martes, 17 de julio de 2018

El día de mañana



El Franquismo no son cuatro generales, es una clase social, y esa no va a desaparecer tan fácil.

Este régimen está muriendo, si hacemos concesiones le damos oxígeno a quienes lo apoyan.






Hoy vengo a haceros una recomendación: darle un vistazo a El día de mañana, una serie de Movistar + dirigida por Mariano Barroso y basada en una reciente novela de Ignacio Martínez de Pisón.

El nudo de la trama es la historia ficticia del ascenso y caída de Justo Gil, un trepa llegado a Barcelona en los años 60, desde un pueblo, sin nada, a rastras con su madre enferma, pero que pronto se las arregla para aprovechar tanto su don de gentes como las oportunidades que ofrece una urbe en rápida expansión. Así termina codeándose con la alta burguesía de la ciudad, si bien el peaje para ello será ejercer de confidente de la policía del Régimen. Finalmente los años pasarán y sus malas decisiones en la vida lo llevan a militar en un grupúsculo de la extrema derecha durante la segunda mitad de los años 70, en plena Transición. Por supuesto, como es de rigor y mandan los cánones de este tipo de historias, dicha trayectoria vital está jalonada de traiciones y engaños, cometidos sobre otros pero también recibidos. 

   A ese respecto el joven actor Oriol Pla (a mi juicio una muy afortunada elección) da vida a un individuo que se define, más que por su carácter maquiavélico o camaleónico –típico de este tipo de papeles- por un aura trágica que parte de su inconsciencia y fragilidad, casi inocencia pese a sus momentos de malicia. Así el joven actor logra construir un personaje quizás más interesante y complejo que el que aparece en la propia novela original, justo lo contrario de lo que suele ocurrir con caracteres que transitan del papel a la televisión. El Justo Gil de Oriol Pla es un hortera dotado sin embargo de indudable carisma y encanto; un inculto que posee sin saberlo una genuina sensibilidad; un individuo rastrero pero también romántico; un mentiroso arribista que se pierde por ser fiel hasta el final a las cosas que realmente le importan.

Con todo, como en otra serie del mismo canal que os recomendé hace no mucho (y os prometo que no me pagan) la verdad es que lo que me ha llamado la atención de este producto televisivo no es la trama en sí, ya que en definitiva no deja de ser un drama romántico un tanto rocambolesco. Es decir no hablamos de una obra redonda. Pero a mi juicio merece la pena destacar esta serie, como era el caso de La peste, por su enfoque. Un enfoque valiente, con mala idea escondida, con mala baba, con genuina mala leche. Como a mí me gusta. Como se necesita desesperadamente en el panorama cultural hispano.

En ese sentido los seis episodios de que consta la (mini)serie son demasiado poco para retratar la transformación de la ciudad de Barcelona en aquella época (años 60 y 70), o desmenuzar la Transición en forma de thriller político. Esos elementos desde luego forman parte del decorado pero lo que se desgrana al respecto son apenas pinceladas, muy bien tiradas eso sí, sobre temas amplísimos que por sí darían para varias tesis y libros. No obstante, aprovechando ese trasfondo, a lo largo de los capítulos delante de nuestros ojos va desfilando un elenco de personajes formado por monjas milagreras estafadoras, policías torturadores sin demasiadas neuronas y obsesionados con un Partido Comunista completamente paralizado por las rivalidades internas y los confidentes, universitarios pijos de buena familia que despotrican del Régimen mientras se ponen hasta arriba de todo en fiestas decadentes, empresarios chanchulleros y homófobos, y en general lo que se podría definir como bastante color gris.  

Y es aquí donde ocurre algo interesante. En el plano puramente literario la novela en la que se basa podría perfectamente integrar desde ya una trilogía (junto con La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza y La plaza del diamante de Mercè Rodoreda) que resuma la historia de la ciudad de Barcelona durante el último siglo y pico. Ahora bien, en realidad el parentesco más directo de la encarnación televisiva de la novela de Martínez de Pisón apunta en otra dirección. Desde ya a mi juicio esta serie se convierte en una más que válida precuela de otra novela/serie imprescindible para entender la España actual y caracterizada por una construcción similar en cuanto a estructura, aunque dedicada a narrar la Valencia en los tiempos del "pelotazo" y no la Cataluña tardofranquista. Me refiero a Crematorio, la serie basada a su vez en la novela de Rafael Chirbes. Si Crematorio trazaba una panorámica de nuestra corrupción reciente, El día de mañana en el fondo se ambienta en la España en que se gestó parte de todo eso. Bueno, en realidad no del todo, porque los problemas actuales vienen de mucho antes, pero al menos la historia que cuenta Martínez de Pisón se sitúa en la época clave de nuestra historia reciente en la que se tomó la decisión de pasar página, cerrar los ojos y no hacer realmente nada al respecto de muchas cosas, con lo cual se perpetuaron las condiciones para sustituir una sociedad moralmente corrupta por otra estructura social supuestamente sana, al menos en su apariencia exterior, pero igualmente corrupta en su interior (aunque lo fuese a través de mecanismos diferentes). 

   Insisto en que esta serie no lo explica todo en detalle, no es un documental. En el debe de la serie citaría las típicas y a veces un tanto gratuitas escenas de sexo (lo cual quiere decir básicamente "tetas") propias de casi cualquier producto audiovisual del presente. Y una cierta sobrevaloración del grado de confrontación que padeció el Régimen en Cataluña. De hecho en general la memoria colectiva del período está tendiendo a extrapolar situaciones del presente a los años del Franquismo planteando por tanto una gran contestación al gobierno de Franco concentrada esencialmente en el País Vasco y Cataluña en torno a disputas culturales, cuando lo cierto es que primero los maquis y luego las vulgares cuestiones salariales y sindicales fueron los grandes desafíos que de verdad causaron problemas al Franquismo. En ese sentido quizás sorprende recordar que durante los primeros años de la Dictadura hubo mucha actividad de partidas guerrilleras en regiones hoy tan conservadoras como Galicia o Cantabria, y con el tiempo algunos de los mayores conflictos sindicales que hubo de confrontar el Régimen sucedieron en Asturias mientras que las mayores huelgas universitarias se documentaron en Madrid. 

   Pero volviendo a la serie que nos ocupa, lo que más me interesó al visionarla es que al menos como trasfondo de la trama coloca una “Transición” alejada de grandes triunfalismos almibarados. Puede pensarse que no es mucho, pero ya es algo de cara a ir cambiando el discurso imperante. Porque cuando una productora generalista como Movistar + acepta financiar esto es que el otro discurso, el oficial aún hoy, cada vez se lo cree menos gente.  

martes, 19 de junio de 2018

Otra ronda para todos


No hay consuelo ni arriba ni abajo. Los hombres estamos solos, pequeños, solitarios, esforzándonos… luchando los unos con los otros. Así que yo me rezo a mí mismo pidiendo cosas para mí.

Kevin Spacey, “House of cards” en su versión moderna, capítulo 1x13





En el último Boletín de la Asociación de Geógrafos Españoles hay un artículo especialmente interesante. ESTE. Firmado por: Juan Romero, del Departamento de Geografía de la Universitat de València; Dolores Brandis de la Universidad Complutense de Madrid; Carmen Delgado Viñas del  Departamento de Geografía, Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Universidad de Cantabria; José-León García Rodríguez del Departamento de Geografía e Historia de la Universidad de la Laguna; María Luisa Gómez Moreno del Departamento de Geografía de la Universidad de Málaga; Jorge Olcina del Departamento de Análisis Geográfico Regional y Geografía Física de la Universidad de Alicante; José Fernando Vera-Rebollo en este caso miembro del Instituto Universitario de Investigaciones Turísticas, también adscrito a la Universidad de Alicante; Onofre Rullán del Departament de Geografia de la Universitat des Illes Balears; y Joan Vicente Rufí del Departamento de Geografía de la Universitat de Girona.

O sea, hay gente detrás para como mínimo pararse a leer lo que dicen. Razón por la cual El País también ha hecho eco de algunas conclusiones del estudio

El artículo en cuestión habla fundamentalmente de la política de infraestructuras llevada a cabo en España entre 1995 y 2016. Y ¿qué dice al respecto?

Todos sospechamos que en España gran parte de las infraestructuras no se construyen simplemente en base a análisis sobre su rentabilidad económica pura (o su posible rentabilidad social), sino que en muchos casos se deciden llevar a cabo grandes proyectos:

- En base a la idea de que las infraestructuras generan, por sí mismas, crecimiento económico, lo que es cuando menos una idea cuestionable.

- En relación a criterios puramente políticos. En este último caso hablamos de una mentalidad que podríamos resumir como: voy a ordenar construir un aeropuerto, o un gran palacio de congresos, o una línea de tren hasta ciudad, mi partido político -conmigo a la cabeza- la inaugurará antes de las próximas elecciones y eso nos dará votos; el coste y la futura rentabilidad de dicha obra no son importantes a la hora de tomar la decisión ya que las obras las pagaremos entre todos, lo que hace que el coste directo que me toca sea muy pequeño en relación a los beneficios que yo obtendré como político local, pues gracias a las obras en cuestión saldré reelegido y quizás lograré algunas contratas muy beneficiosas para mis amigos y para los mayores donantes de mi campaña electoral.

Como digo eso es algo que se sospecha, que se debate desde hace mucho, pero de lo que no había estudios fehacientes y con números… hasta ahora.

Porque a fin de cuentas en los periódicos se habla mucho de la corrupción, y tenemos cifras aproximadas sobre su magnitud entendida como el dinero que los políticos roban directamente de las arcas públicas. Pero hay menos estimaciones de conjunto acerca del dinero que simplemente se esfuma porque se malgasta, porque se despilfarra, porque se usa de una manera errónea en proyectos absurdos por pura incompetencia cuando no por dudosa conveniencia personal.

En síntesis lo que dice el estudio de este equipo de geógrafos (y podéis leer el artículo para ver cómo llegan a algunas conclusiones concretas) es que durante el periodo 1985–1995 se “dilapidó” en ineficiencias cerca de un 5 % del PIB del país. En el periodo del llamado boom económico o la década dorada (1996–2007), la magnitud del despilfarro alcanzó un 20 % del PIB. Finalmente, en el periodo que va desde el inicio de la crisis económica hasta ahora, se puede cifrar la ineficiencia y el despilfarro en torno a un 3 % del PIB.  

A continuación, centrándose en el período 1995-2016, que es el centro del estudio, estiman que las administraciones públicas comprometieron más de 81.000 millones de euros en infraestructuras innecesarias, abandonadas, infrautilizadas o mal programadas (obras que se listan en el artículo con referencias a otros estudios, en muchos casos de organismos oficiales independientes, para apoyar dichas cifras). Una cantidad que puede superar los 97.000 millones en un futuro próximo si se suman las obligaciones contraídas durante esos años.

Respecto al monto reducido de 81.000 millones mencionado la Administración Central sería responsable de 45.920 millones de euros mientras que las comunidades autónomas y los ayuntamientos habrían despilfarrado otros 34.600 millones de euros en obras innecesarias durante ese período de 20 años estudiado.



En especial los autores destacan el gasto en líneas de Alta Velocidad (lo que confirma el punto de vista de otros estudios llevados a cabo desde hace años por economistas puros). 



    Según el equipo de geógrafos que ha realizado dicha estimación desde 1992 se han invertido al menos 42.000 millones de euros en Líneas de AVE que han supuesto un despilfarro o asignación inadecuada de dinero público de 26.240 millones de euros.

Tras el AVE, el informe encuentra despilfarros en aeropuertos y obras portuarias por un total de 9.512 millones de euros. Los autores del estudio mencionan que con “una simple lectura” de la información oficial de AENA sobre número de pasajeros en 2017 es suficiente para concluir que al menos la tercera parte del total de aeropuertos de su competencia son prescindibles. Y en concreto los aeropuertos regionales de Lleida, Murcia-Corvera, Huesca y Castellón son un ejemplo claro de despilfarro como ha puesto de manifiesto un informe especial del propio Tribunal de Cuentas Europeo en 2014.

Asimismo para los autores del estudio merece un capítulo aparte la construcción de desaladoras donde se habrían esfumado en forma de sobrecostes de difícil explicación, ineficiencias, o gestión fraudulenta, unos 2.339 millones de euros.

Al margen de lo anterior faltaría por mencionar muchos macroproyectos culturales o de ocio en forma de macromuseos y auditorios sobredimensionados, también muchas obras derivadas de eventos como la Expo del Agua 2008 en Zaragoza,  grandes infraestructuras culturales infrautilizadas o con sobrecostes extraordinarios como el Palacio de Congresos y Exposiciones de Madrid, la restauración del Palacio de Cibeles de Madrid, la Ciudad de la Cultura de Santiago, la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia o la Marina de Valencia, etc.

Todo lo cual a los autores del estudio les parece que se explica a partir del

tinte marcadamente clientelar de la acción política en España, lo que implica mala utilización de recursos públicos, ineficiencia, escaso respeto a los méritos y mala asignación del talento, deterioro de las administraciones, sistemas de acceso a la función pública no siempre transparentes y corrupción política.

Nada que no sepamos pero está bien que lo que la prensa insinúa se empiece a convertir en material de estudios académicos serios.

En ese sentido el estudio del que he hablado hoy se complementaría especialmente bien con otro llevado a cabo por Luis Manuel Jerez Darias, de la Universidad de La Laguna, publicado en la revista Ería en 2012, dedicado específicamente a la corrupción y más en concreto a la corrupción urbanística. Lo podéis consultar AQUÍ.


  
Yo soy un simple divulgador y me limito a encontrar la información interesante y resumirla para el que la quiera mirar. En este caso no tengo nada que añadir. Bueno, sí, una cosa. Cuando un día de estos vengan con el cuento de que ya no hay dinero suficiente para las pensiones (las vuestras, no las de ellos, por supuesto) pensad en todo ese dinero que o bien nuestros políticos han robado directamente o bien han dilapidado. Como digo gracias a estudios de este tipo empiezan a existir cálculos que se pueden discutir poniendo cifras concretas a esa realidad que hasta el presente no ha resultado especialmente relevante de cara a condicionar los procesos electorales de la democracia bajo el Régimen de la Transición. Por sorprendente que pueda parecer lo anterior.  

lunes, 11 de junio de 2018

Otra cuestión de perspectiva


Oh, verá, mi opinión es que no tengo opinión, pero me encantaría acompañarle para ver cuál podría ser mi opinión. La diplomacia es la seducción disfrazada señor Adams, uno mejora con la práctica.

Tom Wilkinson en la serie “John Adams”, capítulo “Independencia”






La entrada de hoy, como las últimas, va a ser breve y para nada trataré algo especialmente original o novedoso. Muy al contrario, simplemente voy a hacerme eco de una cosa que se ha mencionado de pasada en las redes sociales durante las últimas horas y que me ha llamado la atención toda vez que encaja con temáticas que ya han sido tocadas en este blog otras veces.

Veamos. Cualquiera próximo al mundillo académico sabe cómo funciona el tema de los “Congresos”. De cada diez uno es importante de verdad y permite acumular méritos relevantes o aprender cosas auténticamente valiosas. El resto, los otros nueve, suelen ser una mera excusa para de vez en cuando salir de la rutina e irse por ahí durante unos días a hacer turismo y ya de paso quedar con los colegas que trabajan en otras universidades. Todo ello con los gastos pagados a cargo de alguna institución cultural bajo el supuesto de que nos estamos reuniendo para debatir sobre temas muy sesudos (sobre todo la calidad de las cervezas en la zona, o cómo se llama el mejor restaurante de la ciudad de turno).

Y el caso es que los políticos también tienen sus "Congresos" con la diferencia de que los suyos son más visibles, debido a lo cual, por pura necesidad, la presentación de “resultados” también resulta más mediática y alambicada.


Pues bien, el fin de semana pasado se celebró en Canadá la 44º cumbre del G7 y es por eso que ayer y hoy los equipos de comunicación (o sea los departamentos de manipulación y propaganda, aunque no se los pueda denominar así debido a la corrección política imperante) de los diversos líderes mundiales que se reunieron en Quebec para medirse los genitales "filtraron" a la prensa varias instantáneas de las reuniones. Todas ellas perfectamente escogidas de cara a proyectar en el país de turno la imagen más favorable al líder mundial en cuestión.

No sorprende por tanto que esta haya sido la instantánea que ha difundido el gabinete de prensa de la Canciller de Alemania, por tanto la imagen que más ha circulado por países vasallos como España para ilustrar el acontecimiento y en especial la supuesta escena de tensión vivida cuando la líder europea se enfrentó al amo del mundo ¿libre? para defendernos a todos.


Esta fotografía en cambio es la que el personal de la Casa Blanca ha pasado a los medios para mostrar el momento en el que, en realidad, los líderes mundiales se juntaron en corro para escuchar embelesados las reflexiones del sabio dirigente yanqui.


Esta otra es la imagen que está compartiendo gente del equipo de Emmanuel Macron, presidente de la República francesa, en apoyo de una narrativa según la cual él fue el verdadero centro de la reunión. 


Pero, qué casualidad, al mismo tiempo esta última instantánea empezó a difundirse entre personal próximo al Primer Ministro de Canadá, ese señor tan mono que sale en la foto aparentemente dominando la escena y exhibiendo un liderazgo tranquilo mientras respalda con displicencia al gobernante del país aliado situado al Sur de la frontera.  


Creo que no es necesario comentar nada más. Pocas veces se puede comprobar de forma tan gráfica y precisa cómo nos manipulan los dueños del mundo, a veces ni siquiera con el objetivo de inculcarnos determinadas ideas sino simplemente para aparentar ser más guapos, dignos e inteligentes de lo que son y de esa forma alimentar sus inflados egos.

Son trucos y tácticas que en realidad vienen de muy atrás y que, obviamente, no se limitan al campo de la fotografía. Aunque hoy lo vamos a dejar aquí tras analizar un impagable ejemplo de cómo nos vacilan los que deciden.   


sábado, 19 de mayo de 2018

We are the Champions


Somos lo que somos porque ellos no son lo que somos.

Henri Tajfel




Bueno, os informo que tras varios años de intentarlo este blog ha ganado por fin la categoría de Cultura, música y tendencias en la última edición de los Premios 20 blogs.

No es que sirva para nada en especial (obtener una estatuilla y algo de renombre) pero me hacía ilusión. Así que muchas gracias a todos los que me votaron; gente como Celebes3, Tote, tor, censor, Pedro Núñez, ana mercado, Carlos, Jarban, malatesta o Manuel C.

También aprovecho para dar las gracias a todos los que se han dignado realizar alguna donación a través de Paypal, aunque fuese un euro, durante el último año y medio. Me refiero concretamente a: Antonio Jorge García (quien por ahora ostenta el título de principal mecenas del blog), Mario Goñi, Amancio Soneira Costoya, Alberto Cugat Sola, Jesús Sanz Cámara, Pascual Suárez, Alejandro Llopis, Luis Fernando García, David Gómez Torres, Daniel Gómez Gómez, Hegoi Amestoy, Pablo Martínez, Klaus Schmidt, Rubén Rodríguez, José Juan Torre,  Manuel Alejandro Fernández, Jaime Riera, así como Daniel Marín. Y se que olvido algunos donantes de hace más tiempo.

Y por supuesto también muchas gracias a todos los que seguís el blog de forma habitual desde la penumbra y el anonimato de vuestras casas.

sábado, 12 de mayo de 2018

Jedis y dragones


El hombre es un animal mediocre y habría desaparecido del planeta hace mucho de no haber mediado la aparición de la razón. Pero el precio que paga por ella es ser consciente de la fugacidad de la vida y esa es una pesada carga. Por eso inventó el concepto de la inmortalidad, para poder aceptar el plazo inevitable, y el del alma, para asentar su pretendida superioridad sobre el resto del reino animal. 

Jack London, “El lobo de mar”





Reign of fire, en España titulada El imperio del fuego es una película del año 2002 protagonizada por Christian Bale, Gerard Butler y Matthew McConaughey cuando aún no eran las grandes estrellas del celuloide que son hoy en día (bueno, Gerard Butler no tanto, pero admitamos que hubo en tiempo en que estuvo a punto de serlo).

La premisa de dicho film consiste en imaginar un escenario apocalíptico posterior a que el mundo del presente haya sido arrasado no por la típica guerra nuclear o un holocausto zombie sino por dragones, esos bichos con alas parecidos a empresarios españoles. Es posible que tal idea parezca un tanto estúpida pero al fin y al cabo no estoy hablando de ninguna obra maestra. La cuestión es que la película contiene una escena que en su día me pareció muy interesante. Os cuento. En el mundo descrito en el film los escasos supervivientes de una humanidad al borde de la extinción se agrupan en precarios refugios. La tecnología, las leyes, el sistema económico, las infraestructuras, los sistemas educativos… todo ha colapsado y lo único que restan son ruinas calcinadas y páramos desolados. Vamos, lo habitual en este tipo de planteamientos de ciencia ficción.

Dentro de ese contexto se nos muestra como los líderes de una de las últimas comunidades de humanos realizan en una antigua capilla habilitada como refugio una representación ante los más jóvenes del grupo, los que no conocen nada de cómo era la Humanidad antes del desastre. Tal representación tiene el objetivo de entretenerlos, educarlos y de paso perpetuar en ellos las tradiciones de la cultura humana. Pero lo que se escenifica ante los ojos fascinados de las futuras generaciones no es ningún capítulo de alguna sesuda obra filosófica o educativa, ni de famosas novelas de Joyce, Faulkner o Proust, sino una versión de la escena de Star Wars en que Darth Vader le rebela a Luke que él es su padre.

De hecho, una idea en cierta forma semejante ya aparecía en Sleeper (en España titulada “El dormilón”) una vieja comedia de Woody Allen en la que cuadros y composiciones musicales un tanto kitsch pero en todo caso populares en los años 50 y 60 del s. XX pasaban a ser valoradas como expresiones supremas del arte y del intelecto doscientos años después.

Lo anterior parece una tontería, pero deberíamos preguntarnos en qué medida estas dinámicas ocurren realmente.  

Los productos de la cultura humana son a veces tan enrevesados que se prestan a ser interpretados de múltiples formas distintas incluso en algunos casos en que fueron concebidos sin pretender tal cosa. Por otro lado tenemos asumido que con el tiempo muchas expresiones de la cultura de élite pasan a "degradarse", hacerse populares y ser integradas en la cultura popular. Pero en cambio no está igual de asumido que lo contrario también ocurre en ciertas ocasiones. Me surge así la pregunta de en qué medida obras del pasado concebidas inicialmente quizás como meros entretenimientos sin más pretensiones, han sido sobreinterpretadas, sacralizadas, rodeadas de un halo de misterio y dotadas de un profundo significado por élites intelectuales de sociedades distintas a aquella en que la obra fue concebida y que por tanto, aunque siguen manteniendo viva la memoria de dicha obra, ya no pueden entender realmente sus premisas y su contexto originales.

¿Os imagináis un futuro lejano, dentro de doscientos o trescientos años en que se organicen sesudos simposiums internacionales de especialistas para analizar los libros de Juego de Tronos o la saga de Harry Potter como ejemplos del modo de pensamiento a comienzos del s. XXI, mientras George Lucas, Walt Disney, Stan Lee o Katshuhiro Otomo adquieren un sitio preferente en el currículum académico de nuestros descendientes parecido al que hoy puedan tener Shakespeare, Chaucer, Lope de Vega o Alejandro Dumas? Por un lado es algo para nada descartable mientras que por otro pensemos en lo desconcertante que resulta esa perspectiva desde la información que nosotros mismos tenemos en el presente.


Igualmente, debido al lógico deterioro producto del transcurso del tiempo sumado a las restauraciones contemporáneas que han intentado disimularlo, muchos vestigios artísticos procedentes pasado en realidad ofrecen hoy en día una forma ante los ojos del espectador que no sabemos a ciencia cierta si responde con exactitud a la configuración real que poseían  dichas obras en origen.





Es así como algunas obras de arte de hace siglos acaban siendo alabadas en función de unos criterios y unas supuestas cualidades que tal vez sus autores originales hubiesen encontrado deplorables. Y al revés. En muchos casos es posible que de poder visualizar determinadas obras bajo su configuración original no entenderíamos demasiado bien qué es lo que veían en ellas sus creadores o los conciudadanos de los mismos.

   Como primer ejemplo de lo anterior se puede citar la pintura griega, una manifestación de su arte que conocemos fundamentalmente a través de la empleada para decorar cerámicas, expresión marginal de tal arte, apenas un pálido reflejo de lo que debió ser la gran pintura mural al fresco de la época. Esto es debido a varios factores, como que tras su conquista del mundo griego los romanos, grandes coleccionistas del arte helénico, adoptaron por costumbre el arrancar los trozos de pared en que se hallaban las mejores pinturas griegas para llevarse dichas obras a sus villas en Italia, razón por la cual la mayoría de las obras maestras de la auténtica pintura griega se han perdido debido al deterioro sufrido durante dicho proceso o bien por culpa de incendios y saqueos posteriores ocurridos durante la caída del propio mundo romano. El resultado es que apenas han sobrevivido algunos restos muy desconocidos para el gran público procedentes de diversas tumbas de los siglos V y IV a.n.e. ubicadas en la Magna Grecia, es decir el Sur de la Península Itálica, a destacar la famosa "tumba del nadador", un sepulcro decorado hallado en las cercanías de la antigua Paestum.



   Y sobre todo el gran ejemplo de esto que vengo comentado es la estatuaria griega, que es conocida por el público actual en gran medida a través de copias romanas ya que los originales se perdieron. En consecuencia jamás hemos podido contemplarlos realmente antes de juzgar. Por ejemplo no ha llegado hasta nosotros ninguna pieza que se pueda afirmar con seguridad que fue obra del famoso Praxíteles, todas las esculturas que en la actualidad figuran en los libros de texto o museos como muestras de su arte (entre ellas algunas tan famosas como la Afrodita de Cnido o el Apolo Sauróctono) son en realidad copias hechas por otros escultores. 

   En adición a lo anterior sabemos que buena parte de las estatuas salidas de los talleres de los grandes escultores griegos que conocemos poseían una coloración distinta a las que muestran hoy en día en los museos ya que fueron concebidas inicialmente no en mármol blanco sino como tallas de madera policromada o bronces abrillantados.

   Aunque este tipo de problemas son extensibles a otros estilos y épocas. Hace algunos años supimos que la famosa Loba Capitolina, que figuraba en múltiples manuales como ejemplo paradigmático de escultura etrusca, era en realidad una escultura medieval del s. IX, a la que se habían añadido a su vez las piezas de los gemelos Rómulo y Remo a finales del s. XV.

También se podría hablar largo y tendido de la cuestión del alabado “tenebrismo” de muchos pintores modernos, que en ciertos casos no es tal sino el producto de la decoloración de sus cuadros y la acumulación de suciedad sobre ellos con el paso del tiempo. Es lo que ocurrió en cierta forma con la mal llamada Ronda nocturna de Rembrandt, que al parecer no era nocturna y encima mostraba más personajes de los que se pueden ver en el cuadro actual debido a que el lienzo fue recortado en sus extremos a comienzos del s. XVIII.




Algo parecido sucede con el Duelo a garrotazos también conocido como La riña de Goya. Un cuadro en el que dos hombres luchan a garrotazos con las piernas aparentemente enterradas en el barro o la tierra hasta las rodillas. 



Se atribuyeron todo tipo de explicaciones simbólicas a ese hecho en la línea de que sería una representación metafórica del inmovilismo de las “dos Españas” en secular enfrentamiento. Incluso la popular serie Curro Jiménez en su capítulo noveno (titulado “El destino de Antonio Navajo”) intentó recrear de forma “realista” ese tipo de lucha presentándolo como una costumbre de la época en que vivió Goya.



Todo ello hasta que estudios recientes han demostrado que Goya pinto a sus personajes de forma normal con las piernas libres sobre un suelo de hierba verde. Han sido el deterioro del cuadro y las posteriores restauraciones las causas de que se "perdiesen" la mitad de las extremidades inferiores. Esos daños produjeron la falsa impresión de que los duelistas estaban enterrados en medio de un paisaje tenebroso, desencadenando a su vez lo anterior una cadena de sesudas interpretaciones por parte de especialistas dando sentido a tal cosa. 

De hecho, debido a los efectos de siglos de humedad o del humo de las velas en las catedrales, la coloración de gran parte de las pinturas procedentes de épocas previas al Barroco y que han llegado hasta hoy probablemente no se ajusta a la que poseían en origen sin que esté totalmente claro tampoco que la que poseen en la actualidad, tras las consiguientes limpiezas y restauraciones, sea a ciencia cierta aquella con la que fueron concebidos tales cuadros.  











El paso del tiempo, con su consiguiente legado destructor, no se puede deshacer totalmente por mucho que nos empeñemos en ello. 

sábado, 21 de abril de 2018

El catálogo de Aristófanes


- Estoy en una misión de civilizar. Soy Don Quijote.
- No, ¡yo soy Don Quijote¡.
- ¿Has leído siquiera el “Don Quijote”?
- En el francés original.
- Fue escrito en español.
- No mi copia. ¿Debería haberlo leído en español?.
- Deberías haberlo leído en inglés.

(“The Newsroom”, cuarto episodio de la primera temporada) 

         
    

Cuando la dinastía ptolemaica instaurada en Egipto tras la muerte de Alejandro Magno impulsó la creación de una gran institución cultural en Alejandría lo hizo en busca de prestigio y como una forma de promover la cultura griega en la región, lo que en último término redundaba en mayor legitimidad para su propio linaje (de origen griego).

La institución subsiguiente fue llamada Mouseion “Museo” por estar bajo la protección de las Musas y consistía en un centro de investigación y enseñanza, casi comparable a una Universidad actual, en el que residían importantes sabios del período, algunos de forma permanente y otros sólo hasta completar su aprendizaje.

Como no podía ser de otra forma ese "Museo" contaba con algo parecido a lo que nosotros llamamos “biblioteca”, formada en su caso por varias estancias donde se almacenaban múltiples volúmenes. Ahora bien, cuando los griegos hablaban de “volúmenes” estos no eran tal y como nosotros entendemos ese concepto, ya que se referían a rollos de papiro. Cada uno de esos rollos equivalía a unas 60 o 70 páginas mecanografiadas actuales por lo que una obra o “libro” estaba compuesta en realidad de un número variable de esos rollos de papiro.

Podemos imaginar por tanto que a medida que la colección de obras en manos de esa institución crecía el espacio necesario para almacenar todos esos rollos también aumentó hasta el punto de que fue necesario habilitar un segundo lugar de almacenamiento de "libros", es decir una segunda "biblioteca", en otro edificio separado de las estancias del "Museo" y ubicado en una parte distinta de la ciudad. Ese edificio fue el Serapeion, donde más bien se guardaban rollos consistentes en copias para consulta pública, a diferencia de la “biblioteca madre” que en principio solo estaba disponible para los sabios y estudiantes del "Museo" y contenía los originales y las copias de más valor.

  En cualquier caso el conjunto de ambas bibliotecas separadas pero relacionadas entre sí y en el fondo meros departamentos de una institución más amplia es lo que se conoce como la mítica “Biblioteca de Alejandría”. 

Los fondos manejados por dicha institución llegaron a ser docenas de miles de obras de todas las temáticas y autores, fijadas por escrito en cientos de miles de rollos de papiro que a su vez se almacenaban en cestos, vasijas, armarios así como nichos y estantes habilitados en las paredes (y llamados bibliotheke; de ahí el nombre posterior que se generalizó para todo el conjunto) dispersos por varias habitaciones y almacenes.

Tal es así que llegado un punto los responsables del "Museo" se vieron enfrentados a la tarea de intentar organizar ese caos. De cara a ello inicialmente se siguió el criterio que había implantado Aristóteles en su Lykeion dividiendo los fondos según materias o synodos. Pero claro pronto la cantidad de rollos que albergaba Alejandría superó con mucho los que alguna vez formaron parte del famoso "Liceo". De hecho en el año 287 a.n.e. un discípulo de Aristóteles llamado Neleo vendió en bloque a la propia institución alejandrina todos los libros acumulados en su día por su difunto maestro.

Debido a ello Zenódoto de Éfeso, el primer bibliotecario jefe de Alejandría, ayudado por el poeta Calímaco quien luego sería su sucesor en el cargo, afrontó la tarea de intentar una catalogación más o menos minuciosa de los papiros en manos de su institución usando un nuevo enfoque. La idea parece que se le ocurrió en realidad a Calímaco el cual abogó por fijar en unas tablillas (llamadas Pinakes en griego) la primera bibliografía temática exhaustiva en la historia. En otras palabras se redactó un listado de autores en orden alfabético divididos por materias y junto a cada autor se enumeraban sus obras.

Sin embargo no era fácil mantener actualizada esa lista porque los fondos no dejaban de crecer, superando poco después ya seguramente el medio millón de “volúmenes” y con ello en determinado momento el trabajo de catalogación rigurosa de cada nuevo paquete de obras adquiridas se volvió inabordable en un tiempo en que no se disponía de nada parecido a ordenadores o bases de datos. Es así como nuevos directores de la “Biblioteca”, en especial Aristófanes de Bizancio junto con uno de sus discípulos llamado Aristarco de Samotracia, decidieron adoptar un atajo y centrarse en compilar listas de los que ellos consideraban los mejores autores en cada género literario. En adelante focalizarían sus esfuerzos en tener controlados los fondos pertenecientes a un grupo escogido de autores y la ubicación de los papiros con lo que ellos consideraban que eran sus obras más destacadas. El resto de fondos… pues bueno, se amontonarían de forma menos cuidada.

   Es así como nació el denominado canon alejandrino, del que formaban parte unos sesenta autores cuyas obras en adelante pasaron a ser sistemáticamente copiadas no solo por los bibliotecarios de Alejandría sino por todos sus herederos espirituales en el arco mediterráneo. Es por eso que dichas listas confeccionadas por Aristófanes y Aristarco estaban llamados a tener una importancia capital pasado el tiempo. ¿Por qué?. Veamos. Muchos siglos después, durante la Alta Edad Media, los copistas medievales se vieron enfrentados a un desafío. Pese a las destrucciones y purgas de bibliotecas durante los siglos anteriores, pese a la escasez de libros resultante, lo cierto es que a comienzos de la Edad Media seguían existiendo "demasiadas" obras para lo que podían abarcar los monjes que las custodiaban: dado que el trabajo de copia en aquellos tiempos resultaba exasperantemente lento y laborioso (entre otras cosas por el énfasis puesto en embellecer los códices con textos religiosos y que la escritura resultase hermosa y no solo funcional) pronto fue evidente que no era posible realizar copias de todo el material disponible. En consecuencia una parte del mismo se iba a perder no solo debido a destrucciones intencionadas sino simplemente debido a la humedad, la putrefacción, o accidentes, todo ello combinado con la existencia de muy escasos ejemplares de la misma obra.

Asumido lo anterior los copistas de los scriptoria medievales se centraron en elaborar y copiar fundamentalmente obras religiosas, tratados doctrinales, biblias… y en el tiempo disponible restante intentaron también copiar obras antiguas que resultasen al menos especialmente notables o valiosas. ¿Pero cómo decidir cuales lo eran? Muchos de los monjes y abades no entendían nada de literatura antigua, o geometría, o astronomía. ¿Cómo escoger por tanto cuales de las obras sobre dichas materias debían ser copiadas una y otra vez para que perdurasen y cuales ser dejadas a su suerte en algún armario o borradas para copiar encima algo más provechoso? Sencillo. Acudiendo al canon establecido por Aristófanes en aquellas listas que había elaborado, algunos ejemplos de las cuales sobrevivieron. Gracias a eso bastaba mirar si una obra era mencionada en el catálogo que dicho sabio redactó en su día. Si lo estaba y se tenía tiempo y pergamino disponible entonces se intentaba copiarla. Si no estaba incluida en el canon… probablemente no valía la pena malgastar valiosos recursos.

Aunque obviamente no todos los copistas de todos los monasterios medievales se limitaron a seguir las listas de “favoritos” legadas para la posteridad por aquellos bibliotecarios de Alejandría, nos encontramos pese a todo con que sus puntos de vista acabaron por ostentar con el paso del tiempo una influencia desmedida respecto a qué obras y saberes pertenecientes a la tradición griega se conservaron y cuales desaparecieron de la faz de la Tierra.

Imaginaos que dentro de cien años diversas instituciones culturales enfrentadas al problema de estudiar y salvaguardar el cine del s. XX se ven obligadas, por la falta de presupuesto y de medios, a decidir con mucho cuidado qué filmes preservan (algo que ya está ocurriendo de hecho) y de cara a ello eligen tomar como referencia las listas de películas nominadas a los premios Oscar. No sería un mal criterio, pero indudablemente poseería un sesgo y en algunos casos dejaría fuera obras importantes en detrimento de otras no demasiado remarcables.

Los especialistas dicen que no resulta extraño encontrar entre los textos de muchos autores antiguos que de alguna manera han llegado hasta nosotros menciones sueltas a otros autores u otras creaciones en su momento consideradas obras maestras o tratados de referencia por los principales eruditos de la época y que, sin embargo, nosotros desconocemos por completo porque no se ha conservado nada. Es lo que sucede por ejemplo con un historiador denominado Fanias de Ereso citado con mucho respeto por Plutarco, con los poetas Arctino de Mileto y en menor medida Lesques de Pirra, un escritor satírico llamado Menippo, pintores como Nicias, Zeuxis, Parraxios o Polignoto, u obras como la Iliupersis. Pero todo ese legado se perdió en algún momento debido a causas variadas algunas tan aleatorias como que en su día Aristófanes decidió, de manera informada pero a fin de cuentas arbitraria, que otros autores y obras le gustaban más. 


El proceso de conservación de la cultura no es totalmente "justo", igual que la naturaleza no lo es con las especies que se conservan o desaparecen. E incluso cuando dicho proceso resulta más o menos "justo" en ocasiones se detecta un patrón inquietante en tanto que aquellas obras u autores que logran reproducirse y extenderse con mayor éxito entre una determinada sociedad (lo cual a veces no tiene una relación directa con su calidad o importancia real) tienen más probabilidades de pervivir en el tiempo y con ello alcanzar una pátina de respetabilidad intelectual que quizás originalmente nunca tuvieron. A fin de cuentas si una gran catástrofe destruye nuestra civilización los arqueólogos del futuro tienen más posibilidades de toparse con restos de la discografía de Maluma, Pitbull o Enrique Iglesias que con la del Niño de Elche o Maria Arnal. 

   Pero ni siquiera la popularidad en un tiempo determinado garantiza la supervivencia ante determinados eventos azarosos. Por ejemplo todo hace suponer que la sociedad cartaginesa en cuanto a patrones culturales y artísticos era como poco igual o más refinada que la romana en la época en que los dos grandes poderes se encontraron. Sin embargo la derrota militar de los púnicos frente a los latinos determinó que hoy en día no quede prácticamente rastro alguno de las producciones que los poetas, literatos, artistas y artesanos de Cartago alguna vez pudieron, o no, elaborar. Para nosotros es como si nunca hubieran existido igual que ocurre con pensadores y artistas de muchas civilizaciones derrotadas a lo largo de la historia. Un poco lo mismo que ha ocurrido a pequeña escala con muchas mujeres escritoras o pintoras durante la Edad Media o Moderna que resultaban invisibles en su tiempo y luego fueron condenadas al olvido ante los prejuicios de sus contemporáneos o más adelante de los propios historiadores, casi siempre varones hasta el presente.

Lo que consideramos un resumen del panorama cultural de un determinado tiempo pretérito no deja de ser en muchos casos una aproximación dudosa, como lo es nuestro conocimiento de muchos eventos militares o políticos del pasado. La falta de fuentes, la parcialidad de las mismas o de nuestros propios puntos de vista hacen que no podamos estar completamente seguros de que la imagen que nos hacemos de la cultura y los gustos del público en una determinada época lejana en el tiempo resulte precisa. Ocurre algo parecido a un pez visto desde fuera del agua cuya posición a nuestros ojos aparece distorsionada por el fenómeno de la refracción de la luz, siendo en este caso el tiempo y la pérdida de datos los elementos que contribuyen a la confusión.