sábado, 1 de agosto de 2015

Por un puñado de dólares


 - Un caballero no debe fumar en presencia de una dama.

- Hace tres semanas le extraje una bala a un hombre que había sido herido por un caballero. La bala estaba en la espalda.

     John Carradine y Thomas Mitchell en “La Diligencia”


Por casualidad me he dado de bruces con el libro Airmen Without Portfolio: U.S. Mercenaries in Civil War Spain, escrito por un tal John Carver Edwards (autor que no conocía previamente ya que ni el tema ni el período me interesan particularmente). No obstante ese desconocimiento me ha servido para, tras hojear muy por encima su libro, empezar a interesarme y tirar del hilo, ya por mi cuenta, en torno a la existencia de diversos “mercenarios del aire” durante el segundo cuarto del s. XX fundamentalmente.  

¿De qué hablo?. Veamos. En la Guerra Civil española combatieron unos 2.800 estadounidenses a favor de la República, en su mayoría como soldados de infantería (encuadrados principalmente en el famoso Batallón Abraham Lincoln). No obstante en su libro Edwards se dedica a examinar en concreto la vida y andanzas de los poco más de una docena de aviadores estadounidenses que lucharon alistados en el bando republicano durante la Guerra Civil española.

 El caso es que frente a otros pilotos (alemanes, italianos, rusos o españoles) enrolados en la contienda y que cobraban un salario estándar relativamente bajo pues buscaban sobre todo defender su país, cumplir órdenes y/o ganar experiencia usando los cielos españoles como campo de pruebas (esto fue clave en el caso de los hombres enviados por la Alemania nazi y la Italia fascista para ayudar al bando nacional), resulta que entre el contingente yanqui (país capitalista para todo) es posible encontrar algunos aventureros que se alistaron por razones digamos no solo altruistas sino también en parte pecuniarias. Por supuesto no cabe negar el importante componente ideológico a la hora de explicar la mera participación en el conflicto de estos hombres, y sobre todo el bando concreto que escogieron para hacerlo, pero lo que yo no sabía hasta ahora es que algunos de ellos –una minoría pero muy pintoresca- no eran simples voluntarios desinteresados sino que cobraban sustanciosos contratos (para la época). Según Edwards en concreto algunos pilotos yanquis percibían por sus servicios a la República un salario de 1.500 dólares mensuales. Esto al parecer era como seis veces el sueldo que pagaba el ejército estadounidense en aquel momento, aun sin contar las primas de 1.000 dólares por avión derribado a las que también tenían derecho.

Surgen así figuras como la de Albert John Baumler un piloto que tras trabajar para la República y derribar cuatro aviones enemigos regresó a las fuerzas aéreas estadounidenses para poco después, concretamente en 1941,  alistarse nuevamente como mercenario, en este caso volando al servicio de los Nacionalistas chinos integrado en el American Volunteer Group (los archifamosos “Tigres Voladores”), donde no gozó de excesiva fortuna. Al parecer el sueldo que pagaban los chinos no estaba tampoco nada mal y rondaba los 600 dólares mensuales con un plus de 500 dólares por cada avión abatido. 

Además en aquella época -justo antes de que los EE.UU. entrasen en la II Guerra Mundial- otros aviadores estadounidenses se enrolaron en la RAF, muy necesitada de pilotos durante la batalla de Inglaterra, aunque desconozco el tema en profundidad y por tanto si alguno lo hizo por razones económicas.

Pero volviendo al caso de los estadounidenses que pasaron por la Península otro individuo peculiar fue Harold Edward Dahl. Mientras combatía a favor de la República, Harold fue derribado y capturado por los nacionales en 1937 lo que atrajo a la Península a su mujer, una atractiva cantante de cabaret cuyas aventuras para conseguir el perdón de su marido acabaron inspirando indirectamente el guión de una película en 1940. Ese mismo año, una vez liberado, Harold se divorció de su guapa esposa y procedió a vender sus servicios a las Fuerzas Aéreas Canadienses para instruir pilotos de esa nacionalidad. Poco tiempo después, pese a casarse con una rica heredera, fue expulsado del país al descubrirse que se lucraba robando y vendiendo equipo militar. No aprendió nada de la experiencia y unos años después reaparece en Suiza intentando sacar oro de contrabando del país, algo que no logró, lo que a su vez impulsó a su nueva mujer a pedir el divorcio y a él lo condenó definitivamente a buscar trabajo como piloto comercial.

Me interesa mucho por tanto la existencia de un perfil de aventurero particular, en concreto aviadores (por aquel tiempo un tipo de combatiente escaso y por tanto muy valorado) que durante los años 30 y 40 aprovecharon la coyuntura de guerra generalizada para viajar por el mundo vendiendo sus servicios a causas que les caían simpáticas.

De hecho poco después de la II Guerra Mundial, en 1948, es conocido el caso de los Mahal, luchadores parecidos en cierta forma a los voluntarios extranjeros que habían participado en la Guerra Civil española formando parte de las Brigadas Internacionales, pero que en este caso se alistaron para luchar a favor del bando sionista en el conflicto entre el naciente Estado de Israel y los países árabes de su entorno. Es bien sabido que Israel en ese primer momento solo contaba con apenas cinco pilotos y cuatro aviones, todo ello como embrión de lo que acabarían siendo las Fuerzas Aéreas más modernas y poderosas de la región. Los aparatos (que pronto pasaron a ser más de 80 merced a los envíos de armas de contrabando) eran material obsoleto en muchos casos procedente de la Guerra Mundial previa, pero lo más apremiante era la carencia de pilotos.

En esa coyuntura unos 3.500 voluntarios judíos (muchos de ellos oficiales veteranos de los ejércitos aliados durante la II Guerra Mundial) pero también (y esto es lo que me llama la atención) varios mercenarios no judíos de diversas nacionalidades fueron enrolados en las embrionarias Fuerzas Armadas del nuevo país y en concreto un porcentaje importante de este personal foráneo (caso de los experimentados pilotos estadounidenses Milton Rubenfeld y Chalmers Goodlin), sobre todo el de naturaleza mercenaria, llegó destinado al Ejército del Aire de cara a pilotar los Mezek (aviones checos Avia S199, imitación de los Messerschmitt alemanes de la Segunda Guerra Mundial) en torno a los cuales los israelíes poco a poco construyeron su primera fuerza aérea y con el tiempo lograron la superioridad aérea en la región.

Todo sea dicho en aquel primer conflicto las labores de los aparatos disponibles en muchos casos se limitaron al transporte de personal, de suministros, o a la evacuación de civiles. Sin embargo, gracias a la capacidad económica y sentimental de la diáspora judía para atraer a veteranos del bando aliado a combatir en Israel y a formar a los futuros pilotos, pronto los israelíes, si bien inferiores en número, contaron con una abrumadora superioridad sobre sus enemigos en cuanto a experiencia en combate y horas de vuelo de sus oficiales e instructores.  

   Desconozco si en algún otro conflicto de la época hubo pilotos mercenarios, pero me ha llamado la atención esa realidad. Es de suponer que en décadas más próximas al presente han continuado existiendo, aunque probablemente si lo han hecho ha sido ya limitados a lucrarse a sueldo de dictadores africanos o centroamericanos, lo que le quita todo el romanticismo al asunto. 

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