domingo, 21 de mayo de 2017

Los coleccionistas


No podemos saber quiénes somos si no nos conocemos y entendemos quién fue Goya y por qué pintó lienzos como “El fusilamiento del 3 de mayo”. Tampoco podemos comprender el siglo XVII sin obras como “El Quijote” de Quevedo.

(Genoveva Casanova al recibir un premio por promover la cultura como directora de proyectos de la Casa de Alba).




En las últimas semanas han ocurrido cosas interesantes en las subastas de arte. Hace un par de días este cuadro sin título de Basquiat se vendió por 99 millones de euros (a los que habrá que sumar comisiones e impuestos). 



   Sin duda se trata de una obra impactante. Ha sido adquirida por el millonario japonés Yusako Maezawa, el cual se dedica al comercio electrónico a través de internet. El anterior dueño del cuadro había pagado por él 19.000 dólares en 1984. Es decir que el cuadro en cuestión se ha revalorizado a un ritmo cercano al 200% al año desde entonces. Eso es lo que se llama una buena inversión. 

   La semana ya había empezado fuerte porque el pasado día quince esta obra de Picasso fue vendida por 41 millones de euros. 



   Pura belleza. El mismo día esta escultura barnizada en bronce de más abajo, obra del rumano Constantin Brancusi (1876-1957), alcanzó los 52 millones de euros pese a que ni siquiera es una pieza única ya que forma parte de una serie de media docena de obras iguales, las cuales a su vez son copia de una gran cabeza en mármol que se encuentra en un museo estadounidense.  



   Sin embargo a mí me interesa otra venta de una escultura, en parte parecida a las de Brancusi, aunque mucho más antigua. En concreto el día 28 del mes pasado salió a la venta esta pieza de la colección Guennol y rápidamente se vendió por más de 13 millones de euros. 



Se trata de una extraña figurilla religiosa elaborada entre el 3.000 y el 2.200 a.n.e. en tierras de la actual Turquía y que se conoce como “El astrónomo Guennol”. En el mundo existen solo quince de estas esculturas (conocidas como ídolos de Kiliya), las cuales pertenecen a un período y una cultura de la que no se sabe gran cosa. El resto de estatuillas parecidas existentes o se encuentran en museos o se han vendido por cifras muy inferiores, en torno al millón de euros. Sin embargo en este caso podría decirse pese a todo que la compra ha sido una "ganga" (vamos a obviar por una vez el tema de la evidente inflación de los precios del arte porque en este caso hablamos más bien de un resto arqueológico). De hecho en el año 2007 esta otra estatuilla de la misma colección, al parecer la representación de una ¿diosa? irania de hace 5.000 años y conocida como la “Leona Guennol”, alcanzó en subasta un precio de 40 millones de euros.


Así que hoy se me ha ocurrido hacer una entrada rápida para explicaros brevemente qué es eso de la colección Guennol, de la que seguro que los interesados en estas cuestiones seguiremos oyendo hablar en el futuro.

La "colección Guennol" nació en 1947 y es simplemente un conjunto de piezas reunidas de forma privada por el matrimonio formado por Alastair Bradley Martin y su esposa Edith Park. El nombre de la misma proviene de una palabra galesa, gwennol usada para referirse a varias cosas, entre ellas a un pájaro que nosotros llamamos "golondrina", creo. El caso es que la palabra en cuestión gustó mucho a la señora Martin durante su viaje de luna de miel por aquellas tierras y por eso acabó denominando al pasatiempo favorito del matrimonio durante los siguientes años: su colección de objetos de arte.

Hay que decir que la pareja podía permitirse adquirir obras de arte casi a voluntad porque tenía dinero, mucho dinero. Y tiempo libre para gastarlo. Alastair en concreto fue un exitoso hombre de negocios de los EE.UU. descendiente de una importante familia de la costa Este (su abuelo fue socio de Andrew Carnegie). Además era una persona que no se limitó a centrarse en el mundo de los negocios, ni mucho menos, tal es así que incluso llegó a ser toda una personalidad en el mundo del tenis amateur. De tal forma Alastair sumó a la posesión de dinero una energía y una buena estrella muy particulares que brillaron con luz propia en lo referido a sus actividades lúdicas y filantrópicas, entre las que empezó a incluirse la adquisición de piezas de arte a finales de los años 40 como ya expliqué.

Llegados a este punto podría argumentarse que reunir montones de obras de arte no es algo para nada extraordinario, muchos millonarios han hecho lo mismo y lo siguen haciendo en la actualidad. Por ello lo que separa la colección Guennol de otras es su enfoque muy particular y el desmedido éxito del mismo, producto quizás del buen gusto, quizás de la suerte.

En primer lugar el matrimonio renunció a coleccionar pintura moderna, como empezaba a resultar habitual ya en aquella época y es muy común en la actualidad. En cambio los Martin se centraron en piezas de valor arqueológico a la vez que artístico, sobre todo piezas de cerámica, orfebrería y esculturas del período Calcolítico y la Edad de los Metales en general, a las que con el tiempo sumaron también objetos procedentes del medievo, esculturas de obsidiana precolombinas, o de jade realizadas en Asia, e incluso arte africano, siempre con preeminencia como digo de esculturas realizadas en bloque y de pequeño tamaño con formas próximas al arte abstracto de nuestro tiempo pero que en muchos casos fueron manufacturadas hace varios siglos o milenios.
  







  

Más allá de ese criterio muy general el matrimonio Martin prescindió de cualquier enfoque organizado, no se centraron en períodos concretos ni en una cultura determinada. En cambio se dedicaron a comprar piezas sueltas, no demasiadas, del orden de cinco o diez cada año hasta que les fueron surgiendo nuevas pasiones (por ejemplo la pareja se interesó durante los años 70 por la protección de los animales), todo ello mientras mantenían como principal criterio el que sus adquisiciones fuesen básicamente “bonitas” según su opinión particular. 

Lo anterior les llevó por ejemplo a adquirir algunas piezas que en aquel momento estaban en el mercado al no conocerse en detalle su origen o su período de elaboración y a las que por tanto casi nadie prestó atención. Y lo inesperado es que con el tiempo, tal vez debido al puro azar o quizás porque el matrimonio poseía un oculto sexto sentido para identificar obras notables, lo cierto es que la mayor parte de objetos reunidos en la colección han ido adquiriendo un renombre, un valor y, en ocasiones, un interés histórico importante. Con ello la cotización de algunas piezas se ha disparado a muchos millones desde las cifras a veces irrisorias (en bastantes ocasiones apenas varios cientos de dólares de la época) pagados en su momento por el matrimonio para hacerse con ellas.

Finalmente Edith falleció en 1989 y Alistair murió en 2010 por lo que desde hace un tiempo la colección se desintegra poco a poco entre cesiones a varios museos y el interés de los herederos por obtener "cash" de vez en cuando.

Por ello deseo aprovechar para dejar constancia aquí de mis ambivalentes sensaciones al respecto de esta colección que me resulta fascinante pese a sus matices un tanto perversos e inmorales. A fin de cuentas se trató del capricho de dos pijos de la alta sociedad con ínfulas artísticas que se dedicaron a adquirir restos antiguos casi al azar, sin pretensión de centrarse en el legado de civilización alguna, ni importarles demasiado el contexto en que habían aparecido los objetos en cuestión (por ejemplo el Gobierno turco piensa impugnar la venta en subasta de “El astrónomo” lo que va a dar lugar sin duda a un pleito interesante). En ese sentido su colección transpira un espíritu casi próximo a los “gabinetes de curiosidades” que poseían algunos nobles y monarcas europeos de hace varios siglos, cuando los jerarcas reunían en sus palacios, acumulándolas sin aparente lógica, piezas diversas pertenecientes a períodos y lugares variados, siempre bajo el único común denominador de que los objetos en cuestión les resultaban hermosos o intrigantes.

Resulta muy extraño ver en pleno s. XX  algo así, tan caótico, pero lo cierto es que paradójicamente este enfoque, por lo que sea, dio lugar a una colección bastante más interesante que otras reunidas siguiendo métodos mucho más científicos y cartesianos.

Por otro lado todo esto me trae a la mente otras reflexiones. A fin de cuentas en fechas todavía no muy lejanas las clases privilegiadas aspiraban, con mayor o menor éxito, a diferenciarse del "maloliente populacho" no solo a través del control de la riqueza sino también mediante la posesión de cultura, entendida como un signo distintivo más. De ahí que las élites de ciertos países (en ese sentido las élites ibéricas y latinoamericanas desde hace tiempo se han distinguido de otras por su vulgaridad y desgana hasta en lo relativo a este aspecto) entendiesen casi como algo consustancial al mantenimiento y justificación de su posición privilegiada la necesidad de dotarse de unos conocimientos mínimos sobre arte, historia, literatura o filosofía (campos de conocimiento sin una utilidad inmediata a los que no podían bajo ningún concepto dedicar su tiempo las personas "vulgares" que debían trabajar para ganarse la vida) y a la vez realizar de vez en cuando actos de evergetismo y de cierto "buen gusto" relacionados con esa dimensión cultural de la que hablo: desde el pago de una nueva biblioteca para una institución educativa a la donación de una colección de arte al final de sus vidas. "Desgraciadamente" durante las últimas décadas el acceso masivo a la educación, incluso universitaria, por parte de los hijos de la "plebe" ha devaluado a los ojos de esas castas dirigentes la posesión de una amplia base cultural como signo distintivo y muestra de sofisticación. Tal es así que hoy en día las universidades de élite sirven a esos grupos apenas para establecer redes de contactos, no tanto para adquirir una pátina de refinamiento humanístico que a los retoños de la aristocracia capitalista ya no les resulta indispensable al modo en que lo era para las élites victorianas o austrohúngaras de antaño. 

   Por eso, desde hace un par de décadas, estamos evolucionando hacia un mundo chabacano donde los grupos sociales que controlan el grueso de la riqueza ya no sienten siquiera la necesidad de distinguirse de sus siervos manteniendo la ficción de una pretendida superioridad intelectual en sentido amplio, es decir relacionada con la posesión de una cierta erudición o el papel de guardianes de un legado inmaterial. Muy al contrario, ahora los grupos sociales que acaparan los recursos entienden que, antes que dedicarse al patronazgo cultural, es mucho más útil para sus intereses hacerse por ejemplo con el control de los medios de comunicación o con la dirección de franquicias deportivas como vía que les proporcione popularidad, beneficios, y a la vez contribuya al mantenimiento de una paz social muy conveniente para sus intereses. 

En fin. Dejadme por tanto con mi nostalgia irracional y probablemente incoherente de una época en que a buena parte de los amos les interesaba al menos de forma ocasional el ejercer como mecenas de artistas realmente talentosos o adquirir objetos antiguos y bellos. Hoy somos todos tan libres e iguales que nuestros dueños ya ni siquiera necesitan gastar unas monedas en esas cosas salvo para blanquear partidas de dinero dudosas o lograr exenciones fiscales. Así que son malos tiempos para todo el que no sea un mediapunta talentoso o no sepa gruñir con ritmo mientras muestra a cámara su hermosa y blanca sonrisa. 

                       

viernes, 5 de mayo de 2017

Siempre hay tres en la colina


Sé exactamente a que te refieres. Déjame decirte por qué estás aquí. Estás aquí porque intuyes algo. No lo puedes explicar, pero lo sientes. Lo has sentido toda tu vida. Hay algo equivocado en el mundo. No sabes lo que es, pero está ahí, clavado como una astilla en tu mente, volviéndote loco. Es este sentimiento el que te ha traído hasta mí. ¿Sabes de qué estoy hablando?

Morfeo en “Matrix”


Llamémoslo serendipia, aunque no es un término exacto de cara a definir el fenómeno en cuestión. El caso es que cuando uno comienza a interesarse de verdad por el pasado histórico y dedica muchos años a leer sobre ello inevitablemente acumula un respetable volumen de información que le permite proyectarse sobre ciertos acontecimientos de tiempos pretéritos, visualizar escenas, ambientes, realidades... y tomar nota de algunos aspectos peculiares que se intuyen tras todo ello.  

Una de las ideas que primero se asumen al respecto, después de mucho repensar sobre la lógica de la Historia, es que el mundo no solo se divide entre ricos y pobres sino que de una forma un poco más sutil se encuentra dividido entre las personas que cuentan, las que están llamadas a pasar a la Historia, por un lado, y por otro las personas irrelevantes como tú y como yo, es decir los individuos con existencias que, lo admitamos o no, resultan totalmente irrelevantes cuando se piensa en el global de la Humanidad.

Lo interesante, lo curioso, es que cuando además uno escarba en las biografías de esas personas que cuentan comienza a apreciar algo parecido a una tendencia, como una regularidad: y es que la mayor parte de tales individuos se conocen entre sí desde su más tierna infancia.


Por supuesto existen factores que lo explican. Os podéis imaginar. Desde siempre existen linajes de privilegiados ocupando la cúspide de la pirámide social y los retoños de tales grupos suelen estudiar y frecuentar los mismos ambientes, establecer ya desde ese momento redes de contactos y una vez llegan a la edad adulta perpetúan dicho estado de cosas de forma natural. En todos los países se puede rastrear esto porque es algo que ocurre desde la noche de los tiempos. Más o menos desde cuando un puñado de alumnos instruidos por Aristóteles en la corte macedonia de Pella acabaron repartiéndose el mundo helenístico e iniciando diversas dinastías centenarias.   

Pero no es necesario irse tan lejos en el tiempo para hablar de estas cosas. Hoy en día en Francia todo el mundo conoce el poder de los énarques. Es decir los graduados en la prestigiosa Ecole Nationale d’Administration (ENA). La mayoría de los políticos y grandes empresarios franceses, da igual su afiliación política, han pasado por esa escuela en algún momento de sus vidas. Desde Alain Juppé a Michel Rocard, Lionel Jospin, Laurent Fabius o Edouard Balladur. Todos estudiaron en la ENA. 

Por eso resulta muy gracioso analizar el panorama político francés de hace algunos años y de repente descubrir que Francois Hollande, Segolene Royal o Dominique de Villepin no solo proceden todos de la misma institución educativa, es que además fueron compañeros de aula. De hecho será casualidad pero entre los más o menos 80 compañeros que se licenciaron el mismo año que ellos (camada que se conoce bajo el apelativo de promoción Voltaire), nada menos que otros cuatro acabaron siendo ministros (Jean-Pierre Jouyet, Renaud Donnedieu de Vabres, Michel Sapin y Frederique Bredin). Además en su clase también estaba gente como Michel Cadot, actual prefecto de policía de París; Yvon Robert, alcalde de Rouen; Marie-Françoise Bechtel, ahora diputada; Philippe Carré, antiguo embajador de Francia en Austria; Jean-Maurice Ripert, quien ha ocupado diversos puestos de diplomático y embajador, entre ellos representante de Francia ante la ONU y también ante la Federación Rusa. Una trayectoria en parte parecida a la de Pierre Duquesne o Henri Fissore, Sylvie Hubac, Jean Pierre Hughes, Michel Gagneux, Jean Lefebvre de Laboulaye, Pierre-René Lemas, Pierre Mongin o Jean-Maurice Ripert, todos ellos altos embajadores, diputados, o políticos de trayectoria, en muchos casos colocados a dedo en sus puestos por otros compañeros de colegio suyos. Mientras tanto en el mundo empresarial entre los compañeros de estudios de los anteriores aparece gente como Henri de Castries, hasta hace poco presidente de la aseguradora Axa, o Jean Marc Janaillac, de Air France.


¿A que no ocurrió lo mismo con vuestros compañeros de Universidad?

Lo cierto es que la ENA fue creada en 1945 como una institución teóricamente meritocrática, dentro de lo posible. Tal es así que en los años cincuenta más o menos uno de cada tres estudiantes en sus aulas pertenecían a las clases bajas. En los años 90 sin embargo ese porcentaje ya era inferior al 10% y seguía bajando en la medida en que los ecos de su éxito llevaron a la Ecole a ser colonizada por los hijos de las "mejores" familias galas como una plataforma desde la que acceder al control del Estado. De hecho el ahora de moda Emmanuel Macron, cómo no, también es un enarca, ya que se licenció en la ENA en 2004, igual que Najat Vallaud, la actual ministra de Educación, o Gaspard Gantzer actual consejero de comunicación de la presidencia de la República. 

Y si eso pasa en un país oficialmente poco "clasista" como Francia imaginaros lo que ocurre en Gran Bretaña donde la práctica totalidad de su élite política y de sus hombres de finanzas estudiaron en Harrow o bien en Eton (casi 40.000 euros de matrícula por curso ejercen de barrera frente a los plebeyos en cuanto al acceso a este y otros centros parecidos) y luego pasaron por las universidades de Oxford o Cambridge. Allí es por tanto normal advertir que casi todos los que cuentan y/o tienen dinero fueron compañeros de clase en algún momento de sus vidas.



En España ocurre algo parecido con los compañeros de estudios de Jose María Aznar, pero también con los de Alfredo Pérez Rubalcaba. Todos ellos exalumnos del colegio de Nuestra Señora del Pilar, un centro privado católico ubicado en Madrid del que han salido nueve ministros, una docena de embajadores, un par de presidentes de Telefónica y otros tantos directores generales de RTVE, así como numerosos altos cargos y grandes empresarios de este país. Por dicho colegio pasaron Juan Villalonga, Alberto Cortina, Javier Rupérez, Fernando Schwartz, Antonio Garrigues Walker, Álvaro del Portillo, Jaime Lissavetzky, Javier Solana, Pío García Escudero, Rafael Arias Salgado, Mikel Buesa, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, Javier Elorza, Juan Miguel Villar-Mir, Juan Abelló, Alberto Alcócer, Luis María Ansón, Juan Luis Cebrián, Alfonso Ussía, Jaime Lamo de Espinosa, Fernando Savater o Fernando Sánchez Dragó entre otros muchos.


Uno podría pensar que la Transición en el fondo se explica perfectamente si tenemos en cuenta que una gran parte de las élites políticas, judiciales, económicas y también intelectuales (esto último siempre lo olvidamos) que dieron forma al actual "sistema" en el fondo estudiaron juntas y a título personal son buenos amigos más allá de sus supuestos enfrentamientos públicos de cara a la galería. A fin de cuentas gran parte de los dirigentes de UCD, AP, luego del PP, también del Opus Dei, pero asimismo del PSOE y de los principales periódicos españoles de hace unos años fueron todos compañeros en los mismos colegios privados que alojaban a los retoños de las escasas clases medias y altas de la España de los años 50 y 60, colegios como el de Nuestra Señora del Pilar ya citado, o el de Santa María del Pilar por el que pasó gente como Ignacio Wert o Luis de Guindos.

A ese respecto me llama la atención una cosa un tanto sorprendente, al menos si analizamos el fenómeno desde una cierta ingenuidad. A fin de cuentas la moderna “izquierda” española que dio forma a la Transición en el fondo muestra orígenes igual de endogámicos que sus contrapartes de la derecha. Me refiero a que buena parte de los integrantes de la cúpula socialista hasta hace bien poco procedían de colegios como los mencionados, o bien formaron parte de los personajes que figuraron o estuvieron en su momento relacionados con la famosa foto de la tortilla tomada en unos pinares de Puebla del Río en 1974 y en la cual podemos distinguir entre otros a unos jóvenes Alfonso Guerra, Felipe González, Manuel Chaves y Luis Yáñez (además la persona que hizo la foto fue Manuel del Valle, que luego sería alcalde de Sevilla), cuando ya conspiraban para suplantar a los dirigentes históricos del socialismo español (aquellos que de alguna manera sí habían luchado contra el franquismo) con la intención de ponerse ellos en su lugar y repartirse la tortilla, que ya por entonces se intuía suculenta.  


Y sin embargo yo no he venido hoy a hablar solo de esto. Porque todo lo anterior en el fondo ya lo sabemos. Lo podemos observar cada día a nuestro alrededor aunque luego pretendamos ignorarlo para poder descansar por las noches. En cambio este es un blog complicado, retorcido, desgraciado, tortuoso. 

A donde quiero llegar es que las cosas en realidad no son sencillas porque a veces en la historia encontramos el azar. O peor que el azar, lo intangible, lo ilógico, lo incomprensible. Algo que no sigue las reglas, o que sigue reglas que no deberían existir.

Por ejemplo, cuanto más estudio el pasado más me convenzo de que existe una especie de atracción invisible entre las personalidades geniales o los idiotas llamados a ser importantes, igual da. Hay un algo intangible e inextricable que tiende a unir y aproximar las personalidades fuera de lo común, a juntar los destinos excepcionales, para bien o para mal. Por eso, de cara a explicar tal misterio, no basta recurrir a la lógica de la afinidad entre miembros de los mismos grupos sociales, o de las personas con las mismas ideas, o a los procesos que hacen que escritores, músicos o pintores de estilos semejantes que conviven dentro de una misma época acaben formando movimientos intelectuales organizados y relacionándose y estableciendo vínculos entre sí. Tampoco es suficiente con tomar en consideración la existencia de movimientos menos conocidos, dentro de la ciencia o las universidades, tendentes a hacer converger en grupúsculos a las élites del pensamiento públicamente aceptado de cada momento de forma un tanto parecida a como lo hacen sus homólogos en los mundos de la política o la empresa.


(La imagen de encima es una foto de la llamada Conferencia Solvay celebrada en octubre de 1927. Diecisiete de las personas en esa fotografía han pasado a la historia como ganadores del Premio Nobel de Física o Química).

Aquello de lo que hablo es más complicado y extraño todavía. Algo muy irritante para una mente fría y lógica como la mía atada a los imperativos impuestos por la demografía o la infraestructura productiva.

Por ejemplo. En 1842, Nathaniel Hawthorne, quien llegaría a ser considerado uno de los principales escritores estadounidenses de aquel siglo, contrajo matrimonio y se mudó a Massachusetts. Dio la casualidad de que precisamente en la misma barriada sin especial interés en la que compró su casa vivían por entonces Ralph Waldo Emerson y un tal Henry David Thoreau el cual daba clases a los niños de la vecindad y ejercía de jardinero. Con el tiempo resulta que ambos personajes estaban llamados a ser también dos de los principales escritores y pensadores estadounidenses de esa época. 

   A comienzos del año 1900 en una colina de Sudáfrica tuvo lugar una batalla entre británicos y afrikaners en el contexto de lo que se conoció como Segunda Guerra Bóer. Resulta que uno de los poco más de 20.000 hombres que combatieron allí era Louis Botha, quien luego sería presidente de la moderna República de Sudáfrica y uno de los padres del racismo contemporáneo. Simultáneamente, ejerciendo como enlace de inteligencia y correo del bando británico, se encontraba en la zona un jovencísimo Winston Churchill. Mientras que como oficial médico también participó en la batalla un tal Mohandas Gandhi. Tres de las principales figuras políticas del siglo XX, por muy distintos motivos, en cierta forma puede decirse que empezaron su vida adulta, esa que los llevaría a ser mundialmente conocidos, durante las semanas en que sin saberlo coincidieron por casualidad en una abandonada colina del interior de Sudáfrica.

Poco después en la Realschule de Linz, contra toda lógica, Ludwig Wittgenstein y Adolf Hitler acabaron siendo compañeros de estudios cuando ambos tenían quince años de edad. Wittgenstein era un niño rico de ascendencia en parte judía, hijo de un industrial del acero por cuya casa era frecuente el paso de intelectuales y artistas de todo tipo como Brahms y Mahler. Pasados los años, mientras Adolf Hitler accedía al poder, Ludwig Wittgenstein se convirtió en uno de los intelectuales más enigmáticos del s. XX, quizás uno de los principales filósofos contemporáneos, pero también un matemático y lingüista notable. 

Antes de eso, a comienzos de 1913, Adolf Hitler se desplazó a residir en Viena y en ese breve período hizo acto de presencia en la ciudad, de incógnito, un tal Joseph Dzhugashvili (luego conocido como Stalin), con la intención de visitar a un revolucionario ruso que vivía exiliado allí desde hacía seis años, un tal Lev Bronstejn (más conocido como Trotsky). Durante unas semanas todos ellos y un joven inmigrante yugoslavo, de nombre Josif Broz (Tito), el cual trabajaba por entonces en una factoría de las afueras, coincidieron en la ciudad, apenas a unos kilómetros de distancia unos de otros. En mayo Tito entró en el ejército austrohúngaro y Hitler se fue a vivir a Munich, pero antes de eso probablemente se cruzaron alguna vez en el centro de aquella urbe, obviamente sin darse cuenta de la ironía.   

No se cómo explicarlo, pero cuanto más estudio el pasado con una actitud cartesiana y racionalista, intentando explicar las cosas con lógica y en base a grandes dinámicas socioeconómicas, más convencido estoy de que además de lo anterior, como para compensar, hay un azar no azaroso, como una fuerza parecida a la atracción gravitatoria, pero que en este caso tiende a aproximar entre sí a aquellos individuos llamados a convertirse en personas "que cuentan". Existe algo parecido a un impulso misterioso que lleva a los hombres y mujeres llamados a ser especiales no solo a frecuentar cuando son adultos o famosos las mismas tertulias culturales y los mismos movimientos políticos, porque eso a fin de cuentas tiene cierta lógica, sino también a por ejemplo vivir en los mismos lugares y cruzarse en la calle de las mismas ciudades mucho tiempo antes de ocupar su papel en la historia. 

Asimismo algo ajeno a ellos mismos les hace acabar compartiendo pupitres o aulas en el colegio, como Mick Jagger y Keith Richards, o a escoger las mismas aficiones, a manifestar excentricidades equivalentes, o a frecuentar los mismos lugares de ocio aún antes de que sean una moda. Como cuando el 4 de junio de 1976 en un garito de Manchester unas cien personas asistieron a la actuación de una banda alternativa y aún no muy famosa llamada Sex Pistols y con el tiempo resultó que entre los por entonces anónimos espectadores que estaban allí aquel día un poco por casualidad se contaban los futuros impulsores de al menos otras tres bandas famosas y el que sería el creador de una de las principales discográficas del período.

Hay algo que se me escapa que lleva a algunos individuos a encontrarse una y otra vez hasta casi chocar, siempre en el instante preciso en el lugar oportuno, siempre en el centro del tornado, en el origen de la tempestad. O quizás todo es producto de la estadística, de las leyes de la probabilidad. Pero me da que detrás de todo esto que hoy os he contado hay al menos alguna cosa que no encaja en los parámetros de la normalidad.  

Desgraciadamente por el momento lo único que he podido deducir de tal revelación es que vosotros y yo nunca seremos protagonistas de ello, solo testigos pasivos condenados a contemplar en silencio el gran espectáculo desde las gradas en penumbra reservadas para los que no importamos.   

jueves, 20 de abril de 2017

El despertar del dragón


- Mao empezó solo con algunos miles de hombres y con el tiempo se apoderaron de medio continente...

- Mao está muerto. Al igual que su China.

“House of cards”, episodio cinco de la segunda temporada.


- Dejad dormir a China, porque el día que China despierte el mundo temblará.

 Cita apócrifa atribuida a Napoleón.





El arte es parte de la superestructura cultural de una sociedad o de una civilización y por tanto responde a las grandes transformaciones económicas y políticas que se producen en el seno de los colectivos humanos así como a los cambios de hegemonía entre naciones y de los modos de pensar entre las élites. Hoy intentaremos reflexionar sobre un ejemplo muy claro y actual de todo esto que afirmo a la vez que concluyo algunos razonamientos que inicié hace ya más de dos años en esta otra entrada del blog. 

Veamos. Hace algunas semanas una icónica imagen de arte pop, creada por el pintor Andy Warhol inspirándose en el histórico líder comunista Mao Zedong, se vendió por más de diez millones de euros en Hong Kong, en una subasta auspiciada por la firma londinense Sotheby's.

   Se trataba de uno de los veintidós Mao de una serie de retratos que el citado Warhol realizó en 1973. Como viene siendo habitual la reciente venta del cuadro al que me he referido mostró algunas de las tendencias de las que vengo hablando desde hace tiempo en mis artículos sobre el mercado del arte, entre ellas la revalorización continua de este tipo de piezas ya que ese mismo cuadro se había vendido por algo menos de 9 millones en Londres en 2014. Por otro lado vemos una vez más como en torno a este tipo de transacciones se mueve muchísimo dinero incluso de forma indirecta ya que el nuevo propietario del “Mao” en cuestión, al margen del importe de la venta propiamente dicha, se deberá dejar en torno a otro millón y medio de euros en comisiones y pagos relacionados con la operación.

Pero sin duda es el carácter simbólico de todo esto lo que me interesa. De hecho el Warhol más caro de la serie sobre Mao es un retrato a gran escala que fue adquirido en Nueva York por unos 16 millones de euros y acabó en las manos del magnate hongkonés Joseph Lau en 2006. Con la nueva venta de alguna forma se termina de cerrar el círculo. El líder comunista convertido en ridículo icono pop durante los años setenta pasa a su vez a ser objeto en la actualidad de transacciones obscenas en el seno del mercado capitalista con destino a las manos de las clases privilegiadas de un país donde la retórica oficial pretendió durante décadas haber terminado con las indecentes diferencias sociales. 

Más allá de lo anterior no cabe duda de que en conjunto este tipo de operaciones simbolizan asimismo un proceso de transición. Durante los últimos siglos la historia del Arte (y más en concreto la historia de la compraventa de arte que es lo importante en este caso) ha sido una historia eminentemente occidental no tanto porque en Occidente exista un especial talento artístico sino porque la revolución industrial y el imperialismo decimonónico derivado de ella dieron lugar durante los siglos XIX y XX a una gran acumulación de obras de arte y mecenas en Europa occidental y los EE.UU. Mecenas con un gusto específico que todos conocemos. Esa conjunción de factores es la que convirtió a París, Londres o Nueva York en centros neurálgicos de la producción, el comercio y la acumulación de arte. 

Pasado el tiempo, ya a finales del s. XX, el crecimiento en importancia de las élites no occidentales (por ejemplo en los países árabes o en Japón), todo ello en relación con procesos como la descolonización o la posterior globalización, se vio atemperado por tratarse de élites en gran parte profundamente aculturadas y por ello seducidas por los mercados del lujo ubicados en Europa y los EE.UU. Se daba así la curiosa paradoja de que las clases pudientes de esos países, igual que las de la India, África, o América Latina, sentían una irrefrenable atracción por la moda o el arte de sus antiguos dominadores. Consecuentemente ese tipo de clases pudientes dedicaban sus rentas de capital a adquirir pinturas o esculturas al gusto occidental. Obras en muchos casos producidas en Europa por pintores barrocos, renacentistas o impresionistas, casi todos de nacionalidad italiana o francesa y, en otros casos, obras abstractas contemporáneas producidas por anglosajones. 

Pero desde los años 90 el crecimiento económico y geopolítico de China tenía que acabar reflejándose en el mercado de arte. Y eso ya ha ocurrido aunque no todo el mundo se ha dado cuenta.

Todavía en 2008 el volumen de las ventas de Christie´s en Hong Kong, el corazón del mercado del arte en China, suponía solo un 3% del total dentro de la contabilidad de la emblemática empresa. Sin embargo llegado 2012 y después de cuatro años de crisis en Occidente ese porcentaje se había multiplicado por diez. Además ese mismo año se construyeron 360 museos en China.

¿Cómo se llegó a esa situación? Muy sencillo. A partir prácticamente de la nada, desde comienzos de este siglo el mercado chino del arte no dejó de crecer hasta llegar a liderar las ventas mundiales en 2011. En paralelo a lo anterior durante los últimos veinte años más o menos en China se han creado en torno a 350 casas de subastas. Hasta el punto de que en la actualidad siete de las más grandes del planeta son chinas, encabezadas por Poly International posiblemente la más influyente de todas aunque es prácticamente una desconocida fuera de China debido a que solo tiene once años de existencia. 
  
Un reflejo de todo esto es que en ese año 2011 al que antes me refería un tercio de todas las ventas de obras de arte en el planeta se llevaron a cabo en China. Por si fuera poco además ese mismo año los dos artistas más cotizados en las subastas de arte, aquellos cuyas obras acumularon más dinero en transacciones, fueron dos artistas chinos. En primer lugar Zhang Daqian (1899-1983), cuyas obras generaron solo ese año más de 500 millones de euros en ventas. Seguido por Qi Baishi (1864-1957), con más de 440 millones de euros en ventas. Andy Warhol y Picasso tuvieron que conformarse con posiciones honoríficas. Lo que es más, ese año de los diez artistas más cotizados en el mundo seis fueron chinos. Todos ellos perfectos desconocidos para el público occidental e incluso para muchos expertos en historia del arte.

Todo sea dicho desde ese momento, en parte debido al enfriamiento de la economía en China durante los últimos años, el impulso de ese mercado pareció atemperarse y EE.UU., el país que normalmente lidera el ranking de compraventas, recuperó al año siguiente su posición en lo alto de la clasificación mientras China ha ido alterando desde entonces la segunda y la tercera posición, en pugna con Gran Bretaña, dentro de un mercado que mueve a día de hoy en torno a 60.000 millones de euros al año.

Pero sigamos dándole vueltas al asunto. ¿Qué es lo que está ocurriendo realmente bajo la superficie de ese enorme subsector financiero?.

En primer lugar hay que tener en cuenta que la irrupción en el mundo de las subastas de arte de los “nuevos ricos” chinos, fortunas en la mayoría de los casos gestadas durante los últimos veinticinco años a rebufo de la apertura al capitalismo de la economía china, manifiesta algunas peculiaridades interesantes. 

Por ejemplo, como dije antes, muchos de ellos son ferozmente nacionalistas. Esto tiene como efecto que, aun cuando ocasionalmente también pujan por obras de los Manet o Picasso de rigor, a los millonarios chinos les gusta invertir su dinero preferiblemente en arte propiamente chino.

Pero claro, aunque China sobre el papel siga siendo un país “comunista” eso solo es cierto en lo referente a la retórica y simbología de su aparato político, el cual consiste básicamente en una dictadura totalitaria de camino a convertirse en puramente tecnocrática. Por lo demás China es hoy una pujante economía de mercado capitalista y en el plano de la cultura y las mentalidades hace tiempo que a las élites chinas el “realismo socialista” les repugna bastante.


Consiguientemente el mercado de arte propiamente chino se centra en la compraventa de pintura paisajista china muchas veces realizada con tinta, “tangkas” (unas pinturas religiosas sobre tela típicas del Tibet), así como de jarrones de porcelana elaborados durante las dinastías Ming o Qing. De hecho durante los últimos años los precios de las mejores piezas de porcelana china de los siglos XVII y XVIII se han disparado.

Por ejemplo en 2010 diversos jarrones de porcelana pertenecientes al reinado del emperador Qianlong (1736-1795), alcanzaron cifras monstruosas en subastas. Uno de ellos (el llamado jarrón Bainbridge) lo encontró una familia británica haciendo limpieza de su desván y acabó vendido a un comprador chino por más de 40 millones de euros. Y en 2014 la subasta de un jarrón de porcelana china en Italia (este que se puede ver en la foto de al lado) celebrada por la casa Pandolfini de Florencia estableció un récord al multiplicar 500 veces su valor en apenas quince minutos, desde su precio de salida de 15.000 euros hasta los 7,5 millones en que fue adjudicado. El nuevo propietario pasó a ser, cómo no, un anónimo comprador chino vía online.

En cuanto a objetos de jade en los últimos años un sello procedente, una vez más, del período Qianlong llegó a alcanzar los 14 millones de euros y un dibujo en papel de esa misma época mostraba al emperador pasando revista a las tropas alcanzó los 26 millones.

Ese sesgo hacia la extrema valoración de las obras procedentes de ese período tan concreto se debe por otra parte no a razones puramente artísticas sino a que esos momentos históricos fueron los últimos de un imperio chino fuerte, mientras que con los sucesores de Qianlong llegó la decadencia y la postración ante Occidente, sobre todo ante los británicos a través de las Guerras del Opio en el s. XIX.

Ese nacionalismo exacerbado de los grandes compradores chino es quizás lo que los lleva asimismo a obsesionarse muchas veces en adquirir obras de arte chino que se encuentran en el extranjero debido a que fueron expoliadas por parte de ejércitos europeos durante la segunda mitad del s. XIX. De esta forma esos millonarios hacen gala de pretendido patriotismo ante su Gobierno al emplear parte de sus fortuna en “repatriar” piezas del patrimonio cultural chino que se creían perdidas.

Por otro lado en muchos casos los grandes compradores chinos son hombres de negocios salidos de la nada, normalmente con orígenes muy humildes, un escaso bagaje cultural y dudosa catadura moral (en ese sentido encontramos una vez más interesantes parecidos entre China y España, dos países donde buena parte del mundo financiero y empresarial debe su posición no a su agudeza para invertir en tecnología o establecer patentes o nuevos métodos de producción, sino a su determinación a la hora de exprimir a la mano de obra y su capacidad de moverse en buena sintonía con la casta política de cara a asegurarse grandes ganancias a través de “pelotazos”). Un buen ejemplo es el multimillonario Liu Yiqian, un antiguo taxista que hoy es conocido por ser uno de los mayores coleccionistas de arte del país y alguien habituado a gastar grandes sumas en las casas de subastas. Hace poco pagó 44 millones de euros por un tangka del s. XV subastado por la casa Christie’s en Hong Kong, batiendo así el récord de la obra china más cara de la historia que él mismo había establecido en abril de 2014 cuando pagó más de 30 millones de euros por la tacita de porcelana que se ve en la foto y que ahora se jacta de utilizar para tomar el té en su despacho.

Para esta gente el arte más que un elemento estético es un simple símbolo de estatus que exhibir o bien una calculada inversión financiera. Pero lo que resulta indudable es que a rebufo de los cambios sociales producidos en China, entre ellos la aparición de esta clase de nuevos ricos, el mercado del arte en el planeta está cambiando. Y no solo el propio mercado, también otras cosas relacionadas con el mismo.

Además, aunque hoy no me voy a centrar en ello no solo las transformaciones afectan a la pintura y la escultura, sino también a la arquitectura. En 2012 el arquitecto chino Wang Shu, de 48 años y que solo había trabajado en China, fue galardonado con el premio Pritzker, considerado el Nobel de la Arquitectura. El prestigioso galardón le fue otorgado gracias a obras como estas (allá cada cual para juzgar).




Wang Shu se convirtió así en el segundo chino en obtener el Pritzker, tras Ieoh Ming Pei que lo recibió en 1983. No obstante Pei poseía la nacionalidad estadounidense, se formó en Harvard y en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y era conocido en Occidente por obras como la pirámide del Louvre. En cambio Wang Shu es un producto genuino de la nueva China, un profesional que ha prosperado al calor de la multitud de proyectos constructivos de todo tipo que se han llevado a cabo en ese país durante las últimas décadas en paralelo a la inmensa transformación urbanística desarrollada en China desde los años 80.



Volviendo a lo que me interesa resaltar hoy. En la actualidad de los 500 pintores y escultores más cotizados del planeta entre los nacidos a partir de 1945, nada menos que 199 son chinos. De todos ellos el artista chino vivo más cotizado es Zeng Fanzhi (1964) al cual podemos ver en estas imágenes de más abajo posando delante de una obra suya y a través de uno de sus autorretratos.



Casi puedo oler su talento solo con ver las imágenes en cuestión. 

Del resto de los artistas incluidos en la lista citada 86 son estadounidenses, 31 británicos, 27 alemanes, 14 japoneses, 9 franceses, 7 coreanos y solo tres españoles: Miquel Barceló, Juan Muñoz (fallecido en 2001) y Jaume Plensa.

Aún así varios de los pintores chinos más cotizados ya están muertos y a través de algunos apuntes sobre tres de los más valorados por los compradores voy a intentar daros mi opinión sobre algunos aspectos oscuros de todo este boom artístico. 

Por ejemplo. Muchos dicen que el Picasso chino es Qi Baishi (1864-1957). Desde luego su biografía es muy interesante.

Hablamos en primer lugar de un pintor autodidacta de orígenes muy humildes, casi sin estudios y que comenzó su vida laboral trabajando de carpintero lo que con el tiempo le sirvió para hacerse muy querido y popular.

Sin embargo el aspecto más sorprendente de su obra es su ingente producción muy probablemente debida al hecho de que una gran parte de la misma no está nada clara en términos de autoría. Lo que nos pone sobre aviso del primer problema que afecta al boom del mercado del arte en china: la sobreabundancia de falsificaciones.

Se calcula que Qi Baishi pintó en el mejor de los casos entre 10.000 y 15.000 obras a lo largo de su vida (una cantidad desde luego impensable para un pintor occidental), de las cuales unas 3.000 se encuentran actualmente depositadas en museos. Otra parte de su producción se perdió debido a la invasión de China por parte de Japón a finales de los años 30, y otra más como consecuencia de los excesos de la Revolución Cultural.

Y sin embargo los registros de las casas de subastas muestran que desde 1993 se han vendido más de 18.000 obras firmadas supuestamente por Qi Baishi, a través de más de 27.000 transacciones diferentes.

El ejemplo paradigmático de los problemas que supone lo anterior se dio con la subasta realizada en 2011 de una de sus supuestamente mejores pinturas. Esta de al lado.

La misma fue vendida en 2011 por más de 425 millones de yuanes (cerca de 60 millones de euros) precisamente por nuestro amigo Liu Yiqian, el taxista millonario, e inmediatamente despertó las dudas de los críticos de arte respecto a su origen.

Pero es imposible rastrear todos los posibles "fakes" con la firma de Qi Baishi que casi diariamente salen al mercado. La obra que podemos ver en la foto de más abajo se titulada algo así como “Pescado y gambas” y salió a subasta cuatro veces entre 2002 y 2012. En ese tiempo su precio se multiplicó por 38 pese a que su atribución también es como mínimo cuestionable.

Es más. Todo esto son tendencias que no afectan solo a la obra de Qi Baishi. Como digo son algo generalizado en el mercado chino, una especie de "Salvaje Este", siendo este pintor un mero ejemplo.

Hace unos años una pintura atribuida al gran maestro contemporáneo Xu Beihong (1895-1953), otro de los pintores chinos más valorados en la actualidad, se vendió por cerca de diez millones de euros en una subasta y poco después se descubrió que había sido pintada treinta años antes (es decir, décadas después de la muerte del artista) por un alumno de una escuela de pintura como parte de un trabajo académico.

No cabe duda de que en China tienen serios problemas para entender el sentido que damos en Occidente a la autoría o la originalidad. De hecho, en sociedades donde el valor de la individualidad históricamente no ha sido tan importante como en Occidente, y muy especialmente en el caso chino, parecen existir problemas a la hora de entender que una copia de una gran obra, aunque sea igual que ella, no es algo de valor, ya que la antigüedad, o la originalidad, o incluso el mero hecho de ser producto del talento de alguien famoso, marcan criterios para otorgar a ese producto un precio y un reconocimiento superior a pinturas idénticas que son más recientes, son simples copias de algo ya existente, o no han sido pintadas por un artista reconocido (si bien por nuestra parte deberíamos también reflexionar sobre el valor desmesurado que otorgamos a algunos de estos criterios).

Tal es así que en el verano de 2013 un museo privado de Hebei tuvo que ser cerrado por las autoridades ya que se comprobó que la mayoría de los objetos que aparecían en las vitrinas del mismo no eran originales sino copias. En dicho museo resultó que había expuestas o almacenadas más de 40.000 "obras de arte".  

También hace unos años en una subasta una silla primorosamente esculpida en jade supuestamente en la época de la dinastía Han (206 a.n.e.-220) alcanzó un precio desmesurado… pese a que durante la época de la dinastía Han aún no existía la muy recomendable costumbre de usar sillas.


Con el tiempo se descubrió que la pieza, por otro lado una primorosa artesanía, había sido fabricada en 2010. El vendedor no consideró importante consignar ese hecho lo que dio lugar al equívoco en la datación y consiguientemente a que su tasación se disparase. Lo interesante es que no está claro que se tratase de una estafa, es realmente posible que el vendedor realmente juzgase como irrelevante especificar la fecha, o más bien la época, de producción del objeto. 

En ese sentido el mercado del arte chino se ve afectado además por el hecho de que en China, a diferencia de en Occidente, en zonas rurales todavía subsisten artesanos de gran pericia que continúan usando técnicas ancestrales previas al mundo contemporáneo, lo que hace muy difícil en ocasiones distinguir sus producciones actuales de piezas antiguas, sobre todo cuando algunos marchantes sin escrúpulos las hacen pasar como tales tras someterlas a tratamientos de envejecimiento para engañar en la datación.

Hablemos ahora de Zhang Daqian (1899-1983). Si Qi Baishi fue una especie de Picasso, Zhang sería una especie de Dalí. Pero su trayectoria diría que es de lejos más interesante.

Al margen de una infancia y juventud trufada de anécdotas tan increíbles que podrían ser ciertas… o no, lo que sabemos seguro del pintor es que abandonó China ya con una edad avanzada tras la llegada al poder de los comunistas. Tras eso comenzó un periplo por diversos países del continente americano, entre ellos Argentina, Brasil y EE.UU., antes de asentarse en Taiwán ya como un artista consagrado.

En lo tocante a su trayectoria puramente artística mientras tanto su estilo fue cambiando según el signo de los tiempos. Zhang empezó realizando pintura china tradicional hasta que debido al hecho de que no le reportaba los beneficios esperados (muy necesarios porque por entonces ya acumulaba una ingente cantidad de esposas y amantes) se dedicó a las falsificaciones y no de cualquier tipo sino de obras de arte antiguas. Se cuenta que en 1967, ya anciano, mientras asistía a una exposición de los trabajos de un famoso pintor del s. XVII llamado Shitao en el Museo de Arte de Michigan, un ufano Zhang se vanaglorió públicamente sin ningún rubor y lleno de orgullo de que varias de las obras que se podían contemplar en la exposición en realidad las había pintado él.

Actualmente no es posible discernir qué parte de la producción de este funambulista es suya, qué parte es obra de sus “ayudantes” y, lo que es más grave, qué obras de diversos pintores paisajistas chinos de hace varios siglos y hoy muy cotizados son realmente también obra suya.

Pero lo mejor fue su giro final, cuando a finales de los 50 empezó a padecer serios problemas de visión resulta que sus cuadros, sobre todo paisajes montañosos dibujados con tinta, tomaron un giro hacia una mayor "abstracción". El resultado es que hoy en día esa es la parte más cotizada de su producción. 


Además del consabido problema de las falsificaciones y el poco respeto chino por la autoría, me interesa resaltar cómo, al igual que Zhang, aunque ya durante décadas posteriores (hasta los años 80 el arte al modo “occidentalizado” y “burgués” paradójicamente estuvo muy mal visto por la élite comunista que controlaba el país) muchos pintores chinos realistas y seguidores de técnicas tradicionales decidieron reconvertirse. Por convicción, debido a su evolución artística, pero también en muchos casos por puro oportunismo, necesidad o conveniencia, muchos pintores formados de forma clásica no han tenido el menor reparo en “evolucionar” hasta volverse pintores “modernos” y empezar a garabatear manchas de color en sus lienzos, sobre todo a partir de los años 90. A fin de cuentas este otro tipo de trabajos se cotizan mucho mejor fuera del país o entre las nuevas clases pudientes que controlan el Partido Comunista. Y de algo hay que vivir.

Eso es un poco lo que se intuye en la biografía de Wu Guanzhong (1919-2010), otro de los artistas chinos más cotizados en la actualidad. En su caso, como muchos otros artistas se vio seriamente amenazado por el devenir de la Revolución cultural y también como muchos otros pintores chinos contemporáneos, quizás a consecuencia de ese tipo de experiencias, su trayectoria muestra un enorme poder de adaptación a diferentes tendencias, estilos, gustos, o lo que sea. A fin de cuentas los artistas que no fueron capaces de adaptarse en la problemática y caótica China del s. XX acabaron muertos en alguna cuneta a manos de los japoneses, los nacionalistas o los comunistas. Solo los más complacientes sobrevivieron lo suficiente para tener una trayectoria. Los dogmáticos, los hombres con un ideario innegociable, o en exceso crítico, lo tuvieron bastante difícil en ese contexto para difundir su visión. En ese sentido Mao se equivocó en muchas cosas, pero las élites comunistas actuales nunca podrán agradecerle lo suficiente el haber purgado, aterrorizado y en última instancia domesticado por completo a las élites intelectuales del país. En el caso de Wu según épocas pintó desnudos, paisajes, pintura tradicional, pintura más “moderna” al estilo occidental, hizo trabajos de encargo, incluso en épocas de penuria se limitó a pintar decorados y murales, y finalmente tras la muerte de Mao, y más claramente a medida que el país se abría al exterior y a la economía capitalista, su estilo y sus maneras evolucionaron definitivamente de forma acompasada al signo de los nuevos tiempos.

Al final la primera plana de las grandes estrellas de la pintura china en la actualidad muestra precisamente eso, la irrupción de una generación de artistas aparentemente “rompedores”, “independientes” y “modernos” que en realidad no dejan de ser piezas perfectamente acomodadas a una maquinaria política y económica a la que sirven a cambio de mayores o menores prebendas según la posición de cada uno de esos artistas en la jerarquía de su disciplina. Su papel consiste en proporcionar un suministro inagotable de obras de arte carentes de cualquier molesto trasfondo crítico a mayor gloria de las necesidades de la clase pudiente que necesita continuamente elementos de ostentación que a la vez puedan funcionar como depósitos de valor en los que salvaguardar su dinero o con los que especular. Objetos que por lo demás resultan fáciles de intercambiar o de transportar al exterior en caso de que un día se produzca algún tipo de revuelta social o cambio político molesto. 

Incluso en parte se explica el auge del mercado de arte en China como consecuencia de un aspecto concreto del crecimiento económico: la especulación urbanística. A fin de cuentas el mercado del arte no deja de ser un bazar de lujo donde adquirir potenciales “regalos” que los grandes empresarios pueden realizar de forma pública a los políticos amigos, oficialmente como simples gestos de cortesía pero en realidad a cambio de favores. Luego pasados unos años el político amigo puede vender la obra en cuestión y convertirla en dinero, tal vez varios millones de euros o dólares al cambio, sin que la palabra “soborno” aparezca por ninguna parte ni se pueda demostrar legalmente.

Como expliqué al principio los compradores de arte valoran mucho el arte tradicional, pero este es limitado y se encuentra en gran medida, por avatares de la historia, en manos de museos occidentales. Además su venta no es sencilla fuera del país. Por ello es necesario, como digo, un suministro de otro tipo de arte más abundante y de más fácil adquisición e intercambio (por tanto de mayor ritmo de apreciación), que es precisamente la contribución de los múltiples pintores que ahora se ocupan de ello tras adaptar su estilo a las nuevas modas y tendencias. Los más exitosos venden sus cuadros por millones de euros al cambio, los menos proporcionan un abundante flujo de falsificaciones o de obras originales de escaso valor que intenta adquirir la pequeña clase media de los entornos urbanos deseosa de un rápido enriquecimiento o de embellecer sus pisos y ostentar sin gastarse demasiado dinero. Es así como existen hasta programas de teletienda donde se ofertan este tipo de piezas de arte contemporáneo producido en China (cómo no) a cambio de unos cientos de euros.



Surge así la paradójica confrontación entre el orgullo nacional en parte ligado a una visión idealizada de la historia propia y la (supuesta) cultura tradicional frente a una también abundante tendencia a admirar, sin entender siquiera, en este caso el arte extranjero. Todo lo cual lleva a un fenómeno de copia y falsificación de arte tradicional chino en paralelo a otro de imitación un tanto kitsch del arte moderno occidental, procesos que generan importantes flujos de capital y de ganancias para algunos de los artistas implicados.

Por quedarnos con algo positivo para finalizar, en cierta forma puede pensarse que el crecimiento del mercado del arte en China contribuye indirectamente (por ejemplo gracias al "boom" museístico que ha provocado) a la supervivencia de un legado histórico caracterizado por una poderosa personalidad propia que luego en parte se transmitió al arte japonés.   


 


Más allá de lo anterior muestro cierta esperanza por lo que pueda salir de entornos de experimentación artística mucho menos sometidos a las leyes del mercado o la corrección, en los cuales con el tiempo quizá acabe detectándose un posicionamiento político. Es lo que puede pasar con el fenómeno del grafiti en las cada vez más grandes megalópolis chinas. Por ejemplo hace poco me llamó la atención una secuencia de imágenes con obras de un artista callejero chino llamado Daleast. Y seguro que en China hay otros muchos artistas callejeros notables que hoy desconocemos por completo en Europa. 


Entre mil millones de personas tiene que haber talento, con seguridad. Quizás aún hay esperanzas para los chinos, aunque ya sabéis que nunca dejará de preocuparme el hecho de que en algunas cosas se parezcan tanto a los españoles.