martes, 18 de febrero de 2014

La evolución histórica de la esperanza de vida y el mito del envejecimiento acelerado


Nunca se ama tanto la vida como en la antesala de la renuncia.

Stefan Zweig





Existe una confusión que afecta frecuentemente a la forma en que imaginamos el desarrollo humano durante las etapas finales de la Prehistoria, el mundo antiguo y medieval e incluso algunas sagas de fantasía épica, confusión relacionada con la mala comprensión del concepto de esperanza de vida. Dicho error parte de confundir o equiparar la esperanza de vida al nacer con la edad de senectud. Dedicaré esta entrada a intentar aclararlo.

Veamos, durante la mayor parte de la historia humana, desde la expansión del Homo Sapiens por todo el planeta, hace unos 40.000 años, hasta la irrupción plena de la Edad Contemporánea, hace unos 200, la esperanza de vida humana se ha situado siempre por debajo de los 35 años. En cambio, hoy en día, al menos en los países desarrollados, esa media suele situarse por encima de los 70 años. No obstante eso no significa, en contra de lo que se suele creer, que en épocas antiguas los seres humanos fuesen prácticamente ancianos a la edad de treinta y pocos o 40 años. En realidad el ritmo de envejecimiento del Homo Sapiens ha sido probablemente casi siempre el mismo, así como lo ha sido su potencial genético para llegar a vivir un determinado límite de años, sean 70, 80 o 90 años (incluso más en casos excepcionales).

Obviamente la medicina moderna -sobre todo a partir del descubrimiento de las infecciones y los diversos medios de lucha contra ellas, así como la difusión de las vacunas o la mayor disponibilidad de recursos y tratamientos médicos en general- permite desde hace más o menos un siglo y medio que se den unas mayores posibilidades de vida una vez que el cuerpo se debilita y se entra en la ancianidad. Posibilidades que, antes de todo ello, no existían.

No obstante la ausencia de todo eso en el pasado no significa que se envejeciese necesariamente con mayor celeridad más allá de que no existiesen los medios técnicos actuales para disimular los efectos de la vejez (sillas de ruedas mecánicas, dentaduras postizas, operaciones laser para la vista, etc.). Una prueba curiosa de lo anterior lo tenemos en el hecho de que muchos colectivos militares de gran éxito en la historia estaban integrados por soldados veteranos, en muchos casos de más de 40 o 50 años de edad. Por ejemplo algunas de las legiones veteranas de César o las falanges de Alejandro Magno y de sus diadocos. Dichas fuerzas de élite distaban mucho de parecerse a los musculados metrosexuales mostrados por las películas que en la actualidad recrean aquellos hechos, sino que en muchos casos estaban fundamentalmente integradas por hombres maduros y a veces casi ancianos -en excelente estado de forma pese a ello- y que marcaban las diferencias en el campo de batalla no (solo) a través de su forma física o su fuerza sino por medio de la experiencia y sangre fría obtenidas tras una larga vida de combates y matanzas. Mismamente el famoso rey Leónidas de Esparta tenía sesenta años de edad cuando murió en las Termópilas (otra cosa es que para nosotros resulte más creíble imaginarlo como un Gerad Butler en la flor de la vida tras unos "ciclos sanos" en el gimnasio).

Por tanto la clave para entender las cifras tan bajas en que se movía la esperanza de vida en el pasado lejano se ubica en las cifras de mortalidad infantil: dado que morían muchísimos bebes en los primeros meses o años de vida eso bajaba la esperanza de vida como cifra que refleja una media estadística. De la mala comprensión de lo que esto implica a la hora de calcular la cifra de la esperanza de vida para un colectivo determinado surge en ocasiones el equívoco que hoy pretendo aclarar.

En otras palabras, que hasta finales del s. XIX la esperanza de vida (incluso en países como España) no superase los 35 años no quiere decir que la mayor parte de la gente muriese antes de llegar a esa edad, o que a los treinta y pocos años de edad un individuo ya estuviera casi "acabado" y físicamente se adquiriesen rasgos de anciano. Pese a que aún hoy en día en diversos países subdesarrollados, sobre todo de África, la esperanza de vida sigue siendo muy baja (en un país como Sierra Leona es del orden de treinta años menor que en España) eso no significa ni mucho menos que la gente que vive allí envejezca más deprisa que en Europa o Norteamérica o se encuentre en peor forma física (de hecho suele suceder al contrario).

Lo que ocurre es lo siguiente. Supongamos una determinada población ficticia donde de diez hipotéticos individuos cuatro de ellos viven hasta los sesenta años y el resto, o sea los otros seis, mueren al poco de nacer. En la población del ejemplo la esperanza de vida media arrojará una cifra de 24 años. Como se ve esta cifra no quiere decir nada sobre la longevidad potencial de un humano del período o sobre el ritmo de envejecimiento habitual.

       En definitiva durante la Prehistoria, el mundo romano o la Edad Media, el ritmo de envejecimiento era el normal y probablemente también más o menos el mismo en todas esas etapas, simplemente había menos ancianos y muchísimos niños morían al nacer. De tal forma la esperanza de vida se incrementaba espectacularmente tras los años de infancia, una vez que los individuos superaran las muy altas tasas de mortalidad asociadas a la etapa infantil. Así un individuo nacido en alguna época pretérita que superase  los 10 años de edad -o mejor aún los 20 años- probablemente podía albergar a partir de ese momento razonables expectativas de vivir al menos hasta los 50 o incluso los 60 años siempre y cuando ninguna guerra, epidemia o catástrofe excepcional se cruzase en su camino. En el caso de las mujeres el equivalente a las guerras eran los partos, ricos en infecciones y complicaciones que causaban multitud de muertes entre las parturientas. Pero más allá de esos hechos, hasta en plena Prehistoria (obviamente no en sus primeros momentos, estamos hablando del hombre actual o sus ancestros fósiles directos de menos de 40 o 50.000 años de antigüedad) potencialmente nada impedía que un cuerpo humano pudiese vivir hasta los 70, 80 o incluso más años, justo como sucede hoy en día. Lo que ocurría es que llegados a edades de unos 50 o 60 años, a partir de las cuales el organismo humano entra en su declive natural, nuevamente la mortalidad aumentaba exponencialmente debido a las limitaciones higiénicas y médicas en general, algo que ya no ocurre hoy en día, aunque envejecer lo que se dice envejecer seguimos envejeciendo más o menos al mismo ritmo (simplemente llegados a un cierto punto gozamos de más medios para posponer lo inevitable).

Es más, resulta muy probable que el Neolítico implicase a corto plazo una caída de la esperanza de vida debido a que las grandes enfermedades epidémicas e infectocontagiosas tal y como las conocemos surgen entonces debido a la convivencia de animales domesticados con grandes grupos de humanos (sobre todo a partir de la "revolución urbana" ocurrida hace unos 4.000 años), lo cual disparó a corto plazo los focos de infección. Así las cosas, y pese a la amenaza de las fieras, los accidentes de caza o el frío, es probable que durante el Paleolítico Superior, en el seno de un grupo de cazadores recolectores de hace 15.000 o 20.000 años se tuviesen mejores expectativas de vida que en la zona del Creciente Fértil  el IIº milenio antes de nuestra era, aunque solo fuese por que en el primer caso se daba una mayor dispersión humana por el territorio y por tanto el mantenimiento de un régimen de vida menos confortable pero también más saludable, lejos de amenazas como la acumulación de basura, las guerras, invasiones, o las epidemias a gran escala, todo lo cual es más propio de sociedades urbanas y políticamente complejas.

Más adelante, a partir de ese choque neolítico, quizás desde la época de los primeros imperios hasta el s. XVIII, esencialmente la media de la esperanza de vida no debió variar gran cosa (salvo tal vez una cierta caída en Europa durante la romanidad tardía y la Alta Edad Media, otra durante la crisis de mediados del s. XIV y un último momento problemático durante el s.XVII; o en el caso africano a partir de finales de la Edad Media debido a la irrupción del "comercio triangular" y sus consecuencias) siempre ubicada dicha esperanza de vida entre los veintitantos y los treinta años más o menos según sociedades y períodos (aunque, como se viene insistiendo, era muy susceptible de fluctuaciones bruscas y grandes caídas coyunturales dependiendo de conflictos armados, hambrunas o brotes de peste y similares). Por todo ello, antes de la Edad Contemporánea lo que operaba era el llamado "régimen demográfico antiguo" en el seno del cual tanto las tasas de natalidad como de mortalidad eran muy elevadas y el crecimiento de la población pequeño, tendente casi a cero debido a que los reducidos incrementos de la población se anulaban periódicamente debido a crisis de sobremortalidad (causadas por las hambres, epidemias y guerras). Durante todo ese tiempo la pirámide de edades de la población era una pirámide progresiva, muy diferente a las de los países desarrollados actuales, y presentaba una base ancha (alta natalidad) y una cumbre estrecha que, en cambio, hoy en día sería en cierta forma propia de un país subdesarrollado.

Por consiguiente, durante ese régimen demográfico antiguo cada mujer tenía que dar a luz a una media de 5 hijos solo para mantener el mismo nivel de población, porque 3 de los 5 no sobrevivirían hasta la edad de reproducción. Obviamente, cuantos más hijos tenía una mujer, a su vez mayor riesgo corría de morir ella misma durante el parto debido a infecciones y otros contratiempos para los que no existía apenas tratamiento. Por ello las mujeres padecían una mortalidad más alta que los hombres y consiguientemente su esperanza de vida era un poco menor (justo lo contrario de lo que ocurre hoy en día, ya que actualmente las mujeres suelen tener una esperanza de vida ligeramente mayor que los varones).

Al final es cierto que en el pasado el trabajo duro, las inclemencias del tiempo o la peor higiene podían hacer que las personas maduras se conservasen aparentemente peor que en la actualidad (más que nada porque, como se ha dicho ya, hoy se dispone de maquillaje, pelucas postizas, lentillas, audífonos y otros medios de disimular los estragos del tiempo que antes o no eran de uso corriente o bien ni siquiera existían) pero también jugaba a su favor una vida más sana (menos sedentaria, una comida sin aditivos, no se consumían tabaco, drogas de diseño o apenas dulces, etc.; aunque también es cierto que la alimentación era menos equilibrada en nutrientes y el agua no siempre abundaba o estaba suficientemente saneada). De todas formas, en definitiva, el asentamiento del mito del envejecimiento acelerado y prematuro de la población en épocas pretéritas tiene mucho que ver con el cine y ciertas novelas históricas o de fantasía épica antes que con la realidad histórica.

Lo que sí es verdad, sin embargo, es que la maduración de los jóvenes se producía antes en el pasado remoto. Por un lado no existía la escuela pública como tal ni un período de estudios prolongado previo a la entrada en la vida adulta. De hecho la transición hacia la misma se hacía directamente a partir de la infancia saltándose la fase de la adolescencia por cuestiones culturales y también prácticas. Por tanto, en las sociedades preindustriales el trabajo de los jóvenes era habitual, igual que su participación ocasional en la guerra. Asimismo la inexistencia de anticonceptivos, la menor rigidez de los tabúes al respecto, o la constante necesidad de hembras que concibiesen “reemplazos” para las frecuentes muertes, hacía que muchas niñas debiesen casarse y quedarse embarazadas en edades muy tempranas a la vez que podían ser bastante frecuentes los matrimonios donde la diferencia de edad era muy acusada a favor del marido.

       No obstante, una vez más, lo anterior no implicaba que los/las jóvenes de quince años de épocas pasadas tuvieran ya cuerpos de hombres o mujeres perfectamente desarrollados, salvo excepciones. Simplemente la maduración mental era más rápida a la fuerza porque los que hoy consideramos como adolescentes solían tener que afrontar trabajos y responsabilidades importantes a unas edades que hoy serían impensables. Ahora bien, dicha falta de correlación entre responsabilidades a asumir, maduración mental y desarrollo físico, era un problema que ayudaba a que la mortalidad a esas edades resultase también un poco más elevada.  

Todo esto sin embargo nos lleva entonces a otro mito novelesco y cinematográfico, incluso historiográfico, referido a la revolución industrial y su valoración. Al respecto durante mucho tiempo se han mantenido las tesis del bando “deteriorista”, cuya visión nos ha dejado una impresión del proceso industrializador contemporáneo como algo devastador a corto plazo para las primeras generaciones de campesinos y artesanos convertidos en obreros. Eso se plasmaría en una contextualización Dickensiana de sus consecuencias, con los niños y las mujeres sufriendo penosamente interminables jornadas de trabajo en sucias e inhumanas factorías.

Desde luego esa visión no es incorrecta, en su esencia al menos, para lo ocurrido en la primera mitad del s. XIX. Ahora bien lo que quiero resaltar al respecto es que convendría no olvidar ideas apuntadas por autores como Clark Nardinelli o John Rule en la línea de que, por ejemplo, ese tipo de problemas como las largas jornadas de trabajo para mujeres o niños no pueden ser atribuidos en exclusiva a la industrialización. En otras palabras, no eran un problema novedoso, simplemente dicho problema pasó a darse en un marco nuevo: la ciudad industrial, sucia y humeante, en vez de en la intimidad de la comunidad rural tradicional. Además de que la aparición de la fotografía poco después permitió por primera vez registrar de cara a la posteridad este tipo de realidades hasta entonces casi invisibles desde nuestra perspectiva temporal. En esa misma línea no se puede mantener la afirmación, durante algún tiempo casi generalizada, de que el campesino del Antiguo Régimen o la Edad Media viviese mejor que el obrero fabril o que trabajase menos, o simplemente que en el seno de las sociedades feudales las mujeres y los niños no trabajasen.

       Al contrario, es en realidad la industrialización la que inaugura un proceso económico y social por el que a corto plazo se fueron reduciendo las jornadas laborales respecto a lo habitual en el mundo agrario anterior y además poco a poco los niños y las mujeres quedaron progresivamente fuera del mundo laboral remunerado (por supuesto las mujeres siguieron trabajando mucho, en el hogar, pero eso ya no se consideró como empleo dado que no se pagaba un salario y con el tiempo -debido a la irrupción de las clases medias, la escuela obligatoria para los niños, los asilos para los ancianos o la generalización de los electrodomésticos en el hogar- la carga de trabajo femenina disminuyó mucho en el seno de las sociedades burguesas y urbanizadas). Ya avanzado el s. XX, en el caso de las mujeres, la expulsión del mundo laboral exterior al hogar dejó de ser visto como un avance y la reconquista del acceso al mismo se convirtió en un objetivo.

En otras palabras en el mundo rural previo a la industrialización los niños o las mujeres también trabajaban, en ocasiones muy duramente. Aunque las condiciones de vida sin duda eran más saludables en el mundo rural que en las primeras ciudades industriales eso no quita que el mundo campesino del Antiguo Régimen tuviese muchas cosas negativas (abusos sexuales, frecuente impunidad de la violencia, analfabetismo generalizado, hambrunas periódicas dependientes de ciclos climáticos, alto grado de control social y represión de la diferencia, etc.), las cuales a veces son relegadas al olvido en aras de un cierto sentido de nostalgia desde nuestra sociedad urbana y postindustrial respecto a la supuesta aldea hobbit perdida al dejar atrás la economía de base agrícola. Una aldea que sin embargo nunca fue tan verde y limpia como imaginamos, sino que más bien solía tener aspecto de poblado orco.  
                             
Por otro lado el mundo "feudal" que nos presentan series como Juego de Tronos no deja de ser un equivalente fantástico de esas series para adolescentes ambientadas en institutos donde todos los papeles principales los desempeñan actores de más de treinta años. Así que espero que nadie me repita eso de que George R.R. Martin se basa, para construir muchos aspectos de la sociedad de Poniente, en las costumbres y el modo de vida de la Europa medieval, "en la que un hombre era ya viejo a los treinta y cinco años". Que no, coño. 

3 comentarios:

  1. Lo de que la gente de la antigüedad moría joven lo he leído en un montón de sitios. Se decía que tener 30 o 40 años significaba ser viejo. Esto también lo he leído a la hora de referirse a los africanos del siglo XX. Se suponía que un africano de 35 años era poco menos que un superviviente. En África es muy fácil morir. En muchos países, generalizando, la mortalidad perinatal es enorme, lo mismo que en la antigüedad. Un niño tiene muchas posibilidades de morir durante sus primeros años. Bien sea por enfermedades, por no poder alimentarse, o debido a una guerra.

    El cálculo de la esperanza de vida, según comentas, se realiza usando una simple media matemática. El caso es que una media tiene serios problemas. Si las edades en las que se muere no son homogéneas, la media se distorsiona. No tiene sentido. Hay recursos matemáticos que pueden paliar este problema. Pero, según comentas, los cálculos nos han llevado a pensar que en la antigüedad la gente moría muy pronto. Yo sé,como aficionado de la historia, que en ejército romano antiguo estaban los triarios: que eran jubilados veteranos que servían de última línea de defensa para que en el caso de que la primera línea se fuera a pique el ejército no fuera destrozado en retirada. Eran los encargados de que una fuga en masa no se convirtiera en una carnicería. Donde quiero llegar es que la gente, ciertamente, no moría tan joven.

    ¿Por qué se cree que la gente moría tan joven? ¿Es, quizá, un problema con los números? Una cosa es la media, otra la mediana, por ejemplo. En estadística se tienen en cuenta los errores. ¿No será por culpa del desconocimiento matemático?
    Para mí, este es el problema. Lo mismo que si hablamos de economía: la gente no entiende de números.

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  2. Bueno... es relativa tu opinión

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  3. Tal vez hay que incluir la palabra "potencial", es decir una media de vida de 35 años, por ejemplo, si no ocurre nada que impida llegar a esa edad. Ibn

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