sábado, 16 de agosto de 2014

Picoletos y romanos



 Ya los tres [Franco, Mussolini y Hitler], con sus huestes en filas aguerridas y apretadas, sin temor a nadie ni a nada, ordenan que suenen sus clarines contra el comunismo destructor del mundo y dicen: ¡Aquí estamos España, Italia y Alemania!

    José Millán Astray


    La verdad es preciosa úsala con moderación

    Mark Twain




La Guinea española fue quizás la más controvertida y brutal entre las postreras posesiones del Imperio colonial español tras su colapso en 1898. De hecho un cuarto de siglo después de que Joseph Conrad denunciara las atrocidades de los belgas en el Congo, ya bien entrado el reinado de Alfonso XIII, en aquella pequeña y olvidada colonia española ubicada en pleno centro de África la ley la marcaban diversos misioneros claretianos asistidos por guardias civiles españoles. ¿Qué pintaban allí éstos últimos?. Muy sencillo, de ese cuerpo procedían, prácticamente en exclusiva, quienes integraban las más o menos dos docenas de oficiales de la llamada “Guardia colonial” un cuerpo propio de la zona que mezclaba labores aduaneras con las de policía.

En el seno de dicha Guardia colonial hizo su leyenda, sobre todo en los años que van de 1921 a 1930, un teniente de la benemérita llamado Julián Ayala Larrazábal. Gracias al uso de una combinación de corrupción institucional y violencia extrema se hizo amo y señor de la zona de Micomeseng, cerca de la frontera con Camerún, sometiendo a los nativos de la región a un imperio del terror (violaciones, exacciones de todo tipo, condenas arbitrarias a trabajos forzados impuestas sin juicio, malversación de fondos, tráfico de mano de obra semiesclava, fosas colectivas de ejecutados…). Todo ello con la connivencia de su jefe directo, el coronel Tovar de Revilla. Un estado de cosas que duró prácticamente hasta el completo exterminio de la población local del clan osumu. 

A finales de aquella década los excesos habían llegado a tal punto que la declinante dictadura de un escandalizado Primo de Rivera (y todo hay que decirlo, no era fácil escandalizar a alguien tan curtido como Primo) enterró los hechos para que no llegaran jamás a España noticias, por lo que aún hoy lo que ocurrió allí es materia de rumor y especulación. Al final se llegó a realizar un informe y una investigación, pero muy convenientemente no hubo conclusiones definitivas y, en medio de la sorpresa que siguió a la proclamación de la IIª República, Larrazábal se desvaneció en las sombras. En 1936 reapareció en Camerún, desde allí viajó a Francia y finalmente en 1942 regresó por fin a España. Esa España de los años 40 donde muy convenientemente se pierde el rastro a un montón de gente interesante. Por ejemplo, en mi última entrada mencioné de pasada el rexismo y a Hergé. Pues bien, recién terminado el conflicto mundial su gran amigo León Degrelle, miembro de las Waffen SS y gran colaborador de los nazis en Bélgica, se asentó cómodamente en Sevilla y en dicha ciudad pasado el tiempo montó (cómo no) un chanchullo inmobiliario. No fue el único, por aquellas fechas también encontraron refugio en este país Otto Eskorzeny o Johannes Bernhardt. Más adelante, en los primeros años 50, siguieron llegando personajes oscuros atraidos en este caso por las recomendaciones de sus compatriotas ya asentados en la Península, sobre todo en Madrid o en la costa levantina. Así acabaron asentándose en España Paul María Hafner, guarda de Buchenwald o Dachau; Horia Sima uno de los viejos líderes de la Guardia de Hierro rumana; y sobre todo Ante Pavelic, el genocida croata bajo cuyo mandato se construyó el campo de concentración de Jasenovac en el cual murieron asesinadas unas cien mil personas durante la IIª Guerra Mundial (con la peculiaridad de que la mayoría de los muertos no fueron judíos, sino gitanos, serbios e incluso musulmanes bosnios). 

Como digo a esa España divertida y emocionante (por decir algo) es a donde regresó Larrazábal para vivir tranquilamente hasta su muerte, la cual en su caso le llegó pronto ya que beber demasiado no es bueno para el hígado.  

Todo esto no deja de ser una anécdota. No muy conocida claro. Pero la he contado simplemente para ambientar mejor otra historia, bastante más compleja, que verdaderamente es la que me interesa resaltar hoy. Es una historia que tiene su cénit pocos meses después de que Larrazábal volviese a España. Pero antes de llegar a eso queda mucho camino por recorrer. Quizás durante algunos momentos ese camino se hará duro y aburrido, pero pienso que la cuestión de fondo merece la pena.  

Antes de nada volvamos al presente un momento.

De lictores y fasces 

El miércoles, en su edición digital, el diario ABC publicaba un artículo que me llamó poderosamente la atención. El artículo se titulaba: ¿Por qué el escudo de la Guardia Civil usa un símbolo de la República romana?.  

Lo cierto es que en dicho escudo actualmente aparece un fasces. Es decir una unión de varas sujetadas entre sí formando un cilindro que sirve de sujeción a un hacha. Esos fasces en el mundo romano eran elementos de poder transportados por lictores, unos funcionarios públicos que acompañaban a los magistrados.  

                                                 

En el caso de nuestra Guardia Civil ese elemento no solo es el centro de su actual emblema genérico sino que, obviamente, luego dicho símbolo funciona como base para que las diversas secciones del cuerpo personalicen sus propios distintivos. Por ejemplo, vemos a continuación los escudos del Servicio de Protección de la Naturaleza (Seprona) y del Servicio Marítimo de la Guardia Civil.  

                                                
                                                

Pues bien, en el mencionado artículo del diario ABC se nos explica que el curioso “haz de lictores” que aún hoy aparece bien visible en el escudo de la benemérita representa la Justicia y la Ley. Añadiendo luego que: 

“El haz de líctores [sic] es un símbolo romano que representa autoridad. Los líctores eran funcionarios públicos que durante el periodo republicano de la Roma clásica se encargaban de escoltar a los magistrados curules, marchando delante de ellos, e incluso de garantizar el orden público y custodia de prisioneros, desempeñando funciones que hoy podríamos identificar con la «policía local». Por esta razón, muchas fuerzas policiales en la historia se han inspirado en el haz de líctores para diseñar sus escudos”. 

¿Por qué esta aclaración?. Ya se sabe que excusatio non petita accusatio manifesta 

 Como sabemos, la Italia fascista de Mussolini convirtió a esos fasces de origen romano en su icono de referencia de forma un tanto parecida a lo que luego hizo el nazismo con la esvástica. De hecho la propia palabra fascismo es una evolución de esa palabra latina fasces (plural de fascis: “manojo”, “haz”) en el vocablo italiano fascio. A través de esa palabra y luego del uso como emblema de esos fasces romanos se pretendía hacer hincapié en la supuesta necesidad de unidad y orden para la Italia de la época. Algo muy en la línea ultranacionalista y reaccionaria adoptada por aquel nuevo movimiento político, el cual por otra parte, hizo un uso intensivo del pasado romano, su historia, el supuesto orgullo imperial, o la simbología asociada a todo ello, a través de múltiples elementos iconográficos en los que ahora no entraremos.   

Quizás por eso el citado artículo periodístico del diario ABC responda a que alguna gente (tampoco mucha) se habrá ido preguntando en los últimos años, así como de pasada, sin pararse a pensarlo mucho, cómo es que el emblema de una de las fuerzas policiales del Estado incluye un elemento visual tradicionalmente asociado al fascismo. Obviamente eso solo se nos pasa por la cabeza un segundo, para luego llegar a la conclusión de que debe ser una mera casualidad desafortunada, producto de un trasfondo icónico compartido por diversas ideologías e instituciones. Es evidente que sería de todo punto impresentable el que órganos del Estado en pleno s. XXI aun conservaran simbología fascista. ¿Verdad?. Supongo que en eso estamos todos de acuerdo.  

Por tanto esa lectura en clave “fascistoide” de una parte del escudo de la Guardia Civil debe ser una mala interpretación, justo como ahora nos viene a explicar muy oportunamente el diario ABC.  

Y lo cierto es que existen abundantes indicios en favor de dicha interpretación exculpatoria. Para empezar el empleo como símbolo de los fasces resulta muy común en el mundo americano, tanto en el caso de diversos organismos e instituciones propias de las repúblicas iberoamericanas, como en el caso de diversos elementos propios de la simbología estatal estadounidense.  

Ello se debe, es evidente, a que antes de que el fascismo italiano los adoptase como emblema central los fasces ya eran símbolos muy populares en diversos países de cultura occidental. Consiguientemente es normal que muchos escudos e insignias anteriores al momento de auge pleno del fascismo coincidan en el uso de ese tipo de iconografía aunque, por supuesto, dotándola de un significado diferente.  

De hecho ese tipo de simbología también se encuentra en emblemas contemporáneos o posteriores al nacimiento del fascismo italiano. Es el caso de la famosa estatua de Abraham Lincoln realizada en 1922 por Daniel Chester French y ubicada en el Lincoln Memorial de Washington, un edificio por demás de estilo inspirado en el clasicismo. Si tenemos en cuenta que la simbología nacional estadounidense posee un cierto sustrato masón y también en diversos aspectos se relaciona bastante con la imaginería grecolatina, sobre todo romana, tiene sentido la presencia de ese símbolo ahí, así como en otros elementos asociados al Estado federal en dicho país.

         
                                 

También encontramos una simbología parecida, aunque en este caso más o menos oficiosa, en la Cuarta República francesa (1946-1958), siendo utilizado dicho elemento sobre todo a partir de 1953. 


O en la Quinta República que llega hasta la actualidad, en el transcurso de la cual podemos localizarlo impreso en pasaportes y otros documentos desde los años 90 sobre todo.  

                                                      

Además en el caso español el símbolo propiamente fascista no fue nunca el fasces sino que lo proporcionó la falange con el yugo y el haz de flechas.

                                              


Finalmente es oportuno reseñar que más organismos en la propia España, además de la Guardia Civil, incluyen los famosos fasces latinos en sus insignias. Por ejemplo el escudo del actual Cuerpo Jurídico Militar de las Fuerzas Armadas Españolas, creado en 1988 pero heredero de otros anteriores. En este caso con el fasces rodeado por una corona de hojas de roble. 


Por todo ello lo normal es entender que en términos de lectura iconográfica el escudo de la Guardia Civil simplemente presenta elementos alusivos a la Unidad (el Haz), el Derecho y la Ley (el Hacha), la sumisión de la fuerza a la autoridad (la Espada) y luego la Corona en alusión a la Monarquía o al Estado.   

Perfecto. Por tanto no hay ningún problema. 

…Claro que el diablo está en los detalles. Ya he insistido a veces y voy a seguir haciéndolo contra la interpretación de cuadros, símbolos, películas o casi cualquier elemento cultural en base a un análisis puramente formal, estilístico e iconográfico, todo ello sin tomar en consideración también el contexto histórico e ideológico concreto en que se produce la gestación del elemento en cuestión.  

Por eso vamos a dar otra pasada a esta historia. Esta vez a fondo. 

Solo por si acaso.  

Iconografía de la benemérita

Como es sabido la Guardia Civil fue una creación del IIº Duque de Ahumada, Francisco Javier Girón y Ezpeleta, a mediados de 1844. Dicho esto, no me voy a perder en los detalles y voy a centrarme en la cuestión simbólica, la cual casi nunca está claramente explicada, al menos en formato de páginas web. El caso es que la Guardia Civil, utilizó desde sus inicios en 1844 un emblema compuesto de las iniciales G y C separadas y en color plata. Por otra parte en esos primeros momentos en el cuello de las casacas y levitas del uniforme sus integrantes aún no utilizaban emblema alguno.  

Eso se mantuvo hasta que un nuevo reglamento en la Real Orden Circular de 11 de junio de 1908 que también afecto al Ejército, creó un emblema para el cuello del uniforme de los guardias civiles consistente en las letras GC entrelazadas añadiendo sobre ellas una corona.  


   A partir de ahí no se produjeron nuevos cambios relevantes hasta la llegada de la IIª República. Inmediatamente, en pleno 1931, se dictaminó que desapareciesen las insignias reales de todos los emblemas públicos. La Guardia Civil mantuvo las iniciales GC como emblema, pero dentro de una orla en plata y con fondo granate, desapareciendo de nuevo la corona añadida en 1908.  

No duró mucho este distintivo pues una nueva orden en 1935 añadió de nuevo una corona, en este caso una corona mural que se hizo habitual en muchos otros emblemas de época republicana. En cualquier caso no es cuestión de meterse en sutilidades heráldicas sobre los matices y significados de los distintos tipos de coronas. Sigamos.  

Aquí haré un inciso importante. Aunque la génesis de la Guardia Civil evoca los orígenes de un cuerpo conservador y esencialmente represivo… al final la Guardia Civil como bloque no se sumó de forma importante al golpe de Estado militar que desencadenó la Guerra Civil española. Al contrario, muchos miembros del cuerpo se pusieron a disposición de la República en los días siguientes al alzamiento. Sin embargo los políticos republicanos no acababan de fiarse de ese cuerpo, nunca lo habían hecho (por ello se había creado precisamente la Guardia de Asalto en 1932). De hecho en aquel momento esos recelos crecientes no se debían tanto a las dudas sobre la posible lealtad de los guardias rasos sino debido a las evidentes simpatías que levantaba el bando sublevado entre gran parte de la oficialidad de la propia Guardia Civil. 

Quizás debido a todo ello a los pocos meses de estallar la guerra, en la zona controlada por la Republica, la Guardia Civil pasó a denominarse Guardia Nacional Republicana. A partir de entonces fugazmente su emblema serían las iniciales GNR en plata y sobre fondo de gules timbrado de corona mural. Eso fue en agosto del 36. Pero el anterior fue un cambio que duró poco pues en diciembre del mismo año se fusionaron la Guardia de Asalto y esa fugaz Guardia Nacional Republicana (en otras palabras lo que quedaba de la Guardia Civil de la zona republicana) para formar un Cuerpo de Seguridad Interior, el cual fue disuelto al final de la Guerra Civil por los vencedores de la contienda. 

Por su parte en la zona controlada por los militares sublevados durante los inicios de la guerra se retiró nuevamente la corona mural de los emblemas de la Guardia Civil volviendo de nuevo a las letras GC entrelazadas, como símbolo a secas. Todo eso hasta la creación de un nuevo escudo nacional en febrero de 1938 que instauró el uso de una nueva corona real, en este caso llamada abierta o imperial (no real como durante la Restauración, ni mural como durante la República), con la que pronto se remataron también los emblemas de la Guardia Civil en la zona controlada por los “nacionales”.  

Sobre esa base y una vez finalizada la Guerra Civil con el triunfo del alzamiento el nuevo régimen se plantea qué hacer con la Guardia Civil. Aunque parezca sorprendente -porque hoy en día la imagen histórica de la Guardia Civil está fuertemente unida a su adscripción al franquismo- parece ser que inicialmente entre las nuevas autoridades de la dictadura militar existieron dudas sobre en qué medida confiar en dicho cuerpo y qué sentido darle. Sin embargo una vez superados esos recelos iniciales se pasó a purgar la oficialidad del cuerpo, sobre todo en las zonas donde había servido a la República durante la guerra. Tras eso se puso al cargo de la Guardia Civil a una nueva generación de mandos totalmente adictos al régimen quienes durante las siguientes décadas transmitieron su fidelidad a la propia Guardia Civil como institución transformándola en uno de los más directos apoyos del nuevo régimen. Por cierto, precisamente de 1939 procede el famoso lema "Todo por la patria" asociado a la Guardia Civil en el subconsciente colectivo. Lema implementado entonces por el general Germán Gil y Yuste quien había ejercido de Secretario de Guerra del bando sublevado. 

Además de todo lo anterior, en 1940, buscando una mayor simplicidad organizativa, se fusionó lo que quedaba de la Guardia Civil de antaño con el llamado Cuerpo de Carabineros (eran los años en que, a otro nivel, se fusionaba también a carlistas y falangistas pese a su evidente carácter antagónico). Ese Cuerpo de Carabineros era un cuerpo armado aún más antiguo que la propia Guardia Civil -de hecho había sido creado en 1829- cuya misión era la vigilancia de costas y fronteras y la represión del fraude y el contrabando.  

Finalmente, tras esa unión entre ambos organismos, quedaba por determinar la simbología que debía adoptar el naciente híbrido. Eso se plasmó al año siguiente en forma de un Reglamento Gráfico de Uniformidad que combinaba los emblemas previos de ambos cuerpos para crear un nuevo emblema conjunto basado en el actual enlace de las iniciales del Cuerpo, en plata, sobre dos carabinas cruzadas, en oro, y todo ello coronado con la corona reglamentaria, en plata. O sea se volvía a las letras GC con una corona sobre ellas, pero con dos carabinas cruzadas por delante.  

Eso fue provisional porque pronto el nuevo régimen vio la necesidad de potenciar la Guardia Civil para luchar contra lo que sería la nueva realidad de los maquis de postguerra. Por todo lo cual pronto el Cuerpo de Carabineros se diluyó totalmente en el seno de la Guardia Civil como institución, recuperándose y acentuándose las funciones de la misma como un cuerpo de policía paramilitar, flexible y extendido sobre todo por los entornos rurales.  

Y llegamos así a comienzos de 1943, momento en que la Guardia Civil adopta la simbología que llega a la actualidad, haciendo a un lado las letras G y C (que sin embargo siguen usándose como distintivo secundario) y oficializando como nuevo emblema principal el fasces con una espada. Todo lo cual, como digo, en esencia se ha mantenido hasta el presente.  

  En concreto la modificación anterior fue producto de un nuevo Reglamento de Uniformidad para el Ejército y la Guardia Civil, publicado el 27 de enero 1943, el cual dotó a esta última de un nuevo emblema formado por el cruce de un hacha envuelta en un haz de lictores puesta en banda y de una espada desnuda puesta en barra, ambos de oro, representando la unión, la nobleza, la equidad, y la fuerza sometida al poder constituido. Además a todo esto se añadió la generalización de otra pequeña novedad; y es que más o menos desde entonces se empezó a inscribir el emblema dentro de rombos en el caso de los cuellos de los uniformes. 

No obstante, esto explicado así, fríamente, sin entrar en detalles, es lo que da lugar al equívoco. Por ello, a mi modo de ver, de cara e realmente entender bien lo que pasó entonces, o al menos intentarlo, toca otro inciso más. Lo digo siempre, la realidad es compleja y las respuestas a cuestiones complejas no se pueden resumir en unos pocos párrafos. Por ello vamos a detenernos a pensar un momento sobre la naturaleza ideológica profunda del llamado régimen franquista. No será algo largo y tras eso estaremos ya muy cerca del final de esta historia. 

El camaleón 

Obviamente yo no voy a sentar cátedra aquí descubriendo nada nuevo sobre el franquismo. Sin embargo es una época de la historia de España sobre la que tengo la impresión de que de tanto publicarse investigaciones y análisis cada vez se sabe menos debido a que la maraña de árboles y ramas nos impide sentarnos en una colina despejada a observar el bosque con tranquilidad. Así que hagámoslo ahora.  

Con anterioridad a la Guerra Civil, Franco había tenido una actuación política muy escasa. Ante todo era un militar de ideas conservadoras que abominaba de los políticos profesionales a quienes consideraba responsables de los males de España. Además de eso también caracterizaban la ideología del general su nacionalismo a ultranza del que derivaba una concepción absolutamente unitaria y centralista del Estado, su anticomunismo, su autoritarismo, esa convicción ya citada de que la democracia lleva a la anarquía, y finalmente un cierto fondo de religiosidad pacata. Pero en general todos estos rasgos no conformaban una ideología sensu estricto, todo lo más constituían simplemente un cúmulo pintoresco de filias y fobias personales (los comunistas, los masones...).  

Ahora bien, el movimiento social y militar que con el tiempo aupó a Franco al poder, el llamado bando “nacional”, estaba constituido en origen por múltiples sectores con intereses e ideologías de las “de verdad”. El problema es que eran muy variadas. De hecho quizás lo único que todos esos grupos de financieros conservadores, pequeños propietarios agrarios temerosos de perder sus propiedades, clases medias ultracatólicas, monárquicos carlistas o bien borbónicos que querían restaurar las respectivas dinastías en España, falangistas, militares africanistas, etc...,  lo único que todos esos grupos que se alzaron contra la IIª República tenían en común era su odio a la misma y a las clases sociales y movimientos ideológicos que la respaldaban. Paradójicamente, de hecho, acabaron teniendo otra cosa más en común, el que en un principio jamás pensaron que el final de la lucha desembocaría en una simple dictadura militar de toda la vida aglutinada además en torno a la figura de un oscuro militar rechoncho, bajito y más bien cabrón. Porque al fin y al cabo Franco y su régimen fueron un mero producto no previsto, accidental, de la Guerra Civil.  

Recapitulando. El bando nacional en su origen no era un bloque monolítico ni mucho menos. En su seno –igual que ocurría con el bando republicano a mayor escala todavía- coexistían a duras penas muchas tendencias con ideas e intereses a veces opuestos. Lo que unía a este bloque era la oposición a la República y sobre todo a las fuerzas de centro y esencialmente de extrema izquierda que habían participado en su implantación y que gobernaban en el momento del alzamiento. Por tanto cuando estalló el conflicto no había un plan definido para el día después. De hecho cada uno de los bloques integrantes del bando nacional tenía en la cabeza su propio plan político y dentro de los mismos nadie tenía en la cabeza a Francisco Franco como el futuro líder, al menos para un período de tiempo prolongado.  

No obstante en el marco de esa coyuntura Franco se aprovechó de la Guerra Civil para ascender en el poder basándose sobre todo en su azaroso puesto a la cabeza del ejército en el momento clave (hay quienes incluso sostienen que alargó deliberadamente el conflicto dilatando operaciones militares para darse tiempo a consolidar su jefatura). Luego, tras el triunfo militar, basó su posición de hegemonía en convertirse en el indispensable árbitro entre las diferentes fuerzas en pugna dentro del bando vencedor: la Iglesia, los militares africanistas, la Falange, los monárquicos de diverso tipo, banqueros afines, etc. Cada una de las cuales carecía de la capacidad de imponerse a las demás para aplicar por completo y en exclusiva su propio programa.  

Me interesa destacar que en ese contexto el rasgo fundamental que permite a Franco auparse al poder primero y después sobrevivir aferrado al mismo durante tanto tiempo fue el carácter en el fondo vacío, y por tanto contingente, de su ideología tanto a nivel personal como sobre todo luego a la hora de impregnar de la misma, o de dicha carencia, a las estructuras e instituciones del sistema político. Es decir, en el caso de Franco jugó a su favor la anomía ideológica o la indigencia intelectual (que no estupidez, al contrario, Franco se mostró como un individuo profundamente hábil e inteligente para lograr sus propios fines, otra cosa es que esos fines solo le sirvieran de provecho esencialmente a él y a sus próximos) tanto propia como, sobre todo, de su círculo cercano, ya que ese vacío lo convertía en un dictador muy flexible y adaptable. Algo que se iba a mostrar como una ventaja adaptativa clave en los años siguientes a su llegada al poder. Y es que Franco lo que deseaba ante todo era el poder; más allá de eso le daba un poco igual qué hacer en concreto con él o los principios ideológicos, los objetivos a largo plazo, la estructura institucional, la simbología o la forma externa concreta que tuviese que adoptar su régimen, siempre y cuando todo eso reforzase su propio puesto a la cabeza del Estado y no lo contrario.  

En ese sentido el franquismo, al modo de ciertos virus, pronto hubo de mutar para sobrevivir dentro de un nuevo ecosistema geopolítico. Y lo hizo sin problemas. De ese modo, en tanto que hacia fuera de su propio círculo interno toda dictadura militar precisa de un recubrimiento, de una fachada que le proporcione una legitimidad, el franquismo fue variando su estructura interna, su –supuesta- ideología y su cobertura externa a lo largo de las décadas, siempre en función de las conveniencias, en cierta forma mimetizándose con el paisaje. Eso es lo que obliga a los distintos historiadores que se aproximan al estudio de la etapa histórica franquista a tratarla no como una unidad sino a periodizarla internamente en varias fases, cada una de las cuales ofrece en cierta manera un tipo concreto y peculiar de “franquismo”.  

Más o menos hasta 1943, mientras Alemania parecía imponerse en la Guerra Mundial y los regímenes totalitarios de cuño fascista eran vistos como el modelo de futuro, en España el franquismo como régimen se aplicó a copiar parte de la parafernalia de dichos sistemas. Fue la fase llamada “Etapa azul”, etapa “fascistizante”, o como se la quiera llamar. Eran los años en los que abundaban los desfiles militares, los saludos con el brazo en alto, la imaginería falangista, etc. Ahora bien, todo ello con una particularidad. Mientras otros regímenes semejantes del período buscaban la movilización de masas en su favor a través de partidos únicos, desfiles, organizaciones juveniles, rituales colectivos, etc., en el caso del franquismo el uso de esos elementos derivaba más bien en la creación de aditamentos vacíos, o el enunciado de postulados retóricos perfectamente intercambiables, que la nueva dictadura militar usaba simplemente para recubrirse mediante la estrategia de “legitimidad” más en boga durante el período. Teniendo eso sí mucho cuidado de, en el fondo, desarticular y desmovilizar a la sociedad, una sociedad ante todo pasiva y que empezaba su camino de alejamiento de la política.  

En realidad ese franquismo solo era un régimen fascista de imitación. Una "marca blanca", barata, vulgar, evocadora principalmente del ya por sí cutre fascismo italiano antes que del modelo teutón. Por ello cuando las tornas cambiaron a nivel internacional el régimen de Franco no tuvo ningún problema en iniciar la llamada etapa del “nacionalcatolicismo” que se desarrolla más o menos entre el 44 y el 57. A lo largo de la misma lo que unos años antes pretendía ser -al menos en cuanto a simbología y parafernalia propagandística- un régimen fascistizante, empezó a postergar, ocultar y dejar de lado a la Falange, a los diplomáticos e integrantes del régimen demasiado señalados por su germanofilia, el saludo con el brazo en alto y todas esas cosas. Por ejemplo, entre 1936 y 1945 el llamado “saludo íbero” de cuño falangista fue más o menos obligatorio y oficial en todo el territorio nacional. En cambio tras la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial el saludo deja de tener carácter oficial y, por ejemplo, en una película como Raza se eliminaron a posteriori todas las escenas donde los militares del bando sublevado saludaban con el brazo en alto.  

Como la retórica y la simbología fascistas habían dejado de resultar útiles para convertirse hasta en contraproducentes en adelante Franco se presentó como un dictador anticomunista, muy en la línea de lo que pasó a estar “de moda” sobre todo a partir del estallido de la Guerra Fría. Y a nivel interno el régimen empezó a poner gran acento en el nacionalismo de Estado y el catolicismo como supuestos elementos aglutinantes de la sociedad. Fue por ejemplo una etapa en que se incidió particularmente en la presencia de un determinado discurso histórico heroico y centralista tanto en la enseñanza como en el cine.   

Gracias a ese viraje el régimen de Franco logró ser poco a poco primero tolerado y luego aceptado por las potencias democráticas occidentales que pasaron a verlo como un mal menor o incluso como un aliado necesario. Una vez lograda esa consolidación se inició en el 58 la fase “desarrollista” del régimen. El anterior antiliberalismo de la política económica, sobre todo en su fase autárquica, se dejó completamente de lado mientras a nivel institucional ganaban presencia los llamados “tecnócratas” procedentes del Opus Dei. En política exterior la ideología militarista e imperialista también pasó definitivamente a mejor vida, salvo por la retórica mantenida en algunos manuales escolares, en tanto que a pie de calle se fue produciendo una desideologización masiva del régimen matizando su propaganda. Poco a poco el franquismo se convierte en un régimen de “pluralismo limitado”, ni siquiera una dictadura, legitimado no por las ideas sino en base al desarrollo económico que España experimenta durante los años 60. El régimen quedaba por tanto definitivamente asociado a la figura de Franco y éste pasaba a ser visto como un imparcial árbitro necesario de cara a garantizar el mantenimiento de la paz interna, necesaria a su vez para sostener el crecimiento económico.   

Por supuesto, más allá de todos estos cambios de apariencia el camaleónico régimen franquista mantuvo durante todo el tiempo una serie de patrones internos inalterables que constituían su propio y oculto ADN, sobre todo el ser un sistema político totalmente al servicio de los intereses de unos grupos extractivos concretos. Eso era lo verdaderamente importante e innegociable. Pero claro, es ya otra historia que da incluso para pensar si el camaleón, como sistema, murió alguna vez o solo mudo de aspecto –una vez más- para que nada (en el fondo) cambiara.  

No obstante, hoy, a mí, lo que me interesa resaltar de todo esto es el carácter profundamente sincrético del franquismo y sobre todo que, a finales del 42 o inicios del 43, dicho régimen aún se dedicaba a imitar o incluso a copiar descaradamente los rasgos de los abusones de la clase por entonces.  

Cabanillas y la semiótica

Una prueba de ello en lo tocante a símbolos, emblemas y elementos militares y policiales es que a finales de 1942 se hizo oficial en el ejército español el uso del llamado casco “Z-42” que básicamente era una copia de un casco del ejército alemán de época nazi llamado Mº 35 (el que sale siendo usado por los soldados en casi todas las películas de nazis). 

Para mí, es en base a ese contexto de fondo como hay que entender la publicación por parte del Ministerio del Ejército de un nuevo Reglamento de Uniformidad, concretamente el 27 de enero de 1943. Días antes, por cierto, de que von Paulus se rindiera en Stalingrado y empezase a sospecharse que los nazis podían perfectamente perder la Guerra. O meses antes de que el gobierno español repatriase ese celebérrimo cuerpo militar -la División Azul- de casi 50.000 hombres que combatían codo con codo con los nazis. Varios miles de cuyos integrantes se negaron aun así a acatar la orden de retirada y se quedaron voluntariamente luchando en favor de la Alemania nazi hasta el 44, momento en que nuevamente algunos cientos de los que se mantenían luchando aún se negaron a una segunda repatriación y acabaron peleando, al lado de los nazis, durante la defensa de Berlín bajo la denominación de 101ª Spanische Freiwilligen Kompanie der SS. 

En ese contexto se publica el mencionado Reglamento que, entre otras cosas estableció el nuevo emblema de la Guardia Civil. Con la fasces y la espada.  

¿Y quién fue su creador o al menos impulsor?. Pues el señor Carlos Asensio Cabanillas. 

Cuando se produjo el golpe de Estado de julio de 1936 en España, Asensio Cabanillas, por entonces teniente coronel, aseguró el dominio de Tetuán para el bando “nacional”. Luego, durante las primeras fases de la guerra  su columna participó en dos de las mayores matanzas de civiles de esos primeros momentos de la contienda cuando tomó Almendralejo y luego sobre todo cuando al lado de Juan Yagüe asaltó la ciudad de Badajoz, produciéndose en esas dos operaciones unos 5.000 fusilamientos de civiles, también algunos cientos de mujeres, aunque en este segundo caso lo que se produjo fueron sobre todo innumerables violaciones.  

Y sin entrar en detalles es así como luego lo encontramos convertido en Ministro del Ejército promulgando un nuevo Reglamento de Uniformidad donde la inspiración en diversos elementos de los ejércitos fascistas eran evidente. Se copiaron piezas de los uniformes usados por diversas unidades del ejército italiano o el ejército alemán del período, caso de la gorra de montaña alemana o la sahariana italiana. Incluso en materia de desfiles se “versionaron” algunas marchas militares alemanas que luego tuvieron vigencia hasta la Transición.   

Claro está, cuando pensamos que en ese momento las letras G y C, símbolo histórico de la Guardia Civil, fueron sustituidas por una espada cruzada sobre el fasces surge la duda. ¿Fue pura casualidad?. ¿Lo que pasaba por la cabeza del impulsor del cambio en ese momento tenía que ver con la República romana o más bien con la Italia fascista?. ¿Ustedes qué piensan?.  

Volver a Greenwich

En Historia es más conveniente, y diría que también más fácil, analizar procesos a gran escala y estructuras sociales antes que hechos puntuales. El problema de los hechos es que habitualmente nos encontramos frente a la obra de individuos concretos o de grupos reducidos de ellos. Y claro, cuando la pregunta es ¿por qué alguien hizo esto en concreto hace mucho tiempo?, las cosas se complican. En ocasiones no tenemos testimonios donde el sujeto se explica. Otras veces hay testimonios pero no podemos fiarnos de que la explicación redactada para la posteridad contenga la auténtica verdad, e incluso ocurre de vez en cuando que los propios individuos no sabemos a ciencia cierta por qué hemos hecho determinadas cosas, o incluso nos engañamos subconscientemente a nosotros mismos al respecto de las auténticas razones de nuestros actos, para así sentirnos mejor. Debido a todo ello puede decirse que existen sucesos que nadie, ni siquiera sus propios protagonistas, pueden explicar a ciencia cierta y sin asomo de duda. Menos aún podemos nosotros pasados docenas, cientos o miles de años. Lo más que se puede hacer es lanzar suposiciones.

En este caso hablamos de una cuestión minúscula y a la vez compleja. Realmente al crear el actual escudo de la Guardia Civil quien dio las órdenes ¿tenía en la cabeza a la República romana y nada más… o quizás la cosa no es tan simple y lo que tenía en la cabeza el sujeto en cuestión era el “espíritu de la época” y los años en que gente como Asensio combatía rumbo a Madrid al lado del Corpo Truppe Volontarie enviado a España por la Italia fascista?.  

No hay manera de saberlo con total seguridad. Honradamente pienso que la respuesta buena es la segunda, por todo lo que he explicado. Pero siempre habrá quien lo niegue. Es cuestión de perspectiva supongo. Ayer mismo nuevamente el diario ABC -que no ve nada susceptible en ese fasces oficializado en plena etapa fascistizante del régimen franquista por parte de un militar particularmente admirador de los ejércitos del Eje- publicaba otro artículo, en este caso planteando su preocupación por la posibilidad de que este edificio

                                  

que de hecho era así inicialmente

                                  

esté inspirado en simbología comunista debido a las afiliaciones políticas de su arquitecto.  

Desde luego se echa de menos ese grado de actitud crítica con otras cuestiones. Supongo que, como suelo decir, siempre es cuestión de perspectiva.  

Pero más allá de todo esto subyace una cuestión fantasmal que nadie quiere abordar. Hubo un tiempo en que este país estuvo gobernado por una dictadura impresentable. Reconocer eso no es una cuestión que debiera depender de "derechas" o de "izquierdas". Incluso podría llegar a discutirse si dicha dictadura fue impresentable todo el tiempo. Pero una primera fase de la misma, su etapa abiertamente filonazi no puede, no debería, ser defendida, soslayada, disculpada o simplemente olvidada.  

Pasado el tiempo, por cuestiones que todo el mundo conoce, pero que tampoco se hablan, se realizó en España una transición desde esa dictadura a un régimen democrático a través del pacto de silencio. Debido al mismo, aunque se hicieron algunos esfuerzos por aparentar lo contrario, realmente nunca se hizo un necesario reseteo del sistema haciendo borrón y cuenta nueva. Y por eso, incluso hoy en día, aún quedan dentro de muchas instituciones del Estado pequeños restos putrefactos de aquella época. Restos que en ocasiones están presentes en el día a día y la vida cotidiana sin que nos demos cuenta de su verdadera naturaleza original al habernos acostumbrado a contemplarlos formando parte del paisaje.  

Por ejemplo. Fue durante esa época del Franquismo de la que he hablado en esta entrada cuando también se estableció que nuestro país viviría en base al mismo huso horario que la Alemania nazi había impuesto en los territorios ocupados y no siguiendo el uso horario de Greenwich, que es el que nos corresponde geográficamente, pero que a fin de cuentas por entonces evocaba a "la pérfida Albión" que seguramente sería pronto derrotada por los vigoréxicos teutones.  

Lo curioso del caso es que cuando luego hubo que hacer olvidar esa época, aunque fuese por una mera cuestión de sentido común, no se dio marcha atrás a la medida anterior. Así la anomalía pervive hasta nuestros días, retrasando los horarios de trabajo o comida de los españoles respecto a lo habitual en otros países europeos hasta niveles sangrantes, particularmente en regiones como Galicia.  

Ya no es una cuestión de ideologías, es pura estupidez. En referencia al escudo de la Guardia Civil una Orden Ministerial de 1986 y otra Orden en 1989 modificaron determinadas prendas y efectos para la Guardia Civil. Pero en dichas órdenes los cambios se limitaron a cuestiones menores como eliminar el soporte portaemblemas sobre el uniforme, todo ello pese a que era una buena oportunidad para deshacer un error o al menos cambiar un símbolo que podía evocar cosas incómodas por otro más moderno y menos problemático dado nuestro peculiar pasado. No se hizo, porque no se veía ningún problema. 

Dos explicaciones se me ocurren. La primera es que nuestros dirigentes simplemente se han olvidado de cómo se implantaron realmente en España una serie de cuestiones. Lo ignoran y por eso no ven el posible problema. Como el abusón que pasados treinta años de la época escolar te ve un día por la calle y te invita a tomar algo en una terraza cercana con la mejor de sus sonrisas y verdadera nostalgia. Para él su paso por el colegio fue maravilloso y dentro de ese bello recuerdo estás tú, dibujado ahora de forma paradójicamente positiva. El tipo se ha olvidado de las bromas incómodas y las collejas o los empujones de entonces. Para él, en su memoria, has pasado a ser un compañero más de aquella época, incluso un amigo del alma y sinceramente no tiene constancia de haberse comportado como un hijo de puta contigo en aquel entonces, por lo que piensa que tú tampoco deberías sentir rencor alguno y se extrañará si pasas de largo y sigues tu camino. 

   La otra explicación viene a ser que nuestros dirigentes han optado por la estrategia del avestruz. Esconder la cabeza. Guardar el polvo debajo de la alfombra y simplemente esperar que desaparezca si no haces nada y dejas que pase el tiempo suficiente. Todo ello porque realizar cambios demasiado abundantes quizás implicaría tener que explicar por qué se hacen. Y al hacerlo surgirían incómodas cuestiones sobre por qué se ha dejado pasar tanto tiempo sin corregir ciertas cosas. Correcciones que en cualquier país normal sin nada que esconder se habrían hecho hace décadas de forma rutinaria. 

Quizás se deba a algo de todo esto el que hasta hace unos años, con la publicación de la tímida Ley de Memoria Histórica, aún abundaran en este país las estatuas y símbolos franquistas en las ciudades. O las calles y avenidas llamadas "División Azul". Pero aún después de esa operación apenas epidérmica de "limpieza", una vez eliminadas cuatro cosas muy obvias, aún permanecen por ahí instalados en una parte de la sociedad y la estructura del Estado españoles muchos otros residuos menos visibles que evocan un incómodo tiempo pasado.

  Por todo esto España es un mal país para un historiador. Porque es un país que ha optado por la desmemoria. Cambiando de ejemplo hoy nos acordamos de Guinea cuando de vez en cuando aparece en algún evento el amigo Teodoro Obiang, se proyecta en televisión algún reportaje sobre exfutbolistas de la Liga que juegan allí, o sale citado en la conversación Copito de Nieve.   

En fin. Cosas veredes, amigo Sancho, que farán fablar las piedras. Se que la frase no es del Quijote, pero debería. 




6 comentarios:

  1. Por cierto, ya que estoy. Estos días se celebra en Extremadura el Festival Medieval Villa de Alburquerque. No es la hostia, pero bueno, si alguno anda de vacaciones por allí a lo mejor le interesa el aviso. Acaba mañana creo.

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  2. En todos fuimos culpable el autor del libro Juan Simeon Vidarte pone verde a Franco por dar un golpe de EStado.El estuvo implicado en dos y las pocas veces que lo mencionaba en el libro los justificaba. Los golpes de 1930 y 34. ¿Qué hubiese sido de España si esos golpes hubiesen triunfado.

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  3. la division azul nunca tuvo 50000 soldados en el frente una division que se conformaba segun normas del herr era de 25000 hombres
    en cuanto al cambio de timon me extraña que fuera x stalingrado al menos exclusivamente Stalin no lo propago ni le interesaba q los aliados se dieran cuenta del gran giro q supuso en la guerra x razones varias queria segundo frente ya y no queria q se supiera su autentico potencial
    me parecen muchas elucubraciones y darle muchas y psicologia muy farragosa

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    1. Culpa mía por explicarlo mal. De hecho la "División Azul" original no llegaba ni a 20.000 hombres. Pero claro, las bajas se reponían. Lo cual implica que el número total de hombres que combatieron en dicha unidad durante la guerra ronda los 45.000 o los 50.000 según el autor que se coja. No todos a la vez, sino que hay que incluir los refuerzos que fueron llegando para reponer las bajas. ¿Se entiende?. A este respecto no hay ninguna polémica. Las cifras son las que son.

      Luego respecto al resto ya cada cual puede opinar.

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    2. Claro que sobre el resto de elucubraciones a mí es que me parece psicológicamente mucho más probable que en plena Guerra Mundial, cuando aún parecía que las potencias del eje podían ganar, un criminal de guerra formado en el clima "intelectual" del ejército español de la época incluyese una fasces en la simbología de una unidad como la GC debido a su admiración por el fascismo y no por causa del interés que le despertaba la cultura clásica. Porque los militares españoles del período (en general y los garrulos "africanistas" aún más) no es que se distinguieran precisamente por sus conocimientos sobre latín, estatuaria griega, o la poesía de Ovidio.

      A mí de hecho lo que me parece un juicio bastante discutible es defender esto segundo, como se hace en la actualidad. A saber, que un símbolo inequívocamente fascista se adoptó en 1943 (no en 1920 o 1960) de forma totalmente inocente y desprovisto de significado político. Y que en todo caso su referencia era la antigüedad romana y no el fascismo italiano, varios de cuyos integrantes eran, por cierto, buenos amigos del general que tomó la decisión.

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  4. Yo lo cuelgo aquí y no digo nada:

    http://politica.elpais.com/politica/2017/02/14/actualidad/1487090041_119936.html

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