domingo, 21 de febrero de 2016

El burro y los elefantes


Somos conquistadores. Yo soy Vasco de Gama y tú... no se, algún otro mejicano. Desembarcaremos allí y les compraremos cosas de valor a cambio de nuestras baratijas. Nuestro mayor desafío es no pillar sífilis.

Roger Sterling a Don Draper en el episodio 6x10 de Mad Men 


                        



Olivier van Noort fue el primer holandés en circunnavegar el globo. Partió de Rotterdam con cuatro barcos en el verano de 1598 con el objetivo de comerciar con China o con las “islas de las especias” y de paso atacar algún navío mercante español si se presentaba la ocasión. De cara a ello cruzó el Atlántico, perdió dos de sus barcos atravesando el estrecho de Magallanes debido a las tormentas frecuentes en la zona y tras una larga travesía por el Pacífico llegó a las proximidades del archipiélago de las Filipinas, en cuyas aguas se dedicó a la piratería por algún tiempo hasta el 14 de Diciembre del año 1600. Ese día se cruzó con dos navíos españoles con los que trabó un duro combate que resultó en la pérdida de un buque por parte de cada uno de los bandos. Tras eso un maltrecho Van Noort regresó a Holanda a través del cabo de Buena Esperanza resultando su aventura clave para la formación poco después de la celebérrima Compañía Holandesa de las Indias Orientales.

El caso es que en 1992 un investigador francés encontró por fin una de las dos embarcaciones que se hundieron durante aquel enfrentamiento. En concreto el barco español, llamado San Diego, en el cual se descubrió un pequeño tesoro compuesto tanto de porcelana china como de katanas japonesas, cañones portugueses o armaduras españolas. Muestra todo ello de que a finales del s. XVI y principios el s. XVII en el SE asiático se producían unas interacciones culturales y comerciales más ricas de lo esperado entre los grandes poderes de la región, tanto occidentales como asiáticos.

Y esa iba a ser en principio la historia de la que pensaba hablar hoy. Digo “en principio”, porque una de las cosas apasionantes de investigar el pasado es que sabes dónde empiezas pero no siempre puedes estar seguro de dónde vas a acabar. El rutinario trabajo de leer y leer, de tirar del hilo recolectando datos resulta que a veces, muy de cuando en cuando, tiene la recompensa de lo inesperado, de encontrarte con algo mucho más increíble, desconocido y fascinante de lo que esperabas.

Resulta que en su momento el hombre al mando de los navíos españoles que se enfrentaron a los holandeses en la costa filipina fue un tal Antonio de Morga Sánchez Garay, el cual no era ni mucho menos un hombre de mar sino un abogado y funcionario al servicio de los Austrias nacido en Sevilla en 1559.

En 1593 Antonio fue enviado a Manila como teniente gobernador de las islas Filipinas (llamadas así a mayor gloria del monarca reinante, Felipe II, bajo cuyo mandato había comenzado la colonización del archipiélago en 1565) y allí permaneció hasta 1603 desempeñando diversas labores –entre ellas dirigir la expedición contra los piratas holandeses antes citada-, debido a lo cual adquirió un gran conocimiento de la política y los avatares de la región en aquella época. Eso le permitió algún tiempo después redactar una crónica de dos volúmenes llamados Sucesos de las Islas Filipinas que se editaron en la Ciudad de México en 1609 (publicada a su vez en castellano por Ediciones Polifemo en 1997). En esa obra Antonio de Morga ejerció la faceta de historiador o de cronista dedicándose a describir una serie de andanzas de personajes muy interesantes ocurridas en Oriente durante el s. XVI, caso de las navegaciones de Álvaro de Mendaña por el Pacífico.

No obstante los hechos reflejados en la crónica de Antonio de Morga que a mí me han llamado la atención especialmente, hasta el punto de que voy a dedicarles el resto de la entrada de hoy, son los relativos a una expedición militar que tuvo como escenario las cercanas selvas del Sureste del continente asiático.  

Pero como siempre, antes de entrar en materia, tenemos que hacernos una composición de lugar, en este caso acerca de la situación política de aquella parte del globo durante la segunda mitad del s. XVI.

El contexto, siempre el maldito contexto

   De cara a ello en primer lugar hay que tener en cuenta el desplome del antiguamente poderoso Imperio Khmer, con base en la gran ciudad de Angkor, en la actual Camboya. Ese imperio había sido la potencia hegemónica en la región durante la mayor parte de lo que en Europa denominamos Baja Edad Media. Pero finalmente, a lo largo del siglo XV, entró en descomposición debido a lo de casi siempre: problemas agrícolas relacionados con el crecimiento imparable de la población y, en paralelo, de las necesidades de agua por parte de la agricultura del arroz que servía para alimentar a la sociedad del período. Con el tiempo a lo anterior se unieron los desajustes climáticos y ecológicos, en concretos diversas sequías, seguidas luego de repentinos y violentas lluvias y crecidas de los ríos como consecuencia de monzones muy violentos. Eso llevó a que progresivamente fuese necesario roturar más tierras de cultivo para compensar la caída de productividad de los campos tradicionales. Sin embargo la consecuente deforestación implicó mayores problemas de erosión del terreno, esto a su vez mayores corrimientos de tierra, más sedimentos arrastrados por las aguas que contribuyeron a taponar los canales de riego y en última instancia problemas de abastecimiento agrícola que derivaron en hambrunas seguidas luego de levantamientos sociales, hasta que finalmente se produjo un momentáneo derrumbamiento de la autoridad política centralizada en la región.

No obstante el declive Khmer fue con el tiempo aprovechado por otra serie de reinos y poderes locales. Para empezar, al Sur se produjo el asentamiento de pueblos malayos que extendieron la piratería por los mares próximos.

Por el Oeste, en la zona del actual Vietnam, se consolidaron diversas entidades autónomas o semiautónomas (en muchos casos bajo la órbita comercial y diplomática de la declinante China Ming) entre las que destacarían los remanentes del antaño poderoso reino de Champa, al Sur del actual Vietnam.

Pero sobre todo es al Este donde ocurrió lo más interesante ya que la caída de los Khmer implicó el ascenso del reino de Ayutthaya, poblado por gentes de la etnia Thai (de ahí en parte uno de los nombres que en adelante haría fortuna para denominar la región: Thailandia).

A su vez el contrapoder de esa nueva gran potencia regional fueron los pueblos y reinos de la región de Birmania, o Burma, asentados al Oeste de Thailandia en territorios de la actual dictadura de Myanmar. De esa forma la rivalidad entre el reino de Ayutthaya con base en Thailandia y diversos poderes con base en Birmania comenzó precisamente en el s. XVI y se alargó durante cientos de años a través de innumerables enfrentamientos episódicos.

De hecho la mayor parte de imágenes con las que voy a ambientar la entrada de hoy las he obtenido de diversas películas thailandesas de época dedicadas a recrear en clave nacionalista esas hostilidades. Pienso que gracias a ellas se puede apreciar algo de la estética del período así como las características del saber militar de los pueblos de la zona en aquel tiempo: grueso de las tropas consistente en masas de infantería ligera sin ninguna protección y apenas armadas con espadones parecidos a inmensos machetes, uso como arma de choque de elefantes de guerra y –solo entre los líderes y las escasas tropas de élite- empleo muy ocasional de petos metálicos bastante elaborados, así como presencia puntual de algunas armas de fuego adquiridas a comerciantes extranjeros (aspecto sobre el que volveré dentro de un momento). 

   El caso es que en medio de esa coyuntura, durante la época de la que voy a hablar, los últimos herederos de los antaño poderosos Khmer pugnaban por mantener su independencia reducidos más o menos a los márgenes de la actual Camboya. Todo ello a la vez que, progresivamente, hacían acto de presencia en la región mercaderes y exploradores extranjeros.

Tal es así que en 1511, tras conquistar Malaca, los portugueses entablaron relaciones con el reino de Ayutthaya a través de un diplomático llamado Duarte Fernandes, al cual pronto siguieron otros como Antonio de Miranda, Manuel Fragoso y Duarte Coelho, lo que desembocó en la firma de un tratado de comercio y alianza con Portugal en 1516 a cambio de que éstos suministrasen pistolas, pólvora y municiones. Tras eso, a lo largo de las siguientes décadas, varios cientos de comerciantes y mercenarios portugueses se asentaron en aquellas tierras, destacando en particular tres de esos soldados de fortuna: Fernao Mendes Pinto; Domingos de Seixas, el cual vivió en la Corte de Ayutthaya entre 1524 y 1549, años en lo que actuó como una suerte de consejero militar difundiendo en la región el conocimiento de las armas de fuego y el empleo de primitivos cañones; así como un tal Galeote Pereira, quien al mando de una compañía de unos cincuenta mercenarios portugueses resultó instrumental defendiendo la capital del reino del asedio que sufrió a manos de un ejército birmano en 1548-1549. En total es posible que a lo largo de esos años aproximadamente 150/200 mercenarios portugueses formasen parte en algún momento del ejército de Ayutthaya, operando como tropas de élite o guardias de palacio. A la vez que eso sucedía también diversos misioneros predicaban en la región, aunque con escaso éxito, a destacar entre ellos los nombres de Sebastiao do Canto y Jerónimo de la Cruz.

  Mientras, en 1555, un monje dominico nacido en Évora y llamado Gaspar da Cruz llegó a entablar contacto con el declinante reino de Camboya, como dejó reflejado luego en un Tractado em que se cõtam muito por estẽso au cousas da China. Aunque muchos años antes, en torno a 1512/1515, un comerciante portugués de nombre Tomé Pires ya describió algunas características de aquella zona en una Summa Oriental, redactada probablemente de oídas pues la obra en cuestión incurría en diversos errores de bulto, como suponer que aquellas tierras eran atravesadas por un afluente del Ganges.

Por su parte el primer contacto entre ese crepuscular reino de Camboya y los españoles de Manila se produjo unos cuantos años después, durante la última década del siglo XVI. Y esto ya nos interesa especialmente.

Pongámonos en situación. En torno a comienzos de 1594 el avance de las tropas del rey Naresuan de Ayutthaya las llevó a tomar "Lovek" (Lawaek), la capital en aquel momento de lo que quedaba del pueblo Khmer, ubicada un poco al Norte de la actual capital de Camboya: Phnom Penh. Ese hecho llevó al entonces rey de Camboya, un tal Satha (denominado en otras fuentes como “Apram”, "Paramaraja II" y en la crónica de Antonio de Morga como “Prauncar Langara”), a tener que replegarse a tierras en el actual Sur de Laos e intentar de forma desesperada recabar la ayuda de alguna potencia extranjera. De cara a esto último envió como improvisado embajador en busca de ayuda a un portugués que residía en su reino llamado Diogo Veloso, el cual se dirigió a tal efecto hasta las cercanas islas Filipinas.

Llegado allí los españoles de Manila no respondieron en un primer momento, desestimando involucrarse en las guerras de la región. Aunque pronto las cosas iban a cambiar. 

"...le embió el rey de Camboja embaxada, con Diogo Veloso Portugués, con dos elefantes de presente, ofreciéndole amistad y contratación en su tierra, y pidiéndole socorro contra el Sián, que le tenía amenazado, a que le respondió el gobernador, enviándole un caballo, y algunas esmeraldas y otras cosas, entreteniéndole para otro tiempo, en quanto al socorro, y agradeciéndole la amistad. De aquí tuvieron principio los sucesos y jornadas que después se hizieron, desde Manila, a los reynos de Sián, y de Camboja, en tierra firme de la Asia."

De cómo empezó todo

Hay que tener en cuenta por otro lado que en 1580, bajo Felipe II, se había producido la unión dinástica de Portugal con el resto de reinos que conformaban el conglomerado de dominios en poder de los Austrias. Debido a eso tanto los españoles de Filipinas como los portugueses asentados en las actuales Malasia e Indonesia intentaban colaborar, durante las fechas de las que hablamos de finales del s. XVI, para mantener su dominación en Asia. En otras palabras, pese a que en general cada imperio colonial era gestionado de forma autónoma, a partir de 1580 se intentaban coordinar los esfuerzos en política exterior al estar los dos imperios bajo la autoridad de un mismo monarca. 



    Retomando el hilo del relato. En medio del caos en la región durante el período 1593/1594 se encontraron atrapados en Camboya, lugar a donde habían llegado con intención de comerciar o de ofrecer sus servicios como asesores militares, un tal Blas Ruiz de Hernán González, nacido según unas fuentes en Ciudad Real, según otras en el Perú, así como dos portugueses, llamados Pantaleón Carnero y Antonio Machado, todos los cuales acabaron siendo hechos prisioneros por las tropas de Ayutthaya durante su avance por el territorio. Luego de eso, habiendo sido embarcados en un junco con esclavos camboyanos y marineros chinos para ser transportados por mar hasta la costa cercana a la actual Bangkok, Blas Ruiz y los dos portugueses encabezaron una rebelión contra los guardias encargados de vigilar la nave, tras lo cual se hicieron con el control de la misma y convencieron al resto de prisioneros a bordo para poner proa a Manila. 

  Una vez llegaron allí informaron de su aventura y de la situación de caos en el continente. De hecho poco después de que las tropas Thais de Ayutthaya hubiesen invadido parte de Camboya para debilitar aún más a los Khmeres refugiados en la zona, el reino de Ayutthaya se enzarzó en una nueva guerra, esta vez en el Oeste contra sus tradicionales enemigos de Birmania, lo que obligó a los Thais a evacuar sus tropas de Camboya para emplearlas en el nuevo frente abierto.

En relación con todo lo anterior se formó en la sede del poder español en las Filipinas un partido integrado por castellanos y algunos portugueses llegados del continente, todos los cuales, por diversos motivos, se mostraban partidarios de usar como excusa las peticiones de ayuda del rey de Camboya, anteriormente mencionadas, para enviar una expedición militar a la región con el fin de intervenir en la política del área y quizás, con un poco de suerte, llevar a cabo su conquista aprovechándose de las disidencias entre los pueblos de la zona, un poco a la manera de lo ocurrido con Hernán Cortés en México décadas antes. 

Los principales partidarios a favor de tal aventura eran los ya citados Diogo Veloso y Blas Ruiz de Hernán González, apoyados por diversos religiosos dominicos interesados en intentar la evangelización del interior del continente.

En su contra se posicionaron el propio Antonio de Morga, entonces teniente general de gobernador en las Filipinas, el maestre de campo Diego Ronquillo, principal autoridad militar en las islas, así como otros burócratas de menor rango partidarios en general de mantener relaciones amistosas basadas en el comercio con el reino de Ayutthaya, al que consideraban demasiado fuerte como para enfrentarlo directamente.

Al final gracias al apoyo de Luis Pérez Dasmariñas (por entonces gobernador provisional de las islas tras la muerte de su padre el gobernador Gómez Pérez Dasmariñas y Ribadeneira a finales del año 93), tras interminables meses de dudas y deliberaciones los partidarios de tentar a la suerte a través de una expedición armada impusieron su punto de vista

   Es así como se decidió enviar al continente una armada encabezada por el capitán y sargento mayor canario Juan Xuárez Gallinato al cargo de un navío mediano y dos juncos. Uno de ellos dirigido por Diogo Veloso y el otro por Blas Ruiz de Hernán González. En conjunto viajarían embarcados unos 120 soldados hispanos, así como un número indeterminado de marineros y asistentes filipinos (a los que Morga llama “luzones” en su relato de los hechos) y finalmente, para dar un poco más de color, diversos ronin japoneses alistados. Este último tipo de combatientes pululaban en abundancia por entonces a lo largo de las costas de la región por efecto del intento de invadir Corea llevado a cabo en el año 1593 por Toyotomi Hideyoshi. En relación con el mismo muchos samuráis que se quedaron sin señor durante los enfrentamientos acabaron desertando para dedicarse a la piratería, o simplemente se desviaron en su viaje a la península coreana por azares de las corrientes marinas o el bloqueo de la flota coreana. Al final la cuestión es que diversos grupos de soldados nipones acabaron durante aquellos años en zonas como Filipinas o Vietnam y para sobrevivir alquilaban sus servicios como auxiliares al mejor postor. De hecho unos años después, entre 1612 y 1630, sabemos que entró al servicio de Ayutthaya un jefe mercenario japonés de nombre Yamada Nagamasa el cual llegó a acumular bajo su mando varios cientos de samuráis.

En cualquier caso lo que nos interesa de todo lo anterior es que, como consecuencia de las disensiones y la falta de acuerdo entre las autoridades de la colonia, parte de las cuales como se ha dicho no veían bien la implicación en los asuntos del continente, la partida de la expedición no se produjo hasta comienzos del año 1596. 

Además al poco de hacerse a la mar la flotilla de barcos, debido a un temporal, la nave capitana en la que iba embarcado Juan Xuárez Gallinato se desvió hacia la zona del actual Singapur, perdiendo contacto con el resto de la flotilla.

Los otros dos juncos en cambio llegaron sin problemas a la costa del actual Vietnam desde donde usaron el río Mekong para remontar hacia el interior, concretamente “hasta la ciudad de Chordemuco donde supieron que los Mandarines Cambojas se habían juntado contra los Sianes, y los habían vencido y echado del reyno; y que, uno de estos Mandarines, llamado Anacaparan, se avía apoderado de la tierra y gobernaba con título de rey, aunque a disgusto de otros”.

De cómo mataron a un rey y escaparon de milagro

Es decir las tropas camboyanas habían aprovechado que los Thais de Ayutthaya se habían visto obligados a evacuar tropas de la región para enfrentarse a los birmanos. Gracias a lo anterior los camboyanos lograron repeler temporalmente la invasión y obtener un respiro, todo eso encabezados por un nuevo líder. Ese usurpador, que Morga llama “Anacaparan” en su crónica a posteriori de los hechos, aprovechó a su vez el prestigio obtenido con su momentánea victoria para proclamarse monarca bajo el nombre de Chung Prei (por si fuera poco confuso este juego de nombres otras crónicas lo denominan “Huncar Prabantul” o "Ram Mahapabitr"), pero al tratarse de un advenedizo al margen de la línea dinástica no contaba con demasiados apoyos.

Por ello el susceptible Chung Prei, que no era estúpido, recibió con cierto recelo las primeras noticias sobre la irrupción en sus nuevos dominios de ese contingente extranjero compuesto por los soldados hispanos y sus mercenarios filipinos y japoneses, pese a que oficialmente acababan de hacer acto de presencia en la zona para “ayudarle”. Además resultó que los recién llegados le enviaron como regalo diplomático en señal de aprecio un pollino que habían traído embarcado desde Filipinas, pero tal presente no resultó del gusto del monarca en tanto que sus constantes rebuznos ponían de los nervios a los elefantes de guerra.

Todo eso hizo que, con muy buen criterio como demostrarían los acontecimientos futuros, Chung Prei desde el primer momento desconfiase de los extranjeros recién llegados y se mantuviese vigilante ante el asentamiento de los mismos en esa población que Antonio de Murga denomina “Chordemuco” (la cual probablemente se trataba de la que hoy conocemos como Phnom Penh).

Se empezaron así a suceder los días, en medio de un tenso impasse, hasta que a dicho enclave llegaron algunos navíos chinos con propósitos comerciales lo que precipitó los acontecimientos. Al poco se inició una pelea entre los españoles (apoyados por sus mercenarios japoneses y filipinos) y varios cientos de marineros chinos que acabó por desembocar en el uso de armas. Al final de la misma el contingente chino fue prácticamente aniquilado lo cual aprovecharon los hispanos para apropiarse de sus navíos y mercancías.

Sin embargo el rey Chung Prei al enterarse del altercado se mostró muy molesto ya que afectaba a sus relaciones comerciales con China, vitales para él. Al tener noticias de ello un dominico llamado fray Alonso Ximénez, quien se había embarcado con la expedición en Filipinas, propuso que mientras una parte de la tropa guardaba los navíos algunos hombres, unos cuarenta, entre ellos Blas Ruiz y Diogo Veloso, se desplazasen más al Norte, hasta el enclave de “Sistor” (probablemente Srei Santhor), donde se hallaba en aquel momento residiendo Chung Prei, todo ello para presentarle disculpas por los recientes sucesos y de paso negociar con él.

Así se hizo, pero al llegar Blas Ruiz y Veloso junto a sus hombres a Srei Santhor, en mayo de 1596, el cada vez más hostil Chung Prei no les dio audiencia oficial, siendo los españoles que se habían desplazado hasta el lugar hospedados bajo vigilancia en un barrio del asentamiento, donde se convirtieron de facto en rehenes.

Vista la situación el contingente hispano decidió huir una noche aprovechando la oscuridad. Sin embargo en el transcurso de la fuga pasaron cerca del edificio donde se hospedaba el monarca y reparando en lo escasamente protegido que se encontraba el palacio sucumbieron a la tentación de asaltarlo. Durante el ataque y posterior saqueo un disparo de arcabuz hirió de muerte al propio Chung Prei, tras lo cual los españoles procedieron a incendiar parte de la construcción para acto seguido abrirse paso fuera de la ciudad a estocadas contra sucesivos contingentes de soldados camboyanos que fueron convergiendo sobre ellos. Finalmente llegaron hasta el puerto fluvial donde encontraron las embarcaciones que habían usado para remontar el curso del río hasta allí, las cuales emplearon para huir.

A su regreso a Chordemuco se encontraron con que Juan Xuárez Gallinato, el cual recordemos se había separado inicialmente del resto de los juncos en el viaje desde Manila, tras semanas de búsqueda había retomado el rumbo, remontado el Mekong y por fin los había encontrado. Una vez reunido así todos los integrantes de la expedición, Blas Ruiz y Diogo Veloso propusieron aprovechar la ocasión y beneficiarse del vacío de poder que acaban de crear para hacerse con el poder en Camboya. Por el contrario Gallinato era partidario de regresar a Manila y dar por finalizada la aventura, opinión que impuso basándose en su rango y amparándose en la carencia de víveres que padecían en aquel momento.

En cualquier caso, ante las desavenencias en cuanto a la línea de acción a adoptar, se tomó como decisión intermedia descender por el Mekong para reaprovisionarse en la costa vietnamita, a cuyo puerto de Faifo (Hoi An) llegaron a finales de junio. Una vez allí el grueso del contingente encabezado por los belicosos Blas Ruiz y Diogo Veloso decidió emanciparse de Gallinato -quien, como se ha dicho, deseaba dar por terminada la misión- y encaminarse esta vez tierra adentro a través de la jungla de nuevo hacia Camboya para, inasequibles al desaliento, proseguir con su plan de conquistar la región. Mientras, por su parte, Gallinato quedó libre para regresar a Filipinas con los barcos y desentenderse  de una aventura en la que probablemente nunca creyó.

"El Rey de Sinoa, provincia de Conchinchina, nos avió para el camino de Lao, con muy buen despacho, dándonos embajada para allá, y gente que nos acompañase en el camino: y así fuimos por todo él, con buen aviamiento, siendo siempre muy respetados y tenidos, y muy mirados, como a cosa jamás vista en aquellos reinos. Tuvimos en el camino todos enfermedad; pero a todo ayudó el amor que las gentes nos mostravan; y la buena acogida que en todos hallávamos; y así, llegamos a Lanchan, cabeça del reyno donde el rey reside"

De cómo el que la sigue la consigue

Ese rey al que se refieren en la crónica era Barom Reachea II, hijo de Satha (el monarca que había reinado hasta 1594 y había enviado la carta pidiendo ayuda a los españoles y portugueses). Recordemos que a Satha lo había sucedido en el poder Chung Prei. Este último era un simple caudillo regional que había accedido al poder gracias a sus habilidades militares. Tras su muerte, a manos de las tropas españolas, la línea dinástica recuperó su lógica y el hijo de Satha ascendió a la dignidad real, aunque su posición resultaba muy precaria en aquel momento ya que para empezar los españoles lo encontraron medio exiliado residiendo en "Alachan" (Lant-Chang, hoy Vientiane capital de Laos). Eso era algo que Blas Ruiz y Diogo Veloso esperaban explotar en su beneficio, acudiendo a encontrarse con él para acto seguido usar su juventud y debilidad de cara a convertirlo en un títere.

De hecho el joven monarca Barom Reachea II, quien se mostraría efectivamente como un gobernante débil, al parecer bebía en exceso y siendo aún menor de edad por entonces vivía rodeado de su madrastra, su abuela y sus tías, las cuales influían en gran medida sobre sus decisiones.

Por otra parte más al Sur la situación en ese momento en Camboya era un caos merced a numerosas revueltas locales. Incluso un pariente del fenecido Chung Prei, citado en las crónicas como “Chupinamu”, encabezaba uno de esos levantamientos.

Debido a todo ello cuando en octubre de 1596 el grupo expedicionario hispano llegó hasta Alachan el joven nuevo monarca Barom Reachea II decidió intentar aliarse con los españoles y seguir su juego con la esperanza de que pusiesen sus mosquetes al servicio de su precaria causa. Pronto se alcanzó un acuerdo y como consecuencia, gracias a la ayuda hispana, durante los siguientes meses la revuelta de Chupinamu fue descabezada y a mediados de mayo de 1597 Barom Reachea II pudo asentar su nueva capital en Srei Santhor.

En contrapartida, como pago a sus servicios, el nuevo soberano concedió a Diogo Veloso y a Blas Ruiz, en aquel momento ya los dos líderes indiscutidos de la expedición los cargos honoríficos de “Chofa” (una especie de título nobiliario de gobernador) de las provincias de Tran y Bapano. Además les autorizó para que introdujesen misioneros que difundiesen el catolicismo en su reino. Comenzaba así un extraño período de la historia camboyana denominado “Interludio ibérico” que duraría unos dos años durante los cuales Veloso y Blas Ruiz se convirtieron a todos los efectos en los hombres fuertes del decadente y declinante reino camboyano apoyados de cara a ello en el contingente de mercenarios hispanofilipinos -con algunos añadidos de portugueses y japoneses- que encabezaban.

De cómo se jodió todo

El problema es que a esas alturas cada vez más militares y notables del entorno palaciego veían a dicho grupo de extranjeros como un elemento peligroso y muy poco fiable. Especialmente después de que Blas Ruiz hiciese ejecutar a dos oficiales camboyanos acusándolos de conspirar contra el soberano sin muchas pruebas de ello. Después de eso múltiples cortesanos empezaron, esta vez sí, a conspirar de verdad para librarse de aquellos ambiciosos mercenarios foráneos y de los sacerdotes que los acompañaban.

De esa forma surgió en el entorno de la comitiva real un partido favorable incluso a la sustitución del joven monarca, al que juzgaban demasiado inexperimentado y falto de personalidad para lo que demandaba la situación. Además, poco a poco, a ese descontento generalizado respecto a la presencia de españoles en la región se sumaron tres nuevos elementos que acabarían jugando en detrimento de la misma.

En primer lugar Diogo Veloso y Blas Ruiz cometieron el error de dividir sus escasas tropas (en aquellos momentos menos de un centenar de hombres) dejando la mayor parte de las mismas y todos sus auxiliares japoneses y filipinos estacionados en Chordemuco mientras ellos mismos con algunos fieles se quedaban cerca del monarca residiendo en la Corte estacionada en Srei Santhor.

En segundo lugar desde Filipinas no llegaron los necesarios refuerzos para consolidar la posición ventajosa alcanzada en la zona. En el archipiélago Luis Pérez Dasmariñas, el gobernador provisional que había autorizado en su día la expedición, había sido sustituido en el cargo por Francisco Tello de Guzmán. Debido a esto las disensiones sobre la conveniencia de intervenir en el continente se reanudaron entre los funcionarios y militares estacionados en Manila. Finalmente se logró el acuerdo de enviar unos doscientos soldados de refuerzo a Camboya, pero en una fecha tan tardía como septiembre de 1598. Además la expedición, compuesta de tres buques, fue un desastre. Uno de los navíos se hundió llevándose consigo a casi todos los embarcados, otro por efecto de las tormentas también perdió en el mar la mayor parte del pasaje y hubo de regresar a las propias Filipinas, mientras que el tercer navío acabó desviándose hacia el Sur de China y solo tras innumerables calamidades los marineros y soldados que iban embarcados en él lograron llegar a Macao para ser devueltos a las Filipinas también. Así que las fuerzas españolas en Camboya por aquella época apenas pudieron reponer sus pérdidas con las incorporaciones casuales de un mestizo llamado Gouvea que dirigía un extraño grupo de piratas portugueses y un aventurero español llamado Luis Ortiz al mando de unos veinticinco hombres. 

Por último a la mala suerte anterior hay que añadir la aparición en escena de un villano de primera categoría. En las crónicas se le llama “Ocuña Lacasamana” (en realidad su auténtico nombre era algo así como "Oknha" mientras que el vocablo "Laksamana" significaría "gran almirante") y era un jefe de guerra malayo proveniente de la zona de Johor. Encabezaba un amplio contingente de mercenarios también malayos que inicialmente habían hecho acto de aparición en Camboya al servicio de Chupinamu, el derrotado pariente de Chung Prei que había intentado hacerse con el poder en los meses previos. Sin embargo pronto, sintiendo que no se había sumado a la facción adecuada, el astuto Ocuña cambió de bando con todos sus hombres, poniéndose al servicio de Barom Reachea II y sus aliados españoles. Ahora bien, eso había sido una simple maniobra táctica porque Ocuña tenía planes más ambiciosos. Para empezar se hizo amante de la madrastra de Barom Reachea, tras lo cual se sumó a la conspiración palaciega para acabar con los españoles en la que pronto pasó a ser una pieza clave ya que sus mercenarios malayos, de religión musulmana, tenían experiencia en el uso de armas -incluso las de fuego- y formaban un contingente numeroso y aguerrido cuyo tamaño iba en ascenso a medida que más compatriotas suyos iban llegando a Camboya mientras los españoles no recibían refuerzos.

Finalmente la situación estalló por una serie de cuestiones menores cuando la tropa hispana estacionada en Chordemuco cedió a las provocaciones de los hombres de Ocuña y a mediados del año 1599, de forma espontánea y sobre la marcha, encabezados por un tal Luis de Villafañe, atacaron el cuartel de la ciudad donde se ubicaban los malayos. Como no podía ser de otra forma el improvisado asalto falló y pronto los supervivientes españoles acabaron sitiados en sus propios cuarteles. Poco después, cuando las noticias de esto llegaron a la Corte en Srei Santhor, Diogo Veloso y Blas Ruiz tomaron la decisión de agrupar a los escasos soldados bajo su mando allí y acudir rápidamente a Phnom Penh en ayuda del resto de sus hombres.

Fue una decisión valiente aunque suicida. Para cuando llegaron a la ciudad sus compatriotas habían sido casi completamente aniquilados mientras que el grueso de la población local se había unido a los malayos. La crónica resulta escueta aunque clarificadora respecto a lo que ocurrió después:

“el Malayo Lacasamana con su gente y Mandarines de su parcialidad, y espaldas que la madrastra del rey le hazía […] de un golpe por mar y por tierra acometió a los Castellanos, Portugueses y Japones, y hallándose divididos aunque algunos hizieron la resistencia que pudieron los acabó a todos, y entre ellos a Diogo Veloso y Blas Ruiz, y les quemó sus alojamientos y embarcaciones"

Lo cierto es que como sabemos por otras fuentes solo un fraile llamado Joan Maldonado junto con algunos soldados dirigidos por un tal Juan de Mendoça lograron escapar en una embarcación descendiendo nuevamente por el Mekong hasta la costa. El resto de la expedición española, incluidos Diogo Veloso y Blas Ruiz, así como la totalidad de sus mercenarios filipinos y japoneses (salvo dos “indios de Manila” que lograron escapar a pie y atravesar la jungla también hasta la costa) perecieron en la matanza subsiguiente.

De lo que pasó después

Tras todo ello Ocuña, convertido en nuevo hombre fuerte del reino, mandó asesinar al joven Barom Reachea II y usurpó su lugar con el nombre de Paramaraja IV, solo para verse derrocado al poco tiempo. Se inició así un período de nuevas luchas por el poder hasta que -gracias a la asistencia de un ejército Thai procedente de Ayutthaya- un tal Soryopor, tío del fallecido Barom Reachea II y hermano del anterior monarca, Satha, se hizo con el poder bajo el nombre de Barom Reachea IV (1603-1618). Esto en la práctica significó a su vez la aceptación de la influencia Thai en la zona de Camboya, la cual se convirtió en algo así como un estado vasallo del poderoso reino vecino. 

En todo caso unas décadas después Camboya se cerró, como buena parte del Extremo Oriente, a casi cualquier contacto con los comerciantes occidentales salvo ocasionales intercambios con mercaderes holandeses.

Mientras tanto, después de no haber obtenido al final ninguna ventaja política o comercial tras todo esto que he narrado, entre los españoles de Manila se perdió el interés por volver a intentar expediciones militares contra ese reino y en general contra cualquier territorio ubicado en el continente asiático. Actitud compartida por los portugueses de Malaca y Macao interesados en el mantenimiento del status quo para no poner en riesgo sus privilegios comerciales en la región. Es cierto que a lo largo de las siguientes décadas se despacharon algunas expediciones hacia las Molucas en 1605, Formosa en 1624, o la isla de Guam, pero se trató principalmente de movimientos hacia enclaves insulares estratégicos relacionados con la ruta del Galeón de Manila. 

   Falta un detalle, no obstante. En 1601 un monje franciscano español llamado Marcelo de Ribadeneyra escribió una Historia de las islas del archipiélago, y reinos de la gran China, Malaca, Siam, Camboya y Japón en la cual menciona “una gran ciudad en el reino de Camboya, en medio de la jungla, con muros curiosamente labrados y grandes edificios de los que tan sólo quedan ruinas”. Esa cita es algo que luego confirmó en 1604 fray Gabriel Quiroga de San Antonio en una Relación de los sucesos de la Cambodja donde se habla específicamente de “un templo de cinco torres llamado Angor”. Si bien ambos autores especulan con que los creadores de tales estructuras habrían sido los ejército de Alejandro Magno o bien tribus judías perdidas (típica mentalidad occidental de la época según la cual solo pueblos europeos o citados por la Biblia serían capaces de altos grados de desarrollo) se trata en todo caso de las primeras referencias recibidas en Europa sobre el antiguo centro religioso y político Khmer de Angkor que mencionaba casi al principio de esta entrada. Un lugar arqueológico que luego sería redescubierto para Occidente de manos de los franceses durante el s. XIX, pero que probablemente ya había sido avistado durante su periplo camboyano por algunos participantes en los hechos que hoy os he intentado resumir


Magníficos impresentables

Haciendo balance sobre la aventura camboyana de Diogo Veloso, Blas Ruiz y su variopinta tropa no puedo por menos que pensar en la fascinación que determinado tipo de personalidades destructivas nos producen. Ocurre en el cine de nuestro tiempo en el cual a veces el espectador se identifica por ejemplo con actores que interpretan a elegantes asesinos en serie o mafiosos enriquecidos. Las exhibiciones de éxito y poder a veces nos ciegan.

De igual manera en el plano histórico los grandes líderes militares o los “conquistadores” nos resultan mucho más interesantes y deslumbrantes que las pobres gentes anónimas cuyas vidas se veían frecuentemente destruidas para satisfacer las ambiciones de tales personajes. En ese sentido no está de más recordar que el “conquistador” prototípico de la Edad Moderna, el tipo de hombre en torno al cual Castilla y Portugal edificaron sus imperios (y pasado el tiempo también Inglaterra o Francia los suyos) era por definición valiente, intrépido y aguerrido, pero también un parásito social por naturaleza, un asesino y un ególatra. Los “conquistadores” fueron individuos totalmente desinteresados en trabajar produciendo algo socialmente útil para los demás, carentes de todo interés por otras culturas o costumbres o por otras tradiciones de conocimiento. Eran en cambio hombres nacidos para arrebatar a personas más débiles que ellos sus riquezas, o morir en el empeño. Fue esa mentalidad la base de sus sorprendentes éxitos y también la explicación del carácter profundamente depredador de los imperios que ese tipo de sujetos ayudaron a crear en torno a la plata americana o el control del comercio de especias en Asia.

También debido a todo ello fue en la mayoría de las ocasiones el puro azar el factor que separó el éxito del fracaso en muchas de tales empresas conquistadoras. En el transcurso de su aventura Diogo Veloso y Blas Ruiz rozaron la posibilidad de asentar una base de poder en Camboya en torno a la que, quien sabe, quizás haber podido construir luego un verdadero imperio expandiendo su poder por tierras de las actuales Vietnam o Thailandia. Les fallaron los detalles. De no haberse hundido o dispersado la flota en que llegaban los refuerzos… tal vez podrían haber sido los Cortés, Pizarro o Almagro del SE asiático. Pero los frecuentes tifones en la zona, la dificultad que suponía la jungla para las comunicaciones, la indecisión y falta de colaboración por parte de Gallinato y luego de las autoridades ubicadas en Manila, así como la presencia en la región de élites nativas más nacionalistas, civilizadas y aguerridas que las típicas del mundo indígena americano o africano del período acabaron con las posibilidades de que aquella aventura llegase a buen fin para sus protagonistas. 

Pero, aun así, como digo tales personajes nos fascinan. Siempre lo han hecho. Desde la época de los Alejandro Magno y Julio César. A fin de cuentas nosotros, pobres curritos amargados y anónimos, anhelamos megalomanía y aventuras que nos saquen de nuestra miserable insignificancia. En tal sentido las historias de los conquistadores del pasado nos proporcionan contacto con un espíritu épico al que no podríamos soñar con acercarnos de otra forma en nuestro irrelevante día a día. Es por ello que al final esos hombres patéticos, particularmente los que fracasaron consumidos por sus propias miserias y ambiciones grandilocuentes, a mí personalmente me suscitan un cierto cariño.

Y como yo escribo este relato, yo tengo el poder para cerrarlo como quiera. El pasado histórico tal y como lo conocemos se reduce a una sucesión de datos comprobados en medio de un inmenso espacio lleno de dudas y eventos desconocidos. Queda a juicio del redactor y del lector llenar ese vacío con la lógica, pero también con la imaginación donde la anterior ya no alcanza

Merced a eso, aunque no puedo cambiar los hechos centrales sí puedo sugerir los matices. En tal sentido quiero dar un final digno a mis protagonistas de hoy. Sabemos que fueron rodeados y masacrados por una marabunta de malayos y camboyanos sublevados que asaltaron los edificios en que se refugiaron hasta acabar con todos. Pero no conocemos cómo fueron exactamente sus últimos momentos. Desconocemos los detalles, si murieron implorando piedad, corriendo desesperados buscando escapar, o si lo hicieron combatiendo parapetados espalda contra espalda. Nunca lo sabremos de hecho.

Pero como he dicho, hoy, aquí, yo tengo el poder. Yo decido. Imagino así que en los instantes finales, cuando se vieron asediados por la turba, necesariamente tuvieron que ser conscientes de que todo había acabado. Pero claro, aquellos no eran individuos que se derrumbasen en tales situaciones o que tuviesen miedo a la muerte. A fin de cuentas convivían con ella a diario. Así que, para mí, los últimos soldados de la expedición que resistían agrupados en alguna casa en vez de esperar pacientemente que la muchedumbre acabase con todos poco a poco, a flechazos o prendiendo fuego la construcción en que se encontraban, sin duda eligieron salir a la calle con las espadas roperas en la mano. Y una vez fuera, aprovechando la sorpresa entre los hombres de las primeras filas en la masa humana que rodeaba el lugar, se fueron a por ellos.

Con  dos cojones. 

8 comentarios:

  1. Algo así
    http://mormonmatters.org/wp-content/uploads/2008/08/butch_cassidy_and_the_sundance_kid1.jpg

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    1. Ese es el concepto, sin duda. Yo de hecho espero morir así en vez de cagándome encima en algún asilo. De cara a ello me tengo jurado que cuando cumpla ochenta años voy a atracar un banco con pistolas de fogueo a las malas y hasta con chulería. A ver si hay suerte.

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    2. Creo que cuando tengas 80 años ya no va a quedar ni un banco... mejor ve pensándote otra cosa.
      Gran entrada. Me parece que incluso la vi en la portada de Menéame hace unos días...
      Un saludo.

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  2. En español es Tailandia y Jemer ;)

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  3. Relato apasionante. Me quedo con ganas de saber más del tema. Bravo.

    Un saludo

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  4. ¿Lo del burro y los elefantes tiene algo que ver con las elecciones presidenciales de EEUU?

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    1. No. El burro simbolizaría a los españoles y los elefantes a las grandes potencias de la zona. Pero bien visto.

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