jueves, 9 de marzo de 2017

En passant par Marseille


El hombre es en el fondo un animal salvaje, una fiera. No le conocemos sino domado, enjaulado en ese estado que se llama civilización. Por eso retrocedemos con terror ante las explosiones accidentales de su naturaleza. Que caigan, no importa cómo, los cerrojos y las cadenas del orden legal, que estalle la anarquía, y entonces se verá lo que es el hombre.

Arthur Schopenhauer






En mi última entrada hablé de fascistas, de nazis y de intelectuales. Pero lo hice desde mi tradicional perspectiva pesimista. Por ello me centré en los vínculos, en muchos casos hoy olvidados, de diversos intelectuales europeos con el totalitarismo de ultraderecha en auge durante la época de entreguerras del siglo XX. Sin embargo falta una parte de la historia. Una parte al menos parcialmente positiva. Una parte que nos remite a ese pequeño espacio de bondad que siempre ha existido, pese a todo, en el alma humana. Me refiero a la otra cara de la moneda, a los miles de intelectuales que no comulgaron con el fascismo o el nazismo, algunos de los cuales acabaron nutriendo por ejemplo la Exilliteratur. Aunque para hacer eso me voy a centrar, como hilo conductor, en la historia del pobre tipo que los salvó a casi todos y del que, por supuesto, hoy no se acuerda nadie.

Varian Mackey Fry nació en Nueva York a mediados de octubre de 1907 en una familia de clase media alta pero bastante disfuncional. Su madre alternaba las estancias en casa con los ingresos hospitalarios debidos a problemas “emocionales” y su padre estaba siempre ausente, trabajando. Por ello el joven Varian fue prácticamente criado por dos de sus tías y un abuelo.

Más allá de lo anterior su infancia y juventud transcurrieron sin sobresaltos a caballo entre diversas escuelas de Connecticut y New Jersey. Luego, más adelante, fue admitido en Harvard y durante su etapa universitaria empezó a interesarse por la literatura. También entonces conoció a la que sería su esposa Eileen. 

Finalmente se graduó en 1931 y recién casado empezó a buscar trabajo en los complicados años de la Gran Depresión. Debido a ello termino por alternar ocupaciones como periodista y escritor al servicio de diversas publicaciones no muy importantes, mientras su mujer impartía clases en una escuela para redondear los ingresos de la familia.

Es en relación con esas labores de periodista como, en mayo de 1935, Varian realizó un viaje a Alemania por cuenta de un semanario de nombre The living age. La experiencia le impresionó tanto que al final Varian acabó por pasar tres meses en Berlín. Durante ese tiempo tomó nota de primera mano acerca de lo que estaba ocurriendo en Europa, a la vez que desarrolló un profundo odio hacia el movimiento nazi, especialmente debido al trato que dispensaba a la población judía. 

De tal forma, a su regreso a los EE.UU., el interés por la situación política en el Viejo Continente ya no le abandonó y en los años siguientes continuó publicando artículos acerca de ello, siempre advirtiendo sobre el auge del totalitarismo en diversos países, aunque a la mayor parte de sus escasos lectores no era un tema que les importase demasiado todavía en aquel momento.

Así hasta que en 1939 estalló la guerra en Europa y a mediados de 1940 Francia resultó derrotada militarmente y buena parte de su territorio fue ocupado por las tropas alemanas. Debido a lo anterior, el 22 de junio, en Rethondes, se firmó un ominoso armisticio y poco después en el Sur del país se instaló un gobierno ultraconservador, con el tiempo directamente colaboracionista con los alemanes, que nosotros conocemos bajo la denominación de "régimen de Vichy".


Lo que nos interesa es que uno de los artículos de aquel tratado de alto el fuego entre la Alemania nazi y la decadente Francia del momento, el número diecinueve en concreto, obligaba al Gobierno francés a “entregar, cuando se le solicite, a cualquier nacional designado por el Gobierno del Tercer Reich”. Punto especialmente pensado para que el régimen nazi pudiese apresar a cualquier opositor o disidente que pretendiese refugiarse en aquella zona teóricamente “independiente”.

Pues bien. Tres días después de la firma en Rethondes de ese acuerdo, en una habitación del hotel Commodore de Nueva York, se reunieron diversos miembros de varias asociaciones políticas y culturales estadounidenses comprometidas ya por aquellas fechas en una cierta lucha contra la Alemania nazi. El objetivo era crear una especie de comité para ayudar a los refugiados que comenzaban a afluir hacia el Sur de Francia huyendo del avance alemán. Y una de las decisiones fue enviar a un hombre sobre el terreno. Alguien que pudiera desenvolverse en medio de aquel caos, que empezase a enviar información y a ser posible facilitase ayuda sobre todo a intelectuales destacados por su oposición al fascismo ubicados en Francia, los cuales tras la firma del acuerdo de Rethondes quedaban en riesgo de ser rápidamente reprimidos o arrestados. El elegido tenía que ser alguien que hablase alemán y también, por supuesto, francés, preferiblemente joven y comprometido con el proyecto y el ideario antifascista. Alguien como un periodista de treinta y dos años que convenció a todos con sus buenas maneras, su vehemencia y su disponibilidad. Ese hombre era, como habréis adivinado, Varian Fry. Un hombre culto pero corriente que se aprestaba a salir del anonimato para vivir el momento cumbre de su vida.

Y en pocas palabras es así como, tras despedirse de su mujer, a la que el proyecto con el que se había comprometido su esposo no le hacía ninguna gracia, Varian se embarcó con dirección a Marsella, ciudad a la que llegó el 13 de agosto de ese año 1940. Llevaba encima 3.000 dólares y una lista con unos doscientos nombres de objetivos prioritarios a los que debía localizar y prestar toda la ayuda posible para abandonar el país si así lo deseaban.

Nada más arribar a la ciudad Varian se registró en el Hotel Splendide y tras dejar en la habitación sus escasas pertenencias hizo una primera visita a la embajada estadounidense donde pronto se dio cuenta de que no iba a encontrar demasiada cooperación.  

En aquel momento el Departamento de Estado de su país aún era mayoritariamente proaislacionista y la línea de actuación oficial era no inmiscuirse en el conflicto europeo, reconocer al gobierno de Vichy, no indisponerse frontalmente con él ni tampoco con el gobierno alemán, y por tanto lavarse las manos y no facilitar visados a personas que pudieran generar luego protestas diplomáticas desde esos países. Por otro lado los burócratas del consulado eran en general bastante conservadores y hostiles a conceder demasiados visados de golpe para no “saturar de inmigrantes” su país. Además muchos entre ellos aún no comprendían o no querían comprender la excepcionalidad de los acontecimientos y el cariz ideológico que estaban tomando. En consecuencia el único funcionario estadounidense destinado en la zona que se mostró dispuesto a ayudar a Varian fue un tal Hiram Bingham IV, a la sazón hijo del descubridor de las ruinas de Machu Picchu.

Pero eso no era suficiente. En realidad el propio procedimiento para salir de Francia era en aquel momento una pesadilla burocrática. A fin de cuentas resultaba imprescindible conseguir un visado de salida de Francia como formalidad previa a lograr un visado para entrar en los EE.UU. Y la posibilidad de conseguir esos visados de salida franceses era muy baja. Pese a que habían pasado varios meses desde el fin de las operaciones militares en el país reinaba aún el caos por aquel entonces, lo que entre otras cosas afectaba a la burocracia haciéndola aún más lenta que de costumbre. Además los visados expiraban muy rápidamente y para cuando se obtenía un visado estadounidense autorizando la futura entrada en los EE.UU. era habitual que el visado de salida de territorio francés ya hubiera caducado, con lo que había que volver a empezar el kafkiano proceso.

Por último los pocos funcionarios que se encargaban de ese tipo de operaciones en el lado francés estaban atenazados por la cautela y el miedo de indisponerse con los alemanes si autorizaban la salida de alguien a quien buscasen los servicios de seguridad nazis, lo que alargaba y complicaba el proceso haciendo en última instancia virtualmente imposible obtener en el debido tiempo un visado de salida francés, uno de llegada estadounidense y asimismo un pasaje en alguno de los escasos barcos que abandonaban el puerto cada cierto tiempo. Si además el trayecto implicaba huir por tren a través de España resultaba necesario conseguir también una visa de tránsito por aquel país algo de lo que a veces los viajeros se enteraban una vez cruzada la frontera, donde eran devueltos a Francia para volver a comenzar aquella pesadilla. De hecho eso es lo que motivó el suicidio en Portbou, en Cataluña, del filósofo judío Walter Benjamin a finales de septiembre.

Por tal razón, aunque a los dos días de llegar a su hotel Varian entró en contacto con el matrimonio formado por el novelista checo Franz Werfel y la compositora Alma Mahler, no fue sin embargo hasta finales de octubre que consiguió hacerles cruzar la frontera con España, junto a Heinrich Mann -hermano del famoso escritor-, su mujer, y su sobrino, Golo Mann, llamado a convertirse con el tiempo en un importante historiador. 

Tras comprobar que mediante los procedimientos oficiales todo avanzaba demasiado lento Varian decidió conseguir documentación falsa a las personas antes mencionadas y para ello recurrió a un viejo funcionario de origen checo llamado Vladimir Vochoc el cual se prestó a proporcionarle algunos visados e informarle de en qué lugares de la ciudad se podían comprar en aquel momento pasaportes y otros documentos a través del mercado negro.

Más adelante, en vista del éxito de la operación y gracias a los nuevos conocimientos y contactos adquiridos, Fry decidió aumentar la escala de sus actividades. De cara a ello alquiló un pequeño chalet en un barrio residencial de la ciudad y allí instaló las oficinas de un Centre Americain de Secours en torno al cual empezó a reunir diversas personas dispuestas a ayudarle. 

Dicho esto, toda empresa heroica que se precie al final suele necesitar una mujer, y si son dos mejor. Y dinero claro. Mucho dinero.

  Miriam Davenport era una joven pintora y escultora de veinticinco años nacida en Boston a la que sorprendió en París el estallido de la guerra por lo cual, después de diversas peripecias, acabó en Marsella huyendo hacia el Sur en busca de un barco en el que obtener un pasaje para irse del país. Allí conoció a Varian Fry el cual la invitó a unirse a su incipiente organización. Al final Miriam solo se quedó poco más de un mes en la ciudad ayudando a Fry, pero durante esas escasas semanas aportó algo que acabó siendo muy importante. En concreto presentó a Fry a otra estadounidense que también se encontraba en Marsella en aquel momento errando en busca de una salida del país. Esa mujer, nacida en Chicago, se llamaba Mary Jayne Gold y tenía dinero, mucho dinero, como correspondía a una rica heredera soltera que llevaba varios años viajando por los hoteles de lujo europeos en busca de emociones un poco menos fuertes que las que el estallido del conflicto mundial prometía. Así que tras conocer a Varian y hablar con él sobre sus intenciones Mary decidió que podía resultar divertido ayudarle proporcionando financiación a la empresa de rescate de intelectuales de la que hablaba su compatriota. Sonaba chic.

Además Mary no se limitó a aportar dinero sino también contactos ya que al poco de llegar a Marsella entró en relaciones con un guapo gángster local llamado Raymond Couraud quien se convirtió en su amante. En adelante gracias a sus conexiones en el puerto local la red de Varian estuvo en condiciones de infiltrar como polizontes en barcos que salían del puerto a algunos fugitivos.

El siguiente contacto clave establecido por Varian fue con un dibujante de carteles satíricos, un austríaco de orígenes judíos llamado Bill Freier, el cual se hacía denominar como Wilhelm Spira ya que era buscado por los nazis. Fry le pidió ayuda y lo puso a trabajar con Frederic Drach, un antiguo miembro de los servicios de inteligencia franceses que en medio de la derrota había empezado a ganarse la vida como falsificador.

Sumado todo ello Fry estaba en disposición de falsificar o comprar documentos a gran escala para los múltiples refugiados que comenzaban a llamar a las puertas de su oficina de cara a facilitar su embarque más o menos oficial y a la luz del día en transportes hacia Lisboa o América. Eso es lo que hizo con la ex mujer de un primo del difunto Walter Benjamin, una filósofa de nombre Hannah Arendt, a la que sacó de Francia junto a su segundo marido y su madre. Así es también como Varian hizo salir del país a Konrad Heiden periodista e historiador autor de la primera biografía importante y documentada de Adolf Hitler; o al escritor satírico Walter Mehring, perseguido por los nazis por órdenes de Goebbels, quien temía su afilada pluma debido a las tendencias anarquistas de Mehring y la popularidad de la que había gozado en los cabarets de Berlín durante los años de la República de Weimar.

Pero no resultaba suficiente. Como parecía imponerse la necesidad de sacar cada vez mayores cantidades de gente de forma clandestina del país lo mejor para ello era tratar con verdaderos expertos. Es decir con traficantes. Gracias a un tal Albert Hirschmann, alias “Beamish,” alias "Albert Hertman", un hombre que había combatido en la Guerra Civil española y que conocía bien el bajo mundo de Marsella, Varian entró en contacto con un “hombre de negocios” corso denominado Malandri que les puso a su vez en relación con un pez más grande aún, denominado “Dimitru”. A cambio de dinero en adelante esta gente se ocuparía de proveer de distintas divisas a Fry (por ejemplo pesetas españolas, francos o escudos portugueses) y de sacar ilegalmente de Francia a algunos de los refugiados a través de la frontera española. 

En cuanto a la gente demasiado vieja para hacer el trayecto de los Pirineos andando y que asimismo era demasiado conocida como para sacarla con documentos falsificados en barcos que abandonasen el puerto a plena luz del día, se hizo necesario diseñar una ruta marítima clandestina. De cara a ello Varian contactó con dos italianos llamados Emelio Lussu y Randolfo Pacciardi.

  Así, embarcando en Marsella con destino a puertos menos controlados en el Norte de África, para luego reembarcar desde allí en otros transportes con dirección hacia el océano Atlántico o incluso el Pacífico, es como huyeron André, Jacqueline y Aube Bretón, André Masson y su familia o Wilhelm Herzog.

Pero llegado un punto las operaciones del Centre Americain de Secours empezaban a ser demasiado grandes y evidentes. Por ejemplo desde allí se arregló también la salida del país del escritor Víctor Serge, o los pintores Wilfredo Lam y Max Ernst, así como de la futura esposa de este último, una tal Peggy Guggenheim. Además poco a poco la confusión de los primeros meses tras la derrota francesa se estaba disipando, debido a lo cual las acciones de Fry y los numerosos y extraños huéspedes que rondaban por su casa y de vez en cuando desaparecían de la ciudad sin dejar rastro comenzaron a llamar la atención, inicialmente sobre todo de la propia policía francesa en Marsella encabezada por el engolado intendente Rodellec du Porzic. De tal forma en el mes de diciembre de 1940 Fry fue detenido fugazmente, aunque sin evidencias claras en su contra fue liberado unos días más tarde. No obstante en enero del 41 la validez de su pasaporte expiró y en la embajada de su país se negaron a renovárselo ya que en el Departamento de Estado en aquellos momentos consideraban que su proceder ponía en peligro la diplomacia exterior estadounidense en la zona. Esa que iba a saltar por los aires menos de un año después.

Pese a todo, aún sin la protección de su pasaporte y cada vez más vigilado ya no solo por la policía francesa sino también por agentes alemanes, Fry continuó con sus actividades hasta septiembre del año 41, momento en que regresó a los EE.UU. Para entonces una misión que se había proyectado como un trabajo de quizás un par de meses había durado algo más de un año. La ayuda o al menos colaboración abierta que esperaba de la embajada estadounidense nunca se había producido y Fry había tenido que arreglárselas por su cuenta para conseguir fondos al margen de los 3.000 dólares con los que había llegado a Europa así como también para obtener documentación con la que hacer salir del país a muchos de sus objetivos. Respecto a estos últimos la lista inicial con doscientos nombres pronto se había convertido apenas en un esbozo. Al término de su labor Fry había ayudado a huir de Europa a más de 2.000 artistas e intelectuales, buena parte de ellos de primer orden, todos los cuales se vieron obligados a abandonar el viejo continente ya fuera por su origen judío o por sus actividades y opiniones contrarias al nazismo.

  Entre aquella gente, al margen de los nombres que ya he citado a lo largo de esta entrada, también figuraban Marc Chagall, Marcel Duchamp, Max Ophüls, Claude Lévi-Strauss, Arthur Koestler, Jean Malaquais, Hertha Pauli, Anna Seghers, Siegfried Kracauer, Otto Fritz Meyerhof y muchos otros.

Una lista integrada por lo más granado de la cultura del siglo XX así como algunas excentricidades, caso de Camilla Koffler la mejor fotógrafa de perros y gatitos de su época.

Imaginad cómo cambiaría toda la historia de la cultura durante la segunda mitad del s. XX si, en una estimación muy conservadora, un diez o un veinte por ciento de todos esos escritores, poetas o pintores hubieran caído en manos de los nazis y muerto en campos de concentración.

Pero claro. La vida es como es. Quizás algunos de vosotros ya lo habéis experimentado. A otros, los más jóvenes, ya os llegará el turno. La vida es una cabrona. Una cabrona desagradecida. Y estáis leyendo este blog para que os lo recuerde. Lo sabéis.  

Cuando Varian Fry regresó a los EE.UU. lo primero que encontró no fue un gran recibimiento, en lugar de eso pronto se enteró de que había perdido su trabajo por haberse ausentado más de lo previsto. Lo siguiente que perdió fue a su mujer, Eileen. Ella también estaba molesta porque se hubiera ausentado más de lo prometido, que se hubiera arriesgado más de la cuenta sin tenerla a ella en consideración, que encima hubiera perdido su trabajo, que fuera un soñador que solo pensaba en política y en Europa y en cosas que no les estaban aportando nada, que pasaran los años y siguieran sin hijos... Eran demasiadas cosas. Así que pidió el divorcio.

Además pronto los EE.UU. se vieron metidos de llenos en el conflicto mundial tras el ataque sorpresa japonés en Pearl Harbor a finales del 41.

Respecto a esto último en los meses previos diversas agencias del Gobierno se dieron cuenta de algo preocupante que en parte explica el contexto de absoluta indefensión e incomprensión en que debió moverse en su día Varian Fry durante su aventura marsellesa. Veamos, con la tormenta política arreciando en Europa los EE.UU. se dieron cuenta de que carecían prácticamente de redes de inteligencia asentadas en el Viejo Continente. Tal es así que cuando entraron en la Guerra Mundial faltaba todavía casi medio año para que se crease la Office of Strategic Services (OSS), en cierta forma precursora de la CIA y de otras agencias con propósitos similares. Por supuesto el Gobierno estadounidense contaba por entonces con diversas organizaciones encargadas de las labores de inteligencia y recolección de información, pero resultaban muy primitivas y estaban muy enfocadas todavía hacia Asia y América Central.

Por tanto durante los primeros meses de la II Guerra Mundial en Europa, cuando aún los EE.UU. no estaban oficialmente en guerra con Alemania, las entidades estadounidenses más eficaces en el desarrollo de labores clandestinas en el teatro europeo fueron diversas organizaciones de ayuda a refugiados dirigidas por personal civil. Básicamente el resultado de iniciativas individuales con diversos fines humanitarios y en muchos casos carentes de cualquier coordinación entre sí o propósito militar último. Por ejemplo, además de las acciones de Fry en Marsella habría que citar el autodenominado Unitarian Service Committee un “tinglado” con base en Lisboa organizado por un tal Robert Dexter con la intención de facilitar la huida de Europa a refugiados judíos sobre todo. Y también hay que mencionar a diversas organizaciones de cuáqueros y menonitas que, operando desde Suiza, se habían dedicado a salvar a niños judíos haciéndoles cruzar la frontera de ese país con el Sur de Francia.

He de decir que me ha sorprendido conocer estos datos cuando investigaba para este artículo. No tengo una gran opinión de la religión en general, pero he de reconocer la diferencia de comportamiento entre algunos iluminados religiosos protestantes que por lo menos se creían su ideología y se dedicaron a actuar en consecuencia en base a sus creencias caritativas o su fe en los derechos civiles, frente al proceder de la Iglesia católica durante aquellos momentos históricos, completamente paralizada, desconcertada por los acontecimientos y preocupada fundamentalmente por no perder sus privilegios políticos y económicos recogidos en los concordatos negociados con el régimen fascista italiano o con el propio gobierno nazi.

Sin embargo parece claro que durante los meses previos a la entrada en guerra de los EE.UU el naciente entramado de inteligencia en los EE.UU. no veía con buenos ojos la labor desarrollada por todos aquellos “amateurs”. Desde luego Varian Fry o Robert Dexter sin entrenamiento en operaciones encubiertas, prácticamente sin recursos económicos ni apoyo institucional de ningún tipo, habían demostrado que se podían crear en suelo europeo amplias redes de contactos. Eso por una parte resultaba embarazoso para los “profesionales”. Por otro lado aquellos “amateurs” se habían dedicado fundamentalmente a salvar judíos y artistas. Incluso judíos artistas. Y los “profesionales” tenían claro que eso no servía para nada. Les parecía claro que había que sacar del ámbito de las operaciones especiales a toda aquella gente, aquellos “amateurs”, antes de que se hicieran daño, para luego sistematizar las operaciones y reenfocar todo el esfuerzo de infiltración e inteligencia a lo que de verdad importaba, es decir recabar información puramente militar y en todo caso localizar científicos implicados en la cada vez más sorprendente maquinaria militar nazi. Todo lo demás era malgastar esfuerzos. 

Por eso, tal vez, gente como Varian Fry vio como el Departamento de Estado les segaba la hierba bajo los pies y les negaba cualquier ayuda o acceso a recursos, hasta que finalmente a su inevitable regreso a los EE.UU. eran mantenidos en cuarentena en un segundo plano lejos de la opinión pública.

Con todo Varian se rehízo de los primeros reveses tras su vuelta a casa. Pronto volvió a encontrar un trabajo como periodista y editor y casi al final del conflicto llegó a desempeñar algunos puestos de segundo orden como asesor en comités para analizar el problema de las minorías y los refugiados en Europa. A fin de cuentas su experiencia sobre el terreno podía resultar valiosa. Finalmente tras terminar la contienda Varian publicó un libro narrando sus aventuras titulado Surrender on Demand. Pero fue un fracaso de ventas. En aquel momento el público esperaba otro tipo de historias, bien emocionantes relatos de comandos en acción o, casi mejor, literatura de evasión tras años de sufrimiento. Además muchos de los nombres de intelectuales que citaba Varian por entonces no eran aún tan conocidos como llegaron a ser con el tiempo. Asimismo, todo sea dicho, Varian era un excelente organizador, una persona cumplidora, tenaz, organizada, un buen cronista político, pero no era un gran escritor como muchos con los que había tratado. Por todo ello y porque la fortuna es esquiva, su libro no interesó a casi nadie por entonces.

Poco después a su exmujer, Eileen, de la que seguía enamorado, le diagnosticaron un cáncer que resultó incurable. Tras su posterior fallecimiento Fry vivió la típica crisis de los cuarenta, agravada por la amargura de saberse postergado a trabajos rutinarios como editor y escritor de poca monta para revistas. Así que intentó solucionarla casándose a los 42 años con una jovencita de 26, Annette, con la que acabó teniendo tres hijos en la década de los años 50.

El problema es que durante aquella década Varian, en vez de recuperarse, se fue hundiendo poco a poco presa de la desilusión. En los EE.UU. fueron los años del macartismo, el cual casaba mal con las convicciones de Fry sobre la importancia de garantizar derechos civiles y libertades básicas. Él sabía perfectamente lo que puede pasar cuando una nación pierde la cabeza y se echa en manos de iluminados populistas.

En otro orden de cosas, a medida que aumentaba el conocimiento popular de lo que había sucedido en Europa durante la II Guerra Mundial y se asentaba en las conciencias la magnitud del exterminio llevado a cabo por los nazis, iniciativas como la llevada a cabo por Fry empezaron a resultar un tanto incómodas. Recapitulemos. Varian Fry había operado desde el principio con el objetivo de salvar básicamente a artistas e intelectuales. Sabedor de que sus recursos eran limitados en ningún momento se había planteado ayudar a huir a gente “corriente”, a personas que eran perseguidas solo por ser judías por ejemplo. Varian desde el principio tuvo claro que no todas las vidas son igual de valiosas y que en caso de escoger era prioritario poner a salvo de los nazis al mundo de la cultura y el pensamiento. Según su punto de vista salvar unos cientos de estas personas podía marcar las diferencias en un hipotético futuro.

Lo anterior puede ser muy discutible, o no serlo, pero desde luego se trataba de una cuestión incómoda que para colmo le empezaron a echar en cara a Fry de vez en cuando. 

Por otro lado la ingratitud de la gente a la que había ayudado antaño lo hundió definitivamente.

Me explico. Llegados aquí uno puede pensar, ¿cómo no habíamos escuchado hablar de este hombre antes?. Un tipo que podía vanagloriarse de haber conocido de forma personal como a una cuarta parte de los mayores intelectuales del mundo occidental de su época. De hecho no solo eso, es que todos ellos le debían un favor. ¿Cómo es posible que acabase de editorzuelo de revistas y olvidado por todos?, ¿por qué nadie habló de él en sus libros?, ¿por qué no le echaron una mano?, ¿por qué no contestaban a sus cartas?, ¿por qué la casa de Varian en los EE.UU. no se convirtió en un lugar de tránsito y reunión habitual para muchos de ellos?.

Muy simple. Porque los grandes intelectuales también son seres humanos. Varian Fry era el tipo que los había ayudado en su hora de máxima necesidad. Y eso era un problema. Un problema muy grande.

Fry era una de las pocas personas en el mundo que podía jactarse de que los había conocido en los peores momentos de su vida, esos de los que preferían no acordarse. Varian Fry era el tipo que había visto a muchos de los más famosos y vanidosos músicos, pintores o escritores de los años 30 llegar a Marsella agotados, algunos sin dinero, mal vestidos, sin comer o sin lavarse y afeitarse desde hacía días, desesperados, comportándose de forma patética, insultando, empujándose y mintiendo con tal de colarse en la fila para conseguir un pasaporte falso. Varian Fry era el tipo que los había escuchado suplicar, que los había contemplado medio borrachos y desesperados, muertos de miedo esperando un barco en el que largarse sin mirar atrás aunque eso significase dejar en la estacada a muchos de sus amigos y familiares menos famosos. Por eso Varian Fry era la última persona a la que muchos de ellos deseaban volver a ver alguna vez, porque les recordaba el último momento de su vida, en algunos casos el único, en el que se habían sentido individuos vulgares y prescindibles, anónimos, insignificantes, vulnerables. Luego tras la guerra todo había vuelto a la “normalidad”. Las entrevistas, los homenajes y los viajes para dar conferencias se sucedían, la gente volvía a escucharlos, a admirarlos. Solo había un escritorzuelo, no muy dotado todo sea dicho, que quizás podía tener una opinión más mundana de alguno de ellos. Que podía pensar que no eran tan especiales, ni tan incorruptibles, ni tan maravillosos. Que podía plantearse el mirarlos de igual a igual o incluso con cierto aire de superioridad, como si le debieran algo. Y francamente, podía ser así, pero ninguno quería recordar eso ni rememorar los días en que lo habían conocido por casualidad tras llamar desesperados a la puerta de su oficina después de escuchar en Marsella o alguna ciudad próxima comentar a otros refugiados en la misma situación que quizás era posible conseguir documentos allí.  

Así que pasaron los años, Fry se fue hundiendo en la depresión, la amargura y el resentemiento y en 1966 Annette, cansada de todo eso, también lo dejó y se llevó a sus hijos preocupada por los primeros síntomas de locura que su esposo comenzaba a manifestar.

Aunque no desesperéis, a veces en el último momento las cosas se arreglan. Al año siguiente, por sorpresa, el gobierno francés decidió conceder a Varian Fry la Cruz de Caballero de la Legión de Honor. Era el primer reconocimiento que Varian recibía por su labor durante la guerra.

Su alegría fue inmensa. Habían sido necesarios muchos años, pero por fin alguien se acordaba de él. Quizás era el momento de retomar sus ambiciones como escritor, quizás el contexto podía ser propicio por fin para difundir su historia, alcanzar un poco de fama y de dinero, tal vez un buen puesto en una editorial importante, volver a la palestra, arreglar las cosas con Annette, recuperar a sus chicos. Quizás no era tarde para solucionarlo todo.

Muchos grandes escritores pasan a la posteridad por una única gran obra, en ocasiones escrita al final de su vidas gracias a la madurez y la experiencia atesoradas. Por tanto seguro que Fry pensó que aún no era tarde para alcanzar un poco de la fama y la gloria que en el fondo siempre había anhelado en secreto tras conocer de primera mano cómo esas dos cosas intangibles tienen el poder de transformar la vida de las personas para siempre a la vez que otorgan un significado trascendente a la existencia. 

De tal forma, al poco de recibir la noticia de la condecoración concedida por el Estado francés, Fry se puso a reescribir una vez más su aventura en Francia, allá en Marsella, hacía ya casi treinta años. En esta ocasión pensaba cambiar el tono del texto para no repetir los errores del libro que había publicado en el 45. Pensaba buscar un estilo más ágil y alegre, más didáctico, enfocado al público juvenil, a estudiantes, quizás contando anécdotas y de paso incluyendo pequeñas biografías de los personajes que fueran apareciendo. Podía aprovechar para hacer una especie de crónica cultural de la Europa de las últimas décadas, explicando a los lectores quienes eran o habían sido muchos de aquellos autores, por qué razón eran famosos, y ya de paso narrando cómo él, Varian Fry, una vez los había salvado a todos.

Así, solo en su casa de un pueblo de Connecticut, lo sorprendió la muerte a los 59 años. La policía lo encontró tirado en medio de un montón de papeles y viejas fotos. Al parecer había muerto de un ataque al corazón. El oficial de policía que investigó la escena, tras leer algunas de las páginas escritas de lo que parecía una especie de novela, consignó en el primer reporte de la escena que probablemente el fallecido se trataba de un novelista de ficción muerto repentinamente mientras escribía una historia donde el protagonista conocía a mucha gente famosa y la salvaba de los nazis.

Luego ya nadie más se acordó del asunto hasta que pasados muchos años, tras el éxito de La Lista de Schindler y el fugaz interés que dicha película despertó por la temática de los salvadores olvidados de personas frente a los nazis, salieron a la luz diversos estudios sobre el tema que recuperaron, entre otras, la memoria de Varian Fry. Debido a lo anterior en 1996 el gobierno de Israel incluyó a Varian Fry en su prestigiosa lista de Righteous Among the Nations.

Sin duda Fry fue un personaje trágico que alcanzó el cenit de forma muy fugaz y tal vez demasiado temprana. Luego el resto de su vida lo pasó consumido por la idea, real o imaginaria, de que el mundo le negaba un reconocimiento del que se creía merecedor. Pero sin duda fue otro problema el aspecto que me parece más interesante de su tragedia personal. Con treinta y dos años se vio catapultado por un tiempo fuera de su existencia anodina, anónima y vulgar, para experimentar hechos extraordinarios en medio de un contexto igualmente irrepetible y extraordinario. A lo largo de un año aquel individuo hasta el momento insignificante pudo sentir lo que era estar en el centro de los acontecimientos, vivir increíbles aventuras y conocer a cientos de personas interesantes. Durante un corto período de tiempo cada día representó algo nuevo y distinto, cada momento fue significativo, cada acción pareció relevante, no solo para él sino para el conjunto de la sociedad. Por unos meses sus decisiones importaban no a una escala puramente individual sino que tuvieron consecuencias en otro plano mucho más elevado. En cierta forma incluso a nivel mundial. Por un año un individuo cultivado, con principios, opiniones y ambiciones, vivió en primera persona lo que es llegar a ser realmente un actor principal en el teatro de la historia.

Pero eso se terminó y todo regresó a la “normalidad” en la que vivimos sojuzgados el resto de los mortales durante nuestra vida. Todo volvió a ser gris, anodino, ordinario e irrelevante.

En el fondo su vida había terminado a los treinta y tres años y él lo sabía. Nunca volvería a ser tan importante, ni quizás tan feliz como seguro había sido durante unos meses en Marsella. Los años que le quedaran de trayectoria vital estaban condenados a ser un lento declinar solo interrumpido por algunos momentos de fugaz recuperación antes de reanudar la caída. 

Y no puedo por menos que sentir simpatía por el pobre Fry mientras me pregunto qué será peor. Si asumir la insoportable levedad del ser, la horripilante irrelevancia de existir en un mundo con miles de millones de individuos atrapados en el mismo juego, uno en el que solo unos pocos jugadores poseen acceso a los niveles superiores. O bien saber que lo mejor de tu vida ya ha terminado y nunca regresará. Que nunca volveremos a ser tan jóvenes y guapos. Ni tan libres y felices como una vez fuimos. Que ya nunca podremos hacer realidad nuestros delirantes sueños infantiles. Que ya está, que el cenit ya pasó, que la vida, como los aviones cuando avanzan por la pista de despegue, tiene un punto a partir del cual ya no se puede detener el motor, ni abortar el despegue, ni volver atrás, ni arreglar lo que no hiciste, o lo que hiciste y no debiste, o lo que no ocurrió aunque debía, o no debía pero lo deseabas. Que ya todas las cartas están sobre la mesa, todas las fichas repartidas, lo que ves es lo que hay y solo te queda aferrarte al recuerdo del mejor momento de tu existencia. Ese instante fugaz que sabes que nunca volverá, que no podrás repetir ni volver a experimentar hagas lo que hagas porque, a pesar de que en su día no te diste cuenta, aquello era lo máximo a lo que podías aspirar, tal vez incluso más de lo que te correspondía y, en consecuencia, tras saborearlo estás condenado a echarlo de menos los años que te resten, sin esperanza de jamás volver a sentir algo remotamente parecido.

Claro que quizás en este punto muchos no tenéis ni la menor idea de lo que hablo.

Mejor así. 

domingo, 26 de febrero de 2017

Crimen y castigo


Los motivos de esta cerrada adhesión a regímenes que han llevado la tiranía y la muerte a millones de individuos por parte de personas cultas e inteligentes -que ingenuamente cabía suponer que apoyarían ideales ilustrados- han sido objeto de profundos análisis.

“El opio de los intelectuales” de Raymond Aron


Lo que Edwards y otras personas de su tipo no pueden aceptar es la gran validez del movimiento eugenésico. Estados como California e Indiana ya están viendo los beneficios de una sociedad purificada y consideran introducirla en sus legislaciones. Este movimiento está creciendo más rápido que ningún otro en la medicina moderna.

The Knick, 2x09, “¿Do You Remember Moon Flower?”


               


Hoy pienso hablar del totalitarismo fascista que se extendió por Europa en el período de entreguerras del s. XX. O más bien de su legado. Al respecto voy a intentar resumiros tres ideas bastante incómodas de las cuales las dos primeras son relativamente conocidas mientras que la tercera es en cambio una pequeña contribución personal. 

Primera idea: tantos cabrones y tan pocas balas.

Aunque en su momento fue un secreto, desde hace décadas se sabe que tras el final de la II Guerra Mundial muchos nazis de segundo orden fueron rehabilitados y protegidos por las potencias occidentales, sobre todo los EE.UU. De esa forma escaparon a posibles represalias y con el tiempo fueron reintegrados a posiciones de poder.

Lo cierto es que tras el colapso del III Reich y la derrota de Alemania solo las grandes personalidades públicas del nazismo alemán y del fascismo italiano pagaron con su vida o con largas penas de cárcel su implicación en la catástrofe que desencadenaron. Realmente hoy podemos considerar los juicios de Nuremberg, así como algunos otros procesos relacionados, más como una operación propagandística, un exorcismo público antes de pasar página, que otra cosa. La triste realidad es que incluso diversas personalidades de primera fila que habían apoyado a los nazis salieron bastante bien paradas de tales eventos, desde Albert Speer a Walther Darré. Y por debajo de ellos os podéis imaginar.

   A fin de cuentas de haberse impartido una justicia real tras el final de la guerra hubiese sido necesario represaliar a un porcentaje significativo de toda la población de Alemania, Italia y Austria e incluso también a cientos de miles de ciudadanos de muchos países ocupados, caso de Francia. así como a diversos líderes militares de los propios países vencedores del conflicto por sus decisiones durante el mismo, empezando por las vergonzosas purgas y matanzas llevadas a cabo por los soviéticos contra las élites polacas, hasta llegar a diversos bombardeos de población civil a gran escala efectuados por británicos o estadounidenses.

Pensando solo en el caso de Alemania la verdad es que, por ejemplo, la captura, delación, transporte y finalmente el exterminio de judíos, gitanos u homosexuales, o disidentes políticos de diverso pelaje, llevado a cabo por los nazis en sus campos de concentración, lejos de ser producto de operaciones secretas semiclandestinas desarrolladas por apenas un puñado de hombres fue la punta del iceberg de un proceso de acoso social que contó con la aquiescencia pero también incluso la participación activa en un grado u otro de cientos de miles de ciudadanos.  

Pero claro, incluso desde la perspectiva de las potencias vencedoras resultaba implanteable encarcelar o ejecutar a toda esa población. No había recursos materiales ni humanos para llevar a cabo tal purga con las garantías debidas y además hacerlo habría comprometido seriamente la reconstrucción de los territorios ocupados.

Por todo ello se impuso lo inevitable, es decir un gran proceso de olvido colectivo que, insisto, no se desarrolló solo en Alemania sino también en menor medida en muchos otros países.

Además en este punto hay que tomar en consideración el peculiar contexto posterior al final de la II Guerra Mundial. Un momento de calma tensa, recuperación y rearme de los dos grandes bloques ideológicos que habían vencido en la guerra y se preparaban para el posterior enfrentamiento entre ellos de cara a repartirse el mundo.

Y en medio de esa coyuntura, tanto para estadounidenses como para británicos, franceses o soviéticos, pronto resultó evidente que la escoria superviviente del bando vencido podía resultar muy útil en los tiempos venideros.

Es así como se desarrollaron diversas operaciones de “captación de talento” por parte de las potencias vencedoras, siendo los EE.UU. como grandes triunfadores de la guerra, los que se hicieron con las mejores “piezas”. Merced a lo anterior, y de forma opuesta a la retórica oficial que negaba cualquier contemporización con nazis, los EE.UU. pasaron a encubrir y proteger a muchos criminales de guerra de cara a favorecer sus propios intereses en política exterior (y en menor medida debido a la existencia dentro de los EE.UU. de corrientes de pensamiento en el fondo afines al fascismo e incluso a algunas de las ideas defendidas por los nazis respecto a la cuestión racial; por ejemplo, a la derecha podemos ver a Henry Ford recibiendo orgulloso una condecoración ofrecida por el Gobierno de la Alemania nazi en 1938, en unos años en que dicho gobierno tenía en los EE.UU. defensores y admiradores como Charles Lindbergh o Joseph P. Kennedy).

Debido a ello no cuento nada nuevo ni sorprendente si me limito a recordar que pronto la mayor parte de los mejores científicos que habían trabajado para el régimen nazi fueron reempleados por los EE.UU., sobre todo en su naciente programa espacial, mediante la famosa operación Paperclip de la cual se beneficiaron el celebérrimo y controvertido Wernher von Braun (1912-1977) así como otras personalidades notables entre las que destacan Walter Robert Dornberger (1895-1990), Arthur Rudolph (1906-1996) o Kurt Debus (1908-1983), casi todos ellos individuos con trayectorias muy controvertidas (por decirlo de alguna forma) en lo que respecta a sus años de trabajo al servicio de la maquinaria bélica alemana


La extensión de ese programa fue tal que se reclutó a más de 1.600 personas, no solo científicos expertos en física o cohetería, como normalmente se supone sin ahondar más, sino también otro tipo de individuos que aportaron sus oscuros conocimientos relativos a la producción de agentes químicos o los efectos de los mismos en humanos (datos obtenidos en muchos casos gracias a diversos experimentos totalmente amorales llevados a cabo con prisioneros). Luego volveré sobre estos aspectos y daré nombres. 

   No hay que olvidar tampoco que algo parecido a todo lo anterior ocurrió a su vez con diversos físicos alemanes de alto nivel, los cuales habían colaborado en su día con el fallido programa nuclear nazi y que al final de la guerra fueron captados por la URSS. Gente como Manfred von Ardenne (1907-1997) o Peter Adolf Thiessen (1899-1990) quienes acabaron colaborando activamente con los esfuerzos rusos para hacerse con una bomba atómica. Con el tiempo gracias a ello ese tipo de especialistas obtuvieron diversos galardones y premios en la Rusia comunista y finalmente pudieron regresar a Alemania, normalmente a la RDA, para montar laboratorios privados o enseñar en la Universidad. 

  Por otro lado buena parte de los servicios secretos y de seguridad nazis pasaron a integrar las por entonces embrionarias redes de espionaje de los EE.UU. en Europa del Este (así como las redes de espionaje soviéticas sobre todo en territorio de la antigua RDA, aunque este es un tema mucho menos estudiado salvo por trabajos como el de la imagen anexa). Eso permitió así a individuos tan sospechosos como Reinhard Gehlen (1902-1979) o “Klaus” Barbie (1913-1991), alias “el carnicero de Lyon”, reciclarse profesionalmente y escapar a toda represalia por su trayectoria durante el conflicto mundial a cambio de compartir información, contactos y conocimientos de métodos de tortura e interrogación.

Un ejemplo perfecto de lo anterior es el de Otto von Bolschwing (1909-1982) mentor y ayudante de Adolf Eichmann. Después de la guerra el espionaje estadounidense no solo le contrató como informante sino que en 1954 le fijó residencia junto a su familia en Nueva York y en 1959 le concedió la ciudadanía estadounidense tras lo cual emprendió una exitosa carrera en el mundo empresarial.

Parecida biografía tiene el lituano Aleksandras Lileikis (1907-2000) colaboracionista nazi envuelto en masivas matanzas de judíos en su país que luego se convirtió en ciudadano estadounidense y exitoso hombre de negocios.

O el croata Jakob Frank Denzinger (1924-2016) quien fue sucesivamente guarda de hasta cinco campos de prisioneros en la Alemania nazi (entre ellos Auschwitz, Mauthausen y Buchenwald) nada de lo cual le impidió obtener la ciudadanía estadounidense. Con el tiempo, cuando la "Guerra Fría" terminó y él, y otros muchos como él, dejaron de resultar útiles, emigró a Alemania Federal y luego a la naciente Croacia donde vivió con un alto nivel de vida hasta su muerte. De hecho se hizo famoso en 2014 cuando se descubrió que la Seguridad Social estadounidense, aún a sabiendas de su pasado nazi, puntualmente le pagaba 1.500 dólares todos los meses (varias veces el salario medio en Croacia) como parte de un “acuerdo” pactado justo antes de su apresurada salida del país.

Según un reciente libro de Eric Lichtblau, ganador del premio Pulitzer y columnista del New York Times, EE.UU. cobijó a más de 10.000 antiguos nazis tras la guerra, bastantes de los cuales habrían desempeñado roles importantes en el Genocidio. Y lo hizo con pleno conocimiento de causa. La mayoría de ellos fueron protegidos hasta los años 80 momento en el que, envejecidos y con el panorama geopolítico cambiando a toda velocidad, ya no resultaban útiles y por otro lado su presencia empezaba a levantar suspicacias y amenazar con volverse embarazosa, por lo cual se estimuló la emigración a otros países de muchos de los supervivientes (para entonces ya menos de 150), eso sí, continuando en el tiempo el riguroso pago de sus salarios y pensiones a costa de los contribuyentes. A fin de cuentas toda esta gente había cumplido su parte del trato, aunque no sabemos muy bien haciendo qué, durante los años de la "Guerra Fría". 

Al margen de lo anterior, que ya es de por sí escandaloso, en general con el tiempo muchos burócratas de segundo o tercer orden que habían servido al nazismo y al fascismo italiano sin mancharse demasiado las manos acabaron ocupando importantes puestos de poder en la Alemania Federal, en Austria o en Italia. Por ejemplo, aquí en su día hablé del venerable Licio Gelli (1919-2015) quien se exilió unos años a Argentina tras el final de la contienda mundial para regresar luego a Italia y convertirse en un próspero “hombre de negocios”. Pero este tipo de cosas ocurrieron un poco por todas partes, incluso en Francia.

Os recomiendo por ejemplo dar un vistazo a la biografía de Maurice Papon (1910-2007), un militante “de izquierdas” en los años 30 que luego se reconvirtió como eficiente funcionario del régimen de Vichy y tras eso colaboró de forma entusiasta con los nazis en la deportación de judíos a los campos de concentración, muchos de ellos niños. Pese a todo, como hábil arribista, tras la guerra no tuvo ningún problema en hacer olvidar su pasado, reconvertirse como político y ocupar durante décadas altos cargos en sucesivos gobiernos franceses (llegó a ser Ministro a finales de los años 70) realizando trabajos sucios para ellos. Por ejemplo fue el responsable de la llamada masacre de París del 17 de octubre de 1961, una furibunda represión de manifestante argelinos por parte de la policía que causó docenas de muertos, tras la que fue protegido por el propio De Gaulle el cual le concedió incluso la Legión de Honor.

   Un caso muy parecido al de René Bousquet (1909-1993), un alto oficial de la policía del Régimen de Vichy que colaboró de forma entusiasta con los nazis entre otras cosas de cara a la deportación de miles de judíos hacia campos de concentración alemanes. Tras la guerra pese a todo no tuvo demasiados problemas en hacer olvidar su pasado y desarrollar durante décadas una exitosa carrera como hombre de negocios y "conseguidor" en la sombra, principalmente gracias a su amistad con un tal Francois Mitterrand.   

Por su parte Adolf Heusinger (1897-1982) fue un alto oficial de la Wehrmacht que pudo estar implicado en crímenes de guerra según un documento desclasificado por la CIA en 2006 y otros sacados a la luz en 2014, pero en su momento nada de eso se hizo público (entre otras cosas porque aceptó trabajar secretamente al servicio de los EE.UU. primero en el marco de la organización tejida por Reinhard Gehlen y luego como confidente) y por tanto no tuvo problemas en llevar a cabo una brillante carrera pública tras al final del conflicto, llegando incluso a ocupar la jefatura del comité militar de la OTAN entre 1961 y 1964.

   Algo parecido a lo que ocurrió con Hans Globke (1898-1973) un abogado y devoto católico (porque hay que ser buena persona) que ayudó a redactar buena parte del entramado legal antisemita orquestado por los nazis, lo cual contra toda lógica no le supuso ningún tipo de estigma tras la guerra. Tal es así que con el tiempo fue promovido a importantes puestos de poder en la República Federal Alemana, entre ellos el de supervisor de los servicios de inteligencia y enlace de la Cancillería con la OTAN y la CIA. 

Un último grupo de personajes que se escurrieron entre los dedos de la historia lo formarían diversos médicos y químicos que cometieron todo tipo de atrocidades al servicio de los nazis y que tras la guerra desaparecieron con sorprendente facilidad de la escena sin que nadie los volviese a encontrar jamás. Es el caso del celebérrimo Josef Mengele (1911-1979) pero también de otros personajes inquietantes precisamente por ser mucho menos conocidos, caso de August Hirt uno de los padres de la moderna microscopía de fluorescencia para la observación de tejidos vivos y monstruo en sus ratos libres. Supuestamente se suicidó al final de la guerra pero ese dato nunca ha podido ser fehacientemente verificado.

A ese respecto muchos de ellos encontraron refugio en dos países muy concretos.

Uno fue la España del general Franco donde se asentaron entre otros León Degrelle (1906-1994), Otto Skorzeny (1908-1975), Johannes Bernhardt (1897-1980), Paul María Hafner (1923-2010), Horia Sima (1907-1993) o Ante Pavelic (1889-1959), así como docenas de pequeños oficiales que habían formado parte de campos de exterminio durante la guerra o miembros de las SS temerosos de represalias. 

El otro país fue la Argentina de Perón donde también se instalaron de forma fija o provisional notorios criminales de guerra como Aribert Heim (1914-1992), Erich Priebke (1913-2013), Eduard Roschmann (1908-1977) o Ludolf von Alvensleben (1901-1970).



Curiosamente el caso de Argentina y luego las redes que desde allí diseminaron por Paraguay u otros países de la zona a esa escoria humana es relativamente conocido en España. Pero sin embargo la población española parece ignorar el papel jugado por el propio Estado español ocultando y protegiendo a múltiples personajes de parecido calado. Aunque hoy no me extenderé sobre esa desoladora cuestión.

Lo cierto es que en casi toda Europa y muy especialmente en Alemania occidental el grueso de la sociedad jamás fue desnazificado y por tanto la inmensa mayoría de los cientos de miles de maestros, profesores universitarios, periodistas, fiscales, jueces, policías o funcionarios de aduanas que habían servido fielmente las directrices nazis sin hacerse preguntas (no solo porque cumplían órdenes o tenían miedo sino en muchos casos también porque en su intimidad ellos pensaban de forma muy parecida a Hitler) jamás tuvieron problema alguno tras la guerra. Todas esas personas pasado un tiempo y finalizado el caos de la postguerra simple y llanamente se reintegraron a la vida civil, se corrió un tupido velo sobre el asunto y durante los siguientes décadas Alemania occidental se dedicó a reindustrializarse, a olvidar, y a la vez a construir bonitos monumentos para recordar a los judíos muertos y que así nadie dudase del sincero arrepentimiento de todo el mundo por “lo” que había pasado.

Igual que ocurrió en Italia y muy especialmente Japón. Ese país tan simpático. 

Segunda idea: aunque parezca un contrasentido lo cierto es que nada impide ser un idiota y a la vez un reputado científico o intelectual.  

A mi juicio una de las más erróneas impresiones que se han transmitido sobre la Historia del s. XX, no está claro si por desconocimiento, incomodidad, miedo, o corrección política, es la idea de que el movimiento nazi estaba compuesto por una maraña de idiotas e iluminados aglutinados en torno a una ideología ridícula mezcla de exoterismo y racismo y concentrada esencialmente en un único libro escrito precisamente por Adolf Hitler el cual, casi en solitario, no sabemos cómo, logró prácticamente hipnotizar/aterrorizar a buena parte de la sociedad de su época para que compartieran o al menos tolerasen sus puntos de vista.

En el peor de los casos la simplificación anterior es una estupidez conveniente para muchos. En el mejor lo anterior es cierto y sin embargo no resume toda la verdad.

   Es un hecho que el núcleo del discurso nazi se asentaba sobre múltiples elementos irracionales. Pero no es menos cierto que el movimiento nazi en particular, y la ideología fascista del período de entreguerras en general, contó con el apoyo entusiasta, o al menos la aquiescencia pasiva, de una parte significativa de los mejores pensadores de su época. Algunos por miedo, otros por conveniencia y muchos (y esto es lo más aterrador e incómodo) por puro convencimiento, contribuyeron a prestigiar y difundir el pensamiento nazi y fascista entre buena parte de la población de sus países, incluso entre las clases sociales más ilustradas entre las cuales ese tipo de ideología tuvo bastante éxito. De hecho el totalitarismo fascista en general y el nazismo en particular antes que movimientos difundidos entre pobres campesinos y obreros analfabetos fueron más bien corrientes sostenidas por las clases medias urbanas del período. Aunque hoy nos pueda parecer inexplicable el fascismo y el nazismo gozaron de un importante apoyo entre profesores, abogados, pequeños comerciantes, grandes empresarios, e incluso entre estudiantes, médicos e investigadores de diverso tipo. O bien entre sus familias. Este último fue el caso de Elisabeth Nietzsche (1846-1935), hermana del conocido filósofo y una antisemita radical que en virtud de ello fomentó la explotación del prestigio y la obra de su fallecido hermano por parte del movimiento nazi.

Es decir buena parte de las personas más educadas de los años 20 y 30 compartían las ideas de Hitler o Mussolini, sino en su totalidad al menos sí en muchos de sus aspectos, esos que hoy juzgamos ridículos pero que por entonces eran considerados "modernos".

A fin de cuentas el pensamiento xenófobo y racista que se extendió por Europa en el período de entreguerras podía citar para entonces una buena ristra de referencias previas consideradas totalmente “honorables” por entonces.

Fue un francés, sí ¡un francés¡, Joseph Arthur conde de Gobineau (1816-1882), un pacífico y ejemplar diplomático y novelista, uno de los primeros en desarrollar a mediados del s. XIX la teoría de una raza aria superior en su Essai sur l'inégalité des races humaines.

Es más, en los años de la Guerra de Secesión estadounidense sus trabajos fueron calurosamente acogidos en dicho país por supremacistas blancos partidarios de mantener la esclavitud.

Y saben ustedes ¿quién fue uno de los padres fundadores de la eugenesia como campo “científico”?, pues nada menos que un británico, en concreto  Sir Francis Galton (1822-1911) quien para más señas era primo de Charles Darwin y contó con la entusiasta ayuda de tres de los hijos de Darwin en la difusión de su movimiento.

Francis pensó en aplicar la selección artificial entre seres humanos para mejorar la "raza" y aunque muchos años después el empleo por parte de los nazis de la eugenesia hasta límites de la limpieza étnica desprestigió para siempre esta corriente convirtiéndola en tabú no conviene olvidarnos que entre finales del s. XIX y los años 30 aproximadamente contó con un enorme prestigio y el apoyo de buena parte de la comunidad académica de varios países, anglosajones y escandinavos sobre todo, a través de personalidades como el zoólogo Walter Weldon (1860-1906), el prominente matemático Karl Pearson (1857-1936), o el prestigioso médico sueco Herman Bernhard Lundborg (1868-1943).

Concretamente en los EE.UU. el movimiento ganó mucho impulso gracias a los esfuerzos de personalidades como la del inventor (más bien estafador) británico Alexander Graham Bell (1847-1922), el abogado Madison Grant (1865-1937), el biólogo Charles Benedict Davenport (1866-1944), o el psicólogo Henry Herbert Goddard (1866-1957), por cierto uno de los causantes de la obsesión de diversas instituciones estadounidenses por los test de inteligencia la cual llega a la actualidad.


Es así como ya en 1896 a lo largo de los EE.UU. se empezaron a aprobar leyes sobre el matrimonio basadas en criterios eugenésicos, prohibiendo casarse a cualquiera que fuese "epiléptico, imbécil o débil mental". De ahí se pasó a la esterilización forzosa de los “imbéciles”, la cual se mantuvo en vigor buena parte del siglo XX en diversos Estados de la Unión. Así la Corte Suprema de los EE.UU. sentenció en 1927 que el Estado de Virginia podía esterilizar a los considerados “no aptos” iniciándose un período que llegó hasta ¡¡1963¡¡ en el cual se practicaron bajo dichas leyes eugenésicas más de 60.000 esterilizaciones forzosas, incluso en regiones del país tan pujantes y aparentemente llenas de población educada como California.


De tal forma cuando tras su derrota algunos dirigentes nazis fueron juzgados por llevar a cabo esterilizaciones masivas citaron la legislación estadounidense como una de sus inspiraciones. 

De hecho en los años previos a la II Guerra Mundial leyes parecidas habían estado algún tiempo en vigor en la propia Gran Bretaña, Suiza, Dinamarca, Canadá o Suecia. La diferencia con los nazis era sobre todo cuantitativa ya que en Alemania se practicó la esterilización forzosa a casi medio millón de personas, es decir a gran escala. Además el blanco favorito de la legislación en esos países habían sido las personas declaradas “deficientes mentales” mientras que en el caso de la Alemania nazi se esterilizó también a otro tipo de colectivos.

Pero, insisto en el incómodo y aterrador dato, durante la primera mitad del s. XX la eugenesia fue vista como algo “progresista” por diversos científicos prestigiosos y reconocidos de los países más educados y ricos de la época. Entre ellos el hoy ídolo hípster Nikola Tesla. Mientras que en Inglaterra este tipo de ideas fueron defendidas por personalidades tan cultas y variadas como John Maynard Keynes o George Bernard Shaw; y hasta H.G. Wells o un joven Winston Churchill llegaron a coquetear con ellas.


Es a través de las opiniones de toda esa gente y de múltiples publicaciones al servicio de los intereses imperialistas del período como se asentó entre la opinión pública de muchos países, entre ellos Alemania, contemplar como algo más o menos normal la idea de que el mundo es un lugar dividido entre sociedades “superiores” y otras “inferiores” (a fin de cuentas cualquier súbdito británico de la época pensaba exactamente eso de la población de sus colonias en la India o Kenia), que existen razas humanas (algo de lo que estaba convencida buena parte de la población de los EE.UU.), que las fronteras entre las sociedades corresponden o deberían corresponder a su vez a límites raciales y que, por pura lógica no tiene sentido ayudar a reproducirse a los individuos “débiles” o “defectuosos”, por lo cual lo mejor sería por ejemplo esterilizar a individuos con malformaciones o déficits cognitivos y otros problemas, cuando no poner directamente fin a su existencia lo más rápidamente posible.

Pasemos ahora a otros campos del pensamiento. Da la casualidad que la Geografía como disciplina científica básicamente nació en Alemania de la mano de pensadores como Alexander von Humboldt (1769-1859) y Carl Ritter (1779-1859). Es así como a principios del s. XX una de las principales escuelas de pensamiento geográfico era el llamado “ambientalismo” determinista germano desarrollado por Friedrich Ratzel (1844-1904) aún hoy considerado como uno de los padres de la rama de la Geografía humana académica, lo cual es cierto, igual que lo es el hecho de que también fue uno de los padres de ideas como el concepto de “espacio vital” o Lebensraum.

A todos los anteriores habría que sumar además a Walter Christaller (1893-1969), otra de las vacas sagradas de la ciencia geográfica, conocido por ser el creador de la "teoría de los lugares centrales", el cual durante la II Guerra Mundial puso sus teorías y su talento al servicio de la reconfiguración de la Polonia ocupada, aunque tras el final del conflicto cambió sin problemas de camisa para pasarse al partido comunista y hacer olvidar sus relaciones con un tal Himmler en los años previos.

  De hecho durante la primera mitad del s. XX también algunas de las principales escuelas y líneas de pensamiento teórico en el campo de lo que hoy conocemos como Geopolítica estaban integradas por pensadores alemanes o escandinavos, caso del político y pensador sueco Johan Rudolf Kjellén (1864-1922) o el alemán Karl Ernst Haushofer (1869-1946) de quien por cierto fue alumno y amigo Rudolf Hess. Estos pensadores, considerados punteros en su época y que aún hoy aparecen inevitablemente en las historias de sus respectivas disciplinas ocupando un espacio preeminente, ayudaron a conceptualizar y difundir entre muchos de sus alumnos universitarios y entre las clases educadas del período diversos conceptos un tanto problemáticos sobre los que hoy esos mismos manuales pasan de puntillas, por ejemplo la articulación de los conceptos de  Reich y Volk para dar lugar a la idea de Estado-nación como una comunidad militarizada uniforme racialmente.

Igual que ocurre en cierta manera con el italiano Vilfredo Pareto uno de los padres de la teoría económica moderna, quien saludó de forma entusiasta la llegada de Mussolini al poder en su país. De la misma manera que hicieron muchos otros pensadores italianos de primer nivel en aquel momento, como el poeta Gabriele D´Annunzio o el también poeta y editor Filippo Tommaso Marinetti padre del movimiento Futurista, una de las más importantes vanguardias artísticas de la época.

   Nos hemos olvidado de que el fascismo o el nazismo no consistieron solo en unos pocos líderes estrafalarios que hoy monopolizan los papeles de villano en las películas de Spieldberg, sino que en su momento, por detrás de esa fachada rocambolesca de personalidades psicopáticas embutidas en uniformes, buena parte de los principales cerebros de Europa apoyaron dichos movimientos y sus ideas. A veces por conveniencia otras veces con plena satisfacción y conocimiento de causa. Y, lo que es más, buena parte de los que no lo hicieron en realidad se debió a que apoyaban por entonces a un tipo llamado Josef Stalin. 

   Pero esto al parecer lo hemos sepultado convenientemente en el olvido.  

¿Cómo fue posible algo así?, es decir, ¿cómo fue posible qué gente supuestamente inteligente se dejase seducir por el mal?.

Veréis. A mi modo de ver comencé a hacerme adulto no cuando perdí mi virginidad sexual sino más bien el día que descubrí que el mundo, la sociedad, no es justa, no es meritocrática, que dicha idea complaciente es una mentira y que en realidad es perfectamente posible ser estúpido y alcanzar el éxito, la felicidad o una posición de mando y responsabilidad. Bueno, de hecho no solo es posible sino incluso frecuente en según qué países, ámbitos y períodos.


Luego, con el tiempo, una vez asimilado lo anterior, me resultó quizás más fácil asumir la siguiente verdad incómoda. Esa segunda verdad incómoda es el hecho de que ser culto y ser inteligente o buena persona no son cosas tan relacionadas como cabría esperar. Resulta perfectamente posible ser un experto en una materia o un intelectual reconocido en un campo y a la vez un perfecto idiota no solo como ser humano sino incluso como pensador propiamente dicho. Con esto quiero decir que el acumular amplios conocimientos sobre un tema, o poseer cierta capacidad crítica en el ámbito de una determinada materia de estudio, no asegura para nada el que esa característica se de en otros campos del saber y, por extensión, de la vida. 

  Al final el mundo está lleno de sagaces nanotecnólogos, competentes arquitectos o creativos escritores que creen en los horóscopos, las abducciones extraterrestres, las dietas-milagro, el Feng Shui, o la homeopatía, que son miembros del Opus Dei, o la Iglesia de la Cienciología, quizás votan en secreto a partidos políticos nauseabundos y compatibilizan ser innovadores y críticos en una disciplina académica muy concreta con el hecho de ser padres y esposos penosos, o poseer en la cabeza un mejunje de ideas absurdas sobre historia, política o religión. Esto por hiriente que parezca no es una mera opinión personal, la historia de la cultura muestra que es un hecho. Lo que es una opinión personal, ya que no existe un listado definitivo o una medición estadística, es la impresión de que lo anterior no solo es posible sino, contra toda lógica, es incluso frecuente, sobre todo en períodos de guerra o crisis social. Por supuesto la educación protege contra las ideas absurdas, nos hace menos expuestos a ellas que una persona analfabeta, pero ni mucho menos inmuniza, como teóricamente debería ocurrir. 

De tal forma en el presente muchos políticos corruptos y muchas ideas injustas reciben cada día el apoyo público de múltiples pensadores, académicos o literatos, así como de muchos artistas. Y tal como ocurre en nuestro tiempo así ocurrió con el fascismo o el movimiento nazi. Lo que sucede es que por un misterioso hechizo y de cara a una explicación de la historia más digerible y simplificada en cierta medida ese aterrador dato ha caído en un conveniente olvido. 

Idea tres: había un señor en una jaula.

Resumiendo. Tras al final de la II Guerra Mundial muchos criminales comprometidos con el movimiento nazi jamás fueron perseguidos o castigados por lo anterior. Asimismo, el fascismo y el movimiento nazi contaron con el entusiasta apoyo o al menos la simpatía de muchas respetadas figuras intelectuales y académicas de su tiempo.

Y aquí llega mi pequeña contribución. Si sumamos las dos ideas anteriores eso nos lleva a una inevitable consecuencia lógica.

A saber. Si entre los espías o los militares al servicio del totalitarismo en Europa durante los años de entreguerras la inmensa mayoría jamás sufrió represalias. Si en Europa los cientos de miles de personas que un día habían delatado a una familia de judíos, otro día contribuido a condenar o detener a un disidente y a su mujer y otro día habían participado o simplemente cerrado los ojos ante la ejecución de un “enemigo del Estado” apenas tuvieron problemas, podéis imaginaros lo que sucedió con todo el aparato puramente intelectual del totalitarismo de derechas. Toda esa gente elegante, vestida con buenos trajes, todos esos individuos educados y de excelentes modales que “únicamente” habían escrito mentiras en los periódicos locales, trabajado en las escuelas enseñando odio racial y una historia manipulada, que durante años se habían ocupado de purgar bibliotecas y museos a la vez que editaban libros con ideas muy cuestionables, habían regentado clínicas donde se practicaba la “eutanasia” a enfermos, "inadaptados sociales" y personas con problemas mentales, o simplemente se dedicaron durante años a soltar sandeces desde sus púlpitos en las universidades.

El hecho es que a la inmensa mayoría de todas esas personas jamás les ocurrió nada. Igual que a muchos artistas y científicos que pusieron sus habilidades al servicio del totalitarismo, el racismo o la xenofobia. En el nuevo contexto de la “Guerra Fría” todos ellos simplemente siguieron en sus puestos o adelante con sus carreras tras refugiarse durante algunos años en un discreto segundo plano. Luego, pasado el tiempo, en el mejor de los casos, esos individuos lamentables sepultaron en el olvido sus ideas y, en el peor, simplemente continuaron difundiéndolas en la intimidad entre sus hijos o allegados.

De todo el aparato cultural, artístico y científico que había apoyado el ascenso y luego la consolidación del fascismo en Europa se purgó solo a las cabezas más visibles, pero no por ello las más destacadas. Básicamente en Alemania normalmente se citan los ejemplos de Julius Streicher (quien fue ejecutado, al margen de por su antisemitismo evidente y criminal, por el simbólico hecho de ser el cabecilla del movimiento nazi en Nuremberg y alrededores), Alfred Rosenberg (el muchas veces caracterizado como “principal ideólogo del nazismo” cuando era un pobre idiota que ni siquiera caía bien dentro del propio NSDAP) o Leni Riefenstahl, quien más que nada sufrió descrédito profesional. 

Al margen de los anteriores tal vez el caso más destacado de represalia fue el del poeta Ezra Pound (1885-1972), muy conocido y prestigioso por haber sido descubridor, amigo y editor de gente como T.S. Eliot, James Joyce o Ernst Hemingway, pero que sin embargo apoyó de forma entusiasta al régimen de Mussolini durante la guerra. Así pues al final de la misma fue procesado por traidor y encerrado en un psiquiátrico durante doce años tras los cuales básicamente se le permitió recuperar su vida. Con el tiempo recibió diversos honores y premios literarios aunque acabó sus días convertido en una figura “controvertida”.

Pero, más allá de esas pocas personalidades que se usaron como cabezas de turco, simplemente se decidió ignorar la cuestión.

A lo anterior ayudó que en los países de Europa occidental, habida cuenta de la nueva lucha que se aproximaba contra el comunismo (y la abundancia de intelectuales que simpatizaban con la URSS de Stalin o la China de Mao en la Europa de entonces), se percibía que serían necesarios los pensadores anticomunistas convencidos y no se podía negar que toda esa gente de ideas racistas o ultraconservadoras lo eran.  

Es así como se forjó el pacto de silencio entre las potencias aliadas y los científicos, artistas, académicos, escritores e intelectuales varios que habían apoyado a los nazis y al fascismo. Un pacto con el diablo que con el tiempo, insisto, se ha beneficiado del olvido colectivo.

Por eso recordemos que en Francia durante los años de la ocupación abundaron los intelectuales colaboracionistas como los prestigiosos escritores Charles Maurras (1868-1952) y Louis-Ferdinand Céline (1894-1961), conocido por sus ideas antisemitas. Lo cual tiene gracia porque luego el que sí resultó ejecutado fue el periodista y escritor Robert Brasillach, básicamente por hacer y decir lo mismo que los anteriores pero siendo mucho menos famoso.  

Por su parte el celebérrimo arquitecto Le Corbusier (1887-1965), imprescindible en toda historia de la arquitectura que se precie, no solo simpatizó abiertamente con el fascismo mussoliniano sino que durante los años 20 también formó parte del círculo de Georges Valois fundador del primer partido fascista francés. Todo ello a la vez que frecuentaba ambientes de la patronal de ultraderecha gala, algo que le llevó años después a colaborar abiertamente con el régimen de Vichy. Pero nada de eso le causó ningún problema con el final de la ocupación (al contrario le llovieron los encargos). De hecho en muchos manuales y biografías esos pecadillos de su pasado destacan por la ausencia de toda mención a los mismos. Algo parecido a lo que ocurre con el inventor italiano Guglielmo Marconi quien durante los últimos catorce años de su vida apoyó de forma entusiasta el movimiento fascista italiano.

En el caso francés también convendría revisar el papel jugado por otro tipo de personalidades que salieron muy bien paradas de sus actividades durante los años 30 y 40, como una tal “Coco” Chanel o un químico de nombre Eugène Schueller (1887-1957) que os será más conocido si digo que fue el fundador de la marca L ´Oréal, actualmente la compañía de cosméticos más grande del mundo. 

En el campo del espectáculo y el entretenimiento los nazis encontraron apoyos variopintos. Por ejemplo, durante los años cuarenta, Josep Andreu i Lasserre, el que con el tiempo sería conocido como el entrañable payaso catalán “Charlie Rivel” (1896-1983). Un caso prácticamente igual de sorprendente al del dibujante belga Hergé (1907-1983), creador de Tintín, muy próximo al movimiento rexista (el movimiento homólogo al fascismo en Bélgica) en su juventud y que inició su carrera dibujando historietas para revistas antisemitas y ultracatólicas. Otro ejemplo aún más claro es el del famoso escritor George Simenon (1903-1989), creador entre otros del inspector Maigret. Simenon también simpatizó con los nazis debido a su antisemitismo, en su caso un rasgo de familia ya que su hermano Christian colaboró con las SS y participó en crímenes de guerra asesinando a civiles como represalia por acciones de resistencia contra la ocupación nazi. 

Terminada la guerra Simenon se refugió en España como muchos otros nazis y filonazis mientras su hermano se alistaba en la Legión Francesa para combatir en Indochina y hacerse olvidar. Su hermano acabó muerto pero Simenon, después de unos años de exilio autoimpuesto en Norteamérica, logró que se olvidaran sus pecados de antaño. Con el tiempo fue nombrado miembro de la Real Academia belga, recibió la Legión de Honor y acabó muriendo rico, admirado y famoso, coleccionando esposas y amantes, catolicísimo como era.

Volviendo a Alemania también muchos pensadores que habían apoyado activamente el nazismo y lo habían nutrido con sus ideas, sus publicaciones o con su esfuerzo, lograron hábilmente hacerse olvidar y no solo eso sino también en muchos casos seguir enseñando y forjando nuevos discípulos. Un ejemplo perfecto es el de Hans Friedrich Karl Günther (1891-1968) un influyente académico que había forjado su carrera en el marco de la “investigación racial”, obtenido numerosos honores del Reich y figuraba entre los pensadores de cabecera de Hitler, pero que salió bastante bien parado de los juicios de postguerra pese a sufrir un período de tres años de detención. Tras eso recibió el apoyo de la Universidad de Friburgo y pudo seguir enseñando y publicando libros donde negaba el Holocausto o defendía la esterilización de grupos de población y otras medidas eugenésicas en plenos años 50 sin sufrir el menor contratiempo.

Algo parecido puede decirse de la relativa buena prensa que lograron agenciarse diversos zoólogos y etnólogos bastante sospechosos pese a que habían medrado en la Alemania de los años 30, caso del explorador Ernst Schäfer (1910-1992) o el antropólogo Bruno Beger (1911-2009).

Asimismo, merced a las aficiones melómanas de diversos jerarcas nazis, no deberíamos olvidar la simpatía que despertó durante algún tiempo el partido nazi en el mundo de la ópera o entre reputados directores de orquesta alemanas y austríacos del período. A su vez, en el campo de la arquitectura pocos recuerdan que Mies van der Rohe (1886-1969) contemporizó con el nazismo más o menos hasta 1937 cuando le surgieron mejores oportunidades económicas, y más seguras, en los EE.UU.

Y desde luego tiene gracia que casi todo el mundo se preste a olvidar milagrosamente que quien fue según muchos manuales de filosofía uno de los principales pensadores del s. XX, el filósofo Martin Heidegger (1889-1976), colaboró activamente con el nazismo durante muchos años expurgando de judíos su universidad por ejemplo. Igual que no de los principales físicos de ese siglo, el Premio Nobel Werner Heisenberg (1901-1976). Claro está, durante la inmediata postguerra en base a su prestigio ninguno de ellos fue demasiado molestado por esos pequeños baches en su biografía y con el tiempo todo se olvida. 

  Pero es que existen casos verdaderamente sangrantes como el de los neuropatólogos Hugo Spatz (1888-1969) y Julius Hallervorden (1882-1965), en cuyo laboratorio se formaron numerosos médicos luego responsables de campos de exterminio, y que asimismo publicaron numerosos artículos en base al análisis de cerebros de niños y adolescentes asesinados en el marco de los programas eugenésicos nazis, en ocasiones bajo su supervisión directa. Por increíble que parezca nada de lo anterior impidió que tras la guerra ambos personajes pasaran a formar parte de la plantilla del prestigioso instituto Max Planck de Frankfurt. Hallervorden incluso recibió un doctorado honorario por sus trabajos mientras un discípulo de Spatz de nombre Richard Lindenberg (1911-1992) se benefició del programa Overcast/Paperclip para instalarse cómodamente en los EE.UU.

Igual de incómodo resulta el caso de Hubertus Strughold (1898-1986) uno de los “padres de la medicina espacial” de cuyos conocimientos sobre la resistencia humana a la aceleración y otros detalles útiles para programar vuelos se beneficiaron agencias como la NASA (debido a lo cual no solo fue “protegido” en los EE.UU. sino que fue colmado de honores en dicho país durante décadas) sin preocuparse demasiado de que esos conocimientos hubieran sido adquiridos durante la guerra a través de la experimentación con niños epilépticos y presos de Dachau a los que sometía a operaciones sin anestesia, inmersión en agua helada, privación de oxígeno o la exposición a todo tipo de situaciones dentro de cámaras de aire presurizadas de cara a explorar con sus cuerpos los límites de la resistencia humana. 

Por no hablar del químico Otto Ambros (1901-1990) involucrado en el desarrollo de gases venenosos que luego probó con presos de Auschwitz. Sus “valiosos” conocimientos le sirvieron para obtener una leve condena tras la guerra y luego reintegrarse exitosamente en el mundo académico y empresarial como consejero de diversas compañías del sector químico y también del Ejército estadounidense a tiempo parcial.

Otro químico que se salvó de asumir sus responsabilidades por experimentar con gases tóxicos en humanos durante la guerra gracias a la intervención de los EE.UU. fue Kurt Blome (1894-1969). En su caso igual que Ambros se supone que tal fortuna tuvo mucho que ver con el hecho de que gracias a sus conocimientos los EE.UU. comenzaron a poner al día sus programas de armamento químico, campo en el que por entonces se encontraban muy “atrasados” debido a razones obvias.

Lo mismo que ocurrió con parte del equipo de médicos y biólogos que habían puesto en marcha el embrionario programa japonés de guerra bacteriológica durante los años 30 y primeros 40. Es así como gente de la dudosa catadura moral de Masaji Kitano (1894-1986) o el tristemente célebre Shiro Ishii (1892-1959) no solo se libraron de una más que merecida ejecución por desarrollar patógenos letales y experimentar su uso con humanos, sino que además lograron ser protegidos y mantenidos en el anonimato por el nuevo superpoder estadounidense y luego ayudados a reemprender una exitosa vida normal desempeñando puestos de dirección en hospitales y grandes compañías químicas.

En Italia un ejemplo perfecto de toda esta hipocresía es el caso de Andrea Bottai (1895-1959), famoso escritor y periodista que apoyó el movimiento fascista con todas sus fuerzas y ejerció de propagandista en Italia de una cosa llamada Spazio Vitale, hasta que en torno a 1944 cambiaron las tornas, momento que aprovechó para huir del país. Posteriormente se alistó en la Legión Francesa bajo un nombre falso, de cara a hacerse olvidar, y finalmente regresó a Italia en 1948. En los años siguientes se dedicó a fundar varios periódicos de ideología “conservadora moderada”, entre ellos Il Popolo de Roma, en el que trabajó hasta su muerte, rico y admirado.

Y voy a permitirme un pequeño desahogo. Porque en parte el caso español, en el cual pese a todo no me voy a detener, resulta parecido. Nunca se habla de ello, pero se sabe que muchas élites políticas o empresariales de la España actual en realidad tienen su origen en el Franquismo o incluso el régimen de la Restauración. Es de público dominio que muchos de los que hoy gobiernan ese país moderno y soleado en realidad son los hijos de... y los nietos de... Sin embargo en ese país existe la idea de que de alguna forma eso no ocurre en el panorama cultural o académico. Y no es así. Por ejemplo cuando hace poco estalló ese famoso escándalo del plagio en la Universidad Rey Juan Carlos todos nos fijamos en el tema del  plagio, pero no tanto en el linaje del interfecto, hijo de un prestigioso medievalista que había labrado su carrera, incluso en los años posteriores a la Transición, en parte gracias a sus vínculos con la Fundación Francisco Franco o la Hermandad del Valle de los Caídos. No resulta extraño pues que con semejante currículum el padre fuese admitido en la Real Academia de la Historia, a través de la cual influyó hace unos años en el Diccionario biográfico español, redactando (él que es medievalista) una biografía de Franco un tanto "polémica". 

Estas cosas suceden mucho en ese país, aunque frecuentemente pasan inadvertidas. A veces alguien nota algo "raro" ocurriendo en el tejido de la realidad universitaria o literaria, pero no le da mucha importancia. El problema es que no son cosas "raras" al azar. Creedme, poseen toda una lógica detrás. Una lógica que se remonta en muchos casos a los años en que estaba de moda saludar como los osos polares. 

Si hoy rascáis en el pasado familiar o los vínculos entre patronatos, fundaciones, asociaciones, editoriales... vais a encontrar sorpresas y daros cuenta de en qué medida las élites culturales del período actual tan progresista y democrático sobre el papel son (como no podía ser de otra forma) en parte herederas biológicas, espirituales o administrativas de las élites del pasado. Unas élites que jamás tuvieron que pagar precio alguno por sostener en su día ideas nocivas de las cuales sus herederos hoy abominan... en público. 

Resulta fascinante cómo esa aparente contradicción se ha vuelto invisible para el grueso de la sociedad gracias a un pacto de olvido y silencio (otro más) que se ha revelado como tremendamente eficaz. 

El sentido de la vida.

Como conclusión a este breve ejercicio de memoria histórica que he pretendido llevar a cabo hoy me gustaría solo apuntar un detalle que me han llamado la atención. Quizás se trata de una tontería casual pero no puedo dejar de mencionarlo.

Cuando hacía repaso para ilustrar con nombres concretos la tesis que hoy deseaba plantear resulta que me he encontrado una constante. Casi todos los criminales de guerra, científicos e intelectuales comprometidos con el fascismo que me iba topando vivieron por encima de los setenta años, abundando los casos de personas de ese grupo que superaron los 80 y 90 años. Obviamente es solo una impresión, no he realizado un estudio estadístico, pero entre los que sobrevivieron a la guerra no me he dado de bruces con demasiados individuos que se murieran de un infarto, un cáncer, o un derrame cerebral a los 40 años. Como suele ocurrir en muchas familias de "curritos". No. La mayoría vivieron muchos años, con una salud de hierro, bendecidos con hermosas esposas y muchos hijos. Y además gozaron de fortuna en los negocios, casi ninguno pasó penuria económica alguna. La constante cada vez que se lee sobre los pasos de los últimos criminales nazis de los que se van conociendo detalles es que murieron hace poco a los 70, 80 o 90 años en Argentina, Paraguay, España o Austria, se trataba de ancianos venerables, con una satisfactoria vida familiar, excelentemente considerados en su vecindad y dueños de algún pequeño negocio relativamente lucrativo. 

No se si es una impresión real, si existe una constante ahí, si es un dato significativo. Si es el universo el que quiere decirnos algo o solo soy yo, cansado y cada vez más triste, burlado por un demonio engañador, por mis propios prejuicios, por los fantasmas que me susurran. Pero desde mi particular y ceniciento punto de vista por un momento todo está muy claro. Siempre lo ha estado.

Durante siglos en nuestra cultura se nos ha enseñado a temer a la muerte en base a la posibilidad de que no haya perdón para los pecados. Y no es así, amigos. No es así. El verdadero problema es que en realidad no hay castigo para ellos.