domingo, 20 de abril de 2014

Como a ti mismo



Voy a hacer un alto en mi serie dedicada a colapsos ecológicos para introducir, al hilo de la Semana Santa, una entrada relacionada en cierta forma con la actualidad, eso sí como siempre partiendo del análisis del pasado para llegar a la reflexión sobre el presente.  

Va a ser una entrada larga ya que a mi modo de ver no se puede hablar sobre cosas importantes reduciendo todo a unos pocos párrafos y frases lapidarias, va a ser una entrada dura, compleja, polémica, pero creo que también resultará una entrada interesante. Y sobre todo es una entrada necesaria de cara a ofrecer un punto de vista contrapuesto a otras visiones que pueden ser tal vez excesivamente mayoritarias y sobre las que debería existir un mayor debate.   


Pascua de sangre

Et porque oyemos decir que en algunos lugares los judíos ficieron et facen el día del Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo en manera de escarnio, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, o faciendo imágenes de cera et crucificándolas cuando los niños non pueden haber, mandamos que, si fama fuere daquí adelante que en algún lugar de nuestro señorío tal cosa sea fecha, si se pudiere averiguar, que todos aquellos que se acercaren en aquel fecho, que sean presos et recabdados et aduchos ante el rey; et después que el sopiera la verdad, débelos matar muy haviltadamente, quantos quier que sean.

        Alfonso X "El Sabio", Las Siete Partidas.


Los pogromos contra los judíos no son una cosa del s. XX y de un señor muy loco llamado Adolf Hitler sino que antes del s. XX las matanzas más o menos masivas de judíos fueron también muy frecuentes en la Rusia de los zares o en los reinos feudales occidentales durante la Edad Media. 

En el caso concreto del reino de Castilla esas matanzas tenían varias particularidades y una de las más curiosas era la presencia recurrente de un móvil o desencadenante muy peculiar. A saber, en muchas partes del centro de la Península tenía un fuerte arraigo popular la creencia -totalmente estúpida y sin fundamento por demás- de que durante la Pascua los judíos solían secuestrar niños cristianos para crucificarlos como a Jesucristo (bueno la crucifixión es una práctica esencialmente romana, mientras que la lapidación sería mucho más judía pero los cristianos del medievo no parecían estar muy informados al respecto). Así pues era un pensamiento más o menos mayoritario entre las clases populares el que mientras los hombres de bien se arremolinaban en las iglesias para celebrar la Pascua se supone que los rencorosos judíos no tenían nada mejor que hacer que dedicarse en sus ghettos a crucificar niños cristianos raptados.    

En base a ello no resultaba extraño que cuando en alguna ciudad con un clima social previamente caldeado coincidían en el tiempo, sobre todo en torno a la Pascua, una serie de circunstancias negativas (una epidemia, una subida del precio del pan, una sequía, etc.) en ocasiones la tensión desembocaba en alguna matanza espontánea de judíos en “represalia” por el supuesto asesinato de algún niño por parte de estos. Matanzas normalmente permitidas indirectamente, todo hay que decirlo, por la habitual pasividad de las autoridades las cuales veían así como la tensión social que podía desembocar en protestas se liberaba de una forma relativamente inocua para los grupos pudientes (vamos lo que vienen a ser hoy en día los disturbios posteriores a una final de Copa).  

Así ocurrió con la supuesta (por imaginaria) crucifixión del niño Dominguito del Val en Zaragoza durante el siglo XIII, o la del Santo niño de Sepúlveda, en 1468, debido a la cual se condenó a muerte  a dieciséis judíos y luego, además, las masas enfurecidas no contentas con lo anterior asaltaron el barrio judío matando una cantidad indeterminada de vecinos del mismo.  

La gracia de todos estos casos es que, como he insinuado, siempre el crimen del que se acusaba a los judíos era puramente imaginario. No era necesario siquiera que algún niño hubiese desaparecido recientemente o hubiese sido encontrado muerto por algún otro motivo. Bastaba con estar en Pascua o fechas próximas para que el fervor de las festividades y el recuerdo de la muerte de Jesucristo llevase a algún vecino a deducir que los judíos seguramente estaban tramando algo turbio (quizás simplemente debido a que ese vecino en cuestión padecía los efectos de lo que hoy conocemos como trastornos psiquiátricos o tal vez estaba endeudado con algún prestamista judío). A partir de ahí todo solía desencadenarse siguiendo mecanismos parecidos a lo de Ricky Martin, la niña, el perro y la mermelada. Con la particularidad de que en ciertas ocasiones la broma acababa con los buenos cristianos de la ciudad culminando la Pascua violando y matando judíos mientras saqueaban y prendían fuego a sus casas en justa represalia de un crimen inexistente y en el que en todo caso era imposible que hubiese participado toda una comunidad. Luego de eso los ciudadanos de bien se volvían a sus casas, besaban a sus mujeres, les daban las buenas noches a sus hijos y seguían sus vidas como si nada hubiese pasado… hasta que alguien contase la historia de otro niño inexistente imaginariamente crucificado por los judíos que hubiesen sobrevivido.   

De todos los sucesos de ese tipo el más famoso y moralizante fue sin duda el caso del llamado Santo Niño de la Guardia “ocurrido” en 1491 en la provincia de Toledo. Es tan famoso que hasta se hizo una mención al mismo, un tanto distorsionada, en el capítulo 25 de la teleserie Isabel (el malo en esta ocasión es Torquemada, la pobre Isabel era como Hirohito o Don Juan Carlos, una buena persona que no se enteraba de nada de lo que hacían sus subordinados en caso de que fuese éticamente dudoso).

       El suceso en sí mismo fue paradigmático porque no se trató de un tumulto público espontáneo sino que fue un proceso judicial que involucró a altas instancias eclesiásticas y políticas. Todo comenzó en las vísperas del decreto de expulsión de los judíos de España en el marco de una operación para detener a falsos conversos y con ello ir preparando el terreno de la “opinión pública”. Los primeros detenidos eran judeo-conversos y fueron acusados únicamente de "judaizantes", pero tras ser sometidos a torturas en prisión se fue fraguando en la mente de los inquisidores la posibilidad de que fuesen hechiceros judíos que habían cometido en el pasado un crimen ritual. ¿Y qué crimen ritual podían haber cometido?, pues algo relacionado con crucifixiones, ¿qué si no?. Así son los judíos, sobre todo los judíos conversos, siempre pensando en lo mismo desde el s. I. Y ya puestos a crucificar qué mejor que a un niño, en Pascua para fastidiar más. Porque los judíos son así de retorcidos y en esas fechas del año les entra una especie de obsesión con las cruces como prueban los Evangelios. Obviamente.   

En esa tesitura podemos suponer que presionados por los inquisidores algunos detenidos acabaron confesando parcialmente algo en la línea de lo anterior y echándose las culpas unos a otros con la esperanza de salvar la vida. Todo para nada, porque como resultado de sus confesiones a finales de 1491 entre cinco y ocho acusados (las fuentes no son claras) fueron quemados vivos en Ávila condenados por el asesinato mediante crucifixión de un niño en una pequeña localidad de la provincia de Toledo supuestamente durante el año anterior o quizás hacía varios años (ni eso estaría claro). 

Hasta aquí el decorado general de la historia en cuestión. Repasemos ahora los detalles.  

Las detenciones de los acusados que más adelante fueron condenados no se produjeron como resultado de la investigación de ningún crimen, porque ni nunca se encontró cadáver alguno ni, de hecho, jamás se denunció la desaparición de un niño en la ciudad y fechas luego atribuidas al suceso. En realidad el supuesto niño ejecutado muy probablemente jamás existió siquiera. Es más, dicho niño habría sido sacrificado en la provincia de Toledo pero los detenidos eran todos habitantes de otras provincias, principalmente de Segovia.  

La “reconstrucción oficial de los hechos” por supuesto tenía explicación para esos “detalles”. Se supuso que los acusados cometieron su crimen durante un viaje en el curso del cual presenciaron un auto de fe en Toledo. Después de eso, poseídos por un arrebato de odio, secuestraron a un niño junto a la Puerta del Perdón de la catedral de Toledo y lo trasladaron a la pequeña localidad de La Guardia. Allí, el día de Viernes Santo simularon un juicio tras lo cual azotaron al infante, lo coronaron de espinas, lo crucificaron y finalmente le arrancaron el corazón. Posteriormente se deshicieron del cadáver y procedieron a robar una hostia consagrada en una Iglesia de la zona de cara a usarla en el futuro para la realización de conjuros junto al corazón arrancado al niño .  

De todo lo anterior se desprenden varias cosas. Primero que los hechos que se imputaron a los acusados son un compendio de estupideces en sí mismo y están llenos de incongruencias. Para empezar porque responderían a la repetición absurda de una especie de esquema pervertido de los rituales cristianos más que un posible crimen real con motivaciones plausibles (pedofilia, cultos satánicos reales -y no puras parodias-, ajuste de cuentas, etc.). Es muy probable por no decir seguro que los acusados bajo tortura se limitaron a confirmar lo que los inquisidores fantaseaban o simplemente lo que éstos deseaban oir. Y estos últimos a la hora de imaginar se limitaban a seguir el esquema de libros antisemitas habituales en la época, muchos de los cuales estaban llenos de relatos donde se narraban este tipo de prácticas absurdas que pese a ello algunos monjes, sacerdotes e inquisidores, tenían por muy reales, como también creían ciegamente en la existencia de brujas o de hechiceros. 

En segundo lugar, y sin entrar en detalle, el procedimiento judicial seguido fue muy irregular realizándose interrogatorios no permitidos por parte de la Inquisición, traslados técnicamente ilegales de los presos, etc.  

Es interesante anotar sin embargo que en el tribunal que los condenó había varios hombres de confianza del inquisidor general Tomás de Torquemada. Algo extraño para un juicio aparentemente sin importancia. Además sólo cuatro meses y medio después del juicio -al que se le dio toda la publicidad posible- y de la ejecución pública de los condenados se decretó la expulsión de los judíos de España. 

Por todo ello es muy posible que, aunque el público popular e incluso alguno de los jueces durante el proceso creyesen en la realidad de todas estas delirantes acusaciones, las altas instancias políticas y religiosas fuesen conscientes desde el primer momento de lo ridículo de las mismas, pero usasen una superstición popular para crear el caldo de cultivo apropiado de cara a difundir poco después el decreto de expulsión de los judíos, el cual acabaría publicándose solo unos meses más tarde como se ha dicho. Por tanto no es improbable que el juicio hubiese sido teledirigido desde el momento en que tal vez por casualidad surgió la posibilidad de imputar a unos pobres desgraciados un crimen lo suficiente espectacular y con un trasfondo religioso adecuado para servir a unos determinados fines políticos. El público por su parte veía así confirmados sus temores y se reafirmaba en la dirección esperada. Que el trasfondo de todo fuese un crimen inexistente cometido debido a unos móviles cuanto menos ridículos y sancionado mediante un juicio lleno de irregularidades… era un simple detalle.  

En cualquier caso lo que más me interesa de todo lo que he contado hasta ahora es que, dado que la piedad popular es impredecible, tras todos estos sucesos surgió en el centro de Castilla un verdadero culto espontáneo al llamado Santo Niño de La Guardia (recordemos que muy probablemente dicho niño mártir ni siquiera existió), el cual se mantuvo vivo durante siglos.

Poco a poco el boca a boca y los rumores fueron difundiendo la supuesta historia del “martirio” explicada anteriormente incluso completándola con todo tipo de detalles macabros salidos frecuentemente de la imaginación del narrador de turno pero que, en algunos casos, tenían tal éxito en su difusión que pasaban a incorporarse a la creencia y con el tiempo eran tenidos como datos ciertos y probados.  

De esta forma se le puso nombre al niño (aunque el nombre variaba según la región, en unas zonas Juan, en otras Cristóbal), se puso nombre a sus supuestos padres y se fueron acumulando pinceladas creativas sobre la historia de base. Por ejemplo que la topografía del pueblo toledano en el que supuestamente ocurrieron los hechos era igual que la del camino recorrido por Jesús hacia el Calvario a través de Jerusalén, o que en el momento en que sus asesinos le arrancaron el corazón al niño a kilómetros de distancia su pretendida madre (que sería además ciega) recobró milagrosamente la vista. Se supone además que los asesinos habrían sido detenidos debido a que la hostia consagrada que hipotéticamente habían robado después de su crimen resplandecía como un faro.  

Por supuesto dicha hostia se conserva como reliquia en un monasterio dominico de Ávila. Por el contrario el corazón y el cadáver del niño como digo nunca aparecieron, ni siquiera oportunamente como reliquias, aunque sí existe una explicación para ello ya que el supuesto niño no apareció porque, como Jesucristo, ¡¡había resucitado¡¡. 

Todo lo anterior puede parecer absurdo pero si les digo que a lo largo de los siguiente siglos miembros del Consejo General de la Inquisición, un obispo de Ávila, otros muchos miembros de las jerarquías eclesiásticas y hasta el mismo Lope de Vega acabaron escribiendo libros sobre el suceso, por supuesto dando por real y probado la mayor parte de lo anterior. O que aún hoy en día se realizan en septiembre procesiones en La Guardia durante las que se pasea por el pueblo una imagen del celebérrimo Santo Niño mártir...  la cosa cambia, supongo, porque se vuelve bastante seria y se convierte en una especie de precuela hispánica de los famosos (y falsos) Protocolos de los Sabios de Sion 

Bien, hasta aquí una primera parte de lo que hoy he venido a contar. Llegados a este punto (y he puesto solo un ejemplo entre muchísimos posibles) espero que os surja la inquietante duda de si resulta perfectamente factible e incluso habitual el iniciar un culto a partir de la nada o de la distorsión de unos hechos cotidianos y explicables. Lo cierto es que la historia nos dice que así ha ocurrido cientos o miles de veces. Luego, pasado un tiempo, si el volumen de gente adscrito al culto se vuelve suficientemente grande o fervoroso comienzan a generarse entre el grupo las memorias imaginadas de milagros y otra serie de sucesos que confirman la creencia (aunque ésta sea falsa). De hecho a lo largo de la historia han aparecido testimonios presuntamente sinceros que atribuian curaciones milagrosas hasta a grupos de rock. De hecho para llegar al necesario volumen crítico de creyentes el proceso en ocasiones puede ser totalmente casual y azaroso -como el simple mecanismo de un rumor o la difusión de la creencia en fantasmas o unicornios- sin tener por tanto nada que ver siquiera con la predicación activa o la existencia tras el mismo de milagros reales y de una experiencia original transformadora por parte de nadie. En otras palabras, prácticamente de la nada puede surgir una creencia y pasado el tiempo personas buenas y generosas, incluso muy inteligentes, por razones totalmente altruistas, pueden llegar a creer con total sinceridad y con lágrimas en los ojos en algo que en esencia no deja de ser una pura estupidez sin base tangible alguna.

Normalmente tendemos a negar la propensión humana este tipo de “fallos de programación” pero lo cierto es que históricamente en nuestras sociedades resulta constante la repetición de este tipo de procesos mediante los cuales pensamientos erróneos de todo tipo (también sobre falsas teorías científicas, ideologías destructivas o supuestas memorias históricas) se reproducen y perpetúan. De hecho la parte de nuestra psique ocupada por pensamientos de tipo irracional o erróneo es probablemente mucho mayor y más importante para nuestra vida diaria de lo que se piensa.  

Vamos ahora con otra historia, a mi juicio complementaria de la anterior y ocurrida en este caso en la Italia de mediados del s. XIX.  

Edgardo, el "hijo" del Papa  

Estoy bautizado. Mi padre es el Papa, me gustaría vivir con mi familia solo si se convirtieran en cristianos y rezo para que lo hagan.

        (Carta escrita por Edgardo Mortara durante su etapa de custodia en Roma siendo aún niño). 


Ubiquémonos. Estamos en Bolonia a mediados de 1858, una ciudad cosmopolita sede de una de las más importantes universidades de la época. Nada de eso entraba en contradicción con el hecho de que por entonces dicha ciudad italiana formaba parte de un conglomerado de territorios (los famosos Estados Pontificios) aún gobernados de forma directa por el Papado, el cual consideraba diversas regiones del centro de Italia como dominios feudales de su exclusiva posesión.  

A finales de junio de aquel año diversos hombres armados dependientes del Papado se presentaron en una casa de la localidad donde vivían una pareja de judíos, Salomón (conocido en la ciudad por el sobrenombre de “Momolo”) y Mariana Padovani Mortara, ambos padres de ocho hijos. Los hombres irrumpieron en el domicilio y se llevaron por la fuerza al hijo pequeño de la pareja, un niño de seis años llamado Edgardo. Mientras eso ocurría la madre sufrió un colapso y tuvo que ser llevada a la casa de un vecino. Pero, pese a todo, los intrusos lograron subir al niño en un carruaje que lo llevó a un edificio eclesiástico en otra parte de la ciudad donde oficialmente fue puesto bajo la tutela del Estado vaticano por orden del Santo Oficio.  

Al parecer una muchacha católica que había servido en el pasado de criada en la casa de la familia había testificado recientemente haber administrado el bautismo a Edgardo cuando era más pequeño. ¿Y cómo es posible que una chica que no era sacerdote hubiera administrado un sacramento católico a un niño judío?, ¿para qué?, ¿qué importancia podía tener eso?. Bajo la doctrina católica existía la figura jurídica del bautismo “de emergencia” el cual podía ser administrado en caso de riesgo inminente de muerte por cualquiera, hombre o mujer, incluso aunque ese alguien no estuviese ordenado. Por algo se trata de una “emergencia”. Al parecer años atrás temiendo que el pequeño Edgardo muriese por una enfermedad la joven chica católica que trabajada de doncella en la casa lo había bautizado en secreto cuando estaba a solas en la habitación con el bebé para así salvar su alma del infierno en caso de que muriese, ya que a Dios no le gusta que te mueras perteneciendo nominalmente a una religión distinta de la que él ha decretado como verdadera. 

Consecuentemente cuando la historia alcanzó los oídos del inquisidor de Bolonia lo primero que vino a su cabeza es que no se podía permitir a un niño católico –Edgardo había pasado de golpe a ser católico si estaba bautizado- ser custodiado por una familia judía, aunque esa familia fuesen sus padres biológicos. Por lo tanto se ordenó que Edgardo Levi Mortara fuese llevado a una institución donde otros niños en situaciones jurídicas similares eran convertidos en buenos cristianos.  

El problema es que, al margen de que todo lo anterior resultase ridículo e injusto, era dudoso que el supuesto bautismo de emergencia hubiese tenido lugar alguna vez. Al parecer la doncella, de una tal familia Morisi, había contado por primera vez la historia a un sacerdote local en el curso de un pleito por una dote que solicitaba. Fuese por conveniencia, interés o incluso por venganza tras haber dejado de trabajar en la mansión de los Mortara, es perfectamente posible que se inventase dicha historia. No había, obviamente ningún testigo de su supuesta acción y de hecho los propios padres de Edgardo no tenían constancia de que el pequeño hubiese estado nunca gravemente enfermo como para temer por su vida, con lo que no había existido en ningún momento un motivo para un bautismo de emergencia (aunque esto último también podía ser una mentira de los padres para contrarrestar la situación y lograr pleitear por la custodia de su hijo con alguna posibilidad ya que la ley por entonces realmente no permitía que unos judíos criasen a un niño que hubiese sido bautizado).  

En todo caso estas dudas e irregularidades quedaron a un lado cuando por motivos desconocidos el propio Papa Pío IX tomó un interés personal en el caso y a partir de ese punto todas las apelaciones legales realizadas por los padres fueron denegadas por las autoridades eclesiásticas.  

A fin de cuentas este tipo de secuestros de niños judíos para salvarlos no eran infrecuentes aún entrado el s. XIX y desde luego en épocas pretéritas habían sido moneda corriente. Hay que recordar además que en los Estados de la Iglesia, en el momento de la llegada al Papado de Pío IX, los judíos estaban obligados a vivir en un ghetto, medida que dicho Papa confirmó (por si quedaran dudas) en 1850. Además existían también leyes que les prohibían ejercer ciertas profesiones, leyes que les obligaban a asistir a los sermones de los sacerdotes católicos en las iglesias al menos cuatro veces al año (a ver si había suerte y alguno se convertía). Tampoco se permitía a un judío declarar contra un cristiano en los tribunales de justicia.  Y, pese a todo esto, de hecho los judíos tenían suerte en cuanto a su situación, porque por ley los italianos que profesasen alguna doctrina protestante no tenían autorizada su presencia dentro de las fronteras de los Estados vaticanos salvo en el caso de viajeros extranjeros de paso.  

Así las cosas durante las primeras semanas tras la confiscación de la tutela del niño por parte de las autoridades vaticanas no se permitió a los padres tener contacto con él. Tras ese período de “descontaminación” se les permitieron visitas periódicas bajo la supervisión y vigilancia de un clérigo. Finalmente se hizo saber a los padres que podían recuperar a su hijo si la familia se convertía al catolicismo, pero rehusaron.  

Al cabo de un año, el Papado perdió el control de la ciudad de Bolonia como de otras ciudades de la Romaña, pero para entonces Edgardo había sido trasladado “a lugar seguro” en la propia ciudad de Roma.  

Con todo, las cosas estaban cambiando en el mundo. Además, quizás a diferencia de otras familias que habían sufrido la misma situación antes que ellos, los Mortara eran una familia de comerciantes con una situación económica desahogada y una buena educación, por lo que lejos de rendirse o amedrentarse se enfrentaron al Vaticano con uñas y dientes (de hecho es por eso que conocemos con precisión lo ocurrido). Tras desistir de la vía puramente legal a través de la maraña de tribunales eclesiásticos se pusieron en contacto con la mismísima familia Rothschild y a través de ellos y de diversas organizaciones judías lograron dar publicidad al asunto en periódicos de Inglaterra, Francia, EE.UU. y el Norte de Italia. Se desató así una campaña de prensa en favor de los padres pero el Vaticano resistió y el propio Papa empezó a llevar de la mano a Edgardo a algunas audiencias en el Vaticano para demostrar a todos que el pequeño estaba feliz bajo sus  cuidados.  

Finalmente el asunto se olvidó hasta que la situación cambió en 1870 debido a diversos avatares políticos. Al final de ese año los Estados Pontificios desaparecieron por completo y la propia ciudad de Roma fue anexionada militarmente tras un asedio por el recientemente creado (1861) Reino de Italia nacido a su vez en torno al Reino de Piamonte y de sus conquistas durante las décadas anteriores.   

En cualquier caso llegado ese momento Edgardo iba camino de los 19 años, era mayor de edad, un firme creyente y apenas se acordaba de sus padres. Pese a todo hizo un intento de volver con su familia pero al cabo de un mes no se adaptó a convivir con unos judíos recalcitrantes que rechazaban la única fe verdadera. Edgardo decidió por tanto romper definitivamente con su familia biológica, esta vez por voluntad propia, regresar a Roma y convertirse en sacerdote. Fue enviado a Francia a completar su formación con monjes agustinos y poco después a la edad de 23 años fue ordenado sacerdote. Para entonces su padre biológico había muerto ya.  

En adelante Edgardo se consagró a viajar por diversas ciudades de Europa, sobre todo Alemania, intentando aprovechar su experiencia para convertir a los judíos, con el mismo escaso éxito que había tenido con su familia todo sea dicho. Al menos, tiempo después, durante una de esas prédicas realizada en Italia recuperó el contacto con su familia. Su madre murió finalmente en 1895 y en general a partir de entonces su relación sino con sus hermanos al menos con diversos sobrinos fue cordial.    

Para entonces Edgardo había adoptado el nombre espiritual de Pío, en honor a quien consideraba su “padre” y en 1912 realizó una comparecencia para pedir la beatificación de Pío IX.  

“Estoy firmemente convencido, no sólo por la declaración que he realizado sino por toda la vida de mi augusto protector y padre, que el Siervo de Dios Pío IX es un Santo. Tengo la convicción casi instintiva de que un día se elevará a la gloria de los altares. Por eso será para mí una alegría para toda la vida y un gran consuelo en la hora de mi muerte haber cooperado hasta el límite de mis fuerzas en el éxito de dicha causa”. 

En esa declaración además exculpó por completo al Papado de los sucesos ocurridos en su infancia, entre otras cosas porque  

“ellos (mis padres) intentaron por todos los medios recuperarme, pero a pesar de todo nunca mostré el más mínimo deseo de retornar con mi familia, un hecho que ni yo mismo entiendo salvo teniendo en cuenta la intervención de una gracia sobrenatural”.  

A fin de cuentas había sido la voluntad de Dios la que había querido que todo ocurriese de la manera en que ocurrió.  

Edgardo murió finalmente en 1940 en Bélgica a los 88 años de edad.   

Por su parte Pío IX, más conocido como Pío "Nono", fue Papa desde 1846 a 1878, el Papado más longevo en la historia de la Iglesia con sus casi 32 años de duración. Ese largo período de gobierno permitió a Pio IX llevar a cabo muchas iniciativas. Por ejemplo, algo que me interesa mucho como historiador, ordenó una de las primeras restauraciones arqueológicas en Roma, en su caso del Coliseo, y también invirtió bastante dinero en el estudio de las catacumbas de la ciudad. Obviamente ambas iniciativas tenían mucho que ver con sustentar digamos “científicamente” hechos mitificados de la visión cristiana de su pasado (los martirios cristianos en el circo y el refugio de algunos de ellos en las catacumbas). Así pues a partir de entonces la Iglesia no solo se ha enfrentado al incómodo pasado histórico mediante sermones sino que ha gastado grandes cantidades de dinero para introducirse en las aulas y además patrocinar publicaciones o “investigaciones” que contribuyen a seguir manteniendo más o menos intactos en cuanto al conocimiento público una serie de mitos favorables a su visión particular del pasado: por ejemplo la dudosísima autenticidad de la Sábana Santa (y otras reliquias parecidas), la presencia de San Pedro en Roma (cuanto menos muy cuestionable su martirio en época neroniana, pese a que en multitud de series y películas se tira de ese tópico), la supuesta conservación del cáliz de la última cena o la existencia de reliquias de Santiago auténticas en la ciudad española del mismo nombre. De la misma forma que la arqueología judía sigue confundiendo respecto a la existencia histórica de Moisés o de la supuesta esclavitud egipcia de su pueblo, la Iglesia católica sigue sembrando la confusión sobre multitud de mitos hoy en día históricamente refutados como la pretendida "matanza de los inocentes" de manos del rey Herodes, la huida a Egipto de la familia de Jesús, los sucesos concernientes a la llamada Donación de Constantino, así como la traducción correcta o la autenticidad de determinados pasajes de textos religiosos.  

Pero bueno lo anterior no resultará supongo tan interesante para el profano. Más relevante puede ser sin embargo tener en cuenta que Pío IX estableció definitivamente el Vaticano como única residencia de los Papas (antes usaban también el palacio del Quirinal), estuvo detrás de la definición de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, convocó el Concilio Vaticano Primero y tras ese concilio estableció definitivamente en el seno de la Iglesia Católica la doctrina de la infalibilidad papal (una idea que venía gestándose desde la Edad Media), lo que significa que el Papa simplemente no puede equivocarse cuando define una doctrina concerniente a la fe o la moral católicas.  

El Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando en el ejercicio de su oficio de pastor y maestro de todos los cristianos, en virtud de su suprema autoridad apostólica, define una doctrina de fe o costumbres como que debe ser sostenida por toda la Iglesia, posee, por la asistencia divina que le fue prometida en el bienaventurado Pedro, aquella infalibilidad de la que el divino Redentor quiso que gozara su Iglesia en la definición de la doctrina de fe y costumbres. Por esto, dichas definiciones del Romano Pontífice son en sí mismas, y no por el consentimiento de la Iglesia, irreformables.

       Además al perder durante su mandato la soberanía temporal sobre los territorios del centro de Italia el Papado pasó a centrarse en su papel puramente espiritual como representante de los católicos. Por eso el Papado de Pío IX marca el inicio de la concepción moderna de la figura del Papa como un simpático viejecito, fenómeno de masas, que da grandes mítines públicos y se mantiene como una especie de gurú alejado (aunque no tanto como parece) de las intrigas políticas y la lucha por el poder terrenal. Sin embargo hay que señalar que este cambio se produjo a regañadientes y contra la voluntad del Papado el cual forzó a sus últimas tropas de mercenarios a combatir hasta el final en las propias calles de la ciudad de Roma. Tras eso el Papado aún tardó décadas en aceptar la pérdida de facto de su poder en el centro de Italia, oponiéndose a ello con medidas dignas de una pataleta ridícula, por ejemplo lanzando un llamamiento a los católicos de Italia a boicotear las elecciones en el país hasta que se devolvieran al Papado el gobierno de sus antiguos señoríos. De hecho para cuando el Papado por fin se rindió a la evidencia, varias décadas después, puso fin al conflicto a través de un pacto con la Italia fascista, no con ningún gobierno democrático. Todo muy en la línea del ejemplo dejado por Jesucristo. 

Por cierto, finalmente Pío IX fue beatificado por Juan Pablo II a finales del año 2000. 

Fe contra razón 

¿Por qué los judíos no habrían sido antropófagos? Habría sido la única cosa que hubiera faltado al pueblo de Dios para ser el más abominable de la Tierra. 

         Voltaire, Diccionario filosófico. 


Hay varias cosas que comentar sobre lo que hemos visto, particularmente acerca de esta segunda historia.  

Para empezar una idea en torno a la que ya he dedicado más entradas: muchas cosas negativas que ocurrieron en el s. XX empezaron a gestarse intelectualmente más atrás, en ocasiones mucho más atrás. El antisemitismo contemporáneo no deja de ser una proyección en la sociedad industrial de clases de un viejo odio cuyas raíces se retrotraen en el tiempo prácticamente hasta las guerras romanojudías del s. I y la huella que todo eso dejó en la sociedad romana precristiana sobre la que después se construyó la cultura occidental.  

Por eso cuando Hitler hablaba sobre los judíos no era solo bajo el papel de tirano colérico sino como la punta de lanza de varios siglos de escritos (en muchos casos hoy adecuadamente sepultados en un segundo plano por impresentables) salidos de la mano de muchos de los grandes líderes y pensadores de la cultura occidental. En la misma Alemania ya Lutero (uno de los padres de la identidad nacional alemana y del alemán como idioma) publicó en su momento Sobre los judíos y sus mentiras, libro en el que abogaba por quemar las sinagogas  y los libros de oración judíos, que se prohibiese a los rabinos predicar, que se confiscasen sus bienes, se dejase de proporcionarles protección legal y se les redujese al trabajo forzado o la expulsión definitiva. La huella de ideas antisemitas como esas sobrevivió en el mundo occidental hasta llegar a la modernidad y no solo en el mundo protestante sino también en algunos países católicos y ortodoxos.  

He de decir también que resulta interesante la pervivencia durante el s. XX de ciertas trazas pertenecientes a esa mentalidad favorable a que los padres que no comparten una determinada concepción mayoritaria en la sociedad deban ser apartados de sus hijos. No se en qué medida por ejemplo prácticas como el "secuestro de niños" durante el franquismo en España o en la Irlanda de entreguerras pueden tener un antecedente en ese tipo de planteamiento. Lo que sabemos es que en tiempos pretéritos llegó a existir la práctica de arrebatar niños a los individuos pertenecientes a un credo religioso enemigo para que no pudiesen ser “contaminados” y a la vez reeducarlos como defensores de la fe verdadera. Pasó en el mundo musulmán (el caso de los jenízaros por ejemplo) y también en el mundo cristiano (aunque es algo que está muy poco estudiado). En el s. XX en cambio esta postura se expandió en algunos contextos extremos preferentemente favoreciendo el secuestro de niños a familias que profesaban ideas políticas -y no ya solamente religiosas- contrarias a los intereses del poder establecido.  Es una idea que me limito a plantear, pero este no es un texto dedicado a tratar ese tipo de cuestiones. Simplemente ese contexto me ha servido para dibujar un panorama más general donde se muestra el potencial destructor que tiene la religiosidad llevada al extremo y como en esos casos la caridad, el respeto por los demás y el pensamiento crítico se suelen dejar a un lado y al final cualquier argumento teológico acaba sirviendo de coartada para cometer todo tipo de actos.  

El caso de Edgardo en particular también es una muestra de algo muy interesante. En concreto cómo nuestra adscripción a una “VERDAD” religiosa parte esencialmente de la educación tanto familiar como pública. Si Edgardo hubiese vivido una infancia normal con su familia probablemente ya de adulto se habría convertido en un judío convencido. En cambio al ser educado en un ambiente monacal desarrolló una intensa fe católica, pero podemos suponer que de haber nacido en Arabia habría sido un ferviente musulmán sunní y quizás de nacer en una familia persa hubiese acabado siendo un musulmán chiita.  

Por supuesto no siempre es así, pero el 90% de las personas religiosas en el planeta simplemente se limitan a seguir la fe que sus padres les enseñaron, nunca han elegido libremente entre una amalgama de posibilidades. De esa forma la expansión de la “VERDAD” por el mundo tiene bastante que ver con las dinámicas demográficas, militares y políticas antes que con los debates teológicos informados respecto al porcentaje de “VERDAD”  que contenga la doctrina de turno. Al final los credos de los Estados más poderosos militarmente o de las sociedades más activas procreando son los que más se expanden. En definitiva, en el planeta existen muchos dioses y credos diferentes, todos ellos poseen santos, supuestos milagros respaldando la verdad de sus afirmaciones y el que alguno de estos credos crezca o mengue en cuanto a número de seguidores no tiene mucho que ver con la fuerza de su verdad o de su dios sino con ese tipo de lógica tan mundana.  

De hecho da en qué pensar por qué ninguno de todos los posibles dioses que compiten por nuestras almas usa su inmenso poder para realizar una manifestación pública y sin ambigüedades de su mensaje a través de un sueño colectivo masivo o de una aparición incontrovertible en el cielo (o en televisión, ya puestos). En lugar de eso todos los dioses conocidos se han limitado a contactar con nosotros en ocasiones puntuales, siempre en un pasado lejano y hacerlo casi en exclusiva a los ojos de alguna persona muy concreta (incluso a través de procedimientos que imitan extrañamente los efectos de enfermedades como la esquizofrenia). Tras ese precario contacto la divinidad de turno dejaba como encargo para el elegido que nos transmitiese un mensaje frecuentemente tan ambiguo o impreciso que a posteriori casi siempre ha sido necesario para interpretarlo el uso de instituciones jerarquizadas de intermediarios especializados. Instituciones que se han dedicado a debatir sobre dicho supuesto mensaje durante siglos aunque casualmente han aprovechado también esa posición de privilegio para acumular poder y riqueza en provecho propio.   

Esto último es un problema en la medida en que sabemos positivamente que muchos miembros de las jerarquías religiosas en el pasado (y puede que en el presente) históricamente han dejado rastro de ser individuos corruptos ambiciosos o perturbados. En el caso de la Iglesia católica les invito a que se documenten sobre las apasionantes vidas de pontífices como Sergio III, Juan XII, Benedicto IX, Anacleto I, Clemente VI, Juan XXII, Pio II, Pablo II, Sixto IV, Inocencio VIII, Alejandro VI, Pablo III,  Julio III y muchos otros. Hijos ilegítimos, incluso nietos, abusos a menores, uso de prostitutas, sobornos, envenenamientos, incluso muestras de ateísmo incipiente… no hay para aburrirse en la historia del pontificado. Pero sin embargo los fieles del culto han de asumir que lo que esas personas lamentables decretaron durante sus mandatos respecto a qué es lo que dios espera de nosotros y sobre cómo nos debemos comportar era y es rigurosamente exacto. Los dogmas se crean siglo tras siglo, pero en cambio rara vez se revocan ya que eso pondría en cuestión el "tinglado" al aceptarse la posibilidad de la equivocación y ponerse sobre la mesa la necesidad de revisar hacia atrás. El propio Pio IX afianzó la doctrina de la infalibilidad papal y sin embargo su vida arroja la duda de si él mismo era un individuo bastante confundido. Como sea desde entonces, y ya desde los inicios de la Iglesia como institución romana y jerarquizada, un creyente ha de aceptar como verdad que aunque algún Papa pueda ser un corrupto o un idiota eso da igual porque cuando establece un dogma de fe apoyado por el colegio cardenalicio en ese momento Dios habla a través de él e impide (a saber mediante qué extraño mecanismo de control espiritual parapsicológico intergaláctico) que el siervo imperfecto se equivoque o mienta al comunicar la voluntad de Dios. 

Exactamente lo mismo se podría aplicar a lo que otros fieles de otras religiones piensan sobre determinados rabinos o ulemas. Es ridículo, sobre todo cuando la Historia nos enseña por ejemplo que muchos Papas o Califas y similares usaron claramente a voluntad esa creencia y ese poder en beneficio propio y de sus intereses políticos y económicos concretos, no en mayor provecho de sus fieles. Dedicándose a emplearlo para desestabilizar la autoridad de otros gobernantes rivales, obtener la posesión de más tierras, o bien obtener ingresos a través de la venta, por ejemplo, del perdón de los pecados usando luego ese dinero en gastos suntuarios.  

Llama también la atención que en todos los casos ningún dios en ningún momento del pasado fuese capaz de entrar en conexión con varios profetas o mensajeros simultáneos distribuidos por todo el globo terráqueo y pertenecientes así a culturas diversas. Al contrario, los dioses envían siempre sus emisarios (normalmente además uno solo) a una única sociedad o cultura concreta, lo que aboca en cada caso a esos profetas y sus seguidores a tener que convertir (a veces por la fuerza) al resto del planeta a la “VERDAD”. ¿No hubiera sido más sencillo con 6 o 7 Jesucristos o Mahomas simultáneos distribuidos al menos uno por continente?, ¿era mucho pedir?, se hubiesen ahorrado muchas guerras así. En el mejor de los casos todo esto lleva a pensar que Dios no sea tan listo, ni bondadoso, ni poderoso como pretenden sus hagiógrafos. O incluso a pensar que las religiones sean un fenómeno puramente psicológico e incluso psiquiátrico a pequeña escala, y cultural y político a gran escala, todo ello sin conexión real con una verdad trascendente concreta.

Al final lo único cierto hoy en día es que en el planeta Tierra coexisten múltiples religiones incompatibles entre sí. Por tanto resulta evidente, por pura lógica, que los creyentes de todas ellas no pueden estar en lo cierto a la vez. De hecho solo los de una de entre todas -y eso en el mejor de los casos- estarían siguiendo la auténtica “VERDAD”. Pese a ello cada uno de los bandos cree ciegamente en la exactitud de su credo, puede citar abundantes casos de intervención divina en su favor y cuenta con el testimonio indisputable de la vida y milagros de su profeta fundador. Pero como digo, por pura lógica, la mayoría de estas personas están equivocadas y viven su vida en base al respeto de una serie de tradiciones y dogmas que son objetivamente un montón de gilipolleces.  

Da miedo pensarlo, menos mal que nosotros somos los que estamos en lo cierto, ¿verdad?. 

8 comentarios:

  1. Creo haber comentado ya antes, que por ejemplo la creencia en la brujería (tal y como la entiende nuestra cultura) surge como una especie de subproducto del cristianismo. Al creer en Dios, el cristianismo también cree que existe el Diablo y que este es el OPUESTO a Dios. Así que el cristianismo creyó que al actuar, el Diablo actúa de forma opuesta a Dios. Incluso los supuestos aquelarres satánicos verdaderos, serían una parodia de las misas cristianas; pero una parodia creada por el Diablo quien siempre buscaría meterse con Dios y causarle los mayores perjuicios posibles. Por esto, aunque los demonios no sentirían placer o dolor físico, practicarían el sexo más pervertido posible, no por gusto físico sino por meterse con Dios, y lo mismo pedirían a sus seguidores. Sexo lo más pervertido posible, que incumpliese los mandatos divinos cuanto más mejor, no por gusto sino por ir contra Dios.
    Así, en el caso de los aquelarres, estas "misas negras" y sus ritos serían opuestos a los de Dios incluso en aspectos a priori con tan poca importancia como la posición que adopta el sacerdote (de cara al público, en contra del antiguo rito cristiano donde el cura le daba la espalda a los creyentes para mirar hacia Dios/ la ostia consagrada). Igualmente, el Diablo tendría sus seguidores, y sus demonios "de la guarda" para llevarlos por el mal camino, etc. El satanismo y la brujería serían por tanto reflejos opuestos al cristianismo.

    Lo más interesante es que todo lo que he comentado, surge y es creado a partir de la imaginación de devotísimos creyentes cristianos. Por tanto, no es la creación de supuestos satanistas o supuestas brujas... ni es tampoco ninguna supervivencia de creencias y ritos precristianos.

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  2. Por otro lado, recuerdo que en el siglo XIX en EEUU también se intentaba que los niños indios se aculturasen a la cultura anglosajona, aunque no recuerdo si secuestraban niños (con o sin coartada legal). Pero incluso en el siglo XX, esto sí se hizo en Australia, donde se secuestraban a los niños aborígenes para convertirlos a la cultura anglosajona.

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  3. Bastante de acuerdo en general. Por cierto, si llego a ello voy a dedicar una entrada, dentro de meses eso sí, a las persecuciones de brujas en la Edad Moderna y las últimas teorías al respecto.

    Una cosa que llama la atención es que al hombre medieval le faltaba imaginación para salirse de sus parámetros. Cuando imaginaba cultos prohibidos siempre pensaba en relación a sus propias creencias, por lo que un culto satánico debería basarse más o menos en los mismos rituales de siempre pero invertidos, no se planteaba la posibilidad de rituales completamente nuevos basados en conceptos diferentes a los ya conocidos. Cuando ese mismo hombre del medievo pensaba en épocas del pasado de cara a decorar los libros exportaba las imágenes de caballeros y castillos medievales para ilustrar por ejemplo el Egipto faraónico o los ejércitos helenísticos (a ese respecto el Libro de Alexandre es muy gráfico porque se imagina las andanzas de Alejandro con un aspecto visual en cuanto a armas, edificios o vegetación no muy diferente al usado para describir las hazañas de Roldan o del rey Arturo). Y cuando exploraba el mundo siempre intentaba meterlo en las categorías ya existentes, encajarlo en un mapa o un texto de una autoridad conocida que ya hubiese narrado o descrito el lugar. Por ejemplo de ahí nace la confusión de Colón que hasta el último momento intentó compatibilizar lo que iba descubriendo con encajarlo en la geografía que más o menos conocía, la de Toscanelli y Marco Polo, pese a que eran erróneas.

    Puede decirse que hasta bien entrado el s. XVI a los hombres en general les costaba mucho más de lo habitual en otras épocas aceptar categorías nuevas o simplemente convivir con otras formas de pensamiento distintas a la propia. Es algo curioso.

    En cuanto a la pervivencia de los secuestros de niños por parte de grandes instituciones todavía en épocas relativamente recientes es verdad que el mundo del cine o la novela han tratado el asunto casi más que la propia historiografía. Para el caso de los aborígenes australianos está “Generación robada” con Kenneth Branagh y, por ejemplo, en cuanto a los reformatorios para aculturar a los niños indios en EE.UU. hay una serie de cómic llamada “Carlisle” de Edouard Chevais-Deighton y Laurent Seigneuret.

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    1. Pues si alguna vez tratas el tema de las últimas teorías sobre la persecución de la brujería en la Edad Moderna, es algo que me gustaría muchísimo conocer. Hace tiempo que no leo nada al respecto. En su momento, tuve el gusto de tener una asignatura donde se trató el tema, en la Universidad de Santiago de Compostela (profesor Jose Ramón Mariño Ferro).

      Gracias por las referencias de cine y cómic. Hace tiempo vi una película sobre el tema de los indios en Estados Unidos, pero no recuerdo el titulo. Sobre los aborígines, aunque me suena "Generación Robada", la película que se me viene a la cabeza es "Australia", con Lobezno X-D y Nicole Kidman, donde tratan el tema de forma secundaria.

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  4. Este fin de semana he terminado el libro Historia de la estupidez humana, y después de leer la cantidad de tonterías que ha hecho y dichos la gente, por sistema, sobre todo desde la Edad Media; me puedo llegar a creer que hubiera muchos cristianos convencidos de que esos secuestros y asesinatos satánicos fueran reales. También creo que seguramente detrás de todo había una conspiración, pero no hay que subestimar lo estúpidas que pueden ser las personas. Sobre todo en manada.

    En cuanto al cambio forzado de la Iglesia, me gustaría saber quién tuvo la idea de hacer propaganda con la caridad y la limosna. Fue una muy buena idea. Que aunque lo llamen solidaridad, no lo es. Cuando oía la COPE, los tertulianos y los presentadores insistían mucho en lo que le ahorraba Cáritas al estado español. Es la idea que quieren implantar: que la Iglesia es ayudar a los pobres. Todo lo demás, que se olvide: que el verdadero plan es extender la ponzoña y evangelizar. Sobre todo en países del tercer mundo, donde la población es muy susceptible de ser contaminada.

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    1. Bueno, es que… estas cosas llegan hasta la actualidad misma.
      Mirad este enlace sobre un reportaje hecho por israelíes en La Guardia hace 20 años. Mirad. Al principio está en inglés pero hacen entrevistas a la gente del pueblo y hablan en español. No tiene desperdicio a partir del minuto cuatro más o menos.
      https://www.youtube.com/watch?v=PKCu7T5aYkA
      Esto lo ven en el extranjero y se descojonan de este país. Normal, claro.

      Tampoco quería que mi texto quedase como anticatólico en exclusiva. En realidad versa sobre las incongruencias a las que a veces llevan los aspectos dogmáticos de las religiones en general. A ese respecto en cierta forma en Occidente somos “afortunados” pues hace tiempo que la Iglesia católica se encuentra en franca decadencia. A nivel de predicación ahora mismo son las iglesias protestantes sobre todo norteamericanas las que están tomando la delantera en cuanto a la predicación en América Latina o Asia. Por no hablar del Islam, claro. Hoy en día son otros credos los que están al ataque en expansión, la Iglesia está muy tocada, no en cuanto a su influencia en los gobiernos o medios de comunicación de muchos países, pero sí en cuanto a otros aspectos que dan vivacidad y capacidad expansiva a un credo. Tiene mala pinta para ella a cincuenta años vista. Muy mala.

      Como hay que ser equitativo repartiendo culpas en su momento, si continuo para entonces, dentro de muchos meses habría que dedicar una entrada informada y en profundidad a la génesis del Islam. Que es algo también muy divertido. Aquí obviamente la crítica se centra en la Iglesia que es lo que tenemos más cerca, pero el pensamiento religioso en sí mismo responde en todas las partes del globo a unas premisas que son muy endebles en todos los casos.

      En cuanto a la caridad, me resulta interesante anotar que en la actualidad muchas organizaciones terroristas islámicas o mafiosas, desde Heztbolá a los yakuzas o las mafias italianas, usan la caridad en particular en coyunturas de catástrofes naturales y similares para legitimarse y ganar aceptación social.

      A mi modo de ver la visión anglosajona del patronazgo o la de la caridad cristiana, la limosna musulmana… me resultan muy desagradables. Para empezar porque la limosna, la caridad, es humillante para el que la recibe que siempre queda en una posición inferior frente al que la otorga. La caridad no es una opción, una libre elección es una OBLIGACIÓN y como es una obligación es el ESTADO el que debe realizarla como algo automático mediante la redistribución social de una parte de la prosperidad colectiva. Eso nos lleva a Estados eficientes, establecidos sobre sociedades cohesionadas y sin grandes diferencias entre clases sociales o territorios donde operan buenos sistemas de cobertura social y donde la figura del limosnero, del benefactor que generosamente abre un comedor para pobres o una clínica de barrio con fondos privados y le pone su nombre o el de su mujer pues simplemente NO TIENE SENTIDO, porque como debe ser eso no hace falta y de hacer falta es una administración la que se encarga y no hay nada que agradecer o mendigar a nadie.

      La caridad apesta como concepto y todos los contextos sociales en que se ha expandido tenían de fondo problemas siempre, sirva como ejemplo el Siglo de Oro español, un momento en que seguramente hubo más donaciones caritativas en la historia de España. Pero porque el contexto era el ideal con un montón de piadosos nobles y abades castellanos abriendo conventos y repartiendo limosnas entre una miríada de picaros fingidos y menesterosos muy reales producto de una sociedad enferma de miseria y desigualdad.

      Yo quiero vivir en una sociedad donde la caridad no haga falta y de hacer falta no haya ni que pedirla porque la respuesta sea automática por parte de una administración eficiente, no de mi vecino que es muy generoso o de ninguna institución empeñada en vender junto con el mendrugo de pan de turno una ideología concreta sea religiosa o sea política.

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    2. La manipulación de las masas por parte de la minoría en el poder (que quiere acceder al poder), y por cualquier motivo (no sólo religiosos), es más fácil porque la estupidez humana es algo generalizado en cualquier época o lugar. Las masacres entre Hutus y Tutsis por ejemplo tienen mucho de ambas cosas

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  5. Vaya, vaya. Spieldberg prepara una película sobre Edgardo Mortara.

    http://hoycinema.abc.es/noticias/20160413/abci-spielberg-secuestro-edgardo-201604121841.html

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