martes, 18 de junio de 2019

El derecho a la memoria



Donde es un deber adorar al sol es bastante seguro que sea un crimen investigar las leyes del calor.

John Morley





Las nuevas leyes de protección de datos y "derecho al olvido" (reconocido en una sentencia del Tribunal de Justicia de la UE en 2014 con el objetivo inicial de evitar la difusión de información personal a través de Internet) han tenido interesantes derivaciones en los últimos años. Por ejemplo el año pasado en España el Tribunal Constitucional extendió el derecho al olvido digital a las hemerotecas de los periódicos. El razonamiento de base fue que ese derecho al olvido implica limitar la difusión de datos personales cuando supuestamente ya no tienen relevancia ni interés público y pueden lesionar los derechos de los individuos, aunque la publicación original fuese legítima y veraz.

Como siempre lo que en el campo legal empiezan siendo derechos inalienables para todos luego, en el caso de aquellos que tienen más dinero, tiempo y abogados, se convierten en una oportunidad para obtener ventajas retorciendo la interpretación de tales derechos. ¿Hay noticias de hace 20 años que relacionan su nombre con tráfico de drogas o con una imprudencia temeraria de su empresa? movilice a sus abogados para que en base a la protección de datos y al derecho al olvido una vez cumplida la sentencia los buscadores de Internet y luego las propias hemerotecas de los periódicos tengan que borrar su nombre y así nadie pueda acceder fácilmente a esa información aunque fuese en origen verídica. Lo que nos lleva a preguntarnos si existen individuos que no se merecen tener que convivir al menos con una mala reputación. 

En última instancia todo esto implica la confrontación entre el derecho a la información y a la libertad de expresión contra el derecho a la intimidad de una persona que, pasado un tiempo, opta por solicitar que determinados datos sobre su vida sean eliminados del escrutinio público o que, al menos, se dificulte el acceso a los mismos para el público masivo. Y como los procesos legales son caros y difíciles normalmente no van a ser los individuos corrientes los que más se beneficien de tales medidas de protección.

Pero estoy escribiendo este texto por una razón muy concreta. Me refiero a las consecuencias que todo lo anterior empieza a tener para los historiadores, especialmente en España donde, a quién puede sorprender, el Tribunal Constitucional o la Agencia de Protección de Datos a veces interpretan la jurisprudencia en torno a Internet de una forma un tanto conservadora, por decirlo de algún modo.

De tal manera hace unos días la Universidad de Alicante ha tenido que acceder a la petición del hijo de un alférez del ejército franquista de nombre Antonio Luis Baena Tocón, el cual ejerció de secretario judicial en uno de los consejos militares que condenaron a muerte al poeta Miguel Hernández (sentencia después conmutada por la de prisión).

Resulta que el chaval conserva un gran recuerdo de su padre. No lo dudo. La historia está llena de ejemplos de personas de catadura moral muy dudosa que pese a ello eran a su vez entrañables progenitores o divertidos contertulios en la intimidad. De Adolf Hitler siempre hablaron maravillas muchos integrantes de su círculo cercano. La cuestión es que al hijo de Antonio Luis Baena Tocón no le gusta que se recuerde el dato más oscuro de la biografía de su padre como celoso funcionario franquista (que lo era, como muestra el conjunto de su trayectoria, aunque no voy a a entrar en ello porque no es realmente el asunto), así que ha usado de manera muy creativa y eficaz las posibilidades de la nueva jurisprudencia para solicitar que se borre el nombre de su progenitor (en adelante solo se podrán mencionar las letras iniciales de su nombre y apellidos haciéndolo así irreconocible) de los artículos de investigación accesibles desde Internet que lo mencionan en relación al citado hecho histórico. Parece que no hemos avanzado nada desde que en los inicios de la Transición se decidió censurar el documental Rocío por tratar hechos incómodos similares poniendo igualmente nombres y apellidos al pasado franquista de algunos próceres locales de dicha romería.

Pensar en la trascendencia de esa medida en caso de sentar precedente. Hablamos de artículos científicos escritos por historiadores no de exabruptos en redes sociales o de desnudos filtrados de un móvil. Y además hablamos de hechos históricos probados y documentados, no de rumores o especulaciones. De hechos históricos ocurridos hace casi un siglo protagonizados por una persona que murió hace años. Y aún así el resultado es que en base a su "derecho al olvido" y al de sus descendientes... hay que callarse y no mencionar su nombre o al menos dificultar el acceso del público masivo al mismo a través de las fuentes de consulta en Internet.

Por ello las repercusiones potenciales de este asunto, en caso de confirmarse la legalidad y pertinencia del procedimiento, son devastadoras. Especialmente en un país como España y en un Régimen como el imperante en la España actual donde cada vez más sentencias de los tribunales de Justicia tienden a posicionarse del lado de una interpretación del pasado reciente nauseabunda y a intentar por todos los medios acallar cualquier crítica a la misma. Y eso que el acceso a los archivos y las fuentes documentales ya está suficientemente intervenido.

Lo triste de todo esto es que está pasando en las sombras, a través de medidas técnicas no muy conocidas, ajenas al debate público y que no parecen importarle a nadie aunque se intuyen sus potentes consecuencias a años vista. Por eso me pregunto: si poco a poco se nos quita incluso el derecho a recordar y patalear, qué nos queda entonces.

jueves, 6 de junio de 2019

La democracia es un gran invento



Intenté hacer las cosas bien, fui al otro lado y ¿sabes qué aprendí?, que el juego está amañado, no está hecho para gente como nosotros.

"Snowfall", primer capítulo.




Hoy toca entrada cortita y al pie, de las que os gustan. Empezaré por comentar algunas impresiones personales que son simplemente eso, opiniones muy subjetivas dependientes de mis experiencias en la vida, para pasar luego al campo de los hechos objetivos.

Quiero de esa forma comenzar hablando de las embajadas de España en el exterior. En ese sentido, como algunos que de los lectores más habituales del blog ya sabéis, yo resido actualmente en un país que podríamos incluir en la categoría de "exótico-sin pasarse", un país pequeño, pero que está dentro de la Unión Europea, no en Asia Central o el África Subsahariana. En base a ello, vuelvo a insistir una vez más, voy a hablar desde un punto de vista completamente personal y por tanto mediatizado por mis experiencias particulares, las cuales pueden ser muy diferentes en el caso de otra persona que vive en otro país.

De cualquier forma la impresión que quiero comunicaros es que el papel que las embajadas juegan respecto a la cada vez más abundante comunidad de expatriados resulta decepcionante. Hablamos de un aparato que cuesta al Estado muchos millones de euros, de funcionarios con sueldos en algunos casos enormes, sobre todo en relación al volumen de trabajo que afrontan (realmente escaso fuera de las embajadas "importantes" que han de tratar con una comunidad hispana de cierto tamaño, como podría ser el caso del Reino Unido). Todo ello dentro de edificios con alquileres de muchos ceros cada mes, cuando no se trata de inmuebles que han costado millones de euros (porque a fin de cuentas se trata de dar buena imagen y a ser posible ubicarse en una zona accesible de la ciudad, lo que se paga muy caro en cualquier capital).

Pues bien, los que estáis en este momento en el extranjero de forma estable, no como fugaces turistas sino como trabajadores permanentes, os habréis dado cuenta de que la mayor parte de las cuestiones importantes y dudas a las que uno se enfrente en el curso de dicha experiencia han de ser solucionadas mediante los contactos personales, las búsquedas en Internet, la ayuda de otros emigrantes con más experiencia, o recorriendo pacientemente las oficinas de la burocracia local. Las embajadas en ningún caso se dedican a asesorarte sobre los precios medios del alquiler, las peculiaridades del sistema sanitario local, en qué medida tu contrato de trabajo cotizará luego en España, cómo conseguir visados para cruzar la frontera a los países limítrofes, etc. A mi al menos en un primer momento me pareció sorprendente (qué costaría, en términos relativos de su presupuesto, habilitar una pequeña oficina de información dedicada exclusivamente a ese propósito) pero es así. Yo esperaba ingenuamente que las embajadas ejerciesen, al menos en parte, como un centro de apoyo integral a los emigrantes en absolutamente todo lo que pudieran necesitar y en cambio distan mucho de ser eso. En realidad las embajadas se dedican fundamentalmente a un muy escaso volumen de tareas bastante concretas de las que luego hablaré. Por supuesto siempre es posible dar con el típico empleado abnegado e hipercompetente que, excediéndose en sus funciones, se esfuerza en ayudarte en todo y solucionar tus dudas de cualquier tipo, pero eso son casos particulares que uno encuentra en toda institución con miles de trabajadores. Además, y para comentar esto nuevamente recurro a mi muy particular experiencia personal, en muchas ocasiones en el caso de las embajadas los más abnegados suelen ser trabajadores temporales locales, no españoles, que cobran mucho menos que el personal de carrera con puesto fijo y que, por lógica, sí conocen bien el país en el que están por lo que son los que mejor pueden responder tus dudas y ayudarte. Eso al margen de que, como su puesto de trabajo no está garantizado para siempre, realmente se esfuerzan en hacerlo bien. No obstante, como ya dije, el cometido central del sistema de embajadas no consiste en dedicarse a esas tareas.

En cambio las embajadas centran su servicio sobre todo en tres tipos de tareas. La primera son las gestiones para incrementar el comercio a gran escala. Es decir una de las partes más importantes de cada embajada es su oficina comercial, la cual por otro lado no está para ayudar al negocio de venta por Internet de tu primo sino para ponerse al servicio de fomentar las cifras de negocio de las grandes empresas españolas con proyección internacional. En ese sentido la embajada busca estimular, facilitar, asesorar, la firma de grandes contratos o en todo caso agilizar la compra-venta de productos entre España y el país local.

La segunda tarea importante para una embajada es la "promoción cultural" entendido en realidad como "promoción del turismo", no nos engañemos. Se trata de organizar visitas de artistas, exposiciones fotográficas, exhibiciones de pintura, etc. Es decir, todo lo que de "buena imagen" del propio país, lo que indirectamente redundará en más "poder blando" y en última instancia en más turistas, o sea más ingresos para el sector servicios hispano. Toda conferencia intrascendente donde se pueda citar de refilón a Cervantes, Velázquez, Picasso, o Rafael Nadal llegados el caso, es una buena ocasión para que el agregado cultural de turno vaya a tomarse unas copitas y poner su mejor sonrisa. Obviamente no se trata de explicar nada en profundidad, ni ponerse a reflexionar en voz alta, en serio, sobre la situación real del mercado editorial, la prensa, la televisión, el mundo del arte, las universidades o la ciencia en España, o sobre cualquier cosa que sea ni remotamente compleja y relevante. El objetivo consiste más bien en promocionar una visión absolutamente tópica y planificadamente buerrollista y superficial de la imagen propia ante el mundo (ya saben flamenco, paella, playa, sol, olé, todos los españoles somos muy divertidos y estamos siempre de buen humor y sonriendo y con un clavel entre los labios mientras bailamos salsa con ninots ardiendo de fondo). De hecho dentro de esa tarea de promoción de la "cultura" se incluye hacer subrepticiamente labores policíacas no sea que alguien organice alguna conferencia sobre cosas trascendentes e intelectuales de verdad, como la problemática de la cuestión catalana (no necesariamente a favor o en contra de ningún bando), los claroscuros del modelo de Transición política adoptado en España, o el lado "chungo" de la "Movida". O cualquier cosa que joda el karma positivo, produzca mal rollo, haga a la gente de otros países replantearse la imagen (ridículamente tópica) que tienen de España (y el mundo hispano por extensión) y eso nos haga perder turistas o nuevos alumnos en las escuelas de idiomas o de baile.

De tal forma es fascinante encontrarse en muchos de esos actos culturales en el exterior a nativos del país en cuestión capaces de hablar español con una fluidez que para sí quisieran muchos españoles de los suburbios y que sin embargo tiene en su cabeza una imagen de España (construida a base de conferencias organizadas por la embajada y de algunas estancia suya de turistas en Alicante) como un país con un clima como Canarias (en todo el territorio) y un nivel de vida como el de la gente que vive en las áreas buenas de Londres (sí amigos, hay lugares en el mundo -incluso muchos lugares- donde piensan que España es poco menos que el paraíso en la Tierra). También resulta muy gracioso, por ejemplo, encontrarse con polacos que están estudiando español porque según ellos sienten que la gente que habla ese idioma es la única de Europa con una cultura de base tan católica como ellos (pero ignoran por completo que la sociedad española actual tiene, afortunadamente, unas ideas sobre el aborto, los gays, o los inmigrantes, muy diferentes a las suyas), o estudiantes bielorrusos de nivel C1 que conocen a Unamuno bastante mejor que vosotros y a los que preguntas ¿cuál es la tasa de paro en España? y te contestan: "3 o 4% ¿no?".

Como un derivado natural de esa tarea de promoción "cultural", que en realidad no es tal, se encuentra la organización de saraos y derivados. No deja de sorprenderme la cantidad de recursos que las embajadas parecen estar dispuestas a emplear en eso. No habrá dinero para poner un servicio de intérpretes del que echar mano cuando la gente expatriada tiene que hacer trámites como "empadronarse" o buscar un médico de cabecera, pero de cara a traer cocineros, escritores (por supuesto "del sistema", es decir encantados de hacer publicidad del Reino de España, siempre al servicio de Su Graciosa Majestad y la Gloriosa Transición), grupos de baile y lo que sea, y alquilar restaurantes y salas de fiestas en el centro de la ciudad para celebrar el 12 de octubre y otras variadas conmemoraciones... eso no falta nunca. Y debo reconocer que bien me he aprovechado de ello en múltiples ocasiones para atiborrarme de croquetas mientras algún patético desgraciado recién traído de la Península a precio de oro específicamente para la ocasión tocaba la gaita de fondo.

Finalmente la tercera tarea de la que se ocupan las embajadas no es una tarea en sí, más bien se trata de un grupo de tareas. Lo que podríamos llamar "asistencia burocrática en ocasiones especiales". Es decir repatriar tu cadáver en caso de que un francotirador te dispare, informar a tu familia si desapareces en medio de un tifón, ayudarte con las gestiones si pierdes el pasaporte en medio de un tsunami y ese tipo de cosas.

En general las embajadas están enfocadas sobre todo a la alta diplomacia (y el espionaje), el apoyo al gran comercio y luego el servicio a los turistas a los que pueden ayudar y asesorar de inmediato en caso de robo del dinero y la documentación y ese tipo de cosas. Por el contrario pronto descubres que cuando vives y trabajas en otro país de forma estable para el aparato estatal de tu país de origen estás como muerto y es perfectamente posible pasar años sin pisar la embajada salvo en las ocasiones donde vas a gorronear tortilla con música de Maluma de fondo. A mi modo de ver un error de concepto en el caso de un país como España que, aunque en los años 90 se convirtiese en receptor neto, históricamente ha sido más bien un emisor de emigrantes según etapas: finales del s. XIX y principios del XX, final de la Guerra Civil, años 60 y los últimos diez años nuevamente.

Pero hay un servicio muy importante que las embajadas aportan a la comunidad de expatriados: asistencia en la cosa esa de votar. Y aquí amigos empieza la parte seria de todo esto. Porque a fin de cuentas lo anterior ha sido solo una larga introducción.

Tras las pasadas elecciones generales ya se van conociendo las cifras y estadísticas, si bien comprobaréis que no es muy fácil encontrar los datos del voto en las webs del Gobierno. En todo caso surge una pregunta interesante. ¿Qué ha pasado con el llamado voto CERA o voto de "residentes ausentes"?. Esas casi 2.100.000 personas con ciudadanía española (nacidos en España serían más o menos un tercio) que viven y trabajan fuera de España, casi el 6% del total del censo electoral y que, en muchos casos (ese tercio del que hablo), vamos a ser claros, son emigrantes porque no han tenido más remedio que largarse a regañadientes de su país para buscarse la vida por esos mundos de dios. Así que hablamos de personas que, previsiblemente, no deberían estar muy contentas con los llamados "partidos del sistema de la Transición".

Recordemos que tradicionalmente el voto de los emigrantes no ha sido relevante en democracia porque para cuando la democracia se reinstauró en España, a finales de los años 70, ya había pasado la gran ola migratoria del tardofranquismo y en general durante los años 80 y 90 los españoles residentes en el extranjero eran en muchos casos un grupito de nostálgicos con una buena posición económica (los que no la tenían buena se habían vuelto hacía tiempo) y nulo conocimiento de la realidad del país, que votaban satisfechos a AP o más adelante al PP y los más "guays" al PSOE, como todo el mundo. Mientas que los más escépticos, o disconformes con la realidad española entre los emigrantes de décadas anteriores, hacía tiempo que se habían asentado en el extranjero y naturalizado franceses, alemanes, mexicanos o suizos, y ya no contaban a todos los efectos. Así que las regulaciones sobre el voto CERA respondían más bien a la ingeniería electoral de los grandes partidos, es decir, a los intentos de controlar y manipular una fuente de votos más para darse legitimidad. 

Pero tras la crisis de 2008 todo cambió, y ahora cada vez hay más emigrantes españoles en el extranjero, emigrantes no por propia elección sino por las circunstancias. Además esta generación de emigrantes es diferente porque, gracias a las facilidades que solo las comunicaciones modernas permiten, están más o menos informados en tiempo real de la política en España y en muchos casos además regresan a visitar a sus familias en España una o más veces cada año. Son asimismo emigrantes cada vez más jóvenes, con mayor nivel de estudios, y más cabreados, por lo que no extraña a nadie si digo que en las penúltimas elecciones generales, a diferencia de lo que ocurrió con el voto en España, los residentes en el extranjero votaron en su mayoría a Podemos.

Pero sin duda alguien vio con mucha preocupación esas tendencias ya en su día y puso al aparato del Estado a trabajar. En 2011 se realizó una reforma legislativa para que, en lugar de que los residentes ausentes inscritos recibieran por defecto las papeletas para votar, éstos tuvieran que "rogar" el voto con el supuesto objetivo de evitar fraudes en la identificación (pero si bien sobre el papel es una buena idea resulta sintomático que casi ningún país del mundo haga esto con el voto de sus residentes en el extranjero). Nótese la paradoja lingüística de tener que "rogar", es decir, solicitar o más bien suplicar, el poder ejercer lo que no deja de ser un derecho básico.

Después de eso, si ya tradicionalmente era difícil votar desde fuera de España tras los últimos e inocentes cambios, y el celo que han puesto las embajadas en implementarlos (no se si os parecerá extraño pero si empezáis a tratar a personal diplomático y embajadores notaréis que el perfil medio es el de personas con varios apellidos, procedentes por lo normal de una familia "bien" y muy conservadoras por sistema, un poco como ocurre con el personal del Ejército por ejemplo, con lo cual sus simpatías políticas parecen bastante claras en una amplia mayoría de los casos), en las últimas elecciones generales se ha logrado alcanzar satisfactorias cifras sin precedentes. Desde que se hizo oficial el procedimiento rogatorio el voto CERA ha caído desde un 30% más o menos al 6,1% del censo, dato registrado en las últimas elecciones generales. Es algo tan radical que no puede explicarse en base a simples tendencias naturales, como una repentina "desmovilización" de los votantes potenciales. 

Un buen ejemplo de lo que ha pasado lo mencionaba hasta Pau Gasol hace poco quejándose de paso que él tampoco pudo votar en los EE.UU. Pero me refiero a lo ocurrido en el consulado español de Moscú en el pasado abril. Como allí la comunidad española es relativamente grande había casi 1.800 personas inscritas con derecho a voto. De ellas, por pura pereza ante las dificultades, solo 107 rogaron el voto y, esto es lo interesante, de todas esas solo una persona pudo emitir su voto de forma válida.

Quizás por efecto de todo esto en las últimas elecciones generales el PSOE pasó a ser de nuevo la fuerza más votada entre los emigrantes, seguida de Ciudadanos y del PP a escasa distancia. Todo en orden de nuevo. Casualmente se ha cerrado el grifo del voto exterior cuando el mapa político ha cambiado del bipartidismo al multipartidismo y las nuevas generaciones de votantes en el exterior no parecen demasiado fieles, o no tanto como sus predecesoras, a los grandes partidos del sistema.

Vivimos en un país donde se sobreprima el voto rural (no por casualidad, durante la génesis de la Transición se tomó esa decisión para proteger a la monarquía y favorecer a UCD como partido conservador, algo de lo cual se han beneficiado luego en el tiempo otras organizaciones) y donde, alguien tiene que decirlo a las claras, se sabotea pasivamente el derecho al voto del colectivo de emigrantes, tal vez porque se sospecha que puede ser hostil a los partidos del sistema. Eso es en parte posible porque se intuye, se dice, se nota, se siente, que el personal del Ministerio de Exteriores es abrumadoramente partidario de los mismos.

Al final todo esto es uno más de los pequeños "ajustes" que el sistema hace para que la bola caiga donde tiene que caer. Porque a fin de cuentas la democracia ha demostrado ser un modelo mucho más flexible de lo que parece, donde siempre puedes repetir la votación hasta que salga lo que tiene que salir, o hacer lo contrario, o cambiar el tamaño o los límites de la circunscripción, o lo que sea. Y más o menos funciona mientras sonrías al hacerlo y los medios de comunicación, que están en manos de los más poderosos, colaboren. Eso sí, esta semana la embajada organiza una fiesta y seguro que hay tortilla y croquetas. Así que allí estaré para comérmelas todas como acto de protesta. Faltaría más. Y, si están buenas, hasta intentaré ocultar lo mucho que me cabrea no ser el tipo de emigrante que gusta a los que controlan mi país. 


                  

domingo, 5 de mayo de 2019

El hombre y los tanques


Out of the night that covers me,
black as the pit from pole to pole,
I thank whatever gods may be
for my unconquerable soul.
(…)
It matters not how strait the gate,
how charged with punishments the scroll,
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul.

William Ernest Henley, Invictus



Esta imagen que podéis ver más arriba pertenece a un rincón de Minsk en la actualidad y encabeza la entrada de hoy porque, si lo pensáis bien, cuenta la historia del mundo en el último cuarto de siglo. En todo caso no importa demasiado si no entendéis exactamente qué quiero decir, porque hoy voy a hablar de otra fotografía mucho más conocida, perteneciente a uno de los momentos en que empezó todo. 

Tal día como hoy, hace justo 30 años, en 1989, arreciaban en China las protestas que en Occidente relacionamos de una manera un tanto reduccionista con la Plaza de Tiananmén, en Pekín (Beijing si se prefiere). Los tumultos y el ambiente de revuelta duraron todo el mes de mayo y se extendieron por diversas ciudades aunque fue en la capital, en la emblemática plaza citada, donde se produjeron las mayores muestras de descontento y donde la represión fue más dura. Es por eso que los medios occidentales, amigos de la efeméride fácil, van a conmemorar de alguna manera todo lo ocurrido seguramente el próximo 4 de junio, día en que el ejército desalojó dicho lugar con la mano dura que siempre ha caracterizado al poder chino de toda época y color, poniendo así punto y final a la revuelta. Nunca se ha conocido con precisión el número exacto de muertos, desaparecidos y detenidos que se produjeron en aquella jornada. Tenéis en Internet suficiente información para formaros vuestro propio punto de vista, así que no voy a darle vueltas a algo que todo el mundo conoce, o debería conocer.


Obviamente hay cosas que no son muy conocidas. Es el caso de esta imagen de más abajo que muestra como supuestamente algunos estudiantes se defendieron y mataron a soldados cuyos cadáveres luego exhibieron como trofeos (recordar que en cualquier caso la historia casi nunca es blanca o negra sino más bien gris).


Pero la imagen que todo el mundo asocia con los sucesos de Tiananmén es una fotografía tomada la mañana siguiente por el fotógrafo estadounidense Jeff Widener.


Es una imagen que fue captada desde el sexto piso de un hotel (situado a unos 800 metros de distancia), y que muestra un hombre enfrentándose a una columna de tanques los cuales, una vez realizado su sucio trabajo, pretenden alejarse del lugar. Es un gesto absurdo, inútil, irracional, llevado a cabo a destiempo, cuando ya todo ha terminado, pero a la vez valeroso hasta la inconsciencia. Y, ante todo, realizado por un individuo anónimo al que no vemos la cara. Un hombre común que puede ser cualquiera. Quizás de ahí la potencia de la imagen.

Por supuesto, con la legendaria perspicacia que en general caracteriza a los jurados de los premios, a Widener no le dieron el Pulitzer. Se lo dieron a las fotos que un diario de Oakland publicó sobre un terremoto en el área de la bahía de San Francisco. Pero la fotografía del "hombre del tanque" tenía algo muy poderoso y tras cobrar vida propia ha pasado a la posteridad como una imagen icónica.

Además, con el tiempo, han aparecido otras imágenes del incidente tomadas por Stuart Franklin de Magnum Photos; Charlie Cole de Newsweek, o Arthur Tsang Hin Wah de la agencia Reuters; y hasta un VIDEO. Materiales que permiten tener una perspectiva más amplia de lo sucedido.




En los años 89-91 se produjeron hechos de una importancia capital. Muchos creemos que corresponden incluso a un cambio de era, terminando entonces el mundo contemporáneo tal y como se estudia en los manuales de Historia escolares, para dar paso al mundo globalizado actual. Pero de todas las fotografías emblemáticas que se conocen de aquellos años la del "hombre del tanque" me sigue pareciendo la más fascinante por muchas razones. Tal vez, como dije antes, porque nada se sabe de su protagonista. Ni su hombre, ni su edad, ni sus motivos. Se especuló con un nombre, Wang Weilin, pero es eso, una pura especulación. Seguramente nunca sabremos más datos a ciencia cierta. Y quizás es mejor así. Vivimos en un mundo necesitado de héroes y estos tienden a dejar de serlo cuando pierden su misterio y se vuelven humanos, con todas sus miserias. 

Sobre lo ocurrido algunos testigos contaron que, al parecer, después de unos interminables segundos de tensión debido a sus escarceos delante del coloso de acero que parece que va a perder la paciencia y aplastar al insignificante mosquito que se le opone con tenacidad inaudita, dos personas también anónimas se llevaron al hombre fuera del campo de visión y la columna de tanques procedió a continuar su camino como si nada hubiera ocurrido. Sobre esas dos personas misteriosas tampoco sabemos nada, quizás eran amigos que lo ayudaron a razonar y perderse entre la multitud o tal vez eran policías que lo detuvieron.

Los jóvenes estudiantes que protestaban en Tiananmén pedían reformas políticas. Lo que obtuvieron en cambio fueron reformas económicas. Más consumismo. A lo que luego siguió una mejora tecnológica general en nuestras sociedades que ha sido usada entre otras cosas para perfeccionar y hacer más sutiles los medios de propaganda y control social que apuntalan los sistemas políticos de cualquier color. De hecho la propia imagen de la que estamos hablando está prohibida en China. El Gobierno controla Internet e impide su difusión con lo que se ha fantaseado con la posibilidad de que el "hombre del tanque" esté vivo y libre en algún lugar de China pero no sea consciente de ser famoso, dado que en China la mayor parte de la población joven no sabe nada de las protestas de Tiananmén y los que las vivieron no hablan de ellas por temor a represalias, a la vez que muchos desconocen el eco que tuvieron fuera del país debido al silencio informativo impuesto.

Resulta irónico que, de esa forma, el aparato del Estado no necesite detener al héroe de la historia para hacerlo irrelevante. Le basta borrarlo de la memoria para condenarlo al olvido y al desconocimiento hasta de sí mismo.

Así pues, transcurridos treinta años, las medidas tomadas desde entonces por el Partido Comunista Chino para mantener el control de la población se han rebelado de una eficacia asombrosa. La población es feliz de su propia ignorancia y prospera en un país que no deja de crecer gracias a disponer de una masa de mil millones de humanos que no aspiran a otra cosa que a trabajar mucho para luego poder satisfacer sus anhelos de compra mientras miran al suelo de manera dócil.

El "hombre del tanque" en el fondo profetizaba el signo de los tiempos que vivimos, la libertad perdía la partida y lo único que le quedaba para consolarse eran las bolsas de la compra que llevaba en las manos. De allí nació la exitosa "vía china": una sociedad de compradores sin derechos reales. A lo que parece un modelo a imitar en tanto que silenciosamente gobiernos de todo el mundo buscan aproximarse a esa ¿utopía? de estabilidad y provecho económico para los de siempre.

Por eso me apetecía recordaros hoy esa imagen. Y también esta otra foto tomada por Terril Jones de Associated Press y que no tuvo prácticamente difusión en su momento.


Miradla bien porque, sin que pueda explicaros por qué, es una foto que me genera cierta esperanza. Nos muestra que, cuando todo el mundo corre en la otra dirección, pese a ver los tanques venir desde bien lejos, a veces sale de la multitud un tipo dispuesto a ponerse en medio de la calle sin que nada pueda forzarlo a abandonar su posición. Y el que vemos en la imagen no puede ser el único. Lo fue en su momento. Pero en el mundo hay más. Seguro. Siempre los ha habido y siempre los habrá. Y hasta es posible que un día no estén solos. Y sean millones. 

domingo, 24 de marzo de 2019

Algo huele a podrido ahí dentro (y el olor empieza a ser insoportable)



Para mí dios siempre fue como algo que el hombre inventó para sentirse menos solo. Y ahora estoy más solo que nunca y en lugar de desear a dios estoy rezando para que no exista... Porque si existe, vivo o muerto, no habrá paz para mí, mis pecados me perseguirán más allá de la tumba.

      Kai Proctor en "Banshee" (episodio nueve de la segunda temporada)




En el mundo todos los días se publican miles, tal vez millones, de libros y artículos. Pero pocos de ellos sirven realmente para darte una nueva perspectiva de la realidad como es el caso del libro, cuya portada podéis ver más arriba, publicado por el escritor y periodista francés Frédéric Martel, gay especializado precisamente en temática gay. Claro está muchas veces lo relevante es también incómodo, así pues, de cara a contextualizar lo que plantea Martel y de paso entender mejor la importancia de su libro, empecemos por el contexto.

Como (casi) todos sabemos la Iglesia católica tiene un problema. Bueno, en realidad tiene muchos, pero uno de ellos destaca sobre todos los demás porque es un problema realmente muy gordo: los abusos sexuales a niños. Respecto a lo anterior las acusaciones y testimonios que han salido a la luz durante los últimos años son demoledores e incontables lo que no permite ignorar por más tiempo una cuestión que vivió largo tiempo oculta tras los oropeles vaticanos. 

Ahora mismo hay 6.000 sacerdotes acusados de abusos sexuales en EE.UU., 2.000 en Australia, 1.700 en Alemania, 800 en Holanda, 500 en Bélgica, en Irlanda ni se sabe... Como en España, un país donde todo hace indicar que el día que se levante el tapón la mierda que salga puede cubrir el sol. Y lo peor es que todo hace sospechar que lo que hoy se sabe es apenas la punta del iceberg de cientos de miles de abusos sexuales llevados a cabo durante décadas a lo largo de todo el mundo. Porque da muy mala espina que lo que se sepa proceda de países digamos “desarrollados”, ricos, donde la Iglesia está perdiendo prebendas a marchas aceleradas y por tanto se ha abierto la veda para hablar en público de una cuestión tabú en el pasado. Pero claro, si esas cosas terribles han sucedido en países de Europa y Norteamérica (y sabemos que ha sido así) entonces ¿qué no habrá pasado en América del Sur o África, en un contexto de mucho mayor descontrol e impunidad? Todo lo que podemos decir al respecto es que, por ahora, no hay apenas testimonios porque en esos lugares hay otras prioridades sociales en este momento, lo cual aún permite que pasen un tanto desapercibidos los abusos que se hayan podido cometer en el pasado reciente. 

En cualquier caso insisto en que se trata de un tema espinoso que solo puede ir a más, no a menos. Hablamos por tanto de algo que potencialmente puede poner en serio peligro la estabilidad de una institución que ha resistido de todo durante dos mil años. Desde la Reforma de Lutero la Iglesia no se encontraba ante una amenaza semejante para su prestigio y posición en la sociedad. Sobre todo porque en este momento clave, igual que ocurrió entonces, algunos (muchos) de sus miembros con voz y voto en la jerarquía parecen no darse por enterados.

Ante tal situación no extraña que en círculos críticos con la Iglesia se empiece a ver la institución como un nido de pederastas. No obstante a veces se nos pasa por alto que en todo caso se trataría de un tipo de pederastas muy específico. Por ejemplo, según la investigación que el diario Boston Globe llevó a cabo en los EE.UU. (y que recrea la película Spotlight) el 85% de las víctimas de abusos por parte de sacerdotes son niños. NiñOs. No niñas. En una institución formada mayoritariamente por hombres constreñidos al celibato los abusos de niñas deberían sobre el papel ser mucho mayores. Pero en todos los países de los que por ahora se tienen datos (insisto que aún pocos) siempre, de forma consistente, los abusos a niños varones aparecen por encima del 80%. Por tanto la Iglesia estaría dando cobijo en todo caso a un amplio grupo de pederastas homosexuales. Lo que algunos consideran el núcleo de la famosa “camarilla gay” de la que a veces se ha hablado en términos conspiranoicos y que Martel considera poco menos que un mito porque no se trataría de ninguna camarilla sino de la realidad intrínseca del sacerdocio actual.

Y es que para Martel, sin que existan datos concretos que lo respalden (ni probablemente nunca existirán porque es imposible hacer tal encuesta) la Iglesia católica actual es una institución profundamente homófoba formada en gran parte, o incluso ya en su mayoría, por hombres gais. Una contradicción fascinante. 

Si bien podemos poner en cuestión el dato anterior aquí empiezan las aportaciones del libro de Martel. Para Martel NO existe en ningún caso una ligazón especial entre homosexualidad y pedofilia. Para Martel los homosexuales abusan de niños igual que algunos heterosexuales trastornados abusan de niñas. Hay homosexuales pedófilos como hay heterosexuales pedófilos.

¿Entonces por qué cada vez más tenemos la impresión de que los colegios controlados por sacerdotes y algunos otros entornos dependientes de la Iglesia son un lugar particularmente propicio para los abusos sexuales, especialmente a niños?

En realidad el libro de Martel no es un libro sobre pedofilia sino sobre homosexualidad reprimida y sus consecuencias en el seno de una institución oscurantista. Lo que se puede interpretar y deducir de lo que expone sería lo siguiente. La Iglesia, debido a sus particulares métodos de reclutamiento y la posterior exigencia a sus miembros de reprimir públicamente su sexualidad, se ha convertido en un lugar particularmente apto para atraer a gais y concretamente en muchos casos a gais provenientes de familias ultraconservadoras y por tanto a jóvenes reprimidos y acomplejados, con graves problemas para asumir públicamente su condición sexual, que de repente se encuentran como pez en el agua en un lugar donde todo gira en el fondo en torno a intentar contener y ocultar los instintos sexuales entendidos como algo negativo. 

A fin de cuentas un seminarista no parece el tipo de persona que esté en condiciones de aceptar y mostrar claramente sus instintos y deseos sexuales. Lo que a su vez no parece lo más sano para la formación de la personalidad madura. Con el tiempo una vez que una masa crítica de ese tipo de personalidades se ha aglutinado en torno a seminarios y diócesis esas personas se dan de bruces con la parte digamos “agradable” de encontrarse en una institución donde, por lo que he explicado, hay muchas más personas como ellos. Inevitablemente algunos descubren que tras la retórica homófoba de la Institución hay un grupo amplio de personas que en muchos casos comparten sus instintos y deseos largo tiempo inhibidos. Encuentran así el contexto en el que por fin pueden dar rienda suelta a su sexualidad, en principio teniendo sexo con sus propios compañeros de profesión. Es decir, otros sacerdotes. Y en este punto no hablamos aún de pedofilia hablamos de mutuo consentimiento entre adultos.

El problema vendría de la naturaleza intrínsecamente hipócrita de lo anterior que acarrearía tres tipos de consecuencias muy problemáticas:

- En primer lugar, no en todos los casos pero si en muchos, se daría una pérdida de respeto por la propia ideología de la institución una vez que los propios empleados de la misma se dan cuenta de que parte de sus discursos públicos consisten en mera retórica que no se respeta de puertas adentro. De hecho es al contrario, mientras de cara al público se habla de castidad y heterosexualidad reproductiva muchos sacerdotes comprueban que parte de sus compañeros, incluso los bien situados en la jerarquía, tienen sexo habitualmente, en muchas ocasiones con otros hombres, frecuentemente también sacerdotes. De tal forma se incumplen tres tabúes de forma simultánea: mantener el celibato, en caso de no hacerlo al menos no tener sexo con hombres y desde luego no tener sexo con sacerdotes. 

- Para que eso se mantenga secreto a lo largo del tiempo se requiere una fuerte cultura del silencio, la opacidad, el ocultamiento y la condena al “chivato”. Cultura que ha podido enquistarse en la institución porque se trata de valores ya de por si propios del ambiente eclesiástico desde tiempo inmemoriales y porque además en tiempos recientes realmente existiría una mayoría, o al menos un núcleo importante y muy cohesionado de gais, en el seno de la Iglesia. Todo ello a la vez que muchos de sus compañeros no gais también tendrían muchas cosas que silenciar en relación a incumplimientos de la norma del celibato (auténtico núcleo del problema al ir en contra de una pulsión básica del ser humano, por tanto algo muy difícil de refrenar a lo largo de toda una vida).

- Y por último todo lo anterior hace particularmente vulnerables al chantaje a muchos miembros de la jerarquía eclesiástica en tanto que ocultan algo en su vida personal, no necesariamente abusos, pero sí algo de lo que se avergüenzan y que de ser revelado en público puede llevarles a perder no solo el respeto de su familia y amigos sino también su “puesto de trabajo”. Un puesto al que en algunos casos les ha costado muchos años de trabajo acceder y que es una vocación pero también un medio de vida fuera del cual resulta difícil reciclarse llegados a una determinada edad. Al fin y al cabo aunque estemos hablando de fe la Iglesia no deja de ser una institución que comparte características con grandes compañías internacionales o las grandes burocracias estatales y por tanto sus rangos están formados por lo que podríamos definir como "personal cualificado", con particulares ambiciones místicas pero también en muchos casos puramente profesionales.

Martel pone un origen en el tiempo a este estado de cosas, en concreto el pontificado de Pablo VI (1963-1978) y a partir de ello relaciona por ejemplo el controvertido apoyo de la Iglesia a diversas dictaduras latinoamericanas en aquellos años al hecho de que muchos de los miembros de la jerarquía católica ya eran muy vulnerables al chantaje de los servicios secretos por entonces.

Pero la idea importante es que la pedofilia en el seno de la Iglesia católica estaría muy vinculada al secretismo y la cultura del encubrimiento imperante en la institución. La generalización de un Estado de cosas en el que no se habla de los pecados del compañero para que él no hable de los tuyos habría creado el caldo de cultivo perfecto para que determinados individuos desviados operen con total impunidad. Y de ahí vendría el tremendo problema de los abusos. En principio ese tipo de individuos se pueden encontrar en cualquier parte. Pero en el caso de la Iglesia católica, en tanto que  virtualmente no existen mecanismos ni voluntad para detener o exponer públicamente a esos personajes, más bien al contrario, ese tipo de pervertidos habrían encontrado el lugar perfecto de cara a encontrar víctimas (debido a la labor educativa y de cuidado y formación de menores que se presupone a la institución). Además la existencia de una política de ocultación sistemática y de encubrimiento mutuo generalizada (incluso entre los que no son responsables de delitos criminales pero si se sienten avergonzados y atemorizados de que alguien rebele algún día su secreto) llevaría a que ese tipo de delincuentes sexuales (es hora de llamarlos por su nombre) hayan podido hacerse fuertes en el seno de la organización.

Lo que viene a decir Martel no es que la alta proporción de gais entre el clero lleve de por si a mayor incidencia de abusos a menores, sino que la omnipresente deshonestidad clerical con respecto a su homosexualidad lleva a una cultura del encubrimiento de la que se aprovechan los que abusan de menores para hacer verdaderos estragos gracias a las posibilidades e impunidad que les ofrece su condición de hombres de Iglesia y al hecho de que muchos de sus compañeros se sienten inclinados a callar y a hacer la vista gorda para no ser a su vez chantajeados y/o expuestos públicamente aunque sea en relación a cosas de las que en una institución normal no tendrían que avergonzarse.

Llegados aquí ni el autor, que como dije es gay sin complejos, ni yo, sugerimos que ser gay es anormal o un problema en sí mismo, pero sí que puede serlo en el seno de una institución públicamente homófoba encargada en muchos casos de cuidar a niños y adolescentes. Sería eso lo que ha creado un contexto perfecto para abusadores, en concreto en la mayoría de los casos hombres gais convertidos por sus trastornos en abusadores de niños varones. Matiz que se presupone pero en el que no se incide demasiado.

Es un tema nada políticamente correcto ni para la derecha política, que ve como todo esto puede servir para poner en cuestión a la institución eclesiástica, ni para la izquierda política, que puede entender que incidir demasiado en la condición homosexual de la inmensa mayoría de los abusadores supone la revitalización de viejos prejuicios contra la comunidad gay .

Y no me gustaría terminar sin mencionar, porque es de justicia, que otra cosa que "descubriremos" con horror, pero esto ya dentro de cincuenta o cien años, porque aún no ha llegado su momento, es que en los monasterios griegos ortodoxos o en los templos budistas asiáticos también hay muchos homosexuales, algunos de ellos trastornados y que abusan de novicios sin que eso trascienda casi nunca. Ahora mismo esto se queda en una suposición personal, pero estoy completamente seguro de que el tiempo me dará la razón. Tal es mi fe inquebrantable en las miserias de la condición humana.