viernes, 4 de abril de 2014

Pedos de dinosaurio


Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía?.

        Jorge Luis Borges 

¿El huevo o la gallina?, ¿aún usamos esa expresión?. Dada la abrumadora evidencia a favor de la teoría de la evolución debo hacer una declaración real oficial. La respuesta es, rotundamente, el huevo.

          Ian McShane en la fallida serie Kings, capítulo titulado “Goliath”.


  
Ante la llegada a las carteleras de cine del Noé de Aronofsky -película caracterizada por mezclar con el componente propiamente bíblico del mito elementos de los que podríamos calificar como “fumada con tintes de ecologismo new age”- se me ha ocurrido realizar un pequeño experimento.

Voy a dejar un tanto de lado anécdotas y recopilaciones de fotografías históricas para dedicar varias entradas sucesivas a poner en relación cuestiones de Geografía (campo que tengo por ahora totalmente postergado en el blog), Paleontología e Historia.

En esta primera entrada vamos a ver cómo diversos condicionantes del medio natural –particularmente el clima- han ejercido desde tiempos inmemoriales como jueces silenciosos de la evolución humana y más adelante, en menor medida, también como árbitros de la economía y la política en las primeras sociedades humanas. Repasaré asimismo algunos momentos clave de la historia durante los que el ser humano como especie estuvo al borde del abismo -sin intervención divina de por medio- debido a improbables cataclismos naturales. En ese sentido analizaremos un suceso que pudo perfectamente constituir la base histórica sobre la que se edificó más adelante el mito de Noe. Y muchas otras cosas. Pese a todo eso, o quizás debido a ello, probablemente esta primera entrada de la serie resultará la más “aburrida”, técnica o abstrusa de las tres que tengo en mente, pero es necesaria como introducción. Ustedes me perdonarán.

Por su parte, Las ciudades englutidas -la segunda entrada prevista sobre esta temática y que publicaré dentro de unos días- pondrá sobre la mesa unos cuantos ejemplos  de asentamientos urbanos del pasado (ubicados en el tiempo entre la Edad de los Metales y la Alta Edad Media) cuyos habitantes cometieron el error de alterar en exceso el precario equilibrio ecológico con el entorno natural circundante. 

Finalmente, más adelante, a lo largo de nuevas entradas subiré la apuesta y repasaremos casos donde fueron sociedades y civilizaciones enteras las que se atrevieron a desafiar, con catastróficos resultados, los límites impuestos por el medio geográfico en que se asentaban. En particular repasaremos algunas de las hipótesis de sesgo ecológico sobre el llamado "colapso maya" del s. IX, pero también visitaremos otros procesos igual de peculiares e interesantes.

Herbívoros y gases

Dicho todo esto vamos a entrar en faena. Antes de nada tenemos que meternos en la cabeza que las interacciones entre el medio geográfico propiamente dicho y la vida que alberga han sido siempre muy complejas e imprevisibles.  

En las primeras atmósferas terrestres no había prácticamente oxígeno y el hidrógeno, el helio y más adelante el nitrógeno fueron los elementos definitorios. Sin embargo llegado un determinado punto se produjeron varios hechos clave para que esa cubierta “reductora” que envolvía la superficie terrestre se transformase en un velo “oxidante” como el que hoy conocemos.  

Para empezar la fusión del interior terrestre provocó la desgasificación masiva de parte de las rocas de la superficie. Esto supuso la irrupción en la atmósfera de grandes cantidades de CO2 y vapor de agua junto con proporciones menores de otros gases. Tiempo después el planeta se fue enfriando, la temperatura en aquella primitiva atmósfera descendió por debajo de los 100º centígrados y a través de la condensación de los vapores antes mencionados se fueron formando los océanos. Por otro lado la mezcla de actividad volcánica, rayos ultravioletas procedentes del Sol y tormentas eléctricas en la atmósfera dio lugar a un “caldo” en que surgieron proteínas, ácidos nucleicos y, al final, por combinación de los elementos anteriores, aparecieron determinados tipos de bacterias anaeróbicas. Esos organismos en concreto fueron esenciales para la aparición de la vida porque no usaban oxígeno para hacer funcionar su metabolismo y, sin embargo, pese a ello lo producían a través de la fotosíntesis. Como consecuencia de lo anterior, poco a poco –durante 2.000 millones de años- el oxígeno fue esparciéndose por la atmósfera terrestre gracias a la acción de esas bacterias y de los propios océanos, hasta llegar a un porcentaje parecido al actual (más o menos una quinta parte de la atmósfera está formada por oxígeno siendo, eso sí, el nitrógeno aún el elemento mayoritario de esa mezcla de gases que llamamos "aire").  

A medida que el Oxígeno se expandió en la atmósfera terrestre también hizo su aparición el ozono (el cual no deja de ser una agrupación de tres átomos de oxígeno) elemento que formó la famosa capa encargada en adelante de proteger la superficie terrestre de los rayos ultravioleta. Esos dañinos rayos habían sido necesarios en un primer momento para sintetizar, como se ha mencionado, las primeras estructuras celulares aparecidas, pero una vez cumplido lo anterior se habían convertido en un problema ya que impedían el desarrollo sobre el planeta de organismos más avanzados, en concreto plantas y animales. Obviamente, gracias a la formación de la barrera protectora de ozono, ese tipo de formas de vida más complejas y avanzadas tuvieron el camino libre y empezaron a expandirse por el planeta, sobre todo a partir de hace unos 600 millones de años.  

Sin embargo, ya asentada la vida en el planeta Tierra y adaptada toda ella a un medio rico en oxígeno, surgió una amenaza. La roca recién empujada a la superficie a través de la formación de montañas puede actuar efectivamente como una especie de esponja, absorbiendo el gas de efecto invernadero. Ese proceso, mayormente desconocido e imperceptible para nosotros, parece haber sido muy importante como regulador atmosférico en épocas pretéritas. Por ello, si no se controlara de alguna manera, en esas épocas de una actividad tectónica particularmente intensa dicho drenaje desde la atmósfera a la roca superficial y de allí a las capas profundas del subsuelo reduciría por si solo los niveles de CO2 en la superficie terrestre a un punto límite. A eso habría que añadir además que las hojas de la vegetación también tienen capacidad para capturar CO2 atmosférico durante la fotosíntesis para acumularlo luego en troncos, raíces o en hojas que caen al suelo. 

     Al final ese drenaje que hoy en día puede parecer bueno, llevado al exceso en una atmósfera no contaminada, ya no lo es tanto porque el odiado dióxido de carbono tiene su función. En concreto sirve para que una parte del calor que se recibe del sol en forma de rayos infrarrojos sea absorbida por la atmósfera –normalmente ese calor sería irradiado de nuevo al espacio- con lo que se eleva la temperatura media del planeta. Eso es algo que hoy tenemos muy presente (debido a nuestra preocupación por el calentamiento global y los gases de efecto invernadero), pero como ningún exceso es bueno la hipotética ausencia de CO2 en la atmósfera haría que la temperatura de la superficie terrestre fuese de unos 30 grados centígrados menos.

    Debido a ello en el pasado lejano -sobre todo, como se ha dicho, durante épocas geológicas particularmente intensas en cuanto a la actividad tectónica o volcánica- la continua absorción del dióxido por parte de las rocas y/o el suelo de las masas vegetales hubiera podido sumir la Tierra en un invierno eterno tras unos “pocos” cientos de millones de años. Algo que, obviamente, hubiera supuesto un serio obstáculo para el desarrollo de la vida humana tal y como la conocemos pero que evidentemente no ha sucedido (ya que no son los pingüinos quienes gobiernan la Tierra). Pues bien, parece ser que una de las razones para que eso no sucediese fue que todo lo anterior se compensó mediante otro imperceptible e improbable proceso de signo opuesto, en concreto la ingesta de materia vegetal y la posterior emisión –sobre todo a través de pedos- de ingentes cantidades de metano por parte de los dinosaurios. Y pocas bromas, estamos hablando de que solo los saurópodos serían responsables de la emisión de más de 500 millones de toneladas de metano cada año, durante más de 130 millones de años. Es más, dicho flujo fétido probablemente no solo compensó la absorción de dióxido, por parte del entorno geológico, sino que además contribuyó a un primer gran calentamiento global del planeta que vino muy bien para la expansión del medio boscoso y de los primeros mamíferos. Incluso parece ser que los rumiantes actuales siguen introduciendo en la atmósfera terrestre unas 50 millones de toneladas de gases a través de sus pedos, pero éstos ya no son, obviamente, igual de necesarios.  

El meollo de este “rollazo” es sobre todo el ilustrar lo complicado del mecanismo de relojero que ha envuelto el proceso de evolución de la vida en el planeta. Eso puede llevarnos a pensar en la intervención de algo llamado "dios" o bien a reflexionar sobre el azar y la causalidad. Yo prefiero lo segundo. Miles de factores, algunos de ellos realmente extraños, interactuando entre sí durante millones de años, a veces de forma aparentemente caótica, hasta dar lugar a formas de vida progresivamente más complejas y desarrolladas cuya cumbre de sofisticación se alcanzaría con la irrupción del ser humano y particularmente de ese elemento de alta tecnología que es nuestro cerebro, en cuyo desarrollo tuvo mucho que ver la peculiar evolución del medio geográfico en África. Vamos a verlo y a intentar explicarlo siguiendo la lógica. 

East Side Story

Demos un salto en el tiempo para situarnos en África hace unos 6 millones de años. Por esa época el continente africano estaba cubierto de ecosistemas selváticos, llamados pluviselvas, básicamente bosques tropicales muy húmedos y frondosos poblados esencialmente por primates ancestros de nuestros gorilas y chimpancés.

En ese momento un movimiento tectónico trajo como consecuencias la elevación de una serie de cadenas montañosas en el Este de África en torno a lo que hoy conocemos como Gran Valle del Rift. Después de eso, mientras en el resto de África siguieron predominando las pluviselvas, en la estrecha franja costera entre el Gran Valle del Rift y el océano Índico empezaron a reducirse las precipitaciones. Lo que ocurrió fue que la nueva barrera  montañosa surgida en la zona empezó a actuar de pantalla impidiendo que los vientos cargados de humedad provenientes del Atlántico llegasen a esa estrecha franja costera africana al Este del continente (solo abierta desde entonces a vientos más secos procedentes del Índico).    

   A lo anterior, como se ha dicho, siguió una lógica disminución del régimen de lluvias en esa franja del Este de África, lo que conllevó a su vez la reducción progresiva del medio selvático en la región, evolucionando los ecosistemas de la zona hacia lo que se denominan como sabanas mosaico. Esas sabanas se caracterizan por la presencia de zonas boscosas aisladas -como oasis o islas de vegetación- en medio de un mar de llanuras de hierba.  

Finalmente, como consecuencia de todo esto, los grandes simios que poblaban África quedaron aislados entre sí en dos grupos de poblaciones. Los que siguieron habitando la zona occidental de las cadenas montañosas continuaron con su medio de vida arborícola y viviendo en grandes selvas. Debido a ello apenas evolucionaron y acabaron dando lugar a los gorilas y chimpancés que aún habitan en algunas de esas regiones. En cambio en la zona de África oriental esos mismos tipos de primates  tuvieron que adaptarse al nuevo medio más abierto y seco. Y adaptarse siempre implica cambios.  

Para empezar la nueva coyuntura obligo a dichos primates a desplazarse por el suelo durante largas marchas de cara a buscar alimento o trasladarse de unas zonas boscosas a otras. Con el tiempo eso colaboró a seleccionar entre aquellos primates las mutaciones o cambios anatómicos en pies, columna y caderas más favorables a la marcha bípeda ya que la capacidad de caminar erguidos y sostenerse sobre sus patas traseras durante tiempo prolongado se convirtió en la ventaja adaptativa que no era en medio de la selva (se perdía velocidad pero se ganaba facilidad para otear entre la hierba alta, menor exposición solar, ahorro de energía en trayectos largos y otra serie de cuestiones sobre las que diversos antropólogos aún discuten).  

Por supuesto la transformación explicada en el párrafo anterior implicaría al menos 2 millones de años, hasta la aparición de los llamados Australopithecus, un género o grupo de especies que serviría de intermediario entre la línea del chimpancé y la del hombre. Los Australopithecus constituirían así un primer modelo imperfecto de lo que vendría después, caminarían (de forma dificultosa) pero su cerebro todavía no se habría desarrollado demasiado como para permitirles fabricar herramientas (aunque esto último ha sido puesto en duda por algunos hallazgos más o menos recientes aunque poco clarificadores). 

Todo esto que he resumido en los párrafos anteriores constituiría la esencia de la teoría del East side story propuesta en 1994 por Yves Coppens. Como teoría explicaría por qué la mayoría de los grandes hallazgos arqueológicos de homínidos bípedos antiguos se han producido históricamente al Este del Gran Valle del Rift. El problema es que esa tendencia ha cambiado precisamente en las últimas dos décadas, período en que se han encontrado o estudiado definitivamente una serie de fósiles africanos pertenecientes a especies -o incluso géneros enteros- de supuestos homínidos ¿bípedos? y anteriores a los Australopithecus. Algunos de esos hallazgos proceden incluso de otras zonas distintas del Este de África y, por tanto, no asociados a ecosistemas abiertos, de hecho en algunos casos esos fósiles serían más antiguos que la famosa elevación del Rift africano.  

Por tanto, aunque todo esto que he contado más o menos encaja como razonamiento sobre el papel (y que los cambios climáticos y ecológicos de los que parte la teoría mencionada sabemos que ocurrieron), no está completamente claro que las cosas hubiesen sucedido exactamente de la forma que he explicado y que nuestros antepasados bípedos más remotos realmente fuesen habitantes de las sabanas. Como acabo de mencionar, hoy en día estamos al corriente de que hubo otros intermediarios anteriores en la cadena entre los chimpancés y los primeros miembros del género Homo además de los Australopithecus; y de hecho es probable que viviesen dentro de las frondosas pluviselvas. Eso complica la hipótesis de un origen del bipedismo propiamente dicho ligado al cambio ecológico y la expansión de los medios abiertos propuesta por Coppens.  

Robustos y gráciles, rumiar o masticar

Siendo así, ¿para qué he perdido el tiempo explicando una teoría que podría ser errónea?. Bueno, en primer lugar porque podría no serlo. Y, en segundo lugar, porque lo que está más o menos claro es que -independientemente del origen de la marcha bípeda (la cual por sí sola no nos convierte en humanos)- algún tipo de cambio ecológico parecido al expuesto en el punto anterior (y también ocurrido -probablemente- en el Este de África, o al menos cerca de esa zona) desencadenó hace millones de años más procesos clave que permitieron a nuestros ancestros lejanos evolucionar hacia lo que ahora somos. Así que, si se ha entendido lo explicado en el punto precedente, sin duda resultará más fácil entender este que ahora sigue.  

 Hemos visto como, por lo que sea, en un determinado momento los primates africanos empezaron a aprovechar su particular capacidad para andar encorvados o progresivamente erguidos y a la vez que eso ocurría modificaron sus hábitos de vida arborícola y su tipo de alimentación. Ahora hemos de entender como, tras liberar progresivamente sus extremidades delanteras, surgieron las manos como concepto y, en paralelo a lo anterior, se pusieron en marcha una serie de modificaciones anatómicas que llevaron al desarrollo del cerebro. Al final, gracias a esa combinación de bipedismo y desarrollo de la capacidad cerebral, pudieron surgir la habilidad para combinar manos y cerebro en la producción de tecnología o, más adelante, el lenguaje. Porque al final es la suma de lenguaje, capacidad de caminar erguido y de fabricar tecnología, lo que llevó a unos primitivos homínidos a dar el salto hacia algo nuevo, el estatus de humanos.  

Como digo todo eso tuvo que relacionarse en cierta forma con algún tipo de cambio ecológico que volvió necesario o al menos ventajoso adaptativamente todo lo anterior. De lo contrario ese tipo de nuevas estrategias y mutaciones anatómicas no se hubieran retroalimentado y multiplicado a lo largo de millones de años.  

Así que, aún si suponemos que la teoría del East Side Story no es cierta, debemos quizás fijarnos en otro suceso climático y ecológico de signo parecido parecido ocurrido también en el Este de África pero unos millones de años después.   

En concreto se supone que hace aproximadamente 2’8 millones de años volvieron a producirse oscilaciones climáticas en la mencionada zona esteafricana. Esos cambios tuvieron nuevas consecuencias -en la línea de las ya expuestas anteriormente- sobre la flora y fauna del territorio: se intensificó la sequía y se redujeron aún más los medios arbolados, con todo ello la sabana se generalizó definitivamente y para los primitivos homínidos se hizo necesario un nuevo salto evolutivo. Así pues entre los homínidos ya por entonces bípedos que habitaban la zona –los Australopithecus esencialmente- se dieron dos estrategias.  

Por un lado una rama de ellos sufrió una adaptación biológica que les llevó a adoptar corporalmente formas cada vez más “robustas” dando lugar a lo que se ha venido a denominar como Paranthropus (divididos en varias especies: P.Boisei, Robustus, Aethiopicus). Esos Parántropos eran un tipo de homínidos de talla grande entre los que destacaban rasgos como una mandíbula gruesa con un imponente aparato masticador así como algunos cambios en el estómago e intestino haciéndolo más largo y grueso. Todo eso nos habla de una especialización de la dieta hacia los alimentos más disponibles (pero también más difíciles de digerir) en esa difícil coyuntura: vegetales, granos y raíces. Para ello el organismo de algunos homínidos bípedos de la zona cambió en la línea de convertirlos en una especie de proto-rumiantes. En esencia ese grupo de especies experimentó una adaptación exclusivamente mediante cambios físicos frente a los nuevos ecosistemas de la zona (y los nuevos tipos de frutos y vegetales, en general más duros, que éstos proporcionaban). Con el tiempo dicha estrategia evolutiva se convirtió en una línea ciega y una vez que el medio al que se habían adaptado cambió nuevamente estos Parántropos desaparecieron más o menos en el millón y medio de años siguientes.  

Sin embargo, algunos grupos de Australopithecus evolucionaron en una dirección completamente diferente. En este segundo caso la selección natural no favoreció las mutaciones que consistían en cambios exclusivamente corporales sino que la lucha por los recursos empezó a favorecer el predominio de aquellos individuos que cambiaron sus estrategias alimentarias, sus comportamientos sociales y, en última instancia, se dotaron de herramientas; es decir aquellos que evolucionaron no solo biológicamente sino también culturalmente. En otras palabras, esta segunda línea evolutiva no se centró en desarrollar el estómago o la dentadura para adaptarse a un nuevo tipo de dieta basada en vegetales duros en vez de frutas. Lo que ocurrió es algunos homínidos simplemente empezaron a comer un tipo de alimento más fácilmente digerible y más nutritivo: carne (Raymond Dart llegó a hablar de “monos asesinos” aunque en realidad hoy sabemos que eran más bien carroñeros ocasionales). Es más, la evolución no escogió a los que poseían mutaciones en su dentadura o el estómago que favorecían esa estrategia sino que simplemente premió a los grupos -y no solo a los individuos- que empezaron a fabricar herramientas con piedras y a trasmitir ese conocimiento unos a otros de padres a hijos. Premió eso porque las herramientas eran mejores que unos colmillos más grandes de cara a triturar alimentos demasiado duros, ocasionalmente cazar otros animales, desgarrar su carne o romper los huesos de la carroña y obtener el nutritivo tuétano contenido en su interior. Además, si el bipedismo permitió liberar las manos esta nueva capacidad de modificar y usar las piedras y los huesos como armas aprovechó esa ventaja añadida y a su vez estimuló una nueva: el aumento del tamaño del cerebro.  

De hecho hay una teoría de Wheeler y Aiello que relaciona el consumo de la carne con el desarrollo del cerebro y la reducción del intestino. Se basa en que todos los organismos tienen un gasto energético que es la suma del gasto de los distintos órganos. Los órganos que más consumen son hígado, intestino, corazón y cerebro, por ello de cara a ampliar las capacidades de uno de estos órganos normalmente solo prosperan los cambios morfológicos que operan, precisamente, en detrimento de otro de esos órganos. Es un juego de suma cero a menos que el organismo en cuestión aumente drásticamente su capacidad de procurarse energía en forma de alimento.   

A ese respecto el consumo de carne –un producto de alta calidad energética y absorción rápida- permite una reducción del intestino y, en consecuencia, del gasto energético que solo así pudo ser trasladado al cerebro (un órgano "caro" y voraz como el motor de un Ferrari; supone apenas el 2% del peso del cuerpo pero consume el 20% de la energía corporal). Justo lo contrario de la estrategia que la evolución escogió para los Parántropos, quienes optaron por un resistente Land Rover, e "invirtieron" en su estómago e intestino, algo que les permitó asimilar los alimentos más disponibles en la nueva coyuntura ecológica pero, a la larga, los convirtió en organismos poco adaptables y con escaso potencial evolutivo.

    Todo esto no quiere decir que el cambio hacia una dieta carnívora produzca automáticamente un aumento del tamaño del cerebro (de otra forma los grandes felinos serían animales inteligentísimos, y no lo son), lo que significa es que era necesario que nuestros antepasados lejanos se hicieran carnívoros para poder ser inteligentes. Por el contrario, el profundizar en la dieta herbívora, como los Parantrópos (lo cual requería invertir energéticamente sobre todo en el intestino), volvía prácticamente imposible que nuestros ancestros de hace millones de años aprovechasen de forma plena su potencial evolutivo para desarrollar su cerebro y volverse cada vez más inteligentes (espero que no se sienta molesto al descubrirlo si es usted vegetariano).  

Mediante esta lógica, además, hemos de suponer que las grandes expansiones cerebrales en nuestra evolución se darían cuando empezamos a comer carne cruda habitualmente y, más adelante, cuando empezamos a usar el fuego para cocinar la carne, lo cual parece corroborarse con lo que se observa en el registro fósil.  

La nueva dieta omnívora de nuestros antepasados remotos les ayudó además a sobrevivir con unas mandíbulas poco trituradoras y eso a su vez, a la larga, favoreció la configuración de un rostro (una cara) con gran expresividad. Observemos que unas manos cada vez más libres y más polivalentes y una boca que gana en movilidad a la vez que ayuda a reconfigurar la cara son elementos necesarios para empezar a disparar las habilidades comunicativas. Así algunos investigadores señalan que bipedismo, encefalización creciente, aparición de la tecnología y lenguaje serían cambios profundamente interrelacionados.   

Cuando todos los elementos anteriores se pusieron en marcha los grupos de homínidos más exitosos empezaron a evolucionar socialmente, dejando de ser manadas tal y como las entendemos. Eso fue casi inevitable debido a un problema. A medida que el hábitat cambió, haciéndose más seco y disminuyendo la presencia de árboles y de alimentos fácilmente accesibles, las madres ya no tenían una disponibilidad suficiente de comida en el entorno inmediato como para que los bebés destetados se alimentaran solos (la carne no es tan fácil de conseguir o ingerir como la fruta). Por si fuera poco cuanto más complejo se hacía el cerebro de los individuos, más tiempo de cuidados necesitaban las crías pequeñas de la especie para alcanzar una cierta autonomía (el cerebro humano es un arma de gran calibre pero su punto débil es que es un "sistema operativo" tan complejo que tarda años en poder ser "cargado" y estar listo para usarse con eficiencia; por el contrario una adorable pero estúpida cría de ñu ya es capaz de ponerse de pie al poco de ser parida y puede valerse por sí misma al cabo de semanas, aunque luego eso tiene la contrapartida de que durante el resto de su vida adulta su cerebro añade pocas más habilidades a lo anterior). Todo gran poder conlleva una debilidad. 

La solución al problema anterior era sin duda el seguir alimentando y enseñando a los hijos bastantes años incluso después de que fueran destetados, algo impensable en otras especies animales. Las adaptaciones necesarias para ello llevaron probablemente al surgimiento de algo parecido a las primeras familias nucleares, lo cual permitiría cuidar por más tiempo a las crías. Eso al menos daba al cerebro de las crías más tiempo para desarrollarse y poder aprender las técnicas para fabricar tecnología progresivamente más complicada a la vez que para usar un lenguaje más sofisticado de cara a comunicarse. Comenzaba así una acumulación y trasmisión creciente de información que llevó al nacimiento de la primera cultura como tal. Todo en la línea de lo que requería esta estrategia evolutiva (basada en la sofisticación de las formas de actuar de los grupos y no solo en los cambios puramente morfológicos de los individuos). 

En resumen, de una forma u otra, el cuerpo de estos homínidos cada vez más desarrollados también cambió, como el de los Parántropos, pero lo hizo más que para adaptarse al clima para hacerlo a las necesidades que requería la nueva estrategia vinculada a la evolución del cerebro y a un mayor aprovechamiento de las manos. Por así decirlo mientras los Parántropos intentaron adaptarse modificando esencialmente su hardware, la evolución quiso que los Australopithecus sumaran a lo anterior, incluso priorizándola, la actualización de su software. Fue un giro copernicano. Tras eso, la adaptación al medio de nuestros ancestros ya no sería solo física sino que implicaría transformaciones en las estrategias sociales y en las pautas culturales.  

Esto último se demostró como un enfoque tremendamente eficaz y versátil frente a los cambios ecológicos dentro del mismo hábitat o, incluso, entre hábitats diferentes. Si el clima se volvía húmedo de nuevo ya no había que esperar millones de años para acomodar nuevamente el organismo de la especie a través de mutaciones sino que mediante cambios a voluntad en el utillaje lítico -de cara a ajustarlo frente a las nuevas necesidades proyectadas por cada nuevo entorno- se podían ganar unos miles de años frente a la pura evolución genética. Por otra parte eso mismo podía usarse para colonizar el resto de ecosistemas y continentes del planeta, fuesen cuales fuesen los desafíos que presentasen. Ningún otro animal puede hacer eso porque, por muy inteligentes que algunos hayan demostrado ser, en todos los casos sus organismos están habituados a nichos ecológicos más o menos concretos mientras que el ser humano no necesita esperar a que su organismo se adapte (si puede) al medio sino que es capaz de producir a voluntad "gadgets" adecuados para responder a los desafíos que se le presentan. De hecho gracias a ello, más adelante, el Sapiens se convirtió en la primera especie animal que logró alcanzar una presencia global en todos los rincones del planeta. 

Por todo esto esa línea evolutiva que he intentado esbozar se demostró como la línea “buena”, la que lleva hasta nosotros. Por supuesto existen otros tipos de animales que se han demostrado capaces de emplear formas de comunicación sofisticadas o manipular herramientas. Pero ninguna especie ha mostrado la capacidad de combinar de forma sistemática y masiva ambos rasgos al servicio de transmitir de generación en generación un corpus de conocimientos o “cultura” exponencialmente creciente. Y eso a su vez ha impedido que cualquier otra especie animal distinta del hombre  experimentase en el pasado un aumento suficiente del tamaño y sobre todo de las ramificaciones y cavidades internas del cerebro (el tamaño del cerebro no es lo más importante sino su “sofisticación interna” y el tamaño relativo respecto al resto del organismo). 

Nacería así hace unos dos millones de años el género Homo y su primera especie, el Homo hábilis, derivado de alguna de las especies de Australopithecus de tipo grácil - aunque se discute de cual en concreto entre las diversas posibilidades- y caracterizado por todo esto que se ha detallado en los párrafos anteriores. Lo interesante es que todo empezó, como he intentado explicar, entre hace seis y dos millones de años más o menos, probablemente en torno al Este de África o en regiones próximas a dicha zona, y debido a algún tipo de cambio climático hacia una mayor sequedad el cual puso en marcha la cadena de fichas de dominó. Quedan dudas (algunos hallazgos recientes en el Sáhara plantean que tampoco está claro el que el uso de herramientas comenzase en las zonas esteafricanas) pero la mejor explicación que tenemos a día de hoy es probablemente la que he resumido aquí. La moraleja es que, en el fondo, el ser humano es hijo del cambio climático espontáneo (y tal vez un día, sería paradójico, se extinga por otro cambio climático en este caso provocado por él mismo y su tecnología, en un primer momento gran aliada del hombre y hoy potencial fuente de peligro).  

Faltó un pelo

Sin embargo, en cuanto a la interacción entre el medio geográfico y el ser humano, quizás nos interesen más los momentos límite en que el futuro de la especie estuvo en el alambre por sucesos parecidos al del famoso meteorito que hipotéticamente estuvo detrás de la desaparición de los dinosaurios. A ese respecto hubo al menos dos momentos clave en nuestra historia.  

El primero de ellos coincide con la llamada “catástrofe de Toba”, una erupción volcánica con importantes consecuencias ecológicas ocurrida hace unos 75.000/70.000 años.  

Para ubicar lo que significó vamos a explicar el contexto. En el planeta Tierra se han documentado hasta ahora cinco grandes “edades de hielo” caracterizadas por la caída masiva de las temperaturas. Esos cinco grandes períodos fríos se distribuyen a lo largo de diversas fases durante los últimos 2.400 millones de años y en concreto el último de ellos coincide más o menos con los dos últimos millones de años. Esos dos últimos millones de años -que son clave para la evolución y expansión humana por el planeta- han alternado momentos de extremo frío y otros más cálidos llamados períodos interglaciares (técnicamente ahora estamos dentro de uno potenciado al extremo por la propia acción humana durante el último siglo ya que en realidad lo habitual en nuestro planeta, al menos durante el Cuaternario –nuestro período geológico actual–, es el frío y no el calor). 

En concreto los subperíodos glaciares de frío extremo han sido también cinco durante los dos últimos millones de años.  El más crítico de todos fue el último, el que en España conocemos como período glaciar Würm durante el cual extensas zonas de la superficie terrestre, sobre todo en el Hemisferio Norte, fueron ocupadas por casquetes de hielo a la vez que disminuía la superficie de océanos y mares. Dicho período glaciar se extendió desde hace unos 110.000 o 100.000 años  hasta hace unos 12.000. El frío llegó a ser tal durante la mayor parte de esos años que los humanos aprovecharon esta glaciación para hacer su paso desde Asia hacia América por el estrecho de Bering, entonces congelado, y quizás también para ocupar otra serie de territorios como Indonesia aprovechando el que los océanos se habían retirado de muchas zonas actualmente sumergidas (ya que no recibían tantos aportes de agua como hoy en día porque por entonces el agua de lluvia se acumulaba en los glaciares que cubrían gran parte del planeta). De hecho por entonces Inglaterra no solo se hallaba cubierta de hielo en su mayor parte sino también unida al resto de Europa –supongo que para disgusto de los Neandertales británicos- ya que el Canal de la Mancha se había vuelto transitable a pie debido a todo lo anterior. 

Pero, una vez dibujado este paisaje volvamos al meollo del asunto, el evento Toba. Toba fue una megaerupción volcánica cuyo centro se situó en lo que hoy es un lago (un cráter lleno de agua más bien) de la isla de Sumatra en Indonesia. Dicha erupción fue tan violenta y masiva que es muy posible que los gases liberados tapasen la mayor parte del cielo del planeta durante los 5 o diez años siguientes, provocando durante ese tiempo un invierno continuo al más puro estilo Juego de Tronos. Algunos expertos plantean simulaciones que de hecho extenderían ese período de invierno artificial causado por los gases resultantes de la explosión a un período de decenas o incluso cientos de años, aunque esto último parece excesivo. En cualquier caso lo que está claro es que durante los años inmediatamente siguientes a aquella megaexplosión la temperatura global en el planeta descendió entre 3 y 15 ºC. Igual no parece para tanto pero recuerden que por entonces aunque el ser humano dominaba el fuego no había aún calefacciones o forros polares y que, como he intentado explicar más atrás, el planeta se hallaba por entonces inmerso en un período glaciar ya frío de por sí. La consecuencia de lo anterior fue un cuello de botella en la evolución del género humano.  

Vamos a ver. Se calcula que hace un millón de años sumando los antepasados más o menos directos de los humanos modernos y también todas las otras especies de homínidos bípedos emparentadas por entonces con ellos (aunque luego se extinguiesen) la resultante serían unos 25.000 “habitantes” del género Homo en todo el planeta Tierra. Y no parece que esas cifras creciesen demasiado para las fechas de la catástrofe de Toba. Llegados a esos momentos críticos el Homo Sapiens había aparecido en África y se encontraba saliendo de aquel continente para colonizar el resto del planeta (aunque en Europa y Asia existían poblaciones de otras especies humanas emparentadas). Pues bien, sumando a todos los Sapiens más el resto de especies humanas que por entonces existían en el mundo (los Neandertales en Europa por ejemplo) es muy posible que por efecto de la catástrofe de Toba y los años o décadas de extremo frío subsiguiente la “población” humana del planeta se redujese a menos de 10.000 individuos en total. Y esto no es ya pura especulación, hay análisis genéticos que nos hablan de que los genes actuales proceden de un grupo extremadamente reducido de individuos; existen diversas explicaciones para ello, pero el “cuello de botella” poblacional seguramente provocado por la catástrofe descrita podría ser una de ellas. Un ejemplo apoyando ese tipo de hipótesis lo tenemos la erupción del volcán Laki en Islandia en 1783. La ceniza y el humo expulsado durante los ocho meses que duró esa erupción mataron a la mitad del ganado de la isla y a medio plazo una quinta parte de la población murió producto de la hambruna y la inhalación de dióxido de azufre. Y hablamos de una erupción "moderada" en una época en que la tecnología humana para generar alimentos y enfrentarse a estas situaciones ya era apreciable. Imaginemos ahora los efectos de una megaerupción en una época donde las viviendas o la agricultura no eran conocidas.   

Por tanto ¿se dan ustedes cuenta de que, si la hipótesis de Toba es exacta, faltó un pelo para que todo cambiase, nos extinguiésemos y la especie humana acabase ocupando un lugar marginal en la historia del planeta Tierra?.  

Y la cosa no acabó ahí. Vamos ahora a situarnos hace unos 40.000 años. Los humanos nos habíamos recuperado de la crisis ocurrida hacía unas docenas de miles de años. Europa estaba habitada todavía por los Neandertales, los cuales empezaban a tener que repartirse el continente –a las buenas o a las malas- con los Homo Sapiens quienes, a su vez, empezaban a llegar a este continente cada vez en mayor número procedentes de África (a través de Oriente Medio y el Cáucaso sobre todo).    

Pues bien, en ese momento la “catástrofe de Toba” se reprodujo a pequeña escala y esta vez con Europa y no con Asia como protagonista. Fue el momento de la Campanian Ignimbrite, otra supererupción volcánica, aunque en este caso de menor magnitud, que tuvo como epicentro el Sur de Italia. Esta vez el impacto no fue global y se concentró sobre todo en las poblaciones del área Mediterránea, Anatolia y la cuenca del Mar Negro. En todas esas zonas nuevamente el clima se hizo (aún) más frío y además se produjo el típico efecto en cadena: los herbívoros se morían por las bajas temperaturas, los carnívoros no encontraban sificientes presas y todo esto a su vez dejaba sin comida a los humanos del entorno. Por ello es posible que la nueva coyuntura fuese culpable de exacerbar el enfrentamiento por los recursos entre los dos tipos de humanos del período: Sapiens y Neandertales.  

Pero aunque no fuese así. Tras la erupción y la consiguiente bajada de las temperaturas (entre dos y cuatro grados promedio en el año siguiente a la erupción) por todo Europa el bosque se fue transformando en una especie de tundra. Los Neandertales estaban acostumbrados al frío pero eran cazadores de proximidad, especialmente adaptados a las condiciones de bosque y con una tecnología basada en armas cortas con lo que en la nueva coyuntura se encontraron con unas nuevas condiciones cada vez peores para su supervivencia. Los recién llegados humanos modernos en cambio procedían de terrenos africanos más abiertos y debido a sus costumbres y también a su mejor tecnología seguramente eran capaces de cazar sus presas a mayor distancia usando lanzadores o a través de trampas y batidas más complejas que las desarrolladas por la cultura Neandertal (además los humanos modernos sabían fabricar arpones y pescar, en los ríos, algo que probablemente no sabían hacer, al menos tan bien, los Neandertales).  

Fuese por una u otra razón lo que está claro es que los Neandertales no superaron este último desafío. Hoy sabemos que los Neandertales europeos antes de extinguirse ya poseían una variabilidad genética muy escasa y después de todo lo narrado en los párrafos anteriores se desvanecieron de la Historia hace unos 30.000 años (apenas unos 15.000 años después de haber entrado en contacto con los Sapiens). De hecho en algunas zonas de Europa se extinguieron antes de entrar en contacto con los Sapiens. Podemos por tanto imaginar un escenario en que los eventos que siguieron a las dos erupciones volcánicas mencionadas dejaron muy tocadas numéricamente sus filas. Grupos más reducidos y aislados cada vez llevaron a la endogamia, la endogamia a una variabilidad genética escasa y al final las dificultades para adaptarse al último período de enfriamiento en su entorno, la competencia con los Sapiens -o quizás nuevas enfermedades traídas por éstos que la reducida reserva genética de los Neandertales no pudo combatir- acabaron con ellos.  

Utnapishtim en el Ponto

Después de esa desaparición de los Neandertales solo quedó una especie humana en el planeta. Pese a ello el género humano (representado ya en exclusiva por los Sapiens) ha acabado convertido en el único que logra adaptarse al medio no a través de modificaciones evolutivas en su físico sino cambiando a voluntad su entorno en vez de ello, usando para eso herramientas y luego transmitiendo esos conocimientos acumulados en forma de cultura a través del lenguaje. El hombre es un animal que para adaptarse al frío, al calor, a los cambios en los alimentos disponibles… ya no necesita imperativamente –a diferencia de otros  seres vivos- adaptar su físico sino que, al revés, es capaz de desarrollar vestidos, viviendas. E incluso llegado a un punto el hombre ha logrado ser capaz de modificar a su antojo los animales y las plantas compitiendo, incluso en ventaja, con la propia naturaleza. Esto puede llevarnos al desastre, pero en su momento sirvió para traernos hasta aquí.  

Quizás ese último fue el punto de no retorno definitivo, el que nos coloca fuera de los procesos de evolución y selección natural que afectan habitualmente al resto de seres vivos.  Pero en su momento la domesticación de otros animales y la modificación consciente de especies vegetales tuvo, una vez más, mucho que ver con el aprovechamiento de una coyuntura climática favorable y las posibilidades que el medio natural nos ofrecía. Esa coyuntura surgió al final del período frío y de glaciaciones, cuando se produjo la extinción de la famosa megafauna cuaternaria adaptada al frío, compuesta por los animales típicos que asociamos con la Prehistoria (mamuts, tigres dientes de sable, osos de las cavernas, etc.) y poco después la llegada del período cálido Holoceno (en el cual nos encontramos) hace unos 12.000 años. Aunque, todo sea dicho, en estos últimos 12.000 años ha habido algunos períodos de enfriamiento por lo general han sido como mucho de un siglo de duración, apenas nada en la escala geológica.  

Pues bien, esa evolución climática hacia el Holoceno es lo que permitió sobre todo el descubrimiento, desarrollo y extensión por el planeta de la agricultura y en base a ella el inicio de un crecimiento demográfico ininterrumpido de la especie humana (crecimiento que llega hasta hoy), la aparición de las primeras ciudades y, en definitiva, la eclosión de la civilización humana tal y como la conocemos.  

Desde ese momento el cuerpo humano ha sufrido pocas modificaciones para adaptarse a la evolución del medio natural (tampoco ha dado tiempo). En cambio nuestra cultura, nuestra tecnología y nuestras estrategias productivas y formas de vida sí que han pasado a sufrir procesos acelerados de selección natural en función de los condicionantes y cambios en el clima y el entorno geográfico. Por tanto el clima y los cataclismos han seguido guiando nuestra evolución como especie pero a través de caminos más tortuosos que durante el proceso de hominización propiamente dicho.  

De hecho hacia el 6.500 antes de nuestra era (a.n.e.) la fusión del casquete glaciar Laurentino en Canadá posiblemente estuvo detrás de que las aguas del Mediterráneo se adentrasen en la depresión del lago Euxino, el cual pasó a convertirse en un lago mucho más grande, embrión del actual Mar Negro. Además, durante los aproximadamente mil años siguientes continuó la progresiva retirada de los grandes glaciares procedentes de la última edad del hielo en el Hemisferio Norte, todo ello por efecto del definitivo aumento de temperaturas que supuso la llegada del Holoceno. Consecuentemente el nivel de las aguas no dejó de subir, anegando costas en todo el globo, al trasvasarse todo esa agua -antes acumulada en forma de hielo- desde los glaciares continentales a los mares y océanos.  

Entre otras muchas cosas que ocurrieron como consecuencia de lo anterior la cuenca del Mar Negro se hizo más y más grande y, consiguientemente las poblaciones que vivían en los márgenes del inicialmente pequeño lago que había en su centro fueron desplazadas. Muchas de ellas se movieron hacia el Oeste hecho que estaría detrás de la difusión de la agricultura hacia el por entonces pobre y subdesarrollado continente europeo. 

Poco a poco grupos epipaleolíticos, probablemente balcánicos, entraron en contacto con grupos de recién llegados conocedores de nuevas técnicas de cultivo. El grano, el ganado o la cerámica empezaron o bien a extenderse a lo largo de la costa mediterránea y también a penetrar en el interior del continente Europeo desde los Balcanes siguiendo el curso del Danubio. Todo ello asentó el sustrato sobre el que surgirían más adelante las primeras civilizaciones relevantes propiamente europeas.  

El asunto es que, si buscamos algún tipo de base histórica para el mito del Diluvio Universal, esa súbita elevación de la línea de costa del Mar Negro combinada con lo que se ha dado en llamar el Black Sea Deluge podría ser la clave. Al parecer en el 5.600 a.n.e. más o menos el Mar Negro sufrió otro proceso de crecimiento acelerado, parecido al experimentado unos siglos antes pero más traumático aún. Por entonces lo que ya era un simple lago de agua dulce pasó a convertirse en el mar interior que es hoy en día. No hubo grandes lluvias implicadas. Simplemente los glaciares alpinos acabaron prácticamente de deshelarse del todo, esto elevó el nivel del Mediterráneo y a la altura del Bósforo sus aguas se desbordaron y penetraron en el Mar Negro. Hasta entonces el Bósforo era un pequeño paso por donde fluía agua dulce desde el Mar Negro al Egeo. La subida del nivel del Mediterráneo produjo una inversión repentina del flujo y por el estrecho empezó a penetrar un torrente de agua salada procedente del Mediterráneo con una fuerza equivalente a 200 veces las cataratas del Niágara. El nivel del agua en la cuenca del Mar Negro subió 150 metros en unos pocos años y eso supuso la inundación de más de 150.000 kilómetros cuadrados dando lugar a las fronteras definitivas que hoy conocemos para esa masa de agua. Esto no solo ocurrió por entonces en esta región sino que las costas de otras zonas como Groenlandia sufrieron procesos parecidos, pero en las zonas limítrofes al Mar Negro seguramente los asentamientos humanos eran particularmente abundantes y tuvieron que verse muy afectados. 

    A medida que en el curso de unos pocos años el agua subía y subía de nivel, cubriendo lo que antes era una llanura,  seguramente las poblaciones de la zona asentadas allí  emigraron en todas direcciones. Hemos visto lo que pasó con las que quizás se movieron hacia los Balcanes durante el primer proceso de crecida en la zona, más lento, ocurrido en torno al 6.500 a.n.e. Pero imaginemos que mil años después otras poblaciones del Norte de la actual Turquía tuvieron que enfrentarse a un desbordamiento mucho más rápido y mayor. Debido a ello emigraron hacia el Sur y acabaron trasmitiendo oralmente un mito progresivamente magnificado que no dejaba de ser una metáfora de aquella catástrofe. Imaginemos además que luego los sumerios fijaron por escrito esa leyenda distorsionada por el paso del tiempo. Finalmente un mito sumerio acabó inspirando -esto sí lo sabemos positivamente- el Antiguo Testamento en los pasajes relativos a Noé. Hasta hace unos años se había intentado explicar racionalmente el mito de Noé aludiendo a la memoria distorsionada de posibles desbordamientos del Tigris y el Éufrates durante los comienzos del Neolítico en la zona. Pero esta parece una explicación mucho mejor.
   
Incluso más allá de ese caso concreto, la generalización por todo el globo de ese proceso de elevación de la línea de costa hace miles de años -cuando los glaciares del Pleistoceno se derritieron con la llegada del calor a medida que avanzaba el Holoceno- explicaría la existencia en múltiples lugares del planeta de diversos mitos del diluvio. A fin de cuentas muchas zonas que eran llanuras hace 14 o 15 mil años pasaron a quedar anegadas o convertirse en islas hace cinco o seis mil años. Si bien el proceso no fue repentino -duró siglos o milenios- y por tanto no constituyó una inundación traumática propiamente dicha es posible que el desplazamiento de poblaciones que obligatoriamente tuvo que implicar dejase huella en relatos orales transmitidos por primitivos chamanes y luego esa memoria fuese integrada en forma de mitos por los sacerdotes de las primeras religiones organizadas. De lo oral a lo escrito distorsionándose la realidad a lo largo de los miles de años de trayecto. 

 A su vez el progresivo asentamiento de este tipo explicaciones pragmáticas entre la comunidad científica no se encuentra exento de cierto carácter irónico. Al fin y al cabo uno de los primeros estudiosos de la paleontología y la geología que propuso la implicación de los glaciares y su deshielo en este tipo de procesos fue William Buckland (1784-1856) ya en el s. XIX. El caso es que el bueno de William también era pastor anglicano, teólogo creacionista, tuvo nueve hijos y su obsesión con el mito de Noé era tan grande que llegó a vivir en una casa a imitación del arca donde acumulaba animales. Sin duda un ejemplo más de cómo es posible hacer convivir razón y fe sin caer en la esquizofrenia por mucho que se contradigan entre sí.

El enigma del acero
    
Por otra parte, saliéndonos ya de estas cuestiones menores, si aceptamos que la economía condiciona la política y que -sobre todo en épocas pretéritas basadas en economías cazadoras o agrícolas muy simples- el clima condicionaba la obtención de recursos, entonces debemos concluir que el clima a su vez ha condicionado una parte de la política humana en el pasado. Al menos en épocas, como se ha dicho, donde la tecnología y las estructuras productivas poseían pocas herramientas para enfrentarse a ese determinismo. Malas cosechas, sequías, han puesto contra las cuerdas docenas de dinastías y causado innumerables guerras a lo largo de la Historia.  

Por ejemplo, en torno al 2.200 a.n.e. un fenómeno parecido al de El Niño en Sudamérica disminuyó las lluvias en las montañas etíopes, precisamente donde se encuentran las fuentes del Nilo Azul -uno de los dos afluentes principales a partir de los cuales nace el Nilo- lo que, a la larga tuvo que mermar las crecidas del gran río y, con ellas, la producción agrícola en Egipto. Si esto contribuyó a poner en entredicho o socavar a su vez la propia autoridad del faraón no lo sabemos, pero puede que no sea casualidad que poco después Egipto cayese en una situación de caos y crisis social interna conocida como Primer Periodo Intermedio.    

Pero esa lógica no solo parece presente tomando como ejemplo fenómenos coyunturales, catástrofes muy puntuales. De hecho es en la escala del “tiempo largo”, décadas o siglos, donde resulta más evidente esa influencia.  

Otro ejemplo, mirando esta vez hacia la historia de China. Hace años un estudio sobre las variaciones en la composición de oxígeno de una estalagmita preservada en una cueva del Noroeste del país publicado en la revista Science permitía extraer conclusiones sobre la evolución histórica de las precipitaciones en esa zona de China. Será casualidad o no pero la caída de tres grandes dinastías de la historia china, la Tang en el s. X, la Yuan en el XIV y la Ming en el XVII resulta que al parecer coincide con períodos muy secos en que el monzón sopló de forma débil hacia el interior disminuyendo drásticamente las precipitaciones (y consecuentemente la producción agrícola de arroz). Algo parecido a lo que ocurrió más al Sur con el imperio Khmer al comienzo de su declive en el s. XIV.  

Y termino este supongo que aburrido artículo para profanos describiendo un último fenómeno paleoclimático condicionante que puede –o no- haber sido quizás el más decisivo en los últimos milenios de historia humana.  

Veamos. La circulación atmosférica y consiguientemente el clima en el bloque geográfico y humano que conforma Eurasia está determinado en gran medida por la dinámica de choque entre dos grandes masas de aire.  

Por un lado las masas de aire cálido (obviamente seco) que provienen del Sahara y Arabia, las cuales tienen tendencia a desplazarse hacia el Norte penetrando en el interior de Eurasia (en cierta forma operan como un globo de aire que cuanto más se calienta más sube, solo que en este caso desplazándose por el contorno terrestre hacia el Norte geográfico). Por otro lado las masas de aire frío -de Escandinavia y Siberia- que tienen tendencia a bajar hacia el Sur y chocar con las que las anteriores masas de aire cálido cuando esa dinámica hace a unas "bajar" demasiado y a las otras "subir" hasta latitudes inusuales.  

A corto plazo el régimen de lluvias en un territorio concreto de Eurasia puede relacionarse por ejemplo con la proximidad al mar, la época del año o la existencia de cordilleras costeras que impidan la llegada de precipitaciones. Pero en regiones clave, en concreto las grandes llanuras que se desparraman entre Europa Central y Mongolia -y pensando no en el tiempo que hará mañana o del mes que viene sino en términos de décadas o siglos- entonces el clima, y en concreto un aspecto muy importante del mismo como el régimen de lluvias, tiene mucho que ver con la facilidad de las masas de aire frío provenientes del Norte para "bajar", como se ha explicado, hacia el centro de Eurasia sin chocar con las masas de aire cálido y seco que confluyen hacia ellas precisamente desde el Sur.

    Por si esto fuera poco complicado de explicar además se relaciona con otro proceso que también influye en el régimen de lluvias en el interior de Eurasia. En concreto todo lo que he explicado en los párrafos anteriores determina la capacidad de las masas de aire húmedo procedentes de fuera de la masa continental -sobre todo las borrascas provenientes del Atlántico- para penetrar por el “corredor” existente entre las regiones de aire frío al Norte y las masas de aire cálido procedentes del Sur. Si estas dos últimas penetran mucho en el interior de los continentes y chocan en el centro de Eurasia entonces no dejan un corredor central vacío para que las masas de aire oceánicas transiten por él y trasladen su extra de precipitaciones desde el océano hacia el centro de la masa continental. 

Para que se entienda. En general de cara a que se produzcan unas lluvias abundantes en regiones como las llanuras de Asia central o Rusia es importante que las masas de aire frío provenientes del Ártico, así como las de aire húmedo procedente del Atlántico y el Norte del Pacífico, tengan vía libre para penetrar hacia el interior de Europa y Asía sin ser molestadas por masas de aire muy recalentado procedentes del Sahara, Arabia o el Golfo Pérsico que "suben" hacia el Norte y obstaculizan el recorrido de las otras masas de aire.

   Respecto a esto último hay que tener en cuenta además que algo que determina el calentamiento y consiguiente "subida" de las masas cálidas de aire mencionadas es el nivel de actividad solar que reciben (también influyen a largo plazo la excentricidad de la órbita terrestre o la inclinación del eje de la Tierra). La actividad solar sin embargo presenta fluctuaciones según épocas. Aunque esas variaciones suelen influir poco en las zonas subárticas donde los rayos llegan de soslayo no así en la zona de los Trópicos. Por tanto en siglos de fuerte actividad solar promedio las masas de aire cálido del Sáhara y Arabia se recalentarán más y más frecuentemente (como un globo lleno de aire iluminado por una lupa), consiguientemente tendrán más tendencia a desplazarse hacia el Norte y a bloquear el corredor de “aire limpio” que existe entre ellas y las masas de aire frío polar. Al hacerlo las masas de aire frío no pueden desplazarse hacia latitudes bajas ni las aire húmedo penetrar hacia el interior del bloque euroasiático. Eso significa sequía en zonas interiores de Eurasia. Y sequías terribles, no coyunturales sino estructurales, de meses, años y hasta décadas de duración. 

    En el pasado si había sequía los pueblos de la estepa se quedaban sin buenos pastos para sus rebaños. Consiguientemente buscaban desplazarse a los territorios ricos cercanos, sobre todo cuencas de los grandes ríos de Europa occidental, Oriente Medio y China. En esas segundas zonas es donde históricamente se documentan los tradicionales grandes núcleos de diversas civilizaciones compuestas por pueblos más sedentarios y civilizados que los nómadas de las estepas.  

Si uno lo piensa en gran medida esta lógica cíclica de actividad solar, masas de aire y sequías derivadas, coincide bastante bien con los incesantes ciclos de invasiones de pueblos como los hunos, los turcos, los mongoles y muchos otros antes que ellos (desde diversos pueblos indoeuropeos hasta los partos o los escitas, etc.) que ya desde épocas muy tempranas dieron forma a la historia humana en la parte del planeta que más suele interesarnos. De esta forma en épocas de crisis de recursos los pueblos nómadas del interior de Eurasia -poco civilizados, desesperados, salvajes, sin nada que perder- irrumpen en las zonas templadas y ricas donde se asientan culturas urbanas, las conquistan, edifican un imperio, a continuación sigue un período de paz y estabilidad durante el cual los nómadas se sedentarizan, aculturan y debilitan al adoptar las costumbres de la vida civilizada. Tras eso el ciclo vuelve a empezar y un nuevo pueblo más bárbaro y desesperado irrumpe a su vez en los márgenes del imperio de turno en busca de recursos. Pues bien podemos ver como este ciclo ininterrumpido de invasión y lucha periódica entre bárbaros y civilizados de Eurasia se extendió más o menos desde una fecha indeterminada entre el 5.000 o el 2.000 a.n.e. hasta finales del s. XV y quizás tuvo mucho que ver con las fluctuaciones climáticas que, a modo de lo que ocurre con los agentes de bolsa, provocaban crisis económicas cíclicas en determinadas zonas geográficas clave.  

Bien. Suficiente por hoy. Hasta aquí hemos visto algunos ejemplos de cómo en el pasado remoto la naturaleza, sobre todo el clima, la actividad volcánica o las inundaciones repentinas condicionaron la existencia del hombre sobre la Tierra. Durante la mayor parte de ese tiempo el ser humano como especie no tenía tecnología suficiente para abstraerse aún de los efectos de casi ningún tipo de cambio climático ni para provocar a su vez cambios drásticos en el medio natural, era por tanto un mero espectador.  

Pero pronto eso cambió y el ser humano al ir acumulando tecnología y aumentando en número pasó a ser capaz de influir en el medio circundante a veces provocando efectos que, como un boomerang, acabaron provocando a su vez fenómenos en cadena de consecuencias dramáticas para los propios grupos humanos que los iniciaron.  

En futuras entradas trataré de volver precisamente sobre casos de sociedades más primitivas que la actual –y por tanto con mucha menor capacidad para resistirse a la influencia del medio pero también con mucha menor capacidad para “fastidiarla”, al menos teóricamente- que se enfrentaron sin éxito a catástrofes comenzadas por ellos mismos al sobreexplotar el entorno. Veremos así como, por muy listos que seamos los humanos, no siempre hemos logrado ganar a la naturaleza.

15 comentarios:

  1. Estoy leyendo el artículo, pero he hecho una pausa. Muy interesante todo.

    Precisamente quiero volver a ver la película Rapa Nui, que trata el tema del colapso ecológico en una sociedad pre-industrial. Eso sí, ya sé que no es muy buena (o al menos eso recuerdo), y que comprime la historia de la isla de Pascua.

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  2. En realidad cada epígrafe de esta entrada es prácticamente un artículo en sí mismo y plantea una idea diferente (aunque a mi parecer todas ellas están relacionadas entre sí). Debería haber convertido esta entrada en cuatro o cinco artículos separados, pero el espíritu de este blog es la selección natural: los más débiles sufrirán un ictus intentando leer alguna de las entradas, o se deshidratarán, y morirán. Solo los más gafapastas podrán sobrevivir, haciendo el mundo un lugar mejor.

    Como aviso a navegantes el quinto epígrafe es quizás el más interesante siendo el sexto y último el más... raruno y pesado. Incluso podría ser buena idea leer esta entrada a epígrafe por día. O pasar de ella porque pronto colgaré otras más cortas y entretenidas.

    Por ahora en realidad este es el artículo más ambicioso que he escrito y podría dar lugar a muchas matizaciones porque -pese a su extensión- he sintetizado en él muchos libros, teorías y artículos, pero muchos. Y claro, sobre la extinción Neandertal, la génesis del bipedismo y el cerebro humano o el propio mito de Noe se podría charlar mucho más. Pero en esencia me he dado un gustazo y he escrito un texto en el que está TODO eso.

    Yo cuando he creado el blog lo he creado para redactar artículos de divulgación relativamente ambiciosos como este. Es muy difícil encontrar algo parecido en otras páginas o magazines de cultura de los periódicos o algo que no sean manuales al uso para licenciados o doctorandos. Lo que ocurre es que reconozco que en Internet textos más cortos, menos exigentes y complejos y más anecdóticos... pues van mejor. Yo en ese sentido voy a ir alternando este tipo de artículos -que son los que me interesa difundir- con cosas más entretenidas y livianas. Por ejemplo, de aquí a unas semanas, en medio de la temporada de Juego de Tronos, voy a intentar colgar un artículo (dedicado a la pobre Sansa Stark) sobre el más grande y último caballero medieval de la historia de Europa, combates heroicos, otros no tanto y algunas cosas más; va a ser muy entretenido y fácil de leer si consigo motivarme para redactarlo. Y hasta entonces escribiré algún otro en esa línea de contar cosas potencialmente entretenidas y apasionantes.

    Pero al final me interesa mucho más intentar tímidamente difundir la Historia de verdad, o sea las líneas socioeconómicas, climáticas, demográficas, ideológicas... que condicionan los grandes procesos. Los individuos, sus grandezas y miserias, las batallas, los heroismos, el amor, los discursos o las traiciones vistos desde ese punto de vista -que es el mío, aunque intento no caer en fanatismos- no tienen la menor importancia para el engranaje implacable de estructuras que hace la Historia. Yo soy de línea marxista por formación y desde esa perspectiva la Historia es un molino y los hombres grano. Me parece un problema que la mayor parte de blogs de historia en Internet pongan el acento en el grano en vez de en la piedra del molino y estoy intentado compensar un poco, con cautela, intentado no matar a nadie de un ictus demasiado pronto.

    Por lo demás Rapa Nui está muy bien, no te creas. Como película no se, porque hace muchos años que no la veo, pero como metáfora antropológica (aunque, como veremos, la explicación que da para lo que ocurrió en Pascua no es exacta) es una de las mejores películas que he visto y me parece muy adecuada por ejemplo para proyectar en los colegios. De hecho, como digo, voy a hacer una referencia al caso de la isla de Pascua en la tercera entrada de esta serie.

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  3. Ya he terminado el artículo, estoy deseando leer los dos siguientes.

    Sobre los Neandertales, creo que hace nada ha salido algún estudio diciendo que nosotros tenemos un porcentaje de genes neadertales. Por tanto, de alguna forma un poco de los neandertales sobrevive en nosotros.

    Sobre la película, ya la he visto también. Como película está bien, no es que sea un peliculón pero no está mal. Pero sobre todo, a nivel de metáfora antropológica, como dices, sí que es una película muy poderosa.

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  4. A mí también me ha gustado el artículo. No me parece largo. Como dice Surena, Internet está lleno de textos cortos y fácilmente digeribles. Yo hace tiempo que me cansé de de esa microescritura. Cuando busco activamente información sobre un tema en particular, siempre recurro a libros y cojo el más grande. Yo lo que quiero son cuantos más datos mejor.

    Sobre el texto en sí, y en otros de este mismo blog, me parece ver un poquito de tecnofobia. Yo no creo que la tecnología nos vaya a destruir.

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  5. Si, parece que los Neandertales, y los Homo Sapiens modernos, de origen africano tuvieron descendencia aunque solo en los primeros momentos de la salida de los Sapiens de África y por tanto, en zonas de contacto entre ambos grupos de poblaciones desde Israel a Turquía y el Cáucaso, no en Europa (eso es curioso).

    Ese flujo génico descubierto únicamente puede detectarse hoy en día de Neandertales a humanos modernos, pero no es descartable que tal vez fuese bidireccional en algún momento. Por el contrario, como digo, no hay rastros de que hubiera flujo génico después, cuando nuestros antepasados entraron definitivamente en Europa hace 40.000 años.

    Al final el resultado de ese mestizaje entre ambas especies se extendió después, desde Oriente Medio, hacia el resto del planeta de la mano de los grupos de Sapiens salidos de África que pasaron a expandirse por Europa, Asia y desde allí a Oceanía y América. La excepción, claro está, estaría en los africanos subsaharianos, los únicos que no tienen ese pequeño porcentaje de ADN neandertal que, al parecer, tiene el resto de la Humanidad. Y ya digo que lo curioso es que a Europa -el territorio propiamente neandertal- esa mezcla de genes llegó de fuera, desde Israel y Turquía más o menos, porque allí sí se mezclaron pero una vez llegados los Sapiens aquí compartieron territorios sobre todo en la franja próxima al Mediterráneo, pero ya no se volvieron a mezclar de forma importante (lo cual reforzaría la idea de que del 40.000 para abajo los Neandertales europeos estaban hechos mierda por la endogamia).

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  6. Escuche en una conferencia que al igual que los Homo Sapiens tienen una gama genética que va desde digamos tonos grises (mezclas menos puras) a tonos negros (Homo Sapiens de pura cepa que serían en este caso africanos), ocurriría lo mismo con los Neanderthales, en su caso los tonos grises estarían en la zonas fuera de Europa y los más puros genéticamente y con menos posibilidades de crear descendencia en una hipotética mezcla en el norte de Europa.

    Genial blog le estoy dando máxima difusión en donde puedo, no lo dejes aun es demasiado pronto para hablar de fracaso.

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  7. Ya puestos me gustaría precisar que en este artículo todavía faltan diversos hitos importantes en la historia humana profundamente relacionados con los cambios climáticos. Por ejemplo los dos grandes ciclos de salidas de África, el primero hace en torno a un millón de años y el segundo en torno a hace 100.000 (en ambos casos compuestos a su vez de una o varias migraciones tanto un poco por encima como por debajo de las fechas redondas citadas) se piensa que se debieron –más que a una sobrepoblación del continente africano- probablemente a éxodos de los hombres siguiendo movimientos de las grandes manadas de animales, los cuales a su vez se desplazaban debido a nuevas sequías en la parte Este de África.

    En otras palabras la expansión del Homo Ergaster hacia Eurasia y tiempo después la de los Sapiens modernos nuevamente hacia Eurasia y desde allí hacia américa y Oceanía se debieron probablemente a nuevos problemas de sequías en África que llevaron a algunos grupos poblacionales de la zona cercana a Suez o a la costa del Mar Rojo a moverse hacia el Norte fuera del continente siguiendo a los animales y en busca de recursos.

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    1. Más noticias en este sentido

      http://www.pasthorizonspr.com/index.php/archives/02/2015/humans-may-have-migrated-out-of-africa-in-phases-based-on-the-weather

      La salida del Sapiens de África habría sido facilitada por ciclos húmedos en la P. de Arabia.

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  8. http://esmateria.com/2012/10/03/comer-carne-nos-hizo-humanos/

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  9. Mirad que noticia ha salido estos días:

    "Un puñado de muestras de anillos de madera de árboles han arrojado una inesperada luz sobre el fin de la civilización egipcia. Según un estudio realizado por la Universidad de Cornell de Nueva York, publicado en 'Journal of Archaeological Science', la caída del Imperio Egipcio es consecuencia del cambio climático.

    Las muestras se tomaron de un ataúd egipcio y de los barcos funerarios enterrados cerca de la pirámide de Sesostris III. Con estos restos el equipo utilizó una técnica que compara los isótopos de radiocarbono que se encuentran en los anillos de los árboles que se han recogido, con los patrones conocidos de otros lugares en el mundo en los que ya se han identificado cronologías: como el roble europeo o como el pino de América del Norte.

    Gracias a este trabajo han datado perfectamente la madera --con un error de más o menos diez años-- pero, al mismo tiempo han encontrado una pequeña anomalía inusual que sugiere que en el año 2200 antes de Cristo se produjo un evento árido importante a corto plazo.

    "Esta anomalía de radiocarbono se explicaría por un cambio en la estación de crecimiento, es decir, un cambio climático, que data de exactamente este período árido", ha explicado el autor principal, Stuart Manning. "Estamos mostrando que con el radiocarbono y estos objetos arqueológicos podemos confirmar la fecha de un episodio climático clave" en la historia, ha añadido.

    El investigador ha apuntado que ese episodio climático tuvo "importantes consecuencias políticas". Había suficiente cambio en el clima como para alterar los recursos alimentarios y otras infraestructuras que, probablemente, llevaron a la caída del Imperio acadio, afectando al Antiguo Reino de Egipto y a otras civilizaciones".


    Parece que en general en torno al 2200 hubo un evento árido que no solo afectó a la zona etíope como ya comenté en mi entrada sino que afectó quizás a gran parte de Oriente Medio y Norte de África con profundas consecuencias para las áreas civilizadas de Egipto y Mesopotamia donde el Imperio acadio y el Imperio antiguo egipcio entraron en crisis de forma casi simultánea por esas fechas. Algo pasó ahí y cada vez hay más pistas que apuntan hacia un evento climático.

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    1. Un artículo que da una explicación alternativa a estos eventos negando una importancia decisiva a los factores climáticos:

      http://news.nationalgeographic.com/2015/12/151224-egypt-climate-change-old-kingdom-archaeology/

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  10. http://culturacientifica.com/2014/10/24/12-000-anos-de-desastre-ecologico/

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  11. Ponen en relación la decadencia del Imperio nuevo asirio con un período de cinco años de sequía combinada con superpoblación.

    http://www.pasthorizonspr.com/index.php/archives/11/2014/climate-change-and-population-growth-may-be-factors-in-assyrian-empire-collapse

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  12. La caída de población al final de la Edad del Bronce europea en torno al año 800 antes de nuestra era, parece que no fue provocada por problemas climáticos, pero poco después en torno al 750 a.n.e. parece que una evolución hacia una excesiva humedad pudo afectar a las cosechas y dificultar la recuperación demográfica.

    http://www.pasthorizonspr.com/index.php/archives/11/2014/late-bronze-age-population-collapse-needs-new-explanation

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  13. Demasiadas imaginaciones en este post.

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