sábado, 6 de octubre de 2018

Recordatorio



Ultimamente no estoy actualizando el blog con mucha frecuencia entre otras cosas porque tengo tengo problemas con el equipo informático. Dentro de unos días espero retomar el ritmo normal de creación de entradas y ofreceros nuevo material. No es un problema de falta de ideas o interés sino de simple falta de tiempo y medios. Mientras tanto os recuerdo que se pueden hacer donaciones a este humilde sitio a través del enlace a Paypal que debería aparecer a la derecha de vuestras pantallas. Agradecería algunas contribuciones que me ayudasen a pagar por lo menos un nuevo monitor y mejor si no provienen de los sospechosos habituales, ese escaso puñado de locos que todos los años hacen alguna aportación. 



lunes, 3 de septiembre de 2018

Tss, tss. Que vienen, que vienen...



Aprender historia quiere decir buscar y encontrar las fuerzas que conducen a las causas de las acciones que escrutamos como acontecimientos históricos. Fue quizá decisivo en mi vida posterior el tener la satisfacción de contar como profesor de Historia a uno de los pocos que la entendían desde este punto de vista, y así la enseñaban. Todavía hoy me acuerdo con cariñosa emoción del viejo profesor que, en el calor de sus explicaciones, nos hacía olvidar el presente, nos fascinaba con el pasado y, desde la noche de los tiempos, separaba los áridos acontecimientos para transformarlos en viva realidad. Nuestro fanatismo nacional, propio de los jóvenes, era un recurso educativo que él utilizaba a menudo para completar nuestra formación más deprisa de lo que habría sido posible por cualquier otro método. Este profesor hizo de la Historia mi asignatura predilecta. De esa forma, ya en aquellos tiempos, me convertí en un joven revolucionario.

Adolf Hitler






Podría decirse que a fin de cuentas la Historia del Arte se reduce a una alternancia sin fin entre períodos donde predomina la abstracción (como en caso del arte egipcio, el arte medieval europeo, el arte precolombino mesoamericano o el arte contemporáneo occidental) y otros donde se impone la tendencia hacia un realismo creciente en las representaciones (caso del Renacimiento o el Realismo socialista, estilos que básicamente consistían en idealizar y sublimar la "realidad", pero al menos partiendo de representaciones naturalistas de las personas y los objetos).

De igual forma la historia política de las sociedades en el fondo puede resumirse en torno a la pugna eterna entre dos elementos: las tendencias conservadoras, en ocasiones hasta el punto de lo reaccionario, por oposición a las ideas progresistas, las cuales en determinadas coyunturas pueden alcanzar el grado de revolucionarias. Bajo ese prisma la historia de los últimos siglos se reduce a una eterna tensión dialéctica entre los partidarios del mantenimiento del status quo, o incluso la involución con el objetivo de recuperar un supuesto idílico pasado, frente a los defensores del cambio a través de la reforma, o la ruptura violenta si es preciso. Según épocas unos u otros han ostendado la hegemonía y a ese respecto, no se si os habéis dado cuenta, estamos atravesando un período de repunte y readaptación del ideario conservador después de unos años en que, debido a las consecuencias de la crisis económica del 2008, parte de sus postulados parecían desacreditados.

¿A qué se debe lo anterior? Bien, en principio hay tres factores a considerar. Por un lado está el aspecto puramente demográfico. La esperanza de vida en Occidente ha crecido mucho durante las últimas décadas, la natalidad se ha estancado y eso hace que en nuestras sociedades crezca el porcentaje de viejos frente al de jóvenes con las consecuencias evidentes que eso supone en el campo de las mentalidades, en tanto que los grupos de edad avanzada suelen ser por definición más conservadores que los de menor edad.

Un segundo aspecto a analizar, que no suele ser tenido en cuenta, es la configuración de los distritos electorales en muchas democracias avanzadas. En general sistemas como el de EE.UU., Gran Bretaña o España distribuyen de una forma bastante uniforme por todo su territorio la elección de los representantes populares. La cuestión es que en la medida en que el trabajo cada vez se está concentrando más y más en torno a determinadas áreas urbanas, es allí adonde acude la gente a vivir. Enormes migraciones interiores están despoblando áreas rurales de casi todos los países para concentrar a la población en grandes ciudades. Esa gente de las ciudades, por una serie de cuestiones en las que no voy a extenderme, tiende a ser más abierta y progresista hacia los extranjeros, las nuevas ideas, la moral sexual, etc., que la gente que vive en el campo. Es decir que las ciudades aglutinan la mayoría de los votantes de los partidos y los líderes progresistas. El problema es que ese tipo de votante, en lo que concierne a los sistemas electorales, se encuentra excesivamente concentrado en la medida en que áreas rurales -donde comparativamente puede vivir por ejemplo un 30% de la población- pueden llegar a otorgar, en función del sistema electoral en vigor, el 40 o el 45% de los representantes del Parlamento o la Cámara de turno lo que sobreprima de cierta manera el voto de los escasos habitantes rurales que, por otra serie de cuestiones (entre ellas nuevamente el éxodo rural), tienden a ser también mayoritariamente grupos de edad avanzados, es decir conservadores por partida doble. Por tanto, en contrapartida, el voto progresista se convierte en parcialmente ineficiente al estar menos desperdigado.

Pero lo descorazonador es un tercer aspecto, creo que también escasamente debatido.

Al respecto quiero escribir una entrada corta y directa, así que contendré mi habitual verborrea. Tampoco es cuestión de entrar en un duelo de cifras y gráficos que no conduce a nada porque al final existen estudios que sirven tanto para “demostrar” determinadas tendencias como para supuestamente invalidarlas. Vamos a acudir por tanto a la sucia realidad y a la experiencia de los más viejos que puedan leer estas páginas. Ellos podrán confirmar, o no, que hace algunas décadas era posible que en los países desarrollados un trabajador normal, incluso sin una carrera universitaria, accediese a un empleo estable de por vida. Empleo dotado de un sueldo mediante el que era posible mantener a una familia de varios hijos y pagar los estudios de estos así como comprar un coche y un piso en una ciudad en un período razonable de años. De esa forma con el trabajo remunerado de un solo miembro de la familia y reservando quizás un tercio del salario mensual era posible pagar una hipoteca en unos quince años. Hoy en día, trabajando los dos padres (el acceso, mejor o peor, de las mujeres al mercado de trabajo ha sido tanto una conquista como una necesidad del sistema productivo y político para camuflar la pérdida de poder adquisitivo de los salarios medios) y aportando estos en torno al 50% de sus sueldos, esa misma hipoteca puede lastrar la economía familiar durante 30 o 40 años.

Por supuesto hoy puedes viajar más barato y más fácil, y comprarte cachivaches tecnológicos que te hagan más amenas las enormes esperas para desplazarte al trabajo todos los días (porque, de hecho, al aumentar el tamaño de las ciudades cada vez pasamos más horas de nuestras vida simplemente esperando o desplazándonos de un punto a otro, entre el lugar de trabajo y el hogar). También puedes acceder de forma sencilla a discursos y actividades que te hagan sentir más sano, autocentrado y vital… para ser más productivo en tu trabajo de mierda en el que pasas la mayor parte de tu vida lejos de tu familia y las cosas que de verdad deberían hacerte feliz.


Pero en el fondo hay menos movilidad social que en las últimas décadas. En los años 60 y 70, un poco más tarde en el caso de España, una persona de una familia humilde a través del trabajo duro o los estudios podía esperar con razonable seguridad acceder a una más o menos confortable clase media protegida por unos sistemas de seguros sociales (pensiones, cobertura sanitaria y de desempleo, becas de estudios, etc.) bastante serios. Hoy ocurre al contrario y es la clase media la que, pese a trabajar más horas que nunca y estudiar más años que nunca está pasando a convertirse de nuevo en clase baja debido al encarecimiento de los bienes de primera necesidad, empezando por la vivienda y la educación. Todo ello mientras los muy ricos se hacen más y más ricos a costa del resto de la sociedad. 


Toda esta problemática que resumo aquí pero que es bastante más compleja debería estar haciendo crecer el voto progresista, algo que durante el último siglo era sinónimo de voto de “izquierdas” al menos en países como España. Pero eso NO está sucediendo. De hecho en algunas zonas (que están ejerciendo de laboratorios de lo que puede generalizarse en el futuro a corto plazo) lo que se detecta es un aumento del voto de “derechas” e incluso un desplazamiento hacia la ultraderecha en áreas pobladas por clases bajas trabajadoras.  

Esto de más abajo es Alemania. Tres décadas después de la caída del Muro la Alemania del Este continua siendo (y todo apunta a que no es algo temporal) un territorio más pobre, despoblado y con más paro que la antigua Alemania Federal.


Lo anterior, sumado al pasado comunista de la zona, explicaban que desde la Reunificación hasta hace unos años en esas zonas se refugiase gran parte del voto propiamente de izquierdas (en un país tan conservador como Alemania).


Pero desde hace cuatro o cinco años la Extrema Derecha ha convertido esos territorios en su bastión. ¿Cómo es posible un giro tan aparentemente radical en las tendencias de voto de esos electores: pasar de votar a nostálgicos comunistas a neonazis encubiertos prácticamente de un año para otro?


A lo que parece por todas partes los más desfavorecidos se están refugiando en el ultranacionalismo, la xenofobia o el racismo a falta de respuestas alternativas adecuadas. Los intelectuales liberales creyeron que era posible construir sociedades basadas en el egoísmo individual y la competición entre individuos y clases sociales... pero a la vez mantener Estados (no digamos ya construcciones como la UE) donde esas mismas personas aceptasen un mínimo de solidaridad y redistribución de los recursos entre regiones o países (algo necesario siquiera para mantener la eficiencia de los mercados de intercambio entre esos territorios). Lo que ha ocurrido en cambio es que cuando han aparecido los problemas lo que se documenta es, vaya sorpresa, el triunfo del egoísmo y la insolidaridad, no ya entre clases sociales sino entre esos grupos humanos igualmente artificiales llamados naciones. El mismo egoísmo humano que contribuyó a la caída del comunismo y con él la llegada de la globalización puede poner en peligro el paraíso global de libremercado draconiano resultante. Qué ironía. Además en gran parte de los Estados que se sitúan en el núcleo de ese mercado globalizado el capitalismo de cuño neoliberal está agrandando tanto la brecha entre los ricos y el resto de la sociedad como para poner en peligro el funcionamiento de dichas "democracias". Eso ocurre porque las élites, cada vez más poderosas y ricas, están gracias a ello en disposición de comprar y controlar tanto a los partidos políticos que nos "representan", como los mass media que deben suministrar información veraz a los ciudadanos para que estos (demasiado fatigados y angustiados por sus vidas miserables) "decidan". 

Pero si tras el colapso del comunismo a finales de los años 80 los intelectuales liberales se volvieron en exceso confiados y optimistas, por su parte los intelectuales de izquierda pecaron de forma mucho más grave: simplemente desertaron. Se acobardaron y en muchos casos dejaron de basar sus ideas en cuestiones puramente socioeconómicas y de redistribución de la renta entre clases sociales así como de los recursos entre territorios. Lo que debería ser su núcleo identitario ahora y siempre sin discusión posible. 

No obstante como desde los 90 ese tipo de discurso ya no parecía “estar de moda” pronto muchos se subieron al carro de la defensa del ecologismo, los derechos de diversos colectivos minoritarios, la multiculturalidad de las sociedades y otra serie de cosas muy bonitas y positivas pero que en el fondo solo constituyen el problema central en la vida de sectores sociales para nada dispuestos a una fuerte movilización social de cara a solicitar cambios estructurales, ya que esos sectores masivamente integrados por profesionales liberales sienten que viven en el seno de sociedades que básicamente funcionan bien a falta de algunos arreglos puntuales. Y lo que es más, para centrarse en ese tipo de problemáticas muchos de los nuevos intelectuales "de izquierdas" en boga (como siempre en su mayoría salidos del seno de familias burguesas) dejaron de preocuparse por los feos problemas jodidos de las personas realmente necesitadas, precisamente las que no tienen nada que perder a la hora de intentar cambiar, de verdad, el pacto social imperante. De tal forma los nuevos intelectuales de izquierdas "new age" empezaron a ofrecer a toda esa gente desamparada unos discursos "progres" demasiado complicados para ser entendidos por ese tipo de ciudadanos y demasiado alejados de sus problemas cotidianos reales como para que, de poder entenderlos, pudiesen importarles. Es triste, es incómodo, pero el deshielo de los polos, los derechos de los transexuales, la experimentación con monos, las corridas de toros, los refugiados de guerra sirios, o incluso los últimos debates sobre las problemáticas de género, importan entre poco y nada cuando no llegas a fin de mes, no tienes tiempo ni dinero para pasarte el día despotricando en Internet, trabajas de limpiadora, vives en un piso asqueroso en el extrarradio del que debes dos meses de hipoteca y a tu marido lo acaban de echar de su trabajo en la última fábrica de la zona. Es así. No digamos si vives en un pueblo donde ya no hay ni trabajo, ni vida cultural y pronto no habrá ni colegio ni siquiera lineas de autobuses diarios a la ciudad más próxima.  

Y ante el vacío de ideas en torno a las que canalizar la comprensiva frustración que se genera en ese tipo de situaciones y otras muchas que cada vez son más habituales fuera del anillo gentrificado de las grandes ciudades o de las urbanizaciones de buen nivel a las afueras de las mismas -esos oasis privilegiados donde los problemas son otros, quizás menos acuciantes-, determinados partidos e ideólogos con un discurso simple, por ello comprensible, emotivo y sobre todo apegados a los miedos y prejuicios de muchas personas de a pie, comienzan a ganar terreno situando en el centro del debate, por ejemplo, cuestiones identitarias en detrimento de la incómoda problemática sobre la desigualdad. 

   Paradójicamente parece evidente que llegados a tal punto muchos de sus votantes deberían preguntarse (y no lo hacen) ¿a que grupo social beneficia eso en el fondo?, ¿a aquellos que tienen más y van ganando con el actual reparto o a los que tienen problemas?  

Sin embargo lo más preocupante a mi juicio es que lo que está pasando en Alemania va a ocurrir pronto o incluso ya está sucediendo en otros lugares. Se ha hablado mucho de los EE.UU. donde Trump se ha visto favorecido por esta dinámica en detrimento de los demócratas. Pero es un proceso de carcoma y putrefacción social que también se detecta incluso en países tradicionalmente moderados como Francia o Suecia y asimismo resulta muy evidente a lo largo del olvidado Este de Europa, región geoestratégica que en comparación con los países punteros de la UE sigue siendo un reducto más atrasado, pobre e injusto socialmente y, aun así, también más conservador a cada año que pasa. Y por supuesto el populismo de derechas sigue fuerte en sus feudos tradicionales de Sudamérica (como Brasil). 

   Mientras tanto la "izquierda", si es que eso existe todavía, sigue centrada en sus estériles debates bizantinos y sus gestos de cara a la galería que en el fondo jamás suponen cuestionar de manera frontal, pública e inequívoca el modelo político y socioeconómico imperante pese a que desde hace años, muy especialmente en países como España, la coyuntura es de clara quiebra social y se supone que por ello debería ser terreno fértil para un debate valiente sobre el cambio radical de sistema o al menos para situar otra vez las cuestiones socioeconómicas en el centro del debate político. 

jueves, 9 de agosto de 2018

The power of love


- En algunas religiones se cree que el huevo simboliza el alma. ¿Lo sabía?
- No, no lo sabía.
- ¿Le apetece uno?

Robert de Niro y Mickey Rourke en “El corazón del ángel”




La semana pasada estuve en Ucrania. Es un país muy interesante aunque desaprovechado: debido a los ecos del conflicto con Rusia en el Este y, claro, también al miedo a la envenenada herencia de Chernóbil, la mayoría de turistas occidentales que acuden a la zona son hombres en busca de un polvo barato con alguna joven guapísima. Lo cual, todo sea dicho, no es una buena idea ya que lo anterior a su vez explica que Ucrania sea uno de los países de Europa con mayor porcentaje de enfermos de SIDA, particularmente en el caso de la población femenina urbana.

Es una pena porque Ucrania es asimismo un país que dentro de sus fronteras cuenta con algunas playas decentes en el Sur, en la zona de Odessa, precios bajos, monasterios y catedrales impresionantes (si bien muchas se encuentran en proceso de restauración/reconstrucción debido a los estragos que causó en la zona la II Guerra Mundial), pero sobre todo es un país que está dotado de un cierto exotismo en un mundo en el que cada vez todo es más homogéneo pese a las supuestas diferencias.

Y esto último también se nota en el campo de la arqueología debido a la peculiar historia de la zona y las singularidades de las culturas que conformaron las primeras etapas de civilización en aquella parte del mundo.

La cuestión es que en la típica campaña de excavaciones de verano este año ha logrado cierto eco el hallazgo de una tumba de la cultura Wysocka. Se trata de restos procedentes de una sociedad en transición entre el Bronce y el Hierro a finales del II milenio y comienzos del primer milenio antes de nuestra era, ubicada en la zona occidental de la actual Ucrania en las proximidades de Lviv (de hecho el nombre de dicha cultura se tomó a principios del s. XX de una aldea de la región llamada Wysocko Wyzne).

En cualquier caso la cultura Wysocka acabó desapareciendo en las brumas de la historia, quizás bajo la influencia escita, y puede decirse que no posee demasiado interés hoy en día. Ahora bien, la tumba que fue dada a conocer hace poco si que posee cierto interés, al menos periodístico, debido a cuestiones digamos estéticas ya que ofrece la potente imagen de lo que parece ser una pareja abrazada aun después de muerta. 



Algunos han querido ver en lo anterior una historia de amor. En cierta forma una de las primeras historias de romanticismo y devoción con tintes poéticos tal y como nosotros entendemos esos conceptos.

Pero claro, las apariencias pueden resultar engañosas a la hora de interpretar restos del pasado a la luz de nuestros valores y obsesiones, máxime en culturas exóticas de un área que no conocemos bien, un ejemplo de lo cual ya os lo puse a través de Facebook hace algunos meses con esta foto de los restos de un niño sármata con una deformación craneal intencionada encontrado en Crimea.



Lo cierto es que existen diversas tumbas neolíticas mediterráneas como los amantes de Valdaro que muestran ese tipo de posicionamiento de los cadáveres, y sobre todo es algo que se documenta con cierta frecuencia en los enterramientos propios de pueblos de la estepa en la época de los metales, por ejemplo en el caso de la cultura de Andronovo.




El problema es en qué medida donde nosotros vemos amor romántico y cariño (basándonos sobre todo en la posición de los difuntos) hay matices que para nuestra moral pueden resultar inquietantes.

De hecho los análisis de este tipo de tumbas normalmente indican que uno de los miembros de la pareja, la mujer en concreto, se suicidó o -más probablemente- fue sacrificada durante el ceremonial del enterramiento del hombre. Eso más que de amor nos habla también de posesión, dominación y culturas patriarcales donde la esposa no debía sobrevivir al marido si este detentaba una determinada posición, o donde los ritos funerarios se mezclaban con un culto a la fertilidad o con algún tipo de esperanza de reencarnación para lo cual el varón era acompañado de una fémina, no necesariamente su esposa, quizás una esclava, en la muerte. Tras lo anterior en determinadas ocasiones, sin que esté clara para nosotros la razón, se enterraban sus cadáveres y al hacerlo se tenía mucho cuidado en colocarlos específicamente en el tipo de posturas del que hablamos, recreando de esa forma la iconografía "amorosa" de alguna leyenda, relato oral o credo religioso perdido. Simplemente por ahora nos faltan elementos del puzzle de cara a entender el sentido de tales disposiciones.  



   Aunque, también podemos pensar que detrás de todo eso, más allá de las cuitas arqueológicas sobre las mentalidades propias de cada tiempo y cultura, en el fondo, de alguna manera, se encontraba el amor. Lo cierto es que nunca lo sabremos con total seguridad porque el amor es una cuestión que atañe a las personas implicadas mientras que los demás solo miramos desde fuera y, en este caso, desde muy lejos en el tiempo. Quizás incluso con cierta envidia y desazón, a veces con desasosiego.

lunes, 23 de julio de 2018

Siempre seré un niño si me tratas con cariño


Alistémonos en un absoluto abatimiento, es la única actitud sincera y la única que puede ser de alguna ayuda.

Klaus Mann

    Todo el mundo tiene un plan... hasta que le sueltan la primera hostia. 

    Mike Tyson




Mi primer contacto con el mundo educativo fue un tanto atípico ya que durante el último año de mis estudios universitarios me embarqué en una iniciativa humanitaria para impartir clases gratuitas en prisión una tarde cada semana, los viernes en concreto. No voy a engañaros, soy una persona carente por completo de empatía respecto a los demás seres humanos (a los cuales trato como números, estadística, meras hormigas a las que observar y estudiar desde la distancia) así que no me movió a ello mi generosidad de corazón sino solo el sentido práctico de buscar cobayas baratas con las que curtirme. 

Era el año 2000 y el centro penitenciario en cuestión la prisión de Villabona en Asturias. Por entonces lo que recuerdo es que el complejo penitenciario estaba, lógicamente, dividido en varios módulos y según entendí los presos más cercanos a la reinserción y que pronto iban a ser puestos en libertad, así fuese provisional, ocupaban módulos con números altos, más o menos del 8 al 10. En cambio números más bajos indicaban módulos con gente digamos más "institucionalizada" e irrecuperable, frecuentemente debido a problemas crónicos de drogadicción, motivo de hecho por el que el 80 o el 90% de los reclusos había acabado en prisión, al ser detenidos por tráfico de sustancias, o simplemente cometer pequeños hurtos para conseguir dinero con el que comprar estupefacientes. Yo no recuerdo bien si me tocó el módulo 2 o el módulo 3. En cualquier caso imaginaros.

Pero ser una persona fría e insensible tiene sus ventajas por lo cual lo anterior no me inquietó lo más mínimo y me planté en la prisión en mi primer día de clases imbuido de una genuina despreocupación (incluso sin DNI, qué inocencia, aunque al final me dejaron pasar el control de la entrada de todas formas, por muy ilegal que eso fuese) y con una fantástica charla introductoria perfectamente planificada en mi cabeza. Por supuesto había decidido que dicha lección inicial habría de girar en torno a contenidos de Historia, que a fin de cuentas siempre ha sido mi especialidad. En principio el nivel que tenía que cubrir debía ser más o menos de 3º de ESO, con adaptaciones a la realidad de cada estudiante, pero yo pensé en una primera clase digamos más motivacional en la que planeaba hablar (de lo que me saliera de los cojones) del anarquismo decimonónico en España, su génesis, su discurso político… y luego aprovechar eso para dialogar con los presos y que se plantearan en qué medida sus actos habían estado mediatizados por su origen social, es decir si pensaban que el delincuente nace o bien se hace, si son la probreza y las familias desestructuradas la causa de internarse en un mal camino en la vida o tal cosa es solo producto de algunas decisiones individuales completamente libres. Preveía cierto debate en el que encontraríamos un punto de acuerdo a medio camino: obviamente nadie te obliga a meterte coca, o a rajar a alguien para conseguir dinero con el que hacerlo, pero sin duda tienes más posibilidades de acabar así cuando naces en ciertos barrios en una familia de quinquis (consideremos esta argumentación basada en prejuicios si queréis) y a partir de ahí mi plan era terminar la clase sugiriendo que esa noche cada uno de ellos se preguntase sobre las razones, individuales pero también sociales, de haber acabado en prisión.

Visto en perspectiva quizás no era la mejor de las ideas, pero en su momento me pareció brillante. Luego llegó la realidad, claro. 

   Acudieron a la primera clase unos diez o doce reclusos, no recuerdo. Bastantes más de lo esperado, de hecho. Todos me escucharon pacientemente sin decir palabra durante más o menos una hora mientras les soltaba mi rollo y, cuando terminé, todos menos uno se marcharon también sin decir palabra y nunca volvieron a ninguna clase el resto del curso. El recluso que se quedó, traficante de poca monta, me invitó a un café (horrible) en una máquina dispensadora que había dentro del propio módulo y mientras lo "degustábamos" me explicó de forma educada y directa como era la realidad en aquel entorno. Casi todos ellos se habían matriculado en “aquella mierda” no porque tuviesen ninguna intención de aprender nada (ya que a aquellas alturas de su vida percibían que, en el mejor de los casos, sacarse el Graduado Escolar no les iba a cambiar gran cosa y no veían útil dedicarle varios años de esfuerzo) sino como una apuesta, una moneda al aire, para ver si el profesor que les tocaba era una mujer (había algunas profesoras enroladas en aquella iniciativa también) y así tener contacto real con una imagen femenina en torno a la que fantasear con una relación y quizás hacerse alguna paja por las noches. 

Más adelante, en el transcurso de las siguientes semanas, aquel tipo volvió fugazmente a clase y ocasionalmente también asistieron algunos nuevos reclusos, como fue el caso de un amable estafador argentino que, él sí, realmente quería sacarse el Graduado Escolar. Y sobre todo recuerdo especialmente a un chaval que después de varias semanas reunió valor y se presentó a las clases. Ese día, después de que yo estuviera una hora hablando creo que de funciones polinómicas para el argentino, se me acercó y me explicó que él lo que quería era aprender a leer y ya había aprendido la A, la B, la C… y estuvimos un rato con la G. La G con la A es GAAAA, pero con la E suena como JEEEE, pero se escribe con G claro, aunque si ponemos antes la U entonces suena GUEEEE. Después de ese día yo no pude volver luego en un par de semanas, creo que estuve enfermo o tuve exámenes o algo, y la siguiente vez que regresé, pensando en ayudarle a repasar quizás la R y la RR, el chico no vino y de hecho ya no lo volví a ver nunca más. Me lo imagino encallado en el sistema pidiéndole por favor al profesor que (quizás) acudió al año siguiente que le explicara las diferencias entre la C y la Z y así tal vez al cabo de uno o dos años aprendió a leer, básicamente por su cuenta. O tal vez no. Nunca lo sabré.

Después de eso terminé la carrera, disfruté de una beca de seis meses en Madrid en el "Instituto de Historia" dependiente del CSIC, donde en realidad solo estuve quizás dos o tres meses, tiempo suficiente para darme cuenta de que en muchos de los institutos de investigación "avanzada" en "Ciencias" Sociales en España hay mucha gente que pasa de todo y es feliz con tener cada año su dinerito para investigar alguna gilipollez que le gusta, aunque casi todos ellos saben perfectamente que lo que estudian no sirve para nada a la gente que vive fuera de las cuatro paredes en que trabajan (y los que no lo saben es porque, de forma egoísta, no desean darse cuenta). Así que volví a mi tierra y me saqué el dichoso CAP (trasunto del actual Master de Profesorado pero menos caro y más rápido) mientras hacía estudios de doctorado (que acabaron mal porque me empeñe en meterme en la temática minera, no muy popular si la encaras desde una perspectiva hostil cuando no eres nadie). Por entonces también hice mis primeras prácticas como profesor en un instituto de pueblo con unos niños insoportables y desde ese momento el resto de mi trayectoria ha sido una mezcla absolutamente delirante y caótica de niveles y materias. Pensándolo bien quizás la única constante ha sido intentar encontrar un trabajo relacionado con la educación y que me aporte sustento mientras trato de difundir mis ideas un tanto particulares. El problema es que he pretendido lograr eso evitando en la medida de lo posible lamer culos y sobre todo el trato con menores de edad, algo muy difícil cuando tus estudios son de Humanidades pues las salidas laborales son las que son. De cara a ello, según períodos, he dado clases como fugaz becario en Facultades de Derecho, Filosofía e Historia, también he trabajado en academias de estudios privadas ayudando a futuros profesores a preparar las oposiciones de Geografía, Historia e Historia del Arte, o enseñando español para extranjeros, el famoso ELE, algo así como las catacumbas del sistema educativo español pero enfocado a foráneos y a veces directamente ubicado en el extranjero. Así hasta que me he asentado –por ahora- en el mundillo universitario tras encontrar un lugar al sol, con más de cuarenta años, en el departamento de Filología de una universidad lituana. Si todo transcurre como siempre, supongo que empezarán a notar que no se sienten cómodos conmigo ni mi forma de ver las cosas dentro de un par de años (o quizás se replanteen la cuestión de qué hago yo allí si no soy filólogo). Y si no lo hacen ellos ya lo haré yo. Veremos qué ocurre. 

Llegado a este punto ni yo entiendo muy bien cuál ha sido mi trayectoria ni qué cojones hago aquí, qué asignaturas impartiré dentro de seis meses, o dónde estaré en unos años. Pero puedo decir que el bagaje acumulado en todo este tiempo me ha proporcionado una cierta perspectiva sobre la educación y sus problemas, de cara a los estudiantes pero también los profesores, no solo en España, y no solo a nivel público y universitario sino también en el marco privado y la Secundaria. Como podéis apreciar la amargura y el pesimismo, como siempre, caracterizan mi valoración. Admito igualmente que mi particular experiencia vital es muy poco generalizable y además, al margen del plano teórico, en lo que respecta a las etapas tempranas de la formación con niños y adolescentes resulta muy reducida. Pero ya sabéis que las opiniones son como los culos. Todo el mundo tiene una.

En ese y otros muchos sentidos España es cada vez más un país donde el debate público está en manos de tertulianos y cuñados. De hecho, mirando atrás, creo que siempre ha sido algo propio de la sociedad del Régimen de la Transición el apego a las figuras públicas capaces de simplificar cosas complejas para ponerlas a su nivel, lo que a veces es necesario, de cara a crear precisamente debate público, pero en algunas ocasiones es malo cuando la simplificación es excesiva y el debate se polariza en torno a ideas muy generales y atractivas mientras se aleja de la auténtica naturaleza compleja del problema en cuestión.

Supongo que alguien recordará al “doctor” Ramón Sánchez Ocaña que en realidad nunca fue médico ni nada parecido, sino un periodista con estudios de filosofía que en los años 80, ayudado por el Telepronter, se convirtió en la referencia médica de cabecera de muchos españoles. Más cerca del presente tenemos el caso de Leopoldo Abadía, un ingeniero industrial próximo al Opus Dei, que por cosas de la telegenia, las redes sociales, el azar y otra serie de factores se convirtió en la referencia explicativa de la crisis económica en España pese a que su análisis de la misma no dejaba de ser un superficial conjunto de tonterías más o menos irónicas, en algunos casos directamente plagiadas de monólogos humorísticos de la televisión británica. 

                  

   Otro ejemplo aún mejor de cantamañanas narcisista aupado públicamente al trono del prestigio “divulgador” en el caso de Eduardo Punset, el cual nunca realizó estudios de nada realmente relacionado con la ciencia, por lo que no es extraño que tras algunos años de éxito televisivo como supuesto divulgador científico haya acabado en el submundo de la “autoayuda” que es, junto al campo de lo paranormal, el sector editorial que en el fondo da dinero en España al margen de las novelas. A fin de cuentas un buen libro sobre Física teórica o Matemáticas hay muy pocas personas interesadas y a la vez capaces de leerlo. Pero sobre el poder del amor, o la idea de que si quieres puedes hacer cualquier cosa… pues constituyen un material más accesible y atractivo para un público mucho más amplio y menos exigente y por tanto hablamos de publicaciones mucho más rentables.

Y llego al punto que me interesa. Desde hace algunos meses El País, el BBVA y la Editorial Santillana (y esta terna de nombres ya debería aportarnos información por sí misma) están publicitando una serie de conferencias que, bajo el lema “Creando oportunidades” pretenden analizar y dar ideas sobre cómo debe enfocarse la educación en España durante los próximos años. Y lo que rodea al asunto en mi opinión es preocupante.

En primer lugar porque todo el tinglado no deja de ser una operación de marketing encubierto al servicio fundamentalmente del BBVA. Ese banco del pueblo. Pero sobre todo porque, en segundo lugar, la nómina de los conferenciantes escogidos y publicitados es cuanto menos discutible. Por supuesto en la lista hay personas con ideas interesantes pero en general llama la atención el hecho de que se ha elegido para debatir sobre educación no a profesores o académicos o a gente realmente relacionada de verdad en su día a día con la actividad educativa de personas normales sino sobre todo a escritores, deportistas, periodistas, neurólogos, sociólogos, teóricos de la pedagogía, psicólogos y hasta un chef. En general “divulgadores” y conferenciantes profesionales la mayoría de los cuales no ha dado una sola clase en toda su vida y en los encuentros organizados por BBVA se han dedicado a desgranar “pensamiento positivo” para padres (que, obviamente resulta muy razonable si lo escuchas y no te paras a pensar mucho en lo autoevidentes y universales que son muchas de las sentencias en torno a las que se construye) y básicamente a publicitar enfoques, planteamientos y técnicas próximos al campo del coaching empresarial y el mundo de los libros de autoayuda, pero en este caso adaptando ese entramado retórico al campo de la educación. Todo muy motivacional. Lo cual me parece peligrosísimo y manipulador a partes iguales.

El ejemplo perfecto de lo dicho para mí se da en la conferencia impartida por ESTA señora, digna hija de su padre en el sentido de arreglárselas muy bien para ganar mucho dinero, tener mucho éxito y parecer una persona muy inteligente y preparada sin que realmente haya demasiados logros tangibles y reales que sustenten todo lo anterior. Pero claro, la fachada de su currículum es muy brillante y entre el público muchos maestros y directores de colegios de verdad bebieron sus palabras como si sus frases muy bonitas pero vacías, su lenguaje florido y su palabrería estilo “Paulo Coelho” con ocasionales citas a autores extranjeros aportasen algo auténticamente útil.

Y por eso da miedo pensar en la ingenuidad de mucha de la gente que trabaja sobre todo en la Educación Secundaria en España y lo permeables y acríticos que son muchos de ellos a la hora de adoptar cualquier nuevo invento, teoría o gadget que supuestamente mejore el proceso pedagógico.

  Supongo que a muchos no les queda otro remedio porque son tantos los problemas a los que se enfrenta el sistema educativo patrio que algo hay que hacer. La cuestión es que todas las soluciones propuestas por los pensadores en boga en encuentros como los auspiciados por el BBVA resultan meramente epidérmicas y coinciden en obviar las causas más importantes de dichos problemas para, en su lugar, perderse en vacías y por ello inocuas disquisiciones teóricas sobre cuestiones marginales como la dieta de los niños o la importancia de generarles emociones positivas (bueno, suena cruel decir que son cuestiones marginales; sin duda son cosas importantes a título individual, pero me temo que a nivel colectivo están lejos de ser clave: imaginar que hablásemos del mercado laboral y unos tipos insistieran una y otra vez en la importancia de que el obrero se levante cada mañana con una sonrisa y con actitud positiva, y que desayune bien, e ignoren por completo cualquier debate sobre regulación salarial, sistemas de pensiones o el modelo empresarial imperante en el país).

Por supuesto como discurso coherente es todo muy lógico y muy bonito, el problema es la alarmante falta (supongo que nada casual en unos encuentros publicitados por El País y pagados por el BBVA) de perspectiva política y social.  

A ese respecto no me cabe duda de que hay magníficos economistas que construyen modelos teóricos matemáticamente muy pulidos, pero que se van a la mierda en el mundo real cuando hay que explicar, por ejemplo, la razón de que los precios de un determinado sector sean los que son porque entonces, de cara a entenderlo, quizás la clave no está en las matemáticas sino en el hijo del dueño de la compañía más importante del sector que está casado con la hija del dueño de la segunda compañía más relevante y a su vez varios exministros del ramo aparecen formando parte de los consejos de administración de esas empresas después de ayudarlas a deshacerse de su competencia mediante extraños bandazos legislativos (estoy poniendo un ejemplo ficticio pero estoy seguro de que podríamos encontrar muchos ejemplos reales en esta línea en España, o en otros países).

También me encanta leer Ecos del Balón. Pero ni por un minuto me creo que el fútbol (ni el deporte de alta competición en general) se reduzca a tácticas y habilidades concretas. Quizás eso ocurre en los partidos que se juegan en las videoconsolas. Pero en el sucio mundo del deporte de élite real existen el doping, las apuestas ilegales, los amaños o las componendas políticas así como los intereses pecuniarios para explicar no solo el rendimiento fluctuante de determinados equipos o deportistas sino también los movimientos del mercado o supuestos errores arbitrales aparentemente incomprensibles. El único problema es que el individuo de a pie desconoce los datos clave para analizar toda esa información. Pero fingir que todo eso no existe solo ayuda a montarse en la cabeza un hermoso cuento de hadas que, si analizamos el deporte de competición como puro entretenimiento (y no como el negocio y medio de control social que también es) tiene sentido. Aunque sea una mentira piadosa. Una mentira entretenida. Pero NO es verdad. O al menos NO es toda la verdad.

Igual que ocurre con la LEY estudiada en las universidades a nivel teórico, si la confrontamos luego con lo ocurrido durante el proceso a la Infanta y su marido o todos esos juicios donde algún sudoroso fiscal, cuando no el propio juez (ante otro tipo de reos mucho más orgulloso y arrogante), no ve el momento de absolver al acusado (normalmente no porque se trate de una persona muy humilde injustamente sentada en el banquillo sino todo lo contrario). Estoy seguro que los presos que fugazmente conocí en Villabona jamás pudieron apreciar esa cara oculta del mundillo jurídico ni, por tanto, beneficiarse de ella.

   Hay mucho gurú suelto hoy en día que está deseando explicarte como montar una empresa, o ser feliz, o curar tu cáncer, o lo que sea. Muchas veces sin tener ni la menor idea al respecto pero, por la potencia del lenguaje, eso puede no ser un problema insalvable a la hora de construir al respecto un discurso muy atrayente, razonable y formalmente lógico.  

Creo que entendéis las implicaciones de todo lo anterior en múltiples campos y hoy me interesa recordaros que en el mundo de la educación las grandes teorías pedagógicas están muy bien, son muy interesantes, sin duda de base la mayoría son autoevidentes e incluso algunas hasta ciertas, pero los factores que de verdad condicionan el éxito educativo a nivel colectivo en un país son de naturaleza socioeconómica y política (y diría que a nivel individual la clave son los conocimientos de base del profesor y su motivación, así como la de partida del estudiante, no la técnica empleada). En cuanto a esos factores colectivos hay que citar desde la estabilidad (o no) de las leyes educativas en el tiempo, el número de alumnos por clase, la dotación de recursos de los centros, en definitiva las partidas presupuestarias (que en España siempre han sido mejorables tanto con la derecha como con la “izquierda” en el poder, no digamos ya las de I+D, mientras ocurren cosas como que el Estado central se gasta cada año unos 100 millones de euros en pagar sueldos a profesores de religión), hasta el sistema de selección del profesorado, ya a nivel de Primaria y sobre todo en Secundaria y la Universidad, o los modelos sociales que los jóvenes perciben tanto en su entorno cercano como en televisión, sin olvidar a ese respecto el nivel socioeconómico de las familias, las peculiaridades del barrio/región en cuestión, o las expectativas que ofrece el mercado de trabajo (aquí orientado al sector turístico cada vez más y por ello en general hacia una mano de obra no especialmente formada pero que sea sumisa y barata en lo posible). Todo eso y muchas otras cosas, tangibles, reales, sociales, económicas, políticas...

Pero de todo eso (y creo que NO es casualidad) resulta que NO han hablado mucho, ni creo que lo vayan a hacer, en esas charlas del BBVA.

El problema a ese respecto (en realidad hay varias razones, pero voy a centrarme en una) es que las modas educativas, muchas de las cuales están basadas en puro aire, se han instalado en la educación en España. A falta de soluciones política de conjunto hemos vuelto la mirada a los hechiceros que prometen soluciones milagrosas solo con una sonrisa cada mañana, instalar muchas pizarras digitales o cambiando la posición de las mesas en la clase. Ahora por ejemplo muchos neurólogos empiezan a ocupar el agujero que antes ocupaban los nunca suficientemente maldecidos pedagogos puros (un saludo a Álvaro Marchesi), aportando cosas unas veces, pero también jodiéndola y contribuyendo a aumentar la confusión en otras ocasiones. 

   Asimismo diría que algo así como el modelo de las TED talks ha calado en la sociedad. Y los hipster que tienen acceso a Internet, saben idiomas, viajan, tienen progenitores educados, y en sus ratos libres producen pensamiento, resulta que consideran que la red y ese tipo de enfoques basados en charlas superficiales, sutilmente cargadas de emotividad y difundidas a través de Internet, son la panacea para casi todo. Y tal vez lo son. En su caso. El problema es un determinado porcentaje de la sociedad (diría que incluso mayoritario) que NO funciona así, que no tiene acceso a toda esa información, que aunque lo tuviera no sabría interpretarla ni usarla, y que por si fuera poco padece ya de salida dificultades propias, en ocasiones MUY jodidas. Pese a ello estos últimos grupos sociales, por imitación y porque a fin de cuentas todos necesitamos ideas que nos orienten, en ocasiones se creen ese discurso difundido por las élites intelectuales (ellas y las élites sociales son las únicas encargadas de producir discurso, porque el que tiene problemas MUY jodidos normalmente tiene otros asuntos urgentes que atender). Pues bien, la consecuencia va a ser (ya está sucediendo) que esa gente normal, que -insisto- está muy jodida, se va a sentir a su vez muy frustrada cuando descubra que: el discurso en boga hoy en día no soluciona sus particulares problemas muy jodidos de verdad; no soluciona sus problemas porque los que diseñan y publicitan el discurso dominante ni siquiera conocen los problemas reales a los que se enfrenta día a día esa gente jodida de la que hablo; y las élites intelectuales no los conocen porque siendo sinceros a muchos pensadores actuales el “lumpen” auténtico (que lejos de estar al borde de la desaparición en realidad se mantiene constante o incluso aumenta en tamaño en muchas regiones) y sus problemas muy jodidos de toda la vida, problemas muy poco hipster, directamente se la pelan.

Eso pasa respecto a una cuestión puntual como es la de la educación de las futuras generaciones pero, como lo anterior es solo uno de los muchos aspectos posibles de la confrontación, resulta que también ocurre en otros ámbitos. Aunque de esto último y sus consecuencias igual hablamos otro día. Hoy me he limitado simplemente a daros mi subjetiva opinión personal sobre un tema que me toca muy de cerca de cara a que vosotros reflexionéis sobre cuál es la vuestra. 


                       

martes, 17 de julio de 2018

El día de mañana



El Franquismo no son cuatro generales, es una clase social, y esa no va a desaparecer tan fácil.

Este régimen está muriendo, si hacemos concesiones le damos oxígeno a quienes lo apoyan.






Hoy vengo a haceros una recomendación: darle un vistazo a El día de mañana, una serie de Movistar + dirigida por Mariano Barroso y basada en una reciente novela de Ignacio Martínez de Pisón.

El nudo de la trama es la historia ficticia del ascenso y caída de Justo Gil, un trepa llegado a Barcelona en los años 60, desde un pueblo, sin nada, a rastras con su madre enferma, pero que pronto se las arregla para aprovechar tanto su don de gentes como las oportunidades que ofrece una urbe en rápida expansión. Así termina codeándose con la alta burguesía de la ciudad, si bien el peaje para ello será ejercer de confidente de la policía del Régimen. Finalmente los años pasan y sus malas decisiones en la vida lo llevan a militar en un grupúsculo de la extrema derecha durante la segunda mitad de los años 70, en plena Transición. Por supuesto, como es de rigor y mandan los cánones de este tipo de historias, dicha trayectoria vital está jalonada de traiciones y engaños, cometidos sobre otros pero también recibidos. 

   A ese respecto el joven actor Oriol Pla (a mi juicio una muy afortunada elección) da vida a un individuo que se define, más que por su carácter maquiavélico o camaleónico –típico de este tipo de papeles- por un aura trágica que parte de su inconsciencia y fragilidad, casi inocencia pese a sus momentos de malicia. Así el joven actor logra construir un personaje quizás más interesante y complejo que el que aparece en la propia novela original, precisamente lo contrario de lo que suele ocurrir con caracteres que transitan del papel a la televisión. El Justo Gil de Oriol Pla es un hortera dotado sin embargo de indudable carisma y encanto; un inculto que posee sin saberlo una genuina sensibilidad y una aguda intuición empresarial; un individuo rastrero pero también romántico; un mentiroso arribista que se pierde por ser fiel hasta el final a las cosas que realmente le importan. Y así, de alguna forma, el actor logra que el personaje empatice con el espectador, y con ello que un soplón y un estafador despreciable nos importe de verdad. Algo que tiene mucho mérito. 

Con todo, como en otra serie del mismo canal que os recomendé hace no mucho (y os prometo que no me pagan) la verdad es que lo que me ha llamado la atención de este producto televisivo no son las actuaciones (muy correcto también Karra Elejalde como el villano central de la historia) o la trama en sí, ya que en definitiva no deja de ser un drama romántico un tanto rocambolesco. Es decir no hablamos de una obra redonda. Pero a mi juicio merece la pena destacar esta serie, como era el caso de La peste, por su enfoque. Un enfoque valiente, con mala idea escondida, con mala baba, con genuina mala leche. Como a mí me gusta. Como se necesita desesperadamente en el panorama cultural hispano.

En ese sentido los seis episodios de que consta la (mini)serie son demasiado poco para retratar la transformación de la ciudad de Barcelona en aquella época (años 60 y 70), o desmenuzar la Transición en forma de thriller político. Esos elementos desde luego forman parte del decorado pero lo que se desgrana al respecto son apenas pinceladas, muy bien tiradas eso sí, sobre temas amplísimos que por sí darían para varias tesis y libros. No obstante, aprovechando ese trasfondo, a lo largo de los capítulos delante de nuestros ojos va desfilando un elenco de personajes formado por monjas milagreras estafadoras, policías torturadores sin demasiadas neuronas y obsesionados con un Partido Comunista completamente paralizado por las rivalidades internas y los confidentes, universitarios pijos de buena familia que despotrican del Régimen mientras se ponen hasta arriba de todo en fiestas decadentes, empresarios chanchulleros y homófobos, y en general lo que se podría definir como bastante color gris.  

Y es aquí donde ocurre algo interesante. En el plano puramente literario la novela en la que se basa podría perfectamente integrar desde ya una trilogía (junto con La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza y La plaza del diamante de Mercè Rodoreda) que resuma la historia de la ciudad de Barcelona durante el último siglo y pico. Ahora bien, en realidad el parentesco más directo de la encarnación televisiva de la novela de Martínez de Pisón apunta en otra dirección. Desde luego si seguimos centrados en Barcelona puede también venirnos a la cabeza el parentesco con, quizás, El día del Watusi de Fernando Atienza. Pero la temática realmente no es la misma, aunque comparta por ejemplo una cierta valoración de la Transición política. Por eso a mi juicio esta serie se convierte en realidad en una más que válida precuela de otra novela/serie imprescindible para entender la España actual y caracterizada por una construcción similar en cuanto a estructura, aunque dedicada a narrar la Valencia en los tiempos del "pelotazo" y no la Cataluña tardofranquista. Me refiero a Crematorio, la serie basada a su vez en la novela de Rafael Chirbes. Si Crematorio trazaba una panorámica de nuestra corrupción reciente, El día de mañana en el fondo se ambienta en la España en que se gestó parte de todo eso. Bueno, con matices, por supuesto, porque los problemas actuales vienen de mucho antes, pero al menos la historia que cuenta Martínez de Pisón se sitúa en la época clave de nuestra historia reciente en la que se tomó la decisión de pasar página, cerrar los ojos y no hacer realmente nada al respecto de muchas cosas, con lo cual se perpetuaron las condiciones para sustituir una sociedad moralmente corrupta por otra estructura social supuestamente sana, al menos en su apariencia exterior, pero igualmente corrupta en su interior (aunque lo fuese a través de mecanismos diferentes). 

   Insisto en que esta serie no lo explica todo en detalle, no es un documental. En el debe de la serie citaría las típicas y a veces un tanto gratuitas escenas de sexo (lo cual quiere decir básicamente "tetas") propias de casi cualquier producto audiovisual del presente. Y una cierta sobrevaloración del grado de confrontación que padeció el Régimen en Cataluña. De hecho en general la memoria colectiva del período está tendiendo a extrapolar situaciones recientes a los años del Franquismo planteando por tanto una gran contestación al gobierno de Franco concentrada esencialmente en el País Vasco y Cataluña en torno a disputas culturales, cuando lo cierto es que primero los maquis y luego las vulgares cuestiones salariales y sindicales fueron los grandes desafíos que de verdad causaron problemas al Franquismo. En ese sentido quizás sorprende recordar que durante los primeros años de la Dictadura hubo mucha actividad de partidas guerrilleras en regiones hoy tan conservadoras como Galicia o Cantabria, y con el tiempo algunos de los mayores conflictos sindicales que hubo de confrontar el Régimen sucedieron en Asturias mientras que las mayores huelgas universitarias se documentaron en Madrid. 

   Pero en cualquier caso lo que más me interesó al visionar El día de mañana fue que, como trasfondo de la trama, se nos presenta una “Transición” alejada de grandes triunfalismos almibarados. Puede pensarse que no es mucho, pero ya es algo de cara a ir cambiando el discurso imperante. Porque cuando una productora generalista como Movistar + acepta financiar esto es que el otro discurso, el oficial aún hoy, cada vez se lo cree menos gente.