una cierta división del trabajo a lo largo de un extenso territorio, lo que consiguió optimizar (por medio de una economía de escala primitiva) la producción en los territorios ribereños del Mediterráneo durante cierto tiempo, permitiendo así el florecimiento de una civilización urbana.

Asimismo la unificación política, la creación de una amplia red de calzadas y la imposición de una lengua franca (en realidad dos, el latín y el griego que siguió gozando de gran vitalidad en la zona oriental del Imperio) y una administración uniforme en todos esos territorios, facilitó el transporte y el comercio a lo largo de ese enorme área de terreno con una seguridad y a unas velocidades nunca antes vistas (y que tardaron en emularse con posterioridad), lo que redundó a su vez en beneficio de la economía.


Tengamos en cuenta que en el mundo romano para recorrer de Este a Oeste el Imperio por tierra a través de su sistema de calzadas se necesitaban ochenta días aproximadamente. Por contraposición aún en la Baja Edad Media en una jornada de diez horas era posible desplazarse apenas unos 50 km. Ahora bien, en viajes largos y en condiciones no óptimas la media se reducía a 20-30 km diarios. A caballo tales medias podían doblarse mientras que usando la navegación fluvial o marítima, muy azarosa, se alcanzarían los 120 km al día. En todo caso la piratería en el mar, y en tierra el bandidaje y la existencia de incontables fronteras convertían atravesar la cuenca mediterránea de punta a punta en toda una experiencia. Durante nuestra Edad Moderna la navegación marítima mejoró ostensiblemente, pero todavía durante el reinado de Jorge II (1727-1760) en Inglaterra, en los momentos previos a la revolución industrial que con el tiempo permitiría a su vez una revolución de los transportes cuyas consecuencias llegan hasta el presente, la velocidad a la que se solía viajar por tierra no era mucho mayor que en el s. I a.n.e., cuando sabemos que en un momento de necesidad Julio César tardó ocho días en cubrir una distancia de 1.017 km.

Y a todo lo mencionado habría que sumar la otra gran aportación del mundo romano, al menos en su parte occidental. La parte oriental del mundo romano ya era un área “civilizada” y urbanizada a la llegada de los romanos, los cuales se limitaron a conquistar territorios donde estaban instaladas una serie de culturas igual o más sofisticadas que la suya y donde el comercio y la vida urbana gozaban de esplendor desde hacía muchos siglos. Pero en el área occidental del Imperio, especialmente en Hispania, las Galias y Britania, los romanos se enfrentaron a sociedades de base tribal comparativamente atrasadas y que por ello carecían de una serie de estructuras organizativas que los romanos con su conquista aportaron a esas zonas.  

En esas regiones los romanos fueron los padres de la creación de auténticas estructuras estatales con todo lo que eso conlleva. Es decir aumento de la urbanización, generalización del uso de la escritura, la moneda o las leyes escritas en zonas donde apenas se conocían esos conceptos y finalmente la introducción del pago de impuestos regular, así como aparatos burocráticos y diplomáticos modernos para la época en áreas donde antes no existía nada de eso. Todo lo cual en parte pavimentó el camino para que las sociedades de Europa occidental con el tiempo estuviesen preparadas para dar el salto al siguiente nivel evolutivo.


Por todo ello el progresivo colapso del Imperio romano en mi opinión da lugar muy claramente a un período de decadencia evidente, con todas las salvedades que se quieran hacer, por contraposición a lo que existía antes y a lo que existió después. De ahí que a título personal siempre he sido partidario de una valoración de la Edad Media como un período de “oscuridad” mental y estancamiento por mucho que sus primeros siglos no dejen de ser el desenlace lógico de un período de decadencia que arrancaba ya del s. II, que en torno al año 1.000 se produzca un renacimiento urbano y un relanzamiento agrícola y tecnológico notable y que, en base a ello y con el hiato que en parte supone la irrupción de la epidemia de Peste Negra de 1348, sus últimos siglos sean la rampa de despegue necesaria para la eclosión del Renacimiento.

Y aún así, pese a todo lo dicho, siempre me ha sorprendido la valoración mayoritariamente positiva que se da al mundo romano (a fin de cuentas son “los nuestros”) en línea con el artículo citado al principio. Algo que es general sobre todo, como no podía ser de otra forma, en los sistemas educativos de los países actuales que de alguna forma en el pasado bebieron de su cultura. Por ejemplo, tomemos la contraposición entre el tratamiento que se da a la hora de valorar los sacrificios humanos llevados a cabo por los pueblos precolombinos (a fin de cuentas algo que era “parte integrante de su cultura” y dotado de un fuerte significado religioso) por oposición a los igualmente violentos y masivos sacrificios humanos llevados a cabo por los romanos en el marco de juegos circenses (en cierta forma muertes mucho más espurias al ser reducidas a una simple mezcla de espectáculo y propaganda) los cuales incluso disfrutamos de ver en películas salvo cuando las víctimas son cristianos (también integrantes de “nuestro” equipo, lo que aparentemente nos genera sentimientos encontrados).

Se supone que no debemos juzgar el pasado con nuestros valores, o al menos no hacerlo en absoluto. Pero en realidad esa es una aseveración tramposa. Siempre juzgamos el pasado de una forma u otra. Y de hecho cuando acudimos a esa especie de comodín de “no se tiene que juzgar el pasado desde nuestros valores morales” invariablemente es (solo) para evitar juicios negativos. Nunca he escuchado acudir a esa frase para pedir templanza ante valoraciones positivas del pasado frente a las cuales también tendríamos que mostrarnos fríos y comedidos. Todos los que chillan que no debemos calificar de sanguinarios, crueles o inmorales a diversos personajes del pasado luego resulta que jamás aplican ese criterio a la hora de idolatrar a su vez el “valor”, el “heroismo” o el “patriotismo” de diversos héroes “nacionales”. Los cuales, a poco que realmente analicemos algunas de sus acciones en función de los verdaderos valores de su propia época (donde, por ejemplo, la violencia era algo mucho más común y más "fácil" de aplicar que en la actualidad y el concepto de "nación" que hoy tenemos no existía), corren el riesgo de aparecer a nuestros ojos como un montón de brutos semianalfabetos en busca de botín, venganza, gloria personal y sexo. Simplemente. Por supuesto esto último algo en plena sintonía con los valores violentos de casi todas las sociedades pretéritas. Pero, claro, si no debemos condenar el pasado entonces me pregunto si en cambio tampoco debiéramos de edulcorarlo entre suspiros.

Parece esa cuestión una trampa dialéctica. Otro ejemplo, los que no quieren condenar figuras o eventos históricos en base a que no podían ser conscientes de las consecuencias a medio y largo plazo de sus acciones resulta que frecuentemente no tienen luego reparos en ensalzar hechos similares en base al provecho que del presente extraemos de acciones que en el pasado se realizaron sin pretender en ningún momento producir tales beneficios.

Es esa una problemática que, por otro lado, subyace al debate sobre la creación de casi todos los Imperios de la historia en la medida en que muchas veces hablamos de sus aparentemente benignas consecuencias sin jamás detenernos a pensar en los costes de las mismas o en si había alternativas mejores.

En el caso del Imperio romano el proceso de “romanización” de sus territorios en muchos casos no consistió ni mucho menos en una planificada, sistemática, lenta y pacífica educación de los nativos en las nuevas formas económicas y sociales. Leyendo muchos manuales escolares uno se imagina la “romanización” como una especie de clases de ciudadanía impartidas en algún foro en construcción a donde los habitantes de los territorios limítrofes, los nuevos ciudadanos del imperio, acudían a estudiar latín y a familiarizarse con los nuevos medios de pago. Pero muy al contrario la “romanización” de las Galias, Hispania o Britania, consistió en buena medida en el puro y simple exterminio de buena parte de la población local (solo la conquista de las Galias por parte de César costó la vida de una quinta parte de su población total aproximadamente, porcentaje que pudo ser perfectamente emulado o superado en lo referente a la conquisa de Celtiberia, Lusitania, la actual Tunez o la "pacificación" de Judea), la reducción a la esclavitud de otra parte significativa de los habitantes de la región, y la posterior repoblación de puntos estratégicos del territorio con veteranos del ejército y colonos de cultura latina que aportaban con su presencia en algunas ciudades clave la pátina necesaria de “civilización” a unas zonas que serían esquilmadas durante años después de la conquista por la brutalidad de los recaudadores de impuestos hasta que finalmente a través de décadas de pura y simple violencia (con saqueo de aldeas rebeldes, violaciones y matanzadas masivas incluidas, confiscaciones de propiedades, etc.) lo que restase de los descendientes de la cultura original presente en el territorio antes de la llegada de los romanos se hubiese reducido a una masa desmoralizada y pasiva de buenos ciudadanos adecuadamente sumisos. Solo algunas de las élites urbanas locales, aquellas más sibilinas y oportunistas que se avenían a pactar con los romanos y les resultaban útiles de cara a la pacificación y posterior explotación del territorio, se beneficiaban realmente a corto plazo del cambio en el status quo

De ahí la paradoja. Los conquistados en realidad no pudieron casi nunca beneficiarse de los acueductos, las termas, o el Derecho romano. Porque murieron de forma violenta. Del mismo modo que la mayor parte de la población de la América precolombina murió mucho antes de poder “disfrutar” del castellano y la religión católica. Igual que ocurrió con la población nativa de los actuales EE.UU. que se murió mucho antes de poder gozar de los beneficios de los casinos que regentan en la actualidad algunos de sus supuestos descendientes. Casi todos los cambios positivos que han permitido a las sociedades humanas dar un salto de nivel a lo largo de la historia solo han sido positivos a varias generaciones vista mientras que las generaciones atrapadas en el cambio vieron su vida empeorar o directamente terminar de forma trágica.

Es lo ocurrido con la transición desde sociedades nómadas de cazadores-recolectores a sociedades agrícolas sedentarias. Múltiples estudios atestiguan que los primeros agricultores trabajaban más, se alimentaban peor, vivían más hacinados, en peores condiciones higiénicas y por consiguiente más expuestos a enfermedades y conflictos violentos que los “primitivos” cazadores nómadas. La ventaja básica de la agricultura era poder acumular más excendentes con los que alimentar a más gente y con el tiempo en esa mayor masa demográfica (a fin de cuentas eso significa más gente pensando de forma simultánea a la vez que más gente disponible para probar a organizarse de modos diversos) crecieron las posibilidades de aumentar la velocidad del desarrollo técnico y la división social del trabajo. A quinientos o mil años vista era el camino correcto como la lógica de la historia probó, pero eso es algo que no pudieron disfrutar las generaciones atrapadas en pleno cambio de paradigma, un poco como los rusos durante las épocas de stalinismo durante las que se industrializó el país.

Y eso lleva implícito plantearse si mereció la pena o si había una alternativa menos traumática al modo en que se llevaron a cabo dichos procesos de cambio.

En base a ello resulta posible darle aún más vueltas al debate. No cabe duda de que los romanos realmente hicieron algo por nosotros. Nosotros los que estamos leyendo esto. Pero lo que no está tan claro es que representasen un cambio positivo para las personas que vivieron en primera persona su llegada e implantación en un territorio. Es más, estoy seguro de que pocos de los europeos que actualmente cantan loas a Roma tendrían el valor de catapultarse en el tiempo a experimentar la llegada de las legiones (y con ellas las calzadas, los denarios o el latín) a la región donde viven en la actualidad.

No debemos olvidar que Roma empleó su ejército para someter todas las sociedades que la circundaban, y pagaba a sus soldados con las riquezas que arrebataba a esos pueblos. Dejó el menor rastro posible de las culturas de los grupos humanos sometidos salvo por el hecho de que gran parte de lo que entendemos por civilización romana procede del pillaje cultural por el que un buen número de elementos del mundo "bárbaro" pasaron a manos romanas. Todo ello para dar lugar a un tipo de sociedad sostenido sobre un sistema económico basado en un brutal y masivo modelo esclavista (al menos hasta sus siglos finales donde el modelo empezó su transición a una organización socioeconómica basada en la servidumbre, un poco menos miserable que la esclavitud directa). Y recordemos a ese respecto que otras sociedades de la época o incluso otras sociedades pretéritas de otras épocas que conocieron la esclavitud jamás recurrieron a ella con la intensidad y virulencia con la que lo hicieron los romanos. Ni los egipcios (esos que supuestamente "esclavizaron" al pueblo de Israel), ni los habitualmente vituperados persas, ni los judíos (que fueron aplastados por los romanos con especial saña), ni siquiera las propias sociedades precolombinas o los “bárbaros” que contribuyeron a finiquitar el Imperio romano, ni tampoco otras grandes culturas que florecieron en el mundo hindú o el espacio chino, necesitaron recurrir de forma tan masiva a esa forma de explotación del ser humano.  

   De la misma forma otros grandes imperios de la historia fueron creados vertiendo en el proceso un volumen de sangre muchísimo menos elevado. La expansión del Islam por ejemplo, a pesar de su mala prensa y de que a título personal es una cultura que no me parece especialmente admirable, lo cierto es que al margen de matanzas puntuales se expandió por un territorio mucho mayor que el Imperio romano matando y esclavizando a un porcentaje de gente considerablemente menor que el habitual en el caso de los romanos. Y sin embargo, dado que los romanos son “los nuestros” y los “moros” no, la valoración de ambas conquistas es diametralmente opuesta por parte de la opinión pública no se sabe muy bien en base a qué argumentos ya que el Islam a fin de cuentas nos aportó tanto o más que el mundo romano exterminando a mucha menos gente por el camino: el papel, la pólvora, la brújula, la rueca, el astrolabio, el álgebra y la trigonometría, el número cero, múltiples innovaciones en óptica y medicina, la noria y la introducción de diversos nuevos cultivos como las naranjas, entre otros avances.

Así que todo esto no deja de ser terreno inestable en torno a cuestiones muy debatibles. ¿Vosotros qué opináis?, ¿eran los romanos unos cabrones?, ¿los miramos con indulgencia porque los consideramos nuestros cabrones?, ¿si realmente nos consideramos herederos del legado romano por qué simultáneamente se presenta bajo patrones positivos la resistencia a Roma por parte de peligrosos grupos de terroristas numantinos y lusitanos? ¿no es eso una incongruencia?