domingo, 9 de diciembre de 2018

Transición y Constitución



Por una vez yo no voy a decir nada. Simplemente, en relación a los fastos de conmemoración del 40 aniversario de la Constitución se impone un cierto análisis sobre el legado de la Transición como proceso, en general, así como una reflexión en torno al texto constitucional que rige nuestro sistema político y que podríamos decir que es una perfecta síntesis en si mismo de las virtudes y los defectos de la propia Transición.

Por tanto, ¿cual es vuestra opinión al respecto?: ¿la Transición fue un proceso en el que todo cambió aparentemente para que nada en el fondo cambiase o bien fue la piedra angular del mejor momento de la historia reciente de España?, ¿la Transición es un ejemplo a imitar en otros países, o más bien -al olvidarse de todo propósito de justicia retroactiva- justo lo contrario?, ¿fue un ejemplo de sagacidad e ingeniería política de alto nivel o simplemente la solución menos mala disponible entonces dada la coyuntura?, ¿es la Constitución un texto lleno de incongruencias producto de la improvisación sobre la marcha y que por tanto ha de reformarse o incluso cambiarse por completo, o por el contrario sus reglas del juego siguen plenamente vigentes y no deben tocarse para no desestabilizar la sociedad?, ¿qué pensáis?

Tenéis los comentarios para exponer vuestro pensamiento al respecto si queréis. 

domingo, 25 de noviembre de 2018

Los muy cabrones



 Nos han desangrado los muy cabrones, nos han quitado todo lo que teníamos y no solo a nosotros sino a nuestros padres y a los padres de nuestros padres y a cambio los romanos ¿qué nos han dado?. Aparte del acueducto, el alcantarillado, la sanidad, la enseñanza, el vino, el orden público, la irrigación, las carreteras y los baños públicos, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?

   Monty Python, “La vida de Brian”





A raíz de un artículo publicado en Jotdown hace algunos días se me ha ocurrido proponeros un debate que me parece más complejo de lo que tradicionalmente se asume en torno a la valoración ¿positiva o negativa? del Imperio romano. 

Desde luego no cabe duda de que la unificación de todas las tierras ribereñas del Mediterráneo bajo un único poder político llevada a cabo por los romanos produjo enormes beneficios. Básicamente eso permitió la formación de un primitivo “mercado común europeo” al menos para ciertos productos y una mayor facilidad para viajar e intercambiar mercancías entre regiones tan distantes como Capadocia, Siria, Egipto, Britania o Hispania. Lo anterior permitió asimismo la especialización por regiones de muchos latifundistas productores de cereales y de muchos artesanos. Y eso a su vez, aumentar la producción general de bienes en el ámbito mediterráneo.

Tal afirmación se explica de forma muy simple. Para una región rica en minerales o con una especiales condiciones para la fabricación de vino es mucho mejor especializarse en ese tipo de producción e intercambiarla por el resto de artículos que necesita, producidos en otros lugares más favorables, que no tener que producir en el marco local bienes para los que no se dan las condiciones (con la consiguiente pérdida de tiempo y recursos).

De esa forma si uno lee a autores como P. J. Reynolds, Iron Age Farm: the Butser Experiment; K. D. White, Roman Farming; o P. D. A. Garnsey, “Grain for Rome”, en Trade in the Ancient Economy, uno se da cuenta de que los rendimientos agrícolas en el mundo romano, esencialmente del trigo, pudieron ser de 8 a 11 o 12 granos obtenidos por cada grano sembrado mientras que tras la caída de Roma y el consiguiente colapso del sistema que permitía importar a Europa grano del Norte de África o Egipto, la agricultura altomedieval hubo de sobrevivir con rendimientos en torno a 4 a 1. Es decir con el mismo volumen de trabajo el mismo número de personas producían menos comida al tener que vivir en el seno de una economía autosuficiente donde prácticamente todos los bienes y alimentos debían obtenerse en un marco local, lo que obligaba en muchas ocasiones a depender de terrenos no aptos para ello.

Todo esto resulta significativo porque la única forma de que existan grandes ejércitos, pero también músicos, literatos, artesanos... es mediante una división social del trabajo relativamente avanzada. En otras palabras, que no toda la población haya de dedicarse a producir su sustento. Para esto un agricultor debe obtener de una cosecha en primer lugar nuevos granos con los que sembrar la siguiente cosecha, después alimento suficiente para sí mismo y su familia (en caso de que no se trate de un esclavo), y después de eso aún deben existir excedentes que –por medio del mercado o a través del Estado como redistribuidor- lleguen a los medios urbanos en cantidad suficiente como para liberar a una masa crítica de personas de la engorrosa tarea consistente en producir alimentos a través del trabajo agrícola. Son esas personas las que dan forma a lo que nosotros entendemos como “civilización”, ya que constituyen la mano de obra liberada de la tarea de producir comida que puede por ello dedicarse a construir grandes infaestructuras públicas, registrar la historia, o limitarse a crear obras de arte y productos sofisticados.

Así pues, en primer lugar, uno de los logros más destacados del Imperio romano fue instaurar una cierta división del trabajo a lo largo de un extenso territorio, lo que consiguió optimizar (por medio de una economía de escala primitiva) la producción en los territorios ribereños del Mediterráneo durante cierto tiempo, permitiendo así el florecimiento de una civilización urbana.

Asimismo la unificación política, la creación de una amplia red de calzadas y la imposición de una lengua franca (en realidad dos, el latín y el griego que siguió gozando de gran vitalidad en la zona oriental del Imperio) y una administración uniforme en todos esos territorios, facilitó el transporte y el comercio a lo largo de ese enorme área de terreno con una seguridad y a unas velocidades nunca antes vistas (y que tardaron en emularse con posterioridad), lo que redundó a su vez en beneficio de la economía.


Tengamos en cuenta que en el mundo romano para recorrer de Este a Oeste el Imperio por tierra a través de su sistema de calzadas se necesitaban ochenta días aproximadamente. Por contraposición aún en la Baja Edad Media en una jornada de diez horas era posible desplazarse apenas unos 50 km. Ahora bien, en viajes largos y en condiciones no óptimas la media se reducía a 20-30 km diarios. A caballo tales medias podían doblarse mientras que usando la navegación fluvial o marítima, muy azarosa, se alcanzarían los 120 km al día. En todo caso la piratería en el mar, y en tierra el bandidaje y la existencia de incontables fronteras convertían atravesar la cuenca mediterránea de punta a punta en toda una experiencia. Durante nuestra Edad Moderna la navegación marítima mejoró ostensiblemente, pero todavía durante el reinado de Jorge II (1727-1760) en Inglaterra, en los momentos previos a la revolución industrial que con el tiempo permitiría a su vez una revolución de los transportes cuyas consecuencias llegan hasta el presente, la velocidad a la que se solía viajar por tierra no era mucho mayor que en el s. I a.n.e., cuando sabemos que en un momento de necesidad Julio César tardó ocho días en cubrir una distancia de 1.017 km.

Y a todo lo mencionado habría que sumar la otra gran aportación del mundo romano, al menos en su parte occidental. La parte oriental del mundo romano ya era un área “civilizada” y urbanizada a la llegada de los romanos, los cuales se limitaron a conquistar territorios donde estaban instaladas una serie de culturas igual o más sofisticadas que la suya y donde el comercio y la vida urbana gozaban de esplendor desde hacía muchos siglos. Pero en el área occidental del Imperio, especialmente en Hispania, las Galias y Britania, los romanos se enfrentaron a sociedades de base tribal comparativamente atrasadas y que por ello carecían de una serie de estructuras organizativas que los romanos con su conquista aportaron a esas zonas.  

En esas regiones los romanos fueron los padres de la creación de auténticas estructuras estatales con todo lo que eso conlleva. Es decir aumentos de la urbanización, generalización del uso de la escritura, la moneda o las leyes escritas en zonas donde apenas se conocían esos conceptos y finalmente la introducción del pago de impuestos regular, así como aparatos burocráticos y diplomáticos modernos para la época en áreas donde antes no existía nada de eso. Todo lo cual en parte pavimentó el camino para que las sociedades de Europa occidental con el tiempo estuviesen preparadas para dar el salto al siguiente nivel evolutivo.


Por todo ello el progresivo colapso del Imperio romano en mi opinión si da lugar muy claramente a un período de decadencia evidente, con todas las salvedades que se quieran hacer, por contraposición a lo que existía antes y a lo que existió después. De ahí que a título personal siempre he sido partidario de una valoración de la Edad Media como un período de “oscuridad” mental y estancamiento por mucho que sus primeros siglos no dejen de ser el desenlace lógico de un período de decadencia que arrancaba ya del s. II, que en torno al año 1.000 se produzca un renacimiento urbano y un relanzamiento agrícola y tecnológico notable y que, en base a ello y con el hiato que en parte supone la irrupción de la epidemia de Peste Negra de 1348, sus últimos siglos sean la rampa de despegue necesaria para la eclosión del Renacimiento.

Y aún así, pese a todo lo dicho, siempre me ha sorprendido la valoración mayoritariamente positiva que se da al mundo romano (a fin de cuentas son “los nuestros”) en línea con el artículo citado al principio. Algo que es general sobre todo, como no podía ser de otra forma, en los sistemas educativos de los países actuales que de alguna forma en el pasado bebieron de su cultura. Por ejemplo, tomemos la contraposición entre el tratamiento que se da a la hora de valorar los sacrificios humanos llevados a cabo por los pueblos precolombinos (a fin de cuentas algo que era “parte integrante de su cultura” y dotado de un fuerte significado religioso) por oposición a los igualmente violentos y masivos sacrificios humanos llevados a cabo por los romanos en el marco de juegos circenses (en cierta forma muertes mucho más espurias al ser reducidas a una simple mezcla de espectáculo y propaganda) los cuales incluso disfrutamos de ver en películas salvo cuando las víctimas son cristianos (también integrantes de “nuestro” equipo, lo que aparentemente nos genera sentimientos encontrados).

Se supone que no debemos juzgar el pasado con nuestros valores, o al menos no hacerlo en absoluto. Pero en realidad esa es una aseveración tramposa. Siempre juzgamos el pasado de una forma u otra. Y de hecho cuando acudimos a esa especie de comodín de “no se tiene que juzgar el pasado desde nuestros valores morales” invariablemente es (solo) para evitar juicios negativos. Nunca he escuchado acudir a esa frase para pedir templanza ante valoraciones positivas del pasado frente a las cuales también tendríamos que mostrarnos fríos y comedidos. Todos los que chillan que no debemos calificar de sanguinarios, crueles o inmorales a diversos personajes del pasado luego resulta que jamás aplican ese criterio a la hora de idolatrar a su vez el “valor”, el “heroismo” o el “patriotismo” de diversos héroes “nacionales”. Los cuales, a poco que realmente analicemos algunas de sus acciones en función de los verdaderos valores de su propia época (donde, por ejemplo, la violencia era algo mucho más común y más "fácil" de aplicar que en la actualidad y el concepto de "nación" que hoy tenemos no existía), corren el riesgo de aparecer a nuestros ojos como un montón de brutos semianalfabetos en busca de botín, venganza, gloria personal y sexo. Simplemente. Por supuesto esto último algo en plena sintonía con los valores violentos de casi todas las sociedades pretéritas. Pero, claro, si no debemos condenar el pasado entonces me pregunto si en cambio tampoco debiéramos de edulcorarlo entre suspiros.

Parece esa cuestión una trampa dialéctica. Otro ejemplo, los que no quieren condenar figuras o eventos históricos en base a que no podían ser conscientes de las consecuencias a medio y largo plazo de sus acciones resulta que frecuentemente no tienen luego reparos en ensalzar hechos similares en base al provecho que del presente extraemos de acciones que en el pasado se realizaron sin pretender en ningún momento producir tales beneficios.

Es esa una problemática que, por otro lado, subyace al debate sobre la creación de casi todos los Imperios de la historia en la medida en que muchas veces hablamos de sus aparentemente benignas consecuencias sin jamás detenernos a pensar en los costes de las mismas o en si había alternativas mejores.

En el caso del Imperio romano el proceso de “romanización” de sus territorios en muchos casos no consistió ni mucho menos en una planificada, sistemática, lenta y pacífica educación de los nativos en las nuevas formas económicas y sociales. Leyendo muchos manuales escolares uno se imagina la “romanización” como una especie de clases de ciudadanía impartidas en algún foro en construcción a donde los habitantes de los territorios limítrofes, los nuevos ciudadanos del imperio, acudían a estudiar latín y a familiarizarse con los nuevos medios de pago. Pero muy al contrario la “romanización” de las Galias, Hispania o Britania, consistió en buena medida en el puro y simple exterminio de buena parte de la población local (solo la conquista de las Galias por parte de César costó la vida de una quinta parte de su población total aproximadamente, porcentaje que pudo ser perfectamente emulado o superado en lo referente a la conquisa de Celtiberia, Lusitania, la actual Tunez o la "pacificación" de Judea), la reducción a la esclavitud de otra parte significativa de los habitantes de la región, y la posterior repoblación de puntos estratégicos del territorio con veteranos del ejército y colonos de cultura latina que aportaban con su presencia en algunas ciudades clave la pátina necesaria de “civilización” a unas zonas que serían esquilmadas durante años después de la conquista por la brutalidad de los recaudadores de impuestos hasta que finalmente a través de décadas de pura y simple violencia (con saqueo de aldeas rebeldes, violaciones y matanzadas masivas incluidas, confiscaciones de propiedades, etc.) lo que restase de los descendientes de la cultura original presente en el territorio antes de la llegada de los romanos se hubiese reducido a una masa desmoralizada y pasiva de buenos ciudadanos adecuadamente sumisos. Solo algunas de las élites urbanas locales, aquellas más sibilinas y oportunistas que se avenían a pactar con los romanos y les resultaban útiles de cara a la pacificación y posterior explotación del territorio, se beneficiaban realmente a corto plazo del cambio en el status quo

De ahí la paradoja. Los conquistados en realidad no pudieron casi nunca beneficiarse de los acueductos, las termas, o el Derecho romano. Porque murieron de forma violenta. Del mismo modo que la mayor parte de la población de la América precolombina murió mucho antes de poder “disfrutar” del castellano y la religión católica. Igual que ocurrió con la población nativa de los actuales EE.UU. que se murió mucho antes de poder disfrutar de los beneficios de los casinos que regentan en la actualidad algunos de sus supuestos descendientes. Casi todos los cambios positivos que han permitido a las sociedades humanas dar un salto de nivel a lo largo de la historia solo han sido positivos a varias generaciones vista mientras que las generaciones atrapadas en el cambio vieron su vida empeorar o directamente terminar de forma trágica.

Es lo ocurrido con la transición desde sociedades nómadas de cazadores-recolectores a sociedades agrícolas sedentarias. Múltiples estudios atestiguan que los primeros agricultores trabajaban más, se alimentaban peor, vivían más hacinados, en peores condiciones higiénicas y por consiguiente más expuestos a enfermedades y conflictos violentos que los “primitivos” cazadores nómadas. La ventaja básica de la agricultura era poder acumular más excendentes con los que alimentar a más gente y con el tiempo en esa mayor masa demográfica (a fin de cuentas más gente pensando a la vez y más gente disponible para probar a organizarse de modos diversos) crecieron las posibilidades de aumentar la velocidad del desarrollo técnico y la división social del trabajo. A quinientos o mil años vista era el camino correcto como la lógica de la historia probó, pero eso es algo que no pudieron disfrutar las generaciones atrapadas en pleno cambio de paradigma, un poco como los rusos durante las épocas de stalinismo durante las que se industrializó el país.

Y eso lleva implícito plantearse si mereció la pena o si había una alternativa menos traumática al modo en que se llevaron a cabo dichos procesos de cambio.

En base a ello resulta posible darle aún más vueltas al debate. No cabe duda de que los romanos realmente hicieron algo por nosotros. Nosotros los que estamos leyendo esto. Pero lo que no está tan claro es que representasen un cambio positivo para las personas que vivieron en primera persona su llegada e implantación en un territorio. Es más, estoy seguro de que pocos de los europeos que actualmente cantan loas a Roma tendrían el valor de catapultarse en el tiempo a experimentar la llegada de las legiones (y con ellas las calzadas, los denarios o el latín) a la región donde viven en la actualidad.

No debemos olvidar que Roma empleó su ejército para someter todas las sociedades que la circundaban, y pagaba a sus soldados con las riquezas que arrebataba a esos pueblos. Dejó el menor rastro posible de las culturas de los grupos humanos sometidos salvo por el hecho de que gran parte de lo que entendemos por civilización romana procede del pillaje cultural por el que un buen número de elementos del mundo "bárbaro" pasaron a manos romanas. Todo ello para dar lugar a un tipo de sociedad sostenido sobre un sistema económico basado en un brutal y masivo modelo esclavista (al menos hasta sus siglos finales donde el modelo empezó su transición a una organización socioeconómica basada en la servidumbre, un poco menos miserable que la esclavitud directa). Y recordemos a ese respecto que otras sociedades de la época o incluso otras sociedades pretéritas de otras épocas que conocieron la esclavitud jamás recurrieron a ella con la intensidad y virulencia con la que lo hicieron los romanos. Ni los egipcios (esos que supuestamente "esclavizaron" al pueblo de Israel), ni los habitualmente vituperados persas, ni los judíos (que fueron aplastados por los romanos con especial saña), ni siquiera las propias sociedades precolombinas o los “bárbaros” que contribuyeron a finiquitar el Imperio romano, ni tampoco otras grandes culturas que florecieron en el mundo hindú o el espacio chino, necesitaron recurrir de forma tan masiva a esa forma de explotación del ser humano.  

   De la misma forma otros grandes imperios de la historia fueron creados vertiendo en el proceso un volumen de sangre muchísimo menos elevado. La expansión del Islam por ejemplo, a pesar de su mala prensa y de que a título personal es una cultura que no me parece especialmente admirable, lo cierto es que al margen de matanzas puntuales se expandió por un territorio mucho mayor que el Imperio romano matando y esclavizando a un porcentaje de gente considerablemente menor que el habitual en el caso de los romanos. Y sin embargo, dado que los romanos son “los nuestros” y los “moros” no, la valoración de ambas conquistas es diametralmente opuesta por parte de la opinión pública no se sabe muy bien en base a qué argumentos ya que el Islam a fin de cuentas nos aportó tanto o más que el mundo romano matando a mucha menos gente por el camino: el papel, la pólvora, la brújula, la rueca, el astrolabio, el álgebra y la trigonometría, el número cero, múltiples innovaciones en óptica y medicina, la noria y la introducción de diversos nuevos cultivos como las naranjas, entre otros avances.

Así que todo esto no deja de ser terreno inestable en torno a cuestiones muy debatibles. ¿Vosotros qué opináis?, ¿eran los romanos unos cabrones?, ¿los miramos con indulgencia porque los consideramos nuestros cabrones?, ¿si realmente nos consideramos herederos del legado romano por qué simultáneamente se presenta bajo patrones positivos la resistencia a Roma por parte de peligrosos grupos de terroristas numantinos y lusitanos? ¿no es eso una incongruencia? 

domingo, 21 de octubre de 2018

Que si quieres que te cuente el cuento de la buena pipa


La civilización no suprime la barbarie, la perfecciona.

Voltaire





La historia es muy conocida y se ha publicado mil veces en Internet, por ejemplo podéis dar un vistazo a ESTE artículo de Jotdown aunque, pese a ello, empezaré por resumírosla. Ahora bien, hoy pretendo compartir con vosotros un análisis de esos hechos conocidos que –obviamente- no es el habitual. En esencia lo que voy a plantear niega o al menos matiza la interpretación que tradicionalmente se ha difundido acerca de las circunstancias que rodearon el ascenso a la fama del cuadro más famoso de Gèricault

Empecemos por el principio. En junio de 1816 partió de Francia una flotilla de barcos compuesta por la fragata Medusa, la corbeta Eco, el bergantín Argus y un pequeño barco de aprovisionamiento llamado Loira.

Como consecuencia de los tratados firmados al final de las Guerras Napoleónicas, Francia debía recibir el control de la región de Senegal en ese momento en manos de los británicos. Así que el objetivo de la expedición naval era trasladar al coronel Julien-Désiré Schmaltz hasta ese lugar de África, donde pasaría a ejercer el cargo de gobernador de la región. En principio una misión sencilla y un viaje rutinario si bien, como todos sabemos, las cosas no iban a salir como estaban planeadas. 

Al mando de las operaciones en la tristemente célebre Medusa se encontraba un capitán llamado Hugues Duroy de Chaumareys, con alguna experiencia marinera pero que llevaba veinte años sin ejercer el mando de un navío. La razón era que tras las citadas Guerras Napoleónicas la nueva monarquía de Louis XVIII quería situar a sus leales en los altos rangos del Ejército y la Flota, tanto para pagar favores como con el objetivo de asegurarse la lealtad de tales organizaciones claves en el mantenimiento del poder. Y de ello se benefició Hugues Duroy de Chaumareys que, por cierto, era vizconde.

La tragedia que todos conocemos se incubó avanzada la navegación cuando el futuro gobernador comenzó a requerir al oxidado capitán que acelerase el viaje para llegar al destino cuanto antes. En cierta forma algo similar a lo ocurrido con la estúpida muerte del presidente polaco Lech Aleksander Kaczyński en 2010 cuando los políticos y militares a bordo del avión que lo transportaba presionaron a los pilotos para agilizar en exceso un complicado aterrizaje en Smolensko en condiciones de mala visibilidad, lo que acabó en tragedia.

En su caso, bajo las presiones de Schmaltz, la Medusa empezó a alejarse de los navíos escolta y, a la vez, a acercarse demasiado a la costa de la actual Mauritania. Todo ello pese a las advertencias sobre el escaso calado del fondo marino en la zona lanzadas por varios oficiales más expertos tanto a bordo del propio navío como presentes en los otros barcos del convoy, al menos antes de perder estos el contacto con el navío de Chaumareys. Así hasta que a las tres y cuarto de la tarde del martes dos de julio de 1816 se produjo lo inevitable y la Medusa encalló en un banco de arena a unos 55 km de tierra firme y 500 km de distancia de la ciudad más próxima.

Después de eso, tras malgastar varios valiosos días en un inútil esfuerzo por desencallar el barco ya que Chaumereys intentó hasta el final evitar el desprestigio que sabía le supondría dar por perdido su navío, finalmente el capitán se rindió a la evidencia y ordenó la evacuación. Acto seguido, un poco al estilo de la película Titanic, el propio Chaumereys, el gobernador Schmaltz, su mujer y su secretario, así como el resto de oficiales del barco, ocuparon los insuficientes “botes salvavidas” (en realidad en el período no existía el concepto, de ahí su escasez): en concreto seis (más bien cinco a los que habría que sumar un pequeño esquife).

Ante la incierta situación diecisiete hombres decidieron quedarse en el barco a esperar algún socorro mientras que el resto del pasaje, cerca de ciento cincuenta personas, todos hombres menos una mujer, embarcó en una precaria balsa de aproximadamente 20x7 metros construida con materiales procedentes del para entonces destartalado navío.

En principio el plan era que desde los botes se arrastraría a la balsa hasta tierra. Pero tras varias horas en las que apenas lograron avanzar unos 20 km el capitán Chaumereys juzgó inviable el esfuerzo y ordenó cortar la soga que arrastraba a la balsa, condenando a sus ocupantes a la deriva y una previsible muerte.

Hay que tener en cuenta que en dicha balsa las provisiones se reducían en aquel momento a una caja de galletas, seis de vino y un par de barrilitos de agua. Cantidades totalmente insuficientes, pero se había decidido sacrificar los suministros de cara a poder amontonar a todos los pasajeros posibles en aquel precario amasijo de tablones. Así que tras perder contacto con los botes pronto estallaron las luchas por los alimentos en la balsa. La primera noche unas veinte personas murieron arrastradas por las olas o en las peleas para ocupar el centro de la embarcación a la vez que el tumulto hizo que se perdieran parte de las preciadas provisiones. El segundo día el caos desembocó en una salvaje lucha por la supervivencia en la que perdieron la vida casi la mitad de los naúfragos restantes, mientras que el resto comenzaron a practicar el canibalismo durante los días siguientes.

Cuando el 17 de julio el rezagado bergantín Argus, perteneciente a la flotilla, contactó con los restos de la balsa, contabilizó solo quince supervivientes enloquecidos, cinco de los cuales murieron durante los días siguientes. 

Pero aunque son esos hombres los que pasaron a la posteridad lo cierto es que la historia ha olvidado a otros de los perjudicados por la incompetencia del tandem Chaumareys-Schmaltz.

Señalemos antes de nada que, como Dios es justo y ayuda a los necesitados, por supuesto ambos lograron llegar a la ciudad de Saint Louis después de tres días de navegación sin problemas, una vez liberados del peso muerto de la balsa.

La cuestión es que por el camino también se desentendieron de los integrantes de los otros cuatro botes que navegaban con ellos los cuales se dispersaron por el mar y encallaron en la costa en diversos puntos a lo largo de una franja desértica a unos 150 km de distancia de la población más cercana. De tal forma los supervivientes de ese grupo de olvidados fueron a Saint Louis durante las semanas siguientes, después de una larga y penosa marcha, contabilizándose entre ellos otras nueve muertes a sumar a la lista de fallecidos por culpa del desastre.

Pero peor fue el destino de las diecisiete personas que se quedaron entre los restos semihundidos de la Medusa ya que, incomprensiblemente olvidadas por todos, hubieron de resistir durante casi dos meses entre los restos encallados de casco hasta que fueron rescatados por una goleta francesa que los avistó casi por casualidad. Para entonces solamente tres se mantenían con vida. 

Lo que ocurrió a continuación es que el cirujano Henri Savigny, uno de los supervivientes de la tragedia, volvió a Francia a principios de septiembre e inmediatamente realizó un informe para el Ministerio de la Marina

Y aquí empieza lo interesante.

Al día siguiente la declaración de Savigny, en principio secreta, se filtró a la prensa, siendo publicada en el Journal des Debats, un diario crítico con el Régimen de Louis XVIII.

Ante el escándalo mayúsculo que estalló a continuación el Gobierno reaccionó condenando a Chaumerys a la pena de muerte.

Parecía que la crisis podía acabarse ahí, y durante algunos meses el asunto pareció olvidado, hasta que entró en escena un joven y ambicioso pintor llamado Jean-Louis André Théodore Géricault (1791-1824) que, tres años después, en 1819, sacudió el conservador Salón de París, celebrado al final del verano, con un enorme lienzo (de 5x7 metros). El cuadro estaba dedicado a inmortalizar la tragedia de los supervivientes de un indeterminado naufragio, que sin embargo podía ser inmediatamente identificado por el público como una referencia a la famosa balsa abandonada a la deriva por unos incompetentes oficiales del Gobierno colocados en sus puestos a dedo debido a sus contactos.


Hasta ahí la historia conocida y habitualmente relatada. Pero para contextualizar todo lo ocurrido faltan datos. Antes de nada es importante resaltar que en Francia a lo que sería el equivalente a la crítica de arte del período en un primer momento no le gustó demasiado aquel "amasijo" de cuerpos en posiciones forzadas y con expresiones claramente exageradas para buscar el máximo impacto emocional en el espectador. Los académicos, conservadores por naturaleza, inicialmente rechazaron los valores del naciente Romanticismo. Aunque pronto el debate acerca del valor pictórico del cuadro fue eclipsado por la polémica suscitada en torno al contexto de la obra.

De tal forma tras la presentación en sociedad del lienzo casi todos los intelectuales “progresistas” del período (por entonces básicamente literatos e historiadores de ideología protoliberal) se aliaron para defender la obra de Gèricault que, más que un cuadro, era una manifiesto ideológico (por ejemplo uno de los puntos centrales de la composición es un hombre negro, algo no muy exacto respecto a los hechos acaecidos, pero que podía ser interpretado como un alegato a favor de la abolición de la trata de esclavos). Con ello Gèricault  acababa de hacer de precursor a muchos artistas plásticos del s. XX a la hora de usar el escándalo, la polémica y la confrontación como elemento publicitario para dar popularidad y, consiguientemente, valor y prestigio a su creación. 

   Es así como, en parte aceptando la leyenda que desde ese momento rodeó al cuadro, hoy en día se interpreta dicha obra de Gèricault como un alegato contra el poder establecido en su tiempo. Pero lo que pretendo poner en debate es si eso fue en algún momento realmente así. 

En mi opinión de cara a desentrañar la duda precedente hay que partir de otra cuestión bastante problemática. ¿En qué medida el propio Gèricault y los supervivientes de la Medusa se limitaron a ser –conscientemente o no- el instrumento de otro tipo de intereses?

A tal fin, para entender el asunto de forma plena, debemos olvidarnos de la emotiva historia de los personajes implicados, en muchos casos meros peones de fuerzas muy superiores, y pensar en el panorama general de la política francesa del período.

La primera conexión que encontramos entre los sucesos de la Medusa y el gran tablero político de aquellos años es el hecho de que el inútil de Chaumareys era en la época un protegido de François Joseph de Gratet, vizconde de Bouchage, ministro de Marina entre septiembre de 1815 y junio de 1817 (cuando hubo de dimitir en parte debido a su cada vez más debilitada posición tras el escándalo creado por su inepto subordinado).

La cuestión es que pocos estudios históricos se plantean cómo, en medio de un régimen de control de la opinión al estilo del de los primeros años de la Restauración monárquica en Francia, fue posible que un informe confidencial tremendamente crítico con personas muy poderosas se filtrase sin problemas y de forma inmediata a la opinión pública, además sin posteriores represalias para los implicados.

Para explicar ese misterio hay que tener en cuenta que por entonces en el seno del Gobierno francés se estaba produciendo, en la sombra como siempre, un enfrentamiento despiadado entre camarillas, en cierta forma similar a la disputa que años después enfrentó a los allegados de Fernando VII en España. Es decir, los monárquicos moderados por un lado, contra los ultraconservadores por otro.

En lo tocante a Francia inmediatamente después del aterrizaje de Louis XVIII en el trono los "ultras" se hicieron con el control de la mayoría de órganos de poder, contando entre sus rangos por ejemplo al propio vizconde de Bouchage. Su influencia llegó hasta un punto en el que amenazaban coartar el control del aparato del Estado por parte del propio Louis XVIII al que pretendían servir.

Con ese contexto la oposición se organizó en torno al ministro de Policía del período, Élie-Louis, duque de Decazes, un personaje interesante que había militado en las filas bonapartistas hasta que el viento cambió de dirección, momento que aprovechó para pasarse al bando monárquico. Su recompensa por ese oportuno cambio de chaqueta fue ser nombrado prefecto de policía de París a mediados de 1815 y poco después Ministro de Policía, sucediendo a Fouché.

Como podéis suponer alguien capaz de relevar en su cargo a un intrigante del calado de Fouché no podía ser un alma cándida. Así que vamos a suponer que Decazes pudo estar detrás de la filtración al público de lo sucedido con la Medusa.

En un tiempo en que no existía la democracia como tal y la opinión pública era aún más manipulable que hoy en día la intención de Decazes probablemente era iniciar un escándalo limitado que debilitase a sus rivales y justificase de cara al público el que luego fueran apartados de sus cargos.

Es curioso por ejemplo que en la época también se diese todo tipo de facilidades a la prensa para seguir el procedimiento judicial en torno al asesinato de Antoine-Bernardin Foualdès, Procurador Público en la ciudad de Rodez, quien probablemente fue asesinado por un grupo de ultras. De hecho el nombre de Foualdès figuraba en una lista de figuras públicas a “purgar” por demasiado progresistas elaborada por el conde Francois Régis La Bourdonnaye diputado ultra por la región de Loira.

Hablamos de un período de intensa confrontación política desarrollada en cierta forma a golpe de dossier comprometedor. Por tanto si Decazes, o más probablemente alguno de sus allegados, fue quien colaboró discretamente a hacer público el escándalo para fomentar un determinado clima de opinión favorable a sus intereses políticos (que en aquel momento consistían en debilitar al Gabinete de Gobierno en el poder) no cabe duda de que sus planes salieron bien y solo un mes después de estallar el escándalo de la Medusa, fijaros qué casualidad, Decazes se convirtió en el nuevo hombre fuerte del Gobierno. Posición que ostentaría a través de diversos cargos ejercidos los siguientes cuatro años mientras el escándalo siguió vivo y coleando a través de un libro publicado (sin problemas de ningún tipo) por otro de los supervivientes del naufragio. Hablamos así de un escándalo que lejos de comprometer realmente al Régimen (el cual se mantuvo otra década más pese a su carácter bastante impopular y autoritario), sirvió sobre todo para debilitar al bando ultra y favorecer las intenciones del monarca que quería dotar a su Gobierno de una imagen un poco más presentable y ganar margen de actuación personal apartando de sus cargos a sus seguidores más ultramontanos para situar en su lugar a advenedizos más manejables. A fin de cuentas Decazes tenía la virtud de ser un arribista previsible y totalmente fiel a su amo y no un iluminado intransigente. 

Por su parte la biografía de Gèricault también resulta interesante. Pese a su aura de enfant terrible y antisistema era un niño de buena familia que se había librado del servicio militar napoleónico pagando a otro más pobre para que fuera en su lugar y que finalmente se alistó en una compañía de mosqueteros grises de la Guardia Real, tras la primera caída de Napoleón, llegando a formar parte de la escolta encargada de proteger a Luis XVIII en su huida tras el regreso de Napoleón de la isla de Elba.

¿Sabéis quienes visitaron a Gèricault en el Salón de París cuando presentaba en sociedad su cuadro haciendo una valoración pública favorable del mismo? Exacto, el señor Decazes, nuevo favorito real, acompañado de su Majestad. En realidad ellos fueron de los pocos que lo apoyaron publicamente en aquellos primeros y difíciles momentos. Curioso cuanto menos. 

Por otro lado, unos años antes, en 1814, el propio Gèricault había fracasado en el mismo Salón de París al presentar un cuadro de temática militar en un contexto en el que el jurado tenía consignas de favorecer obras no militaristas que hiciesen olvidar el clima de guerra de los años previos. Así que podemos concluir que llegado su momento de gloria Gèricault sabía bastante de las sutilezas políticas que (entonces como ahora) envuelven las cuestiones “artísticas”.
  
Por tanto, contra lo que se suele comentar dando a entender que la obra de Gèricault contribuyó a publicitar de forma decisiva el escándalo de la Medusa en Francia, podemos preguntarnos si más bien se sirvió de él cuando el asunto no daba para mucho más y el teatro en torno al mismo ya había cumplido su objetivo, al menos en Francia. Por ello no molestó ni mucho menos a las cabezas visibles del Régimen, en aquel momento el propio monarca y Decazes. 

De tal forma puede decirse que Gèricault no se ganó su lugar en la historia (solo) por ser un artista notable sino que, abriendo el camino a lo que se estilaría en adelante, demostró principalmente una gran sagacidad a la hora de autopublicitarse usando para ello el contexto político del momento.

Lo cierto es que, como ya insinué, durante el Salón de París y pese al revuelo levantado por su obra, Gèricault no fue unánimemente aclamado (por supuesto, además de aquellos observadores neutrales a los que sinceramente no les gustó su pintura, habría que tener en cuenta los intereses de los periódicos afines al movimiento ultra que se posicionaron en contra de la estética del cuadro por motivos obvios). Pese a todo al término del Salón recibió un premio. Pero la pintura no se vendió y a fin de cuentas los artistas no solo trabajan por amor al arte.

 Así que al año siguiente, cuando su obra empezaba a correr el riesgo de pasar al olvido, en un movimiento maestro Gèricault decidió publicitar su pintura con una gran exposición dedicada al cuadro en Inglaterra. Con ese propósito, para convertir la presentación de un simple cuadro en un auténtico evento, se usaron las más modernas técnicas publicitarias de la época, como por ejemplo el empleo de hombres-anuncio. Todo lo cual desembocó en una concurrencia masiva de público para ver la pintura, previo pago de una entrada, lo que proporcionó a Gèricault suculentas ganancias. Y por si fuera poco la obra fue unánimemente aclamada. La cuestión es que ese triunfo del cuadro de Gèricault en Inglaterra, que fue realmente el evento decisivo que cimentó la fama y a la posteridad la obra, no se debió tampoco a cuestiones puramente estéticas. De hecho diría que ni siquiera prioritariamente se debió a cuestiones artísticas, inmersas como estaban las élites y el público británico del período en una rivalidad con Francia.

En ese sentido la clave fue que el lienzo de Gèricault se presentó allí, una vez más, en el mejor momento posible y con el mensaje adecuado, en este caso en términos del contexto inglés. Por un lado ponía sobre el tapete la incompentencia de la oficialidad del enemigo tradicional, lo que contribuía a desterrar los fantasmas de los largos años de guerra y la memoria de las ocasionales derrotas frente a los contingentes galos sufridas por tropas inglesas durante las campañas contra Napoleón.

Por otro lado el suceso de la Medusa servía también para resaltar, por contraposición, la “hazaña del Alceste” en la mente del público británico (los ingleses siempre han destacado no solo por su hipocresía sino también por su capacidad para la autopropaganda). El Alceste era un navío de construcción francesa, en sus inicios llamado Minerve, que fue capturado por los ingleses en septiembre de 1806 y tras eso rebautizado y puesto nuevamente en servicio por el alto mando naval británico. El mito que lo rodea asegura que en 1811 formó parte de un escuadrón que capturó un convoy militar francés con más de doscientos cañones en ruta hacia Trieste con el objetivo de apoyar una supuesta invasión de los Balcanes por parte de las tropas napoleónicas. Al parecer este hecho decidió al Emperador a cambiar sus planes de expansión hacia el Este en dirección a Rusia, precipitando de dicho modo su caída.

El caso es que tras el final de la guerra, a su regreso de una misión diplomática, el barco encalló en unos arrecifes del Mar de Java en febrero de 1817, donde la tripulación además de problemas similares a los experimentados por la tripulación de la Medusa incluso hubo de hacer frente al ataque de una partida de piratas malayos, pese a lo cual, debido fundalmentalmente a la disciplina, sangre fría y competencia de los oficiales al mando, prácticamente toda la dotación del barco pudo salvarse y volver a territorio inglés sin problemas.  

En ese contexto el cuadro de Gèricault sirvió como elemento propagandístico, en este caso a favor de los ingleses, al evocar en el público el diferente desenlace de ambos eventos y con ello confirmar la "evidente" superioridad inglesa, lo que inevitablemente indispuso a Gèricault con algunos de sus antiguos protectores a su vuelta a Francia pero le ganó el favor de los influyentes críticos de arte británicos del período.

Por cierto que algunos libros de Arte explican estos primeros años de disparidad de valoraciones sobre el cuadro, y el unánime apoyo obtenido en Inglaterra frente a la división de opiniones en Francia, en base a que en Francia se colocó el cuadro demasiado alto para su exhibición pública mientras que en Inglaterra fue ubicado a una distancia más adecuada del suelo; todo un ejemplo de la forma en que una parte de la Historia del Arte más tradicional enfocaba hace años el análisis de muchas obras basando exageradamente sus análisis en la técnica, el estilo, cuestiones formales y el mundo personal del artista, cuando en muchas ocasiones lo relevante no es el proceso de creación de la obra sino el por qué una obra obtiene el éxito y la difusión (da igual cuáles sean sus pretendidos méritos) que casi siempre en contrapartida se niega a otras obras también notables. Algo sobre lo que las élites, la política y las cuestiones puramente económicas tienen mucho qué decir. Cabría añadir que, tras su éxito en Inglaterra, Gèricault llevó su cuadro a Dublín, al año siguiente, donde fue recibido con indiferencia.

Todo esto en el fondo me lleva a pediros reflexionar una vez más sobre la aparente “inocencia” del mundo del arte y también sobre cómo casi todas las grandes obras artísticas en su origen sirvieron a algún propósito propagandístico de diverso tipo.

   Otra cuestión es cómo en ocasiones diversos intelectuales aparentemente “antisistema” trabajan en el fondo a favor del mismo, sea de forma intencionada o no, o al menos se sirven de sus mecanismos. Un poco a la manera del "Elegido" dentro de Matrix. A fin de cuentas no puede ser de otra forma.

Gèricault fue un enfant terrible por su comportamiento irascible y por poseer el carácter depresivo, excesivo y violento que el tópico gusta de atribuir a los genios. Su prematura muerte con poco más de treinta años consolidó definitivamente su aura de estrella del rock del s. XIX. Pero en cierta forma la obra magna de Gèricault no dejó de retroalimentarse de una serie de intereses políticos, igual que sucedió con la obra de David, a comienzos de la centuria, y ocurrió después con la de Eugène Delacroix, amigo y compañero de Gèricault hasta el punto de que llegó a posar para uno de los personajes del cuadro sobre la Medusa. De hecho Delacroix ejemplifica muy bien ese tipo de pintor aparentemente libre de ataduras y "antisistema" que en el fondo todavía no había dejado de pintar cosas al servicio de las ideas y visiones del mundo de los grupos sociales y los poderes políticos que podían comprar sus cuadros. Si La masacre de Quíos (1824) o Grecia en las ruinas de Missolonghi (1826) ayudaron a pavimentar la aceptación popular de una intervención militar contra el Imperio otomano, la celebérrima Libertad guiando al pueblo pintada al rebufo de los eventos de 1830 sirvió para garantizar al pintor un lugar privilegiado dentro del nuevo régimen resultante de la “revolución” que en el fondo solo sustituyó la cabeza de un sistema monárquico por otra rama dinástica de tinte un poco más liberal, y de la que luego Delacroix recibió numerosos encargos bien remunerados.    

Desde luego llegado el s. XIX, en comparación con los artistas del medievo, el Renacimiento o el Barroco, ese tipo de relaciones simbióticas entre poder y artistas de vanguardia se estaban transformando en algo cualitativamente distinto al mecenazgo tradicional y pronto emergería un nuevo concepto de artista más libre en el seno de un público de masas también diferente. Pero, tras un período de varias décadas de relativo "caos" durante el que eclosionaron una serie de vanguardias, hoy en día muchas de las grandes contratas y ventas de pintura, escultura o arquitectura han vuelto a manifestar la tradicional relación parasitaria del artista con el poder, o al menos a la sintonía del artista con determinados estados de opinión e ideas dominantes, por lo cual muchos de los artistas más cotizados no dejan de seguir siendo meros esbirros al servicio de las prácticas especulativas de marchantes, grandes casas de subastas y firmas de capital riesgo o del ego de los millonarios de la nueva era.     


Por otro lado, también quiero posar vuestra atención sobre un tema que ya he tocado: pensemos cómo muchas veces los escándalos que se filtran al público en realidad no son logros de los medios de información o triunfos de la libertad de expresión, sino meros trucos de prestidigitación por parte de grupos de poderosos enfrentados que usan la esfera pública para dirimir sus diferencias como quien usa un tablero de parchís. Así de insignificantes y manipulables nos consideran. Porque lo somos. No os engañéis. 

Después de todo lo explicado, ¿qué creéis que pasó con Julien-Désiré Schmaltz y el inútil de Chaumareys?

En el caso de Chaumareys tras ver su condena a muerte (impuesta sobre todo para satisfacer al público) rápidamente conmutada por una liviana pena de cárcel de tres años, salió de prisión incluso antes de tiempo una vez calmadas las aguas, solo tres días después del final del Salón de París donde Gericault expuso su famoso cuadro. Los últimos años de su vida se retiró a vivir discreta pero cómodamente en los dominios de su familia en el Limousin.

Y eso porque a fin de cuentas Chaumareys fue el cabeza de turco de esta historia. Por su parte Schmaltz era un personaje de más talla así que no apenas resultó importunado. De tal forma y pese a todo lo ocurrido se mantuvo en su puesto de gobernador del Senegal durante los cuatro años siguientes al naufragio de la Medusa. Parece que aprovechó ese tiempo para lucrarse con el tráfico de esclavos por lo que finalmente, ante su creciente impopularidad debida a los escándalos acumulados en su trayectoria, fue reasignado a un puesto en el aparato de la cancillería francesa en el seno del Imperio turco. Allí se estableció finalmente como Cónsul General en Esmirna, cargo que desempeñó hasta su muerte siete años más tarde.

El poder nunca es duro de verdad con los suyos. Así ha sido siempre y así continua siendo ahora por mucho que, lógicamente, desde el propio poder se nos intente convencer de lo contrario.