domingo, 13 de abril de 2014

Las ciudades englutidas




"My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye Mighty, and despair!"
Nothing beside remains. Round the decay
of that colossal wreck boundless and bare
the lone and level sands stretch far away...


Percy Bysshe Shelley




Vamos con una nueva entrada dedicada a colapsos ecológicos en la historia así como a la influencia del clima sobre las sociedades humanas del pasado.

El país de Argar

Empezaremos por la Península Ibérica durante el tránsito de la Edad de los Metales a la Antigüedad. En aquel tiempo las zonas más desarrolladas se hallaban en la costa Sur en tierras de las actuales Andalucía y Murcia. Por eso fue allí donde surgió la llamada cultura de Los Millares durante la Edad del Cobre. Dicha cultura debe su nombre a que en la actualidad su exponente principal es el yacimiento epónimo de Los Millares, en la provincia de Almería. Pero en todo caso la influencia de Los Millares se extendió por toda  Andalucía oriental y el Levante español entre las postrimerías del IV milenio antes de nuestra era (a.n.e.) y el final del IIIº. Es decir su recorrido abarcó más o menos los años entre  el 3300 y el 2200 a.n.e. más o menos.  

La diferencia de este sustrato cultural con todos los anteriores la marcan la irrupción de una primitiva metalurgia calcolítica y también  la presencia de poblados relativamente importantes dentro del área de influencia de Los Millares, además de trazas de un cierto grado de fortificación presentes en alguno de los mismos (lo que contrasta con las poblaciones neolíticas precedentes, muy dispersas y con pocas o nulas protecciones), así como la existencia en el exterior de los poblados de necrópolis con abundancia de enterramientos megalíticos colectivos en forma de tholos 

Tras la decadencia y desaparición del estrato cultural de los Millares se documenta un cierto impasse de tres o cuatro siglos de crisis a lo largo de toda su anterior zona de implantación hasta que, en torno al año 1.800 a.n.e., aparece en aquellos territorios una nueva cultura poderosa, la llamada cultura Argárica -llamada así porque los primeros indicios de su existencia aparecieron en el poblado almeriense de El Argar- extendida por un área que llegaría desde el Sur de Alicante a Granada, abarcando también las provincias de Almería, Murcia y Jaén. 

En este segundo caso la cultura argárica coincide ya con la expansión por toda la región de una metalurgia más elaborada que la del cobre -en concreto la del bronce- y con la aparición de posibles estructuras protoestatales. Por otra parte lo anterior concuerda también con la implantación ya claramente en la zona de una sociedad con una cierta división del trabajo (debido a las evidencias de que pese a la uniformidad material en los hallazgos existía una progresiva estratificación social y tal vez la existencia de una casta guerrera). Es decir nos encontramos ante una evolución de lo que ya se insinuaba en Los Millares. De esa forma hubo repartidos por toda la región diversos poblados bastante grandes hasta el punto de que algunos de ellos pueden ser considerados casi como protociudades, con enterramientos complejos, ajuares, cerámica, metalurgia avanzada, evidencia de armas y de jerarquías de algún tipo. Llegados a este punto es evidente que no estamos frente a tribus de apacibles agricultores viviendo en chozas agrupadas en pequeñas aldeuchas de unas pocas familias.  

De hecho teniendo todo eso en cuenta los argáricos fueron una de las primeras sociedades “urbanas” de Europa Occidental, ya en plena Edad de Bronce. En su caso se caracterizaron por su costumbre de edificar poblados situados en áreas elevadas de cara a fortificarlos y facilitar su defensa. Todo ello sumado a otros rasgos identificativos como casas de planta cuadrada construidas con piedra y adobe, enterramientos en cistas, tinajas o covachas bajo el suelo de las propias viviendas y la abundancia de armamento militar entre los restos que nos han llegado.  

Entre sus poblados El Argar es considerado un asentamiento de nueva fundación, sin antecedentes calcolíticos, y debió contar con una población estimada de unos 500 habitantes. Hoy parece poco pero no estaba nada mal para la época. Pero quizás los restos más impresionantes que se conservan en la actualidad de un poblado argárico están en Murcia y no Almería. Es el caso del yacimiento de La Bastida, ocupado entre aproximadamente el 2.200 y el 1.500 a.n.e.  

En su día dicho poblado pudo ser tranquilamente una de las “ciudades” más avanzadas de Europa occidental. Hasta el momento en las excavaciones de la zona se han hallado una gran balsa capaz de almacenar casi medio millón de litros de agua para abastecer el consumo de sus habitantes, seis torres cuadradas que tendrían una altura original de siete metros pertenecientes a una muralla maciza de unos tres metros de espesor, con una entrada monumental y una poterna de arco apuntado que se conserva completa y que es excepcional para la época. Asimismo dicha muralla, de unos 300 metros de perímetro, protegía una ciudad situada en una colina en cuyo seno había algunas residencias de más de 70 metros cuadrados.  

Todo lo anterior, que nuevamente puede no parecernos demasiado, la convertía posiblemente en la ciudad más poderosa y desarrollada de la Península durante la Edad del Bronce. Hecho que hace aún más interesante y misterioso el que hacia el 1.500 a.n.e. la Bastida fuese abandonada sin señales de lucha o de alguna catástrofe (un incendio o un terremoto) y la sociedad argárica en su conjunto desapareciese bruscamente. 

A partir de ahí todos sabemos que en los manuales de Hª Antigua de España existe un brusco salto entre la Edad de los Metales –para la que se enumeran esta y otras culturas de la época- y la Península Ibérica a comienzos del Ier milenio antes de nuestra era, momento en que se asume que la Península consistía prácticamente en un desierto cultural donde múltiples pueblos atrasados se diseminaban por el territorio resguardados en sucios y minúsculos castros. En ese momento se supone que los griegos y los fenicios llegaron a Iberia atraídos por sus riquezas minerales y a través del comercio expandieron desde sus enclaves costeros unos rudimentos de civilización por el Levante peninsular y el área andaluza. Zona esta última donde, quizás debido al comercio con los recién llegados, los niveles de civilización alcanzados en el pasado en la zona se recuperaron un poco y surgió así Tartessos. Luego llegaron a la Península los cartagineses y los romanos y la Península Ibérica entró en la historia.  

  Pero claro, ese resumen presenta un hueco extraño. Si la evidencia arqueológica nos muestra sociedades preurbanas metalúrgicas muy desarrolladas en torno al año 2.000 o incluso 1.600 a.n.e. ¿cómo resulta que eso desemboca en un camino ciego y toda la vida cultural y urbana de la zona se estanca o incluso involuciona durante el siguiente medio milenio y en torno al año 1.000 la región muestra signos de un tremendo atraso económico, militar y cultural?. 

¿Qué pasó ahí?, ¿cómo es posible que la costa andaluza y levantina quedase estancada de repente entre el 1.600 y el 1.500 a.n.e. para a continuación entrar en una profunda decadencia o incluso involución como no había experimentado la región en los dos milenios anteriores?.  

Lo que sabemos es poco, muy poco. Básicamente que desde el 1650 a. n.e. el mundo argárico comenzó a entrar en decadencia para colapsar de golpe hacia el 1500 a.n.e. A partir de aquí se puede especular con lo que pasó. Veamos.  

Tanto la cultura de Los Millares como luego sobre todo la del Argar respondían seguramente a un momento de cambio social y político en la región. Donde antes había un montón de pequeñas aldeas de pacíficos agricultores neolíticos, dispersos y sin ninguna jerarquía entre ellos, se instauraron progresivamente unas primeras estructuras de tipo estatal. De esta forma el Argar sería una federación de ciudades o incluso un pequeño “imperio” regido por guerreros concentrados en cuatro o cinco grandes asentamientos fortificados que casi podemos llamar ciudades. Desde esos enclaves tal vez pasaron a controlar el resto de poblados dispersos por el territorio y seguramente instauraron en la zona algún tipo de autoridad centralizada y una primitiva división del trabajo. En base a ello podemos especular que los pequeños poblados se ocupaban de la agricultura y el pastoreo y suministraban recursos a esos grandes poblados aislados en cerros; poblados estos últimos donde habitaban los guerreros y algunos artesanos, así como diversas familias de agricultores o quizás siervos que se dedicaban a cultivar los terrenos en el entorno de esos asentamientos principales. Pero implantar todo esto tuvo que requerir un aumento espectacular de la violencia, de ahí la obsesión por fortificarse presente en los asentamientos principales de la zona.  

Ahora bien, esto suponía un primer problema en tanto esas fortificaciones estaban ubicadas en terrenos defensivos donde con la limitadísima tecnología de la época era difícil obtener comida y agua para mantener a varios cientos de personas, muchas de las cuales seguramente no trabajaban en la producción directa de alimentos. A fin de cuentas el reducido tamaño de las “ciudades” en toda Europa hasta entrado el Ier milenio a.n.e. responde a esa lógica.  

               

El segundo problema tiene que ver con el contexto ecológico y se relaciona con lo anterior. Los yacimientos calcolíticos y más adelante los de la Edad del Bronce en el sudeste peninsular se extendían, como hemos dicho, por Almería, Granada, Murcia, Jaén y Alicante, provincias que componen, actualmente, una de las áreas más secas de toda Europa. En la zona, particularmente en el área andaluza, las cordilleras Béticas actúan de barrera para los vientos húmedos del Atlántico, así que algunas de estas áreas reciben sólo entre 200 y 400 mm. de lluvia al año. 

Sin embargo es posible que hasta bien entrado el IIº milenio a.n.e. el paleoambiente de ese sureste peninsular fuese distinto del actual y contase con un mayor caudal de agua disponible gracias a la presencia por entonces en la zona de amplias extensiones forestales. Basándose en esto miembros del departamento de Biología Vegetal de la Universidad de Murcia plantearon hace años en Quaternary Science Reviews la posibilidad de que tras el colapso argárico estuviese un desastre ecológico causado, además, por la mano del hombre.  

Estamos hablando de una región que ya era propensa a la sequía de por sí, donde solo una abundante (por entonces) barrera vegetal protegía el terreno de la erosión y en ocasiones de la desertificación. Sobre ese terreno se asentaron unas sociedades tal vez demasiado "ambiciosas" respecto a lo que les permitía la tecnología productiva de la que disponían en aquel momento (sin un buen conocimiento de los abonos, sistemas de rotación de cultivos, métodos complejos de irrigación que ahorrasen agua o de canalización de la misma a grandes distancias, etc.). Sociedades que pese a todo, debido a su éxito inicial sin duda provocaron un aumento importante de la población en el territorio. Esto último bien pudo situar al límite la capacidad de producción de recursos de la zona, sobre todo cuando gran parte de esa población pasó a concentrarse en estructuras fortificadas en zonas de fácil defensa pero poco fértiles y de difícil acceso.  

Para mantener ese sistema funcionando los argáricos de los últimos siglos, antes de su repentina desaparición como sociedad políticamente organizada, es muy posible que recurriesen a una intensificación agropecuaria sirviéndose para ello de la deforestación -de cara al posterior cultivo de las tierras ganadas así- usando para ello el método de la quema “controlada” del bosque. Pero, bajo esta estrategia, cuantos más terrenos roturaban -para alimentar la gente de sus poblados y construir sus casas y artesanías- menores eran los rendimientos de las nuevas tierras añadidas (por su fertilidad cada vez más marginal). Llegado a un punto se vieron obligados a deforestar continuamente más terrenos, dando lugar a una degradación medioambiental a gran escala de todo el sudeste peninsular, ya de por sí relativamente árido. Hecho ese que se intensificó debido asimismo a la tala de árboles para obtener madera con que llevar a cabo las labores mineras o simplemente para despejar terrenos de cara al pastoreo. 

Luego de todo eso podemos imaginar lo que ocurrió. En algún momento del s. XVI a.n.e., entre el 1600 y el 1500 tal vez se sucedieron varios años de sequía particularmente duros. Lo que en condiciones normales ya sería un problema para sociedades primitivas, en el caso de una región árida, cada vez más deforestada y con múltiples terrenos sufriendo por la erosión añadida, debió ser gravísimo. Tal vez incluso se intentó aumentar el espacio agrícola quemando los pocos bosques que quedaban y tal vez incluso este método se les fue de las manos en la coyuntura de sequedad.  

En todo caso lo que podemos adivinar es que algún momento entre esos años el sistema productivo de los argáricos colapsó por completo. Ya no era posible alimentar a tanta gente y menos aún a las masas humanas (unos cientos de personas, con todo demasiadas para la época) concentradas en los poblados fortificados. A la crisis económica debió seguir una crisis política que a su vez posiblemente agravó lo primero. Al final de los enfrentamientos, rebeliones, saqueos y, en definitiva, del hundimiento del modelo estatal en la región, las sociedades de la zona posiblemente volvieron a la casilla de salida regresando a la forma -menos civilizada pero más sostenible- en que estaban organizadas un milenio y medio antes: divididas y fragmentadas en múltiples pequeños poblados dedicados de nuevo a actividades económicas muy básicas y encaminadas a su vez a obtener recursos para la mera supervivencia, sin casi artesanado, sin demasiados intercambios comerciales. Con las gentes de la zona asentadas en un territorio empobrecido y deforestado después de todo lo ocurrido pasarían casi mil años hasta que la región recuperase y superara los niveles de desarrollo político y económico que había alcanzado en el pasado, pero eso ya sería de manos de comerciantes, colonos e invasores extranjeros procedentes de Oriente.  

Bílbilis la soberbia

Demos ahora un salto en el tiempo. Seguimos en la P. Ibérica, pero ahora en plena etapa romana. Vamos a irnos ahora a Aragón, en concreto a la ciudad de Bílbilis, patria del poeta Marcial, en terrenos cercanos a la actual Calatayud. Bíbilis fue una ciudad romana dotada de excelentes infraestructuras que sin embargo resultó abandonada repentinamente por sus habitantes mucho antes de que se produjera el hundimiento del imperio o la irrupción a través del limes de los pueblos bárbaros. ¿Por qué?. 

  Probablemente los orígenes de Bílbilis estuvieron en un oppida celtíbero situado, para no variar, en un lugar elevado, un cerro de terreno accidentado. A la llegada de los romanos la zona no tenía un interés estratégico particular ni contaba con ningún núcleo agrícola o minero que justificase la creación allí de una gran ciudad que aglutinase población. Por ello en caso de crear un gran asentamiento en la región la lógica dictaba ubicarlo en algún lugar del llano ribereño del Ebro de cara a facilitar las comunicaciones y los suministros. Pero ya lo decía Tucídides en su Historia de la Guerra del Peloponeso: “Los hombres suelen entregarse a una incauta esperanza cuando anhelan algo y rechazar con razonamientos que no admiten réplica lo que no les resulta de su agrado”.

      Los romanos en ocasiones veían las ciudades, más allá de lo económico o lo administrativo, como núcleos propagandísticos del poder romano. En época de Augusto, tras el triunfo en las Guerras cántabras, el nuevo poder dominante en la región decidió coger el típico asentamiento fortificado de la época indígena previa y usar la famosa ingeniería romana para “enseñar” a los indígenas todo lo que podía aportar Roma (eso de lo que hablan en uno de sus famosos diálogos los “Monty Python”). 
 

Ese fue el error. Bílbilis como ciudad romana nació ubicada en un terreno elevado, difícil y poco productivo, como mera ciudad “de prestigio”, bien visible desde todo su entorno, convertida en un escenario donde representar las bondades del poder romano de cara a los habitantes de una región pobre y tardíamente romanizada. En ese sentido la ciudad en sí misma no contaba con más sentido que el de ejercer de puro anuncio luminoso al servicio del Estado (algo así como esos aeropuertos construidos en las últimas décadas por el político autonómico de turno a mayor gloria de sí mismo).  

No obstante, pese a todos los inconvenientes, los romanos lograron convertir en una urbe con todas las comodidades de vida y ocio típicas del mundo romano lo que antes era un cerro preparado para albergar en el mejor de los casos algún pueblucho. Evidentemente pronto sirvió de foco para la población de la zona y así durante todo el s. I no dejó de crecer. El problema es que a más población más necesidad de agua. Por ello al siglo siguiente la situación comenzó a torcerse y ya en el s. III simplemente llegó un momento en que los pozos y cisternas de la zona no podían abastecer por más tiempo las necesidades diarias de los habitantes, por no hablar de dar soporte a las labores agrícolas.  

La paradoja por tanto fue que Bílbilis murió de éxito ya que en sus condiciones de altitud y distancia a un acuífero ni siquiera la magnífica tecnología romana podía ir más allá de un determinado límite de población a la que abastecer. En otras palabras cuando la ciudad alcanzó su tope de población fue cuando los romanos toparon con que la orografía de los cerros de la zona no permitía solucionar el problema mencionado a través de un acueducto de suficiente tamaño y, por otro lado, elevar agua con sifones hasta las cotas de la ciudad se reveló como algo complejo, irregular y muy dependiente de diversos problemas. Finalmente un par de veranos de calor conllevaron el abandono precipitado del enclave en favor de otros núcleos próximos ya en el llano, mejor abastecidos del líquido elemento y menos costosos de abastecer.

     A veces nos dejamos cegar por las reconstrucciones de ciudades romanas, griegas o egipcias y tendemos a sobrestimar la capacidad de incluso las más avanzadas civilizaciones del pasado para sobreponerse con su limitada tecnología preindustrial a problemas bastante básicos. Por supuesto los grandes imperios exitosos del pasado, como el romano, dejaron grandes legados arquitectónicos, pero no conviene olvidar el que solo podían proyectar lo mejor de su civilización en determinadas condiciones casi óptimas: terrenos fértiles, más o menos llanos, cercanos a fuentes de agua, etc., fuera de las cuales se mostraba complicado sostener la vida urbana a poco que se acumulasen los pequeños problemas o la población de la ciudad superase un determinado límite.


Las ciudades saladas

Salgamos ahora de la Península Ibérica y vayamos a Mesopotamia hace unos 5.000 años. La zona por entonces era un desierto, como lo es en gran medida hoy en día. Pero como todos sabemos, durante unos miles de años de esplendor eso no fue así y “la región entre los ríos” se convirtió en un vergel y uno de los primigenios núcleos de civilización en el planeta. Allí en fechas muy tempranas floreció un mundo urbano sostenido por los rendimientos de abundantes cultivos sostenidos a su vez por las aguas del Tigris y el Éufrates.   

Pese a la existencia de un sustrato cultural anterior el esplendor comenzó básicamente en torno al 3.000 a.n.e. con los sumerios quienes aprovecharon sobre todo el agua del Éufrates. Con sus conocimientos de irrigación convirtieron amplias llanuras cercanas a dicho río en ricos campos de trigo y cebada rodeados de palmeras y canales. Sin embargo pasados unos cuantos siglos, en torno al 2.400 a.n.e., en la zona de Mesopotamia se detectan dos cosas, por un lado el decaimiento sumerio (en paralelo al ascenso acadio) y por otro el progresivo desplazamiento hacia el Norte de las poblaciones de la zona pasando en adelante a ubicarse los núcleos urbanos más prósperos de la región en los cursos alto o medio del Tigris y el Éufrates y no en zonas próximas a su desembocadura. ¿Qué pasó ahí?. Pues bien, parece que en todo eso tuvieron mucho que ver los problemas de salinización del suelo por excesos a la hora de explotarlo. Veámoslo. 

Mashkan-shapir era una típica ciudad de la zona ubicada unos 30 km al norte de Nippur (unos 140 km. al sur de la Bagdad actual) y más o menos a la misma distancia del río Tigris con el cual estaba conectada mediante una red de canales. Su interés estriba en que tuvo que ser repentinamente abandonada unos 20 años después de su momento de mayor esplendor. Y eso es una vez más lo interesante del asunto, ¿por qué fracasó aquella ciudad?. 

El problema al que debieron enfrentarse los sumerios y más adelante sus descendientes es que las mismas técnicas agrícolas que permitían obtener los excedentes necesarios para la vida en la región… potencialmente podían volver imposible la misma.   

Para obtener los rendimientos agrícolas que se necesitaban de cara a sostener la abundante vida urbana en Mesopotamia los sumerios –como todos los pueblos que les sucedieron- necesitaban recurrir a regar frecuentemente sus tierras de cultivo con el agua de los ríos, ya que las lluvias en la zona eran muy escasas. El problema es que por entonces aquellos primeros agricultores poco experimentados no sabían algo muy importante: que en el agua de los ríos también hay sal, como en el mar, muy poca en el caso de los ríos, pero la hay. De hecho el agua de mar contiene aproximadamente un 3,5% de sales, mientras que en el agua “dulce” de ríos o fuentes puede haber solo un 0,05% de sales o menos. Pero el caso es que la sal sigue estando ahí. Consiguientemente un terreno continuamente encharcado en agua de río y muy expuesto al sol con el tiempo puede llenarse de sales que hacen imposibles los cultivos. 

El proceso de deterioro consistió en lo siguiente: como la capa de tierra fértil en la región era muy débil los agricultores sumerios inicialmente no querían hacer circular el agua muy fuerte por sus terrenos temiendo que se llevase el preciado humus superficial que los volvía fértiles. Por el contrario, después de traer agua de los ríos hasta las tierras de labor -usando para ello grandes canales- encharcaban los terrenos agrícolas para que estuvieran húmedos y el cereal tuviese suficiente agua. El problema es que, como el sol en la zona era abrasador, lo que ocurría con esa agua quieta es que toda la que no resultaba absorbida por el terreno se evaporaba y tras evaporarse dejaba en el suelo su pequeño tributo en forma de sal.  

Lo anterior representaba muy poca sal, por supuesto, pero si repetimos ese proceso una y otra vez, con litros y litros de agua, día tras día, mes tras mes, año tras año, llega un momento en que la superficie del suelo se llena de esa sal, el terreno se vuelve estéril y llegado a un punto resulta ya muy complicado el solucionar este problema intentando limpiar de sal la capa de tierra.  

Poco a poco los pueblos de la zona aprendieron la conveniencia de que el agua de regadío no estuviese quieta y fluyese por el terreno a través de pequeñas presas o mediante pequeños canales subterráneos ubicados por debajo de la capa superficial del suelo. Eso era mejor que dejar al agua de riego anegar las tierras de labor quedándose estancada y expuesta al calor porque a la larga su evaporación contribuía a destrozar el suelo debido a este proceso que he explicado.  

Pero antes de descubrirlo, en torno al año 2.200 a.n.e., debido a todo esto, numerosas ciudades de Mesopotamia vieron como la producción agrícola se desplomaba debido a esos efectos colaterales de una explotación intensiva del suelo para la que las primitivas técnicas que conocían aún no estaban preparadas. Además tal vez lo anterior coincidió con un período de sequía generalizada en Oriente Medio. Puede que no sea casualidad que el declive del Imperio acadio empiece en ese momento y suceda de forma más o menos simultánea en el tiempo al colapso del Imperio antiguo egipcio. En ambos casos, por cierto, imperios levantados sobre agriculturas muy dependientes de un abundante suministro de agua de río. 

    De cualquier forma lo que sí sabemos a ciencia cierta es que en Mesopotamia, a finales del tercer milenio antes de nuestra era, muchos terrenos agrícolas fueron abandonados, así como diversas ciudades cuyo hinterland agrícola se había visto particularmente comprometido. En paralelo se poblaron nuevas zonas al Norte de Mesopotamia donde los ríos tenían un recorrido estable y definido y el agua circulaba con fuerza a diferencia del Sur de la región, la cual era por entonces una zona llena de marismas debido a los desbordamientos en la desembocadura de los ríos (la línea de costa del Golfo Pérsico en el IIIer milenio a.n.e. llegaba prácticamente hasta la zona de Ur). 

Con el tiempo, a partir de ese primer gran fracaso, los campesinos de la región aprendieron que los terrenos de cultivo podían agotarse por errores como el anterior. Para evitarlo, como hemos dicho, empezaron a regar la tierra de cultivo con agua cristalina, de buena calidad, no permitir que el terreno se enfangara y para ello resultaba conveniente hacer que el agua para riego estuviese corriendo constantemente y además drenar luego el terreno eficientemente. Finalmente para compensar la tierra fértil que se iba perdiendo arrastrada por el agua de riego en movimiento era necesario ayudar a enriquecerse a las nuevas capas de terreno superficiales, usando para ello algún tipo de abono de animales.  

Simplemente todas estas cosas que hoy pueden parecer muy lógicas no las conocían los primeros agricultores, por ello tuvieron que atravesar un proceso de aprendizaje mediante el método de ensayo y error. Tras eso las valiosas lecciones adquiridas pasaron de pueblo en pueblo; de los sumerios a los acadios y de ellos a los babilonios o los persas inaugurando varios milenios de esplendor urbano en la zona, sostenido en torno a una agricultura de regadío tremendamente productiva asentada a su vez sobre una red de canales, pequeñas presas y otras infraestructuras. Esa fue la base sobre la que se sustentó el sistema agrícola del que se alimentaron los diversos imperios instalados en la zona hasta que todo eso colapsó avanzada la dominación islámica sobre el territorio.  

Las ciudades sedientas 

De hecho, en el caso de los árabes su historia se encuentra ligada a la agricultura de regadío desde mucho antes de lo que se piensa. Precisamente en la etapa anterior al advenimiento del Islam en Arabia existían algunas zonas costeras al Sur, en lo que es el actual Yemen, donde la vida urbana se encontraba asentada desde hacía siglos en torno a una agricultura nutrida por el agua proporcionada por un famoso sistemas de presas de madera y piedra. Eran las presas de Jufaynah, Kharid, Aḑra’ah, Miqran, Yath’an y sobre todo la más grande y famosa de todas, la gran presa de Ma´rib. En torno a ellas se habían asentado primero el mítico reino de Saba y en la primera mitad del primer milenio de nuestra era el reino de Himyar. En ambos casos fueron sociedades organizadas en torno a unas pocas ciudades donde las comunidades judías y cristianas de influencia bizantina eran muy importantes y el sistema tribal no tenía tanto peso como en el resto de Arabia, habitada por nómadas ganaderos, camelleros o bandidos.  

Sin embargo más o menos a finales del s. V o comienzos del s. VI de nuestra era, debido al abandono y a lo caro y complejo que resultaba repararla periódicamente, la gran presa de Ma´rib se fue deteriorando progresivamente hasta que finalmente colapsó causando un gran desbordamiento y luego, una vez definitivamente destruida, simplemente dejando sin suficiente agua a los cultivos que sostenían la floreciente vida urbana en la región. Tras eso, en los años siguientes, el reino de Himyar colapsó, docenas de miles de habitantes de la zona tuvieron que dispersarse por el resto de Arabia, ciudades antes subsidiarias como La Meca o Medina ganaron importancia ante la desaparición de su competencia en el Sur y la balanza en la Península se inclinó definitivamente a favor de las tribus de pastores y comerciantes del Norte y el centro frente a las poblaciones sedentarias de agricultores del Sur.  

En parte esa situación es la que explica el posterior advenimiento del Islam poco después. De otra forma es posible que Mahoma se hubiese encontrado con circunstancias sociales muy distintas durante su predicación y el Islam hubiera tenido más difícil unificar Arabia en caso de haberse topado en el Sur de la Península con la existencia de un Estado fuerte interesado en el comercio y la agricultura y no en la expansión mediante la guerra y el saqueo. No en vano el propio Corán menciona la destrucción de la presa de Ma´arib como una especie de obra providencial de Alá.  

Pero este es solo la primera anécdota que jalona la historia del Islam durante la época. Vamos a dar un salto al s. VIII, con la dinastía Omeya en el poder. A mediados de ese siglo las querellas religiosas internas en el Islam empezaban a ser muy importantes. Los omeyas habían convertido a Damasco en su capital hacía casi un siglo pero aun así los descontentos contra la dinastía empezaban a hacerse sentir también en las calles de Damasco. En esa situación el califa Walid ibn Yazid o Walid II intentó en el 744 alejarse de Damasco construyendo una ciudad nueva sobre plano, una especie de Amarna o de Versalles que sirviera de nuevo centro de poder a la dinastía para alejarse de las viejas ciudades donde la oposición contra los omeyas era creciente. Esa nueva ciudad sería Msatta y debía haberse ubicado en el desierto sirio pero el proyecto resultó un fracaso desde el principio por la mala elección del lugar. En el futuro emplazamiento no existían suficientes manantiales de agua por lo que de cara al adecuado abastecimiento de los trabajadores y los primeros habitantes del lugar era necesario traer agua desde regiones limítrofes mediante continuas caravanas. Más de 1.200 camellos transportando agua noche y día. Era algo insostenible a largo plazo. Ese esperpento contribuyó a debilitar aún más el poder omeya y debido a todo ello Walid II fue asesinado ese mismo año. Poco después, en el 750, era toda la dinastía omeya la que colapsaba encaramándose al poder los abasidas.  

Lo primero que hicieron estos fue desplazar de nuevo el centro de poder del Imperio hacia donde siempre se había encontrado el centro geoestratégico del Oriente Medio desde hacía milenios: la antigua Mesopotamia. El primer califa abasida Abu al-Abbas estableció Kufa como la nueva capital convirtiendo a Irak en el nuevo asiento del poder abasida para los siglos siguientes. Su sucesor el califa Al-Mansur fundó Bagdad cerca de las ruinas de la antigua Babilonia en el año 762 y poco después la convirtió en la nueva y definitiva capital del imperio islámico. Un imperio que, tras un breve período de esplendor y estabilidad, entró en un progresivo proceso de decadencia y fragmentación.  

Saltemos ahora al s. XII. Pese al declive islámico generalizado Mesopotamia seguía siendo un núcleo sólido de poder para el Islam, entre otras cosas porque los árabes al ocupar la región habían mantenido las estructuras de irrigación heredadas de los imperios precedentes (esas que ya mencioné antes y se remontaban a los sumerios en algunos casos), sobre todo las ubicadas en los márgenes del Éufrates. Sin embargo poco a poco la invasión de los turcos selyúcidas y la sucesión de una serie de gobernantes cada vez más extravagantes e irresponsables llevó al aumento de los gastos militares y de la Corte mientras que cada vez los gobiernos correspondientes invertían menos en el mantenimiento, reparación y ampliación de los canales de riego que sostenían la prosperidad de la región. Lo que vino como consecuencia fue la suma de lo que ya hemos visto que les pasó a los primeros sumerios y lo que ocurrió con el reino de Himyar.  

Primero se produjo un repunte en la salinización de los terrenos en la zona rematada en torno al año 1200 por una serie de inundaciones y desbordamientos que las deterioradas presas de contención levantadas hacía centurias ya no pudieron contener. ¿Se acuerdan del gobierno Bush aumentando el gasto militar mientras nadie hacía caso a los viejos diques de Nueva Orleans?. Pues algo parecido. Esas inundaciones dieron el golpe de gracia a las acequias de la zona, sobre todo al mayor de los canales de riego, el canal de Nahrwan.  

Tras eso comenzó un proceso de "pescadilla que se muerde la cola": los años siguientes los ingresos fiscales en el territorio cayeron espectacularmente debido al estado de pobreza en que habían caído muchos campesinos y al descenso en la productividad de la tierra. Sin ingresos no era posible reparar de nuevo la infraestructura de irrigación lo que perpetuó la crisis económica en el área. Además, por efecto de esa bajada de los ingresos, también se hacía imposible mantener el gasto militar, el cual pasó a ser verdaderamente necesario con la irrupción de la amenaza mongol en la zona de Persia. A nadie debe extrañar pues que Bagdad fuese saqueada por los mongoles en 1258, apenas unas décadas después de que todos estos desastres se sucedieran. En esa fecha los mongoles de Hulagu realmente se limitaron a dar el golpe de gracia a una sociedad antaño poderosa y rica que se encontraba en una absoluta situación de bancarrota fiscal y moral.  

Desde entonces dejó de existir la exuberante, húmeda y productiva Mesopotamia de la que nos hablan muchos textos desde el 3000 a.n.e. El sistema que se había mantenido funcionando durante milenios se quebró en el s. XII y desapareció para siempre en el s. XIII no tanto por la conquista militar como por la irresponsabilidad, el despilfarro y el absentismo administrativo de sus últimos herederos, los postreros califas de Bagdad. Tras eso nunca las tierras de la zona volvieron a recuperarse, al repunte de la salinización a partir del s. XIII se añadió la desertización progresiva del entorno desprotegido de una suficiente barrera vegetal y, en última instancia, de los suficientes aportes de agua que antes de todo eso distribuían a lo largo de miles de kilómetros cuadrados una compleja y costosa red de canales. En adelante ya solo existió el Irak de paisaje desolado, pobre y eminentemente desértico que llega a la actualidad.

El “óptimo” climático 

No obstante ese siglo XIII en el que vamos a pararnos hoy vio el colapso de otra serie de sociedades también. Como nada es casual tendremos que hacer un hiato para explicar una cuestión interesante.  

Hasta ahora he hablado con mucha tranquilidad de que en tal o cual siglo o milenio hubo sequía o bien un período de enfriamiento. ¿Cómo podemos estar seguros de ello?. Bueno, seguros del todo no podemos estar nunca, salvo para los últimos doscientos años más o menos que es la etapa durante la que, ya sí, se conservan registros detallados año a año e incluso mes a mes en algunas partes del globo. Antes de eso, pensando en lo ocurrido hace miles de años, ya no podemos aspirar a conocer la evolución del clima con tanta precisión. No obstante hoy en día contamos con diversas técnicas capaces de darnos una imagen bastante aproximada de cómo evolucionaron (de un milenio a otro, de un siglo a otro, o de una década a otra, incluso de un año a otro; obviamente la precisión será mayor cuanto más nos acerquemos al presente), las temperaturas y en menor medida la precipitaciones en el pasado.  

Para empezar, a través de los restos de conchas de fósiles marinos podemos observar como variaron en el tiempo las cantidades en el agua de mar de dos isótopos concretos del oxígeno. Sin entrar en detalles dicha técnica nos permite obtener una primera imagen sobre la evolución de la temperatura terrestre en los últimos 800.000 años más o menos (la cual se corresponde con el esquema que adjunto justo encima).  

Afinando más mediante el estudio de las capas de hielo de miles de años de antigüedad sepultadas en diversos glaciares -sobre todo en Groenlandia- podemos obtener datos aún más exactos para los últimos 125.000 años (en el gráfico de la derecha se ven muy bien el gélido impacto de la glaciación Würm -de la cual hablé el otro día- sobre todo a partir de hace unos 70.000 años y la catástrofe de Toba; todo ello por contraposición al  recalentamiento que implicó el Holoceno hace 12.000 años) .  

Bajando en la escala, para lo tocante a los últimos mil años más o menos es frecuente recurrir cuando se puede al estudio de los anillos de los árboles. Normalmente ciertos tipos de árboles son increíblemente sensibles a los cambios anuales en los aportes de agua y además pueden alcanzar edades fantásticas de varios siglos o incluso de más de un milenio. Como el ritmo de crecimiento de los anillos internos en el tronco de los árboles cambia en función de la temperatura y las precipitaciones, es posible leer las condiciones atmosféricas pasadas midiendo anillos de árboles muy viejos y luego calibrando grosores mediante datos de control procedentes de otros árboles de la misma edad y de otros ya más jóvenes y de períodos recientes de los cuales se tienen datos exactos.  

Sumando los datos proporcionados por todas estas técnicas y alguna más se obtiene una imagen bastante completa de lo que ha podido ocurrir con las variaciones del clima en el pasado. En base a ello en general se constata también que los cambios de temperatura a gran escala -es decir aquellos que afectan a continentes enteros y se prolongan en el tiempo períodos amplios- en el pasado se han debido sobre todo a procesos a gran escala, en concreto las fluctuaciones en la radiación solar que llega a la atmósfera y, en relación con lo anterior, a las variaciones de la inclinación del eje de la Tierra (lo que se llama la precesión del eje de rotación) las cuales afectan sobre todo al Hemisferio Norte.  

Podemos identificar así, en base a todo lo anterior, períodos de la historia humana donde se dio una tendencia más o menos constante al calor y la sequedad o bien épocas caracterizadas de modo general por el enfriamiento y la abundancia de precipitaciones. A su vez dichas fases tienden -por motivos obvios- a relacionarse, sobre todo en los períodos de clima extremo en cuanto a la sequedad o el frío, con etapas históricas marcadas por el estancamiento socioecónomico y los consiguientes problemas políticos. Es el caso del tránsito entre el mundo antiguo y la Edad Media, el cual coincidió en Eurasia con un breve período de enfriamiento consecuencia de tres erupciones volcánicas sucesivas en los 536, 549 y 547. 


Una vez explicadas estas cuestiones muy por encima, volviendo más o menos al punto en el que estábamos es importante conocer lo que se llama el óptimo climático medieval. Si a estas alturas ya tenemos claro que el Neolítico y el posterior origen de la agricultura se relacionaron con un período de calentamiento generalizado (que de hecho se prolonga hasta hoy) también es preciso conocer que el tránsito en Europa entre la Alta y la Baja Edad Media -tránsito que coincidió con una recuperación de la productividad agraria y la vida urbana en todo el Occidente- coincidió con otro momento de elevación de las temperaturas, en este caso mucho más coyuntural (una mera subetapa de la fase de calentamiento generalizado que empezó hace 12.000 años). 

   Ese momento es lo que se suele denominar como el óptimo climático medieval, el cual abarca más o menos desde el s. IX, cuando las temperaturas comienzan a repuntar, hasta comienzos del s. XIV, momento en que se invierte la tendencia. Aparentemente esa época coincidió parcialmente con un máximo en la actividad del Sol que alcanzó su momento culmen entre los años 1100 y 1250. La consiguiente elevación de las temperaturas afectó, inicialmente para bien, sobre todo a Europa, un territorio con suficientes aportes de agua para compensar el calentamiento. Fuera de ese continente los efectos no fueron uniformes ya que algunas partes del Noroeste de América y el centro de Asia es posible que en lugar de un aumentos de las temperaturas experimentasen lo contrario. Pero en las zonas del resto del globo que también experimentaron un aumento de las temperaturas las consecuencias no siempre resultaron positivas debido a que la ventaja para el progreso de la agricultura que había supuesto el inicio de ese ciclo de temperaturas benignas empezó a convertirse en una desventaja al prolongarse el ciclo demasiado y derivar en sequías.  

Debido a ello hemos visto ya como en Oriente Medio en torno al año 1200 se produjeron inundaciones seguidas de una progresiva desertificación de la zona. Sabemos también que los años turbulentos que precedieron el gobierno de Genghis Khan fueron avivados por intensas sequías entre 1180 y 1190 (teniendo en cuenta algo de lo comentado en el último punto de la entrada anterior se puede deducir lo que eso conllevó). Posteriormente, eso sí, de 1211 a 1225 (exactamente coincidiendo con el ascenso meteórico del imperio mongol) las temperaturas cálidas se mantuvieron pero acompañadas de lluvias prolongadas. La sequía inicial por un lado creó las condiciones de crisis necesarias para el surgimiento de un líder carismático. En ese sentido Gengis representaría para los mongoles algo parecido a lo que pudo representar para Hitler para la Alemania inmersa en la crisis del 29. Tras eso la posterior abundancia de lluvias recuperó la abundancia de pastos y creó las condiciones para que los soldados de ese líder carismático pudiesen alimentar y disponer de suficientes caballos en un momento clave de actividad bélica. Estamos hablando de que Gengis pudo necesitar del orden de dos millones de caballos, tal vez más, para llevar a cabo sus conquistas. Eso requiere logística y la hierba entonces era el equivalente al petróleo de los tanques.  

Por su parte en el caso del continente americano aquella época de bastante calor (entre el 1100 y el 1250/1300) desembocó en sequías, particularmente en dos regiones muy concretas. Por un lado en la zona de Bolivia, en el centro del área andina. Por otro en la parte occidental de los actuales EE.UU. Vamos a ver qué pasó en este segundo lugar.  

Las ciudades fantasma

En el Sudoeste de los actuales EE.UU. vivían los Anasazi. Tal vez puede sonarnos algo sobre ellos si pensamos en los dibujos de pueblos indios perdidos en el desierto que aparecen en algunos comics del Oeste como los del Teniente Blueberry. Pues bien, esas curiosas edificaciones en cañones o en masas de roca son los restos arqueológicos que hoy sobreviven de lo que fue en su momento una civilización india urbana y relativamente desarrollada (al menos para los magros estándares de la Norteamérica precolombina, territorio donde no florecieron grandes civilizaciones como las andinas o las mesoamericanas).  

En esos pueblos o “ciudades” de los Anasazi llegaron a vivir concentradas a veces más de mil personas que se nutrían gracias a una embrionaria economía agrícola del maíz (otro aspecto interesante si tenemos en cuenta que la mayoría de pueblos indios norteamericanos sobrevivían en base a la caza).  

Los Anasazi en realidad irrumpieron en la historia en torno al año 600 o 700, pero lo que interesa de ellos es que de repente -entre el año 1200 y el 1300- se evaporan repentinamente, abandonando de golpe todas sus ciudades y fragmentándose en múltiples y pequeñas tribus más atrasadas que con el tiempo darían lugar a los llamados indios pueblo que fueron a quienes se encontraron viviendo en la región los colonizadores europeos cuando llegaron hasta aquellas zonas.  

Tenemos ahí un brusco proceso de involución cultural: un colectivo humano que abandonó de forma total una serie de ciudades las cuales antaño habían sido más o menos prósperas. Además ese éxodo fue tan repentino que en algunos casos las casas quedaron intactas, en ocasiones llenas de utensilios, como si de un día para otro la población que vivía allí se hubiese evaporado. 

La explicación para ello es que la mala suerte quiso que la vida urbana y agrícola surgiera y se asentase en territorio norteamericano precisamente en una de las zonas menos propicias para ello. Quizás en la costa Este de los EE.UU. o en las riberas del Mississippi los Anasazi podrían haber prosperado y en la época de su llegada los europeos se hubieran encontrado con otro gran imperio establecido al Norte del actual México donde habitaban los aztecas. Pero el caso es que los Anasazi vivían en la parte más seca y desértica de los EE.UU. Su cultura se expandió en concreto los estados de Colorado, Utah, Nuevo México y Arizona. Claro está eso era un problema.  

La vida urbana necesita de grandes cantidades de alimentos que la caza por sí sola no puede aportar. Consiguientemente llegados a un límite la agricultura es necesaria para sostener aglomeraciones importantes de personas, pero la agricultura necesita grandes aportes de agua. En otras zonas calurosas y desérticas donde la agricultura y la vida urbana prosperaron contra todo pronóstico -caso de Egipto o Mesopotamia- esa agua la aportaban normalmente diversos grandes ríos. Pero los Anasazi, salvo los que vivían cerca del curso del río Colorado (y aun así, no era un río suficientemente regular y caudaloso) tenían que abastecerse sobre todo a través de los acuíferos formados por el agua de lluvia.  

A base de presas y canales los Anasazi inicialmente llegaron a desarrollar sistemas para almacenar y optimizar esa escasa agua de la que disponían de cara a usarla en las labores agrícolas. En base a ello entre el año 900 y el 1100 más o menos la vida urbana en la región no dejó de crecer y su cultura alcanzó el cenit.  

Sin embargo en los años del período 1125-1180 el volumen de precipitaciones en la región comenzó a caer. Tras ese año 1180 el régimen de lluvia retornó a la normalidad durante un tiempo, pero entre 1270 y 1274 se produjo un nuevo período de sequía esta vez más intenso. En el año siguiente las lluvias se recuperaron. Pero desde 1276 la sequía se reprodujo y esta vez duró hasta 1290. Cuando ese ciclo descrito comenzó las comunidades Anasazi habían alcanzado el culmen de su desarrollo y se encontraban densamente pobladas acumulando unos 40.000 habitantes en total, tal vez demasiado respecto al volumen de recursos que el territorio podía generar. En ese punto el precario equilibrio entre población y recursos solo era posible de mantener si absolutamente nada se torcía.  

En cambio la caída de las precipitaciones en la región durante el s. XII ya dejó muy tocadas a las comunidades de la zona. Finalmente el período prácticamente sin lluvias entre 1270 y 1290 fue la puntilla. A partir de ahí el equilibrio se rompió, no era posible cultivar comida suficiente para todos. Una vez desatada la crisis de subsistencias el resto del sistema social comenzó a quebrarse, aparecieron la agitación religiosa, el conflicto político y finalmente tal vez los enfrentamientos militares violentos entre poblados. 

Por último la lógica descrita al comienzo de esta entrada respecto a lo ocurrido en el caso de los argáricos en cierta medida se reprodujo con los Anasazi. Éstos comenzaron a construir sus poblados en zonas cada vez más escarpadas por razones defensivas, la deforestación (sino causada por el hombre al menos por la sequía) agravó los problemas de desertificación del área y en última instancia la gente no se desvaneció sino que simplemente llegado un punto fue abandonando las embrionarias ciudades de la zona para dispersarse por el territorio o emigrar, acarreando un mínimo de pertenencias, en busca de otras zonas más ricas en riachuelos y cursos de agua. Todo ello hasta que nuevamente el equilibrio entre población y recursos pudo recuperarse.

    Sin embargo este proceso implicó que las comunidades se disgregasen en múltiples aldeas mucho más pequeñas diseminadas por el territorio, apenas sin contacto entre sí. Antes de todo eso se perdió mucha población hasta que volvió a haber agua y recursos para todos, la división social del trabajo sufrió una regresión a estadios primitivos y, al final, donde antes había existido una sociedad tímidamente desarrollada con sacerdotes, agricultores, algunos artesanos y comerciantes se retrocedió de nuevo hacia un horizonte más pobre culturalmente compuesto por pequeñas tribus buscando sobrevivir de forma bastante primitiva en medio de una naturaleza hostil.  

  Lo que hemos visto hasta aquí son ejemplos de puro maltusianismo en la historia. En ocasiones durante el pasado remoto y bajo coyunturas favorables la sociedad humana se expandía hasta unos límites que resultaban insostenibles fuera de las condiciones ideales que habían posibilitado el crecimiento. Tras eso, cuando las condiciones climáticas cambiaban o se cometían errores que iniciaban períodos de crisis duraderos hemos visto como la mayoría de las veces el equilibrio se restableció a la baja.  

 Hoy en día consideramos completamente refutado a Malthus en base a que la moderna mecanización agrícola, el descubrimiento de fertilizantes químicos o el progreso tecnológico continuo durante los últimos siglos han elevado casi de forma infinita la capacidad de producción de alimentos, eso al margen de que hoy en día poseemos técnicas para controlar la natalidad. Nos parece que en adelante todo va a ir bien para siempre, asentados como estamos en una etapa de continuo y permanente progreso técnico. Pero ¿y si las fuentes de energía de las que tanto depende nuestro sistema productivo de tipo fabril sufren una repentina contracción, si el clima se descontrola más allá de lo que podemos arreglar con suficiente celeridad, y/o si el continuo progreso técnico entra en una fase de estancamiento?. ¿Es posible crecer siempre?. ¿Es posible ser cada vez más millones de humanos sobre la tierra, y vivir más años y consumir cada vez mayores cantidades de alimentos y energía per cápita?. ¿Seguro?.  

Bien, en una próxima entrada seguiremos en el continente americano analizando casos de problemas ecológicos de una escala aún mayor que la de los descritos hoy.

9 comentarios:

  1. Civilización es igual a agricultura. Desde ahora veré la paleodieta con otros ojos.
    ¿Ha pasado alguna vez que ocurriese un desastre similar debido a la sobreexplotación de los recursos marinos? Parece que los agricultores se dieron cuenta muy pronto de que tenían que cuidar las tierras, pero los pescadores podrían considerar el mar como un pozo sin fondo de comida.

    Está claro que para seguir creciendo tarde o temprano habrá que salir del planeta. Hay quien habla de colonizar no planetas sino cinturones de asteroides en el propio Sistema Solar. He visto datos sobre las materias primas que se podrían obtener, comparadas con las de un planeta, y la cosa parece prometedora.

    ResponderEliminar
  2. La "civilización" es igual a agricultura, si por civilización entendemos el más despótico crecimiento incontrolado; el abandonar nuestro estadio de humano en el que no somos nadie y convertirnos en nuestros dioses tecnológicos. Si entiendes eso por civilización, sí la agricultura lleva a la civilización.

    Pero dejando al margen esto creo que es obvio que no podemos mantener ni por asomo este nivel de crecimineto, ni podemos ni debemos mantenerlo más por consideraciones prácticas que éticas aunque sin duda son más importantes las segundas. No soy malthusiano, ni tampoco lo defenderé pero tampoco defenderé esta expansión sin sentido que se está cometiendo hoy en día porque va contra nuestra propia condición de humanos, el ser humano no es un dios, es un animal y como tal debe guardar el equilibrio etre naturaleza y "civilización"; ¿qué es eso de ciudades de un millón de habitantes? Qué clase de Locura es tener ciudades de 50 millones como puede ser Tokyo....en fin es deprimente con lo que nos encontramos.

    ResponderEliminar
  3. Civilización es algo menos dramático de lo que dices. Me refiero a sociedades sedentarias que pueden conseguir alimentos sin depender de forrajear y cazar, y de tener estructuras con cierta complejidad, especializarse, tener ocio y no depender de la veleidosa y caótica Naturaleza para conseguir vivir. Y, por supuesto, desarrollar cultura, arte, ciencia y tecnología.

    He oído que si un negocio no crece, es que va para abajo. No sé si será verdad. En cualquier caso una ciudad de 50 millones de habitantes será posible, o no. Si los recursos son suficientes, cada vez tendrá más habitantes. Así de simple.
    Los conceptos de bondad y maldad dependen únicamente del ser humano. Si algo es bueno, será debido al hombre y en beneficio del hombre; y en el caso de lo malo, en su perjuicio. Pero siempre desde un punto de vista moral antropocéntrico. El planeta ni piensa ni siente ni se venga. Si parece que es así es debido a que somos profundamente animistas.
    Los desastres no deben ser vistos como una venganza de Gaia o de agún dios masculino enfadado. Porque los dioses no existen más allá del pensamiento humano. Si desapareciéramos y no quedara nadie que pudiera pensar, no habría nada ni bueno ni malo. Somos, creo, naves de genes que intentan expandirse. No sé si hay algo más. ¿Las ideas tienen una entidad propia? ¿Están vivas? ¿Luchan por seguir existiendo? He leído algo sobre el concepto de los memes, pero no acabo de creer que su naturaleza sea similar a la de los genes.

    Estos casos de ciudades destruidas y abandonadas son el resultado de tomar malas decisiones y de no estar lo suficientemente informado. No creo que haya nada más allá.

    ResponderEliminar
  4. Enorme post. Muy bueno. Sólo por aportar algo, los condicionantes del medio biofísico (limitantes o posibilitadores) sólo son tales si los ponemos en relación a una serie de necesidades que consideramos dadas y a un contexto tecnológico, institucional y de conocimientos. Por eso los condicionantes del medio nunca son absolutos sino relativos a la sociedad y lo que para un grupo humano en el pasado podía ser una limitación hoy es un recurso y al contrario.

    Hoy contamos con una ingeniería y una ciencia bastante más avanzadas, una organización económica con un sistema de precios que cambian en función de la escasez, un sistema de comercio mundial etc. Además las proyecciones demográficas nos dicen que dada la caída prácticamente generalizada de la tasa de fecundidad en no demasiado tiempo la población humana llegará a un máximo. Todos estos puntos son necesario considerarlos en los debates sobre los límites del crecimiento.

    Un saludo

    ResponderEliminar
  5. Me comenta fuera de este blog un amigo de Calatayud que no está muy de acuerdo con la teoría del agua para el abandono de Bílbilis que el entorno es de un cerro agreste pero el río Jalon y el Ribota están cerca y se podría subir agua desde allí. Vamos que dice que la teoría expuesta para el abandono de Bílbilis según él hace "agua" por todos lados.

    Bueno, veamos. Es que una ciudad romana consumía mucha agua, mucha más que una ciudad medieval por ejemplo, para empezar porque los romanos se lavaban. Se lavaban mucho. Tenían termas, por ejemplo. Y algunas domus tenían sistemas de calefacción (hipocaustos) que precisaban de cantidades importantes de agua. No necesitaban el agua solo para beber (de hecho es para lo que menos la necesitarían ya que no bebería agua a secas demasiado, en todo caso vino rebajado con agua) como ocurría esencialmente en una ciudad medieval o de época moderna. Los romanos dependían mucho del agua, fueron una civilización muy intensiva en su uso para la vida cotidiana.

    Y una ciudad con docenas de miles de habitantes así necesita MUCHA agua. Desde luego no se la puede abastecer a base de subir carros con barriles de agua desde la vega, son necesarios sifones y a ser posible un acueducto como mínimo. Pero esto último estaba descartado. Por su parte las cisternas existentes en el cerro no bastaban para cubrir todas las necesidades y había problemas con los sifones.

    Sin duda llegados al s. III otros motivos adicionales tuvieron que dar la puntilla a la ciudad: una vez avanzada la romanización ya no era necesario hacer propaganda del poder romano en la zona, la ruralización comenzaba a avanzar en el Imperio… pero la explicación propuesta es a día de hoy la más racional a mi modo de ver. Simplemente Bíbilis fue una especie de Brasilia (esa ciudad con inmensas avenidas planificada como capital de prestigio por los mejores arquitectos de su época a los que se les olvidó… pensar en ponerle un metro).

    En este documental

    http://vimeo.com/20703814

    dan su punto de vista al respecto diversos investigadores, sobre todo Manuel Martín Bueno, catedrático de Arqueología de la Universidad de Zaragoza y director de las excavaciones de Bílbilis desde su inicio. Son solo 25 minutos.

    Por otra parte aquí os dejo una panorámica elevada del yacimiento en la actualidad para que se vea el contexto del emplazamiento

    http://files.tecnitop.com/Panoramica/PanoramicaBilbilis2.html

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No soy tu amigo de Calatayud, aunque soy de muy cerca. Sifones no lo se, pero en Cervera de la Cañada, a 4 o 5 kilómetros de Calatayud, quedan las pequeñas ruinas echas polvo de un acueducto romano reconvertido a puente, siempre he pensado que eran precisamente para llevar agua del Ribota y de los barrancos de la sierra a Bilbilis.

      Eliminar
  6. Hallazgos en La Almoloya (Murcia), relacionados con El Argar.

    http://www.pasthorizonspr.com/index.php/archives/10/2014/bronze-age-palace-discovered-in-southern-spain

    ResponderEliminar
  7. Ostras!..He dado casualmente con este blog y estoy encantada. Me estoy leyendo las entradas una por una y desde el inicio. No tienen desperdicio. Vaya curro, Juanillo!..Gracias por el esfuerzo de documentación y enhorabuena por el talento en la redacción, por la agradable estética del blog y por la visión crítica que imprimes a los artículos y que se traduce en un original punto de vista siempre de agradecer. Seguramente opine poco porque me mueve más el aprender que el enseñar pero que sepas que desde este momento seré una fiel seguidora y difundiré este sitio todo lo que pueda. Sigue deleitándonos, por favor.

    ResponderEliminar
  8. Te felicito por tu blog estoy adicto lo he leído casi todo desde hace tres meses, de verdad te felicito por el enorme esfuerzo que dedicas a escribir y a recopilar las fotografías, di casualmente con este blog buscando una información sobre una iglesia de España y me encontré con el articulo LAS VEGAS increíble articulo por cierto. Saludos desde Venezuela

    ResponderEliminar