sábado, 9 de mayo de 2020

Los caminos del señor son inescrutables


No debo tener miedo. El miedo mata la mente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí, y cuando haya pasado giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo”

Frank Herbert, "Dune".




Sin ánimo de resultar cansino voy a relataros otra historia en parte relacionada con mi última entrada en la que señalaba que las tasas de mortalidad por coronavirus en el Este de Europa están siendo, por ahora y pese al baile de cifras, extrañamente bajas en comparación con países ricos dotados de sistemas de salud pública teóricamente mucho mejores. La razón simplemente no está clara y quizás se puede relacionar con el diferente grado de integración global de sus economías, con pautas sociales, motivos culturales, una combinación de todos los factores anteriores sumados a alguna otra cosa, o vaya usted a saber. Pero, claro, ese vaya usted a saber es algo que a mi, como analista social aficionado, me resulta fascinante.

El caso es que durante las últimas semanas mis amigos en España me han expliado historias increíbles sobre cómo la gente se pasaba a lo mejor una hora desinfectando la ropa y los productos del supermercado después de hacer la compra. Y más cosas así. Todo ello por miedo a contagiarse del coronavirus.

Pues bien, con eso en mente os voy a contar una anécdota que me parece curiosa.

Aunque yo no he llegado a ver personalmente una, sí que he visto muchas fotografías de las famosas máquinas dispensadoras de “agua carbonatada” que empezaron a distribuirse por lugares públicos de la URSS a partir de los años 30 y se hicieron muy populares a partir de los años 60. 

Eran máquinas que funcionaban desde mayo hasta octubre más o menos y que a cambio de 1 o 3 kopecks (lo que vendrían a ser unos pocos céntimos de euro) permitían beber un sustituto soviético de los refrescos por entonces populares en el mundo occidental.

Lo interesante de estas máquinas es que no vendían latas ni botellas. Supongo que eso hubiese supuesto demasiada demanda para la mal equipada industria de bienes de consumo soviética, así que los aparatos en cuestión se limitaban a abrir un pequeño grifo y verter algo de líquido. Pero el líquido no se bebía de forma directa como en una pequeña fuente pública y tampoco en vasos de plástico sino que cada máquina venía acompañada de uno o dos vasos de cristal que se usaban para beber.

Es decir TODAS las personas que bebían de la misma máquina usaba EL MISMO vaso de cristal para beber y después lo volvían a poner en la máquina. Las precauciones higiénicas eran dos. Por un lado al volver a dejar el vaso en la máquina, si éste se posicionaba correctamente en un lugar determinado y se pulsaba varias veces un determinado botón, entonces salía algo de agua para limpiarlo al menos un poco. Además, en teoría, diversos operarios lavaban (ni siquiera cambiaban) los vasos cada cierto tiempo (días o semanas, según) usando agua caliente. Por último a veces algunas personas usaban su propio vaso, pero dado que no resultaba práctico en pleno verano salir de casa equipado con un vaso, dicho hábito solía reducirse a los vecinos del lugar donde se encontraba la máquina de turno.



Imaginar la situación. Máquinas dispensadoras en lugares públicos concurridos donde la gente hacía cola esperando y luego se apelotonaba para beber del mismo vaso. Cada máquina era usada por miles de personas. Unas detrás de otras. Una y otra vez. Durante meses. A la luz de lo que hoy sabemos se trataba sin duda del vector de contagio perfecto no solo para virus respiratorios sino para enfermedades como la hepatitis. Y sin embargo en toda la historia del sistema soviético las grandes epidemias y los contagios colectivos, si bien existieron, no fueron ni de lejos el principal problema y por sorprendente que pueda parecer no hay constancia de que estuviesen relacionados con los populares dispensadores públicos de bebida.

Podéis pensar que tal vez hubo grandes contagios y el sistema los ocultó, pero hoy conocemos relativamente bien la historia de periodo gracias a que en los años 90, en pleno caos en Rusia, muchos investigadores extranjeros pudieron acceder a todo tipo de archivos y documentos. Por ello, y por el interés que el período soviético ha despertado durante décadas entre historiadores y periodistas, es posible que conozcamos los entresijos del período mejor que muchos detalles pertenecientes a la historia de otros países a cuyos archivos resulta bastante difícil acceder, me viene a la mente el caso de la España franquista (vaya usted al Ministerio a consultar sobre los sucesos de Palomares y a pedir registros de los posibles estudios médicos realizados por el ejército a la población de la zona durante los años siguientes, a ver qué le dicen).

De tal forma sabemos que la URSS fue afectada por una fuerte epidemia de gripe en 1977, en aquel caso dicha pandemia alcanzó sobre todo a gente joven, pero quizás menos de lo que tendría que haber sido si pensamos en la total carencia de muchas medidas de higiene pública que hoy se consideran básicas, en un sistema soviético que por demás, absorto en su lucha geoestratégica y militar con Occidente, tampoco se preocupaba mucho por cosas como la contaminación y similares. Así que durante dicho período, a finales de los 70, la principal amenaza sanitaria de la que se tiene constancia fue una epidemia de Antrax que se cobró un centenar de vidas en los Urales. Cosas de la URSS.

Por el contrario durante aquellos años los principales problemas sanitarios en Rusia eran los derivados de un altísimo consumo de alcohol. Es decir tenían más o menos los mismos que en la actualidad si añadimos algunos problemas surgidos en las últimas décadas, como la expansión del SIDA por ejemplo.

Tal es así que ese primitivo sistema de dispensadores entró en crisis y luego desapareció por razones bastante alejadas de las que tendrían que haber acabado con él si se hubiese seguido un razonamiento lógico basado en cuestiones higiénicas de algún tipo.

La cuestión es que el primer golpe mortal para dicho negocio se debió a un rumor que se expandió por la capital. En paralelo a los Juegos Olímpicos de Moscú celebrados en 1980 ganó fuerza una historia, apoyada en el racismo y la xenofobia tradicionales de las poblaciones del Este de Europa, según la cual atletas negros salían de noche a introducir sus genitales en los vasos de los expendedores para contagiar la sífilis a los rusos. Aunque obviamente dicha historia resulta ridícula y la sífilis es quizás la última enfermedad que podían esperar contagiarse a través de tales vasos, muchos rusos de la capital empezaron a mirar con prevención los dispensadores.

Por otro lado seguro que muchos de los que habéis visto la serie Chernobyl recordáis una escena en concreto: cuando tras acabar las tareas de limpiado de la zona del reactor unos operarios suben hasta una torre a colocar una bandera soviética por razones propagandísticas.

Como casi todo lo narrado en la serie tal cosa sucedió en la realidad (ver la fotografía adyacente). Pese a las difíciles condiciones, Alexander Yourtchenko y Valéri Starodoumov escalaron 78 metros para colocar la bandera de marras. Durante 9 minutos se expusieron a altísimos niveles de radiación vestidos con una protección inadecuada y a cambio recibieron una botella de Pepsi. Lo cual nos habla del grado de podredumbre de la sociedad soviética a mediados de los años 80, ya completamente penetrada por una desmesurada admiración casi obsesiva hacia los productos de consumo occidentales, lo que estaba a punto de gangrenar todo el sistema y, con el tiempo, una vez abiertas por completo las fronteras comerciales tras el derrumbe de la URSS, sacaría del mercado interno ruso a la mayoría de productos de consumo desarrollados durante la vieja economía soviética.

Eso fue especialmente rápido en el caso del sistema de máquinas dispensadoras de las que os he hablado, y sucedió en paralelo al colapso de la economía rusa en los primeros 90. El capitalismo llegó al país acompañado de enormes niveles de inflación y por ello actualizar las ranuras de las famosas máquinas expendedoras de agua gaseosa cada pocos meses para que se adaptasen a los nuevos precios, como empezaba a ser necesario, hizo que tales sistemas de distribución dejasen de ser rentables durante algún tiempo, lo que las hizo desaparecer de las calles.

Más allá de lo anterior, todos los que fuimos niños hace cuarenta años o más, tanto en pueblos como ciudades, creo que compartimos una memoria común de haber jugado durante años en lugares en los que hoy no dejaríamos jugar a nuestros hijos. Lugares próximos a basureros, llenos de clavos oxidados, o cercanos a cuadras con ganado, a estercoleros, edificios abandonados… y el caso es que aquí seguimos. Por el contrario no parece que pese a todos los esfuerzos que hoy nos tomamos los niños actuales sean mucho más resistentes a las infecciones de lo que éramos nosotros, más bien al contrario.

Es como la típica historia urbana en la que, en el entierro de algún conocido caracterizado por sus saludables hábitos de vida y aún así muerto a los 40 años de un cáncer o un infarto, alguien cuenta cómo su abuelo fumador empedernido se murió a los 80 años. Obviamente el caso aislado no invalida la realidad estadística, la cual indica que lo problable (muy probable) es lo opuesto a la anécdota aislada de la que hablamos. Pero lo curioso es que a veces a nivel colectivo también se dan realidades estadísticas extrañas. Y eso en sí mismo sí que resulta intrigante.

Un amigo retornado recientemente de China después de trabajar allí algún tiempo (hola Dustan) me cuenta que una de las cosas que más le molestaron durante su estancia fueron los malísimos hábitos higiénicos de los chinos, los cuales encima viven hacinados como sardinas. Comida de muy mala calidad, todo el mundo escupiendo por todas partes, ver a gente descalzarse y cortarse las uñas de los pies en el transporte público, etc. Y el caso es que se van a morir muchos más estadounidenses, o para el caso españoles, que chinos debido a la pandemia iniciada en China.

A nivel global respecto al coronavirus no solo mucha menos gente se está muriendo en el Este de Europa en comparación con los países del Oeste pese a la mayor escasez de infraestructuras y dinero, sino que además si analizamos las diferencias dentro de los países ricos hay casos como el de Suecia, donde el problema se ha afrontado desde una despreocupación inimaginable en España, con resultados comparativamente buenos. Sin embargo en Holanda un enfoque parecido no ha funcionado nada bien. No está clara la lógica de todo lo anterior. 

En definitiva, hay muchas cosas que aún no sabemos sobre cómo funciona el mundo en el que vivimos. Nuestra avanzada ciencia, con toda lógica, aún se muestra impotente para resolver todos los problemas posibles y dar todas las respuestas, al menos de forma inmediata. 

Aunque resulte frustrante reconocerlo a veces hay que aceptar, al menos temporalmente, que los caminos del señor son inescrutables.

13 comentarios:

  1. Una cosa es tomar precauciones para evitar el contagio cuando se atiende a un enfermo, se manipula un cadáver o se mete uno en un ambiente contaminado, y otra muy distinta es tomar esas precauciones en la vida normal. Llevar mascarilla y guantes por la calle, por ejemplo, me parece una moda enfermiza, quizá propia de una sociedad pusilánime y decadente.

    Hasta mediados del s. XX, cuando en las ciudades era bastante habitual una enfermedad muy contagiosa y frecuentemente mortal, como la tuberculosis, la gente no iba con guantes y mascarilla por la calle. Sencillamente, asumían ese riesgo, y seguían viviendo y trabajando. Hoy, buena parte de España está paralizada por el miedo al contagio de una enfermedad tiene una mortalidad muchísimo más baja que la TBC. Me parece muy mala señal... El progreso se debe siempre a la audacia, y no se logra con cobardía.


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    1. Muy de acuerdo con el comentario. Vivir mata y, al final de la historia, el protagonista muere. Parece que hay gente que no se entera de esto.
      Evidentemente, hay que ser prudente, sensato y limpio, pero, como dice el comentarista, hay pusilanimidad y decadencia, directamente proporcionales, pienso yo, al individualismo, el egotismo y el hedonismo de nuestra sociedad.
      Menos liberalismo ideológico y cultural nos vendría bien colectivamente.

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    2. Cómo sois algunos jóvenes de hoy día, quejándoos sin parar. Eso sí que es enfermizo, pusilánime, individualista, egotista, hedonista, cobarde y decadente. Lloros, lloros, lloros todo el día, siempre llorar, nunca actuar ni afrontar. Sin más valor que para llamar cobardes a otros. Qué triste incapacidad de adaptarse a la vida y a los cambios que conlleva. Qué enfermiza necesidad de lloriquear y de llevar la contraria. Que os ofende y molesta TODO. Si de verdad pensáis lo que decís, haced algo al respecto con esa audacia, en vez de tanto cómodo berreo desde el ordenador de papá, que tal vez os acabáis quitando de en medio, y con menos gilipollez ideológica y cultural haríais un favor colectivo al resto. Pero no, no vais a hacer nada, porque es todo de boquilla. Cómo os afloja tanto lloro. No solo no sabéis seguir adelante, sino que lo hacéis mientras criticáis a quienes sí que se adaptan a los cambios que trae la vida, en vez de envidiar que sean menos flojos que vosotros.

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    3. ¿Quién estaba llorando aquí?
      ¿Quién es joven aquí?

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    4. Antes había menos conciencia del riesgo y más despreocupación. Un buen ejemplo son las normas de tráfico, y se diga lo que se diga, se han salvado muchas vidas controlando el consumo de alcohol en imponiendo medidas como el cinturón y el casco para motoristas . En España en los sesenta circulaba un parque móvil de apenas un millón de vehículos, ahora tenemos catorce millones y los muertos en accidentes son menos que cuando Franco.

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  2. La entrada me recuerda a la historia de Drácula y la copa de oro.

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    1. Si, desde luego el vaso de marras no duraría mucho en según qué países y lugares. Pero resulta que los gulags, contribuyen a la disciplina colectiva.

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  3. Me acabo de enterar, en internet, claro, que algunas de estas máquinas de agua gaseosa han sobrevivido al final del comunismo. Esta foto parece haber sido tomada en Lvov, (hoy Lviv, en Ucrania) en ¡2009!!!

    https://ru.wikipedia.org/wiki/%D0%93%D0%B0%D0%B7%D0%B8%D1%80%D0%BE%D0%B2%D0%B0%D0%BD%D0%BD%D0%B0%D1%8F_%D0%B2%D0%BE%D0%B4%D0%B0#/media/%D0%A4%D0%B0%D0%B9%D0%BB:Gazirovka_lvov.JPG

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  4. Hola, me gusta mucho tu blog y te animo a seguir así, John. Pero creo que esta vez discrepo, y me extraña que alguien como tú realmente crea que en China han muerto menos personas por covid19 que en Occidente.

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  5. solo un detalle: revisa los datos de Suecia x millon de hab...van camino de ser los peores

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    1. El caso de Suecia es complicado porque al parecer, al estilo Singapur, la mortalidad se está concentrando en ghettos de inmigrantes pobres. Al ciudadano sueco estándar la apuesta del gobierno le está saliendo relativamente "bien".

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    2. Cuanto mayor es la clase social y económica mayor es la salud de la población. Creo que ocurre en todas las partes del Mundo. No sólo por un acceso a mejores servicios sanitarios sino a la mejor información e instrucción.
      No es raro que los pobres se alimenten peor aunque tengan acceso a mejor comida. Además a mayor nivel mejor es la higiene en general.

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    3. Sobre el caso sueco en particular:
      https://www.huffingtonpost.es/entry/la-epidemia-que-convirtio-a-suecia-en-otro-planeta_es_5ed010bbc5b6c9cb77ab6455

      Lo preocupante es que pese al nivel extraordinario de sacrifio impuesto en países como España estos siguen teniendo (bastante) peores cifras de mortalidad por millón de habitantes. Es verdad que Suecia tiene peores cifras de muertos que sus vecinos, pero no mucho peores, y sin embargo se ha salvado del coste en términos de enfermedades mentales y otras cuestiones que seguro tendrán las cuarentenas brutales impuestas en determinados países.

      Insisto el caso sueco me parece un éxito y no un fracaso aunque tiene su lado oscuro porque no había una salida perfecta de esto.

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