lunes, 23 de mayo de 2016

Polvos mágicos



     Los libros no se han escrito para que creamos lo que dicen sino para que los analicemos. 

     (El nombre de la rosa)


    Mari Carmen, quince años, tres veces... ¡Pero si son pelos de coño!.

    (José Sazatornil en “La escopeta nacional”)





Uno de los campos más resbaladizos de investigación por parte de las “ciencias” sociales ha sido siempre el referido a la sexualidad humana y todo lo relativo a los condicionantes culturales que envuelven el asunto. A ese respecto hoy sabemos que Freud falsificaba o exageraba informes de sus pacientes para que se ajustasen a sus propios puntos de vista y por ello no está muy claro si parte de sus “hallazgos” tenían más que ver con la proyección sobre otros de sus propias obsesiones que con el análisis objetivo de los traumas de los demás. Luego con el tiempo su hija, Anna Freud, se convirtió a su vez en una famosa eminencia en la disciplina abierta por su padre, lo que no le impidió caer en curiosas contradicciones "científicas": durante la mayor parte de su vida convivió de forma clandestina formando pareja con la también psicóloga y educadora Dorothy Burlingham, pese a lo cual impartía conferencias sobre cómo "curar" la homosexualidad mientras se oponía a que integrantes de dicho colectivo pudiesen ejercer profesionalmente el psicoanálisis. 

  Por su parte el famoso Alfred Charles Kinsey tuvo sexo con múltiples personas a las que luego entrevistaba en el marco de sus investigaciones, estimuló a sus colaboradores a hacer lo mismo, incluso filmó algunas de esas sesiones, alteró datos procedentes de la entrevista a un pedófilo y en general tampoco está muy claro si su proceder y sus conclusiones se debían más a sus propias necesidades sexuales extremas y sus opiniones personales que al registro objetivo de las prácticas sexuales corrientes en su momento entre el ciudadano medio estadounidense. 

  A su vez los celebérrimos William H. Masters y Virginia E. Johnson, allá por los años 60 y 70 figuras emblemáticas del estudio de la dimensión sexual del ser humano al margen de los prejuicios morales, resulta que en el fondo consideraban a los homosexuales como enfermos que podían y debían ser “curados” (particularmente en el caso de Wiliam Masters).

En general todos ellos contribuyeron a evolucionar la moral sexual occidental a lo largo del último siglo, pero a la vez -bajo una fachada de rigurosidad "científica"- sus trabajos no dejaron de reflejar sus propias obsesiones y puntos de vista subjetivos aunque fuese camuflando lo anterior bajo una gruesa pátina de pretendida imparcialidad. A fin de cuentas es así como avanza el conocimiento humano: a trompicones, rara vez en línea recta. Debido a ello este tipo de problemas en torno a la "imparcialidad" de los "científicos" sociales respecto al análisis de cuestiones relativas a la vida íntima resultan plenamente identificables también dentro de la historia oculta de muchas disciplinas humanísticas. Por ejemplo la antropología.  

La edad del pavo en Samoa

Franz Boas (1858-1942) fue un antropólogo estadounidense de origen judío-alemán cuya importancia estriba en haber sido uno de los padres de la moderna antropología académica. En sus últimos años se mostró como un decidido opositor al auge del nazismo en Alemania y antes de eso fue el mentor e impulsor de la carrera académica de múltiples mujeres, algo nada habitual en la época. Ruth Landes (1908-1991), Elsie Clews Parsons (1875-1941), Gladys Reichard (1893-1955) o Ruth Bunzel (1898-1990) fueron algunas de las muchas alumnas que de alguna forma resultaron influidas por Boas durante su paso por la universidad. No obstante por encima de todas ellas destacaron dos personas en concreto, Ruth Benedict (1887-1948) y sobre todo Margaret Mead (1901-1978). Siendo esta última la persona de la que voy a hablar hoy.

  Lo primero que debemos saber sobre ella es que Margaret se convirtió en toda una celebridad al poco de licenciarse gracias a su primer libro, Coming of age in Samoa, publicado en 1928 y que pronto adquirió gran importancia por ejemplo de cara a prefigurar la famosa “revolución sexual” que acabó eclosionando en los años sesenta. Gracias a ello dicho libro constituyó durante décadas el mayor éxito editorial de una publicación de antropología, al menos hasta la irrupción de los trabajos del inclasificable Napoleon Chagnon, del cual ya he hablado en extenso en otra entrada

En concreto a lo largo de la citada obra Margaret Mead se dedicó a documentar sus experiencias durante un viaje de investigación al Pacífico Sur realizado en 1925, cuando contaba con apenas veintitrés años, en el transcurso del cual analizó la cultura propia de la pequeña isla de Ta`u, en el archipiélago de Samoa. Margaret Mead aseguró haber entrevistado entonces a casi setenta mujeres de menos de veinte años, algunas niñas, a lo largo de un período de aproximadamente unas seis semanas de estancia en el lugar. Tras eso Mead constató que las pautas sexuales de las poblaciones de la zona no se encontraban constreñidas por las barreras morales cristianas, habituales en Occidente, lo que según ella desembocaba en mayores niveles de desinhibición y consecuentemente de felicidad entre los jóvenes locales. En otras palabras, el paso de la infancia a la adolescencia y de esta a la edad adulta era mucho menos traumático psicológicamente entre los jóvenes samoanos respecto a sus equivalentes estadounidenses de la época, los cuales atravesaban por frecuentes problemas de ansiedad y confusión a esas edades.

Para Mead resultaba evidente que entre las adolescentes samoanas eso se debía a encontrarse insertas en una cultura donde el cuerpo desnudo o la cópula eran vistos como algo natural desde edades tempranas, mientras que la virginidad no resultaba para nada una obsesión, lo que facilitaría llegado el momento el paso a una vida sexual activa, así como el sentirse mucho más cómodas frente a cuestiones como la menstruación o las relaciones sexuales no monógamas. Por tanto la “crisis de la adolescencia”, por llamarla de algún modo, estaría culturalmente condicionada y no sería algo inevitable o universal sino una consecuencia de tabúes occidentales.

  Asimismo Mead en su libro también dejaba entrever que las mujeres samoanas estarían menos expuestas a la neurosis que sus homólogas norteamericanas de la época entre otras cosas gracias a ocupar una posición relevante en la estructura social, como una especie de verdadero poder en la sombra. Idea que Mead desarrolló en una obra posterior Sex and Temperament in Three Primitive Societies (1935) libro que una vez más se convirtió con el tiempo en un fuerte apoyo para diversos movimientos feministas. En él Mead hizo públicos sus estudios sobre determinadas tribus del Este de Nueva Guinea en las cuales (siempre según su propio punto de vista) las mujeres eran aparentemente dominantes y eso desembocaba en sociedades pacíficas e igualitarias. 

A otro nivel los estudios de Mead también pretendían confirmar una cierta visión del mito del “buen salvaje” (relacionado con la idea de que los seres humanos nacemos por completo inocentes y es la sociedad la que nos convierte en egoístas, ladrones o asesinos) al describir idílicas sociedades primitivas, sin crímenes, odio, envidia o celos, compuestas de poblados maravillosos donde en medio de la naturaleza reinaban la camaradería y el amor.

Todo lo cual en conjunto convirtió los trabajos de Margaret Mead en un éxito editorial y académico. Para empezar Mead tuvo la suerte de contar con poderosos “padrinos” dentro del mundillo universitario norteamericano (Boas y Ruth Benedict, cuyos puntos de vista eran hegemónicos en aquel momento). Por otro lado al público le encantó y sedujo la vívida descripción realizada por Mead de un supuesto paraíso samoano, adecuadamente aderezada de cierta sensualidad encubierta. Además el trabajo de Mead servía para apoyar reivindicaciones muy progresistas para su época, particularmente dentro del embrionario movimiento feminista como ya he recalcado. Al fin y al cabo para cuando Mead publicó sus principales obras hacía tiempo que determinados grupos intelectuales venían abogando por una relajación de la moral occidental tradicional, admitiendo la posibilidad de tener una vida sexual plena antes o incluso al margen del matrimonio (curiosamente el mismo año que salió a la luz Coming of age in Samoa se publicó también una novela como El amante de Lady Chatterley). Eso era algo que se daba por entonces sobre todo entre hombres adultos, pero que era mal visto en lo tocante a mujeres y en todos los casos era solo posible mientras se mantuviese una cierta discreción. En cambio Mead proporcionó unas bases “científicas” para empezar a justificar de forma abierta y pública esas posiciones a la vez que contribuyó a difundirlas entre las masas, aunque fuese de una forma un tanto encubierta en tanto que puro trabajo etnográfico de campo, ubicando el debate en torno a lejanas sociedades del Pacífico.

Gracias a todo ello a Mead no le faltaron apoyos que facilitaron su fulgurante carrera académica y más adelante en los años 60 y 70 sus discípulos se encontraron inmejorablemente posicionados para hacerse con el control de muchas cátedras de antropología en diversas universidades influyentes, desde las cuales siguieron desarrollando tales puntos de vista en un clima social cada vez más alineado a favor de tales posiciones.

Por el contrario desde el principio diversas publicaciones religiosas no cesaron de criticar sus trabajos aseverando que estaban condicionados por las opiniones personales de Mead y trufados de especulaciones y generalizaciones sin pruebas. Surge entonces, en este punto, la cuestión de en qué medida es posible que por una vez tuvieran algo de razón esos rancios grupos de pensamiento que criticaron sus trabajos.

El hombre que sabía demasiado

A fin de cuentas Margaret Mead se convirtió oficialmente en una “experta” en la sociedad samoana pese a la brevedad del tiempo que pasó viviendo efectivamente allí. A la vez su trabajo más que una sesuda recolección de datos en el fondo tenía mucho de relato de viajes, aderezado por entrevistas informales. Entrevistas de las cuales luego Mead aprovechó para extraer todo tipo de conclusiones, las cuales durante largo tiempo se dieron por buenas sin cuestionar sus razonamientos de partida ni tampoco la propia veracidad de los testimonios en que se basaban.

Lo cierto es que la personalidad y la trayectoria personal de Margaret Mead da en qué pensar al respecto. Se casó tres veces con diversos reputados antropólogos aunque todos esos matrimonios resultaron fallidos. Es muy probable que en realidad Margaret pasase buena parte de su vida ocultando su condición de lesbiana, o de bisexual, mal vista en su tiempo, a la vez que intentando reconciliarla con sus sinceras creencias cristianas. Lo cual nos lleva a la cuestión de en qué medida sus trabajos reflejaban la realidad a secas o bien, dado que toda descripción de una realidad en el fondo depende del punto de vista desde el que se observa,  Mead proyectó sobre sus estudios diversas contradicciones y obsesiones nacidas de su educación como hija de una buena familia de clase alta en Pennsylvania. No está muy claro por tanto si sus narraciones sobre las beatíficas sociedades de Samoa y Nueva Guinea respondían a la realidad o bien a lo que Mead deseaba en secreto y con todas sus fuerzas que fuese la realidad, un mundo más pacífico, igualitario y liberado sexual y moralmente que los conservadores EE.UU. en que Mead vivía y en los que tal vez se sentía un tanto constreñida.

Eso es más o menos lo que cincuenta años después se empezó a plantear John Derek Freeman (1916-2001) un antropólogo neozelandés que, tras cuatro décadas de estudios sobre las sociedades de la zona de Samoa y alrededores, en 1983 publicó Margaret Mead and Samoa: The Making and Unmaking of an Anthropological Myth, seguido dieciseis años después de otro libro en la misma línea The Fateful Hoaxing of Margaret Mead: A Historical Analysis of Her Samoan Research.

De hecho podría decirse que Freeman consagró su vida, sin mucho éxito todo hay que decirlo, a intentar demostrar que los emblemáticos trabajos de Margaret Mead, los cuales se había tenido que estudiar en la universidad como todos los alumnos de antropología de su tiempo, no eran sino lo que podríamos calificar como una “paja mental”.

Por lo menos Freeman no acusaba a Mead de haberse inventado los datos recogidos, sino que centró su argumentación en criticar la veracidad de las respuestas que Mead registró en las entrevistas que a toda prisa realizó a diversas jóvenes de la zona cuando visitó la isla de Ta´u en Samoa. Para Freeman lo que Mead identificó como prácticas sexuales habituales en la región eran poco menos que un montón de chismes, bromas y exageraciones que una serie de adolescentes le contaron a una señora extranjera a la que no conocían de nada para jactarse ante ella. Además, según Freeman la sociedad samoana poseía unos índices de violencia sexual o de suicidios incompatibles con el paraíso poblado por mentes liberadas descrito en el famoso libro de Margaret Mead.

A todo lo anterior se añadirían nuevos estudios llevados a cabo a partir de los años 70 sobre los supervivientes por entonces de las tribus de Papúa Nueva Guinea también analizadas y puestas de ejemplo en su día por Margaret Mead. El caso es que la mayor parte de esos trabajos no encontraron confirmación clara de las tradiciones y estructuras sociales que Mead había descrito. Al contrario, pueblos que Mead calificó como bondadosos y pacíficos resulta que habían experimentado endémicas guerras tribales, mientras prácticas que Mead describió en su día como de inversión de los roles sexuales, con hombres que se maquillaban y se hacían rizos en el pelo como mujeres, en realidad correspondían a rituales de jóvenes guerreros pintándose la cara cuando mataban por primera vez.

Lo curioso es que en respuesta Derek Freeman fue acusado a su vez de inventarse sus datos y de mezclar sus opiniones y sus ideas personales con las conclusiones de sus estudios sobre la sociedad samoana, o de dejarse llevar por los celos profesionales y el rencor a la hora de analizar los trabajos de Margaret Mead.

Al final, bajo la máscara del debate sobre la veracidad de los trabajos de Mead acerca de la sociedad samoana, lo que se puso en disputa fueron otras cosas. Por ejemplo si dentro del marco académico eran los defensores de la sociobiología o bien los partidarios de enfoques opuestos los que tenían razón. O si serían los antropólogos estadounidenses los que continuarían teniendo la voz cantante en el panorama investigador o bien los formados en universidades australianas y británicas. Al margen de lo anterior muchos discípulos y amigos de Margaret Mead, muy bien situados dentro de la poderosa American Anthropological Association, no le perdonaban a Freeman el haberle enviado una carta criticando su obra cuando ella estaba muriéndose enferma de cáncer, por lo cual el debate se recubrió pronto de recriminaciones personales y luchas de poder debido a las cuales quien tuviese realmente razón era lo de menos.

De hecho incluso hoy en día resulta difícil dictaminar dónde está la “verdad” en medio de toda esta disputa. Parece indudable que en su día Margaret Mead exageró o bien malinterpretó parte de los datos recogidos, por decirlo de algún modo. No sabemos si de forma consciente o sin quererlo. En todo caso dentro de una disciplina tan etérea como la suya probar lo anterior más allá de toda duda y además hacerlo décadas después de su paso por Samoa, cuando todo rastro se había difuminado, resultaba prácticamente imposible. Y encima lograr que las pruebas, de existir, fuesen admitidas por antropólogos estadounidenses, influidos por la fama y el prestigio acumulados por Mead en su momento, resultaba aún más complicado. Por ello es muy posible que Freeman, obsesionado con demostrar que tenía razón, también recurriese a manipular evidencias, o al menos se dejase llevar en algunos casos. 

Además toda esta polémica que he intentado resumir muy por encima se relaciona a su vez con los peculiares desafíos a los que se enfrenta la antropología como disciplina académica. Un campo de conocimiento cada vez más en decadencia a medidas que el fluir de las décadas nos aleja de su edad dorada, entre finales del s. XIX y los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial.

Gran hermano en Filipinas

A mediados de 1971 Manuel Elizalde, funcionario de una agencia del gobierno filipino para la protección de "minorías culturales", hizo público el descubrimiento en la isla de Mindanao de los Tasaday, un pequeño grupo de hombres primitivos que hablaban una lengua ininteligible y vivían desnudos en cavernas, apartados del resto del mundo, solo cubiertos por algunos taparrabos hechos con hojas. Aparentemente los Tasaday poseían una tecnología de la “edad de piedra” y se alimentaban sobre todo de frutas recogidas en la jungla. Se trataba por tanto básicamente de un grupo humano parecido a cazadores-recolectores de finales del Paleolítico.

Pronto la prensa de todo el mundo y entidades como National Geographic visitaron el lugar dando por buenas y confirmando las afirmaciones de Elizalde. Gracias a ello durante los años siguientes múltiples personalidades de paso por las Filipinas se acercaron hasta las inmediaciones del lugar y, finalmente, el gobierno del corrupto dictador Ferdinand Marcos, mostrando una sensibilidad inesperada, convirtió el entorno próximo a las cavernas de los Tasaday en una reserva protegida.

Asimismo entre 1972 y 1974 cerca de una docena de antropólogos realizaron visitas al enclave donde vivían los Tasaday para estudiar aquellas gentes, tomar fotos y filmar documentales acerca de su modo de vida, tras lo cual se publicaron múltiples libros y artículos al respecto, ninguno de los cuales estimó que los Tasaday fuesen unos farsantes o los protagonistas de un montaje.

Luego, con el transcurso de los años, los Tasaday dejaron de estar de moda, el gobierno filipino prohibió las visitas al lugar y el caso se olvidó por un tiempo. Al menos hasta que en 1983 Elizalde huyó del país con un montón de dinero destinado teóricamente a la protección de los Tasaday y su modo de vida.

Tres años después, en 1986, el presidente Marcos fue depuesto y coincidiendo con la situación de caos en el país un periodista suizo que se había formado como antropólogo de nombre Oswald Iten decidió aprovechar para llevar a cabo una visita rápida y por sorpresa a las cavernas de los Tasaday. Allí descubrió que los Tasaday eran originalmente tribus atrasadas del lugar, habitantes muy pobres de la zona que moraban en la jungla siempre al límite de la subsistencia, pero desde luego no eran representantes de una supuesta cultura antediluviana que se había mantenido intacta hasta el s. XX. Su entorno dificultaba la agricultura así que sobrevivían no solo de lo que recolectaban en la jungla sino sobre todo de la caza, de hecho tenían latas de conserva o navajas adquiridas en pequeños contactos comerciales con poblaciones de las cercanías con las que intercambiaban carne a cambio de diversos utensilios y cereales. Residían en chozas y usaban ropa moderna, como camisetas, pero Elizalde les había convencido en su día para fingir ser mucho más primitivos de lo que eran en realidad, mostrándose desnudos y haciendo ver que ocupaban unas cuevas en las proximidades de su territorio tradicional cuando se acercasen visitantes extranjeros a la zona. A cambio Elizalde y otros funcionarios de su agencia les suministraban comida, sobre todo envíos de arroz, aunque bajo orden expresa de ocultarlo a los curiosos y siempre fingir ante estos que se alimentaban de simples frutas de la jungla. Por supuesto los Tasaday no usaban herramientas de piedra, pero Elizalde y sus colaboradores le proporcionaron algunas para que las mostraran a los visitantes, las cuales acabaron luego en un museo local. Finalmente su idioma misterioso era simplemente un dialecto local de una lengua indígena.

Tras enterarse de todo eso Iten junto con un periodista local publicó un artículo en el que denunciaba la estafa. Según él los Tasaday habían sido un invento de Elizalde quien por razones no muy claras (probablemente obtener fama, ingresos turísticos y dinero) simplemente había contratado a algunas familias pobres de la zona para que se disfrazasen adoptando la supuesta apariencia de tribus prehistóricas.

Lo curioso es que el artículo de Iten dio lugar a una polémica que se extendió por años sin que contra todo pronóstico se pudiese aclarar más allá de toda duda si los Tasaday eran un fraude o no.

Para empezar había muchos antropólogos y lingüistas que habían visitado el lugar y de repente vieron en peligro su prestigio por lo que se negaron a retractarse y apoyar oficialmente las afirmaciones de que los Tasaday eran un engaño.

Por otro lado, aprovechándose de lo anterior, el inefable Elizalde regresó a Filipinas al año siguiente donde creó una fundación “sin ánimo de lucro” para velar por los intereses de los Tasaday. Entre estos últimos el asunto también había resultado provechoso porque si en los años 70 el grupo tribal estaba formado por veintiséis personas para cuando se destapó el escándalo la tribu había multiplicado su número casi por tres. De hecho integrantes de la "tribu", con la ayuda de Elizalde, pusieron una demanda por difamación contra los periodistas que habían afirmado que todo era una farsa. 

   Según Elizalde esas acusaciones eran debidas a que los Tasaday habían sido muy populares durante la época del dictador Marcos. Consiguientemente su imagen había quedado injustamente asociada a la del dictador y las críticas que recibían una vez caído su régimen se debían a cuestiones políticas o al interés de terratenientes locales por hacerse con las tierras de la reserva que Marcos había creado para ellos. 

Visto desde la perspectiva actual todo el asunto fue un desastre y un juego de mentiras que implicó en diverso grado a mucha gente con intereses en la cuestión, aunque eso nos lleva a preguntarnos cómo pudo ser posible que un engaño tan chapucero se mantuviera a lo largo de dos décadas incluso entre los especialistas que se dedican a analizar estos temas.

Desde luego hace tiempo que la antropología ve cómo se ponen en seria duda tanto su posible utilidad social como su pretendido carácter “científico”. Por un lado cada vez quedan menos sociedades “primitivas” que estudiar en el planeta, o al menos verdaderas sociedades "primitivas" auténticamente puras, ajenas al turismo y la aculturación. De la mano de lo anterior la diversidad étnica y lingüística está condenada a reducirse cada vez más en el seno del mundo globalizado debido a la influencia de las telecomunicaciones, la imparable urbanización de las sociedades, la expansión de sistemas educativos estandarizados, o la pujanza de instituciones supranacionales.

Por otro lado resta la terrible cuestión de en qué medida es posible extraer conclusiones totalmente veraces a través de la interacción directa con grupos humanos, los cuales tarde o temprano se dan cuenta precisamente de estar siendo observados y consiguientemente proceden a modificar su comportamiento habitual. Además, ¿realmente el proceso de elaboración de conclusiones puede pretenderse objetivo en disciplinas dentro de las cuales están involucrados múltiples factores subjetivos, empezando por los puntos de vista previos del propio investigador que recoge los datos y luego elabora las pertinentes conclusiones?.

Libera tu mente

Pero todo eso nos excede. Hoy simplemente he querido contaros una historia que pone en cuestión una vez más lo complicado que es dictaminar cual es la “verdad” cuando somos los  humanos el sujeto de estudio. A fin de cuentas en lo tocante a las cuestiones analizadas por Mead es posible identificar problemas con los que chocan no solo antropólogos sino también historiadores (y por supuesto también politólogos, economistas o sociólogos).

 Centrándome en lo particular, quiero hacer una precisión. Cuando se plantea que prácticamente todas las sociedades del pasado estuvieron muy lejos de ser igualitarias o respetuosas con las mujeres no se está insinuando que eso esté bien, que resulte inevitable, o que por ello deba ser así también en el presente.

Lo mismo ocurre cuando se estudia el trato (casi invariablemente negativo) dispensado a homosexuales, gitanos, judíos, o a esclavos negros, por parte de sociedades pretéritas. La descripción tanto de nuestro pasado como del funcionamiento de otras sociedades menos evolucionadas en pleno mundo contemporáneo consiste simplemente en eso, una mera descripción. Y tal descripción no pretende decirnos cómo tiene que ser el presente. Esa falsa idea procede de tiempos en que se diseñó la enseñanza académica de la historia o de la antropología para aleccionar al común de la población con ideas racistas o nacionalistas. Quiero creer que hoy en día somos suficientemente inteligentes como para apreciar lo falaz que resultan los argumentos políticos y sociales basados en que tal o cual evento o tradición han de mantenerse en nuestro día a día porque las cosas siempre se han hecho así.

Las tradiciones, las naciones, las razas, el género, no dejan de ser simples prisiones mentales. Nada de ello es plenamente objetivo y mucho menos invariable, por lo cual no estamos obligados a dirigir nuestra vida personal en base a las ideas en boga o los acontecimientos ocurridos en tiempos de nuestros bisabuelos o tatarabuelos, no digamos ya hace siglos o en el seno de otras culturas.

En suma, el rol social que hace siglos se otorgase a las mujeres u otros grupos de población es una mera curiosidad y por tanto no debería ser usado como arma arrojadiza para reivindicar nada en el presente, en un sentido u otro. Como dije antes, que la discriminación hacia las mujeres haya sido casi una constante humana a lo largo del tiempo y el espacio no implica que hoy en día haya que reproducir tal error. Muy al contrario. Por eso, de cara a ser justos y racionales en nuestro día a día, no resulta necesario demostrar previamente que existió una vez una tribu o una cultura regida por mujeres que resultaba profundamente igualitaria y próspera. Es irrelevante. Las únicas cosas que nos tienen que importar son el aquí, el ahora y el uso de la lógica. 

El estudio del pasado, o de sociedades atrasadas de tiempos recientes, no sirve para determinar cómo tenemos que vivir, sino más bien para aprender de los errores de otros y descubrir así cómo no tenemos que vivir, a la vez que para darnos cuenta de lo subjetivas y cuestionables que son muchas ideas que damos por sentadas. Casi nada es sagrado e intocable, todo tiene un origen, la mayor parte de las veces un origen impresentable, mucho más ridículo e incongruente de lo que nos dejan creer. Merced a ello el estudio del pasado y de la forma en que viven los demás debe hacernos más críticos, más racionales y ayudarnos a proyectar esa madurez adquirida en el análisis de nuestro entorno actual inmediato. 

   No se trata por tanto de usar la antropología y la historia como algo que restregarse por la cara, o como un medio para proporcionar argumentos de autoridad al servicio de nuestras demandas. Manipular estudios en función de cómo nos gustaría que fuese el pasado o en base a cómo deseamos que sea el presente resulta ridículo. Aunque desgraciadamente funciona. Funciona muy bien. Los físicos, matemáticos o químicos de renombre pueden vanagloriarse de una situación laboral y un prestigio social mayor que el que poseen los humildes historiadores, antropólogos o arqueólogos. Pero es un espejismo, la gente no está dispuesta a matarse o a modificar su vida por un teorema matemático, el nombre de una partícula subatómica o las últimas polémicas sobre la estructura de los agujeros negros, en cambio las cosas cambian cuando sustituimos eso por relatos acerca de las supuestas glorias nacionales, de la invención de las religiones y de la tradición, o la génesis de las diferencias sociales. El poder de verdad, un poder monstruoso capaz de suscitar guerras y genocidios, reside enterrado en las disciplinas humanísticas ya que ellas son las únicas capaces de proporcionar justificaciones y legitimidad a proyectos que pretendan cambiar la configuración de las fronteras o las leyes a gran escala. Además a ellas corresponde gran parte de la tarea de explicarnos muchas de las cosas que de verdad nos definen como individuos y nos importan como colectivo, caso de nuestro origen y nuestro propósito (o la falta de él) como especie. Por tanto, como todo gran poder, el uso de estos campos de conocimiento conlleva grandes tentaciones y asimismo una gran responsabilidad. 

4 comentarios:

  1. "...de cara a ser justos y racionales en nuestro presente, no resulta necesario demostrar previamente que existió una vez una tribu o una cultura regida por mujeres que resultaba profundamente igualitaria y próspera. Es irrelevante. Las únicas cosas que nos tienen que importar son el aquí, el ahora y el uso de la lógica. "

    Amén. Gran artículo y grandes reflexiones. Gracias por tu trabajo.

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  2. Muy buen artículo. El récord de mentir más en tu cara es el amigo del indio Don Juan, Carlos C.
    Hay muchas historias complejas totalmente falsas, como la de la casta de estranguladores de la India. Falsa desde su inicio hasta la aparición de un "capitán britanico".

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  3. Bueno, yo no diría que la evidencia sobre el funcionamiento de otras sociedades tenga una relevancia nula para el presente. Lo contrario es entrar en un voluntarismo cómo si la organización social se pudiera modificar libremente en base a ciertos deseos, a pesar de que sabemos, por comparación con otras sociedades, que hay muchos otros condicionantes que están ahí aunque no nos gusten.

    Si, por ejemplo, encontramos que cualquier sociedad pasada ha habido considerables dosis de violencia, podemos inferir que seguramente hay ciertos condicionantes biológicos y de contexto que hacen a los individuos (o a una parte de ellos) violentos. Eso no se puede pasar por alto y decir que simplemente es el pasado respecto al que hemos establecido una especie de ruptura. Nos está señalando ciertos límites entre los que cualquier sociedad se va a mover con bastante probabilidad.

    Un saludo y estupenda entrada

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  4. Me ha dado por buscar un poco sobre la vida y milagros de Manuel Elizalde y esto me he encontrado:

    http://elpais.com/diario/1993/09/02/espana/746920819_850215.html

    Menudo pájaro.

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