miércoles, 10 de junio de 2015

Bellas durmientes


Intenté establecer un negocio recogiendo fósiles en Lyme Regis pero no funcionó. Demasiado lluvioso.

(Jonathan Strange and Mr. Norrell, The Friends of English Magic).




En ciencia en ocasiones se conocen como “bellas durmientes” aquellos trabajos donde se manejan conceptos adelantados a su época pero que, por lo que sea, pasan desapercibidos en un primer momento, siendo apreciados en su verdadero valor solo al cabo de unos cuantos años.

Mary Anning nació en 1799 en una pequeña población del Sur de Inglaterra llamada Lyme Regis. Su padre era carpintero y consiguientemente Mary recibió una educación muy básica. En general su infancia fue dura debido a la pobreza, a que la familia no era bien vista en la zona y a que en la región abundaban las epidemias de viruela y rubeola. De hecho Mary tuvo nueve hermanos de los que solo uno, Joseph, sobrevivió a la infancia. Por si fuese poco, cuando Mary tenía once años también falleció su padre, el cabeza de familia, por lo que ella tuvo que ponerse a trabajar para ayudar a mantenerse a su madre y su hermano.     

Sin embargo lo peculiar del caso es la forma de trabajo que escogió. En vez de emplearse como criada o prostituirse (como era habitual durante aquel tiempo en el caso de mujeres en situación parecida), Mary Anning con la ayuda de su hermano Joseph desarrolló una profesión por entonces, digamos, novedosa. 

   A mediados de los años 60 del s. XVIII se halló en una cantera de piedra caliza, ubicada cerca de la ciudad de Maastricht en Holanda, el primer esqueleto más o menos entero de un gran saurio prehistórico extinto, en concreto el llamado Mosasaurusun gran predador marino del Cretácico representado en la última película de la saga Parque Jurásico. Aunque en aquel momento no se sabía muy bien qué diablos era aquello, dicho descubrimiento supuso el punto de partida a la búsqueda y mercadeo de ese tipo de restos curiosos.

El caso es que en la zona costera próxima al lugar de Inglaterra en el que vivía Mary Anning con su familia resulta que abundan los acantilados, en concreto un tipo de acantilados donde en algunas zonas se puede apreciar casi a simple vista una rica historia geológica. Para ejemplificarlo me viene  a la cabeza el que aparece de fondo en muchas de las escenas que conforman las dos temporadas emitidas hasta ahora de Broadchurch, la mediocre pero entretenida y muy exitosa serie policiaca británica, la cual está ambientada precisamente en esa región del litoral británico.

Pues bien, en dichos acantilados Mary y su hermano empezaron a buscar y encontrar fósiles de épocas antiguas que después vendían a coleccionistas. Era un tiempo donde ni siquiera las mentes más brillantes poseían unos mínimos conocimientos comparables a todo lo que hoy sabemos sobre esos restos de organismos pretéritos, pero en todo caso el comercio de aquel tipo de “souvenirs” halló una cierta clientela entre los burgueses y académicos de Oxford o Londres que visitaban ocasionalmente las playas de la zona y se sentían intrigados por aquellos curiosos objetos a los que desde tiempo inmemorial se atribuían propiedades mágicas o medicinales. 

De hecho durante finales del s. XVIII y el primer tercio del s. XIX, a partir de los trabajos del francés Georges Cuvier, el coleccionismo de esos fósiles empezó a servir de base para el desarrollo de un estudio del pasado ya en clave cada vez más racional y científica. El caso es que Mary Anning iba a convertirse en una buscadora de fósiles realmente excepcional, desempeñando un papel clave en dicho tránsito. A pesar de su limitada educación Mary empezó a leer los escasos libros publicados sobre el tema y de forma autodidacta se fue dotando de unos conocimientos muy embrionarios, como no podía ser de otra manera en la época, sobre zoología o geología. Gracias lo anterior, así como a la conjunción entre su innata habilidad natural para intuir potenciales yacimientos de fósiles y su progresiva comprensión de la naturaleza de los mismos, es a ella a quien deben atribuirse buena parte de los primeros y mayores descubrimientos de especímenes de animales extintos hace millones de años y estudiados como tales. Es Mary quien halló el primer Ictiosaurio en ser identificado correctamente, los dos primeros esqueletos de Plesiosauros encontrados en el mundo y también el primer Pterosaurio (“pterodáctilo”) descubierto en suelo británico, así como muchos otros restos menores. También a ella se debe la comprensión de que los llamados coprolitos, conocidos entonces como “piedras bezoares”, no eran otra cosa que excrementos fosilizados de saurios extintos.

  Todo eso puede parecer no demasiado impresionante pero hay que tener en cuenta que hablamos de una época en que la visión bíblica de la historia geológica de la Tierra resultaba dominante tanto en la sociedad como incluso en gran parte de los círculos académicos. Hasta los trabajos de James Hutton (quien a partir de 1785 empezó a hablar de un tiempo geológico "profundo") al planeta se le atribuían apenas unos miles de años de antigüedad, pero aun habría de pasar tiempo para que las ideas de Hutton se impusieran. Por otra parte en aquel entonces aun no se conocían exactamente los mecanismos mediante los que se extinguían o creaban especies y los restos de algunos de aquellos saurios prehistóricos hallados eran presentados como “dragones de tiempos antiguos” ante el populacho que asistía a las exposiciones.

Esa visión estaba a punto de cambiar, de hecho estaba cambiando a cada año que pasaba y a cada esqueleto completo que Mary Anning desenterraba, pero desgraciadamente para ella Mary era pobre, vivía de vender lo que encontraba, no tenía un título universitario y en todo caso era mujer en un tiempo en que la comunidad científica a duras penas admitía féminas en su seno. En concreto por entonces la recientemente creada Geological Society británica (fundada en 1807), institución que se encargada entre otras cosas de investigar los fósiles cada vez más numerosos que empezaban a hallarse por todas las islas y por todo el mundo, no admitía mujeres en su seno, ni tampoco permitía que éstas asistieran a las reuniones que organizaba. Diablos, de hecho por entonces las mujeres ni siquiera podían votar u ocupar cargos públicos.

Por todo ello aunque Mary Anning, por pura experiencia de campo, empezaba a saber mucho más sobre fósiles o geología que muchos de académicos del momento su nombre nunca apareció en las publicaciones que estos presentaban. Ella solo era vista como una simple “proveedora” de materiales, aunque a veces los expertos que le compraban sus hallazgos tomaban de Mary las ideas sobre la posible clasificación o la configuración de la anatomía que faltaba en tal o cual esqueleto fósil, ideas que luego ellos publicaban obteniendo gran renombre. Todo a la vez que, como se ha insinuado, cada año nuevas disciplinas académicas iban surgiendo en torno a la interpretación de los “fósiles”, entendidos estos progresivamente como restos de animales “antediluvianos” extintos y susceptibles de aportarnos información sobre el pasado lejano del planeta.

Así las cosas el final de la vida para Mary Anning fue agridulce. En 1835 perdió todos sus escasos ahorros de forma turbia, muy probablemente engañada por algún turista de paso por la región que le prometió enormes ganancias en un negocio que, obviamente, nunca se llevó a cabo. Debido a ello su situación económica se hizo muy grave, razón por la cual William Buckland, uno de los múltiples investigadores y apasionados por el pasado que formaban parte de sus “clientes” (y de hecho el único entre todos ellos que alguna vez admitió públicamente y de forma explícita que Mary era la autora de los hallazgos de los fósiles que le compraba) persuadió a la British Association for the Advancement of Science de que al menos se le otorgase a Mary Anning una pensión de 25 libras anuales por sus contribuciones al progreso de la ciencia. Gracias a eso Mary pudo salvar la situación y vivir algunos años de forma relativamente confortable, aunque ya nunca volvió a realizar grandes hallazgos de fósiles y murió en 1847 de un cáncer de mama.

En realidad esta historia que os acabo de contar es relativamente conocida, sobre todo después de que ese imperio del mal que es Google le dedicara un Doodle a este personaje el año pasado. A mí en cambio lo que me interesa siempre, más que reproducir biografías enciclopédicas, es tomar datos dispersos de algunas de ellas de cara a ofrecer luego una panorámica de alguna época o problema concreto. Y a eso voy.

Lo que he intentado dibujar muy someramente a través de la biografía de Mary Anning como anzuelo es un proceso ocurrido durante la primera mitad del s. XIX. Como mencioné antes ese siglo comenzó con una mayoría de la población compartiendo una visión en clave bíblica del surgimiento de la vida en la Tierra así como un cálculo de la antigüedad de dicho proceso (en torno a unos 6.000 años) que tenía más que ver con cuestiones teológicas que con un razonamiento lógico serio. En base a ello se pensaba también que los fósiles de animales extintos hallados de vez en cuando de forma azarosa, normalmente durante trabajos de minería o construcción, eran poco más que elementos curiosos o decorativos. Para nada se los veía como un posible elemento clave en la investigación del pasado, entre otras cosas porque por entonces también era mayoritaria la impresión de que la flora y fauna de tiempos pretéritos no debía haberse diferenciado en demasía de la de tiempos actuales salvo quizás por algunas pocas especies perdidas debido al Diluvio Universal.

   Sin embargo a medida que avanzaba ese siglo XIX se fueron asentado conceptos, al menos entre las élites intelectuales, como que la vida en la Tierra había aparecido quizás en fechas mucho más antiguas de lo pensado hasta entonces, o que en algún momento de ese pasado había existido una “Edad de los reptiles” cuyos restos eran los fósiles de animales desconocidos que cada vez más frecuentemente aparecían al excavar en el subsuelo de algunas zonas. Finalmente en base a todos esos progresos fueron surgiendo nuevos campos de conocimiento como la Paleontología.

   Lo que acababa de ocurrir es en parte parecido a lo que supuso para los hombres de la Edad Moderna asistir al hallazgo de nuevos continentes y zonas de la Tierra hasta entonces inexploradas (al menos por los europeos). Si a lo largo de la "era de los descubrimientos" (siglos XV-XVII) el espacio conocido se ensanchó delante de los ojos del hombre occidental del momento, durante el s. XIX lo que se ensanchó principalmente fue la variable tiempo. A lo largo de ese siglo y las primeras décadas del s. XX la población mundial, pero muy especialmente las clases burguesas y formadas del mundo occidental, contemplaron como la historia hasta entonces conocida del planeta se ampliaba hasta límites insospechados. Todo a la vez que se descubrían los restos no solo de antiguas civilizaciones olvidadas sino también de antepasados de la especie humana con millones de años de antigüedad, o incluso de otras formas de vida sobre la Tierra muy anteriores incluso a los mamíferos. Tuvo que ser un shock.    

Y el caso es que en la base de muchas de las pequeñas aportaciones que fueron preparando el terreno para todo ese gran giro en la mentalidad académica respecto a la imagen que se tenía del pasado de la vida en la Tierra encontramos mujeres. Y digo mujeres en plural porque cuando uno “excava” en los orígenes de la Geología o la Paleontología como ciencias, especialmente esta última disciplina, empiezan a aparecer mujeres, inglesas, nacidas en su mayoría a finales del s. XVIII. Es algo muy curioso. No solo hay que tener en cuenta a Mary Anning, cuya figura ha alcanzado cierta celebridad en tiempos recientes. Es que hay otras muchas,  caso de Etheldred Benett (1776-1845), las hermanas Philpot particularmente Elizabeth (1780-1857), también Charlotte Murchison (1788-1869), o Mary Buckland (1797-1857). Algunas eran de baja clase social, otras en cambio poseían abundantes recursos económicos, sobre todo Barbara Yelverton, Marquesa de Hastings (1810-1858). Todas ellas trabajaron básicamente en la sombra, al margen de los círculos académicos que en cualquier caso no las hubieran admitido en su seno, para ver luego como sus descubrimientos eran vampirizados por hombres que les compraban los fósiles que encontraban, esto en el caso de las que menos recursos económicos poseían, o tenían que conformarse con que el mérito de muchos de sus trabajos fuese atribuido a sus maridos, como ocurrió en el caso de Charlotte Murchison y Mary Buckland.

Incluso mirando hacia atrás o hacia países próximos, como Francia, surgen más nombres femeninos como el de Martine de Bertereau Chatelet, baronesa de Beausoleil (1580-1645) pionera del estudio de rocas y minerales en aquel país.

Pero centrándonos en Inglaterra y en esos años clave a inicios del s. XIX durante los cuales la Geología y la Paleontología dieron grandes saltos hacia adelante, como digo resulta sorprendente encontrar tantas mujeres inteligentes que se interesaron en aquella época, y con gran éxito, por dichas disciplinas en concreto, cayendo luego en el olvido sus aportaciones. De hecho la prestigiosa Sociedad Geológica británica no admitió mujeres en su seno hasta 1904, e inicialmente lo hizo en muy pequeño porcentaje.

No obstante hoy no vengo a hablar solamente de mujeres ya que para completar el cuadro de época que quiero presentaros me falta incluir una historia que se desarrolló casi a la vez que ocurría todo lo anterior, es la historia de un hombre y un mapa, su mapa, el mapa por el que lo sacrificó todo. Ese que en 2001 dio título al conocido libro de Simon Winchester, The Map that Changed the World. Obviamente el título de dicha obra es quizás un tanto exagerado, pero no se puede decir que carezca por completo de razón.  

William Smith nació en 1769 y era hijo de un herrero. Fue educado con esmero por un tío suyo tras la temprana muerte de su padre, lo que le sirvió para una vez adulto conseguir trabajo de topógrafo al servicio de una compañía minera y más adelante proyectando canales entre ríos para el transporte de mercancías y materias primas. Realizando dicho trabajo le resultó inevitable fijarse que frecuentemente las rocas y minerales del subsuelo se agrupaban en una especie de bandas (que denominó “estratos”) cuya disposición seguía patrones que se podían predecir. Adicionalmente dichos estratos albergaban fósiles de animales determinados que podían servir para identificar un estrato en cuestión, en tanto que la sucesión de los estratos aparentemente más antiguos hacia los más nuevos se correspondía con el hecho de que los fósiles que albergaban en su seno también respondían a una lógica parecida. En otras palabras, los fósiles de flora y fauna ocultos en el subsuelo parecían sucederse siempre verticalmente en un orden específico que era siempre el mismo a lo largo del territorio y que parecía sugerir un determinado orden cronológico.

Pero no es (solo) por eso por lo que William Smith pasó a la historia sino por fijarse asimismo en que a lo largo del territorio de las islas británicas la composición del terreno iba variando, aunque manteniendo según regiones unas características generales, lo que daba lugar a la posibilidad de realizar mapas que mostrasen las características geológicas del subsuelo siguiendo de cara a ello patrones parecidos a los empleados para mostrar las fronteras políticas de la superficie. Algo que luego podría ser usado con fines científicos o económicos.

En base a dicha idea Smith se pasó la siguiente década y media de su vida viajando por las islas británicas, muchas veces a pie, para recoger muestras y datos sobre las características del suelo en las distintas zonas y así en 1815 finalizar un gran mapa geológico de las islas británicas que en su versión definitiva sin embargo cubrió “solamente” los territorios de Inglaterra, Gales y parte de Escocia.

Realmente no fue el primer mapa de ese tipo que se realizó en el planeta. Seis años antes de que Smith publicase el suyo un tal William Maclure publicó en los EE.UU. un mapa más pequeño en base a ese mismo concepto. No obstante si tenemos en cuenta mapas a pequeña escala uno realizado por el propio Smith en 1799 sobre un terreno de unas cinco millas en torno a Bath puede considerarse el primero de la historia. Pero fue el gran mapa geológico de Inglaterra elaborado por Smith en 1815 el que lo cambió todo en tanto que cubría una escala sin precedentes y lo hacía con una precisión sin igual. Nadie hasta entonces había intentado mapear el subsuelo de un país entero.

                             

Tan preciso era que constituyó la base para todos los posteriores prácticamente hasta la actualidad. 

                                 
                              

Imaginaos las aplicaciones que eso tuvo para la consolidación de la revolución industrial en la pérfida Albión en tanto que a partir del mapa de Smith los empresarios e ingenieros de Inglaterra estaban en condiciones de predecir a través de qué zonas sería más fácil por ejemplo excavar un canal, o en qué regiones sería más probable encontrar determinados tipos de minerales (hasta entonces las minas se establecían en función de los hallazgos básicamente casuales, de prospecciones al azar, o buscando lugares favorables "a ojo", en cambio desde ese momento era posible sistematizar esos procesos en función de patrones lógicos basados en el conocimiento de la naturaleza geológica del subsuelo del país).

Naturalmente, como suele ocurrir, William Smith no obtuvo muchos réditos de su trabajo. En el seno de la estirada Geological Society no gustaba que procediese de una familia de clase trabajadora así que básicamente se limitaron a ignorarle. Por otro lado los editores pronto empezaron a plagiar el mapa en cuestión para luego vender miles de copias de mala calidad a bajo precio obteniendo grandes beneficios. Mientras tanto el propio William Smith no lograba vender las versiones de su propio mapa que él mismo coloreaba a mano muchas veces (y en los que invertía demasiado tiempo para que resultasen rentables a un precio competitivo). De hecho apenas logró producir unos 370 mapas. Resulta irónico pensarlo porque hace unas semanas se cumplió, si no me equivoco, el 200 aniversario de la publicación del mapa geológico ideado por Smith. Hoy en día cada una de las raras copias que produjo personalmente puede llegar a valer mucho dinero, sobre todo si se encuentra en buen estado. Cifras incluso superiores a los 150.000 euros.

En cualquier caso, en su momento, debido a los gastos contraídos para publicar ese material y los escasos beneficios obtenidos como rédito, William Smith acabó encarcelado por deudas en la King´s Bench Prison de Londres y cuando por fin fue liberado, en el verano de 1819, con cincuenta años, se encontró su casa embargada por lo que se vio obligado a abandonar Londres acompañado de su mujer y de un sobrino de diecinueve años, John Phillips, en origen el hijo de su hermana, la cual había muerto hacía unos años dejando al muchacho al cargo de William quien lo había criado como a un hijo. 

Smith comenzó así un peregrinar trabajando de topógrafo itinerante, ayudado por John, normalmente al servicio de latifundistas interesados en fijar los límites de sus posesiones, encontrar pozos de agua y otras tareas parecidas.

No obstante esa época de vagabundeo profesional acabó resultándole fructífera no solo en el plano económico sino en el profesional. Empezó a conocer a gente muy bien relacionada, nobles con mansiones campestres y grandes propietarios rurales, la mayoría de los cuales quedaban impresionados con la capacidad de Smith para identificar zonas de sus dominios en las que podían encontrarse yacimientos de mineral o establecerse canteras. Es así como al final de su vida, ya con más de sesenta años, algunos de sus recientes e influyentes patronos, muy satisfechos con su trabajo, lograron que la Geological Society mirase con un punto de vista fresco la figura de Smith al cual se le otorgaron una medalla y otros honores algunos años antes de su muerte, acaecida en 1839.

Visto con perspectiva el trabajo de Smith fue fundamental de cara a aportar conceptos que, en unión con lo narrado anteriormente sobre hallazgos de fósiles, acabaron por dar forma a la Paleontología como disciplina. Además Smith (junto con otros británicos como el ya mencionado James Hutton, que lo precedió en el tiempo, y Charles Lyell que sucedió a ambos) también puso una parte de las bases de la Geología moderna.    

Y por si fuera poco John Phillips, su sobrino, el chaval que le acompañó asistiéndolo al final de su vida, siguió desarrollando algunas de las ideas de Smith hasta convertirse él mismo en una figura central en esas dos disciplinas mencionadas. Entre otras cosas a John Phillips se debe la primera periodización del pasado basada en eras geológicas, planteada en 1841. El término Mesozoico por ejemplo lo inventó él.

Con el tiempo todo esto que he contado sirvió, como he venido insinuando, para asentar entre los especialistas anglosajones una serie de ideas sobre la edad del planeta o la existencia en el pasado de grandes extinciones de especies. Ideas que más adelante ayudaron a formular y defender la teoría de la evolución.

Así es como progresa el saber, poco a poco múltiples individuos en su mayor parte anónimos van recolectando datos, divulgando ideas en la sociedad, creando nuevos conceptos, hasta que un día, cuando se acumula un número suficiente de piezas, alguien combina todo o parte de ese material disponible para elaborar una gran estructura de conocimiento, un nuevo paradigma, que da paso al siguiente nivel. Llegados ahí vuelve a empezar el lento juego de reunir piezas-ideas que sirvan para, una vez pasadas décadas o siglos, construir el siguiente monolito, más grande y complejo que todos los anteriores. Aunque la sociedad recuerda a los grandes arquitectos de cada uno de esos monolitos rara vez recuerda a los olvidados obreros que como hormiguitas fueron aportando laboriosamente las pequeñas piezas con las que están construidos.  

1 comentario:

  1. Apasionante. Menudo trabajo de documentación. Eres una enciclopedia. Ayss...

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