viernes, 29 de mayo de 2020

Camareroooooo...., una de mero

Me encanta leer a Mishima. ¿Quién coño diría eso de que el fascismo se cura leyendo? 
          Karra Elejalde en “El día de mañana 
 
 


Quiero comentar una pequeña cosa al hilo de la actualidad. No me gusta convertir el blog en una tribuna de opinión. Pero de vez en cuando lo hago si pienso que puedo aportar un elemento de reflexión cuya presencia echo de menos en el debate público.  
  
Pues bien, no sé si lo habéis percibido pero en los últimos tiempos ha ido decayendo poco a poco la tradicional reticencia de los deportistas populares en España a la hora de expresar de forma directa y abierta (no solo tácita, como solía ser habitual) sus puntos de vista políticos. Y resulta que al hacerlo es posible darse cuenta de que en la mayoría de los casos tales puntos de vista resultan bastante rancios. De hecho no debe extrañarnos demasiado saber que ellos, como muchos ciudadanos normales, también tienen tales opiniones. A fin de cuentas esa reticencia a posicionarse de la que hablé, habitualmente interpretada como una suerte de neutralidad, en realidad nunca fue tal cosa porque en muchas ocasiones no tomar partido es, de hecho, tomarlo. El deporte de élite ha sido siempre amigo del poder y, salvo en los países comunistas, el poder la mayor parte del tiempo ha sido de tipo conservador.  

Pero el problema es más profundo. Quizás no es un tema que os interesa especialmente, pero en ámbitos académicos se ha debatido ampliamente durante los últimos años sobre dos hechos, quizás relacionados. Por un lado, la crisis del periodismo profesional el cual, con todos sus males, al menos daba cobijo a algunos expertos en la investigación de sucesos, corresponsales especializados que sabían de lo que hablaban tras décadas de experiencia, y tribunas de opinión que al menos intentaban mostrarse neutrales y ricas en datos. Todo ello se ha visto sustituido por la sobreabundancia de información en muchos casos redundante, los clickbaits pergeñados por becarios malpagados, los bulos masivos en redes sociales y en general una caída muy evidente en cuanto a la calidad y profundidad de la información (no así de la cantidad) a la que puede acceder el ciudadano medio ya que han desaparecido, o están en vías de hacerlo, casi todos los intermediarios tradicionales encargados de seleccionar, cribar y explicar las montañas de compleja información que ofrece la realidad.  
  
Por otro lado, todo esto se ha dado al mismo tiempo que la decadencia evidente de la figura del “intelectual” como creador de opinión. Algo que ha ocurrido al mismo tiempo que el ascenso imparable en ingresos o influencia de influencers, youtubers, tertulianos televisivos y demás fauna de indocumentados, en muchos casos personas sin una formación académica mínima que les permita sostener y difundir una opinión realmente sólida e informada sobre temas complejos.  
  
Como digo ante el vacío que ha dejado la progresiva desaparición del intelectual clásico de la escena pública, las redes sociales y una variada amalgama de opinadores amateurs han ocupado en parte el vacío. Pero este proceso en el caso español cuenta con particularidades reseñables que solo se explican a través de nuestra peculiar historia.  
  
A saber. Realmente en España los intelectuales lo han tenido históricamente difícil. En otros países como Francia, más rico y poblado, casi siempre existió un sustrato de clases medias cultas que podían consumir sus ideas. En países más conservadores como Inglaterra muchos pensadores encontraron refugio trabajando al servicio de las élites (élites más cultas y de gustos más refinados que los grupos parasitarios hispanos) deseosas de dotarse de un cierto prestigio como mecenas. Pero en la España contemporánea previa a democratización y la entrada en la UE la pobreza e incultura de la mayor parte de la población (incluidos los propios grupos de privilegiados) hacía muy difícil la creación de un mercado cultural nacional capaz de remunerar a una amplia capa de pensadores progresistas. Pese a ello, casi por milagro (como muchas cosas que ocurren en el Sur de Europa) a principios del s. XX en el páramo patrio eclosionó la Edad de Plata de la cultura hispana en medio de un mundo opresivo de caciquismo, corrupción y conservadurismo propios del régimen de la Restauración. Sin embargo, esa oportunidad se perdió dado que la mayor parte de intelectuales del periodo, así como la mayor parte de los educadores progresistas en España, se comprometieron unos años después, lógicamente, con el régimen republicano. Como consecuencia la implantación del Franquismo significó una involución no ya política sino también educativa e intelectual sin precedentes si comparamos con el desarrollo normal de la escena cultural en el resto de Europa occidental durante la época. En España la implantación de la dictadura de Franco vino acompañada de la purga de miles de maestros, en un país que carecía dramáticamente de mano de obra cualificada para la enseñanza, mientras que las universidades ya de por sí atrasadas y carentes de recursos se convirtieron todavía más en un pozo de amiguismo y de mentes apesebradas.  
  
Mirar la manchita roja y preguntaros por qué está precisamente ahí y no en los Balcanes o el Báltico.

Creo que lo anterior no es algo de cuya magnitud se es realmente consciente. Se menciona como frase hecha, pero creo que, cegado por la cuestión más visible de la represión violenta, el ciudadano común en España no reflexiona sobre lo que todo eso significó social e históricamente. Tenéis por ejemplo algunos libros de Gregorio Morán que tocan la cuestión y dibujan por encima el gris panorama cultura de aquellas décadas, pero serían necesarios muchos más trabajos, más profundos.  
  
Para que nos hagamos una idea, mientras en España se instauraba la “ley del silencio” la clasista Gran Bretaña disfrutaba de gente como Bertrand Russell o George Orwell, y periodistas como Gareth Jones, mientras en las escuelas se formaba gente como Carl Sagan. Francia se hartaba de producir generaciones enteras de filósofos humanistas o artistas de vanguardia. Aun reconociendo que muchos de ellos no pasaban de unos perfectos cantamañanas de verbo florido, la riqueza y tamaño de las generaciones de pensadores que luego el país galo presentó ante el mundo en los años 50, 60 o 70 no tienen igual. EE.UU. es un país capaz de elegir presidente a Donald Trump, cierto, pero la riqueza de su contracultura a lo largo del s. XX es algo fuera de toda duda, aunque solo haya tenido impacto entre las clases altas urbanas que viven en las costas del país.  
  
Pero en España, después de décadas de no pensar, con la llegada de la democracia tal era nuestro atraso que mucha gente pensó que ser “moderno” consistía en dejarse melena, maquillarse la cara, vestirse de forma estrafalaria, tomar drogas y decir chorradas que nadie entiende. Y no era eso. Que a finales de los 70 nosotros no pudiésemos comprender lo que decían muchos intelectuales extranjeros del periodo se debía a la mala calidad de nuestra formación educativa y nuestro escaso bagaje cultural, no a que lo que escuchábamos fuesen chorradas sin sentido. La “Movida” fue una inmensa estafa que nos vendió que Fabio McNamara o Paquito Clavel eran la hostia. Y no. No lo eran. Solo desde una profunda ignorancia, o desde el interés político por adocenar a las masas, se puede desarrollar esa impresión.  

El problema es que durante los dos últimos siglos en España (y esto que voy a decir es un hecho histórico y matemático, no una opinión) la derecha más conservadora ha estado en el poder la mayor parte del tiempo (aunque siempre se queja de lo contrario) y esa derecha, al contrario de la derecha liberal de muchos otros países occidentales, siempre ha manifestado un profundo desinterés, cuando no abierto desprecio, por la cultura entendida como capacidad de análisis crítico, interés por la ciencia y la investigación y fascinación con la capacidad para crear expresiones artísticas sorprendentes y complejas.  
  
Y eso ha tenido al final amplias repercusiones hasta en las capas sociales más progresistas. Lo desolador del caso español es que en realidad no solo muchos de los pensadores orgánicos del Franquismo (luego artífices de la Transición) eran en realidad unos indigentes intelectuales con traje. Es que inevitablemente el poder, en su relación dialéctica con sus críticos, tiene la capacidad de infectar a estos últimos de vulgaridad. En el mundo de las ideas tu desarrollo personal se debe en parte a las personas que te educan y también aquellas con las que debates y con las que intercambias ideas. Enfrentarte a grandes villanos te eleva como guerrero. Pero si como héroe te enfrentas durante décadas en un duelo dialéctico y retórico interminable a un villano sacado de una película de Torrente… es posible que acabes por convertirte en una pantomima por muy loables y nobles que resulten tus intenciones y valores. Realmente si comparamos el “pensamiento” de líderes históricos de la izquierda española durante le s.XX, desde Durruti a Carrillo pasando por La Pasionaria el resultado ante nuestros ojos digamos que no está a la altura de los Trotsky o Gramsci que otros países mal que bien produjeron en el mismo periodo. El propio Carrillo en cualquier país normal pasaría por un gris y profundamente vulgar apparatchik con las manos manchadas de sangre. Una nota al pie intrascendente dentro de la gran historia del pensamiento. El respeto que se le profesa aún hoy dentro de la izquierda hispana, incluso dibujándolo como un personaje "carismático", es un testimonio en si mismo de la dramática escasez de materia gris que el país sufrió durante la etapa en que estuvo gobernado por un dictador gallego prácticamente analfabeto funcional y donde las grandes mentes pensantes eran miembros del Opus Dei.  
  
En fin, no quiero extenderme más. En todo Occidente, debido al cambio tecnológico y al contrataque conservador de los últimos años basado en negar la discusión en términos lógicos para así disimular carencias en su linea ideológica, hemos llegado a un punto en que la capacidad de los idiotas o los caraduras para hegemonizar el debate público está sobrepasando con mucho a la de científicos, académicos y pensadores profesionales. Y en España esto es aún más grave porque por razones históricas siempre hemos tenido más toreros que pensadores de calado con predicamento entre las masas. Realmente el debate público diario en España es el de un país sin claros referentes intelectuales, salvo que consideremos como tal a Perez Reverte y su en el fondo profundamente simple visión galdosiana de la sociedad española como conjunto de buenos, viriles y bravos vasallos faltos de buen señor. 

Y, ¿quién ha llenado el vacío surgido? 

En las primeras décadas de la Transición en España fue el mundo del artisteo y la farándula el que se arrogó el papel de tribunos de la plebe, mientras el país intentaba mantener una fachada de aparente modernidad. Actores y cantantes con mejor o peor fortuna intentaron satisfacer un mercado que nuestra raquítica producción de académicos con capacidad divulgativa, o de estadistas dotados de carisma, no podía proveer de manera eficaz. Eso no era óptimo porque, a fin de cuentas y pese a sus buenas intenciones, un Joaquín Sabina o un Javier Bardem dan para lo que dan y no para más. Pero, pese a todo, creo que era una alternativa preferible a que lo hagan los que están empezando a hacerlo últimamente.  
  

¿Qué de quienes hablo? De los deportistas. Porque a fin de cuentas a un actor de teatro o un cantautor se le presuponen unas mínimas lecturas y una cierta comprensión de la realidad cotidiana, pero a un tipo que se dedica a golpear una pelota, levantar pesas o a dar pedales a una bicicleta estática ocho horas al día durante años…. Bueno... no es lo más común que ese tipo de gente albergue una curiosidad intelectual importante (hay excepciones, por supuesto, pero son eso, excepciones). Por ejemplo, durante las últimas semanas gracias al último y excesivamente publicitado documental sobre Michael Jordan mucha gente ha descubierto que ser un hijo de puta egocéntrico y obsesivo ayuda a la hora de lograr el éxito en el deporte de élite. No se de qué se sorprenden. Realmente el deporte de élite está lleno de personas con evidentes problemas para relacionarse con los demás, como Messi o Gareth Bale, muy claras deficiencias educativas, como casi cualquier futbolista andaluz (espero no faltar al respeto, pero es la triste realidad) o egocéntricos incurables como Cristiano Ronaldo o Fernando Alonso. 

Hasta hace algunos años ese tipo de personalidades públicas al menos eran conscientes de sus limitaciones e intentaban no tener que pronunciarse sobre nada. Esas figuras mudas eran usadas por el poder de turno como opio del pueblo y poco más.  
 
Sin embargo, llegados aquí, tengo que autocitarme, con poca modestia y cierto orgullo. OS LO DIJE 
  







El caso es que gracias a las redes sociales muchos de esos personajes que de no ser millonarios no pasarían de ser el tonto del pueblo, de la noche a la mañana descubrieron que existían cientos de miles de personas igual o más tontas que ellos dispuestas a escuchar sus estúpidas opiniones normalmente basadas en informaciones incompletas cuando no directamente la total ignorancia de datos científicos, conocimientos históricos profundos o comprensión de teorías económicas o sociales básicas.  

Las pistas estaban ahí, pero nadie supo verlas. Por ejemplo, hace décadas los deportistas de élite, normalmente hombres, solían casarse con modelos profesionales, adecuadamente guapas, decorativas y carentes de inquietudes intelectuales, o con mujeres normales que aceptaba supeditar toda su vida personal al lucrativo trabajo de su esposo. Triste, pero así es la vida. La mezcla resultante, quizás consciente de sus limitaciones como potenciales líderes sociales, normalmente buscaba la privacidad y alejarse de la exposición mediática. Pero desde hace unos diez años cada vez más deportistas de élite buscan como pareja a influencers o presentadoras de televisión que persiguen justo lo contrario, estimular a sus esposos para que usen su fama de cara a atraer la atención también fuera del plano puramente deportivo con intención de generar más dinero a través del márketing, o por simple ansia obsesiva de atención.  
  
Y una vez comenzado ese proceso, de forma natural, cada vez más deportistas se han ido desinhibiendo a la hora de manifestar su (ridícula) opinión respecto a casi cualquier cosa, y en última instancia a la hora de dar apoyo a movimientos políticos. El problema es que, por pura lógica, una persona que a los dieciocho años posee una cuenta corriente con varios millones de euros normalmente no tiene tiempo (ni aptitudes, ni motivación) para estudiar porque se dedica obsesivamente a la actividad física y vive rodeado de una auténtica corte de entrenadores, familiares parásitos, groupies, abogados y "representantes". Y en esa tesitura probablemente tampoco está en contacto con la realidad normal de las clases sociales afectadas por los problemas más comunes. De ahí que la mayor parte de deportistas de élite en casi todos los países manifiesten una tendencia clara hacia las políticas de corte conservador. Sería lógico que personas que quizás salieron de la pobreza mostraran menos egoísmo, pero la realidad es que la mayor parte de deportistas, independientemente de sus orígenes, una vez que se encuentran viviendo en una mansión rodeados de una montaña de dinero, suelen desarrollar una serie de obsesiones bastante características, salvo honrosas excepciones.  
  
Por ejemplo, en el caso de un país como Brasil en el último proceso electoral y contra toda lógica (salvo si tus preocupaciones como nuevo rico se reducen a pagar los menos impuestos posibles y que el Gobierno ponga a muchos policías a proteger tus mansiones) la mayor parte de deportistas, sobre todo futbolistas de orígenes humildes y aparentemente simpáticos como Rivaldo, Cafú o Ronaldinho apoyaron activamente y en masa a esa especie de parodia de un fascista que es Jair Bolsonaro. Y es algo que viene de lejos porque históricamente los deportistas de ese país, desde los pilotos de F-1 a los futbolistas populares como Romario o Bebeto, han sido siempre partidarios, como mínimo, de opciones políticas de centro-derecha, salvo excepciones como el Corinthians de los primeros 80 aglutinado en torno a Sócrates. En EE.UU. la NFL, la competición deportiva más popular del país es claramente pro Trump. Y en general esa tendencia proestablisment conservador que se detecta en el mundo del deporte de élite es algo que se repite en casi todos los países.  
  

En España durante los últimos días ha estallado la ira de los deportistas de élite contra el Gobierno. No seré yo quien defienda al actual Gobierno o su actuación durante la crisis sanitaria del coronavirus (en general visto desde fuera, desde un país donde el coronavirus apenas ha tenido ningúna incidencia tras adoptar medidas para nada exigentes pero muy a tiempo, creo que en España se cometieron múltiples errores, quizás forzados por las circunstancias, quizá no). La cuestión sin embargo es por qué todas estas personas famosas que ahora manifiestan públicamente sus críticas al Gobierno en cambio no han mostrado igualmente inquietudes sociales y virulencia frente a otros muchos problemas de similar o mayor calado social que se han producido en España durante los últimos veinte años y bajo la responsabilidad de gobiernos de diferente color político.   

Pero claro a mí que soy mal pensado eso no me parece tan extraño en un país donde, por ejemplo, el presidente de la Liga de Fútbol Profesional, Javier Tebas, fue militante de Fuerza Nueva y en múltiples entrevistas ha declarado sus preferencias por la extrema derecha. O donde no se suspenden los partidos o se expedienta a los clubes por insultos homófobos o racistas, pero si se imponen sanciones por insultos hacia un jugador ucraniano con evidentes vínculos con grupos paramilitares filonazis.  
  
Puestos a repartir equitativamente hay que recordar también el silencio cómplice de la inmensa mayoría de deportistas vascos durante los años trágicos de ETA, o las declaraciones de deportistas millonarios que se sienten profundamente catalanes, como Pep Guardiola o Xavi Hernández, y a la vez que aseguran vivir un infierno de opresión en España defienden las maravillas de las teocracias feudales del Golfo Pérsico que les pagan suculentos contratos. Y con esto no quiero meterme en cuestiones concretas sobre el debate en torno al derecho a la autodeterminación simplemente resalto la hipocresía/cinismo/incoherencia de semejante visión del mundo teñida del más profundo relativismo (un ejemplo de algo similar desde un punto de vista opuesto sería el de Fernando Verdasco, rancio patriota centralista que vive en Qatar y en los últimos tiempos también se ha dedicado a criticar la "opresión izquierdista" en España).  

Con honrosas excepciones (que normalmente lo han pagado caro) el deporte de élite está lleno de gente bastante limitada intelectualmente (por mucho que algunos se desenvuelvan con soltura ante los medios) de tendencias mayoritariamente muy conservadoras o ideas directamente delirantes. Dejar que se conviertan en líderes de opinión y guías sociales de la juventud es evidente que no ha contribuido como se esperaba a difundir valores morales sanos entre esa misma juventud (creedme que como profesor no considero nada inteligente la obsesión de muchos por usar a los deportistas de élite como ejemplo de comportamiento) y a medio plazo amenaza dotar a los movimientos de derecha, por razones lógicas históricamente faltos de apoyos entre gente del mundo de las humanidades o el arte, de un eficaz elemento propagandístico y publicitario a través del que dotarse de un toque de glamour y una apariencia de normalidad que en realidad por su propia naturaleza ideológica ese tipo de pensamiento no debería poseer. 

Avisados estáis.   

sábado, 9 de mayo de 2020

Los caminos del señor son inescrutables


No debo tener miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí, y cuando haya pasado giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo”

Frank Herbert, "Dune".




Sin ánimo de resultar cansino voy a relataros otra historia en parte relacionada con mi última entrada en la que señalaba que las tasas de mortalidad por coronavirus en el Este de Europa están siendo, por ahora y pese al baile de cifras, extrañamente bajas en comparación con países ricos dotados de sistemas de salud pública teóricamente mucho mejores. La razón simplemente no está clara y quizás se puede relacionar con el diferente grado de integración global de sus economías, con pautas sociales, motivos culturales, una combinación de todos los factores anteriores sumados a alguna otra cosa, o vaya usted a saber. Pero, claro, ese vaya usted a saber es algo que a mi, como analista social aficionado, me resulta fascinante.

El caso es que durante las últimas semanas mis amigos en España me han expliado historias increíbles sobre cómo la gente se pasaba a lo mejor una hora desinfectando la ropa y los productos del supermercado después de hacer la compra. Y más cosas así. Todo ello por miedo a contagiarse del coronavirus.

Pues bien, con eso en mente os voy a contar una anécdota que me parece curiosa.

Aunque yo no he llegado a ver personalmente una, sí que he visto muchas fotografías de las famosas máquinas dispensadoras de “agua carbonatada” que empezaron a distribuirse por lugares públicos de la URSS a partir de los años 30 y se hicieron muy populares a partir de los años 60. 

Eran máquinas que funcionaban desde mayo hasta octubre más o menos y que a cambio de 1 o 3 kopecks (lo que vendrían a ser unos pocos céntimos de euro) permitían beber un sustituto soviético de los refrescos por entonces populares en el mundo occidental.

Lo interesante de estas máquinas es que no vendían latas ni botellas. Supongo que eso hubiese supuesto demasiada demanda para la mal equipada industria de bienes de consumo soviética, así que los aparatos en cuestión se limitaban a abrir un pequeño grifo y verter algo de líquido. Pero el líquido no se bebía de forma directa como en una pequeña fuente pública y tampoco en vasos de plástico sino que cada máquina venía acompañada de uno o dos vasos de cristal que se usaban para beber.

Es decir TODAS las personas que bebían de la misma máquina usaba EL MISMO vaso de cristal para beber y después lo volvían a poner en la máquina. Las precauciones higiénicas eran dos. Por un lado al volver a dejar el vaso en la máquina, si éste se posicionaba correctamente en un lugar determinado y se pulsaba varias veces un determinado botón, entonces salía algo de agua para limpiarlo al menos un poco. Además, en teoría, diversos operarios lavaban (ni siquiera cambiaban) los vasos cada cierto tiempo (días o semanas, según) usando agua caliente. Por último a veces algunas personas usaban su propio vaso, pero dado que no resultaba práctico en pleno verano salir de casa equipado con un vaso, dicho hábito solía reducirse a los vecinos del lugar donde se encontraba la máquina de turno.



Imaginar la situación. Máquinas dispensadoras en lugares públicos concurridos donde la gente hacía cola esperando y luego se apelotonaba para beber del mismo vaso. Cada máquina era usada por miles de personas. Unas detrás de otras. Una y otra vez. Durante meses. A la luz de lo que hoy sabemos se trataba sin duda del vector de contagio perfecto no solo para virus respiratorios sino para enfermedades como la hepatitis. Y sin embargo en toda la historia del sistema soviético las grandes epidemias y los contagios colectivos, si bien existieron, no fueron ni de lejos el principal problema y por sorprendente que pueda parecer no hay constancia de que estuviesen relacionados con los populares dispensadores públicos de bebida.

Podéis pensar que tal vez hubo grandes contagios y el sistema los ocultó, pero hoy conocemos relativamente bien la historia de periodo gracias a que en los años 90, en pleno caos en Rusia, muchos investigadores extranjeros pudieron acceder a todo tipo de archivos y documentos. Por ello, y por el interés que el período soviético ha despertado durante décadas entre historiadores y periodistas, es posible que conozcamos los entresijos del período mejor que muchos detalles pertenecientes a la historia de otros países a cuyos archivos resulta bastante difícil acceder, me viene a la mente el caso de la España franquista (vaya usted al Ministerio a consultar sobre los sucesos de Palomares y a pedir registros de los posibles estudios médicos realizados por el ejército a la población de la zona durante los años siguientes, a ver qué le dicen).

De tal forma sabemos que la URSS fue afectada por una fuerte epidemia de gripe en 1977, en aquel caso dicha pandemia alcanzó sobre todo a gente joven, pero quizás menos de lo que tendría que haber sido si pensamos en la total carencia de muchas medidas de higiene pública que hoy se consideran básicas, en un sistema soviético que por demás, absorto en su lucha geoestratégica y militar con Occidente, tampoco se preocupaba mucho por cosas como la contaminación y similares. Así que durante dicho período, a finales de los 70, la principal amenaza sanitaria de la que se tiene constancia fue una epidemia de Antrax que se cobró un centenar de vidas en los Urales. Cosas de la URSS.

Por el contrario durante aquellos años los principales problemas sanitarios en Rusia eran los derivados de un altísimo consumo de alcohol. Es decir tenían más o menos los mismos que en la actualidad si añadimos algunos problemas surgidos en las últimas décadas, como la expansión del SIDA por ejemplo.

Tal es así que ese primitivo sistema de dispensadores entró en crisis y luego desapareció por razones bastante alejadas de las que tendrían que haber acabado con él si se hubiese seguido un razonamiento lógico basado en cuestiones higiénicas de algún tipo.

La cuestión es que el primer golpe mortal para dicho negocio se debió a un rumor que se expandió por la capital. En paralelo a los Juegos Olímpicos de Moscú celebrados en 1980 ganó fuerza una historia, apoyada en el racismo y la xenofobia tradicionales de las poblaciones del Este de Europa, según la cual atletas negros salían de noche a introducir sus genitales en los vasos de los expendedores para contagiar la sífilis a los rusos. Aunque obviamente dicha historia resulta ridícula y la sífilis es quizás la última enfermedad que podían esperar contagiarse a través de tales vasos, muchos rusos de la capital empezaron a mirar con prevención los dispensadores.

Por otro lado seguro que muchos de los que habéis visto la serie Chernobyl recordáis una escena en concreto: cuando tras acabar las tareas de limpiado de la zona del reactor unos operarios suben hasta una torre a colocar una bandera soviética por razones propagandísticas.

Como casi todo lo narrado en la serie tal cosa sucedió en la realidad (ver la fotografía adyacente). Pese a las difíciles condiciones, Alexander Yourtchenko y Valéri Starodoumov escalaron 78 metros para colocar la bandera de marras. Durante 9 minutos se expusieron a altísimos niveles de radiación vestidos con una protección inadecuada y a cambio recibieron una botella de Pepsi. Lo cual nos habla del grado de podredumbre de la sociedad soviética a mediados de los años 80, ya completamente penetrada por una desmesurada admiración casi obsesiva hacia los productos de consumo occidentales, lo que estaba a punto de gangrenar todo el sistema y, con el tiempo, una vez abiertas por completo las fronteras comerciales tras el derrumbe de la URSS, sacaría del mercado interno ruso a la mayoría de productos de consumo desarrollados durante la vieja economía soviética.

Eso fue especialmente rápido en el caso del sistema de máquinas dispensadoras de las que os he hablado, y sucedió en paralelo al colapso de la economía rusa en los primeros 90. El capitalismo llegó al país acompañado de enormes niveles de inflación y por ello actualizar las ranuras de las famosas máquinas expendedoras de agua gaseosa cada pocos meses para que se adaptasen a los nuevos precios, como empezaba a ser necesario, hizo que tales sistemas de distribución dejasen de ser rentables durante algún tiempo, lo que las hizo desaparecer de las calles.

Más allá de lo anterior, todos los que fuimos niños hace cuarenta años o más, tanto en pueblos como ciudades, creo que compartimos una memoria común de haber jugado durante años en lugares en los que hoy no dejaríamos jugar a nuestros hijos. Lugares próximos a basureros, llenos de clavos oxidados, o cercanos a cuadras con ganado, a estercoleros, edificios abandonados… y el caso es que aquí seguimos. Por el contrario no parece que pese a todos los esfuerzos que hoy nos tomamos los niños actuales sean mucho más resistentes a las infecciones de lo que éramos nosotros, más bien al contrario.

Es como la típica historia urbana en la que, en el entierro de algún conocido caracterizado por sus saludables hábitos de vida y aún así muerto a los 40 años de un cáncer o un infarto, alguien cuenta cómo su abuelo fumador empedernido se murió a los 80 años. Obviamente el caso aislado no invalida la realidad estadística, la cual indica que lo problable (muy probable) es lo opuesto a la anécdota aislada de la que hablamos. Pero lo curioso es que a veces a nivel colectivo también se dan realidades estadísticas extrañas. Y eso en sí mismo sí que resulta intrigante.

Un amigo retornado recientemente de China después de trabajar allí algún tiempo (hola Dustan) me cuenta que una de las cosas que más le molestaron durante su estancia fueron los malísimos hábitos higiénicos de los chinos, los cuales encima viven hacinados como sardinas. Comida de muy mala calidad, todo el mundo escupiendo por todas partes, ver a gente descalzarse y cortarse las uñas de los pies en el transporte público, etc. Y el caso es que se van a morir muchos más estadounidenses, o para el caso españoles, que chinos debido a la pandemia iniciada en China.

A nivel global respecto al coronavirus no solo mucha menos gente se está muriendo en el Este de Europa en comparación con los países del Oeste pese a la mayor escasez de infraestructuras y dinero, sino que además si analizamos las diferencias dentro de los países ricos hay casos como el de Suecia, donde el problema se ha afrontado desde una despreocupación inimaginable en España, con resultados comparativamente buenos. Sin embargo en Holanda un enfoque parecido no ha funcionado nada bien. No está clara la lógica de todo lo anterior. 

En definitiva, hay muchas cosas que aún no sabemos sobre cómo funciona el mundo en el que vivimos. Nuestra avanzada ciencia, con toda lógica, aún se muestra impotente para resolver todos los problemas posibles y dar todas las respuestas, al menos de forma inmediata. 

Aunque resulte frustrante reconocerlo a veces hay que aceptar, al menos temporalmente, que los caminos del señor son inescrutables.

viernes, 24 de abril de 2020

La venganza de los albóndigas (dėl koronaviruso Rytų Europoje)



Aprovechemos las lecciones de esta crisis tenebrosa para convertirnos en un país avanzado científica y tecnológicamente y que brillen en España, con la ayuda de Dios, la confianza en nosotros mismos, la ciencia y la investigación.


Santiago Abascal





Como algunos sabéis yo no vivo en España desde hace algunos años, aunque pienso que eso no me impide tener una visión bastante clara de las cosas que ocurren allí, digamos que pierdo cercanía pero gano en perspectiva. Y además eso se complementa ahora con un nuevo conocimiento de otras realidades que algún día supongo que me animaré a comentar cada vez en más detalle a medida que me voy familiarizando con ellas. De hecho recientemente he creado una nueva categoría en el blog llamada “Estelogía”, un "palabro" con el que en adelante agruparé entradas dedicadas a tratar temas relacionados con el Este de Europa.

A ese respecto cada vez estoy más convencido de que la retórica imperante dentro de la UE en torno a la confrontación de la Europa “occidental” y nórdica contra la Europa del Sur o mediterránea resulta errónea, o al menos insuficiente para explicar ciertas cosas. No tanto porque esa división artificial, como todas lo son, implica simplificaciones, sino porque en realidad creo que esa falsa dialéctica parte de una gran omisión, el hecho de que desde hace unos años dentro de la UE hay un tercer bloque de países con una naturaleza propia: los países de Europa del Este, marcados por su pasado excomunista y sobre todo por sus vínculos históricos, positivos o negativos, con Rusia, y en algunos casos también con el Imperio Austrohúngaro. 

Por tanto, aunque frecuentemente se pasa por alto, ahora mismo existen dentro de la UE no dos sino tres Europas con características e intereses diferentes. Y eso tiene consecuencias en muchos campos. De tal forma hoy voy a centrarme en una cuestión mundana muy de actualidad, el famoso coronavirus, poniéndolo en relación con todo esto que acabo de comentar.

No voy a hablar de experiencias personales concretas porque se puede pensar que es algo muy subjetivo. Así que si os tomáis la molestia de dar un vistazo a las cifras oficiales (inexactas de una forma u otra ahora mismo en todos los países, pero que de cualquier forma constituyen una primera fuente de información) os daréis cuenta de que realmente en el Este de Europa en general, pese a tratarse de países con unos presupuestos sanitarios aún más exiguos que los de sus socios europeos occidentales, el coronavirus no está siendo por ahora, ni de lejos, el problema que sí es en España, Francia, Italia, Bélgica, Holanda o Inglaterra. Insisto en que miréis las cifras totales de muertos (las de contagiados dependen mucho del número de test, pero los muertos son más difíciles de ocultar o de ignorar a gran escala) de países como Rumania, Bulgaria, Letonia... o incluso de sus vecinos pobres en el exterior de la UE: Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Y luego hagáis la relación entre la cifra de muertos y la población total de cada uno de esos países. 

Y no, la diferencia brutal respecto a lo que está ocurriendo en el resto de Europa no se debe a una conspiración masiva para ocultar la verdad, os lo confirmo yo que vivo por aquí. Como tampoco se debe a la eficiencia de los políticos (igual de corruptos que en el Sur de Europa pero en algunos casos aún más idiotas, si es que eso es posible). 

Por tanto esa evidente diferencia debería darnos en qué pensar. ¿Cuáles son las razones que la explican, entonces? De hecho reflexionar sobre ello nos permitirá a su vez entender algunas de las características distintivas de los países del área.

Para empezar no se trata ni mucho menos de destinos turísticos de primer nivel como lo son algunos de los países más afectados, mucho menos en estas fechas del año en las que el clima por aquí aún no ayuda, así que gracias a ello están un poco más protegidos de todo lo que llega del exterior. Por otro lado a nivel demográfico, aunque hay serias diferencias entre países, no hay tanta población anciana como en el Sur de Europa, si bien en ocasiones eso es debido a la existencia de otros problemas aún mayores. Por ejemplo en Lituania, donde resido, los altísimos niveles de pobreza, alcoholismo y suicidios, especialmente entre los hombres, hacen que a partir de los 55 años más o menos sea verdad el mito de que en esta parte de Europa hay muchas más mujeres (viejas) que hombres. Es decir en muchos de estos países hay bastantes menos hombres viejos de los que debería haber (y recordemos que ellos son el grupo poblacional más vulnerable ante el COVID), sobre todo si comparamos con los porcentajes normales en la Europa occidental o mediterránea.

Luego están las cuestiones sociales y culturales. Se trata de países donde la sociabilidad de amplio espectro no goza de mucho éxito. La gente sale poco de casa, las personas, incluso las que son pareja, no se tocan, no se besan, no se abrazan, o al menos lo hacen con mucha menos frecuencia en el espacio público que en el Sur o el Oeste de Europa.

Asimismo, pese a que todos estos países sin excepción reniegan oficialmente de su pasado comunista resulta que ese odiado período les ha dotado de dos ventajas importantes a través de las que capear esta situación. Por un lado sistemas sanitarios hoy vetustos, pero en los que aún se mantiene según casos un elevado número de camas y de UCIs. Para el sistema comunista las instalaciones sanitarias públicas eran importantes y ese legado se nota todavía hoy. Por ejemplo un país como Lituania, de los más pobres de Europa, tiene en porcentaje casi dos veces más camas de hospital que España si comparamos las cifras por millón de habitantes. Claro está la calidad de las mismas sería materia de debate (he visto cosas que no creeríais), pero las instalaciones y el material al menos existen y sobre todo existe el capital humano en forma de viejos médicos quizás desactualizados científicamente pero con amplísima y muy valiosa experiencia empírica (que siguen compartiendo entre otras cosas porque sus miserables jubilaciones no les permiten retirarse). Aunque en todo caso esta cuestión no es la clave de la baja mortalidad por coronavirus en el área.

El elefante en la habitación, que ya ha sido señalado por varios estudios, puede ser la vacuna BCG (bacilo Calmette-Guerin) contra la tuberculosis. ¿Veis los países en azul o naranja del mapa anexo?, pues son los que no la tienen ni la han tenido durante las pasadas décadas en sus programas de vacunación a gran escala. Portugal, por ahora con una tasa de mortalidad tres veces inferior a la española, sí la tuvo. Noruega, con cinco veces menos mortalidad declarada que sus vecinos suecos, también. ¿Casualidad? En lo que concierne a lo que intento explicar resulta que la antigua URSS (aunque no era el único país, claro) poseía un programa de vacunación universal contra la tuberculosis que no existía en Europa occidental simplemente porque, dado el mayor desarrollo económico, la mejor alimentación disponible y los mejores niveles de salud públicos imperantes en las décadas de la Guerra Fría, en Europa occidental no se consideró algo necesario.

Es interesante anotar que en Asia, países como Corea o Japón, donde el coronavirus por ahora también esta siendo más o menos controlado con éxito, sí optaron en su momento por incluir dicha vacuna en su programa de vacunación pese a todo.

La cuestión es que, sin estar totalmente claro todavía el por qué, parece que la población anciana que en su día, hace décadas, cuando eran niños, fueron vacunados con la BCG ha resistido mejor los embates del coronavirus en las primeras semanas críticas de extensión de la pandemia, durante las cuales los hospitales y médicos no tenían muy claro qué tipo de tratamientos usar con ese tipo de pacientes (lo que llevaba directamente descartarlos como viables en muchas UCIs). Posiblemente había algo en esa vacuna, destinada a proteger los pulmones, que de alguna forma parece favorecer la lucha contra el nuevo coronavirus en ancianos y que además hace que muchos adultos de mediana edad pese a contagiarse apenas manifiesten síntomas graves.  

Podría cerrar la entrada de hoy limitándome a comentar este dato, que se ha mencionado de pasada en algunas informaciones, pero al que creo que pese a todo se le está prestando poca atención. Pero ya sabéis como soy. Así que todo esto me lleva entonces a valorar otras cuestiones y encadenar algunos razonamientos.

Veréis, la dinámica histórica del mundo desarrollado, durante la última década especialmente, se puede explicar en torno a la confrontación de dos grupos de población diferenciados frente a la cuestión de la globalización.

La progresiva apertura de un mercado mundial, tanto de bienes como de trabajadores, la globalización de la información, la exportación y mezcla de culturas resultante, la generalización de los viajes a larga distancia a una escala nunca vista… están dividiendo a nuestras sociedades de una forma nueva que se relaciona, pero no se corresponde, al menos de manera perfecta, con las tradicionales divisiones de clase social o grupos nacionales.

Durante los últimos años en todos los países del globo, pero especialmente en los del hemisferio Norte, determinados sectores sociales, normalmente habitantes urbanos, jóvenes, personas con estudios universitarios, se estaban adaptando más o menos bien al cambio resultante y se sentían cómodos con el mismo. Mientras que al mismo tiempo determinados grupos de población más conservadores, rurales, con menor nivel de estudios y ya en la edad madura, encontraban cada vez más difícil adaptarse a las nuevas exigencias tecnológicas, a los nuevos requerimientos del mercado de trabajo, a la necesidad del reciclaje profesional continúo y tener que aprender idiomas o acostumbrarse a convivir de manera cada vez más habitual con personas procedentes de otros países y culturas. Y, por todo ello, en función de qué tipo de población era o es más común en la región, diferentes países o áreas se estaban adaptando mejor o peor a la propia globalización como proceso.

Todo ello explicaría en parte diversas dinámicas políticas, empezando por la elección de Trump como presidente de los EE.UU., entendida como una reacción en contra de todo eso que he comentado, gracias al apoyo de los grupos de votantes más retrógrados, atados a trabajos industriales obsoletos y residentes en los estados menos poblados del país. Por su parte en Gran Bretaña se aprecia muy bien ese tipo de dinámica en relación a la disparidad del voto pro y antibrexit. Mientras la multicultural Londres votaba masivamente por el remain, los agricultores de Gales o los parados de las ciudades industriales en recesión del Norte de Inglaterra votaban masivamente por el leave.

Hace un par de años todo hacía pensar que si bien los verdaderos ganadores de la globalización son en realidad los grandes tiburones financieros, al menos en términos generales aquellos grupos de población más abiertos a la movilidad espacial y laboral, a la multiculturalidad y a la globalización como proceso aparentemente irreversible, estaban ganando el pulso, o al menos estaban destinados a ser los menos perjudicados por dicho proceso en el largo plazo. Todos esos nerds que gracias a la globalización podían disfrutar de viajes baratos de fin de semana a Praga o Roma con lo que subir fotos a Instagram mostrando lo felices que son en sus trabajos precarios y sus pisos del tamaño de una lata de conservas ubicados a quince kilómetros del centro de alguna gran capital del primer mundo, parecían inclinar el discurso dominante hacia una valoración positiva del proceso.

Y entonces lo que no habían conseguido los ecologistas, los viejos “rojos” siempre insistiendo en las desigualdades monstruosas que genera la globalización (en parte porque se está realizando esencialmente bajo postulados neoliberales) y otra serie de agoreros, parece que lo va a lograr un virus de segunda categoría. No quiero infravalorar su peligrosidad, pero aún así no se encuentra para nada ni siquiera en el Top-5 de las pandemias más terribles que ha experimentado la Humanidad a lo largo de múltiples períodos donde la tecnología médica era peor que la actual. 

   A fin de cuentas todo proceso de cambio implica importantes inconvenientes, en ocasiones inesperados, y a veces hay que pararse a pensar bien si el proceso en si mismo es rentable una vez tenidos en cuenta los posibles perjuicios. Ahora resulta mucho más evidente que hace tres meses el que la movilidad masiva de poblaciones no solo conlleva inmigración descontrolada, por poner un ejemplo de externalidad negativa que hasta ahora monopolizaba el debate, sino también, por pura lógica, que la velocidad de transmisión de patógenos ha crecido de igual manera, lo que los hace cada vez más difíciles de controlar. La expansión a nivel mundial de un virus, que hace décadas hubiese necesitado meses o años, ahora se mide en semanas y en un futuro próximo ese plazo podría reducirse a días, lo cual acorta enormemente el tiempo de reacción.

Y lo interesante es que los grupos y regiones que mejor se están adaptando a este nuevo contexto de crisis… son los que estaban perdiendo la "batalla" en torno a la globalización. De tal forma África, pese a sus deficientes sistemas sanitarios, gracias al clima, a que la pirámide demográfica de sus países presenta muchos menos ancianos que los países desarrollados y a que un porcentaje mucho menor de su población tiene sobrepeso, diabetes y otra serie de patologías que agravan el impacto del coronavirus, al final tiene mucho menos que temer del coronavirus que los países ricos del hemisferio Norte. Dentro de estos si nos centramos en las áreas rurales pobladas por agricultores recalcitrantes y "paletos" desinformados vemos como los trabajos de éstos peligran bastante menos que los de los oficinistas urbanitas. Al mismo tiempo la menor densidad demográfica hace que el habitante de una casa de pueblo, pese a la mayor distancia a un hospital, esté en realidad bastante más seguro (y confortable) que quien reside en un piso en Barcelona o en Londres. Parémonos a pensar en el ejemplo de Italia. Las regiones que están padeciendo la pandemia en mayor grado son las ricas regiones industriales del Norte, Lombardía en especial. Mientras que las atrasadas regiones del Sur están sufriendo más por las medidas de cuarentena que por la propia pandemia en si, prácticamente residual allí. 

Y para colmo, en la línea de lo que os explicaba antes, mientras en la parte occidental de la UE el Norte y el Sur de Europa se tiran los trastos a la cabeza, resulta que la población de sus olvidados, machistas, homófobos, xenófobos, antisemitas y ultranacionalistas vecinos y socios del Este de Europa, aunque aquí podríamos incluir también a Rusia, en realidad se está muriendo con menos frecuencia por coronavirus gracias quizás al viejo programa de vacunas del ogro soviético (y no quiero decir nada sobre esto, solo subrayo la evidente ironía).

Es posible que mucha gente en los países más desarrollados salga de esta crisis replanteándose en qué medida el librecambismo a ultranza, la multiculturalidad, la deslocalización industrial hacia Asia, o los viajes baratos en avión, están haciendo realmente del mundo un lugar mejor y más seguro, algo que parecía indudable hace seis meses. Ahora resulta que la vieja industria, las viejas fronteras, los viejos Estados, sirven para algo y no están todo lo obsoletos que creíamos. Y los que se han tirado los últimos años recordándolo (aunque fuese por las razones equivocadas) no han sido los intelectuales de vanguardia sino los paletos y los inadaptados. Encima el coronavirus los está tratando relativamente bien. En EE.UU. es seguro que van a morir, no solo cuantitativamente sino también en términos de porcentaje, muchas más personas en ciudades como Nueva york, con alta densidad de población, muchos intelectuales y vida social en las calles, los cafés y los espectáculos, que en los desolados pueblos en crisis del interior donde iluminados religiosos se atrincheran armados en sus casuchas. Incluso podría decirse que en lo tocante a países, los sistemas políticos de tipo autoritarios están demostrando una mayor capacidad para tomar rápidamente las decisiones más adecuadas en tiempos de crisis.

No me negaréis que tiene gracia. Es ¡¡la venganza de los albóndigas¡¡