miércoles, 9 de diciembre de 2015

¿Quiénes son los buenos?


Tal vez desde siempre solo exista una revolución verdadera que merezca la pena, la de los buenos contra los malos. La pregunta es ¿quiénes son los buenos?.

Burt Lancaster en "Los profesionales". 




En febrero de 1991 el Centre des hautes études sur l’Afrique et l’Asie modernes organizó en París un ciclo de conferencias sobre Vietnam. Durante una de ellas, celebrada el día trece de dicho mes, un oscuro profesor de Filosofía e Historia que hacía de orador fue sorpresivamente interrumpido a gritos por un anciano que se encontraba entre el público. El caso es que dicho exaltado no era alguien cualquiera, sino que se trataba nada menos que de Jean-Jacques Beucler, antiguo Secretario de Estado del Gobierno francés a finales de los años 70 y condecorado veterano de guerra. Y la razón por la que interrumpió la conferencia tampoco era baladí. Beucler, tras reconocer al conferenciante, lo acusó a gritos de haberlo torturado en Vietnam, a mediados de los años 50. Así empezó el “asunto Boudarel”, el cual constituye apenas una primera capa de la enrevesada cuestión que hoy vamos a intentar analizar.

El héroe

La trayectoria militar de Jean-Jacques Beucler comenzó en 1942, cuando con apenas diecinueve años se unió al Ejército de la Francia Libre, en Marruecos. A partir de ahí combatió en Italia, en Francia, e incluso intervino en el avance aliado hacia el interior de Alemania, ya durante los últimos compases de la II Guerra Mundial.

Pero como sabemos el final de dicho conflicto no fue sino el punto de comienzo de una serie de procesos históricos en cadena que dieron lugar a nuevas guerras, por ejemplo la de Corea. En lo tocante a Jean-Jacques la conflagración que nos va a interesar estalló poco tiempo después de la “liberación” de la Indochina francesa, colonia que había sido ocupada durante la Guerra Mundial por los japoneses (todo sea dicho de paso, con la colaboración esporádica de algunos restos de la Administración francesa leales al gobierno francés de Vichy, aliado en su momento con las potencias del Eje). Allí el término de la contienda provocó la retirada de los japoneses de la zona y creó un momentáneo vacío de poder, el cual unido a las dificultades de transporte, el caos, y las destrucciones producidas durante la guerra, desembocó en una gran hambruna que se cobró en pocos meses miles de muertos entre la población campesina nativa. Esa fue una coyuntura que el Vietminh, un movimiento local de tintes nacionalistas y comunistas dirigido por un tal Nguyen Sinh (con el tiempo más conocido como Ho Chi Minh, “el que ilumina”) aprovechó para apoderarse de gran cantidad de armamento abandonado, lograr una importante base social entre la población de áreas rurales y finalmente establecer un gobierno provisional con base en Hanoi, proclamando a continuación la independencia de Vietnam el 2 de septiembre de 1945. Un acontecimiento que sería el punto de partida de una guerra muy compleja, con varias fases que se desarrollaron a lo largo de los treinta años siguientes durante los cuales además, de forma directa o bien desde la sombra, acabaron entrometiéndose en la región todas las grandes potencias de la época.

Por de pronto una primera etapa de tan largo conflicto implicó de forma directa sobre todo a Francia, la antigua metrópoli colonial que no tenía ninguna intención de dejar de serlo. Tal es así que, apenas liberada Francia de la presencia alemana, el nuevo Gobierno del país envió tropas al SE de Asia para intentar recuperar a la fuerza su control de la zona y de paso lavar con victorias sobre los patriotas del lugar las humillaciones sufridas por el ejército galo a manos de los alemanes en la precedente Guerra Mundial. Empezaba así la Primera Guerra de Indochina que se extendió entre finales de 1946 y el verano de 1954 y tuvo como contendientes principales al Vietminh por un lado y al ejército regular francés por otro.

En este punto hay que hacer una primera salvedad para entender el tono que fueron tomando las controvertidas acciones llevadas a cabo por las unidades del ejército francés desplazadas a Indochina y que les enajenaron casi por completo el apoyo de la población local. 

   Y es que las tropas que fueron enviadas a Oriente estaban integradas a partes iguales por carne de cañón y escoria, por así decirlo. Por un lado carne de cañón alistada en el Norte de África o entre los estratos más pobres de la sociedad francesa. Y por otro lado, para compensar, tropas de élite, unidades de choque compuestas por veteranos curtidos, en ocasiones tal vez demasiado, es decir soldados con años de guerra tras de sí, en muchos casos individuos violentos o desequilibrados que estacionados en Europa podían provocar situaciones incómodas pero a los que se podía dar rienda suelta en medio de una guerra lejana. En este último grupo habría que incluir unidades particularmente violentas de paracaidistas y miembros de la Legión Extranjera alistados, por ejemplo, para escapar de problemas judiciales.   

Aclarado esto, ocurre que entre los millares de hombres que la metrópoli envió a la zona se encontraba Beucler, el cual llegó a Indochina en 1949 como teniente de un regimiento de soldados nacidos en su mayoría en Marruecos (país que alcanzaría la independencia plena solo en 1956). Ellos eran esa carne de cañón a la que me refería antes. Pobres desgraciados procedentes de lo que por entonces todavía era una colonia francesa más, paradójicamente enrolados con la misión de suprimir las ansias de libertad de otra. Para controlarlos a la cabeza de este tipo de tropas normalmente figuraba un oficial francés de pura cepa, alguien de confianza, a ser posible destacado por sus postulados ultranacionalistas. Era un proceder clásico que los ingleses elevaron a la máxima expresión durante los años álgidos de su imperio y que los franceses copiaron con resultados desiguales. Y ahí es donde encaja Beucler en toda esta historia, porque él era, como he dicho, el oficial encargado de una de tales unidades. 

El caso es que a finales de 1950 Beucler cayó prisionero de las fuerzas del Vietminh, comenzando para él un vía crucis de más de cuatro años de penoso cautiverio en un campo de prisioneros denominado Campo 113. Un lugar en el cual llegado el momento hizo su aparición un francés muy particular, de nombre Georges Boudarel, pero al que los guardias vietnamitas del lugar llamaban con mucho respeto “señor Dai Dong” porque Georges no era un prisionero sino que fue transferido a dicho campo como uno de los encargados del mismo, con la misión concreta de dirigir la “reeducación” de sus compatriotas. Esa es la etapa de su vida que le echaba en cara Beucler a Boudarel cuando lo reconoció décadas después, una vez de vuelta en Francia y convertido el segundo en un aburrido profesor. Beucler se acordaba muy bien del período de apenas un año en que Boudarel fue uno de los mandos del Campo 113, ya que durante ese tiempo la mayoría de los prisioneros franceses que se hallaban detenidos allí murieron. Beucler fue uno de lo escasos supervivientes y en aquella apacible conferencia de 1991 con la que abría este texto resulta que se topó frente a frente -en la persona del anodino conferenciante- con el “señor Dai Dong”, aquel traidor y renegado que, según él, debía ser inmediatamente procesado. 

El traidor

Georges Boudarel había nacido en Saint Etienne, en 1926, tres años después que Beucler. Ferviente católico en sus años mozos, había estudiado filosofía como preparación para ordenarse sacerdote en el futuro, pero durante la II Guerra Mundial experimentó un súbito cambio de ideales que lo llevó a integrar desde el año 1946 las filas del movimiento comunista. Es así como aquel joven, pacifista y tranquilo, se embarcó en 1948 para trabajar de enseñante de filosofía en Da Lat, un enclave ubicado en la zona Sur del actual Vietnam, con la secreta intención de ayudar a la expansión de la causa comunista en aquella estratégica región. Así, una vez llegado a Indochina, contactó pronto con una célula del Kominform (una organización comunista creada a instancias soviéticas en 1947, sucesora a su vez del antiguo Komintern, disuelto por Stalin durante la II Guerra Mundial). La célula en cuestión, denominada “Grupo cultural marxista 106”, le ayudó a unirse en 1950 a los destacamentos de combatientes comunistas del Vietminh que operaban en el Norte de Indochina. Una vez allí, dado que rehusaba combatir con las armas contra sus compatriotas, Boudarel fue encargado de acciones de propaganda y otras labores semejantes. Al año siguiente, tras la batalla de Vinh Yen en que el napalm fue usado por primera vez como arma de guerra en Vietnam (fueron los franceses, no los estadounidenses los que tuvieron ese honor), fue creciendo  la implicación de Boudarel con el Vietminh. Debido a ello, tras ganarse la confianza de los líderes comunistas locales, en 1952 Boudarel fue nombrado comisario político y al año siguiente fue adscrito a las labores de “reeducación” de los prisioneros franceses que se encontraban bajo poder del Vietminh. Razón por la cual en febrero de 1953 Boudarel fue asignado a un campo de prisioneros ubicado cerca de la frontera china y lleno de compatriotas suyos, entre ellos el antes mencionado Jean-Jacques Beucler, que se encontraba retenido allí. 

La situación en esas prisiones era terrible. A raíz de la política de tierra quemada del ejército francés en esos momento el Vietminh apenas era capaz de obtener suministros para alimentar a sus propios combatientes, mucho menos a sus prisioneros. Además el ejército francés dificultó la intervención de la Cruz Roja en el conflicto hasta los últimos momentos de la guerra por lo cual no era posible obtener suministros médicos mediante esa vía, algo que prácticamente dejaba sin ellos al bando industrialmente más pobre, o sea el vietnamita, precisamente lo que buscaba el alto mando galo. No es de extrañar por tanto que en los campos de detenidos regentados por el Vietminh el hambre y las enfermedades hiciesen estragos ante la carencia de comida y medicinas. Al final de la contienda el saldo de muertos entre los prisioneros fue de un 69%.

Aunque habría que matizar, para vergüenza de la especie humana, que esa era una situación que afectó casi por igual a ambos bandos. Los vietnamitas porque no tenían suministros en general, mientras que en el caso de los campos en manos de los franceses sí había tales suministros pero sus encargados no tenían ninguna intención de gastarlos con los prisioneros vietnamitas. Gracias a lo cual las instalaciones de detención controladas por los franceses, como la funesta prisión de Poulo Condor, no tenían casi nada que envidiar a las instalaciones homólogas regidas por los comunistas del Vietminh.  

En resumen, durante el conflicto tanto la “potencia civilizadora” -la Francia “democrática y progresista”- como los “luchadores por la libertad” vietnamitas, se comportaron en la práctica de forma inhumana y brutal con aquellos que formaban parte del otro bando. Ese es el contexto dentro del cual el Campo 113 en concreto derivó en el caos y muchos prisioneros murieron, básicamente de hambre o de enfermedades, todo ello bajo el mando de Boudarel y ante los ojos de Beucler que vivió para contarlo.

En cualquier caso en 1954 finalizó la guerra. Por entonces a Francia se le acumulaban los problemas y ante el deterioro de la situación en su gran colonia, Argelia, el Gobierno francés juzgó conveniente concentrar los esfuerzos de su agotado y disperso ejército si no quería perder por completo su imperio colonial (como al final acabó sucediendo de todas formas). Por tanto resultaba necesario para todas las partes implicadas en la guerra de Indochina el negociar una paz, dado que el Vietminh también se encontraba exhausto.

Debido a ello se consiguió alcanzar los llamados Acuerdos de Ginebra. Francia abandonaba sus intentos de mantener el control de la Indochina, reconocía la independencia de Laos y Camboya y, en el caso de la zona del actual Vietnam, a imitación de lo ocurrido en la reciente guerra de Corea, la región era a su vez dividida en dos zonas de influencia: una comunista y otra proocidental. Por un lado la República Democrática (sic) de Vietnam, al Norte, un Estado totalitario comunista con capital en Hanoi, controlado de facto por el Vietminh. Por otro la República (sic) de Vietnam, al Sur, en sus primeros momentos una monarquía corrupta y con el tiempo una dictadura militar con capital en Saigón, títere de los intereses británicos y en mayor medida de los estadounidenses, quienes buscaban hacerse con el control de una cabeza de puente en el Sur de Asia (el propio Ho Chi Minh había contado en su momento con la colaboración de la OSS, la agencia predecesora de la CIA, debido a la intención de los estadounidenses de usarlo como un peón para debilitar la ocupación japonesa del territorio y más adelante también el poder francés en la región, esperando que luego resultase más dócil ante sus correspondientes intentos de hacerse con el control de la zona; craso error).

Esos acuerdos de paz, por otra parte, incluían en una de sus cláusulas un pacto para la celebración en ambos Estados de unas elecciones democráticas al cabo de cierto tiempo, tras las cuales eventualmente se crearía un Estado de Vietnam democrático y unificado. Por supuesto ni los comunistas del Norte, ni los EE.UU. y sus títeres del Sur, tuvieron jamás ninguna intención de llevar a cabo dichas elecciones; los líderes de cada bando tenían sus propios planes estratégicos para el área, al margen de lo que pensasen los vietnamitas de a pie. Por tanto la “paz” firmada era en realidad solo una tregua para retomar fuerzas hasta que estallase la siguiente fase de la guerra, mucho más conocida gracias sobre todo al cine, la cual tuvo a los EE.UU. como grandes protagonistas, heredando éstos el papel que los franceses habían jugado a lo largo de la primera parte del conflicto. Pero esa es otra historia.

Lo que nos interesa es que, tras los acuerdos de Ginebra, Beucler fue liberado por los vietnamitas y regresó a Francia. A su vez Boudarel fue inculpado por parte de los tribunales militares franceses de los cargos de traición y deserción y condenado a muerte en ausencia. Debido a ello, pese a la firma de la paz, no podía regresar a Francia y permaneció en Vietnam. Allí se fue desilusionando progresivamente con la deriva autoritaria del Vietminh durante los años siguientes. Tiene gracia por ejemplo que, una vez los franceses se marcharon de la región, parte de los correccionales y campos de prisioneros donde en el pasado se torturaba a los independentistas vietnamitas fuesen reutilizados por los comunistas locales como “centros de reeducación” dedicados a la purga de sus propios opositores. 

   Así en 1964 Boudarel salió del país, viajó a Checoslovaquia a través de la Unión Soviética y allí se asentó en Praga como profesor de un Instituto de Estudios Orientales. Finalmente en 1966, en Francia, el Parlamento (con el total apoyo tanto de comunistas como de gaullistas de derechas) aprobó una amnistía para los crímenes cometidos en los años precedentes durante la Guerra de Argelia. Sin embargo, ya puestos a eximir de responsabilidades, en el artículo 30 de dicha ley se incluyeron también los crímenes de guerra cometidos durante el conflicto de Indochina. Era un tinglado legal –en cierta forma semejante a la posterior ley de Amnistía firmada en España al término de la dictadura franquista- pensado, por supuesto, para exculpar a los soldados franceses de futuras demandas por los múltiples desmanes y matanzas de población civil cometidas por las tropas galas durante las fallidas guerras de descolonización. Lo que ocurrió es que, como suele suceder con las componendas impresentables, el truco tenía agujeros. Básicamente se trataba de una figura legal a la que sin embargo los franceses que habían militado en el “otro bando” también podían agarrarse, al no haberse especificado nada al respecto. Gracias a eso al año siguiente Boudarel pudo volver a Francia. Oficialmente regresaba de “un viaje de estudios por Extremo Oriente”. Luego, con el tiempo, participó en el Mayo del 68, ingresó en el prestigioso CNRS, y más adelante encontró empleo como profesor de Historia especializado, obviamente, en historia del Sureste de Asia, en virtud de lo cual acabó impartiendo clase para una rama de la Universidad de París. Es así como, convertido en un académico del montón, vivió tranquilo hasta la conferencia que mencioné al comienzo de este relato, celebrada en 1991, durante la cual las vidas de Beucler y Boudarel volvieron a cruzarse.

El huevo

Tras ello comenzó una lucha legal que solo se apagó con la muerte de ambos más o menos una década después. Beucler murió en el 99 y Boudarel en el 2003. Durante esos años Beucler intentó por todos los medios que Boudarel fuese procesado por los tribunales franceses, pero se topó con la famosa ley de 1966. Como respuesta sus abogados trataron de que Boudarel fuese juzgado por crímenes contra la Humanidad en vez de por crímenes de guerra. Pero, y esto es bastante deprimente, al intentarlo se encontraron con que en la definición de crímenes contra la Humanidad resulta bastante controvertida y subjetiva legalmente. Al final como el caso no estaba jurídicamente claro Boudarel jamás fue condenado. Aunque llegados a este punto habría que preguntarse si debería haberlo sido. O de si en caso de ser procesado él no habría que procesar también a oficiales franceses que cometieron desmanes iguales o peores en el bando opuesto, el de los “buenos”, en aras de una ocupación colonial a todas luces injusta. 

No obstante más allá de cuestiones universales la confrontación entre Beucler y Boudarel alcanzó niveles bastante “bizarros” cuando uno desciende a los detalles. No es posible entenderla simplemente desde los grandes postulados éticos ya que al final lo que ocurrió entre aquellos hombres fue más personal.

Como había comentado Beucler acusó a Boudarel de haberlo torturado. Pero lo cierto es que la mortalidad en el campo que dirigió brevemente se debió sobre todo a decesos por agotamiento, enfermedad y hambre. Una situación que también experimentaban por entonces los propios carceleros. No había suministros, así de simple. Beucler y algunos de sus compañeros supervivientes aseguraban en cambio que sí, que Boudarel escondía la comida. Ninguno alegó jamás que les hubiera golpeado o maltratado físicamente de forma directa. Le acusaban en cambio de haberlos torturado psicológicamente, no solo por hacerlos trabajar hasta la extenuación sino por machacarlos continuamente con lecciones sobre las bondades del comunismo. Para los supervivientes del campo eso había sido lo más insoportable de todo, que Boudarel hubiese intentando “violar sus almas” de patriotas de ultraderecha franceses. Según ellos en otros campos de prisioneros regidos por el Vietminh los guardianes o bien no se creían demasiado sus propias consignas, o bien no veían la utilidad de "convertir" en favor de sus ideas a los extranjeros. Por tanto desatendían sus labores de “reeducación” y se limitaban a custodiar y a maltratar de forma clásica a los prisioneros. No esperaban de ellos que cambiasen de bando, o no lo deseaban, y por tanto no intentaban convencerlos de nada en concreto. Paradójicamente, a diferencia de otros guardianes de prisiones vietnamitas, Beucler en aquella etapa de su vida creía por completo en la retórica comunista y por ello no dejaba de intentar difundir la propaganda del partido entre los prisioneros, usando para ello técnicas de lavado de cerebro recomendadas por Moscú y empleadas también por los maoistas chinos. Ante el fracaso de las charlas y la negativa de sus prisioneros a cambiar de bando Beucler pensaba realmente que no debía dejarles relajarse, ni pensar, tenía que mantenerlos constantemente extenuados y buscar la forma de romper la solidaridad entre ellos para así lograr acercarlos a la “verdad” y “salvarlos” sacándolos de su error.

Al final todo explotó un día en que varias docenas de soldados cautivos estaban a punto de ser excarcelados. Durante la marcha hasta el punto de intercambio de prisioneros convenido, al paso por una aldea, uno de ellos robó un huevo a los lugareños. Tras recibir una queja de los aldeanos Boudarel, quien se encontraba presente ese día al mando de la columna, paró la marcha y forzó al grupo a delatar al ladrón bajo la amenaza de dar marcha atrás con la entrega. Sus compañeros temiendo ser devueltos al campo, en un momento en que tenían tan cerca la libertad, denunciaron al culpable (o tal vez a alguien inocente, pero que sirvió de cabeza de turco) por lo que fue devuelto al Campo 113 como castigo mientras el resto de prisioneros fueron liberados como estaba previsto. Uno de ellos era Beucler. Su compañero, aquel al que delataron para salvarse ellos, no sobrevivió. 

El resultado es que Beucler, espoleado quizás por un cierto sentimiento de culpa, buscó hasta el final de su vida procesar a Boudarel. Por el lado contrario este último jamás se arrepintió de su proceder en la época y, en la medida en que su procesamiento se convertía en cierta forma en un juicio a los comunistas franceses de los años 50 y 60, múltiples intelectuales de izquierdas lo apoyaron entendiendo que si Boudarel simbolizaba los desmanes del comunismo por su parte Beucler simbolizaba el lado oscuro del pasado colonial galo y los abusos cometidos por el ejército francés contra la población civil durante las guerras de liberación nacional previas al proceso descolonizador.

Beucler y Boudarel se odiaron para siempre quizás por culpa de un huevo, pero para los que los juzgaban esos detalles no tenían importancia sino que eran cuestiones políticas, jurídicas, diplomáticas o historiográficas las que estaban en la balanza.

De cualquier forma no es tarea mía entrar mucho más en ello porque todo esto a su vez desenterró otra incómoda cuestión que no quiero dejar sin tocar. Y es que Boudarel no fue ni mucho menos un caso único de tránsfuga a favor del Vietminh. Hubo otros, muchos otros, algunos de ellos realmente insospechados. Veámoslo.

Los desertores

Para empezar, finalizada la II Guerra Mundial se cree que parte de los 50.000 oficiales, soldados y funcionarios japoneses que se hallaban en ese momento desperdigados por la zona de Indochina prefirieron no regresar a su país (en muchos casos temerosos de ser acusados de crímenes de guerra por los vencedores) y de cara a sobrevivir se unieron al Vietminh. El volumen de tránsfugas no es conocido y oscila según autores entre unos pocos cientos y varios miles. Lo que es seguro es que entre finales del año 45 y comienzos del 46 un contingente nada despreciable de oficiales y soldados japoneses, muy fanatizados, decidieron unirse a los comunistas vietnamitas para así poder seguir combatiendo a su manera contra algunos de los países que habían formado parte de los aliados en la guerra. Gente como Koshiro Iwai, o Ishii Takuo, este último encargado de una división japonesa que había combatido en el frente de Birmania y que acabó convertido en coronel y asesor del naciente ejército del Vietminh. De hecho lo que se sabe es que tras los acuerdos de Ginebra del 54 al menos 71 japoneses que habían combatido con el Vietminh decidieron regresar a Japón y luego algunas docenas más los imitaron durante los años siguientes. 

Sin embargo el caso de los japoneses no es el que me interesa resaltar. Para mí destaca mucho más el hecho de que en el seno de las propias unidades del ejército francés enviadas para combatir en Indochina a partir del año 46 había muchos soldados con razones para cuestionarse su papel en el conflicto y que, por ello, acabaron cambiando de bando.

Debemos tener en cuenta al respecto que el reducido ejército “francés” que al final de la II Guerra Mundial colaboró con los ingleses y estadounidenses en la liberación de Francia era una armada multirracional compuesta (dos tercios de las tropas en concreto), más que por franceses de pura cepa, por una amalgama de tropas internacionales que incluía republicanos españoles y sobre todo muchos soldados provenientes de las “colonias”, esencialmente del Maghreb y del África negra. Por supuesto ese hecho embarazoso apenas se reflejó en los desfiles y fotografías de la época, debido a las instrucciones de los departamentos de propaganda para mostrar solo las escasas unidades “blancas” y “francesas” del ejército “francés”. Pero la verdad era que múltiples argelinos, tunecinos y senegaleses lucharon por la Francia libre.

Posteriormente, tras la liberación de Francia y el final de la Guerra Mundial, muchos de ellos fueron enviados a Indochina. A fin de cuentas mejor enviarlos a morir allí a ellos que a buenos ciudadanos franceses de verdad.

Pero claro, por entonces algunos de esos soldados coloniales empezaban a cuestionarse las razones por las que combatían a favor de Francia. Bien es cierto que la mayoría luchaba por la paga y/o una obediencia ciega a los oficiales más que por motivos ideológicos. Sin embargo eso no impidió que una minoría entre los desplazados a Vietnam empezase a sentirse más identificada con los vietnamitas que con sus camaradas de armas franceses, quienes en muchos casos los despreciaban o los humillaban. Eso fue una fuente de deserciones constantes.   

Por otro lado entre las tropas puramente francesas enviadas a combatir a Indochina también había algunos antiguos partisanos que se habían unido al Ejército regular tras la liberación del país y presas de entusiasmo luego se embarcaron para Vietnam alistados con la fantasiosa idea de combatir allí los supuestos últimos rescoldos del fascismo nipón. Claro está, pronto chocaron con la realidad. Así, ellos que se habían forjado como luchadores contra el ocupante alemán, se encontraron de repente tras su llegada a la zona que el papel que debían representar en Vietnam se parecía sospechosamente al que los alemanes habían desempeñado hacía poco en la Francia invadida. Fue un shock: jóvenes que se habían alistado para expandir por el mundo el "bien" y la "libertad" de repente se encontraron en una situación en la que eran claramente los “malos”. Debido a esto algunos se pasaron al enemigo. 

Y finalmente habría que contar los casos sueltos particulares de los que voy a hablar dentro de un momento. Gente peculiar con sus propias y azarosas razones. Dentro de este último grupo sabemos que en total 1.325 hombres, de nacionalidades diversas, integrados en el seno de las unidades multinacionales pertenecientes a la Legión Extranjera desplazadas a Indochina, se pasaron al Vietminh entre el 46 y el 54.

Entre ese amplio conjunto de tránsfugas dentro de la Legión Extranjera destacan muy particularmente las biografías de diversos alemanes que tras desertar del ejército francés llegaron a alcanzar posiciones relevantes dentro del Vietminh. Aunque de cara a entender las motivaciones de alguno entre ellos y sobre todo explicar las razones de que, contra lo que se piensa, hubiese bastantes soldados germanos en el ejército francés, hay que rememorar algunos detalles convenientemente olvidados.

El internamiento de ciudadanos japoneses llevado a cabo por parte del Gobierno de los EE.UU. tras el ataque a Pearl Harbor es algo bastante conocido. En cambio es menos recordado el internamiento en campos de los ciudadanos alemanes varones residentes en Francia tras el estallido de la II Guerra Mundial. Lo que ocurrió a continuación es que entre septiembre de 1939 y mediados de 1940 -momento en que el frente francés se hundió y se produjo la capitulación- muchos de esos alemanes recluidos no confiaron en que su país pudiese invadir Francia exitosamente, como de hecho sucedió. Debido a ello, buscando una forma de escapar de su confinamiento y de unas hipotéticas represalias sobre ellos una vez que Alemania hubiese perdido la guerra, en torno a 3.500 de esos alemanes confinados en campos se presentaron voluntarios para alistarse en la Legión Extranjera francesa (un cuerpo que admitía integrantes de cualquier nacionalidad). Incluso algunos de ellos se encontraban en Francia por ser antinazis convencidos por lo que se unieron de buena gana al esfuerzo de guerra francés. Luego, cuando el giro de los acontecimientos hizo momentáneamente presagiar que sería la Alemania nazi la que la ganaría, ya no pudieron dar marcha atrás, en este caso por temor a las represalias de manos de sus compatriotas que los veían como traidores derrotistas.

Por otra parte hay que considerar una segunda fuente de reclutamiento de alemanes para el ejército francés en tanto que, años después, en torno a 5.000 prisioneros de guerra alemanes se unieron a la Legión Extranjera en este caso entre finales del 44 y el año 46 como forma de escapar también a su cautiverio.

Boches en la jungla

Con ese decorado de fondo quizás podamos entender la historia de Rudolf "Rudy" Schroder, nacido en Colonia en 1911. Rudy, joven estudiante de literatura y sociología, de ideas comunistas, y procedente de una familia católica, había abandonado Alemania en 1933 al casarse con Hilde, una estudiante de medicina procedente de una familia judía. El matrimonio buscó refugio en Francia escapando, lógicamente, del ascenso nazi, pero a finales de 1939 Rudy acabó en un campo de internamiento, St. Jean de la Ruelle, cerca de Orleans, porque a fin de cuentas era un asqueroso alemán y punto. 

Allí, dado que las autoridades le prometieron que su mujer y el hijo que había tenido hacía unos meses no serían encerrados si se alistaba en la Legión, Rudy acabó enrolándose en la Legión Extranjera. Luego tras múltiples peripecias, años y años de guerra sin poder volver a ver a su mujer y tras acabar finalmente destinado a Vietnam, Rudy desertó y acabó convertido en el camarada Le Duc Nhan.

A su vez Erwin Borchers era de origen alsaciano, nacido en 1906 en Estrasburgo, por aquel entonces una posesión alemana. Al final de la Gran Guerra, cuando Alsacia y Lorena fueron devueltas a Francia, su familia se mudó a Alemania. Allí estudió Historia esperando convertirse en profesor a la vez que tomó contacto con grupos de izquierda dentro de la República de Weimar. Debido a ello con el tiempo se implicó en la distribución de propaganda anti-nazi, lo que le causó problemas y le obligó a huir del país con dirección a Francia en 1936. Pero en Francia al ser un alemán no se le admitió como profesor en el sistema escolar francés y cuando intentó alistarse en el ejército regular francés tampoco se le permitió al ser hijo de “traidores”. Así acabó internado en el campo de Colombes donde se unió a la Legión Extranjera. Pocos meses después, tras la capitulación de Francia, el Reich alemán pidió su extradición, pero tuvo suerte y en vez de librarlo a los nazis el general Maxime Weygand lo envió a Indochina junto con algunas docenas de compañeros alemanes de la Legión en su misma situación de “riesgo”, entre ellos el antes citado Rudy Schroder.

Un caso parecido al de Ernst Frey, nacido en 1915 en el seno de una familia de judíos húngaros emigrados a Austria. En 1934, a los diecinueve años, comenzó a militar en una Liga de Jóvenes Comunistas. Años después, tras el Anschluss de Austria por parte de la Alemania nazi, Ernst intentó venir a España a combatir en las Brigadas Internacionales, pero fue detenido y pasó tres meses en prisión. Al ser liberado huyó a Francia donde sobrevivió vendiendo bolígrafos puerta a puerta y tras eso se enroló en la Legión Extranjera para escapar del hambre, debido a lo cual finalmente acabó en Indochina. Allí junto a Rudy Schroder, Erwin Borchers y otros cientos de soldados "franceses" fue encarcelado por los japoneses cuando estos tomaron posesión de la zona. Así acabó en un campo de exterminio en Hoa Binh hasta que Japón capituló y parte de esa amalgama de soldados alemanes, oficialmente reclutados al servicio de Francia pero bastante desengañados para entonces, acabó pasándose al Vietminh cuando partisanos integrantes del mismo tomaron control de la zona donde estaban detenidos.

De hecho al Vietminh le faltaban cuadros, técnicos, gente con experiencia militar o educación universitaria, debido a lo cual sus líderes acogieron bastante bien a muchos de esos desertores multinacionales provenientes de las tropas francesas.

Gracias a ello Rudy Schroder pronto se ocupó de organizar publicaciones y programas de radio propagandísticos para el Vietminh. Por su parte Ernst Frey (alias Nguyen Dan) sirvió como instructor y consejero militar, mientras que Erwin Borchers (el hombre calvo de la foto), en adelante conocido como Chien Shi (“el luchador”), fue el que más lejos llegó del trío, al ostentar el grado de teniente coronel de las fuerzas vietnamitas a la vez que comisario político del Partido Comunista, en relación con lo cual se le encargó desde 1951 de la “reeducación” de los prisioneros de origen alemán capturados entre los rangos de la Legión Extranjera francesa.

Desgraciadamente con el tiempo todos ellos acabaron desilusionados, nuevamente. Alemania los había defraudado, Francia los había traicionado, y el comunismo vietnamita, cada vez más xenófobo e intolerante a medida que avanzaban los años 50 y 60, también acabó por cansarles, con lo cual todos fueron regresando a Europa tarde o temprano.

En 1966 Borchers, junto con su esposa vietnamita y los seis hijos que tuvo con ella, emigró a la República Democrática Alemana, es decir al títere comunista constituido en la parte Oriental de la antigua Alemania, donde acabó trabajando para Radio Berlín. Sin embargo dos años después fue disciplinado por el Partido Comunista por haber expresado simpatía por la Primavera de Praga. En 1985 desertó y cruzó la frontera hacia el Oeste donde murió en la miseria en 1989.

Ernst Frey (foto de al lado) por su parte experimentó una epifanía religiosa en medio de la jungla, quizás influido por unas fiebres que contrajo, en todo caso el Estado Mayor del Vietminh dejó de confiar en su salud mental cuando intentó organizar una peregrinación por la selva para convencer al general Vo Nguyen Giap de la existencia de Dios. Su rastro se recupera en Viena, a donde regresó en 1951. Allí se casó, tuvo dos hijas y siguió con su vida en este caso como anodino representante comercial de una empresa textil. En sus últimos años también perdió la fe en la religión, formó parte algún tiempo del movimiento ecologista, del cual asimismo acabó renegando, y finalmente se volvió un adicto al juego, lo que le llevó a una situación económica muy apurada que pudo ir salvando hasta su muerte gracias a trabajos ocasionales como cocinero. 

En cuanto a Rudy Schroder (primero por la derecha en la imagen de al lado), después de su paso por labores de propaganda fue puesto al cargo de un regimiento del Vietminh compuesto esencialmente por desertores europeos provenientes de las líneas francesas. Gente de la que he hablado a lo largo de la entrada. Sin embargo la falta de alimentos y de ropa acabó desmoralizando a la mayoría. La disciplina fue desapareciendo, hubo denuncias de violaciones a muchachas de las aldeas locales que debían proteger y finalmente, temiendo un motín, Schroder ordenó la ejecución de media docena de sus propios hombres a comienzos de 1951, lo que le hizo caer en desgracia a ojos del Partido. Debido a ello abandonó Vietnam en agosto de ese mismo año con rumbo a la República Democrática de Alemania donde pasó a desempeñar el trabajo de profesor de Historia en una escuela ubicada en Dresde. En 1953 se convirtió en chivato de la Stasi bajo el nombre en clave de "Alain" hasta que en 1959 huyó hacia el Oeste. Allí encontró un empleo mal pagado como profesor de francés cerca de Frankfurt am Main lugar donde murió solo y alcoholizado en 1977. 

   Ellos fueron algunos de los muchos combatientes extranjeros del Vietminh en su etapa embrionaria, gente como Walter Ullrich, alias Ho Chi Long, o Georges Wächter (el hombre calvo en la foto de arriba, al lado de Rudy Schroder), alias Ho Chi Tho. Todos vieron naves en llamas solo para que con el tiempo sus historias se perdieran, ya se sabe... como lágrimas en la lluvia. 

El mundo es un lugar gris, o tal vez marrón, desde luego ni blanco ni del todo negro, pero sobre todo es un lugar en el que las fronteras y las naciones no dejan de ser una mentira simplificadora, como un velo que oculta la auténtica naturaleza de la realidad. Continuamente a lo largo de la historia se suceden bajo la fachada de las luchas “nacionales” conflictos mucho más complejos, surgidos en torno a intereses inconfesables, donde fuera del primer plano un observador experto quizás logre apreciar cómo chocan etnias, culturas, generaciones, clases, civilizaciones, ideologías, mentalidades, visiones del mundo… Y allí, en medio de la confusión y el barro, donde ya no está nada clara la frontera entre el bien y el mal o los motivos para luchar, olvidados por todos, hombres de múltiples nacionalidades y orígenes sociales se destruyen entre sí muchas veces para lograr nada.

La Historia es un molino y los hombres somos el grano.

5 comentarios:

  1. Felicidades. Excelente trabajo. Muy buen artículo.
    Juanjo Ortiz
    www.elcajondegrisom.com

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  2. Me ha encantado la entrada. Y estoy con Jesús Cueto, el final, amargo como la hiel pero para enmarcar.

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  3. Apasionante artículo, que no deja caer la tensión en ningún momento.

    Como pequeña puntualización, tengo una pequeña cruzada en lo que a la Ley de Amnistía se refiere. Mientras en Francia se amnistió a torturadores, asesinos y muchos (muchos) miembros de la OAS, en España los amnistiados fueron sindicalistas, nacionalistas, militantes democrátas y anarquistas. Hay una encendida defensa de Marcelino Camacho a dicha ley.
    Los franquistas no necesitaban que el Estado los amnistiase. Ellos era en el Estado.

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  4. Finalmente solo somos seres humanos...buscando sobrevivir..unos con más fortuna que otros...algunos ambiciosos otros idealistas...en fin...mientras más conozco la humanidad más quiero a mi perro. Una excelente, bien escrita, documentada y enriquecedora entrada.

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