domingo, 17 de diciembre de 2017

Cómo controlar a tus esclavos


En Italia, en treinta años bajo los Borgia hubo guerras, terror, asesinatos… pero produjeron a Miguel Angel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, en 500 años de paz y democracia, ¿qué produjeron?: el reloj de cuco.

Orson Welles en “El tercer hombre”



  

Durante la Baja Edad Media el alumbre (una especie de sulfato metálico) era un producto muy valioso debido a su empleo para elaborar diversos medicamentos y también como colorante de tejidos de lana y seda, un negocio en expansión por entonces debido al crecimiento de la población urbana. Dicho esto, en el transcurso de la primera mitad del s. XV Europa occidental empezó a experimentar una fuerte dependencia del mundo musulmán de cara al suministro de alumbre ya que los otomanos pasaron a controlar las principales minas (ubicadas en Focea en la actual Turquía) y las rutas de comercio desde Oriente.

Sin embargo en 1460 se descubrió un depósito de alumbre en Tolfa, cerca de Civitavecchia, 80 km. al noroeste de Roma. Dada la importancia del hallazgo pronto la Curia romana, concretamente en julio de 1462, se hizo con el control de la explotación del yacimiento. Tras ello, con el propósito de vender fuera de la región el excedente de alumbre producido allí, el Papado alcanzó un acuerdo con la Banca Médici, la gran “multinacional” de su tiempo. De esa forma los Médici aceptaron poner al servicio del Papado sus por entonces casi inigualables redes de distribución, lo que permitió empezar a exportar el alumbre de Tolfa a tierras de Flandes o Inglaterra.

A continuación, con el objetivo de asegurar el monopolio del mercado, la Santa Sede realizó un inteligente movimiento y exhortó a todos los católicos a no comprar ese tipo de producto a infieles, lo que de facto convertía en ilegal el comercio de alumbre con los turcos y por ello dejaba el mercado europeo dependiente de los suministros salidos de Italia. El Papado se preparaba de esa forma para controlar casi en exclusiva el mercado de una materia prima muy importante para la producción artesanal de la época. 

No obstante faltaba un detalle. En el Sur de Italia, en el reino de Nápoles, existía por entonces una explotación de alumbre operando en la isla de Ischia. Así que en junio de 1470 la Banca Médici y el Papado firmaron un acuerdo secreto con el Rey de  Nápoles por el que las tres partes se comprometían a respetar unas cuotas máximas de producción para las minas de Tolfa y de Ischia, de cara a no saturar el mercado, fijando también de paso el futuro precio de venta de la mercancía. Se trataba -utilizando un lenguaje actual- de una especie de primitivo cártel para monopolizar un mercado estratégico y, simultáneamente, controlar de facto los precios del alumbre manteniéndolos artificialmente altos mediante un pacto acerca de la cantidad de producto que se pondría a la venta.

De cara a lo anterior poco importó que por entonces en términos teológicos lo que hoy conocemos como “monopolio” fuese considerado turpe lucrum pecaminoso ya que el Papado argumentó que las ganancias obtenidas a través de este medio un tanto cuestionable se utilizarían para un fin superior: la Cruzada contra los herejes.

Ahora bien, muy pocos meses después de cerrado ese acuerdo ocurrió algo imprevisto en Volterra, una pequeña ciudad ubicada en una zona montañosa de la Toscana. 

Dicha ciudad había sido muy importante en la antigüedad ya que en el primer milenio a.n.e. formó parte destacada de la Liga Etrusca y más adelante ocupó un cierto papel durante la génesis del mundo romano, algo que aun hoy en día testimoniaban los restos de un viejo teatro en las laderas de una colina próxima. Pero en el momento del que voy a hablar, en pleno s. XV, a dicha población le quedaba muy lejos el recuerdo de sus años de gloria, ya que se había convertido en un villorrio sin demasiada importancia.

Sin embargo todo pareció que podía cambiar cuando por las fechas de las que hablo fue descubierto un yacimiento de alumbre en las proximidades. Además el área poseía en su pasado cierta tradición minera y los hombres de las comarcas próximas estaban acostumbrados a trabajar según épocas en explotaciones de mineral de hierro o de cobre, lo cual convertía en sencillo encontrar la mano de obra para poner rápidamente en explotación la veta. 

 Llegados aquí hay que tener en cuenta asimismo que, como parte del mosaico feudal que conformaba la Toscana y en general la caótica, atomizada y confusa Italia de la época, Volterra mantenía desde 1361 una ambigua relación de dependencia con la cercana ciudad de Florencia, la más importante y poderosa de la región.

Como sabemos, sobre el papel dicha ciudad era por entonces una República oligárquica más o menos “democrática” (con todas las salvedades que implica usar esta palabra en un contexto medieval). Pero en la práctica, un poco a la imagen de la antigua Atenas de Pericles, ni la política interna de la ciudad era realmente tal cosa, ya que la familia de los Médici controlaba férreamente el poder, ni la propia señoría de Florencia se comportaba de forma altruista con los burgos vecinos en tanto que ejercía sobre ellos una opresiva dominación. Así aunque en teoría Volterra era una ciudad libre, dotada de autogobierno, en la práctica todos los años debía pagar a cambio de “protección” una elevada suma al gobierno de Florencia y asimismo debía admitir la presencia de un representante permanente de Florencia en el interior de la ciudad.

En ese contexto al hombre fuerte de Florencia y cabeza de la Banca Médici por entonces, un joven de 22 años llamado Lorenzo, atisbó interesantes posibilidades para hacerse con la hegemonía de la producción de alumbre en Italia y por ende en todo Europa occidental. Debido a ello lo primero que hizo tras enterarse del descubrimiento realizado en Volterra, solo unos meses después de haber firmado el pacto comercial del que hablé antes, fue romper el acuerdo con el Papado y el Reino de Nápoles respecto a la regulación del mercado de alumbre. A continuación, usando su control sobre la política de Florencia, Lorenzo procedió a imponer al gobierno municipal de Volterra la firma de un contrato con un grupo de hombres de negocios afines a su familia, de cara a la explotación del alumbre hallado en las lindes de la ciudad.

Parece hoy claro que aquellos pequeños emprendedores de tercera fila tenían la misión de ejercer como testaferros de los intereses de los Médici en el asunto, con el objetivo nada disimulado de poner la producción de alumbre en la zona de Volterra bajo el control de la Banca Médici, la cual luego se ocuparía de comercializar su venta por todo el Norte de Italia y Europa, saboteando de paso la distribución del alumbre de Tolfa e Ischia en tales mercados.

Por su parte, en lo tocante al populacho de la pequeña ciudad de Volterra, el beneficio, apenas unas migajas de lo que se proyectaba como una gran operación mercantil, llegaría en forma de algunos nuevos puestos de trabajo en la mina ya que el gobierno de la ciudad apenas recibiría ingresos procedentes de la explotación en tanto que esta quedaba en manos de inversores privados.  

Pero entonces ocurrió un nuevo giro inesperado en los acontecimientos y en febrero de 1472 un nuevo y “populista” gobierno municipal accedió al poder en Volterra y acto seguido decidió renunciar al acuerdo y tomar el control de las cercanas minas de alumbre con la intención de “socializar” las ganancias de su producción, ya que la perspectiva de no recibir apenas dividendos del suculento negocio había soliviantado los ánimos de parte de la población de la villa. 

El resultado fue la furia de Lorenzo quien contrató varios miles de mercenarios en la cercana Urbino, bajo el mando de Federico da Montefeltro, los cuales ocuparon y saquearon Volterra a mediados de junio de ese año 1472 restituyendo a continuación el control de su estratégica mina de alumbre a sus “legítimos propietarios”. Es de reseñar que inicialmente, tras un asedio de veintidós días, Lorenzo negoció la rendición pacífica de la ciudad prometiendo respetar la vida y las propiedades de los ciudadanos de Volterra, pero una vez las tropas de Montefeltro al servicio de Florencia entraron en la ciudad esta fue salvajemente saqueada siendo asesinados en el proceso (maldita casualidad) todos los opositores a la política de los Médici dentro de la urbe. Todavía hoy se mantiene entre especialistas el debate sobre el grado de espontaneidad de estos últimos acontecimientos y la implicación de Lorenzo en ellos.

Llegados aquí aún faltaba un último giro dramático imprevisto ya que lo cierto es que esa matanza al final no sirvió de gran cosa. Para empezar, al año siguiente se descubrió que la mina de Volterra era más difícil de explotar de lo pensado inicialmente y su alumbre menos abundante y de peor calidad de lo que se esperaba. Así poco a poco su producción disminuyó hasta la irrelevancia lo que llevó a su abandono permanente en 1483.

A la vez el mercado internacional del alumbre se reconfiguró en la medida en que los avispados mercaderes de la República de Venecia, casi nunca en sintonía con la Curia romana por entonces, empezaron a introducir el alumbre otomano en Europa desafiando la prohibición papal.

Toda la operación acabó pues como un fracaso para los Médici debido a la excesiva ambición de Lorenzo. Así poco después de los hechos acaecidos en Volterra, en julio de 1474, la familia Medici dejó de ejercer el puesto de banqueros oficiales de la Santa Sede, cargo que habían ejercido los años precedentes disfrutando por ello de muy lucrativos ingresos gracias a la prerrogativa de recolectar los diezmos de la Iglesia fuera de los territorios pontificios. En dicha tarea inmediata fueron sustituidos por un genovés, Meliaduce Cigala, mientras que la familia Pazzi de Florencia se hizo a su vez con el negocio de la mediación en la venta del alumbre de Tolfa en beneficio del Papa.

Empezaba de tal forma además a prepararse el terreno para el siguiente gran evento político del juego de ajedrez en la política italiana de la época, la famosa Conjura de los Pazzi de 1478, un suceso nunca totalmente resuelto pero del que en los últimos años se han descubierto nuevos datos hasta ahora desconocidos, entre ellos la posible implicación de Federico da Montefeltro en la gestación y preparación del complot. Todo lo cual encaja con un análisis tendente a considerar los eventos explicados aquí como el contexto necesario para entender la creciente hostilidad entre el Papado y la familia de los Médici durante los años 70.

Como observaciones finales me gustaría plantear algunas cuestiones.

  He dedicado esta entrada a los acontecimientos ocurridos en Volterra en 1472 debido a la "modernidad" que se atisba tras los mismos. En Europa occidental se daban entonces los primeros pasos en el proceso de sustitución de las formas de explotación feudales por las relaciones capitalistas de producción y distribución. Podemos explicar el mundo feudal típico del medievo como un modelo socioeconómico y político donde unas élites numéricamente muy pequeñas (formadas por nobles guerreros y jerarquías eclesiásticas) ostentaban el monopolio del poder y de las ideas y a través de ello, de la amenaza de la fuerza militar o de la manipulación espiritual, lograban quedarse con la mayor parte de los bienes producidos por los famélicos grupos mayoritarios de campesinos. Pero a partir de finales de la Baja Edad Media, con la definitiva recuperación del mundo urbano y de la vida comercial en Occidente, nuevos grupos de privilegiados fueron asentando y perfeccionando innovadoras formas para captar la mayoría de los recursos, esta vez en base a estrategias muy distintas. Desde entonces la relación privilegiada con el poder político, en este caso en forma de estructuras administrativas estatales cada vez más poderosas y eficientes, siguió siendo importante como forma predominante de obtener dominio sobre otras personas. Pero la posesión de dinero por sí misma se empezó a convertir en el centro de procesos de captación y acumulación de riqueza y bienes que permitían también lograr lo anterior. Y la forma más eficaz e incruenta de realizar esa acumulación empezó a ser el establecimiento de pactos de compra y venta en los que una de las partes se veía claramente favorecida respecto a la otra. 

   La cuestión, a mi juicio, es que casi todo lo que no funciona hoy en el sistema capitalista ya lo podemos apreciar insinuándose en esta pequeña historia sobre sus primeras semanas de vida. La corrupción política, la manipulación de las reglas establecidas, el uso del control de la riqueza y las leyes para lucrarse de forma desmedida en detrimento del bienestar del resto de la comunidad, etc., todo eso en cierta forma ya es posible percibirlo en la pequeña lucha por el control del mercado del alumbre llevada a cabo a finales del s. XV entre un antiguo poder como el Papado y el símbolo de los nuevos tiempos por venir (a través de la simbiosis entre el poder financiero y el político) personificado en la figura de Lorenzo de Médici. Por eso hoy he querido contaros esta historia. 

Por otro lado, deseo llamar la atención sobre una cuestión que he remarcado otras veces: la fuerte relación entre arte y política y por tanto el papel del arte precontemporáneo como un elemento más dentro de los juegos de poder.

En su origen la palabra Mecenas procede del nombre de Cayo Mecenas, gran amigo de Octavio Augusto; personajes ambos que se valieron del patronazgo de artistas como un eficaz medio de persuasión política. Es bien sabido que el ascenso y posterior consolidación como dictador de Augusto dentro del mundo romano es indisociable de su programa de evergetismo arquitectónico de cara a ganar popularidad. Dicho ascenso tampoco se puede entender del todo sin tener en cuenta los réditos que recibió de su inteligente esponsorización de literatos encargados de glorificar su figura. Algo en lo que Mecenas le resultó de una ayuda inestimable como "ojeador" de talentos.

De forma parecida el joven Lorenzo de Médici que protagoniza este relato pasó a la historia como un generoso “mecenas” de artistas amado por su pueblo, y no como un lamentable tirano manipulador y avaricioso, gracias en parte de su oportuna asociación con los Verrocchio y Botticelli de su tiempo, lo que contribuyó y aún contribuye a mejorar su imagen como estadista.

Por ejemplo, poco después de los sucesos descritos, un joven Sandro Botticelli era contratado por un rico personaje de la ciudad para realizar esta pintura de temática aparentemente religiosa para un altar. A simple vista podemos decir que se trata de una versión más de la conocida escena de La adoración de los Reyes Magos. Un análisis más atento revela en cambio que los rostros de la mayoría de los personajes que aparecen en el cuadro correspondían en realidad a retratos de los miembros de la familia Médici, en lo que podemos calificar como una perfecta operación de propaganda y relaciones públicas. A fin de cuentas, aún hoy, cuando nos interesamos por los avatares de la Florencia del s. XV, la información que buscamos tiene mucho más que ver con hermosos cuadros e ingeniosos edificios que con los dudosos procedimientos a través de los cuales una oscura familia de negociantes se hizo con el control del poder y la economía en el territorio de Toscana. 

De tal forma cuando nos limitamos a estudiar el arte o la literatura del pasado a veces perdemos el hilo de lo que de verdad importa, que nunca son la belleza o las emociones, sino la distribución profundamente desigual de los recursos dentro de las sociedades humanas en toda época y lugar y por tanto las manipulaciones políticas necesarias para mantener de forma continua en el tiempo esa situación por demás anormal. Los poderosos para serlo necesitan presentar como aceptable e incluso como justa una disparidad en la posesión de bienes que rara vez lo es. La Historia por tanto no deja de consistir, entre otras cosas, en la crónica de las diversas estrategias adoptadas por los grupos dominantes para lograr tal propósito de enmascarar la auténtica e intolerable naturaleza de la realidad social. Y normalmente el control y manipulación de la cultura hegemónica en cada período histórico forma parte de dichas estrategias. 

   En definitiva, debemos tener en cuenta que la Historia, la verdadera Historia, es en realidad un sujeto de estudio más serio y complejo de lo que habitualmente parece. Es un fascinante misterio, un enrevesado engranaje, un puzzle puede que irresoluble que desafía nuestra capacidad de análisis de cara a desentrañar sus ocultos mecanismos. Pero también un asunto triste, asqueroso y deprimente, porque DEBE hablar de lo que fuimos y lo que somos como humanos, no de lo que nos gustaría ser o lo que desearíamos haber sido. 

domingo, 19 de noviembre de 2017

El hereje razonable


En eso consiste ser protestante. Eso es la Iglesia para mí. Eso es la Iglesia para cualquiera que respete al individuo y el derecho del individuo a decidir por sí mismo o misma. Cuando Martín Lutero clavó su protesta en la puerta de una Iglesia en 1517 tal vez no fuera consciente del significado de lo que estaba haciendo pero cuatrocientos años más tarde y gracias a él puedo ponerme lo que me dé la gana en mi pilila. Y el protestantismo no se limita al simple condón, no, incluso puedo usar preservativos que hacen cosquillas.

Monty Python, “El sentido de la vida”





Como sabemos el estilo artístico que hoy denominamos Renacimiento se gestó en el Norte de Italia en el s. XV. Ahora bien, el arte es estética, desde luego, pero -y esto lo he intentado explicar aquí muchas veces- en otro tiempo el arte era también, ante todo, una herramienta del poder. Así que, tras una fructífera primera etapa de experimentación que tuvo como centro Florencia, el potencial propagandístico de dicho movimiento tardó poco en ser percibido por una entidad política aún más poderosa que la República de Florencia, en concreto el Papado. Por eso en una segunda fase, que se desarrolló sobre todo durante el primer tercio del s. XVI, el epicentro del Renacimiento italiano se desplazó a la ciudad de Roma y sus principales artistas se pusieron al servicio de la Iglesia. 

  Pero hemos de tener en cuenta que, además de ser algo hermoso y útil para la propaganda, el Arte, como casi todo lo superfluo, tiene la característica de ser caro. Obscenamente caro. Y en torno a 1515 en Roma gobernaba León X (Giovanni di Lorenzo, segundo hijo del famoso Lorenzo el Magnífico) un Papa siempre necesitado de dinero. En consecuencia, de cara a financiar la reconstrucción de la Basílica de San Pedro, dicho Papa se vio obligado a realizar un funesto pacto de negocios con Alberto de Brandenburgo, en aquel entonces Arzobispo de Maguncia, en territorios de la actual Alemania.

Alberto se había hecho poco antes con el control de ese importante arzobispado pero sin tener la edad preceptiva para ello y cuando además desempeñaba simultáneamente la dignidad de arzobispo de Magdeburgo, debido a todo lo cual necesitaba la dispensa Papal para ejercer su nuevo cargo. Asimismo Alberto se hallaba fuertemente endeudado con la familia Fugger, los cuales habían financiado los sobornos necesarios para su fulgurante ascenso en la jerarquía eclesiástica. Razón por la que también estaba muy necesitado de ingresos. En suma él y el Papa León X, inmerso como estaba en similares problemas financieros, estaban llamados a entenderse. Así el Papa autorizó la venta de indulgencias (es decir documentos oficiales prometiendo el perdón de pecados a cambio de dinero) en las ricas y pobladas tierras bajo la influencia de Alberto a cambio de repartirse los ingresos que éstas eventualmente generarían. Hay que tener en cuenta que el procedimiento de la venta de indulgencias era algo un tanto irregular, incluso para aquellos tiempos, razón por la que la posibilidad de llevar tales transacciones a cabo lejos de Italia parecía una buena idea para el Santo Padre. Quizás esperaba así minimizar los riesgos de recurrir a dicha cuestionable estrategia cuya único propósito era la posibilidad de proporcionar a la Iglesia grandes cantidades de dinero de forma rápida, algo que tanto Alberto como León precisaban en aquel momento. 

  Y en un principio todo fue bien hasta que por azares del destino el agente encargado de llevar a cabo el sucio negocio, un corrupto monje dominico llamado Johann Tetzel, pasó por Eisleben en enero de 1517. Aquella era la localidad natal de un monje agustino bastante tozudo llamado Martín Lutero quien se sintió indignado y poco después, a finales de octubre de dicho año, escribió una extensa carta a Alberto de Brandenburgo quejándose y despotricando –con toda la razón- sobre la dudosa validez ética y la baja catadura moral de las indulgencias como concepto. 

Asimismo Lutero envió copias de dicha carta, casi un manifiesto, a varios de sus superiores eclesiásticos, los cuales como era de prever no le hicieron mucho caso. Sin embargo, y esto resultó clave, por entonces Lutero ejercía no solo como monje sino también como profesor de Teología en Wittenberg y así, deseoso de discutir sus tesis con sus amigos intelectuales, Lutero dio a conocer el texto de la misiva entre algunos laicos del mundillo universitario de la región. Y resultó que uno de ellos, probablemente llamado Christoph Scheurl aunque no está claro, tradujo el texto de la misiva del latín al alemán y, algo revolucionario, quiso aprovechar las ventajas de un reciente invento que por entonces hacía furor en Alemania: la imprenta. Es así como, varios meses después de enviada su carta de protesta a sus superiores, las tesis de Lutero fueron impresas en Nuremberg, además en un idioma comprensible para todo el mundo, lo que permitió que tales ideas empezasen a ser conocidas por gentes diversas que no formaban parte de la jerarquía eclesiástica de la zona. Es decir las quejas de Lutero comenzaron a difundirse muy pronto y a gran velocidad a lo largo de un amplio radio de acción y entre unas capas sociales completamente nuevas respecto a lo que era usual en la época (hasta entonces una idea podía tardar años o décadas en divulgarse fuera de la comarca o los círculos sociales en que se gestaba, si es que alguna vez llegaba siquiera a ello). 

  Ese complejo proceso es lo que la historiografía nacionalista y la leyenda han convertido en la iconográfica imagen de un joven monje clavando unas hojas de papel en las puertas de la Schlosskirche, la iglesia de Todos los Santos vinculada al castillo de Wittenberg. Un evento que probablemente nunca se produjo salvo en la imaginación de algunos contemporáneos, los cuales años después, mezclando realidad y ficción, empezaron a narrarlo como si lo hubieran visto con sus propios ojos. Hablamos pues de un fenómeno de reinvención de la realidad común en el origen de todos los cultos y religiones.

No obstante lo que dio auténtico calado a la suma de casualidades anterior fue el momento político. A fin de cuentas casi todas las publicaciones realmente imparciales sobre la figura de Lutero, que no son muchas, destacan las limitaciones tanto personales como intelectuales de Lutero, un personaje bastante alejado de la imagen idealizada que la hagiografía protestante ha proyectado de él. Entonces la pregunta clave es: ¿por qué alguien como Lutero, alguien no especialmente carismático o culto, o al menos no a la altura de las mejores mentes de su tiempo, triunfó donde otros pensadores de gran talla, como Jan Hus o John Wycliffe, habían fracasado previamente? Pues por tres razones. Además de la torpeza de sus oponentes, de la que hablaré más adelante, la razón fundamental fue que, a diferencia de sus predecesores en la tarea de confrontar a Roma, Lutero estaba en el lugar oportuno en el momento preciso. Y además con un individuo como él, digamos que adecuadamente limitado y “pragmático” (luego volveré sobre esto), para nada un iluminado irracional, sí era posible alcanzar un cierto entendimiento. Esto último fue muy bien visto por parte de diversos estamentos y poderes que se sentían insatisfechos con el estado de las cosas en el Sacro Imperio y buscaban la ocasión para solicitar un nuevo reparto de roles.

Porque los movimientos sociales se pueden analizar de dos formas. Como algo realmente popular, ya que en definitiva son las masas de gente el elemento clave en todo movimiento revolucionario. O bien como procesos donde, aunque las masas de gente son la parte visible, lo cierto es que esos conjuntos de personas solo constituyen la carne de cañón útil para que, dentro de las élites sociales, diversos grupos con intereses enfrentados diriman sus diferencias.

En la sociedad medieval la religión era el centro de la política y de la vida social. De tal forma toda crítica del orden teológico acarreaba preguntas sobre la propia organización de la sociedad. Inevitablemente por tanto la expansión de las ideas de Lutero despertó movimientos genuinamente populares con pretensiones de llevar la crítica doctrinal más allá y aprovechar el replanteamiento de algunas cuestiones espirituales para simultáneamente intentar establecer un nuevo orden social más equitativo. Era lógico. Muchos pensaron que si se abría la veda para replantearse el orden divino entonces había llegado también el momento de, en paralelo a lo anterior, poner sobre la mesa la profundamente injusta realidad terrenal inmediata, caracterizada por la desigualdad económica y jurídica típica del orden feudal, la cual hasta entonces se había bendecido y justificado precisamente desde los púlpitos. Pero ese tipo de cuestionamientos fueron pronto atajados, con el expreso beneplácito de Lutero, el cual exhortó al aplastamiento de “Las hordas asesinas y ladronas de campesinos”. Tarea llevada a cabo con gusto por la nobleza militar más o menos para 1525, cuando se produjo el extermino de más de 100.000 desgraciados que habían cometido el error de creerse que realmente las cosas podían cambiar de verdad.

No. El populacho lo entendió mal. En realidad se trataba de cambiarlo todo para que nada de lo realmente importante cambiase demasiado. Como siempre. Y Lutero era alguien lo suficientemente conformista y conservador como para aceptar eso. Incluso para desearlo. Y por ello la nobleza podía apoyar a un hereje. Porque lo que Lutero pretendía estaba en realidad muy lejos de las virulentas críticas a la opulencia lanzadas a veces de forma excesivamente genérica y atrevida por algunas herejías medievales y diversos pensadores místicos.

Por tanto, de cara a entender el mundo de posibilidades que realmente abrían las ideas de Lutero, y que explican su victoria al cabo del tiempo, fijemos de nuevo nuestra vista en el contexto, razón principal detrás del triunfo de los planteamientos de Lutero. Y observemos con atención los detalles. 

Para empezar mucha gente poderosa en tierras de Alemania veía con malos ojos por entonces lo que hoy llamaríamos como “drenaje de capitales” desde sus tierras hacia Roma a través de las indulgencias pero también mediante múltiples pagos al fisco eclesiástico. Con ese paisaje de fondo parte de la nobleza alemana comprendió que el creciente clima de descontento y desafección popular hacia la jerarquía de la Iglesia "de Roma", percibida como corrupta, era un buen momento no solo para terminar con lo anterior sino también para pescar en río revuelto y conseguir un mayor grado de autonomía, puede que incluso la independencia, respecto a la institución Imperial, un poder de tipo político que por su propia justificación divina dependía en gran medida de la sanción religiosa. A fin de cuentas si el orden doctrinal auspiciado por Roma quebraba, entonces la propia institución política legitimada por él (el poder Imperial) quedaba muy tocada. Había por tanto mucho que ganar en el envite. 

   En otras palabras, como los acontecimientos posteriores demostraron, el cuestionamiento de la autoridad Papal a partir de la excusa planteada por Lutero abría no solo el camino de la Reforma religiosa sino, sobre todo, la posibilidad de reestructurar el reparto del poder y el dinero dentro del Sacro Imperio. 

Es por ello que Lutero, a diferencia de muchos otros iluminados religiosos anteriores, no solo no fue perseguido con saña por la nobleza feudal sino que, muy al contrario, fue protegido por ella. Porque, en línea con todo lo dicho hasta ahora, hay que tener claro que Lutero no quería cambiar el injusto orden social vigente sobre la tierra, y de hecho exhortó claramente a mantenerlo, simplemente quería recubrirlo bajo el manto de una teología ligeramente distinta, actualizada y mínimamente racionalizada a partir de la doctrina católica imperante. Y eso, como muchos príncipes alemanes entendieron rápidamente, abría la puerta a profundas modificaciones en el reparto del poder político, las rentas y la posesión de tierras entre las clases superiores del Sacro Imperio. Insisto por tanto en que las ideas de Lutero sirvieron para desencadenar un proceso no de redistribución social de tipo vertical, es decir de arriba hacia abajo, sino que iniciaron uno muy diferente, de tipo horizontal, desde arriba hacia arriba. En este caso quitando poder y recursos a poderes y gobernantes lejanos, especialmente al Papa de Roma y al Emperador, en aquel momento soberano de Castilla y Aragón. Todo ello en beneficio de príncipes y electores puramente alemanes, sobre todo del Norte de Alemania en detrimento de los nobles feudales del Sur. 

   Por supuesto, como hoy sabemos, la Reforma (o más bien una segunda oleada dentro de ella iniciada por pensadores distintos a Lutero) encajó muy bien con las nuevas clases de comerciantes y banqueros dependientes de las nuevas formas capitalistas, lo que generó a su vez grandes cambios sociales (y en última instancia políticos de nuevo cuño, al exigir estas clases un reparto del poder más democrático y menos vertical), pero en aquel momento todo esto era imprevisible y podemos estar razonablemente seguros de que no jugó un papel en la gestación y extensión inicial del credo luterano protestante en Alemania.

Una vez que entendemos eso vemos que la Reforma fue un proceso eminentemente político y económico pero que de cara a obtener el apoyo necesario de las masas de la plebe se recubrió de la ideología en boga por entonces. Y, dado que en aquel tiempo el nacionalismo moderno, el fascismo, el liberalismo y otras ideologías aglutinadoras similares no existían, el tipo de programa político interclasista que se usó fue el de las creencias religiosas acerca de cuestiones como los sacramentos sumadas a un cierto sentimiento patriótico primitivo.

En el caso de Inglaterra todavía fue más claro porque se usó ese tipo de ideas para resolver un problema político puramente práctico: la necesidad para el soberano de obtener un divorcio (y con ello engendrar un heredero legal con una reina fértil y más joven) algo que el Papado, en solidaridad con los intereses del Emperador (sobrino de la por entonces esposa legal de Enrique VIII), le negaba al rey de Inglaterra (por varias razones, además del honor familiar en juego el Emperador también estaba interesado en obstaculizar los planes de Enrique: si este no conseguía el divorcio para volver a casarse y engendrar descendencia se abría en Inglaterra la posibilidad de una guerra civil por el poder tras su muerte, una oportunidad interesante para debilitar a un reino rival y pescar en río revuelto). En ese contexto la solución para la Corona inglesa, de una lógica aplastante vista desde la distancia, fue romper con el Papado y la excusa para ello nuevamente la cuestión de la Reforma eclesiástica, la cual de paso dejó pingües beneficios en las arcas de Enrique VIII por la vía de la expropiación de tierras a la Iglesia.

Obviamente para las clases sociales más bajas prácticamente nada cambió, lo que no impidió que amplias capas de la población apoyaran la Reforma con entusiasmo, aportando incluso su sangre o sus vidas, razón por la que al final de dicho proceso histórico amplios grupos de individuos pertenecientes a las clases bajas se creyesen sinceramente protagonistas y beneficiarios de los hechos mencionados. Es el poder de las ideas. 

No obstante, volviendo a centrarme exclusivamente en Alemania, puede decirse que el sentido de la Reforma fue que la nobleza alemana usó el programa religioso de Lutero como bandera para librarse poco a poco del control político del Emperador y la primacía simbólica del Papa y así consolidar su propio poder sobre sus dominios feudales de los que en adelante pudieron extraer aún más rentas fiscales gracias a la absorción de propiedades y prerrogativas anteriormente reservadas a la jerarquía católica. 
   
A fin de cuentas los gobernantes de los diversos territorios donde el “Luteranismo” triunfó se convirtieron de facto en jefes de la Iglesia en los mismos, lo que implicaba la facultad de disponer de sus cuantiosos bienes y fuentes de ingresos. Es así como gracias a la lucha de Lutero para acabar con la corrupción en la Iglesia casi una cuarta parte de los bienes raíces del Sacro Imperio cambiaron de manos durante las siguientes décadas debido a las confiscaciones de propiedades eclesiásticas y de los patrimonios de algunos ricos católicos recalcitrantes.

Pero que Lutero no acabase sus días en una celda o una hoguera no se debió solo a un timing adecuado y a la instrumentalización de sus ideas en beneficio de poderosas élites. Lo que había en juego era demasiado y los enemigos del cambio poderosos. Así que lo que en última instancia ayuda a terminar de explicar el inusitado e imprevisible éxito del reformador alemán fue el egoísmo y la falta de miras de sus oponentes: el Papa y el Emperador (en este caso Carlos V, habitualmente un gobernante sobrevalorado y mitificado, sobre todo por la historiografía hispana). 

Hay que entender que durante los absolutamente claves primeros diez años de la Reforma, los años críticos en que el nuevo movimiento se expandió por el territorio alemán y consiguió una base social casi desde la nada, el Emperador y el Papa, lejos de hacer causa común para detener el proceso, se hallaban ocupados en otros frentes (por ejemplo Carlos V hubo de afrontar hasta 1522 al problema de los Comuneros y las Germanías en la Península, lo que por momentos pareció más urgente que los disturbios en Alemania) y luego ambos poderes se dedicaron a enfrentarse por cuestiones políticas, fundamentalmente y simplificando mucho debido a la alianza del Papa con el rey de Francia de cara a torpedear la creciente influencia hispana en Italia.

Así según épocas el Emperador, como elemento de presión, dejó sobrevivir a los primeros sediciosos luteranos alemanes (ya que eso minaba la autoridad Papal en los territorios del Sacro Imperio) pensando que el problema podría solucionarse más adelante cuando su enfrentamiento con el Papado hubiese finalizado. De igual manera, según momentos, el debilitado Papa también contemporizó con los rebeldes protestantes en una política absolutamente suicida pensando que la revuelta religiosa en Alemania perjudicaba más al Emperador que a la Iglesia (en definitiva una institución que ha sobrevivido durante miles de años a todo y a todos no se sabe muy bien cómo) y que por ello era posible doblar la apuesta ya que hipotéticamente la situación se podría arreglar una vez que el Emperador eventualmente capitulase ante los intereses papales.

Ese escenario delirante empezó a modificarse tras un momentáneo triunfo militar del Emperador sobre Francia, con la victoria en Pavía (1525), y también sobre el propio Papado tras los eventos del Sacco di Roma de 1527. Pero durante los años siguientes la presión turca sobre Europa Central siguió desviando la atención de los dos grandes poderes "universales" del momento.

Solo en torno a 1530, una vez sus otros asuntos en orden, ambos jerarcas se avinieron a intentar dar realmente un vuelco el estado de las cosas en Alemania y ocuparse en serio de la situación con todos sus recursos, dejando de sabotearse mutuamente. Pero para entonces la Reforma se había consolidado lo suficiente, y Lutero vivido y escrito demasiado, como para que la situación pudiese considerarse como reversible. 

En suma, fueron los intereses políticos de fondo, la codicia, la estupidez, y en última instancia el cortoplacismo de sus principales enemigos, las claves para explicar el éxito de Lutero donde otros movimientos religiosos reformistas anteriores, algunos bastante más avanzados y teológicamente sólidos, habían fracasado en los siglos precedentes. 

Y como las bellas historias tienen finales felices, tras el triunfo de sus ideas Lutero recibió del príncipe de Sajonia, como prueba de gratitud, la posesión de su antiguo convento en Wittenberg. Prácticamente un palacio que Lutero empezó a explotar económicamente de forma muy moderna alquilando a buen precio sus habitaciones como dormitorio a todos los profesores y fieles que deseaban acudir a la ciudad a conocerlo, tratar con él, escuchar sus sabias palabras e impregnarse de su creciente prestigio. Luego, con el flujo de capital resultante, su mujer creo un auténtico "fondo de inversión" a través del cual se hizo con el control de una amplia granja, huertos, pesquerías fluviales, una próspera fábrica de cerveza y fincas en el entorno de la ciudad. Gracias a todo ello al final de su vida el testamento que dejó y otros documentos muestran que Lutero se había convertido en uno de los ciudadanos más ricos de Wittenberg, dueño de un envidiable patrimonio inmobiliario y la persona que poseía más ganado en toda la ciudad, mientras media docena de sirvientes trabajaban en su casa atendiendo sus necesidades inmediatas.

Nada mal para alguien que había hecho su fortuna criticando los trapicheos económicos, sin duda ciertos, de parte del estamento eclesiástico de su tiempo. Y que, tras empezar su ascendente carrera exigiendo tolerancia para sus ideas, una vez triunfantes las mismas se dedicó a publicar textos cada vez más encendidos que abrieron el camino a futuras y brutales persecuciones de judíos ("Sobre los judíos y sus mentiras", 1543) o imaginarias brujas por parte de sus adeptos.

Aunque de esto último, quizás, hablaré otro día. Hoy simplemente quería plantear varias ideas sueltas. Y sobre todo deseaba mostraros, desde una perspectiva diferente de la habitual, un famoso episodio histórico iniciado en torno al resentimiento que generó en determinados territorios la monstruosa corrupción de una distante jerarquía percibida como extranjera. Resentimiento luego azuzado por la ineptitud de dichas élites foráneas a la hora de ofrecer soluciones. Esto último generó a su vez un auténtico movimiento popular en el seno del cual los grupos partidarios de la revuelta aprovecharon de forma excelente los por entonces recientes cambios tecnológicos en los medios de difusión de la información de cara a extender sus ideas de formas creativas y muy ágiles, incontrolables para el poder establecido, lo que convirtió en lenta e ineficaz la reacción posterior del mismo. Pero aunque la mutación religiosa ocurrida por entonces habitualmente es explicada como un movimiento de masas, eso no debe hacernos olvidar que en realidad sirvió esencialmente a los intereses de uno de los grupos de élites enfrentadas, deseoso de revertir su situación como cola de león para convertirse en cabeza de ratón.  

Un tipo de proceso que en definitiva se ha repetido en el pasado y aún se reproduce de vez en cuando en el presente bajo nuevas formas y contextos. De hecho no tengo dudas tampoco de que en el futuro continuará sucediendo de nuevas y creativas maneras porque a fin de cuentas forma parte del aparentemente complejo funcionamiento interno de las manadas de humanos.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Puturrú de Fuá


La verdad es una mierda porque no va a ayudarte y si no te metes eso en la cabeza ahora mismo… a la mierda el resto de tu vida.

The night of, “Subtle Beast” 


                       


Hoy toca reaccionar de forma urgente a una noticia de actualidad. Ayer esta pintura de Leonardo da Vinci que podéis ver debajo de estas líneas se vendió por 382 millones de euros. Casi nada. 

domingo, 22 de octubre de 2017

Mátalos suavemente


La reina de las ciudades. Los mármoles y los oros, el exceso de los templos y los palacios justo al lado del barro y la mugre. La más negra miseria junto al esplendor absoluto. Yo amé esa villa, con sus contrastes, sus malos olores y sus perfumes, los gritos y el trasiego incesante de las multitudes a través de calles sombrías. Yo saboreé los placeres de la inmensa ciudad a la que el mundo entero deseaba parecerse.

Isabelle Dethan, “Les ombres du Styx”




Muchos especialistas sobre el Imperio romano han puesto por escrito sus dudas acerca de que tal vez algo no marchaba del todo bien dentro de esa civilización. Y con lo anterior no me refiero exclusivamente a problemas sociales o políticos sino a que algunos investigadores han planteado asimismo cuestiones puramente médicas y químicas de cara a intentar explicar el declive del mundo romano a través de estudios científicos supuestamente objetivos.

lunes, 25 de septiembre de 2017

La Edad de Bronce


 No era deseable que los proles tuvieran sentimientos políticos intensos. Únicamente se les exigía un patriotismo primitivo que podía invocarse siempre que fuese necesario, bien para que aceptaran una jornada laboral más larga o bien una ración más corta. (…)

George Orwell, “1984”






Durante el s. XIX muchos países de Europa vivieron una evolución desde sociedades rurales de base agrícola a otras de base urbana e industrial. Por tanto, en paralelo a lo anterior, la mayor parte de la población europea experimentó un momentáneo empeoramiento en todo lo relativo a la alimentación y la condición física al generalizarse el trabajo sedentario en grandes ciudades, en las cuales el abastecimiento de alimentos variados y frescos, sobre todo de pescado, hortalizas, leche o frutas, resultaba complicado (al menos hasta la invención de los modernos sistemas frigoríficos y la mejora de las comunicaciones ya a finales de la centuria).

sábado, 2 de septiembre de 2017

El cuento de la buena pipa


Para que los bastardos lleguen al poder el pueblo solo tiene que hacerse a un lado y callar.

Castlevania “Necrópolis”





El mundo está casi lleno de países democráticos (al menos oficialmente). Vivimos en la era de hegemonía de la democracia como paradigma político. Pese a ello uno ha de admitir que a lo largo del planeta es posible encontrar democracias muy raras.

   Y es que, normalmente, al pensar en el funcionamiento de un sistema democrático presuponemos un cierto grado de alternancia en la cúspide del poder. De lo contrario pasado un cierto punto las elecciones periódicas solo sirven para legitimar el control del Estado por parte de unas élites plutocráticas o tecnocráticas que, argumentando limitarse a ejecutar los deseos del pueblo, se dedican a transmitirse década tras década, de forma endogámica y en beneficio propio, el control del gobierno. 

miércoles, 16 de agosto de 2017

La lucidez


Hay una misión, un mandato, que quiero que cumplan. Es una misión que nadie les ha encomendado pero yo espero que ustedes como maestros se la impongan a sí mismos: despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez. Sin límites. Sin piedad. Porque la lucidez es un don y es un castigo. Lúcido viene de Lucífero, que es asimismo el nombre del arcángel rebelde. El demonio. Pero también se llama así al lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse. El bien y el mal todo junto. El placer y el dolor. Por eso la lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer cuando se tiene, lo único que se parecerá remotamente a la alegría, será el placer de ser consciente de la propia lucidez.

Federico Luppi, “La lucidez”





Karl von Ossietzky nació en Hamburgo en 1889, en el seno de una familia de clase media pese a lo que pueda sugerir el “von” del apellido. Aunque fue un mal estudiante desde muy joven empezó a trabajar como periodista, convirtiéndose pronto en una de las escasas voces que manifestaron una actitud pacifista y antimilitarista en Alemania en los años previos al estallido de la I Guerra Mundial. De hecho en 1913 se casó con una sufragista británica de buena familia.

Durante la Gran Guerra fue movilizado y las matanzas que presenció le sirvieron para afianzarse aún más en sus opiniones. Por ello en los años de la posterior República de Weimar fue ganando notoriedad como intelectual comprometido con el experimento democrático en la Alemania de entreguerras, todo ello en un momento en el que el país se desgarraba por los enfrentamientos entre los partidarios de modelos políticos más extremistas tanto por la izquierda como, sobre todo, por la derecha.

En 1927 se convirtió en editor jefe del periódico Die Wetbühne y dos años después publicó en dicho periódico un artículo explicando cómo el Ejército alemán estaba incumpliendo las limitaciones al rearme impuestas por el Tratado de Versalles (cambios en esa dirección empezaron a producirse en el seno de las Fuerzas Armadas teutonas mucho antes de la toma del poder por parte de Adolf Hitler). Debido a ello dos años más tarde Ossietzky, como director del periódico, y Walter Kreiser, el reportero que había firmado el artículo, fueron oficialmente procesados y condenados por “traición y espionaje”. Resulta interesante anotar que lo anterior ocurrió no porque lo que escribieron fuese mentira sino precisamente por todo lo contrario, es decir se les sancionó como consecuencia de contar la verdad sobre prácticas ilegales de su propio Gobierno.

sábado, 22 de julio de 2017

Horteras... pero magníficos


Ser hermosa es estar casi muerta, ¿no es así?. La laxitud de la mujer perfecta, la comodidad lánguida, la reverencia, de espíritu vacío, anémica, pálida como el marfil y débil como un gatito.

“Penny Dreadful”, capítulo séptimo de la primera temporada.


No solo forma parte del amplio grupo de mujeres con las que me acostaría sino que también está entre el mucho más reducido grupo de aquellas sobre las que me gustaría masturbarme.

“Taboo”, episodio quinto de la primera temporada.






Los prerrafaelitas fueron un movimiento pictórico creado en Inglaterra en 1848 y que sobrevivió oficialmente apenas unos cinco años. Nacieron como grupo artístico en torno a la idea de imitar las maneras de la pintura renacentista previa a la irrupción de Raffaello Sanzio (1483-1520) y de ahí el nombre que adoptaron sus integrantes. En relación con lo anterior su objetivo era inspirarse en la estética de la pintura del Quattrocento italiano e incluso de la pintura gótica y a partir de ello dedicar sus esfuerzos prioritariamente no a la plasmación de temas religiosos, como había sido habitual en aquellas épocas artísticas, sino a la ilustración de temas mitológicos relacionados con la antigüedad clásica y a dotar de vida composiciones de acusado romanticismo ambientadas sobre todo en una fantasmagórica Edad Media recreada en función de esquemas procedentes del pensamiento romántico contemporáneo.