jueves, 14 de abril de 2016

El secreto de la felicidad


   El conocimiento hace sufrir y por tanto aquel que hace crecer su conocimiento hace crecer también su sufrimiento.

(El nombre de la rosa)





A mi última entrada le faltó algo, por así decirlo. Me refiero a la cuestión de los sellos grabados y de los rastros de escritura (o más bien de escrituras) hallados por Evans en el entorno de Cnosos, así como más adelante también descubiertos por otros investigadores a lo largo de casi toda la isla de Creta. Es una historia menos divulgada que la de los grandes yacimientos y sus "palacios" pero quizás igual o más informativa e interesante, no solo por lo que implica para el conocimiento de las fases minoica y micénica de la historia de Grecia, sino por lo increíble y fascinante que resulta por sí misma como trabajo intelectual que dio sentido a la vida de varias personas excepcionales. 

La historia comenzó en cierta forma a finales del s. XIX, cuando empezaron a aflorar por toda la isla de Creta no solo reliquias arquitectónicas sino otro tipo de vestigios, básicamente multitud de tablillas con extraños signos grabados. 


Pronto resultó evidente que se trataba de los restos de algún tipo de escritura primitiva donde los gobernantes o los sacerdotes de la sociedad minoica habían consignado, quizás, la crónica de diversos hechos históricos, sus creencias religiosas o bien la referencia de transacciones comerciales. No era posible saberlo a ciencia cierta entonces porque los extraños signos no se parecían a nada que los lingüistas del período hubiesen visto con anterioridad y por tanto no resultaba factible traducirlos. Debido a ello los arqueólogos interesados en el mundo griego antiguo se encontraban así ante un problema semejante al que habían experimentado los eruditos fascinados por el Egipto faraónico o el mundo mesopotámico antes del desciframiento de los jeroglíficos y de la escritura cuneiforme respectivamente.    

En realidad hoy sabemos que los confusos "garabatos" identificados en las tablillas cretenses del II milenio a.n.e. corresponden en realidad a tres tipos de escritura distintos.

En primer lugar lo que se ha venido en llamar Escritura Jeroglífica Cretense o Escritura Pictográfica Cretense. Se trataría de una variedad de escritura muy embrionaria, muy primitiva y en la cual los diversos signos que la integran todavía se parecen en cierta medida a dibujos esquemáticos. Fue desarrollada a finales del III milenio o bien a comienzos del segundo milenio antes de nuestra era y siguió siendo empleada hasta el año 1700 aproximadamente. Hoy en día su legado arqueológico está compuesto por unos 1.550 grupos de signos diferenciados, presentes en unos 270 documentos y objetos recuperados distintos.


A esa escritura primitiva y en cierta forma parecida a jeroglíficos muy básicos la siguió un tipo de escritura habitualmente denominada como Lineal A (porque los dibujos en este caso brillan por su ausencia siendo sustituidos por simples líneas inscritas en arcilla; de ahí, por cierto, su denominación de "lineal"). 



   Esta escritura apareció en torno al año 1900 antes de nuestra era y posiblemente convivió de forma breve con la escritura pictográfica antes mencionada, hasta que acabó imponiéndose. No obstante, en torno a mediados de dicho II milenio, esta escritura desapareció también siendo sustituida por la llamada Lineal B surgida entonces y que desapareció a su vez en torno al año 1150 antes de nuestra era.


Por si el lío cronológico fuese poco hay que tener en cuenta que los restos de la primera de estas escrituras solo aparecen en la isla de Creta mientras que existen múltiples vestigios de las otras dos distribuidas por islas próximas e incluso en la Grecia continental, particularmente en el caso de la escritura Lineal B. De hecho estas tres escrituras sirven para transcribir al menos dos lenguas distintas. Sin querer adelantarme a los acontecimientos demasiado hoy se piensa que las dos primeras escrituras sirvieron para transcribir el verdadero idioma minoico primitivo (o tal vez dos idiomas distintos, o bien dos variedades del mismo con diferente grado de evolución, no lo sabemos). En todo caso el minoico es una lengua cuyo rastro se ha perdido completamente en la actualidad. Sin embargo la escritura Lineal B, como veremos, sirvió para poner por escrito un idioma distinto que sí se ha logrado reconstruir de forma aproximada. 

De hecho, gracias a lo anterior, la Lineal B ha podido ser descifrada mientras que las otras dos escrituras del período continúan siendo un enigma para nosotros. Pues bien, hoy os hablaré de cómo se logró descifrar esa escritura Lineal B.

El viejo

En 1936 la Escuela Británica de Atenas, una institución que se dedicaba a patrocinar y coordinar excavaciones arqueológicas en el mundo griego, organizó una serie de conferencias en diversas ciudades de Inglaterra con el propósito de conmemorar sus cincuenta años de existencia.

En una de esas charlas el conferenciante era un anciano casi ciego que accedió al estrado ayudándose penosamente con un bastón. Se trataba nada menos que de Arthur Evans, de ochenta y cinco años por entonces.

En cuanto al público la mayoría de los asistentes aquel día formaban parte de una especie de excursión escolar integrada por los jóvenes alumnos de un colegio cercano.

Durante su charla Evans habló como siempre de la civilización minoica, de Creta, de sus descubrimientos allí y, en un determinado momento, expuso los hitos que a su juicio restaban por resolver en los estudios sobre tal etapa histórica, entre ellos el enojoso asunto de lograr descifrar algún texto o inscripción procedente del período.

A ese respecto Evans y el resto de especialistas de la época ya habían llegado en aquel tiempo a la conclusión de que las evidencias arqueológicas mostraban rastros de varias escrituras distintas procedentes de etapas cronológicas ligeramente diferentes. Por ello establecieron esa distinción, que antes os expliqué, entre una escritura Lineal A, al parecer más antigua, y una escritura que denominaron Lineal B, más moderna. A partir de lo anterior, de cara a lograr algún día traducir los textos escritos a través de ellas, Evans en concreto era partidario de explorar los posibles parentescos con el alfabeto fenicio o con testimonios escritos de otras lenguas orientales antiguas. 

Tras terminar la charla, en el turno de preguntas posterior, uno de los chicos del colegio que se hallaban entre el público se mostró muy interesado en una única cosa: saber si el propio Evans u otra persona habían conseguido descifrar realmente algo de los que decían los textos transcritos mediante aquellas misteriosas escrituras de las que Evans les había hablado someramente. Evans le respondió que no, de hecho unos años después moriría sin haber logrado ningún progreso importante en lo relativo a esa cuestión.

El chico que le hizo la pregunta se llamaba Michael George Francis Ventris, tenía catorce años de edad y en aquel preciso momento encontró eso que otros no encontramos jamás, o lo hacemos demasiado tarde: un objetivo al que dedicar la vida, por completo, sin reservas, con verdadera pasión y devoción.

El chico

Si queremos entender el cómo y el porqué de lo anterior hay que comprender a su vez lo que significó para ese muchacho aquella aparentemente aburrida conferencia y de cara a ello es preciso saber algo más sobre él.

Michael era un chico enfermizo que padecía de asma y que no tenía demasiados amigos ya que su condición le impedía practicar habitualmente deporte, llevar a cabo excursiones, o participar en la mayoría de juegos de sus compañeros.

Por otro lado, después de varios años de peleas y amagos de separación, sus progenitores se habían divorciado unos meses antes. Su padre, Edward, era un riguroso oficial del ejército británico, amargado por haber tenido que retirarse del servicio activo al contraer la tuberculosis, algo que a su vez había acabado con sus sueños de emular la brillante carrera militar de su propio padre desarrollada en China y luego en el transcurso de la I Guerra Mundial.

Mientras tanto su madre, Anna Dorothea Janasz ("Dora", que así es como la llamaban en familia), era la hija de un rico terrateniente polaco de rígidas convicciones religiosas que no se tomó demasiado bien el que su matrimonio hubiese fracasado. No era una mujer alegre porque no era feliz, de hecho debido a sus depresiones recurrentes Dora fue durante un tiempo parte de la distinguida clientela del famoso Carl Jung el cual le recomendó que tratase de forma deliberadamente fría y distante al pequeño Michael para que este no desarrollase complejo de Edipo. Al final las consultas se interrumpieron cuando Dora descubrió que Jung estaba quizás demasiado interesado en realizar trabajo de campo con su vagina, pero el daño estaba hecho y por otra parte eso solo aumento las discusiones entre Edward y Dora ya que el primero estaba convencido de que ésta le había sido infiel con Jung. 

De esta forma podríamos catalogar al pobre Michael como un típico niño rico desgraciado que pasó su infancia y los inicios de su adolescencia o bien refugiado en su habitación mientras los gritos de papá y mamá discutiendo resonaban al fondo, o bien alojado a solas en diversos internados y lujosos balnearios a donde sus padres lo enviaban cada poco para que recibiese la mejor educación, los mejores cuidados para su enfermedad… y que no molestase. 

Con ese baile de colegios y ciudades no es extraño que la mayoría de sus fugaces profesores, siempre cambiando cada pocos meses, no se diesen cuenta de que Michael tenía un don natural. Daba igual que sus padres lo enviasen a un colegio en Austria o a otro en Suiza o donde fuera, a las pocas semanas Michael ya estaba listo para intentar comunicarse con sus compañeros. A nadie le llamó particularmente la atención eso, pero si los que lo rodeaban hubieran tenido la perspectiva de conjunto se habrían dado cuenta de que aquel tímido y rarito estudiante inglés al que todos ignoraban dominaba ya para entonces el francés y el alemán, además de algo de polaco gracias a su madre, por supuesto el inglés y a la vez se defendía en otros ocho idiomas y dialectos. Todo ello mientras estudiaba rudimentos de latín y griego clásico y a solas se dedicaba a leer en su cuarto tratados de lexicografía sobre jeroglíficos egipcios.

Pero como digo al pequeño Michael nadie le prestaba demasiada atención como para llegar a apreciar esas peculiaridades. Su padre hubiera preferido que fuese un jugador de rugby competente y no un niñato enclenque mientras que su madre estaba centrada en su vida social, al menos en los períodos en que no se quedaba postrada en la cama debido a crisis depresivas. 

Familia

Así estaban las cosas en 1936 cuando tras aquella conferencia, con solo catorce años, Michael decidió que en adelante lo que daría sentido a su vida sería el reto de descifrar la desconocida escritura de los minoicos. Para ello se centró en el tipo Lineal B, que en un principio le pareció -con acierto- el más accesible para descifrar y, como hipótesis de partida, siguiendo en parte las ideas de su ídolo Arthur Evans, concentró sus primeros esfuerzos al respecto a intentar buscarle paralelismos con la escritura oriental antigua mejor conocida y más famosa en aquel momento: el sumerio.

Tal aproximación nacía condenada de antemano, pero en aquel momento claro está Michael aún no era consciente de ello. Le iba a hacer falta algo de tiempo para darse cuenta de que su hipótesis de trabajo era completamente errónea.

Mientras tanto la custodia de Michael la obtuvo su madre y a su lado Michael empezó un inacabable tránsito por hoteles de lujo en distintas grandes ciudades de Inglaterra. Dos años después, cuando Michael tenía dieciséis, su padre murió víctima de la dichosa tuberculosis, así como del fracaso y de la amargura por su fallida carrera militar y su también decepcionante vida conyugal. 

Llegado ese momento Michael ya había desechado la hipótesis sumeria para lanzarse a verificar un nuevo supuesto que parecía prometedor: el posible parentesco etrusco de la escritura Lineal B. Era nuevamente un error que en este caso le iba a costar un peaje de más de una década de esfuerzos infructuosos. Pero, todo sea dicho, otros problemas distrajeron su atención en aquellos tiempos, especialmente el estallido de la II Guerra Mundial. 

   Hasta ese momento Michael y su madre habían experimentado una existencia triste pero al menos siempre sustentada sobre el lujo y el confort. Eso iba a terminarse abruptamente. Con Edward muerto y su familia no queriendo saber nada de su maldita ex mujer la estabilidad económica de Michael y su madre pasó a depender completamente de las tierras del padre de Dora en Polonia. Y de repente Hitler invadió ese país. De un día para otro Michael, pero sobre todo su madre, se encontraron por primera vez en su vida sin dinero en abundancia. Además, muy poco después, a principios de 1940, desde la Polonia ocupada llegaron las noticias de la muerte del padre de Dora. Convertido así a todos los efectos en un “plebeyo” a Michael se le negó la posibilidad de acceder a Oxford o Cambridge, su sueño.

Asimismo todo lo anterior proporcionó a Dora motivos más que suficientes para caer en su enésima depresión, de la cual esta vez no salió, muriendo en un hotel de la costa de Gales debido a una sobredosis de barbitúricos en julio de ese mismo año. 

De esa forma Michael se quedó huérfano pero también se encontró libre por primera vez en su vida. Pronto se rehízo y resolvió estudiar arquitectura mientras el mundo se iba a la mierda bajo los bombardeos nazis. Paradójicamente esos fueron quizá los mejores años de su vida.

A fin de cuentas era joven y tenía una meta, si bien la hipótesis etrusca no parecía llevarle a ningún lado. Quizás era debido a que no tenía mucho tiempo para dedicarle debió pensar. Durante esos tumultuosos años de guerra Michael se casó con una guapa joven de buena familia llamada Lois (“Betty” para los amigos) a la que conoció en la escuela de arquitectura. En el 42 fue llamado a filas y acabó enrolado en la RAF, allí, aunque no sabía pilotar, su habilidad con planos y mapas adquirida en la escuela de arquitectura le convertía en un tripulante útil como encargado de revisar los datos de navegación. Ya de paso aprovechó para aprender ruso en las horas muertas.

Tras el fin del conflicto, debido a su conocimiento de idiomas, fue asignado a las fuerzas de ocupación en Alemania occidental. Aprendió sueco y tras ser licenciado se fue a vivir brevemente a aquel país, pero Betty no se adaptó y regresaron a Inglaterra donde Michael completó por fin sus estudios de arquitectura, los cuales había tenido que dejar a medias al ser movilizado. Además a lo largo de esos años él y Betty tuvieron dos hijos, un niño, Nikki, y una hija nacida cuatro años más tarde a la que llamaron Tessa.

Habían sido buenos años. Sin duda. La maldita hipótesis etrusca seguía sin llevarle a ningún lado pero al menos Michael empezó a familiarizarse en aquella época con las publicaciones de otras personas que también trabajaban, al igual que él, en cuestiones relacionadas con el desciframiento de la escritura lineal cretense. Es así como supo que otro lingüista anglosajón había realizado una compilación de casi todas las inscripciones en Lineal B aparecidas hasta entonces, apoyándose para ello en los trabajos pioneros del propio Arthur Evans quien ya había publicado en su día un primer y amplio compendio. A partir de lo anterior se había determinado que dicha escritura poseía cerca de 90 signos distintos. Eso era algo informativo por sí mismo. No hay lengua con tantos sonidos diferentes. Por tanto los signos en que se basaba la escritura Lineal B no eran los de un alfabeto tal y como nosotros lo entendemos sino los de un silabario. Como ocurre por ejemplo con la lengua de los antiguos mayas de cuyo desciframiento también por aquellos años ya os hablé en su día


Esto obligaba a Michael a replantearse la situación. 

La chica

Seamos sinceros. En algún momento toda historia sobre héroes y gestas épicas necesita la aparición de una mujer. ¿Qué hubiera sido de Jasón sin Medea?. O, mejor aún, del pobre Teseo sin Ariadna. Pues bien la Ariadna de esta historia se llamaba Alice Elizabeth Kober y era la hija de unos inmigrantes húngaros establecidos en los EE.UU. De hecho Alice nació en Nueva York y allí pasó el resto de su vida. Fue una gran estudiante que destacó sobre todo por estar muy dotada para las lenguas (como había sido el caso del propio Michael Ventris) lo que le sirvió para aprender hitita, acadio, tochariano, sumerio, persa antiguo y sánscrito, además de irlandés antiguo, chino y hasta euskera.

Eso le hubiera supuesto a cualquier otro múltiples ofertas para impartir lenguas clásicas en las mejores universidades del país, pero a fin de cuentas ella era hija de inmigrantes, mujer y encima pobre. A ese respecto lo más que consiguió años después fue ser considerada para un puesto en la Universidad de Pennsylvania, aunque por supuesto fue rechazada. Así que acabó de profesora asistente en un College de Brooklyn compartiendo despacho con otros cuatro profesores ayudantes. Era algo. 

Con un puesto de trabajo más o menos asegurado, y una afición especial por las lenguas muertas, en los años treinta Alice decidió volcarse en el estudio de las inscripciones pertenecientes al ámbito del Egeo en la Edad del Bronce. A partir de ahí su cruzada personal iba a llevarla a recorrer de forma independiente más o menos los pasos de Michael, si bien por aquella época ninguno de los dos estaba al tanto de la existencia o de los estudios del otro. Además llegado un punto la aproximación de Alice a los términos del problema adoptó un camino muy particular.

Más analítica y paciente que otros investigadores que se habían lanzado también a intentar resolver el enigma Alice no intentó relacionar directamente la escritura Lineal B con otras lenguas muertas conocidas. Consecuentemente tampoco intentó una estrategia muy común en esos casos, y que el propio Michael había probado durante años, consistente en ir asignando aleatoriamente sonidos a diversos signos presentes en la escritura Lineal B y luego probar a ver si se obtenía algún resultado inteligible a través de intentar traducir los resultados comparándolos con el vocabulario conocido de algún idioma antiguo.

Lo que Alice hizo fue básicamente crear una base de datos con todas las combinaciones de signos de escritura Lineal B existentes. El único problema era que en aquellos tiempos no existían las computadoras así que le llevó cerca de veinte años compilar casi 200.000 tarjetas agujereadas mediante un sistema personal, las cuales le permitieron abarcar los términos del problema. La idea la había concebido en parte gracias a que en su trabajo como profesora se encontró con algunos alumnos ciegos. Deseando facilitarles su integración aprendió Braille y en su tiempo libre se dedicó a transcribir en Braille parte de los libros de texto y los materiales de la biblioteca existentes en la institución en la que trabajaba. Con el tiempo se le ocurrió llevar un paso más allá esos conocimientos y aplicarlos a solventar las necesidades de su investigación personal sobre la escritura minoica. Así es como desarrolló el sistema de tarjetas punteadas, una especie de código taquigráfico, gracias al cual pudo hacerse una idea de qué signos aparecían con más frecuencia y con qué otros signos aparecían relacionados. A partir de ahí su inmensa “base de datos” le permitió entre otras cosas deducir los valores fonéticos de cerca de un tercio de los símbolos del silabario en que se basaba la escritura Lineal B. 

De esa forma es como a mediados de los años 40, poco después de concluida la II Guerra Mundial, se dio cuenta asimismo de que en la escritura Lineal B ciertas combinaciones de signos compartían los mismos sonidos en su parte final, es decir las mismas terminaciones. Como un sistema de declinaciones en cierta forma. Esa era una pista clave que situaba a la propia Alice a las puertas de resolver por sí misma el problema.

Desgraciadamente poco después de publicar estos prometedores hallazgos, a los 43 años, murió repentinamente. Fumadora empedernida vivía sola cuidando de su anciana madre viuda y probablemente enfermó de cáncer sin saberlo, en aquella época los chequeos médicos no eran habituales y su seguro médico tampoco era el mejor, lo cual en última instancia acabó con su vida a mediados de mayo de 1950.

El arquitecto

Mientras tanto en Inglaterra Michael había comenzado a trabajar para el Ministerio de Educación británico supervisando la construcción de nuevas escuelas. Era un trabajo rutinario y anónimo que en cualquier caso le dejaba las manos libres para dedicarse a su obsesión. En aquellos tiempos estaba muy en boga un posible parentesco entre la escritura Lineal B y la lengua hitita. Michael desalentado por sus esfuerzos de emparentar la Lineal B con los etruscos sopesaba explorar esa nueva posibilidad, hasta que leyó un artículo sobre las investigaciones de la ya recientemente fallecida Alice Kober en los EE.UU. 

En base a los datos recogidos por Alice, Michael se interesó por la idea de que ciertas palabras que aparecían en las inscripciones transcritas usando escritura Lineal B cambiaban sus terminaciones, de forma parecida al latín… o al griego. ¿Y si la respuesta estaba más cerca y resultaba mucho más obvia de lo que nadie había supuesto antes?. ¿Y si el idioma que la escritura Lineal B intentaba transcribir era un pariente lejano del griego clásico, una especie de abuelo del mismo, es decir una variedad de griego más primitiva que todo lo conocido pero que de alguna forma por fuerza tenía que contener en su seno algunos rasgos estructurales presentes luego en el idioma griego posterior?.

Por otro lado Michael también se dio cuenta de que determinadas cadenas de símbolos que aparecían en las tabletas de Lineal B parecían ser nombres. La cuestión era ¿nombres de qué?.

Dije al principio que restos de escritura Lineal B se encontraron tanto en Creta como en las tierras cercanas ya en el continente. Lo curioso es que algunos de esos ¿nombres? en los que Michael empezó a fijarse aparecían solo en las tablillas de Lineal B encontradas en Creta mientras que en las tablillas encontradas en la Grecia continental nunca hacían acto de presencia. ¿Y si los nombres que solo aparecían en las tablillas cretenses correspondían a topónimos de las ciudades de la isla?. En tal caso, si además realmente pertenecían a una lengua predecesora del griego antiguo, era de suponer que tales nombres tenían que sonar parecido a como lo hacían en el griego clásico que sí conocemos.

Es a partir de esas pequeñas piezas de lógica como Michael empezó a realizar intentos de traducir inscripciones en Lineal B con éxito. Así hasta que a principios de junio de 1952 llamó en directo a un programa de radio de la BBC para decirle al presentador en antena que él, Michael George Francis Ventris, había descifrado la escritura Lineal B cretense.

Minoicos y micénicos

Su descubrimiento lo transformaba todo. La historia de los siglos finales de la civilización minoica iba a cambiar respecto a lo que se había enseñado hasta entonces. En primer lugar porque desde ese momento se tenía una nueva herramienta para investigar la época a través de su propio legado escrito (si bien esta vía demostró menos potencial del esperado, aspecto sobre el que volveré después). En segundo lugar, y más importante, porque la solución hallada por Michael tenía sutiles implicaciones que en el fondo transformaban completamente algunas de las verdades asumidas por aquel tiempo acerca del mundo minoico y su abrupto final.

A saber, el idioma de base para la escritura Lineal B no era una lengua cretense, minoica propiamente dicha, sino una forma muy arcaica de griego que hoy conocemos como griego micénico. De hecho el tremendo problema para descifrar el rompecabezas había tenido mucho que ver con el hecho de que el silabario del Lineal B no se adaptaba particularmente bien a la hora de transcribir los sonidos del griego micénico. Algo extraño había ocurrido. En concreto todo lo que he intentado explicar en los últimos párrafos nos habla de una ocupación de Creta por parte de los griegos aqueos del continente en torno al s. XV antes de nuestra era. Es así como un idioma externo suprimió los remanentes de la lengua minoica y adoptó su forma de transcripción con escritura lineal, la cual por tanto hubo de adaptarse al nuevo idioma para convertirse finalmente en vehículo de comunicación a lo largo de todos los territorios poblados por los aqueos. Es por ello que los vestigios escritos de su lengua proceden tanto de Creta como de la península griega.

En otras palabras, durante sus últimos siglos el mundo minoico cretense formó parte en realidad del mundo micénico de los griegos aqueos (esos de los que pretende hablar la Ilíada y que poco después, alrededor del s. XII a.n.e. fueron desplazados por los griegos dorios dando lugar al proceso de tránsito hacia el mundo griego clásico que ya conocemos mucho mejor).

Creyendo desvelar el enigma del lenguaje minoico Michael Ventris había descubierto otra cosa distinta. La escritura en el área había surgido en Creta en torno a la rudimentaria escritura pictográfica que luego evolucionó a la más eficiente escritura Lineal A (¿adaptada a la estructura del primitivo lenguaje minoico?). Con el tiempo esa escritura se difundió asimismo entre el más atrasado mundo micénico de la Grecia continental y sus pobladores aqueos, quienes habían emigrado a la zona durante el momento de esplendor de la cultura minoica en Grecia. Pasado el tiempo los más atrasados pero también más aguerridos aqueos se hicieron con el control de la para entonces declinante Creta minoica e impusieron allí su lengua. De cara a transcribirla se expandió luego por todo el área, tanto en Grecia como en la misma isla de Creta, una nueva escritura, la Lineal B, heredera de las anteriores escrituras ideadas en Creta, pero que en adelante habría de poner por escrito el idioma aqueo, procedente del continente. Un lenguaje por tanto con una sonoridad y una reglas distintas de las que venían siendo habituales en una zona en la cual previamente se hablaba algo, que no conocemos (como he dicho un lenguaje puramente minoico con toda probabilidad), pero que tal vez pertenecía incluso a otra familia lingüística distinta. 

Las anteriores conjeturas ayudan a explicar por qué el desciframiento de la escritura Lineal B no nos sirve para descifrar sus precedentes como la Lineal A (ya que, aunque en cuanto al estilo de los símbolos utilizados la A y la B se parecen, en el primer caso no tenemos ningún tipo de referencia -ni pasada ni presente, al menos que se sepa a día de hoy- acerca de la lengua que intentaba plasmar por escrito dicho conjunto de símbolos). Aunque, a decir verdad, todas estas ideas que os he intentado resumir de forma muy simple no dejan de ser meras hipótesis, entre las muchas que se han planteado como posibles, para dar cierta lógica al rompecabezas que sigue siendo a día de hoy el origen de la escritura en el mundo Egeo.

El sentido de la vida

Me falta no obstante contaros el final de esta historia. Y ya sabéis que en este blog, como en la vida, el mal siempre triunfa. 

Una vez hecho público su descubrimiento Michael Ventris se aprestó a publicar su hallazgo en forma de trabajo científico, para lo cual contó con la colaboración de John Chadwick, un lingüista que durante la II Guerra Mundial se había especializado en romper códigos enemigos (en especial de italianos y japoneses) y merced a ello llegó a trabajar en la mítica mansión de Bletchley Park. Luego, al finalizar la guerra, Chadwick había intentado usar los métodos criptográficos allí aprendidos para descifrar la escritura Lineal B hasta que, con posterioridad al anuncio público de su descubrimiento realizado por Michael, empezó a colaborar con este último en la redacción de una obra que sistematizase la cuestión de cara a la comunidad académica. Es así como surgió Documents in Mycenaean Greek, un libro donde las ideas de Michael Ventris eran a su vez digamos reorganizadas y estructuradas por parte de Chadwick, el cual disponía (en tanto que filólogo y lingüista integrado en el mundillo universitario) de más conocimientos teóricos que Michael.

Gracias a la cooperación entre ambos a finales de 1955 el libro estaba terminado y listo para ser enviado a revisión por parte de otros especialistas y luego ya definitivamente a imprenta. Un proceso rutinario que se alargó varios meses. Entonces, cerca de la medianoche del cinco de septiembre del año siguiente, semanas antes de la publicación definitiva del citado libro, Michael Ventris se estrelló a toda velocidad con su automóvil contra un camión aparcado en un suburbio al Norte de Londres. Tenía apenas treinta y cuatro años cumplidos un par de meses antes.

Aunque el fallecimiento se dictaminó como accidental su errático comportamiento los días previos, el hecho de que no tuviera ninguna razón para encontrarse en las proximidades de aquella zona, o que su coche se saliese completamente de la trayectoria sin intentar siquiera frenar arrojaron muchas dudas de que su muerte se tratase en realidad de un suicidio.

Lo cierto es que desde que comunicó su descubrimiento todo había ido cuesta abajo en la vida de Michael.

En primer lugar el haber alcanzado el objetivo que había perseguido durante tantos años paradójicamente había dejado su existencia sin un sentido. Además, los miles de horas dedicadas al desciframiento de la escritura Lineal B habían jugado en detrimento del tiempo dedicado a su profesión y a su familia, lo cual empezaba a pasarle una costosa factura.

En ese sentido como arquitecto Ventris estaba pobremente considerado por sus colegas de profesión. No era mal arquitecto, simplemente no destacaba ni manifestaba un especial interés en promocionarse, por ejemplo tras varios años colegiado seguía sin firmar el diseño de algún edificio espectacular que le sirviese de presentación ante la comunidad (a título personal he de decir que, teniendo en cuenta como son la mayoría de edificios “espectaculares” que firman los arquitectos contemporáneos, el que Michael no nos castigase con otro más supone un nuevo punto a su favor). Además sus compañeros de profesión ni entendían su pasión por las escrituras antiguas ni se sentían impresionados lo más mínimo por su descubrimiento. Para muchos de sus colegas Michael haría mejor dedicándose a enseñar historia o literatura en alguna escuela, los verdaderos arquitectos e ingenieros no deberían perder su tiempo con quehaceres propios de arqueólogos. 

El matrimonio de Michael tampoco marchaba bien por entonces. Demasiadas horas investigando el pasado y ocupándose poco del presente. A ese respecto su mujer no le perdonaba el estar aparentemente malgastando su vida. El chico brillante que había conocido de joven no acababa de despegar en lo puramente laboral, durante años se había volcado casi por completo en su obsesión personal con la Lineal B, dejando de lado el día a día, de ella y de los niños, o descuidando la desagradable tarea de ascender en el trabajo y mejorar así la posición económica de la familia.

Finalmente había una última cuestión, un guiño del destino que conformaba el último clavo en el ataúd. Lo cierto es que una vez descifrada la escritura Lineal B llegó el momento de verificar el hallazgo mediante la traducción de material arqueológico. Es así como en el transcurso de los últimos tres años previos a su muerte, ayudado por Chadwick, Michael había podido hacerse con una primera panorámica acerca del contenido de algunas de las miles de inscripciones conocidas en Lineal B. Y el resultado le decepcionó profundamente. Durante el II milenio antes de nuestra era nos hallamos frente a sociedades donde la escritura constituía en la práctica un lujo, tecnología punta, por tanto algo demasiado complejo y caro como para emplearlo en cosas “vulgares”. En ese sentido, al menos fuera de sociedades muy opulentas en el Creciente Fértil (donde si surgió una primitiva literatura digna de tal nombre), sus usos eran fundamentalmente religiosos y/o administrativos. Así ocurría al menos en el mundo micénico donde las tablillas escritas se dedicaron casi por completo a documentar transacciones económicas y cuestiones burocráticas.

Por todo ello en cierta forma el corpus de documentos existentes con escritura Lineal B que han llegado a nuestros días es el equivalente a un inmenso montón de tickets de supermercado. La información que han aportado se debe más a la perspectiva de conjunto que a lo que cuentan propiamente. En este punto me atrevo a aventurar que, mientras intentaba descifrar la escritura Lineal B, Michael había soñado en secreto con el momento de leer y traducir las primeras tablillas y encontrarse un listado completo de dinastías reinantes en ciudades de la isla de Creta, tal vez una pista clave sobre la naturaleza de los misteriosos "pueblos del mar", una versión más antigua y diferente del mito de Troya o incluso algún relato perdido, anterior a Hesíodo y Homero, del que nunca habíamos oído hablar.

Quizás incluso había fantaseado de niño con llegar a ser como un compatriota suyo, George Smith, el hijo de un carpintero que se vio obligado a dejar la escuela a los catorce años pero que tiempo después, ya adulto, estudiando de forma autodidacta las primeras publicaciones de su tiempo sobre caracteres cuneiformes, se convirtió en un experto en la materia y llegó a ser el primero en descubrir y descifrar las tablillas donde se contaba el mítico relato de la epopeya de Gilgamesh. Narración que el propio Smith leyó en público el 3 de diciembre de 1872 ante una audiencia fascinada entre la que se encontraba el mismísimo Primer Ministro británico del período, William Gladstone.

Pero claro George Smith murió a los treinta y seis años consumido por su obsesión y por otro lado el mundo micénico que se ha podido vislumbrar por ahora resulta mucho menos refinado y más aburrido y sobrio que el de las sociedades orientales del momento, con poco espacio para la poesía o el relato de aventuras, o al menos con pocos recursos como para molestarse en dejar rastro de tales actividades (que solo tenían cabida en lo meramente oral y tampoco sabemos en qué medida). La arcilla correctamente preparada no era fácil de conseguir en aquel tiempo y grabarla correctamente resultaba complicado y trabajoso, por tanto, como he dicho, las tablillas en Lineal B se dedicaban a consignar lo fundamental: facturas y más facturas.

Es el sino del hombre y por tanto del investigador. Esforzarnos en resolver un misterio irresoluble, en satisfacer un objetivo lejos de nuestro alcance… solo para sentirnos tristes y vacíos al rato de lograrlo. Muchas veces porque el enigma imposible al perder su halo de misterio resulta no ser tan fascinante como habíamos soñado. No es fácil asumir la desalentadora paradoja que se esconde tras nuestra eterna persecución de la felicidad: la mejor estrategia, o al menos la más segura, suele consistir en limitarnos a juguetear con nuestros deseos teniendo la humildad de detenernos justo un momento antes de conseguir aquello que más anhelamos. 

9 comentarios:

  1. Bravo!! Siempre es un placer leerte.

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  2. Interesante historia, nacida creo de los comentarios del post anterior. Has hecho bien en contarla, porque en los comentarios no me enteraba de nada, siendo como soy un profano.
    El final me ha recordado a la manida frase "Ten cuidado con lo que deseas, porque se puede hacer realidad". Manida pero cierta como la vida misma. Lo he sufrido en carne propia.

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  3. Excelente relato.
    Excelente estilo literario (me recordado al de Kurt Wilhelm Marek).

    Marco el blog para leer más entradas.
    Saludos.

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  4. Impresionante. Mucha sgracias por este artículo.

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  5. Excelente artículo, creo que falta alguna referencia al Disco de Festos y a Gareth Owens

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    1. No he mencionado nada porque, para empezar, hay debate sobre el Disco es auténtico o no. Pero aunque lo fuera, que está por ver, el caso es que solo existe ese ejemplo de la escritura que muestra. Por tanto se pueden realizar diversos desciframientos distintos e igualmente válidos de su texto y como no hay un corpus material amplio para verificar cada propuesta cada uno de ellos no deja de ser un brindis al sol. De hecho la famosa Ted Talk de Gareth Owens al respecto me parece bastante controvertida, por decir algo. Así que he preferido dejar esta polémica cuestión fuera del asunto.

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  6. Muy buena, como siempre (ya la tienes en portada de Menéame, no sé si te has fijado, enhorabuena)

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  7. "llamó en directo a un programa de radio de la BBC para decirle al presentador en antena que él, Michael George Francis Ventris, había descifrado la escritura Lineal B cretense."

    Cómo han cambiado las cosas, hoy en dia llamas a la radio para decir algo semejante y dudo que ni presentador ni audiencia sepan de qué les hablas.

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  8. Interesantísimo artículo, se nota escrito con mucho cariño.

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