Tal
vez desde siempre solo exista una revolución verdadera que merezca la pena, la
de los buenos contra los malos. La pregunta es ¿quiénes son los buenos?.
Burt
Lancaster en "Los profesionales".
En febrero de 1991 el Centre des hautes études sur
l’Afrique et l’Asie modernes organizó en París un ciclo de conferencias sobre
Vietnam. Durante una de ellas, celebrada el día trece de dicho mes, un oscuro
profesor de Filosofía e Historia que hacía de orador fue sorpresivamente interrumpido a gritos por un anciano que se encontraba entre el público. El caso es que dicho exaltado no era alguien
cualquiera sino que se trataba nada menos que de Jean-Jacques Beucler, antiguo Secretario de Estado del Gobierno francés a finales de los
años 70 y condecorado veterano de guerra. Y la razón por la que interrumpió la
conferencia tampoco era baladí. Beucler, tras reconocer al
conferenciante, lo acusó a gritos de haberlo torturado en Vietnam, a mediados de
los años 50. Así empezó el “asunto Boudarel”, el cual constituye apenas una
primera capa de la enrevesada cuestión que hoy vamos a intentar analizar.
El héroe

Pero como sabemos el final de dicho conflicto no
fue sino el punto de comienzo de una serie de procesos históricos en cadena que
dieron lugar a nuevas guerras, por ejemplo la de Corea. En lo tocante a Jean-Jacques la
conflagración que nos va a interesar estalló poco tiempo después de la “liberación” de
la Indochina francesa, colonia que había sido ocupada durante la Guerra Mundial
por los japoneses (todo sea dicho de paso, con la colaboración esporádica de
algunos restos de la Administración francesa leales al gobierno francés de Vichy,
aliado en su momento con las potencias del Eje). Allí el término de la contienda provocó la retirada de los japoneses de la
zona y creó un momentáneo vacío de poder, el cual unido a las dificultades de transporte, el caos, y las destrucciones producidas durante la guerra, desembocó en una gran hambruna que se cobró en pocos meses miles de muertos entre la población campesina nativa. Esa fue una coyuntura que el Vietminh, un movimiento local de tintes nacionalistas y comunistas
dirigido por un tal Nguyen Sinh (con el tiempo
más conocido como Ho Chi Minh, “el que ilumina”) aprovechó para apoderarse de gran cantidad de armamento abandonado, lograr una importante base social entre la población de áreas rurales y finalmente establecer un gobierno provisional con base en Hanoi, proclamando a continuación la
independencia de Vietnam el 2 de septiembre de 1945. Acontecimiento que fue a su vez el punto de partida de una guerra muy compleja y con varias fases que se desarrollaron a lo largo de los treinta años siguientes durante los cuales, además, de
forma directa o bien desde la sombra, acabaron entrometiéndose en la región todas las grandes potencias
de la época.
Por de pronto una primera etapa de tan largo
conflicto implicó de forma directa sobre todo a Francia, la antigua metrópoli
colonial que no tenía ninguna intención de dejar de serlo. Tal es así que, apenas liberada Francia de la presencia alemana, el nuevo Gobierno del país envió tropas al SE
de Asia para intentar recuperar a la fuerza su control de la zona y de paso
lavar con victorias sobre los patriotas del lugar las humillaciones sufridas
por el ejército galo a manos de los alemanes en la precedente Guerra Mundial.
Empezaba así la Primera Guerra de Indochina que se extendió entre finales de
1946 y el verano de 1954 y tuvo como contendientes principales al Vietminh por
un lado y al ejército regular francés por otro.

Y es que las tropas que fueron enviadas a Oriente estaban integradas a partes iguales por carne de cañón y escoria, por así decirlo. Por un lado carne de cañón alistada en el Norte de África o entre los estratos más pobres de la sociedad francesa. Y por otro lado, para compensar, tropas de élite, unidades de choque compuestas por veteranos curtidos, en ocasiones tal vez demasiado, es decir soldados con años de guerra tras de sí, en muchos casos individuos violentos o desequilibrados que estacionados en Europa podían provocar situaciones incómodas pero a los que se podía dar rienda suelta en medio de una guerra lejana. En este último grupo habría que incluir unidades particularmente violentas de comandos paracaidistas y algunos miembros de la Legión Extranjera que se habían alistado para escapar de problemas judiciales.
Aclarado esto, ocurre que entre los millares de hombres que la metrópoli envió a la zona se encontraba Beucler, el cual llegó a Indochina en 1949 como teniente de un
regimiento de soldados nacidos en su mayoría en Marruecos (país que alcanzaría la
independencia plena solo en 1956). Ellos eran esa carne de cañón a la que me
refería antes. Pobres desgraciados procedentes de lo que por entonces todavía
era una colonia francesa más, paradójicamente enrolados con la misión de suprimir
las ansias de libertad de otra. Para controlarlos a la cabeza de este tipo de
tropas normalmente figuraba un oficial francés de pura cepa, alguien de confianza, a
ser posible destacado por sus postulados ultranacionalistas. Era un proceder clásico que los
ingleses elevaron a la máxima expresión durante los años álgidos de su imperio
y que los franceses copiaron con resultados desiguales. Y ahí es donde encaja Beucler en toda esta historia, porque él era, como he dicho, el oficial encargado de una de tales unidades.
El caso es que a finales de 1950 Beucler cayó prisionero de las fuerzas del Vietminh, comenzando para
él un vía crucis de más de cuatro años de penoso cautiverio en un campo de prisioneros denominado Campo 113. Pues bien, poco tiempo después en dicho campo de internamiento hizo su aparición un
francés muy particular, de nombre Georges Boudarel, pero al que los guardias vietnamitas
del lugar llamaban con mucho respeto “señor Dai Dong” porque Georges no era un prisionero
sino que fue transferido a dicho campo como uno de los encargados del mismo, con la misión
concreta de dirigir la “reeducación” de sus compatriotas. Esa es la etapa de su
vida que le echaba en cara Beucler a Boudarel cuando lo reconoció décadas después, una vez de vuelta en
Francia y convertido el segundo en un aburrido profesor. Beucler se acordaba muy bien del período de apenas un año en que Boudarel
fue uno de los mandos del Campo 113, ya que durante ese tiempo la mayoría de los prisioneros franceses que se hallaban detenidos allí murieron. Beucler fue uno de
lo escasos supervivientes y en aquella apacible conferencia de 1991 con la que abría este texto resulta que se topó frente a frente -en la persona del anodino conferenciante- con el “señor Dai Dong”, aquel traidor y renegado que, según
él, debía ser inmediatamente procesado.
El traidor

Aunque habría que matizar,
para vergüenza de la especie humana, que esa era una situación que afectó casi
por igual a ambos bandos. Los vietnamitas porque no tenían suministros en
general, mientras que en el caso de los campos en manos de los franceses sí había tales suministros pero sus encargados no tenían ninguna intención de gastarlos con los prisioneros
vietnamitas. Gracias a lo cual las instalaciones de detención controladas por los
franceses, como la funesta prisión de Poulo Condor, no tenían casi nada que envidiar a las instalaciones homólogas regidas por los comunistas del Vietminh.
En resumen, durante el
conflicto tanto la “potencia civilizadora” -la Francia “democrática y
progresista”- como los “luchadores por la libertad” vietnamitas, se comportaron
en la práctica de forma inhumana y brutal con aquellos que formaban parte del
otro bando. Ese es el contexto dentro
del cual el Campo 113 en concreto derivó en el caos y muchos prisioneros
murieron, básicamente de hambre o de enfermedades, todo ello bajo el mando de
Boudarel y ante los ojos de Beucler
que vivió para contarlo.
En cualquier caso en 1954 finalizó la guerra. Por entonces a Francia se le acumulaban los problemas y
ante el deterioro de la situación en su gran colonia, Argelia, el Gobierno francés juzgó conveniente concentrar los esfuerzos de su agotado y disperso ejército si no quería perder por completo su imperio colonial (como al final acabó sucediendo de todas formas). Por tanto resultaba necesario para todas las partes implicadas en la guerra de Indochina el negociar una paz, dado que el Vietminh también se encontraba
exhausto.

Esos acuerdos de paz, por
otra parte, incluían en una de sus cláusulas un pacto para la celebración en ambos Estados de
unas elecciones democráticas al cabo de cierto tiempo, tras las cuales
eventualmente se crearía un Estado de Vietnam democrático y unificado. Por
supuesto ni los comunistas del Norte, ni los EE.UU. y sus títeres del Sur, tuvieron jamás ninguna intención de llevar a cabo dichas elecciones; los líderes de cada bando
tenían sus propios planes estratégicos para el área al margen de lo que pensasen los
vietnamitas de a pie. Por tanto la “paz” firmada era en realidad solo una tregua para retomar fuerzas hasta que estallase la
siguiente fase de la guerra, mucho más conocida gracias sobre todo al cine, la cual tuvo a los EE.UU. como grandes protagonistas, heredando éstos el papel que los
franceses habían jugado a lo largo de la primera parte del conflicto. Pero esa es
otra historia.
Lo que nos interesa es que, tras los acuerdos de Ginebra, Beucler fue liberado por los vietnamitas y regresó
a Francia. A su vez Boudarel
fue inculpado por parte de los tribunales militares franceses de los cargos de traición
y deserción y condenado a muerte. Debido a ello, pese a la firma de la
paz, no podía regresar a Francia y permaneció en Vietnam. Allí
se fue desilusionando progresivamente con la deriva autoritaria del Vietminh durante los años siguientes. A ese respecto resulta irónico por ejemplo que, una vez los franceses se marcharon de la región,
parte de los correccionales y campos de prisioneros donde en el pasado se torturaba a los
independentistas vietnamitas fuesen reutilizados por los comunistas locales como “centros de reeducación” dedicados a la purga de sus propios
opositores.
Así en 1964 Boudarel salió
del país, viajó a Checoslovaquia a través
de la Unión Soviética y allí se asentó en Praga como profesor de un Instituto
de Estudios Orientales. Finalmente en 1966, en Francia, el Parlamento (con el
total apoyo tanto de comunistas como de gaullistas de derechas) aprobó una
amnistía para los crímenes cometidos en los años precedentes durante la Guerra
de Argelia. Sin embargo, ya puestos a eximir de responsabilidades, en el artículo 30
de dicha ley se incluyeron también los crímenes de guerra cometidos durante el conflicto de Indochina. Era un tinglado legal –en cierta forma semejante a la
posterior ley de Amnistía firmada en España al término de la dictadura franquista- pensado,
por supuesto, para exculpar a los soldados franceses de futuras
demandas por los múltiples desmanes y matanzas de población civil cometidas por
las tropas galas durante las fallidas guerras de descolonización. Lo que ocurrió es que, como
suele suceder con las componendas impresentables, el truco tenía agujeros. Básicamente se trataba de una figura legal a la que sin embargo los franceses que habían
militado en el “otro bando” también podían agarrarse, al no haberse
especificado nada al respecto. Gracias a eso al año siguiente Boudarel pudo volver a
Francia. Oficialmente regresaba de “un viaje de estudios por Extremo Oriente”. Luego,
con el tiempo, participó en el Mayo del 68, ingresó en el prestigioso CNRS, y
más adelante encontró empleo como profesor de Historia especializado, obviamente,
en historia del Sureste de Asia, en virtud de lo cual acabó impartiendo clases para una rama de la Universidad de
París. Es así como, convertido en un académico del montón, vivió
tranquilo hasta la conferencia que mencioné al comienzo de este relato,
celebrada en 1991, durante la cual las vidas de Beucler y Boudarel volvieron a
cruzarse.

El huevo
Tras
ello comenzó una lucha legal que solo se apagó con la muerte de ambos más o
menos una década después. Beucler murió en el 99 y Boudarel en el 2003. Durante
esos años Beucler intentó por todos los medios que Boudarel fuese procesado por los tribunales franceses,
pero se topó con la famosa ley de 1966. Como respuesta sus abogados trataron de que
Boudarel fuese juzgado por crímenes contra la Humanidad en vez de por crímenes
de guerra. Pero, y esto es bastante deprimente, al intentarlo se encontraron con que en la
definición de crímenes contra la Humanidad resulta bastante controvertida y
subjetiva legalmente. Al final como el caso no estaba jurídicamente claro Boudarel jamás fue condenado. Aunque llegados a
este punto habría que preguntarse si debería haberlo sido. O de
si en caso de ser procesado él no habría que procesar también a oficiales
franceses que cometieron desmanes iguales o peores en el bando opuesto, el de
los “buenos”, en aras de una ocupación colonial a todas luces injusta.
No obstante más allá de cuestiones universales la confrontación entre Beucler y Boudarel alcanzó niveles bastante
“bizarros” cuando uno desciende a los detalles. No es posible entenderla simplemente desde
los grandes postulados éticos ya que al final lo que
ocurrió entre aquellos hombres fue más personal.
Como
había comentado Beucler acusó a Boudarel de haberlo torturado. Pero lo cierto
es que la mortalidad en el campo que dirigió brevemente se debió sobre todo a
decesos por agotamiento, enfermedad y hambre. Una situación que también
experimentaban por entonces los propios carceleros. No había suministros, así de simple. Beucler
y algunos de sus compañeros supervivientes aseguraban en cambio que sí, que
Boudarel escondía la comida. Ninguno alegó jamás que les hubiera golpeado o
maltratado físicamente de forma directa. Le acusaban en cambio de haberlos torturado psicológicamente, no
solo por hacerlos trabajar hasta la extenuación sino por machacarlos
continuamente con lecciones sobre las bondades del comunismo. Para los
supervivientes del campo eso había sido lo más insoportable de todo, que Boudarel hubiese intentando “violar sus almas” de patriotas de
ultraderecha franceses. Según ellos en otros campos de prisioneros regidos por
el Vietminh los guardianes o bien no se creían demasiado sus propias
consignas, o bien no veían la utilidad de "convertir" en favor de sus ideas a los extranjeros. Por tanto
desatendían sus labores de “reeducación” y se limitaban a custodiar y a
maltratar de forma clásica a los prisioneros. No esperaban de ellos que
cambiasen de bando, o no lo deseaban, y por tanto no intentaban convencerlos de
nada en concreto. Paradójicamente, a diferencia de otros guardianes de
prisiones vietnamitas, Beucler en aquella etapa de su vida creía por completo
en la retórica comunista y por ello no dejaba de intentar difundir la
propaganda del partido entre los prisioneros, usando para ello técnicas de lavado
de cerebro recomendadas por Moscú y empleadas también por los maoistas chinos. Ante
el fracaso de las charlas y la negativa de sus prisioneros a cambiar de bando Beucler
pensaba realmente que no debía dejarles relajarse, ni pensar, tenía que mantenerlos constantemente extenuados y buscar la forma de romper la solidaridad entre ellos para así lograr acercarlos a la “verdad” y “salvarlos” sacándolos de su error.
Al final todo explotó un día
en que varias docenas de soldados cautivos estaban a punto de ser excarcelados. Durante la marcha hasta el punto de intercambio de prisioneros convenido, al paso por
una aldea, uno de ellos robó un huevo a los lugareños. Tras recibir una queja de
los aldeanos Boudarel, quien se encontraba presente ese día al mando de la columna, paró la marcha y forzó al grupo a delatar al ladrón bajo
la amenaza de dar marcha atrás con la entrega. Sus compañeros temiendo ser
devueltos al campo, en un momento en que tenían tan cerca la libertad, denunciaron al culpable (o tal vez a alguien inocente, pero que sirvió de cabeza de turco) por lo que fue devuelto al Campo 113 como castigo mientras el resto de prisioneros fueron
liberados como estaba previsto. Uno de ellos era Beucler. Su compañero, aquel al que delataron para
salvarse ellos, no sobrevivió.
El resultado es que Beucler, espoleado quizás
por un cierto sentimiento de culpa, buscó hasta el final de su vida procesar a
Boudarel. Por el lado contrario este último jamás se arrepintió de su proceder
en la época y, en la medida en que su procesamiento se convertía en cierta forma en un
juicio a los comunistas franceses de los años 50 y 60, múltiples intelectuales de izquierdas lo
apoyaron entendiendo que si Boudarel simbolizaba los desmanes del comunismo por su parte Beucler simbolizaba el lado oscuro del pasado colonial galo y los abusos cometidos por el ejército francés contra la población civil
durante las guerras de liberación nacional previas al proceso descolonizador.
Beucler y Boudarel se
odiaron para siempre quizás por culpa de un huevo, pero para los que los
juzgaban esos detalles no tenían importancia sino que eran cuestiones políticas,
jurídicas, diplomáticas o historiográficas las que estaban en la balanza.
De cualquier forma no es
tarea mía entrar mucho más en ello porque todo esto a su vez desenterró otra
incómoda cuestión que no quiero dejar sin tocar. Y es que Boudarel no fue ni
mucho menos un caso único de tránsfuga a favor del Vietminh. Hubo otros, muchos
otros, algunos cuya historia ha sido bien documentada a través de libros o reportajes, como es el caso del también francés y militante comunista Albert Clavier, pero frente a ellos también abundan los casos de personajes realmente sorprendentes y llenos de claroscuros. Veámoslo.
Los desertores
Para empezar, finalizada la II Guerra Mundial se
cree que parte de los 50.000 oficiales, soldados y funcionarios japoneses que
se hallaban en ese momento desperdigados por la zona de Indochina prefirieron
no regresar a su país (en muchos casos temerosos de ser acusados de crímenes de guerra por los vencedores) y de cara a sobrevivir se unieron al Vietminh.
El volumen de tránsfugas no es conocido y oscila según autores entre unos pocos
cientos y varios miles. Lo que es seguro es que entre finales del año 45 y comienzos
del 46 un contingente nada despreciable de oficiales y soldados japoneses, muy
fanatizados, decidieron unirse a los comunistas vietnamitas para así poder
seguir combatiendo a su manera contra algunos de los países que habían formado
parte de los aliados en la guerra. Gente como Koshiro
Iwai, o Ishii Takuo, este último encargado de una división japonesa que había
combatido en el frente de Birmania y que acabó convertido en coronel y asesor
del naciente ejército del Vietminh. De hecho lo que se sabe es que tras los
acuerdos de Ginebra del 54 al menos 71 japoneses que habían combatido con el
Vietminh decidieron regresar a Japón y luego algunas docenas más los imitaron
durante los años siguientes.

Debemos tener en cuenta al respecto que el reducido ejército
“francés” que al final de la II Guerra Mundial colaboró con los
ingleses y estadounidenses en la liberación de Francia era una armada
multirracional compuesta (dos tercios de las tropas en concreto) más que por franceses de pura cepa por una amalgama de tropas internacionales
que incluía republicanos españoles y sobre todo muchos soldados provenientes de
las “colonias”, esencialmente del Maghreb y del África negra. Por
supuesto ese hecho embarazoso apenas se reflejó en los desfiles y fotografías
de la época debido a las instrucciones de los departamentos de propaganda para mostrar solo las escasas unidades “blancas” y “francesas” del ejército “francés”. Pero la verdad es que múltiples argelinos, tunecinos y senegaleses
lucharon por la Francia libre.
Posteriormente, tras la liberación de
Francia y el final de la Guerra Mundial, muchos de ellos fueron enviados a
Indochina. A fin de cuentas mejor enviarlos a morir allí a ellos que a buenos
ciudadanos franceses de verdad.

Por otro lado entre las
tropas puramente francesas enviadas a combatir a Indochina también había
algunos antiguos partisanos que se habían unido al Ejército regular tras
la liberación del país y presas de entusiasmo luego se embarcaron para
Vietnam alistados con la fantasiosa idea de combatir allí los supuestos últimos
rescoldos del fascismo nipón. Claro está, pronto chocaron con la realidad. Así, ellos que se habían forjado como luchadores
contra el ocupante alemán, se encontraron de repente tras su llegada a la zona que el papel que debían representar
en Vietnam se parecía sospechosamente al que los alemanes habían desempeñado
hacía poco en la Francia invadida. Fue un shock: jóvenes que se habían alistado
para expandir por el mundo el "bien" y la "libertad" de repente se encontraron en
una situación en la que eran claramente los “malos”. Debido a esto algunos
se pasaron al enemigo.
Y finalmente habría que contar
los casos sueltos particulares de los que voy a hablar dentro de un momento.
Gente peculiar con sus propias y azarosas razones. Dentro de este último grupo
sabemos que en total 1.325 hombres de nacionalidades diversas, integrados en
el seno de las unidades multinacionales pertenecientes a la Legión Extranjera desplazadas
a Indochina, se pasaron al Vietminh entre el 46 y el 54.
Entre ese amplio conjunto de
tránsfugas dentro de la Legión Extranjera destacan muy particularmente las
biografías de diversos alemanes que tras desertar del
ejército francés llegaron a alcanzar posiciones relevantes dentro del Vietminh. Aunque de cara a entender las motivaciones de alguno
entre ellos y sobre todo explicar las razones de que, contra lo que se piensa,
hubiese bastantes soldados germanos en el ejército francés, hay que rememorar algunos
detalles convenientemente olvidados.

Por otra parte hay que
considerar una segunda fuente de reclutamiento de alemanes para el ejército
francés en tanto que, años después (entre finales del 44 y el año 46), en torno a 5.000 prisioneros de guerra
alemanes se unieron a la Legión Extranjera como forma de escapar a su cautiverio.
Boches en la jungla
Boches en la jungla
Con ese decorado de fondo
quizás podamos entender la historia de Rudolf "Rudy" Schroder, nacido en Colonia en 1911. Rudy, joven
estudiante de literatura y sociología, de ideas comunistas pese a proceder de una
familia católica, había abandonado Alemania en 1933 al casarse con Hilde, una
estudiante de medicina procedente de una familia judía. El matrimonio buscó
refugio en Francia escapando, lógicamente, del ascenso nazi, pero a finales de 1939 Rudy
acabó en un campo de internamiento, St. Jean de la Ruelle, cerca de Orleans,
porque a fin de cuentas en aquellos momentos para la mayoría de franceses él era un asqueroso alemán y punto.
Allí, dado que las autoridades le prometieron que su mujer y el hijo que
había tenido hacía unos meses no serían encerrados si se alistaba en la Legión,
Rudy acabó enrolándose en la Legión Extranjera. Luego tras múltiples
peripecias, años y años de guerra sin poder volver a ver a su mujer y tras
acabar finalmente destinado a Vietnam, Rudy desertó y acabó convertido en el
camarada Le Duc Nhan.
A su vez Erwin Borchers era de origen alsaciano, nacido en 1906
en Estrasburgo, por aquel entonces una posesión alemana. Al final de la Gran Guerra,
cuando Alsacia y Lorena fueron devueltas a Francia, su familia se mudó a
Alemania. Allí estudió Historia esperando convertirse en profesor a la vez que
tomó contacto con grupos de izquierda dentro de la República de Weimar. Debido
a ello con el tiempo se implicó en la distribución de propaganda anti-nazi, lo
que le causó problemas y le obligó a huir del país con dirección a Francia en 1936. Pero
en Francia al ser un alemán no se le admitió como profesor en el sistema
escolar francés y cuando intentó alistarse en el ejército regular francés
tampoco se le permitió al ser hijo de “traidores”. Así acabó internado en el campo
de Colombes donde se unió a la Legión Extranjera. Pocos meses después, tras la
capitulación de Francia, el Reich alemán pidió su extradición, pero tuvo suerte
y en vez de librarlo a los nazis el general Maxime Weygand lo envió a Indochina
junto con algunas docenas de compañeros alemanes de la Legión en su misma
situación de “riesgo”, entre ellos el antes citado Rudy Schroder.

De hecho al Vietminh le faltaban cuadros, técnicos, gente con
experiencia militar o educación universitaria, debido a lo cual sus líderes acogieron
bastante bien a muchos de esos desertores multinacionales provenientes de las tropas francesas.

Desgraciadamente con el tiempo todos ellos acabaron desilusionados, nuevamente. Alemania los había defraudado, Francia los había traicionado, y el
comunismo vietnamita, cada vez más xenófobo e intolerante a medida que
avanzaban los años 50 y 60, también acabó por cansarles, con lo cual todos
fueron regresando a Europa tarde o temprano.
Ernst Frey (foto de al lado) por su parte
experimentó una epifanía religiosa en medio de la jungla, quizás influido por
unas fiebres que contrajo, en todo caso el Estado Mayor del Vietminh dejó de
confiar en su salud mental cuando intentó organizar una peregrinación por la
selva para convencer al general Vo Nguyen Giap de la existencia de Dios. Su rastro se recupera en Viena,
a donde regresó en 1951. Allí se casó, tuvo dos hijas y siguió con su vida en este caso como
anodino representante comercial de una empresa textil. En sus últimos años también perdió la fe en la religión, formó parte algún tiempo del movimiento
ecologista, del cual asimismo acabó renegando, y finalmente se volvió un adicto al juego, lo que le llevó a una situación económica muy apurada que pudo ir salvando hasta su muerte gracias a trabajos ocasionales como cocinero.
En cuanto a Rudy Schroder (primero por la derecha en la imagen de al lado), después de su paso por labores de
propaganda fue puesto al cargo de un regimiento del Vietminh compuesto
esencialmente por desertores europeos provenientes de las líneas francesas.
Gente de la que he hablado a lo largo de la entrada. Sin embargo la falta de
alimentos y de ropa acabó desmoralizando a la mayoría. La disciplina fue
desapareciendo, hubo denuncias de violaciones a muchachas de las aldeas locales
que debían proteger y finalmente, temiendo un motín, Schroder ordenó la
ejecución de media docena de sus propios hombres a comienzos de 1951, lo que le
hizo caer en desgracia a ojos del Partido. Debido a ello abandonó Vietnam en
agosto de ese mismo año con rumbo a la República Democrática de Alemania donde
pasó a desempeñar el trabajo de profesor de Historia en una escuela ubicada en Dresde. En 1953
se convirtió en chivato de la Stasi bajo el nombre en clave de "Alain" hasta que en 1959
huyó hacia el Oeste. Allí encontró un empleo mal pagado como profesor de
francés cerca de Frankfurt am Main lugar donde murió solo y alcoholizado en
1977.
Ellos fueron algunos de los muchos combatientes extranjeros del Vietminh en su etapa embrionaria, gente como Walter Ullrich, alias Ho Chi Long, o Georges Wächter (el hombre calvo en la foto de arriba, al lado de Rudy Schroder), alias Ho Chi Tho. Todos vieron naves en llamas solo para que con el tiempo sus historias se perdieran, ya se sabe... como lágrimas en la lluvia.
Ellos fueron algunos de los muchos combatientes extranjeros del Vietminh en su etapa embrionaria, gente como Walter Ullrich, alias Ho Chi Long, o Georges Wächter (el hombre calvo en la foto de arriba, al lado de Rudy Schroder), alias Ho Chi Tho. Todos vieron naves en llamas solo para que con el tiempo sus historias se perdieran, ya se sabe... como lágrimas en la lluvia.
El mundo es un lugar gris, o tal vez marrón, desde luego ni blanco ni del todo negro, pero sobre todo es un lugar en el que las fronteras y las naciones no
dejan de ser una mentira simplificadora, como un velo que oculta la auténtica
naturaleza de la realidad. Continuamente a lo largo de la historia se suceden
bajo la fachada de las luchas “nacionales” conflictos mucho más complejos, surgidos en torno a intereses inconfesables. Son confrontaciones tras las que un observador experto quizás logre apreciar cómo chocan
etnias, culturas, generaciones, clases, civilizaciones, ideologías, mentalidades, visiones del
mundo… Y allí, en medio de la confusión, el barro y la sangre, donde ya no está nada clara
la frontera entre el bien y el mal o los motivos para luchar, olvidados por
todos, hombres de múltiples nacionalidades y orígenes sociales se destruyen entre sí muchas
veces para lograr nada.
La Historia es un molino y los hombres somos el grano.
Felicidades. Excelente trabajo. Muy buen artículo.
ResponderEliminarJuanjo Ortiz
www.elcajondegrisom.com
¡Precioso el final!
ResponderEliminarMe ha encantado la entrada. Y estoy con Jesús Cueto, el final, amargo como la hiel pero para enmarcar.
ResponderEliminarApasionante artículo, que no deja caer la tensión en ningún momento.
ResponderEliminarComo pequeña puntualización, tengo una pequeña cruzada en lo que a la Ley de Amnistía se refiere. Mientras en Francia se amnistió a torturadores, asesinos y muchos (muchos) miembros de la OAS, en España los amnistiados fueron sindicalistas, nacionalistas, militantes democrátas y anarquistas. Hay una encendida defensa de Marcelino Camacho a dicha ley.
Los franquistas no necesitaban que el Estado los amnistiase. Ellos era en el Estado.
Finalmente solo somos seres humanos...buscando sobrevivir..unos con más fortuna que otros...algunos ambiciosos otros idealistas...en fin...mientras más conozco la humanidad más quiero a mi perro. Una excelente, bien escrita, documentada y enriquecedora entrada.
ResponderEliminarMuy grande.
ResponderEliminarCelebro el día en que recalé en tu espacio.
La realidad se da de tortas con el llamado pensamiento positivo, te esfuerzas luchas y al final lo consigues, pero no,al final casi todos perdemos.
ResponderEliminarArtículo muy interesante. Gracias por el desempeño mostrado.
ResponderEliminarLa violencia es la partera de la historia.
ResponderEliminarUna maravilla de artículo, tanto por la información como por el enfoque. La historia son datos, sí, pero también un modo de interpretarlos. El suyo es excelente.
ResponderEliminarHagas lo que hagas vas a terminar en la miseria. Supongo que por eso uno se identifica bien con los fracasados. Un triunfador es alguien que al final va y muere.
ResponderEliminar"Hasta el final nadie es dichoso". No. Al final nadie puede serlo. Si es final, no es dichoso. Si es dichoso, no es final. Ahí sacan petróleo las religiones.