lunes, 4 de agosto de 2014

Odio eterno al arte moderno


    -Es un Jackson Pollock precioso.
          - Si.
              -¿Qué te sugiere?.
       -Reafirma la negatividad del universo. El terrible vacío y la soledad de la existencia. La nada. El suplicio del hombre que vive en una eternidad estéril, sin dios. Como una llama diminuta que parpadea en un inmenso vacío, sin nada salvo desolación, horror y degradación que le oprimen en un cosmos negro y absurdo.
           -¿Qué haces el sábado?.

     (Escena del museo en Sueños de un seductor)


                                              
 

[Esta entrada es una continuación de Antes muertos que sencillos, una entrada anterior en la que dibujaba un análisis de los movimientos recientes en el mercado del arte, los cuales a mi modo de ver reflejan una tendencia inflacionaria clara, vinculada en cierta medida a un tipo muy concreto de obras con las que se puede especular fácilmente]. 


En relación con ello pienso que analizar el arte contemporáneo actual reduciéndolo exclusivamente a aspectos estéticos, estilísticos, técnicos…, es como analizar una película de cine “a lo Garci” centrándose en el mundo interior del director, la configuración de los planos, o las metáforas en el guión. Cuando en realidad un producto cultural, sobre todo difundido de forma masiva a través de canales empresariales organizados, NO es nunca solamente un vehículo estético. Sea una novela, una película o un cuadro. Sino que en el camino se convierte necesariamente -si no lo era ya desde su origen- en parte de un negocio colectivo y un instrumento de propaganda de algún tipo de ideología. Y esto es así incluso al margen de las intenciones conscientes del creador del producto concreto. Por tanto el análisis de esas cuestiones del arte (o el cine, o la literatura), como negocio y como propaganda de una determinada visión del mundo, me parecen inseparables de su crónica como mero producto artístico. Limitarse a darle vueltas a este último aspecto aislándolo de las otras dos dimensiones anteriores me parece que lleva a no entender nada y perderse en una serie de disquisiciones vacías y puramente técnicas sobre valores estéticos. Desembocando todo ello en razonamientos puramente descriptivos que se retroalimentan a sí mismos sin profundizar más allá de una determinada frontera que no interesa traspasar para no entrar así en territorios incómodos.  

Dicho todo esto como introducción procedo a recordar una vez más, como vimos en una primera parte de este análisis, que el año pasado fue el mejor jamás registrado en la historia de las subastas de arte (como lo habían sido a su vez también los años anteriores, cada uno mejor que el anterior), según el informe anual de Artprice.com. Aunque hay otros indicadores de esa tendencia, por ejemplo la casa de subastas Christie’s -adquirida en 1998 por uno de los hombres más ricos de Francia- vendió más en 2013 que en ninguno de sus dos siglos y medio de existencia. 

Y como digo esto no es solo cosa del último año. En la última década el índice global de los precios de las obras de arte subastadas en el mundo ha subido un 80%.  

Por tanto. O estamos viviendo un segundo Renacimiento, o bien algo está pasando que va más allá de lo puramente estético.  

Mi teoría -que plantee ya en la primera parte de esta reflexión- parte de relacionar todo esto con la coyuntura económica mundial. En paralelo a la crisis financiera global el arte se ha convertido en depósito de valor de muchas grandes fortunas que buscan en las obras de arte, como en los diamantes o el oro, un refugio seguro y que mantenga unos mínimos de rentabilidad para su dinero. Un refugio que en ocasiones hasta ofrece incentivos fiscales, fácil de transportar, de mover, de especular con él, lejos de bancos con problemas o de cuentas en Suiza. En otras palabras un buen sitio donde invertir el dinero a falta de otras inversiones mejores en estos momentos de inestabilidad del “sistema”.  

Pero esa explicación es muy sencilla. Hay que complementarla.  

Todo lo anterior no se relacionaría solamente con la coyuntura de crisis. También con uno de sus efectos. La creciente disparidad en los niveles de renta en todo el planeta, incluidas las sociedades más desarrolladas. De hecho la población mundial de milmillonarios ha crecido un 60% desde los inicios de la última gran crisis global en 2008. Lo repito, un 60%. En vez de disminuir ha crecido. Y mucho. Por varias razones entre ellas el hecho de que las clases medias se han empobrecido y en general en las estadísticas las disparidades en la renta se reflejan de forma más abrupta en estos contextos porque las crisis suelen afectar de forma más seria a la gente que vive solo un poco por encima del umbral de la pobreza y puede ser despedida que a los milmillonarios que pueden deslocalizar su fortuna, resguardarla en paraísos fiscales o Sicavs, despedirte a ti para ahorrar costes y muchas otras más opciones. El caso es que, en mucha mayor medida que tu vecino Paco, la afición a la compra de obras de arte está bastante extendida entre los ultraricos (tal vez no solo por pura pasión artística sino por las cuestiones financieras que vengo comentando). Consecuentemente no es extraño que el mercado del arte entre en un proceso de calentura a la vez que aumenta la desigualdad en los ingresos dentro de la escala social.  

Finalmente hemos de tener en cuenta que hasta hace un par de décadas el coleccionismo de arte estaba básicamente concentrado en EE.UU y Europa. Pero en paralelo a la globalización (y otros fenómenos relacionados como el colapso de las sociedades comunistas) el crecimiento económico (y el aumento del número de ricos, oligarcas, plutócratas…) en China y Rusia, así como la consolidación de los gustos occidentales de ciertas élites árabes, ha aumentado la demanda de grandes “obras de arte” extendiéndola por todo el planeta. Y siguiendo la lógica de la oferta y la demanda… los precios suben.  

Resumiendo. El mercado del arte ha entrado en un proceso de crecimiento desaforado en los últimos años justo en paralelo o a pesar de la crisis económica global. Por ejemplo en 2013 la casa de subastas Phillips vendió una obra de Lichtenstein Mujer con cacahuetes por 9.5 millones de dólares. Nada menos que la casa Christie´s trató de subastar esa misma pieza hace una década por 2.5 millones de dólares y no lo logró.

Por todo ello, a mi modo de ver, ese crecimiento experimentado en los últimos años no puede explicarse a través de criterios internos a ese propio mercado y ni mucho menos las valoraciones al alza que están recibiendo determinadas obras, sobre todo de artistas recientes por oposición a los grandes maestros clásicos, pueden explicarse en base a criterios puramente estéticos.

Ahora mismo la burbuja inmobiliaria o de especulación con hipotecas o bonos basura se ha desplazado a otros sectores y entre ellos, parcialmente, da la impresión de que se está tanteando el mercado del arte. Así las cosas desde hace unos años ya es muy patente que se está generando una cierta burbuja artística en base a la inversión en arte, en primer lugar para especular con él aprovechando la tendencia al alza de los precios que la propia afluencia de compradores genera. Empiezan a ser frecuentes los casos de obras que se venden y revenden apenas un par de años después de ser creadas o compradas por primera vez.

                        
                                                         
      Le Rêve de Picasso (sobre estas líneas) que fue vendida en 1997 por 48,4 millones de dólares se vendió nuevamente en 2001 por 60 millones. En 2006 fue acordada una nueva venta de 139 millones pero un incidente estúpido (por el cual su propietario de entonces la agujereó de un codazo mientras al enseñaba a unos amigos) hizo que dicha venta estuviese paralizada varios años por el litigio entre vendedor, comprador y la casa aseguradora. Pese a todo, probablemente para no perder la oportunidad, el año pasado el ofertante de entonces aceptó olvidar el codazo de marras y subir el precio a los 155 millones para olvidar el litigio y hacerse ya con el cuadro (y suponemos que revenderlo en unos pocos años con pingües beneficios, antes de que la tendencia cambie).

Sin embargo la clave para entender lo que está pasando no está en la pura especulación, o solo en ella, sino que la inversión en arte ahora mismo tal vez tendría algo que ver también con la idea de buscar un resguardo para los grandes capitales en épocas complicadas. En estos momentos mejor que enterrar dinero en acciones o bienes inmuebles es “refugiarlo” en valores relativamente seguros como diamantes, oro… y por ahora las obras de arte (si la propia burbuja especulativa que eso genera en torno a ellas no acaba por volver inseguras algunas de esas inversiones sobre todo en artistas actuales que viven de ser una moda). En todo caso la ventaja con que juegan las obras de arte es que en ocasiones, al ser considerada inversión en bienes culturales, los capitales invertidos en dicho mercado sirven también para desgravar fiscalmente.

      Por todo ello a los artistas emergentes contemporáneos en realidad no se les valora como creadores sino como marcas generadoras de valor añadido, son industrias en sí mismos. Con esto se relaciona, quizás, la predilección actual de los mercados de arte por artistas más o menos contemporáneos frente a los grandes maestros clásicos y sobre todo la orientación de los grandes compradores hacia un arte no figurativo y mayormente desideologizado.

Ese último rasgo en particular debería llamar más la atención. Aunque, obviamente, cada artista en la cresta de la ola hoy en día pretenda imbuir a sus obras de una profunda metasignificación no me queda duda, por el contrario, de que la mayor parte de las obras que vamos a ver  a lo largo de esta breve sinopsis carecen de carga crítica o al menos de una gran complejidad ideológica (que no necesariamente técnica o teórica). No parece que haya en los más cotizados artistas de vanguardia actuales interés por realizar obras en la línea de:

              
      

¿No han ocurrido en las últimas décadas acontecimientos traumáticos o crisis sociales merecedoras de un tratamiento pictórico o escultórico por parte de los artistas más cotizados?, ¿es que ya no merece la pena porque eso lo cubren la fotografía y el vídeo?. Esto contrasta con el hecho de que la pintura, la escultura, como la literatura o el cine, supuestamente deberían aspirar a plasmar profundas impresiones sobre la sociedad o la cultura de su tiempo para elevarse por encima de ser meros productos de consumo y aspirar a ser ARTE con mayúsculas. Soy de los que piensan que el arte de verdad no es algo meramente bonito que logra emocionar estéticamente sino que DEBE ir más allá y tener una carga intelectual encaminada a elevar el espíritu humano y aportar algo a la sociedad en que el artista vive estimulando el debate dentro de su seno, más allá de la mera gamberrada snob. Pero hoy en día no ocurre eso entre la élite del arte. Eso lleva a plantearse si tal vez los artistas más cotizados en parte lo son precisamente porque sus obras no entran en temáticas incómodas para sus posibles compradores millonarios. La anterior parece una idea demasiado simplona, no obstante vamos a darle algunas vueltas.

Número 5, de Pollock, precio 105 millones de euros en noviembre de 2006.

                 

El mismo mes Mujer III se vendió por 102 millones de euros.

                  
                                                                                
            19 millones de euros se pagaron en 2007 por esta obra de Jeff Koons.


                              

     80 millones de euros en 2010 por este Picasso.


                                  


     Y 87.2 millones de euros en mayo 2012 por esta Bandera de Jasper Johns. 

                                                                    


En su momento se especuló mucho sobre como en plena Guerra Fría diversos organismos occidentales estimularon en la sombra, de forma coordinada, la difusión de formas artísticas como el expresionismo abstracto de cara a contraponer esa interpretación de la realidad con el acartonado realismo socialista del otro bloque. Se trataba de que los museos, las fundaciones que pertenecían a figuras clave de las finanzas anglosajonas, las principales revistas especializadas –en muchos casos integradas en conglomerados también pertenecientes a esos mismos grupos empresariales- estimularan la visibilidad pública y la puesta en valor de formas artísticas que no se mostraban ideologizadas en exceso, o al menos no se mostraban demasiado críticas con la sociedad capitalista y sus problemas.

          Desde una interpretación marxista pura esto nos poner en el camino de la teoría de la conspiración o en una visión reducida del arte como mero elemento de control social. Por supuesto sabemos que las cosas hoy en día no son tan simples. Probablemente nunca lo fueron. Ahora bien, debemos dejar de ver la cultura como algo puramente democrático e inocente. La cultura como la política o la economía no es algo que se decida por la suma de los intereses y las opiniones de todos los miembros de la sociedad donde todas las opiniones e intereses de cada uno cuentan exactamente por igual. Ni siquiera es así en cuanto a la política de las sociedades democráticas.

   En ese sentido resulta iluso pensar que en el plano político tus intereses y opiniones cuentan exactamente en la misma medida que los del dueño del principal banco nacional, o el propietario de una empresa con 100.000 empleados o una fortuna de miles de millones de euros, a la hora de orientar cual será la próxima política del gobierno respecto a los tipos de interés. Por supuesto "un hombre un voto", pero no todo se vota todos los días, en realidad solo se vota una vez cada varios años entre un cómputo limitado de opciones preestablecidas mientras que el meollo del asunto se juega luego en el día a día entre un número limitado de actores. Además no todo el mundo posee los mismos medios para difundir públicamente y hacer oír su voz y sus puntos de vista o para influir en esa toma de decisiones diarias por parte del poder establecido.

      También es inocente creer por ejemplo que tus posibilidades de llegar a ser algún día un alto cargo del Gobierno son las mismas que las de alguien de una familia bien conectada socialmente, de buena posición económica y con varios familiares en cargos públicos. Bueno, por supuesto puedes suscribirte a una ideología tipo Rocky según la cual si te esfuerzas mucho y lo deseas de verdad todos tus sueños pueden realizarse, pero no es menos cierto que las posibilidades de que eso suceda varían en función de la posición social en la que se nace y que en general cuanto más arriba naces más boletos tienes de cara a la rifa que dictamina cuales son los sueños que se cumplen. Que existan casos extraordinarios de ascenso social o de ruptura de barreras no significa que el porcentaje éxito entre los que lo intentan empezando en los escalones más bajos de la pirámide deje de ser relativamente bajo en comparación con la ratio de éxito entre aquellos que parten en la salida desde posiciones elevadas y poseen más medios para obtener relaciones personales, educación o capitales, de cara a invertir en la realización de sus sueños. No todos somos iguales, tal vez no pasa nada por eso, tal vez no es malo, pero asúmelo y deja de creerte todo eso sobre la voluntad y la actitud positiva que venden los libros de autoayuda.

      De la misma forma es hora de admitir que existen en la sociedad determinados individuos que poseen una capacidad diferencial para influir no solo en la política o la economía en mucha mayor medida que grupos de miles de personas juntas, sino también en la construcción de la "cultura". La cual no se decide por una votación donde todas las ideas cuentan igual, sino que en realidad se manufactura de arriba hacia abajo en la escala social (y no al revés) por parte de grupos numéricamente limitados de intelectuales, muchos de los cuales dependen de su relación mercantil con grandes conglomerados de negocios y de formación de opinión en lo tocante a mantener su nivel de vida o simplemente de cara a lograr difundir sus pensamientos a gran escala.

     No cabe duda de que existe un sustrato de cultura popular, o más bien hoy en día de cultura de masas, donde los gustos de la masa, entendida como público y cliente, marcan unas pautas de lo que tiene éxito y lo que no. Pero realmente a ese nivel, el de un mercado del que lucrarse, el interés de las élites no está en controlar cómo quiere vestirse usted o la marca de coches utilitarios que prefiere. Ahora bien, en cuanto a un nivel superior, en lo tocante a qué ideologías o valores se promocionan a gran escala, las cosas cambian porque eso sí puede tener su importancia de cara al mantenimiento de las reglas del juego (y claro los grupos sociales que van "ganando" bajo unas determinadas reglas por norma no van a querer que estas se cambien en plena partida).

      Resumiendo. Si usted se lo pregunta le confesaré que creo en la existencia aún hoy de profundas diferencias entre grupos sociales y, en ese sentido, creo también que los grupos privilegiados normalmente controlan no solo la política sino que a la larga tienen interés en controlar también los principales canales de comunicación y a través de esos y otros caminos acabar influyendo indirectamente en las teorías económicas o las interpretaciones del Derecho, la Historia o incluso el Arte que más conviene difundir de cara al público masivo. Es lo que antiguamente el marxismo llamaba la “superestructura” ideológica, el conjunto de ideas y creencias que de alguna forma son las más difundidas en una determinada sociedad. Y lo son porque las élites no se oponen a ello, de otra forma no podrían difundirse tanto o tendrían que usar para ello canales informales. Además en último término la razón por la que las élites no se oponen o colaboran en la difusión de unas determinadas formas de pensamiento es simple y llanamente porque contienen ideas que de alguna forma legitiman, o al menos van en consonancia, con la jerarquía social establecida; si no fuera así en vez en encontrar colaboración, como digo, encontrarían obstáculos.

     Para lo que nos interesa aquí, todo eso afectaría a la forma en que se elige a los autores y obras artísticas que más se promocionan a través de grandes canales de televisión, revistas especializadas, prensa de “información”, fundaciones, galerías privadas, etc. Al fin y al cabo el ciudadano corriente es libre para elegir… pero elegir entre las opciones predeterminadas y limitadas que instituciones, editoriales, museos o la prensa seleccionan previamente para presentárselas a la sociedad de consumo. Nosotros podemos estar tranquilamente criticando el mundo aquí, pero el que este conjunto de ideas u otro cualesquiera sea escogido por los próceres de la buena sociedad para ser remunerado, promocionado, premiado, alabado, reproducido a gran escala por instituciones, editoriales, fundaciones, asociaciones oficiales... eso ya es otra cosa.

   No obstante, pese a esta puesta en claro de opiniones, creo realmente que en la actualidad la tendencia hacia un arte desideologizado en los mercados, con un contenido intelectual rebajado o diluido, homogeneizado en cuanto a sus mensajes… más que con cuestiones relativas al control social (sobre las que he especulado en los últimos párrafos), tiene mucho que ver también con el hecho de que, al hacerse el mercado del arte verdaderamente global, el arte teóricamente rupturista e innovador pero en el fondo aséptico, intercambiable, fácilmente interpretable por todos -tal vez incluso porque realmente no hay nada que interpretar en él-, es el más indicado para la inversión y la especulación, ya que el anterior es un arte “franco”, "cosmopolita", "estandarizado", fácilmente vendible en todo el planeta de cara a compradores e inversores de cualquier cultura, religión u opinión. Así hoy en día la élite artística se ha embarcado probablemente en la producción de lo que no dejan de ser bienes de cambio interculturales que compaginan el ser –supuestamente- productos culturales complejos plenos de significación con el hecho de no poseer de facto ningún tipo de iconografía o interpretación realmente compleja, conflictiva, problemática o auténticamente molesta desde casi ningún punto de vista. Porque de eso se trata, de crear polémicas insustanciales pero en el fondo no molestar a nadie entre los posiles compradores, así como de experimentar en todo caso con la estética o la técnica planteando un juego eminentemente intelectual vacío de toda amenaza para el "sistema" de lo establecido más allá de una pose de conveniente audacia impostada.


      
Desde este punto de vista no es extraño que los temas “fáciles” del Pop Art de toda la vida o del nuevo arte pop de Koons o Hirst sean asimilados en los mercados de arte (como hemos visto cada vez más multiculturales y regidos por inversores más que por estetas con un gusto predeterminado) con mayor facilidad que los temas religiosos cristianos de la pintura precontemporánea, que la pintura realista o romántica nacionalista del s. XIX, o no digamos ya el arte con componentes de verdadera crítica social, si es que eso existe aún.

I Can See the Whole Room...and There's Nobody in It!

         

de Roy Lichtenstein uno de los iconos más reconocibles del Pop art no deja realmente de ser una viñeta de un cómic ampliada y recoloreada, una especie de poster de lujo artesanal (debajo vemos la viñeta en que se basó).

                           

     El cuadro fue vendido originalmente por 550 dólares en 1961. En 1988 el ahora CEO de Time Warner lo compró por 2,1 millones, lo puso a nombre de su mujer y en 2011 lo vendió por 43,2 millones. El año anterior se había vendido Ohhh...Alright.. por 42,6 millones.

                        

                                           

     Y el año siguiente se vendió Sleeping Girl por 44,8 millones.

          
                                                                                                                                                                                                                

     Por supuesto en 2013 otra de las "profundas" obras de Lichtenstein superó los 40 millones, en ese caso de euros.

Vivimos en una sociedad que tarde o temprano tiene que despertar y darse cuenta de algunas cosas. Nuestros abuelos se dieron cuenta en su momento de que era posible que la radio mintiera, nuestros padres se enteraron un día de que en la televisión o en la prensa a veces decían mentiras. Durante todo ese tiempo algunos de ellos –los mejor educados e informados- tal vez tuvieron que comenzar a asumir igualmente que disciplinas académicas serias podían no solo equivocarse sino mentir conscientemente o incluso venderse a intereses espurios.

Así la Historia como “ciencia” (social) ha sido en ocasiones usada como un mero elemento de nacionalización de cara a la difusión de una serie de mitos nacionales a través de la escuela o incluso de las publicaciones procendentes de la Academia correspondiente.

     Por su parte cada vez está más claro que la ciencia económica tampoco vive en una cúpula de cristal aislada de toda influencia externa. Por ejemplo uno de los grandes méritos del aclamado (aunque un tanto sobrevalorado) documental Inside Job consistía en poner el dedo en la llaga. Muchos economistas supuestamente independientes, catedráticos de prestigiosas universidades, muchos profesores de renombre y miembros de las escuelas de comercio y de negocios más prestigiosas, en su momento, a traves de la difusión de sus opiniones y consejos creando un estado de opinión determinado, pusieron su granito de arena a la hora de facilitar los desajustes que, en último término, acabaron desembocando en la última gran crisis financiera mundial. Mientras, en paralelo, un gran porcentaje de las ganancias de esos sabios prohombres, como digo supuestamente imparciales, procedía de trabajos como consultores, conferenciantes o articulistas al servicio de holdings, bancos o fundaciones implicadas de lleno en muchas de las irregularidades financieras del momento.

     ¿En qué medida eran imparciales estos teóricos cuando hablaban en favor de políticas que no solo se mostraron equivocadas sino que lucraron en perjuicio de todos a grupos y sectores empresariales muy específicos?, grupos y sectores que a su vez eran los que firmaban generosamente cheques con destino a universidades o editoriales las cuales luego servían a su vez para proporcionar prestigio y un muy buen nivel de vida a estos “científicos sociales”. Científicos que daba la casualidad se equivocaron mayoritariamente, a la hora de alabar y orientar el pensamiento económico del momento, en la dirección que "convenía" (y no a todos solo a unos pocos). ¿Es porque se vendieron intelectualmente o simplemente se promocionó sistemáticamente a quienes creían sinceramente en lo que "convenía" y se ignoró a los que mantenían puntos de vista contrarios?.

Y ahora llega la pregunta. ¿Cree usted que la crítica de arte es también imparcial?. Es más, ¿cree usted que si el emperador estuviera desnudo -y gente muy importante hubiese invertido en los últimos años miles de millones en el guardarropa imaginario del emperador para especular con esos supuestos trajes- eso se diría claramente?, ¿y si alguien pese a todo lo dijera ese mensaje sería repetido y reproducido en revistas o magazines culturales importantes y de gran difusión (muchos de los cuales pertenecen a su vez a holdings propiedad de esos señores que han invertido miles de millones en el guardarropa del emperador)?. ¿Si usted grita algo cierto en medio de un bosque, a solas, y nadie lo oye sirve para algo tener razón?, ¿y si alguien grita algo falso con un altavoz que le han regalado y lo repite día tras día durante semanas, y es lo único que la gente en la plaza oye… entonces la mentira puede llegar a convertirse en verdad?.

Preguntas y más preguntas.

De Santiago Telaclava y el timo de la arquitectura de diseño igual hablamos otro día. 


2 comentarios: