lunes, 15 de junio de 2020

Ejercicio de agudeza visual


- Solo hay una constante, una sola verdad universal, es la única certeza real: causalidad. Acción, reacción. Causa y efecto.
- Todo comienza con la elección.
- No. Error. La elección es una ilusión creada entre aquellos que tienen poder y aquellos que no.

Merovingio y Morfeo discuten en "The Matrix Reloaded"


Becarios del Partido Republicano


Yo que he trabajado en la enseñanza secundaria y universitaria, es decir en instituciones jerarquizadas muy dependientes de las normas y los procedimientos, he aprendido a reconocer y valorar la capacidad que tienen ciertas personas para, al margen de la ideología oficial de la organización en la que operan, imprimir un sello personal o dotar a un departamento al completo de una dirección propia. Para ello ese tipo de personas no necesitan cambiar las normas, simplemente recurren a otras personas afines a sus ideas de cara a ocupar puestos clave, o toman la decisión de cambiar las prioridades del área de trabajo que dirigen. También en muchos casos modifican cosas imperceptibles de manera extraoficial, en el día a día, hasta que poco a poco esos pequeños cambios alteran por completo el modo de trabajar o los objetivos del organismo de turno.

En la Casa Blanca estadounidense hay un programa de becarios. Realmente no se llama así, pero esa palabra es el mejor equivalente que se me ocurre para traducir “Internship” al español. En cualquier caso se trata por lo que he leído de una especie de programa de prácticas, no sé si remuneradas o no, a través del cual jóvenes supuestamente talentosos, cuidadosamente seleccionados, aportan su trabajo entusiasta y empiezan a hacerse con experiencia y contactos en el mundo de la política. Con el tiempo mostrar en su curriculum que formaron parte de ese prestigioso programa puede abrirles las puertas de la política profesional o del mundo de las grandes empresas.

Pues bien, de vez en cuando los presidentes de turno se hacen una foto colectiva de recuerdo con las diferentes promociones de becarios. Supongo que es una forma de recompensarles por su trabajo, regalándoles como recuerdo una fotografía con el presidente de la nación teóricamente más poderosa del planeta, algo que no mucha gente posee y que, como digo, puede servir para abrir ciertas puertas llegado el caso.

Voy a poneros a continuación diversas imágenes que he podido encontrar de la era Obama y después vamos a compararlas con las que he hallado de la era Trump (recordar que podéis agrandarlas en vuestra pantalla haciendo click sobre ellas). A ver si adivináis en qué cosa son diferentes.









martes, 9 de junio de 2020

Polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga


Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde... Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde... Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.

Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja...
Idos. El cielo os colme de venturas...
¡En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada!

Calla la niña y llora sin gemido...
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: ¡En marcha!
El ciego sol, la sed y la fatiga...
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.

Manuel Machado, “Castilla”




Arturo Pérez Reverte ha escrito un nuevo libro en este caso en torno a la figura del Cid. No lo he leído (ni pienso hacerlo) aunque quizás sea una lectura entretenida. Pero me preocupa el hecho de que los novelistas metidos a historiadores tienen mucho peligro y por ello voy a tomarme la molestia de hacer algunas precisiones al respecto de esta figura histórica tan rodeada de leyenda.

En general el inconveniente al que nos enfrentamos cada vez que salen a la palestra los dos personajes más populares de la Historia medieval española, Pelayo y Rodrigo Díaz, es que realmente sabemos muy poco de ellos a ciencia cierta. Casi todo lo que la gente normal cree saber, son en realidad informaciones que pertenecen al campo de la leyenda. Y eso es un problema porque se ha llegado a un punto en que el público no es capaz de separar los datos procedentes de la realidad de aquellos que forman parte del mito. Es un poco lo que ocurre también con la figura del "rey" Arturo en Inglaterra, aunque respecto a este personaje quizás operamos con un poco más de prevención asumiendo de partida que la mayoría de lo que se dice habitualmente sobre él son meras fabulaciones tejidas en torno a una base histórica muy endeble. Y sin embargo en relación a Pelayo o Rodrigo no es que sepamos con certeza realmente mucho más.

En el caso concreto de Rodrigo Díaz (en realidad esa es una modernización de su nombre original Ruderico) está fuera de toda duda que se trató de un noble feudal con una existencia histórica real. Lo sabemos por fuentes contemporáneas al personaje, o casi, como la Historia Roderici, así como gracias a las informaciones coetáneas de cronistas musulmanes que narran la conquista de Valencia. En cuanto a otra documentación han llegado hasta nosotros la carta de arras del matrimonio con Jimena y un documento firmado de puño y letra por ego Ruderico” procedente de la etapa final de su vida como gobernante de Valencia. Incluso podríamos considerar como fuente de información más o menos válida sobre su vida y andanzas un poema del siglo siguiente, el Carmen Campidoctoris.

La cuestión es que a partir de ahí todos los cantares de gesta que le serán dedicados a dicho personaje histórico durante el resto de la Edad Media, desde las Mocedades de Rodrigo al muy conocido Cantar de mio Cid, no solo no contienen información válida sino que básicamente inventan un personaje nuevo, el legendario Cid Campeador, protagonista de múltiples hechos fantasiosos. Como al final las personas preferimos una buena mentira antes que una aburrida verdad desde entonces será esta versión de la vida de Rodrigo Díaz la que ganará predicamento y pasará a toda la literatura posterior. Una imagen que se consolidará a partir del s. XVII gracias a nuevas obras de ficción, como las Mocedades del Cid de Guillén de Castro o Le Cid de Pierre Corneille, y más adelante llegará a la ópera, a la pintura historicista decimonómica, o al cine ya durante el s. XX.

En dicho siglo además esa equivocación lejos de solucionarse incluso se consolidó al verse refrendada por la historiografía supuestamente seria. Todo empezó cuando el filólogo e historiador Ramón Menéndez Pidal, por diversas razones, entre ellas un nacionalismo exacerbado, decidió empezar a considerar el Cantar (al cual incluso hizo “retoques” en su traducción al español contemporáneo) y en general los romances medievales sobre el Cid, como fuentes históricas válidas (pese a que os acabo de explicar que NO lo son). Tras ello la interpretación digamos “Pidaliana” del personaje, con lo que implica de confusión interesada entre el personaje legendario y el histórico, pervivió durante buena parte de dicho siglo debido a que convenía a la visión de la historia patria sostenida por la derecha conservadora, hegemónica en la política pero también en las cátedras universitarias de historia medieval durante buena parte del siglo pasado.

Un ejemplo del carácter icónico que aún en fechas recientes tenía la figura del Cid dentro de ese sector ideológico es la siguiente entrevista (la foto es interesante pero el delirante texto tampoco tiene desperdicio).


Ahora bien, aunque en cierta forma el Cid represente al guerrero “español” cristiano por antonomasia, esterotipo un tanto rancio, dado que en una determinada etapa de su vida también luchó al servicio de señores musulmanes resulta que en tiempos recientes el Cid ha servido igualmente de emblema de una España medieval caracterizada por una políticamente correcta (y más bien imaginaria) armonía en la convivencia de las culturas musulmana, judía y cristiana. De esa forma desde sectores ideológicos no necesariamente conservadores también se ha llegado a contemplar su figura con cierto interés.

A ese respecto nuevamente la realidad de las fuentes históricas más o menos contrastadas arroja resultados que no son del gusto imperante. Los textos musulmanes del período, como no podía ser de otra forma, no describen al Cid de manera especialmente favorable, ya que todos ellos admiten su capacidad como guerrero pero lo dibujan al mismo tiempo como un mercenario cruel, ávido de saqueo y de dudosa lealtad. Se puede considerar desde luego que Rodrigo Díaz fue un líder inteligente y con gran capacidad de adaptación a las circunstancias, lo que le permitió cerrar alianzas con líderes musulmanes (algo de todas formas común durante el período) y, probablemente, también integrar combatientes de dicha religión dentro de sus tropas. Ahora bien, lo anterior sumado al hecho de que en diversas ocasiones se enfrentó sin dudarlo a otros señores cristianos opuestos a él, nos dice al mismo tiempo que no es probable que fuese un cristiano especialmente rígido o fervoroso. Asimismo la errática aunque exitosa trayectoria vital del Rodrigo Díaz histórico desde luego no permite pensar en un líder adscrito de manera firme a un proyecto político concreto, mucho menos uno relacionado con nada similar a la construcción de “España” tal y como nosotros la entendemos. Puede afirmarse que en realidad la motivación más clara que se advierte a lo largo de la trayectoria de Rodrigo Díaz es la búsqueda de poder y enriquecimiento personal

   Tampoco debemos creer que el Campeador era un hombre del medievo dotado de una moralidad y "tolerancia" próximas a nuestros valores contemporáneos ya que por ejemplo al hacerse con el control de Valencia mandó quemar vivo en público al antiguo cadí. Si tras la conquista de Valencia no se deshizo de buena parte de sus nuevos súbditos musulmanes eso se debió simplemente a que no tuvo tiempo y sobre todo a que no poseía otros dominios con un excedente demográfico que le permitiese "repoblar" a su gusto los territorios conquistados. Además, por la pura lógica de la guerra de frontera en la Península de la época, y el hecho de que cuando se enfrentó a otros señores cristianos eso le llevó en ocasiones a saquear sus territorios, es probable que en algún momento durante sus destierros complementase sus ingresos con el saqueo de iglesias, a lo que no sería descabellado añadir la venta de esclavos. Todo ello nos lleva muy lejos de la imagen que se tiene de su figura a nivel popular todavía hoy.

Así pues, para aclarar las cosas respecto a dicho personaje casi es más interesante hablar de lo que no sabemos, o más bien de lo que sabemos que no es verdad. Porque de hecho la mayor parte de las informaciones que la creencia popular asocia con Rodrigo Díaz no son históricamente ciertas. De esta forma una vez que despojemos al Cid Campeador de las cosas que sabemos seguro que no son exactas históricamente, lo que nos quedará serán los contornos difusos del Rodrigo Díaz histórico y las pocas cosas que más o menos podemos contar sobre él sin incurrir en el error, quedando en zona de sombra muchos detalles que nunca llegaremos a conocer.

Os haré un repaso rápido.

Rodrigo Díaz nació en la década de 1040, no podemos estar seguros siquiera del año exacto ni tampoco de si en verdad nació en Vivar como se presupone habitualmente.

No era un infanzón de clase humilde y de hecho tampoco podemos afirmar con absoluta certeza unos supuestos orígenes castellanos del personaje. De hecho, a día de hoy se cree que lo más probable es que perteneciese a la ilustre estirpe leonesa de los Flaínez.

No mató en duelo al padre de su prometida, Jimena, porque esa es una información que no aparece mencionada por primera vez hasta el s. XIV, algo improbable de ser cierta.


Por otro lado el rey Sancho II murió durante el asedio de Zamora, pero probablemente debido a alguna enfermedad, muy comunes en los asedios de la época. La escasa documentación histórica de la que disponemos simplemente no lo aclara, aunque tampoco reseña nada especificamente anormal en torno al hecho. En relación con ello la leyenda que habla de la traición de un tal Vellido Dolfos es eso, una leyenda.

Es más, sabemos que tras la muerte de Sancho II Rodrigo Díaz pasó al servicio del nuevo soberano Alfonso VI con toda normalidad. Desde luego jamás protagonizó el famoso, pero completamente inventado, episodio de la jura de Santa Gadea, un hecho inverosímil en base a lo que hoy conocemos de la lógica feudal del período y del que no se empieza a hablar hasta el siglo XIII, en una obra del historiador eclesiástico Lucas de Tuy.


¿Por qué esas inexactitudes presentes en los cantares de gesta posteriores? Debido a lo de siempre. En el caso del mítico Pelayo lo poco que sabemos del personaje está contaminado por los intereses políticos que se ocultaban detrás de las Crónicas Asturianas (por ejemplo el propósito nada disimulado de convertir el naciente reino asturleonés en heredero directo del orden político visigodo, algo que resulta como mínimo discutible en el plano de la realidad histórica). De la misma forma las discrepancias sobre algunas informaciones que aparecen en las fuentes medievales en torno al Cid debemos entenderlas en base a los intereses de los poderosos monarcas castellanos de los siglos posteriores, deseosos de apropiarse de la figura del Cid, castellanizándolo, y aprovechando de paso para desacreditar por todos los medios la tradición leonesa, por ejemplo presentando como villanos de la historia al rey "leonés" Alfonso VI, quien habría obtenido el trono mediante la traición, así como a los infantes de Carrión protagonistas de otro truculento hecho inventado en la historia del Cid, sobre el que luego volveré brevemente. 

   De esa forma para un rey como Alfonso X el prestigiar la figura del Cid era prestigiar su propio linaje y a la vez fortalecer el pasado mítico del núcleo castellano en torno al que se estaba intentando dar cohesion al reino unificado castellano-gallego-asturiano-leonés que amenazaba con disgregarse producto de querellas internas (de hecho así había ocurrido con las tierras del actual Portugal). Por ejemplo en la zona de León, en origen más romanizada y gotizada, los monasterios habían tomado la delantera en la labor repobladora y había permanecido más tiempo el uso del derecho de tradición visigoda, mientras tanto la zona de la Castilla original (que se correspondería con el noreste de la actual comunidad de Castilla) poseía por el contrario estructuras sociales más igualitarias entre otras cosas debido a que el campesinado tenía mayor peso en el esfuerzo militar, y esto a su vez se había reflejado en el uso de un derecho de tipo consuetudinario. Aunque hoy nos cueste creerlo hubo un momento del pasado en el que lo que hoy entendemos como "Castilla" era visto como un territorio casi tan diverso y multicultural como la actual España y en consecuencia una región capaz de albergar potencialmente diversos Estados (en este caso debemos hablar de Reinos) con pasados y culturas diferentes. Así que el hecho de que con el tiempo el reino de Castilla (durante gran parte del medievo una realidad heterogénea precariamente articulada en torno al inicialmente marginal condado de Castila) llegase a servir como núcleo aparentemente indisoluble en torno al que intentar homogeneizar una entidad mucho mayor llamada "España" nos indica que el proceso "castellanizador" desarrollado durante la Baja Edad Media, que implicó sobre todo la absorción de la parte leonesa en un primer momento hegemónica, funcionó bastante bien. Y ese proceso usó como herramientas, entre otras cosas, la mitificación de figuras como la de Fernán González, o más adelante la de Rodrigo Díaz, a través de la televisión y el cine del período que es más o menos lo que eran los juglares con sus cantares de gesta. 

Aclarado esto, sabemos que las relaciones del ambicioso Rodrigo con el rey Alfonso VI se deterioraron con el tiempo, lo que le llevaría a sufrir dos destierros (no necesariamente injustos como presenta la leyenda, particularmente en el caso del primero). Realmente una de las pocas cosas de las que podemos estar seguros respecto al Rodrigo histórico es que durante su vida desarrolló una febril actividad como saqueador de frontera, algo que tarde o temprano tenía que acarrearle problemas debido al complejo sistema de pactos y lealtades de la época donde diversas entidades políticas musulmanes tenían acuerdos diplomáticos con los reinos cristianos. Por ello no debemos extrañarnos de que eso es lo que ocurriese cuando Rodrigo atacó los territorios de la taifa de Toledo con la que el rey Alfonso tenía pactos de no agresión.

Pero en última instancia a Rodrigo el destierro (probablemente para nada iniciado con el penoso peregrinar que describe el Cantar) le resultó positivo en la medida en que le permitió por fin dar rienda suelta a ese tipo de actividades, a las que sumó la también lucrativa ocupación de actuar como mercenario a favor de los regentes musulmanes de la taifa de Zaragoza, lo que le llevó a su vez a luchar en varias ocasiones contra diversos nobles aragoneses y catalanes del período.

Si hay algo de lo que podemos estar seguros es de la destreza militar de Rodrigo tanto a nivel táctico, nunca perdió una batalla, como a título personal como combatiente. Pero ni tenía dos espadas denominadas Colada y Tizona (y por ello el Gobierno de Castilla y León hizo una estupidez cuando compró a un precio desorbitado una espada con dicho nombre hace años) ni un caballo que respondiera al nombre de Babieca. Todo eso son invenciones literarias. Y de hecho, dado que la guerra del período distaba bastante del espectáculo de esgrima que algunas películas históricas reflejan, es probable que Rodrigo fuese especialmente diestro con la lanza y no con la espada.

Asimismo a nivel diplomático y estratégico también mostró una gran habilidad para labrarse unos dominios propios en torno a la ciudad de Valencia, si bien ya dije que Rodrigo no es probable que en origen perteneciese a la baja nobleza sino a la alta aristocracia y por tanto su ascenso social no fue tan grande como se pretende dar a entender en algunos romances. Pero no cabe duda de que fue uno de los soldados de fortuna más exitosos del medievo europeo junto con el inglés John Hawkwood, el francés Du Guesclin y algunos condottieros italianos.

No obstante respecto al tema de su descendencia biológica nuevamente lo que cuenta la tradición no es exacto. Tuvo un hijo, Diego, muerto en batalla en el año 1097, y dos hijas que se llamaban Cristina y María, no Elvira y Sol, las cuales se casaron con un conde de Barcelona y un príncipe de Navarra. Realmente el mito de la deshonra de las hijas a manos de los infantes de Carrión es pura propaganda, como ya mencioné.

Y en relación con esto hay otra cosa curiosa. En el fondo por descendencia Rodrigo Díaz no solo está ligado al reino de Castilla sino que de hecho está profundamente ligado al Reino de Aragón por parte de los condados catalanes, reino que más adelante reconquistaría para la cristiandad el territorio valenciano.

En cualquier caso un último dato del que estamos seguros es que Rodrigo Díaz murió en el año 1099, si bien no ganó ninguna batalla después de muerto, atado a su caballo, un añadido más a la leyenda en este caso a manos de los monjes del monasterio de Cardeña.

Respecto a sus apelativos sabemos que se le conoció en vida como Campeador (algo así como “señor del campo de batalla”, “doctor o experto en la batalla”) pero no es seguro que se le llamase Cid (Sidi, “señor” en árabe) ya que la primera mención a ello que conocemos es de unas cuantas décadas después de su muerte, aunque no es imposible por ejemplo que sus súbditos musulmanes de Valencia lo conociesen con ese apelativo todavía en vida. Lo que sí es seguro es que la expresión combinada “Cid Campeador” es un apelativo muy posterior a su muerte.

Como podéis ver lo que sabemos de él, pero sobre todo lo que sabemos que no es cierto, nos lleva a despojar al Cid de casi todos los atributos y hechos que se le atribuyen comúnmente y lo que nos queda es un guerrero llamado Roderico especialmente hábil y afortunado en batalla para los estándares de su turbulenta época hasta el punto de merecer ser recordado una vez muerto. Todo ello pese a que, en términos prácticos, el señorío feudal que conquistó en las tierras de Levante apenas sobrevivió unos años tras su deceso y por tanto su impacto en la gran historia no podemos considerarlo demasiado relevante.

Así que si me preguntáis mi opinión el gran olvidado de todo esto es el autor del principal cantar de gesta que se ocupó de reinventar al personaje del Cid, pues creó una historia (ficticia) tan poderosa que convirtió a un personaje histórico interesante como muchos otros dentro de la fascinante historia del medievo en una figura de un calibre legendario, hasta el punto de que su memoria ha sobrevivido casi mil años. Sin pretender menoscabar la importancia de la figura del Rodrigo Díaz histórico os sugiero que penséis un momento en todas las historias inverosímiles de guerreros sin parangón que podemos sacar de las invasiones vikingas, la expansión normanda en el Sur de Italia, las cruzadas de Oriente o el avance teutón por el Báltico, todo ello además sin necesidad de entrar en procesos extraeuropeos como la expansión mongola. No obstante pocas de esas figuras históricas pueden jactarse de haber inspirado en su día una obra que hoy valoramos como clave dentro de la literatura del período. Desde mi humilde irrelevancia no puedo por menos que sentir empatía por el juglar o juglares, seguramente mal pagados, que desde su humildad trabajaron de forma tan creativa y eficaz para engrandecer la figura de alguien al que en realidad nunca llegaron a conocer, todo ello con el simple propósito de entretener a los demás y a la vez ayudar a cohesionar la sociedad de su tiempo. 

Y ya para terminar, comprenderéis que tengo que ponerlo:


                       

miércoles, 3 de junio de 2020

En sí y para sí


     Los bueyes doblan la frente,
     impotentemente mansa,
     delante de los castigos;
     los leones la levantan
     y al mismo tiempo castigan
     con su clamorosa zarpa.

     Miguel Hernández, “Viento del pueblo”




La verdad es que la actualidad española reciente es un filón. Pero podéis estar tranquilos porque hoy no pienso martirizaros con un artículo de opinión sino que voy a aprovechar algunos hechos cercanos en el tiempo para explicar una cosa, intentando que sea de forma rápida y pedagógica.

El punto de partida van a ser las movilizaciones contra las restricciones al movimiento y a la apertura de negocios que se dieron hace algunos días en los barrios pudientes de Madrid en el contexto de la pandemia de coronavirus.

No voy a entrar en las cuestiones de política local que rodearon el suceso porque para eso ya tenéis a los medios tradicionales y las tertulias y foros de política. Lo que me interesa es poner en relación lo anterior con algunas teorías sociológicas, que son las que para mí dotan de interés a esos eventos de otro modo irrelevantes.

Como siempre empecemos por la explicación del contexto teórico.

Veréis, en diversas ciencias sociales como la economía o la sociología un tema de debate recurrente en el pasado ha sido la cuestión de la “elección racional”. Simplificando mucho, la cuestión es si los individuos toman decisiones, por ejemplo sobre compras, en base a un cuidadoso análisis de costes y beneficios en relación con sus necesidades y los datos objetivos… o bien se dejan llevar por impresiones, deseos irracionales, emociones, impulsos o como queráis llamarlo y en consecuencia pueden llegar a tomar decisiones absurdas o manifiestamente erróneas, desde comprar productos que no necesitan a sobrepagar por ellos o movilizarse políticamente para apoyar a un partido que va en contra de sus intereses objetivos como individuos.

Lo cierto es que la realidad no para de decirnos que lo segundo ocurre con insultante frecuencia. Así que la cuestión en torno al problema de la “elección racional” ya no está en decidir si el proceso de toma de decisiones se desarrolla exclusivamente en el plano de la estricta lógica, pues ya sabemos que no es así o al menos no lo es siempre (algunos dirían que casi nunca lo es), sino que el centro de la cuestión hace tiempo que se ha desplazado hacia el por qué de esa aparente anomalía.

A ese respecto existen muchas explicaciones posibles, desde que los ciudadanos normales no siempre cuentan con toda la información necesaria para tomar la decisión correcta, hasta interpretaciones más basadas en la importancia de las cuestiones subjetivas que conforman nuestra personalidad.

Pero hoy dije que tomaríamos como punto de partida unas movilizaciones y eso se debe a que todo esto que he explicado tiene importantes derivaciones especialmente en relación a algo que considero muy importante: las teorías en torno a la acción colectiva. Es decir, qué tipo de razones llevan a las personas a movilizarse en grupo, sobre todo como forma de protesta contra algo.

Sin duda para ello existe una amalgama de factores según la situación, por lo que, como casi siempre, no existe una sola teoría que lo explique todo sino que lo más efectivo es combinar varios enfoques distintos pero complementarios. Ahora bien, a ese respecto voy a centrarme hoy aquí en una de las hipótesis más interesantes, lo que se ha dado en llamar como el "modelo de expectativas".

Para las primeras teorías de la acción colectiva, muchas de ellas influenciadas como no podía ser de otra forma por la vieja lógica marxista, resultaba evidente que la movilización ha de tener relación directa con el descontento y este con la situación social objetiva. En otras palabras, serían aquellos grupos sociales con más problemas y que viven en una situación más precaria los más proclives a movilizarse.

Y sin embargo, una vez más, sabemos que las cosas no son así de simples. De nuevo resumiendo mucho, la historia contemporánea nos enseña que en realidad el tamaño del agravio depende de la relación entre tu situación laboral, socioeconómica o jurídica objetiva… y tus expectativas, determinadas a su vez por factores como la educación.

En otras palabras, un inmigrante marroquí con un trabajo de jornalero en el que es explotado por su patrón puede llegar a convencerse de que no debe anhelar nada mejor, o tal vez no tiene la formación suficiente para aspirar a otras posibles alternativas laborales, o siquiera para informarse de posibles acciones legales con las que protegerse. Incluso es posible que después de una vida de miserias no posea la autoestima necesaria para quejarse. Y en última instancia puede considerar que el riesgo no vale la pena ya que no puede arriesgarse a perder su penoso trabajo dado que no posee ahorros de ningún tipo. Debido a todo ello es muy posible que no proteste de forma pública por su situación (quizás luego eso puede llevarle, o no, a canalizar su insatisfacción a través de hábitos poco saludables o la simple delincuencia, pero esa es otra cuestión).

En cambio un piloto de aerolíneas con un sueldo anual diez veces superior puede llegar a pensar que en relación a su formación y a sus posibilidades en el mercado la situación que vive en su empresa es intolerable ya que él merece mucho más. Eso ocurre porque posee tanto la autoestima, como los conocimientos de los mecanismos legales, los ahorros, la ambición y la autoconfianza para exigir una mejora inmediata en las que a sus ojos son unas paupérrimas condiciones de vida.

Y esto es muy interesante cuando lo aplicamos a nivel de grupo. Es decir, la movilización colectiva a veces depende de la separación entre la situación concreta que se considera injusta y las expectativas que poseen los teóricos agraviados. Por ejemplo, en el caso de la revuelta contra el dominio inglés en las colonias americanas, muchos soldados que llegaron a territorio de los actuales EE.UU. para reprimir la sublevación se sorprendieron al darse cuenta de que gran parte de la población en los territorios rebeldes vivía mejor que ellos en la metrópoli. De tal forma muchos sublevados se sentían injustamente explotados a pesar de vivir en granjas más grandes y fértiles que las que poseían por entonces los leales súbditos del rey en Inglaterra. De hecho la mayoría de aquellos luchadores “por la libertad” americanos que se consideraban injustamente tratados no tenían ningún problema en combinar la petición de más libertad política y menor presión fiscal para ellos mismos, porque consideraban que la merecían, con negar por completo cualquier derecho a sus propios esclavos negros, los cuales estaba claro para ellos que no merecían nada mejor.

Llegados aquí una cuestión a añadir es que, además, las expectativas no siempre dependen de una análisis racional, sino que son algo profundamente subjetivo.

En el proceso evolutivo que nos ha separado del resto de animales sin duda el desarrollo del pulgar oponible o el bipedismo han desempeñado un papel importante. Pero otro tipo de transformaciones más abstractas también. Desde la aparición del lenguaje a las modificaciones necesarias en el cerebro para que lo anterior fuese posible.

Dichas modificaciones permitieron además que desarrollásemos primero tecnología y después cultura entendida como la conjunción de tecnología más otro tipo de innovaciones como la aparición del arte o de cultos funerarios.

Y al final de todo ello un aspecto clave en nuestra evolución como especie ha sido el desarrollo de la capacidad de anticipar, prever, planificar, diseñar, de imaginar en suma. Ser capaces de contemplar un material e inmediatamente visualizar el útil que se puede fabricar con dicho material, o tener la posibilidad de elaborar estrategias de caza anticipando las reacciones de otros animales. Con el tiempo esto nos ha llevado por el camino de imaginar entidades y conceptos completamente ajenos a la realidad terrenal. Por ejemplo mitos, dioses y religiones. Y llegado a un punto conviene empezar a preguntarse si esa capacidad que ha sido tan valiosa para nosotros en el pasado no constituye al mismo tiempo un peligroso bug insertado en nuestra programación mental. Un cuchillo de dos filos, una habilidad que nos ha permitido separnos de los animales y controlar la naturaleza, pero que llegados a un determinado nivel evolutivo nos dificulta elevarnos hacia el siguiente nivel al mantenernos presos de una serie de valoraciones erróneas. 

A fin de cuentas, pese al gran avance que se ha dado desde tiempos primigenios en nuestro conocimiento de la naturaleza que nos rodea, vivimos en sociedades donde el volumen de decisiones y actos que llevamos a cabo en relación a ideas por completo equivocadas resulta todavía sorprendentemente elevado.

De cara a lo anterior cuando el problema no son las ideas imaginarias lo son las interpretaciones sesgadas o erróneas de la realidad. Un ejemplo clásico es el de las valoraciones sobre la peligrosidad de los diferentes medios de transporte. Debido a la espectacularidad de los accidentes aéreos en concreto y a la cobertura que hacen los medios de ellos, mucha gente piensa que viajar en avión es bastante peligroso cuando matemáticamente se ha demostrado repetidas veces que es uno de los medios de transporte más seguros, a diferencia de viajar en coche o sobre todo en motocicleta. Sobrestimamos la amenaza que el terrorismo representa para nuestras sociedades, pero luego infravaloramos el peligro de una mala dieta, o de algo tan aparentemente inofensivo como llevar a nuestros hijos a la piscina.

Se puede así separar el mundo “en sí”, es decir el de los datos y la realidad objetiva, de la realidad “para sí”, es decir la idea (inexacta o incompleta) que nos hacemos de cuál es la realidad (confusión a la que luego los mass media o los políticos contribuyen de forma interesada).


En definitiva, el cerebro humano posee varios sesgos cognitivos, eso sumado a que la memoria humana no es fiable, así como el peso de tradiciones, supersticiones, creencias y otra serie de lastres, nos lleva a que las sociedades humanas alberguen en su seno una peligrosa contradicción entre la realidad y lo que los humanos creemos que es la realidad. Es más, el problema es que en el seno de la Humanidad conviven múltiples interpretaciones diferentes y en muchos casos antagónicas de lo que diferentes grupos de individuos consideran como la realidad auténtica.

Esto tiene múltiples implicaciones que a su vez en ocasiones inciden aún más a la hora de impedirnos tener una imagen de conjunto de nuestra verdadera realidad para en cambio contribuir a mantenernos en la caverna contemplando sombras. Por ejemplo, un estudio reciente llevado a cabo por investigadores españoles incide una vez más en algo que no es nuevo. Nuestras modernas sociedades igualitarias no solo son cada vez menos igualitarias, sino que además las personas tienden a mezclarse menos que antes. En la era de la libre movilidad los individuos cada vez se juntan más con otras personas del mismo nivel económico y que profesan las mismas opiniones. Las consecuencias de todo esto en relación a la crisis de las ideas igualitaristas que vive nuestro tiempo son obvias. Pero hoy me interesa más lo que todo esto supone a la hora de hacernos con una imagen de conjunto fiable del mundo en el que vivimos, ya que de cara a formar nuestra opinión sobre él nos basamos mucho en nuestras impresiones personales, las cuales normalmente son eso, meras impresiones subjetivas, sesgadas por nuestro punto de vista y nuestras experiencias aleatorias.

Os cuento una anécdota al respecto. Como sabéis yo vivo en Vilnius, en Lituania, desde hace algún tiempo. Es un país muy pobre, no obstante un turista que haga un tour por el Báltico y visite la ciudad durante un fin de semana, o ya puestos un estudiante Erasmus entre los muchos que pasan seis meses de fiesta fingiendo estudiar en alguna universidad de la zona, difícilmente van a percibir el nivel de miseria real. En todas partes es una obsesión el mantener las apariencias, salvar la cara, ofrecer una fachada de prosperidad que ponga el orgullo a salvo, pero en el Este de Europa esto alcanza cotas obsesivas. Así que un paseo por el centro de la capital un fin de semana, que es todo lo que la mayoría de visitantes extranjeros van a contemplar del país, ofrece una imagen de prosperidad perfectamente homologable a cualquier gran ciudad de Europa occidental. Hay abundantes locales hipster, lujosos centros comerciales, los precios son relativamente altos y todo el mundo parece conducir un cochazo y vestir a la última moda. Por tanto si no vives aquí no resultan tan evidentes los niveles de endeudamiento, o el hecho de que muchas de esas personas impecablemente vestidas con las que te cruzas en esos locales viven en viejos bloques de apartamentos de época soviética en condiciones deplorables. Por su parte los salarios oscilan entre los 500 y los 800 euros con jubilaciones bastante inferiores. Sin embargo debido al euro los precios se han disparado y ya son más o menos como en cualquier otro país de la UE, quizás hay cosas un 20% o 30% más baratas, pero eso no compensa que los salarios sean mucho menores si los comparamos con países de Europa occidental. Obviamente son la economía sumergida (la prostitución por ejemplo es una salida laboral más para muchas jóvenes) y otros factores los que previenen un estallido social.

Pero esa no es la anécdota. Hace unos meses durante un curso les intentaba explicar este tipo de cosas que os cuento ahora a algunos estudiantes universitarios, la mayoría de los cuales trabajan. Les hablaba de cómo para evaluar rápidamente la salud de la economía de un lugar puede ser útil buscar el salario medio pero también el salario tipo más frecuente (el más común, no la media matemática entre todos los salarios porque aquí en un país con mucha desigualdad social los salarios más altos pueden elevar mucho las cifras). Y les ponía el ejemplo de su propio país, pensando que era una situación que conocían mejor. Una estudiante al escuchar las cifras que he mencionado un poco más atrás se enfadó mucho, me dijo que “como siempre” los extranjeros llegamos con nuestras ínfulas de superioridad y nuestras ideas preconcebidas, y añadió que ella no conocía a nadie que ganase menos de 1.400 o 1.500 euros y que por tanto ese era más o menos el sueldo medio en su país, así que yo estaba exagerando. Sin duda era sincera en su indignación y estoy seguro de que realmente no conocía a nadie con un sueldo inferior a esas cifras. En este país existen diferencias sociales de las de verdad. Los ricos son muy ricos y los pobres auténticamente pobres, apenas hay clase media y los salarios de las personas que trabajan para compañías privadas, sobre todo internacionales, están subiendo muy rápidamente, incluso varios cientos de euros cada año. El problema es que ese grupo de personas, a las que sin duda pertenecía la estudiante de la que os hablo, son una minoría frente al grueso de la población que trabaja para el Estado o desempeña labores no cualificadas.

No obstante, al margen de que en este caso yo supiera bastante bien de lo que estaba hablando, lo gracioso del asunto es la persona que estaba sentada a su lado, otro estudiante, en este caso un chico. Yo conocía bien su situación personal por razones que no vienen al caso. Trabajaba, no sé si aún lo hace, en un supermercado y cobraba 300 euros al mes. Salario bastante común entre jóvenes que ocupan puestos de cajero, o son empleados por bares, restaurantes y tiendas, donde los salarios oscilan entre 300 y 500 euros con jornadas parciales, ocasionales turnos de 12 o 14 horas los fines de semana y contratos temporales.

La cuestión que quiero resaltar es que estas dos personas, dos estudiantes que en este caso se hallaban casualmente separados solo por unos centímetros en el aula, vivían y seguro que aún viven en dos realidades muy diferentes y en el caso de la chica de clase media-alta de la que os hablo ni siquiera es consciente de ese hecho. Para ella la realidad socioeconómica de su compañero simple y llanamente no existe, la desconoce, pero además ni siquiera la concibe. Si le hablara al respecto aseguraría a gritos que no es verdad, mientras que él se siente demasiado avergonzado para aceptar hablar de ello abiertamente. Y aunque no se deben hacer generalizaciones de experiencias personales puntuales, os digo que esto de lo que os hablo es muy común. Vemos el mundo de la manera en que queremos verlo, de la forma en que nos libra de culpa o nos satisface, de la manera en que más nos conviene, o en que nos hace felices verlo. Y en muchos casos simplemente no queremos saber si nuestra verdad es la verdad por lo que de forma natural nos juntamos con otras personas que ven las cosas del mismo modo que nosotros.

Recupero ahora el hilo del relato ya para terminar. Recapitulando llegamos a que la acción colectiva depende del examen que un grupo de individuos hace de la diferencia entre lo que tienen y sus expectativas, entendidas estas últimas como lo que la mayoría de los miembros del grupo piensan que deberían tener. Y lo mejor de todo es que esa valoración en muchas ocasiones depende a su vez de un análisis completamente subjetivo de cuál es la auténtica realidad de su propia situación como individuos, o de la viabilidad de sus deseos. Así pues tomamos elecciones "racionales" pero en ocasiones basadas en informaciones erróneas o en estimaciones muy personales de los costes y los beneficios. 

Este modelo es el que nos permite entender que los controladores aéreos se quejen más de sus condiciones laborales que las limpiadoras de los váteres de un aeropuerto. Que en España los primeros que se han hartado de las restricciones de la cuarentena, o al menos los que más ruido han hecho a través de una acción coordinada, hayan sido en el fondo un conjunto de privilegiados antes que los inmigrantes hacinados en pisos miserables de barriadas insalubres. Así como que muchos británicos hayan votado a favor del Brexit al considerarse poco menos que víctimas de la movilidad global, todo ello mientras tomaban el sol en playas de Alicante.

A fin de cuentas lo que a Alfonso de Borbón le preocupa de los actuales disturbios raciales en EE.UU. es que un manifestante estropeó la mano de una estatua de Luis XVI. Vemos el mundo a través del cristal de nuestras expectativas e intereses particulares y eso lo condiciona todo.  

Por supuesto existen otras cuestiones a considerar a la hora de explicar el proceso de toma de decisiones de grandes grupos de humanos, más aún en relación con la política. Desde las tradiciones ideológicas a las oportunidades que ofrece el contexto. Pero hoy me interesaba centrarme en particular en el andamiaje relativo a estas cuestiones que he explicado porque no se suele incidir demasiado en ellas en la medida en que parecen contaminar el debate de una cierta irracionalidad que nos resulta desagradable a la hora de proporcionar explicaciones coherentes y cerradas de nuestros actos.

Así cuando hablamos de la confrontación entre conjuntos de personas no solo tenemos que estar atentos a sus posibles intereses objetivos contrapuestos, sino que además está la cuestión del choque de diferentes "visiones del mundo" y de distintas expectativas de futuro en base a ello.

Llegado a este punto no juzgo, simplemente me maravillo una vez más al comprobar que, pese a todos los avances en “ciencias” como la economía o la sociología, aún estamos muy lejos de redactar el libro de instrucciones definitivo sobre el funcionamiento de la mente humana y así ser capaces de predecir nuestro comportamiento a nivel de grupo. Puedo estar tranquilo, las próximas veinte generaciones de pensadores sociales y humanistas van a seguir teniendo trabajo y muchas preguntas que hacerse.