domingo, 11 de enero de 2015

La niña que pintaba monos


El amor por el arte y saber sujetar un pincel no te convierten en artista, necesitas un misterio interior.

Geoffrey Rush en “La mejor oferta”.


                                                 


   Dentro del arte contemporáneo existen diversos artistas obsesionados con los animalitos. 



   Uno de los más conocidos es el holandés Florentijn Hofman creador de toda una serie de obras más o menos iguales y llamadas “Patito de Goma”. 


                                          
  También es el autor de “HippopoThames”.

                   
 Una obra pensada para ser exhibida en Londres y en el río Támesis (¿lo pillan?, Hippopo… Thames, ¿sutil, eh?). Asimismo Florentijn también ha elaborado diversos “Conejito”. 


                                                                                  
Pero en el mundo oriental el arte "modenno" y más el relacionado con animalitos ya no ha sido algo tan frecuente. Por eso voy a recuperar la historia de una joven china hoy olvidada pero que en su momento fue calificada como “la Picasso de Oriente” por los críticos de arte de los grandes medios occidentales, todo ello en base a su habilidad para dibujar monos.

Wang Yani nació en 1975, en Gongcheng, provincia de Guangxi, al Sur de China. Su madre Tang Fongjiao era dependienta en una tienda, mientras que su padre, Wang Shiqiang, era un mediocre aficionado a la pintura de “estilo occidental” que se ganaba la vida como funcionario de “asuntos culturales” del Partido Comunista Chino.

En este caso nos interesa la figura del padre. Desde que Yang cumplió tres años -y comenzó a mostrar un “extraordinario” talento pictórico para pintar monos, con posterioridad a una visita familiar a un cercano zoológico- su padre pasó a convertirse en el promotor del imparable ascenso de su hija hacia el estrellato dentro del cerrado mundo artístico de la China comunista de la época.

En base a ello Wang Yani empezó a ser aclamada dentro de China como una niña prodigio desde los 4 años. A los seis años su producción ya era de unas 4.000 pinturas y para cuando alcanzó la edad de 8 años su padre dejó de pintar él mismo para dedicarse a vigilar el desarrollo creativo de su talentosa hija. 

                                     

   Más adelante, ese padre obsesionado con la idea de aislar a la pequeña genio de influencias perniciosas -al más puro estilo Orson Scott Card en “Unaccompanied Sonata”- también prohibió al hermano pequeño de Wang Yani, llamado Wang Qiangyu, que pintase para que así “su desarrollo artístico no contaminase la espontaneidad de la pintura de Yani”. Toda la familia debía dedicarse en cuerpo y alma a facilitar la carrera de Yani como prodigio de la pintura y eso implica sacrificios.

Gracias a ello a los 14 años de edad Wang Yani realizó una gira mundial realizando exposiciones en importantes museos de Japón, Alemania occidental, Inglaterra y EE.UU. Viajes siempre patrocinados y controlados por lo que vendría a ser el Ministerio de Cultura Chino y relatados por la agencia de noticias Xinhua (más que una agencia de noticias al estilo occidental es una agencia de propaganda).

Para entonces además de monos Wang Yani ya se animaba a pintar flores y algunos otros animales como pájaros y su producción superaba oficialmente los 10.000 cuadros ninguno de los cuales, por cierto, se vendió jamás.

La popularidad de Wang Yani no obstante estaba a punto de acabarse a medida que crecía y dejaba de ser una “niña prodigio”. Poco a poco a mediados de los 90 su fama se desvaneció y lo último que se sabe de la propia Wang es que hace algunos años había abandonado China, se había casado y vivía tranquilamente en Alemania una vida más o menos común y corriente.

Este es más o menos un resumen rápido sobre la vida y milagros de Wang Yani, una historia que nos sugiere temas de debate relativos a los mecanismos de evolución de un artista, la importancia o no de las influencias externas, el controvertido papel de los padres, o el peso de las expectativas como motores o frenos de una carrera. Pero en realidad, por lo que a mí respecta, lo más interesante de esta historia se encuentra en otra parte. Concretamente en el contexto político que le dio sentido. Así que ahora os voy a contar brevemente mi propia interpretación de la historia de Wang Yani partiendo de ese contexto del que hablo.

En 1976, un año después del nacimiento de la propia Yani, murió Mao. Si Mao fue la figura histórica decisiva para la creación de la China comunista lo cierto es que el personaje decisivo para explicar cómo es esa China comunista hoy en día es otro.

  Durante los dos años siguientes a la muerte de Mao el Partido Comunista Chino vivió una brutal lucha interna por el poder, similar a la ocurrida en la URSS tras la muerte de Stalin, lucha que incluyó el procesamiento y condena a cadena perpétua de la viuda del propio Mao. La disputa finalmente acabó con la victoria de Deng Xiaoping (1904-1997) convertido más o menos desde 1978 en el nuevo hombre fuerte del país, aunque pese a ello en los años siguientes Deng ocupó una engañosa posición en segundo plano que aún hoy confunde y disimula la importancia del papel que jugó en la creación de la China moderna. Pero si Mao fue el Julio César de la China del s. XX, Deng Xiaoping fue sin duda el necesario Octavio Augusto. 

De hecho esa victoria de Deng en la lucha por el control del Partido comunista en China, y con ello de los resortes del Estado, no implicó un simple cambio de dirigente sino que significó el comienzo de un giro completo y total de la ideología de fondo en el país. Viraje que se podría resumir usando una famosa sentencia que se atribuye a Deng: "No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato". Es una frase críptica que en el fondo encierra un significado muy profundo. En adelante la meta del Partido Comunista debía pasar a ser el desarrollo económico para acabar con la pobreza del país, aunque eso resultase en detrimento de los objetivos tradicionales del Partido Comunista y del comunismo en general, por ejemplo la igualdad social. Además, de cara a lograr ese desarrollo económico, la naturaleza de los mecanismos concretos empleados dejaba de importar, lo que pasó a contar en adelante fueron los resultados. En base a ello, si el sistema capitalista de mercado podía producir más desarrollo a un ritmo más rápido que el sistema comunista de planificación centralizada.... pues se usaría el sistema capitalista. Pragmatismo ante todo. 

Ese cambio en la ideología de fondo del sistema imperante en China explica la diferente trayectoria de la Rusia y la China comunistas en los siguientes años. En el caso de Rusia el sistema comunista se derrumbó a finales de los años 80 y con él también se hundió el propio Partido Comunista de la URSS, todo ello mientras el país entraba en una terrible crisis económica de prácticamente una década de duración causada en parte por una abrupta transición del comunismo al capitalismo.

En el caso chino sin embargo el Partido Comunista ha sobrevivido hasta hoy y eso, para bien o para mal, se debe a que bajo el mando de Deng Xiaoping China se transformó poco a poco durante los años 80 en un país capitalista en la práctica, aunque siguiese siendo pilotado en lo político por una dictadura de partido único, el Partido Comunista Chino. En otras palabras, a partir del cambio de prioridades impuesto por Deng el modelo maoísta en lo económico y social fue dejado completamente atrás, manteniéndose de esa etapa sin embargo la retórica ideológica oficial como forma de propaganda ante la población.

Pero como digo todo esto se desarrolló de forma progresiva. El mismo año del ascenso al poder de Deng Xiaoping se empezó a reformar el sistema de comunas que operaba en el campo. Al año siguiente, en 1979, empezaron las transformaciones a gran escala.  Desde 1980, el gobierno chino auspició una serie de medidas para fomentar la inversión extranjera. En concreto ese mismo año se crearon las llamadas Zonas Económicas Especiales (inicialmente cinco entre las que destacó el área de Shenzhen) todas en la zona costera y ubicadas cerca de los enclaves de economía capitalista más próximos por entonces (Hong Kong, Macao, y Taiwán). Pronto en esas zonas se concentró el desarrollo industrial combinando inversión extranjera con mano de obra china, tradicionalmente abundante, barata y disciplinada. 

 A partir de ese momento se inició un masivo éxodo rural, paralelo al crecimiento industrial y urbano en las áreas costeras, proceso que más o menos llega a la actualidad. De hecho durante los años 80 se fueron ampliando las ZEE a un conjunto de ciudades costeras (inicialmente catorce), estratégicamente situadas coincidiendo con los grandes puertos comerciales para que sirvieran de plataformas exportadoras y de focos experimentales de la innovación tecnológica procedente de Occidente. Más adelante, en 1988, el Gobierno chino inició un proceso de conversión de las empresas estatales en empresas de gestión individual, manteniendo, sin embargo, parte de ellas bajo control público.

En 1989, justo coincidiendo con los inicios del derrumbamiento de la URSS, China hubo de afrontar las graves protestas políticas de Tiananmen. Frente a los manifestantes que pedían acompañar la reforma económica de una reforma política, en el sentido de una mayor democratización, el Partido Comunista Chino acabó optando por reprimir a los descontentos y renunciar a los cambios en el plano político.

En lo económico por su parte continuó el programa de avance progresivo hacia la implantación en el país de una economía de mercado. De esta forma en 1993 el gobierno aprobó la primera ley que permitió el funcionamiento de empresas privadas.  Además en los años siguientes China recuperó la soberanía sobre Hong Kong (1 de julio de 1997) y  Macao (20 de diciembre de 1999), con lo que no solo añadió a su territorio dos zonas muy ricas y desarrolladas sino que se demostró la utilidad que habían tenido las ZEE como zonas de experimentación y transición. La integración de ambos territorios vino a consolidar asimismo el principio enunciado por el propio Deng Xiaoping conocido como "un país, dos sistemas", referido a la convivencia bajo una única autoridad política de territorios con sistemas económicos diferentes, aunque en realidad el grueso de la parte comunista de país estuviese ya por entonces inmersa en un proceso de transformación hacia el capitalismo.


 En general para China los años 90 fueron una década de crecimiento de la inversión extranjera en el país y asimismo de crecimiento económico en general, lo cual culminó con el ingreso del país en la Organización Mundial de Comercio el 11 de diciembre de 2001. Eso significó la definitiva apertura de la economía china al comercio y la inversión mundiales, extendiéndose en adelante las transformaciones económicas por todo el territorio sin prácticamente limitaciones. Debido a ello el final del proceso tal vez lo marcó la Asamblea Nacional Popular de China el 16 de marzo de 2007 cuando se reconoció definitivamente la propiedad privada mediante una ley ampliamente debatida durante 13 años. Aunque inicialmente dicha ley no afectó, sin embargo, al campo y las tierras de cultivo, de propiedad colectiva o bien cedidas en usufructo por el Estado a los campesinos.

De hecho en la actualidad pese a todo lo explicado el sistema chino es aun parcialmente dual. En las ciudades y en general en las regiones costeras más desarrolladas y abiertas al comercio existe a todas luces una economía capitalista con propiedad privada tanto en la industria como en el sector servicios. En cambio en algunas zonas rurales subsisten diversas formas de propiedad colectiva o estatal que afectan a tierras agrícolas. En ese sentido la tierra es casi el único bien que no ha sido plenamente liberalizado en China y por tanto en diversas zonas rurales del interior la economía es mixta, conviviendo las formas capitalistas con un régimen colectivista que se mantiene vivo en torno a algunas explotaciones agrarias.

 En cualquier caso, desde 1979, producto de todo lo anterior la transformación de la economía y, sobre todo, la sociedad del país ha sido total. Un ejemplo. A mediados de 2013 saltó la noticia de que la nieta de Mao pasaba a formar parte de las listas de las personas más ricas del país. Dicha nieta posee una gran librería en Pekín donde se venden publicaciones sobre “el Gran Timonel” dedicadas a la promoción de la “cultura roja”. Sin embargo ella ha estudiado en la Universidad en Pensilvania en los Estados Unidos y en 2011 se casó con un rico empresario de seguros y subastas. Creo que es una pequeña historia que ejemplifica a la perfección la naturaleza profunda del régimen chino actual donde la retórica comunista oficial y el culto a Mao recubren la realidad cotidiana de un país capitalista donde las desigualdades regionales y sociales aumentan a gran velocidad (como lo hacen en casi todas las economías de mercado), aunque al menos, como compensación, el nivel de vida de base de la mayoría de la población crece, si bien lo hace a mucho menor ritmo que el de las clases sociales en la cúspide del sistema (normalmente descendientes de antiguos y frugales dirigentes comunistas cuyos hijos y nietos ahora compaginan altos cargos dentro del Partido con millonarios negocios en el mundo empresarial y comienzan a comportarse como una auténtica casta nobiliaria).

Todo ello se ha dado auspiciado por las paradójicas “ventajas” de que sea una dictadura la que gestiona la economía de mercado del país: por ejemplo la capacidad para impedir las huelgas, o la libertad de planificar inversiones estratégicas a años o décadas vista. A fin de cuentas los dirigentes de la China actual no tienen que preocuparse en ningún momento por la opinión pública o por los efectos de continuos cambios de dirección en la política económica debidos a elecciones democráticas o súbitas crisis parlamentarias ya que la cúpula del poder se renueva periódicamente, normalmente cada diez años, a través de procesos de elección interna dentro de la cúspide del propio Partido Comunista. 

 En cierta forma es un signo más de que China es una especie de capitalismo de Estado (con grandes problemas de corrupción) enmascarado mediante una simbología comunista y gestionado por una mezcla de élites tecnocráticas que son las que ahora controlan y dirigen la cúspide del Partido único.

¿Y por qué os cuento todo esto?. Buena pregunta. Porque para mí el mundo del arte no deja de ser una extensión de la estructura socieconómica y política de una colectividad dada. Sea la escena artística consecuencia de la reacción crítica de una parte de la sociedad contra todo lo anterior; o bien simplemente producto del mecenazgo por parte de las élites de esa colectividad, en cuyo caso dicho arte sin duda servirá para legitimar unas estructuras sociales y formas de pensamiento concretas. Como sabéis por pasadas entradas considero el arte abstracto contemporáneo como un arte intrínsecamente perteneciente al segundo de los casos, en cierta forma un equivalente dentro de las sociedades capitalistas contemporáneas al realismo socialista de las difuntas sociedades comunistas (por supuesto, es solo una opinión, discutible obviamente).

Ahora pensemos en esa China de finales de los 70 y de los años 80 en tránsito hacia la economía de mercado. A la par de ese gran cambio socioeconómico era preciso cambiar también parcialmente las estructuras culturales, aunque teniendo cuidado de que esos cambios no supusiesen una ruptura de la retórica y la ideología oficial o diesen lugar a una crítica abierta de la misma.

En esa tesitura a la hora de aparentar modernización al estilo occidental, una modernización por supuesto desideologizada por completo, el patrocinio de competiciones deportivas o de muestras artísticas tuvo su papel. Y ahí es donde, como un pequeño granito de arena, encaja la publicidad que se dio a la pequeña Wang Yani desde dentro del propio Partido Comunista. En China ella misma, junto con otros pintores de más edad pero que empezaron a ser valorados por entonces, pasó a ser una demostración viva de la voluntad de cambios en el terreno de la cultura por parte del régimen, así como de la capacidad de los chinos para emular a los grandes creadores occidentales en cualquier campo, cuanto más moderno mejor, pero eso sí, sin perder del todo los valores tradicionales propiamente chinos.

Al fin y al cabo Wang Yani pintaba cuadros abstractos pero usando una técnica de pintura china, el estilo “xieyi hua”. La pintura china tradicional (guóhuà) que puede remontarse a la dinastía Han a comienzos de nuestra era cristiana en la época de esplendor de Roma posee dos estilos principales el Gongbi y el Xieyi. Este segundo, algo así como “de la mano libre” es un poco más espontáneo y abstracto, menos técnico, y no busca reflejar totalmente la realidad sino la impresión de la misma que posee el artista o la naturaleza profunda, el espíritu vital por así decirlo, de la cosa que se representa. Partiendo de ahí, la obra de Wang Yani pasó a ser una suerte de demostración de que la pintura tradicional china podía servir también para producir formas de modernidad extrema.

Fuera de China por su parte se dio cierto bombo a las "giras" de promoción de Wang Yani como un mecanismo para animar y recompensar ese tipo de cambios dentro de China, los cuales se veían en Occidente de forma muy positiva por todo lo que suponían a la hora de atraer el país a la economía de mercado y alejarlo de la URSS en lo político.

En suma arte y política de la mano. También economía. Porque al fin y al cabo la pintura de autor no deja de ser una industria más. Desde sus modestos inicios en los años 80 el mercado chino de arte ha crecido al ritmo del resto de los sectores económicos en el país hasta convertirse en el segundo más importante del mundo. De hecho en la actualidad existen varios pintores chinos cuyas obras se codean en las subastas con las de Picasso o Warhol y por tanto generan ingresos de cientos de millones cada año. Lo curioso del asunto es que muy probablemente no conozcáis o hayáis oído hablar jamás de ninguno de ellos. Pero eso no es óbice para que ahora mismo exista una auténtica industria china de arte abstracto caracterizado a veces por el supuesto empleo de “ancestrales técnicas chinas de pintura” y que en cualquier caso amenaza con arrasar los mercados a una o dos décadas vista.

       

El cuadro de encima es “Forever Lasting Love” de Zhang Xiaogang uno de esos artistas hoy de moda al que la muerte de Mao pilló en una granja comunal donde había sido enviado para "reeducarse" de sus ideas desviadas. Hace tres años en la sala Sotheby´s abierta en Hong-Kong dicho cuadro se subastó por ocho millones y medio de euros.

Este es “Achensee” de Zhang Daqian un anciano pintor chino muerto en 1983 y perteneciente al grupo de los "intelectuales burgueses" tan denostados por Mao. De hecho tras la llegada al poder del Partido Comunista tuvo que exiliarse para evitar ser purgado o ejecutado. Sin embargo tras la apertura del país al capitalismo la obra de Zhang, convenientemente “redescubierta”, vuelve loca a las nuevas élites chinas que poseen y se intercambian los restos de su producción con pingües beneficios en cada transacción. El cuadro en cuestión fue vendido en Pekín hace cuatro años por una cantidad desconocida entre 11,1 y 13,8 millones de euros.

Este otro cuadro de más abajo, también obra de Zhang Daqian y vendido en 2012, es algo más caro. En concreto se adjudicó por 74 millones de euros.

             

De hecho el conjunto de obras de este autor subastadas ese año superó los 400 millones de euros en ventas.

Pero de Zhang Daqian, Qi Baishi, Huang Zhou, Li Xiongcai, Tang Yin, Zao Wou-Ki y otra serie de nombres que están poniendo el Extremo Oriente en el mapa de las grandes ventas de arte ya hablaré otro día en otra entrada. Llegada la cual, eso sí, espero que recordéis que en el fondo gran parte de todo eso empezó con la maldita niña que pintaba monos.

6 comentarios:

  1. Hola, te confirmo que los vídeos integrados se ven bien y por no hacer una entrada tan sosa comentar que mi interés en el arte moderno raya la nulidad pero sí es interesante el uso que se hace de él y en el que, al menos en pintura, el último mono (la cosa va de monos) en este entramado y el que menos se lucra es, paradójicamente, el propio autor. Y en cuanto a las obras de hoy en día... sin comentarios.

    Buena entrada y me quedo a la espera de siguientes entregas.

    Un saludo.

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    1. Intento tratar una cierta variedad de temas para no caer en lo que se hace hoy en día en las licenciaturas especializadas de humanidades donde Historia y Arte funcionan más o menos por separado igual que la Geografía. Algo que me parece un error. En la próxima entrada volveré a temas digamos conocidos.

      El problema de los vídeos es que entonces ahora se que tengo que enlazarlos en la pestaña de HTML, sin embargo en entradas tan largas como algunas que elaboro eso va a ser un problema a la hora de insertar en el lugar adecuado. Así que no descarto que en el futuro alguno patine un poco, pero bueno.

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    2. Sí, es un engorro localizar el lugar deseado para insertar el vídeo en la pestaña de HTML.
      Te facilitará mucho la tarea si buscas el trozo de texto previo o posterior en el que quieras insertar el vídeo. En Chome "Ctrl + F". He actualizado la guía que te pasé. Revísala para más info.

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  2. Si pintaba monos, no hacía arte abstracto. Lo mismo vale para los hipopótamos y los patos de goma.

    Saludos.

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    1. Cuando tenéis razón, tenéis razón. Es así. Digamos que, guiado por mis conocidos prejuicios, se me ha escapado ese calificativo de forma errónea para ubicar dentro de él todo el arte moderno incluso figurativo que mi limitada inteligencia ya no consigue ubicar en una vanguardia o propósito concreto. Por ejemplo esto:

      http://cultura.elpais.com/cultura/2012/06/07/actualidad/1339066293_159551.html

      Reconozco que el término tal como lo he empleado es inexacto pero ya no lo voy a corregir para no jugar con ventaja. Gracias por la precisión.

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  3. Creo que os vais a partir con este articulito de la Jot Down. La anécdota de la lata es genial, y casi lloro de emoción con "La coronación de Sesostris":

    http://www.jotdown.es/2015/09/quien-ha-sido-el-mayor-trol-del-arte-contemporaneo/

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