domingo, 19 de noviembre de 2017

El hereje razonable


En eso consiste ser protestante. Eso es la Iglesia para mí. Eso es la Iglesia para cualquiera que respete al individuo y el derecho del individuo a decidir por sí mismo o misma. Cuando Martín Lutero clavó su protesta en la puerta de una Iglesia en 1517 tal vez no fuera consciente del significado de lo que estaba haciendo pero cuatrocientos años más tarde y gracias a él puedo ponerme lo que me dé la gana en mi pilila. Y el protestantismo no se limita al simple condón, no, incluso puedo usar preservativos que hacen cosquillas.

Monty Python, “El sentido de la vida”





Como sabemos el estilo artístico que hoy denominamos Renacimiento se gestó en el Norte de Italia en el s. XV. Ahora bien, el arte es estética, desde luego, pero -y esto lo he intentado explicar aquí muchas veces- en otro tiempo el arte era también, ante todo, una herramienta del poder. Así que, tras una fructífera primera etapa de experimentación que tuvo como centro Florencia, el potencial propagandístico de dicho movimiento tardó poco en ser percibido por una entidad política aún más poderosa que la República de Florencia, en concreto el Papado. Por eso en una segunda fase, que se desarrolló sobre todo durante el primer tercio del s. XVI, el epicentro del Renacimiento italiano se desplazó a la ciudad de Roma y sus principales artistas se pusieron al servicio de la Iglesia. 

  Pero hemos de tener en cuenta que, además de ser algo hermoso y útil para la propaganda, el Arte, como casi todo lo superfluo, tiene la característica de ser caro. Obscenamente caro. Y en torno a 1515 en Roma gobernaba León X (Giovanni di Lorenzo, segundo hijo del famoso Lorenzo el Magnífico) un Papa siempre necesitado de dinero. En consecuencia, de cara a financiar la reconstrucción de la Basílica de San Pedro, dicho Papa se vio obligado a realizar un funesto pacto de negocios con Alberto de Brandenburgo, en aquel entonces Arzobispo de Maguncia, en territorios de la actual Alemania.

Alberto se había hecho poco antes con el control de ese importante arzobispado pero sin tener la edad preceptiva para ello y cuando además desempeñaba simultáneamente la dignidad de arzobispo de Magdeburgo, debido a todo lo cual necesitaba la dispensa Papal para ejercer su nuevo cargo. Asimismo Alberto se hallaba fuertemente endeudado con la familia Fugger, los cuales habían financiado los sobornos necesarios para su fulgurante ascenso en la jerarquía eclesiástica. Razón por la que también estaba muy necesitado de ingresos. En suma él y el Papa León X, inmerso como estaba en similares problemas financieros, estaban llamados a entenderse. Así el Papa autorizó la venta de indulgencias (es decir documentos oficiales prometiendo el perdón de pecados a cambio de dinero) en las ricas y pobladas tierras bajo la influencia de Alberto a cambio de repartirse los ingresos que éstas eventualmente generarían. Hay que tener en cuenta que el procedimiento de la venta de indulgencias era algo un tanto irregular, incluso para aquellos tiempos, razón por la que la posibilidad de llevar tales transacciones a cabo lejos de Italia parecía una buena idea para el Santo Padre. Quizás esperaba así minimizar los riesgos de recurrir a dicha cuestionable estrategia cuya único propósito era la posibilidad de proporcionar a la Iglesia grandes cantidades de dinero de forma rápida, algo que tanto Alberto como León precisaban en aquel momento. 

  Y en un principio todo fue bien hasta que por azares del destino el agente encargado de llevar a cabo el sucio negocio, un corrupto monje dominico llamado Johann Tetzel, pasó por Eisleben en enero de 1517. Aquella era la localidad natal de un monje agustino bastante tozudo llamado Martín Lutero quien se sintió indignado y poco después, a finales de octubre de dicho año, escribió una extensa carta a Alberto de Brandenburgo quejándose y despotricando –con toda la razón- sobre la dudosa validez ética y la baja catadura moral de las indulgencias como concepto. 

Asimismo Lutero envió copias de dicha carta, casi un manifiesto, a varios de sus superiores eclesiásticos, los cuales como era de prever no le hicieron mucho caso. Sin embargo, y esto resultó clave, por entonces Lutero ejercía no solo como monje sino también como profesor de Teología en Wittenberg y así, deseoso de discutir sus tesis con sus amigos intelectuales, Lutero dio a conocer el texto de la misiva entre algunos laicos del mundillo universitario de la región. Y resultó que uno de ellos, probablemente llamado Christoph Scheurl aunque no está claro, tradujo el texto de la misiva del latín al alemán y, algo revolucionario, quiso aprovechar las ventajas de un reciente invento que por entonces hacía furor en Alemania: la imprenta. Es así como, varios meses después de enviada su carta de protesta a sus superiores, las tesis de Lutero fueron impresas en Nuremberg, además en un idioma comprensible para todo el mundo, lo que permitió que tales ideas empezasen a ser conocidas por gentes diversas que no formaban parte de la jerarquía eclesiástica de la zona. Es decir las quejas de Lutero comenzaron a difundirse muy pronto y a gran velocidad a lo largo de un amplio radio de acción y entre unas capas sociales completamente nuevas respecto a lo que era usual en la época (hasta entonces una idea podía tardar años o décadas en divulgarse fuera de la comarca o los círculos sociales en que se gestaba, si es que alguna vez llegaba siquiera a ello). 

  Ese complejo proceso es lo que la historiografía nacionalista y la leyenda han convertido en la iconográfica imagen de un joven monje clavando unas hojas de papel en las puertas de la Schlosskirche, la iglesia de Todos los Santos vinculada al castillo de Wittenberg. Un evento que probablemente nunca se produjo salvo en la imaginación de algunos contemporáneos, los cuales años después, mezclando realidad y ficción, empezaron a narrarlo como si lo hubieran visto con sus propios ojos. Hablamos pues de un fenómeno de reinvención de la realidad común en el origen de todos los cultos y religiones.

No obstante lo que dio auténtico calado a la suma de casualidades anterior fue el momento político. A fin de cuentas casi todas las publicaciones realmente imparciales sobre la figura de Lutero, que no son muchas, destacan las limitaciones tanto personales como intelectuales de Lutero, un personaje bastante alejado de la imagen idealizada que la hagiografía protestante ha proyectado de él. Entonces la pregunta clave es: ¿por qué alguien como Lutero, alguien no especialmente carismático o culto, o al menos no a la altura de las mejores mentes de su tiempo, triunfó donde otros pensadores de gran talla, como Jan Hus o John Wycliffe, habían fracasado previamente? Pues por tres razones. Además de la torpeza de sus oponentes, de la que hablaré más adelante, la razón fundamental fue que, a diferencia de sus predecesores en la tarea de confrontar a Roma, Lutero estaba en el lugar oportuno en el momento preciso. Y además con un individuo como él, digamos que adecuadamente limitado y “pragmático” (luego volveré sobre esto), para nada un iluminado irracional, sí era posible alcanzar un cierto entendimiento. Esto último fue muy bien visto por parte de diversos estamentos y poderes que se sentían insatisfechos con el estado de las cosas en el Sacro Imperio y buscaban la ocasión para solicitar un nuevo reparto de roles.

Porque los movimientos sociales se pueden analizar de dos formas. Como algo realmente popular, ya que en definitiva son las masas de gente el elemento clave en todo movimiento revolucionario. O bien como procesos donde, aunque las masas de gente son la parte visible, lo cierto es que esos conjuntos de personas solo constituyen la carne de cañón útil para que, dentro de las élites sociales, diversos grupos con intereses enfrentados diriman sus diferencias.

En la sociedad medieval la religión era el centro de la política y de la vida social. De tal forma toda crítica del orden teológico acarreaba preguntas sobre la propia organización de la sociedad. Inevitablemente por tanto la expansión de las ideas de Lutero despertó movimientos genuinamente populares con pretensiones de llevar la crítica doctrinal más allá y aprovechar el replanteamiento de algunas cuestiones espirituales para simultáneamente intentar establecer un nuevo orden social más equitativo. Era lógico. Muchos pensaron que si se abría la veda para replantearse el orden divino entonces había llegado también el momento de, en paralelo a lo anterior, poner sobre la mesa la profundamente injusta realidad terrenal inmediata, caracterizada por la desigualdad económica y jurídica típica del orden feudal, la cual hasta entonces se había bendecido y justificado precisamente desde los púlpitos. Pero ese tipo de cuestionamientos fueron pronto atajados, con el expreso beneplácito de Lutero, el cual exhortó al aplastamiento de “Las hordas asesinas y ladronas de campesinos”. Tarea llevada a cabo con gusto por la nobleza militar más o menos para 1525, cuando se produjo el extermino de más de 100.000 desgraciados que habían cometido el error de creerse que realmente las cosas podían cambiar de verdad.

No. El populacho lo entendió mal. En realidad se trataba de cambiarlo todo para que nada de lo realmente importante cambiase demasiado. Como siempre. Y Lutero era alguien lo suficientemente conformista y conservador como para aceptar eso. Incluso para desearlo. Y por ello la nobleza podía apoyar a un hereje. Porque lo que Lutero pretendía estaba en realidad muy lejos de las virulentas críticas a la opulencia lanzadas a veces de forma excesivamente genérica y atrevida por algunas herejías medievales y diversos pensadores místicos.

Por tanto, de cara a entender el mundo de posibilidades que realmente abrían las ideas de Lutero, y que explican su victoria al cabo del tiempo, fijemos de nuevo nuestra vista en el contexto, razón principal detrás del triunfo de los planteamientos de Lutero. Y observemos con atención los detalles. 

Para empezar mucha gente poderosa en tierras de Alemania veía con malos ojos por entonces lo que hoy llamaríamos como “drenaje de capitales” desde sus tierras hacia Roma a través de las indulgencias pero también mediante múltiples pagos al fisco eclesiástico. Con ese paisaje de fondo parte de la nobleza alemana comprendió que el creciente clima de descontento y desafección popular hacia la jerarquía de la Iglesia "de Roma", percibida como corrupta, era un buen momento no solo para terminar con lo anterior sino también para pescar en río revuelto y conseguir un mayor grado de autonomía, puede que incluso la independencia, respecto a la institución Imperial, un poder de tipo político que por su propia justificación divina dependía en gran medida de la sanción religiosa. A fin de cuentas si el orden doctrinal auspiciado por Roma quebraba, entonces la propia institución política legitimada por él (el poder Imperial) quedaba muy tocada. Había por tanto mucho que ganar en el envite. 

   En otras palabras, como los acontecimientos posteriores demostraron, el cuestionamiento de la autoridad Papal a partir de la excusa planteada por Lutero abría no solo el camino de la Reforma religiosa sino, sobre todo, la posibilidad de reestructurar el reparto del poder y el dinero dentro del Sacro Imperio. 

Es por ello que Lutero, a diferencia de muchos otros iluminados religiosos anteriores, no solo no fue perseguido con saña por la nobleza feudal sino que, muy al contrario, fue protegido por ella. Porque, además de todo lo dicho hasta ahora, hay que tener claro que Lutero no quería cambiar el injusto orden social vigente sobre la tierra, y de hecho exhortó claramente a mantenerlo, simplemente quería recubrirlo bajo el manto de una teología ligeramente distinta, actualizada y mínimamente racionalizada a partir de la doctrina católica imperante. Y eso, como muchos príncipes alemanes entendieron rápidamente, abría la puerta a profundas modificaciones en el reparto del poder político, las rentas y la posesión de tierras entre las clases superiores del Sacro Imperio. Insisto por tanto en que las ideas de Lutero sirvieron para desencadenar un proceso no de redistribución social de tipo vertical, es decir de arriba hacia abajo, sino que iniciaron uno muy diferente, de tipo horizontal, desde arriba hacia arriba. En este caso quitando poder y recursos a poderes y gobernantes lejanos, especialmente al Papa de Roma y al Emperador, en aquel momento soberano de Castilla y Aragón. Todo ello en beneficio de príncipes y electores puramente alemanes, sobre todo del Norte de Alemania en detrimento de los nobles feudales del Sur. 

   Por supuesto, como hoy sabemos, la Reforma (o más bien una segunda oleada dentro de ella iniciada por pensadores distintos a Lutero) encajó muy bien con las nuevas clases de comerciantes y banqueros dependientes de las nuevas formas capitalistas, lo que generó a su vez grandes cambios sociales (y en última instancia políticos de nuevo cuño, al exigir estas clases un reparto del poder más democrático y menos vertical), pero en aquel momento todo esto era imprevisible y podemos estar razonablemente seguros de que no jugó un papel en la gestación y extensión inicial del credo luterano protestante en Alemania.

Una vez que entendemos eso vemos que la Reforma fue un proceso eminentemente político y económico pero que de cara a obtener el apoyo necesario de las masas de la plebe se recubrió de la ideología en boga por entonces. Y, dado que en aquel tiempo el nacionalismo moderno, el fascismo, el liberalismo y otras ideologías aglutinadoras similares no existían, el tipo de programa político interclasista que se usó fue el de las creencias religiosas acerca de cuestiones como los sacramentos sumadas a un cierto sentimiento patriótico primitivo.

En el caso de Inglaterra todavía fue más claro porque se usó ese tipo de ideas para resolver un problema político puramente práctico: la necesidad para el soberano de obtener un divorcio (y con ello engendrar un heredero legal con una reina fértil y más joven) algo que el Papado, en solidaridad con los intereses del Emperador (sobrino de la por entonces esposa legal de Enrique VIII), le negaba al rey de Inglaterra (por varias razones, además del honor familiar en juego el Emperador también estaba interesado en obstaculizar los planes de Enrique: si este no conseguía el divorcio para volver a casarse y engendrar descendencia se abría en Inglaterra la posibilidad de una guerra civil por el poder, una oportunidad interesante para debilitar a un rival y pescar en río revuelto). En ese contexto la solución para la Corona inglesa, de una lógica aplastante vista desde la distancia, fue romper con el Papado y la excusa para ello nuevamente la cuestión de la Reforma eclesiástica, la cual de paso dejó pingües beneficios en las arcas de Enrique VIII por la vía de la expropiación de tierras a la Iglesia.

Obviamente para las clases sociales más bajas prácticamente nada cambió, lo que no impidió que amplias capas de la población apoyaran la Reforma con entusiasmo, aportando incluso su sangre o sus vidas, razón por la que al final de dicho proceso histórico amplios grupos de individuos pertenecientes a las clases bajas se creyesen sinceramente protagonistas y beneficiarios de los hechos mencionados. Es el poder de las ideas. 

No obstante, volviendo a centrarme exclusivamente en Alemania, puede decirse que el sentido de la Reforma fue que la nobleza alemana usó el programa religioso de Lutero como bandera para librarse poco a poco del control político del Emperador y la primacía simbólica del Papa y así consolidar su propio poder sobre sus dominios feudales de los que en adelante pudieron extraer aún más rentas fiscales gracias a la absorción de propiedades y prerrogativas anteriormente reservadas a la jerarquía católica. 
   
A fin de cuentas los gobernantes de los diversos territorios donde el “Luteranismo” triunfó se convirtieron de facto en jefes de la Iglesia en los mismos, lo que implicaba la facultad de disponer de sus cuantiosos bienes y fuentes de ingresos. Es así como gracias a la lucha de Lutero para acabar con la corrupción en la Iglesia casi una cuarta parte de los bienes raíces del Sacro Imperio cambiaron de manos durante las siguientes décadas debido a las confiscaciones de propiedades eclesiásticas y de los patrimonios de algunos ricos católicos recalcitrantes.

Pero que Lutero no acabase sus días en una celda o una hoguera no se debió solo a un timing adecuado y a la instrumentalización de sus ideas en beneficio de poderosas élites. Lo que había en juego era demasiado y los enemigos del cambio poderosos. Así que lo que en última instancia ayuda a terminar de explicar el inusitado e imprevisible éxito del reformador alemán fue el egoísmo y la falta de miras de sus oponentes: el Papa y el Emperador (en este caso Carlos V, habitualmente un gobernante sobrevalorado y mitificado, sobre todo por la historiografía hispana). 

Hay que entender que durante los absolutamente claves primeros diez años de la Reforma, los años críticos en que el nuevo movimiento se expandió por el territorio alemán y consiguió una base social casi desde la nada, el Emperador y el Papa, lejos de hacer causa común para detener el proceso, se hallaban ocupados en otros frentes (por ejemplo Carlos V hubo de afrontar hasta 1522 al problema de los Comuneros y las Germanías en la Península, lo que por momentos pareció más urgente que los disturbios en Alemania) y luego ambos poderes se dedicaron a enfrentarse por cuestiones políticas, fundamentalmente y simplificando mucho debido a la alianza del Papa con el rey de Francia de cara a torpedear la creciente influencia hispana en Italia.

Así según épocas el Emperador, como elemento de presión, dejó sobrevivir a los primeros sediciosos luteranos alemanes (ya que eso minaba la autoridad Papal en los territorios del Sacro Imperio) pensando que el problema podría solucionarse más adelante cuando su enfrentamiento con el Papado hubiese finalizado. De igual manera, según momentos, el debilitado Papa también contemporizó con los rebeldes protestantes en una política absolutamente suicida pensando que la revuelta religiosa en Alemania perjudicaba más al Emperador que a la Iglesia (en definitiva una institución que ha sobrevivido durante miles de años a todo y a todos no se sabe muy bien cómo) y que por ello era posible doblar la apuesta ya que hipotéticamente la situación se podría arreglar una vez que el Emperador eventualmente capitulase ante los intereses papales.

Ese escenario delirante empezó a modificarse tras un momentáneo triunfo militar del Emperador sobre Francia, con la victoria en Pavía (1525), y también sobre el propio Papado tras los eventos del Sacco di Roma de 1527. Pero durante los años siguientes la presión turca sobre Europa Central siguió desviando la atención de los dos grandes poderes "universales" del momento.

Solo en torno a 1530, una vez sus otros asuntos en orden, ambos jerarcas se avinieron a intentar dar realmente un vuelco el estado de las cosas en Alemania y ocuparse en serio de la situación con todos sus recursos, dejando de sabotearse mutuamente. Pero para entonces la Reforma se había consolidado lo suficiente, y Lutero vivido y escrito demasiado, como para que la situación pudiese considerarse como reversible. 

En suma, fueron los intereses políticos de fondo, la codicia, la estupidez, y en última instancia el cortoplacismo de sus principales enemigos, las claves para explicar el éxito de Lutero donde otros movimientos religiosos reformistas anteriores, algunos bastante más avanzados y teológicamente sólidos, habían fracasado en los siglos precedentes. 

Y como las bellas historias tienen finales felices, tras el triunfo de sus ideas Lutero recibió del príncipe de Sajonia, como prueba de gratitud, la posesión de su antiguo convento en Wittenberg. Prácticamente un palacio que Lutero empezó a explotar económicamente de forma muy moderna alquilando a buen precio sus habitaciones como dormitorio a todos los profesores y fieles que deseaban acudir a la ciudad a conocerlo, tratar con él, escuchar sus sabias palabras e impregnarse de su creciente prestigio. Luego, con el flujo de capital resultante, su mujer creo un auténtico "fondo de inversión" a través del cual se hizo con el control de una amplia granja, huertos, pesquerías fluviales, una próspera fábrica de cerveza y fincas en el entorno de la ciudad. Gracias a todo ello al final de su vida el testamento que dejó y otros documentos muestran que Lutero se había convertido en uno de los ciudadanos más ricos de Wittenberg, dueño de un envidiable patrimonio inmobiliario y la persona que poseía más ganado en toda la ciudad, mientras media docena de sirvientes trabajaban en su casa atendiendo sus necesidades inmediatas.

Nada mal para alguien que había hecho su fortuna criticando los trapicheos económicos, sin duda ciertos, de parte del estamento eclesiástico de su tiempo. Y que, tras empezar su ascendente carrera exigiendo tolerancia para sus ideas, una vez triunfantes las mismas se dedicó a publicar textos cada vez más encendidos que abrieron el camino a futuras y brutales persecuciones de judíos ("Sobre los judíos y sus mentiras", 1543) o imaginarias brujas por parte de sus adeptos.

Aunque de esto último, quizás, hablaré otro día. Hoy simplemente quería plantear varias ideas sueltas. Y sobre todo deseaba mostraros, desde una perspectiva diferente de la habitual, un famoso episodio histórico iniciado en torno al resentimiento que generó en determinados territorios la monstruosa corrupción de una distante jerarquía percibida como extranjera. Resentimiento luego azuzado por la ineptitud de dichas élites foráneas a la hora de ofrecer soluciones. Esto último generó a su vez un auténtico movimiento popular en el seno del cual los grupos partidarios de la revuelta aprovecharon de forma excelente los por entonces recientes cambios tecnológicos en los medios de difusión de la información de cara a extender sus ideas de formas creativas y muy ágiles, incontrolables para el poder establecido, lo que convirtió en lenta e ineficaz la reacción posterior del mismo. Pero aunque la mutación religiosa ocurrida por entonces habitualmente es explicada como un movimiento de masas, eso no debe hacernos olvidar que en realidad sirvió esencialmente a los intereses de uno de los grupos de élites enfrentadas, deseoso de revertir su situación como cola de león para convertirse en cabeza de ratón.  

Un tipo de proceso que en definitiva se ha repetido en el pasado y aún se reproduce de vez en cuando en el presente bajo nuevas formas y contextos. De hecho no tengo dudas tampoco de que en el futuro continuará sucediendo de nuevas y creativas maneras porque a fin de cuentas forma parte del aparentemente complejo funcionamiento interno de las manadas de humanos.

17 comentarios:

  1. Gracias por el artículo.

    Por desgracia de mucha actualidad.

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  2. Estaba por pedirte un artículo sobre ciertos movimientos nacionalistas actuales pero te me has adelantado con una perfecta analogía, muchas gracias.
    Lo que me extraña una barbaridad es que entre tanto intelectual, comentarista político, tertulianos e incluso partidos políticos nuevos no hay nadie que mencione esta explicación, que es la única posible del entuerto.

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  3. Muy interesante, me recuerda al apoyo que dio el Emperador a los Franciscanos 300 años antes de Lutero, y es que las doctrinas de pobreza le venían muy bien a alguien que quisieran minar políticamente a Roma.

    ¿Será casualidad que M.Rajoy y Carlos V tengan un cierto parecido físico? :D

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  4. Fantástico, pero tengo una pregunta. El emperador era el sobrino (no hermano) de la esposa de Enrique VIII, ¿no? ¿Estamos hablando de Carlos I y Catalina de Aragón?
    Haces un análisis magnífico

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  5. Muy bueno, como de costumbre.

    Me permito añadir este enlace que trata del comienzo de la contrareforma, el concilio de Trento, para ampliar.

    http://historiasdehispania.blogspot.com.es/2017/11/trento-37.html

    Se trata de una serie muy larga, ya van 37 entradas, e inconclusa. El enlace es el del último publicado hasta la fecha, para acceder a los anteriores artíclulos hay enlaces integrados en la primera parte del texto.

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  6. Me quito el sombrero, John. Uno de tus mejores artículos. Como veo en los comentarios, todos hemos pillado el paralelismo con nuestra actualidad política. Se ve que las masas seguimos siendo tan manipulables como siempre. Solo cambian los medios. La frase "los grupos partidarios de la revuelta aprovecharon de forma excelente los por entonces recientes cambios tecnológicos en los medios de difusión de la información..." me ha provocado una sonrisa/rictus.

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  7. Como siempre, un gran placer leerte.

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  8. Gran artículo.
    Y tan sutil que no me he dado cuenta de la referencia a la actualidad hasta leer el último párrafo. Me has llevado cual cordero dócil al matadero.
    Genial.

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  9. Cojonudo, como siempre.

    Lo del "resentimiento que generó en determinados territorios la monstruosa corrupción de una distante jerarquía percibida como extranjera" tiene mucha miga. Es cierto que había esa percepción, pero lo de "extrajera" era más falso que un billete de tres euros. Aunque claro, se fomentó porque la xenofobia siempre vende. En concreto se vendía que los enemigos corruptos eran españoles. En la Wikipedia podemos leer que en la batalla de Mühlberg las tropas de los Habsburgo estaban integradas por 8.000 españoles, 10.000 italianos, 5.000 belgas y flamencos y 16.000 alemanes. Aunque Alemania entonces no estuviera unificada, está claro que las luchas entre Carlos V y los príncipes protestantes no fueron más que una guerra civil alemana, por eso Alemania quedó dividida entre protestantes y católicos. Los alemanes partidarios de Carlos V eran presentados por la propaganda (inventada por Lutero, como muy bien has explicado) protestante como traidores a la patria. Y el paralelismo con Cataluña está muy bien traído, prueba de ello es este artículo aparecido hace unos días que da auténtico miedo:

    http://www.elnacional.cat/es/opinion/jordi-galves-cornella-no-como-catalunya_213324_102.html

    Para terminar, aprovecho para recomendarte de nuevo el libro "Imperiofobia y leyenda negra", de María Elvira Roca Barea. A la autora se le nota a la legua su ideología (tampoco pretende esconderla, ni mucho menos), pero el libro tiene un capítulo sobre Lutero cuyas tesis son bastante parecidas a las de esta entrada. Tacha a los príncipes alemanes de "oligarquías locales que tiene problemas por arriba (Carlos V) y por abajo (campesinado empobrecido y rebelde)". Y comenta que las luchas entre protestantes y católicos provocaron muchas víctimas, pero que hubo más en los enfrentamientos entre las distintas facciones protestantes.

    Un abrazo.

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    1. Análisis interesante, desde luego.

      Es cierto que el conflicto religioso en Alemania fue más una guerra civil desarrollada en aquella especie de UE de la época que era el Sacro Imperio que un enfrentamiento puro entre “españoles” y “alemanes”. Igual que de hecho se podría argumentar que la conquista de América por parte de Cortés o Pizarro se dio en un contexto muy particular en torno al que tradicionalmente se ha ocultado o al menos infravalorado la importancia de los conflictos civiles entre indígenas, un elemento clave para que grupos muy pequeños de extranjeros llegasen a controlar miles de kilómetros cuadrados. O el hecho de que las posteriores guerras de Independencia en América del Sur y Central, a comienzos del s. XIX, en realidad no fueron en puridad enfrentamientos entre patriotas criollos americanos y malvados ocupantes españoles sino más bien guerras civiles entre grupos de la población local partidarios de la emancipación (a veces en torno a muy oscuros intereses) y otros grupos de la población partidarios de mantener el status quo (en ocasiones mayoritarios), apoyados estos últimos por algunos contingentes, nunca demasiado grandes, de peninsulares.

      Pero claro, en mi opinión, utilizar ese tipo de argumentación tiene un aspecto incómodo para los nacionalistas españoles, porque si seguimos ese tipo de razonamiento hasta el final y pasamos la lupa sobre otros procesos entonces resulta que la mayor parte de hechos gloriosos que llevaron a la creación del “Imperio español”… en realidad no los realizaron españoles sino mercenarios extranjeros, desde marinos como Colón, Pigafetta, Magallanes o Vespuccio hasta contingentes militares de lansquenetes alemanes, soldados italianos y oficiales holandeses. Es un hecho que la presencia puramente “española” en las gloriosas victorias “españolas” del período álgido del s. XVI, como San Quintín, fue bastante menor de lo que tradicionalmente se supone en función de la visión de la historia “testiculopatrióticaperezrevertiana” hegemónica en las escuelas e internet.

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  10. Ah, sobre lo que dices del antisemitismo de Lutero, cuando se procesó en Núremberg a Julius Streicher, director del famoso periódico nazi Der Stürmer, este se defendió alegando que las publicaciones antisemitas habían existido en Alemania desde siempre, y que si Lutero estuviera vivo también se habría tenido que sentar en el banquillo de los acusados. De hecho hay autores que defienden que el antisemitismo de los nazis ya estaba reunido en Lutero.

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    1. Es que esto me parece tan evidente que no merece siquiera discusión. De hecho el antisemitismo alemán lejos de ser un producto contemporáneo asociado a la paranoia nazi, como algunos pretenden hacer creer para sentirse tranquilos, llegó con el III Reich a alcanzar la escala industrial porque se asentó sobre una sólida tradición que no solo se remonta a Lutero sino mucho antes que a él a tradiciones medievales urbanas, algunas de ellas cultas, y a un masivo apoyo popular en relación con la asentada tradición de los pogromos violentos.

      Aprovecho para recordar mi entrada "Crimen y castigo" donde hablo en parte de la base intelectual nada despreciable de las ideas nazis. Y esa base intelectual existía en algunos casos porque se remontaba a líneas de pensamiento con un gran pedigrí. Que a veces se nos olvida.

      Ahora bien, nuevamente cada razonamiento aplicado al caso español tiene su parte oscura. Y ahí recomiendo además esta vieja entrada

      http://despuesnohaynada.blogspot.lt/2014/04/como-ti-mismo.html

      Porque si uno estudia la actitud de la población hispana de la época respecto al concepto de "tolerancia" moderno pues resulta que aquí estábamos igual o peor que en Alemania.

      Respecto a la mentalidad hispana del período siempre se despacha el asunto hablando de la favorable actitud hacia los indígenas de los juristas de Salamanca o de muchos clérigos hispanos enviados a América. Aspecto discutible pero que vamos a dejar de lado. Por supuesto de todo lo que rodeó las expulsiones de los judíos y los moriscos que enmarcan el período no se habla tanto. Tampoco del trasfondo ideológico un tanto tóxico que desprende la obra de individuos como Lope de Vega o Quevedo así como muchos otros de nuestros "héroes culturales" del período. Un recopilatorio de las mejores citas de los escritores punteros del Siglo de Oro sobre los judíos, los negros, los “moros”, las mujeres, los gitanos... y prácticamente todo lo que no fueran buenos cristianos varones castellanos de buena familia de toda la vida daría para hablar (como lo daría hablar de lo que pensaba Shakespeare de los judíos por supuesto).

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    2. https://3.bp.blogspot.com/-DbgWGg2LCAY/Wadz7mP0w4I/AAAAAAAAKg8/ht3-O3PiniYyRWmYenjd6TWhaa8MCebmQCLcBGAs/s1600/Illustrasjon-Kjetil-4.jpeg

      Propaganda nazi de 1933: "La lucha de Hitler y la doctrina de Lutero (son) la mejor defensa del pueblo alemán".

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