sábado, 7 de junio de 2014

El síndrome de Ramsés



      - Son ciertamente los mismos dioses quienes te enseñan a ser grandílocuo y a arengar con audacia, más no quiera el Cronión que llegues a ser rey como te corresponde por el linaje de tu padre. 

     - ¿Te enojarás acaso por lo que voy a decir?. Es verdad que me gustaría serlo, si Zeus me lo concediera. ¿Crees por ventura que el reinar sea la peor desgracia para los hombres?. No es malo ser rey, porque su casa se enriquece pronto y su persona se ve más honrada.   

[Antínoo, hijo de Eupites, y Telémaco, hijo de Odiseo, discuten con estas palabras en el Canto I de la Odisea].  




Ramsés II, faraón de Egipto, vivió desde el año 1303 antes de nuestra era hasta el 1213 aproximadamente. De esos noventa años nada menos que sesenta y seis los pasó ejerciendo de faraón y gobernando el país del Nilo, sin duda un hecho excepcional y positivo a corto plazo pues la continuidad en el poder del mismo monarca durante mucho tiempo permitió a Egipto vivir un largo período de estabilidad. Sin embargo, contra lo que se pueda pensar, a medio plazo tanta longevidad acabó resultando contraproducente.  


Los efectos adversos tuvieron una doble dimensión. En primer lugar los padeció el propio faraón. Ya hemos visto que desde hace algunas décadas el análisis de cadáveres momificados nos ha dado algunas sorpresas. En el caso de la momia de Ramsés II su estudio ha revelado que la calidad de vida del faraón durante sus últimos años -incluso décadas- debió ser muy mala ya que sufría graves daños dentales y además se veía obligado a caminar fuertemente encorvado debido a una severa artritis y algunas deformaciones en la columna vertebral. En otras palabras, por entonces ni siquiera la relativamente avanzada medicina egipcia podía resolver determinadas patologías.  

Y hago un inciso. En otra entrada del blog hemos visto que la esperanza de vida en el pasado no era tan baja como se puede pensar. Ahora bien, la calidad de vida probablemente sí era reducida y -sobre todo en lo tocante a las clases bajas- el deterioro estético y el desgaste físico padecidos por el organismo a medida que se iban sucediendo las décadas de vida debían ser muy altos. Hasta hace prácticamente un par de siglos no existían apenas soluciones para la mayoría de padecimientos y enfermedades que hoy tienen tratamientos simples, caso de los cálculos biliares, las pérdidas de vista, audición o dentadura, las infecciones, etc. Por consiguiente los niveles de malestar y en general de dolor que una persona normal seguramente tenía que soportar en el pasado remoto (más aún si era mujer) tenían por fuerza que resultar muy elevados comparados con los estándares actuales, sobre todo una vez se llegaba a determinadas edades.   

Pero no es eso de lo que voy a hablar hoy. Me interesa más el paradójico hecho de que, a la larga, la gran longevidad de Ramsés no solo resultó un regalo envenenado para él mismo sino que también resultó perjudicial para su reino.  

Belleza y problemas de una tiranía. 

A ver si logro explicarlo. En general los sistemas de gestión muy jerarquizados y cuya jefatura se basa en la sucesión directa mediante líneas de sangre tienen sus ventajas. Eso hoy en día nos suena inconcebible, pero hay que pensar en cómo eran las cosas durante el pasado remoto cuando no existían medios de comunicación o de transporte modernos, ni tampoco las técnicas y procedimientos con los que implementar burocracias a gran escala, ni sistemas democráticos tal y como los entendemos actualmente. En ese sentido tampoco conviene olvidar que, antes de la irrupción del mundo industrial contemporáneo, la democracia se dio solo durante un breve período de la Grecia clásica, esencialmente en una única ciudad y negando para ello los derechos civiles a una parte mayoritaria de la ciudadanía. ¿Os imagináis los problemas para implementar un sistema democrático de verdad en un Imperio como el romano con los bajos niveles culturales de gran parte de la población, las abismales diferencias sociales o las dificultades para comunicarse entre partes muy distantes del Imperio por entonces?. Sería un caos. Por ello, aunque hoy los sistemas políticos autoritarios nos parezcan (espero) algo totalmente antediluviano, hasta hace unos siglos tenía mucho sentido la habitual organización de los grandes grupos humanos en torno a jefaturas rígidas basadas en la herencia, el derecho divino y otra serie de justificaciones en esa línea. Por el contrario la organización en torno a formas de poder más horizontales, colegiadas, o más o menos democráticas, quedaba reservada para territorios más manejables, normalmente pequeñas ciudades de vocación comercial como las polis helenas durante la antigüedad o algunas repúblicas italianas en el transcurso de la Edad Media.  

Claro está, como todos podemos adivinar, en el pasado la preferencia hacia modelos políticos fuertemente jerarquizados basados en la herencia y el ejercicio personalista del poder tenía (y siempre tendrá) sus problemillas: al margen de la evidente tendencia al autoritarismo y la tiranía inherentes a estos sistemas está el hecho de que, en general, el riesgo de colapso de un sistema muy centralizado en cuanto a la toma de decisiones es grande en caso de que el centro de dicho sistema, es decir el gobernante de turno, por puro azar genético o educativo, resulte acabar siendo…  un imbécil. De hecho la principal ventaja de los sistemas democráticos del presente no es tanto que el mecanismo de elección evite por completo el acceso de los imbéciles a la cúspide del poder. Ni tampoco que el "pueblo" realmente gobierne (en todo caso la innovación de estos sistemas democráticos es -antes que satisfacer de forma efectiva esa utopía- el proyectar, de una forma más convincente que otros sistemas de gobierno anteriores, la ilusión de que realmente el pueblo tiene el control del poder, lográndose así una mayor conformidad y paz social en el seno de la población gobernada). La verdadera ventaja decisiva de los sistemas democráticos es que mediante sus mecanismos de funcionamiento al menos resulta mucho más sencillo e incruento que en el pasado cambiar periódicamente de idiota al mando.

No obstante, volviendo a monarquías y tiranías, además de los riesgos anteriores en épocas históricas pretéritas existían otros problemas derivados de la vinculación del poder con los mecanismos de la herencia. Para empezar la relación entre la muerte del jerarca de turno y el cambio en la jefatura del Estado. A todos nos viene a la cabeza el caso del soberano de un reino o Imperio que muere demasiado pronto dejando como heredero a un niño pequeño, lejos de su mayoría de edad, desencadenándose entonces un caos de intrigas y ambiciones durante la regencia. Ahora bien, como ya he insinuado, hoy en cierta forma me interesa comentar la mucho menos estudiada situación opuesta: el hecho de que el soberano de turno viviese demasiado también podía ser un problema.  

A fin de cuentas la vida humana presenta una serie de ciclos esencialmente divididos en tres. Hasta los 20 años es una etapa en la que se ha de afrontar la vulnerabilidad y la falta de experiencia. Entre los 20 y los 40, quizás los cincuenta años si hay suerte, es el momento de madurez y plenitud física, mental y reproductiva del cuerpo humano. Finalmente a partir de ahí llega el inevitable e imparable declive. Aún hoy con toda nuestra ciencia se puede prolongar la vida en cierta manera, pero eso mismo, más allá de un punto límite, no sirve de mucho pues el deterioro físico y mental resulta imparable e irreversible. Tenemos medicamentos, utensilios, aditamentos estéticos para ocultarlo o paliarlo mejor que en el pasado, pero en cualquier caso ni siquiera en la actualidad resulta posible devolver a cuerpo o a un cerebro de 60 o 70 años el vigor perdido. Mucho menos a uno de 80 o 90 años (de hecho si uno de los sueños del lector es vivir más de cien años debería pensárselo mejor; llegados a un determinado punto de deterioro realmente el mero hecho de sobrevivir no debería ser un objetivo en sí mismo ya que es posible que dicha existencia conlleve más inconvenientes y molestias que ventajas y placeres). 

Voy al meollo de la cuestión. En general en el pasado la esperanza de vida no era tan baja como se pueda pensar… pero no era tan alta como ahora. Los hijos se tenían a edades tempranas y en mayor número que ahora, pero cuando el progenitor llegaba a su declive no solía vivir mucho más allá de los 60 años. Esos límites resultaban adecuados, entre otras cosas, para que el final de la vida más o menos se ajustase a cuando el monarca de turno entraba en su decadencia física y mental claras, cuando ya no podía dirigir el ejército ni controlar las intrigas palaciegas con eficacia. Y a su vez eso implicaba un relevo generacional que legaba el poder a la siguiente generación cuando ésta más o menos aún se encontraba en plenitud.   

Sin embargo en caso de que contra todo pronóstico el soberano de turno se eternizase en el poder solía conllevar que, para cuando por fin moría, su heredero natural a la cabeza del reino o Imperio había llegado a una edad demasiado elevada tras pasar, además, toda su vida eclipsado por la figura de su poderoso progenitor, lo que frecuentemente implicaba un heredero débil, ya cercano a su declive y poco carismático, con todos los problemas asociados a ello en sistemas fuertemente personalistas.  

La gerontocracia acecha.  

Vamos a verlo con el ejemplo que planteaba al comienzo de la entrada de hoy. En el caso de Ramsés II estamos ante un monarca particularmente mujeriego incluso para los estándares de la época, se casó numerosas veces lo que no le impidió disfrutar además de cientos de concubinas. El resultado de tanto amor fueron más de 150 hijos. Como vengo diciendo el problema es que los sobrevivió a prácticamente todos.  

En concreto las crónicas antiguas hablan maravillas de Khaemweset el cuarto hijo de Ramsés. Si el faraón hubiese muerto a una edad razonable en la cúspide de su fama y su gloria, digamos unos sesenta y pocos años, habría sido sucedido de forma incuestionada por uno de sus primeros hijos, quizás el propio Khaemweset, un hombre bien preparado, inteligente, carismático, respetado por todos, lo cual habría proporcionado a la dinastía XIX el lujo de encadenar dos grandes personalidades a la cabeza del Estado egipcio con las ventajas que eso supondría. 

En lugar de lo anterior el faraón languideció durante una larga vejez en el transcurso de la cual sus herederos naturales fueron muriendo de viejos, entre ellos el propio Khaemweset, y el Estado fue paralizándose progresivamente ante la incapacidad del faraón de hacer frente a todas sus responsabilidades. Finalmente, al término de su vida, Ramsés tuvo que ser sucedido por Merneptah su decimotercer hijo, por entonces un viejo de  más de 60 años que además nunca se había preparado para ejercer el poder ya que en un principio su retrasada posición en el orden sucesorio no hacía esperar que llegase nunca a heredar el título de faraón. En esa tesitura a Merneptah apenas le dio tiempo a gobernar durante una década y ya en esos momentos aparecieron las disputas sucesorias y los síntomas de una crisis que acabaría con la dinastía XIX solo catorce años después de la muerte de Merneptah y, en total, menos de un cuarto de siglo después de la muerte de su monarca más poderoso, el propio Ramsés II.   

Esta situación que acabo de describir se repitió más veces durante la historia del Egipto faraónico. Por ejemplo con Neferkara Pepy (Pepy II), el último faraón destacable de la VIª dinastía. Pepy  vivió a caballo entre los siglos XXIII y XXII antes de nuestra era. Se supone que heredó el poder cuando era menor de edad y si hacemos caso a las crónicas llegó a vivir casi hasta los cien años, ostentando el cargo de faraón durante más de 90. La consecuencia de todo lo anterior fue idéntica al caso de Ramsés II: llegada su vejez se sucedieron varias décadas de progresiva decadencia en la administración y el ejército a medida que el centro del poder –el propio faraón- se fue viendo cada vez más incapacitado para gobernar de forma efectiva. Poco a poco se acumularon los problemas provocados por la decrepitud perenne del monarca: muerte de los herederos naturales inicialmente previstos para la sucesión,  surgimiento de las intrigas palaciegas debido a lo anterior, aumento de la corrupción burocrática a medida que el faraón languidecía y dejaba en manos de otros el control de las riendas del poder, etc. Todo ello desembocó, como no podía ser de otra forma, en una sucesión precaria una vez que el faraón por fin se murió. De hecho, en el caso de los herederos de Pepy II, menos de un lustro después de su muerte, en medio de una gran sequía, la dinastía VI y el propio Imperio Antiguo Egipcio colapsaron iniciándose la época de caos y disturbios llamada Primer Período Intermedio.    

Este tipo de procesos de esclerosis institucional debido al exceso de longevidad de los dirigentes aumentan en número a medida que nos acercamos al presente. Es lo que ocurrió por ejemplo con el kaiser Guillermo I de Prusia que murió en 1888 a los 91 años de edad tras lo cual el poder pasó a su hijo Federico III, un hombre muy bien preparado y de ideas renovadoras pero que para entonces ya tenía casi sesenta años y se encontraba muy enfermo debido a lo cual reinó apenas tres meses antes de morir y pasar el testigo a su hijo Guillermo II, el cual acabó protagonizando el colapso del Imperio construido por su abuelo. De hecho los historiadores alemanes aún fantasean con las posibilidades que se hubiesen abierto para Alemania si el inteligente y mesurado Federico hubiese logrado acceder al poder unos años antes. 

    Pongamos asimismo por caso lo ocurrido en el seno del Partido comunista y el Estado soviéticos en su rápido tránsito de la plenitud a la decadencia y el derrumbe. Cuando Stalin murió, a los 75 años, lo sucedió como líder de la URSS un hombre de 59 años, Nikita Kruschev. Tras la posterior renuncia obligada de éste la jefatura pasó a manos de Leonid Brézhnev, de 58 años por entonces. Brézhnev gobernó el país hasta los 76 años de edad siendo a su vez sucedido por Yuri Andrópov de 70 años de edad. Andropov murió solo año y medio después siendo relevado en el cargo por Konstantín Chernenko, de 73 años de edad, quien a su vez murió al año siguiente de alcanzar el poder siendo, por fin, sucedido por un dirigente “joven” y pujante de “solo” 54 años de edad: el celebérrimo Mijaíl Gorbachov.  

El problema añadido era que durante buena parte de este período, mientras en la cúspide del Estado se sucedían dirigentes decrépitos lejos de su plenitud física o mental, en la mayoría de otros cargos importantes en la URSS sucedía algo parecido estando la jefatura de casi todos los organismos económicos, culturales y hasta deportivos, por no hablar de muchos cargos de responsabilidad política o militar, ocupados por viejas "momias" de 60, 70 o más años. Eso implicaba una dirigencia abruptamente conservadora, poco creativa, totalmente desconocedora de las preocupaciones de la población común y desinteresada por los últimos avances tecnológicos o culturales. Dicha situación obviamente no fue la principal causa del posterior colapso soviético, aunque sin duda no ayudó a evitarlo.  

El caso es que, como he insinuado, hay muchas historias parecidas durante la segunda mitad del s. XX y los años que hemos vivido del s. XXI.  

Aproximadamente a lo largo del último siglo, y muy particularmente durante las últimas décadas, de la mano de los progresos médicos, la esperanza de vida ha crecido mucho en la mayoría de sociedades desarrolladas del planeta. Eso ha beneficiado a todas las clases sociales y, como es obvio, también en mayor medida a las clases acomodadas que pueden disponer de los mejores tratamientos de nuestra, por demás, avanzada medicina moderna.  

Todo eso se inscribe en la transición masiva de las sociedades desarrolladas desde un ciclo demográfico antiguo hasta uno moderno caracterizado, éste último, por unas tasas de fecundidad mucho menores que en el pasado, lo que se compensa con una mortalidad también mucho más reducida. El resultado son las sociedades occidentales del presente identificadas por pirámides demográficas cada vez más estrechas en la base y donde el volumen de ancianos es cada vez mayor respecto al resto de la sociedad. Esto a su vez conlleva consecuencias económicas, políticas o culturales, por ejemplo en la medida en que a medio plazo supondrá fuertes tensiones para mantener el funcionamiento clásico en el sostenimiento de los sistemas de seguros sociales a los que estamos acostumbrados. También las pautas de consumo, los flujos de votos y otra serie de cuestiones se verán, sin duda, condicionadas.  

                                                     
                                                                   
                                                                

Pero además lo anterior conlleva la existencia de generaciones que inevitablemente se solapan demasiado y acaban estorbándose entre sí. Por así decirlo la cada vez más alta longevidad de los "abuelos" hace que la sucesión natural, con aire limpio y sin estorbos, pertenezca a los “nietos” quedando encajonada en medio una generación de “hijos” que laboral o políticamente se ven eclipsados la mayor parte de su vida útil por sus propios padres, como siempre ha sucedido pero ahora durante aún más tiempo. Para cuando esos padres desaparecen, o dejan de imponerse en la empresa o en el control de la política, sus herederos directos han consumido sus mejores años, la mayor parte de su vida útil, siempre a la sombra de sus progenitores y, además, llegado ese punto en muchos casos se ven entonces súbitamente amenazados por el auge de la siguiente generación de turno.  

En España por ejemplo es el problema de fondo con la llamada generación T de la Transición (los nacidos entre el 45 y el 65) y en menor medida los primeros nacidos de la generación X (1965-1980). En el caso de la primera de ellas se benefició de una época de ascenso social y cambio político, de trabajos fijos y relativamente bien pagados, vivienda relativamente barata… mientras que sus hijos, “taponados” por sus mayores, se ven abocados a trabajos precarios y mal pagados e hipotecas de por vida y a luchar por encontrar su propio lugar de poder e imponer sus puntos de vista en universidades, partidos políticos, sindicatos o empresas donde las cúpulas están ocupadas por individuos de 50 o 60 años que no tienen ninguna intención de abandonar su puesto. La consecuencia es que en muchos casos esos hijos -sobre todo los de las clases bajas- no logran ni independizarse ni realizarse en la vida y han de pasar sus años más creativos y productivos agachando la cabeza para no estorbar un “sistema” diseñado y controlado por y para sus padres y pagando los errores y las deudas contraídas por los representantes políticos elegidos por estos en su momento o aún hoy.  

Es más. Todo apunta a que para cuando esa generación encajonada consiga invertir las tornas y se libere por fin de los fantasmas de sus padres será demasiado tarde porque para entonces estaremos hablando de una generación de fracasados de cuarenta o cincuenta años de edad ya sin la pujanza necesaria. La nueva tierra prometida, las nuevas décadas prósperas, de crecimiento, de creatividad cultural, seguramente serán ya disfrutadas plenamente por los (poquísimos) hijos de esa generación actual emparedada entre sus mayores, sus posibles descendientes y algunos grupos de edad que ahora son aún jóvenes.  

El rey ha muerto, viva el rey. 

El caso es que un escaparate donde se empieza a notar este solapamiento incómodo de generaciones producto del crecimiento de la longevidad de los mayores es precisamente en las instituciones basadas en la vieja sucesión vital directa, instituciones que se hallan ante una difícil tesitura y van a tener que adaptarse.  

Igual que ocurre en general con muchos de los grandes empresarios, literatos de éxito, cantantes, rectores universitarios, o jefes de los Estados mayores de los ejércitos, pero incluso en mayor medida los dictadores, los líderes religiosos y los soberanos de monarquías democráticas o totalitarias cada vez viven más años, con las liosas consecuencias indeseadas que eso supone para mantener un ritmo "normal", ágil, de relevo entre generaciones en la cúspide del poder. En todo caso es de esperar que una serie de instituciones y figuras simbólicas diseñadas para ser vitalicias en un momento de pasado donde la vida era más corta, con el tiempo van a tener que adaptarse a la nueva realidad –ya lo están haciendo- y agilizar los sistemas de relevo generacional que ya no pueden atarse a la vieja frase con la que he titulado este epígrafe. En otras palabras, cada vez vamos a ver más monarcas abdicar, más Papas renunciar, más cargos simbólicos en plena senectud dimitir… una vez que inevitablemente cada vez más y más líderes llegan a su período de decadencia total sin morirse. La alternativa es que esas generaciones se aferren al poder con funestas consecuencias para las instituciones a las que representan.

Pero aun cuando acepten eso cabe preguntarse si eso resultará suficiente y si no se están rindiendo a la evidencia demasiado tarde.  

Esto lo hemos visto en los últimos años. Entre 2008 y 2011 el Comandante Fidel, de 82 años por entonces, fue haciéndose a un lado paulatinamente para hacer sitio a su hermano Raúl de “solo” 77 años de edad en 2008 cuando comenzó el relevo. En cuanto a monarquías de otro tipo en el último año y medio han abdicado tres soberanos europeos y un Papa. En abril de 2013 la reina Beatriz de Holanda, de 75 años de edad por entonces, abdicó en su hijo Guillermo Alejandro de 46. En julio abdicaba Alberto II de Bélgica, de 79 años de edad. Alberto había llegado al poder a los 59 años y en 2013 dejó el poder a su hijo Felipe, un “chaval” de 53. Estos días en España el rey Juan Carlos I deja el cargo a los 76 años para dar paso a su carismático e indómito hijo Felipe de "solo" 46 años de edad.  

En otras partes del mundo sucede lo mismo. En junio del año pasado abdicó en su hijo el emir de Qatar. Por su parte el pontífice romano Benedicto XVI se retiró de su cargo a finales de febrero de 2013, con 86 años de edad, siendo el primer Papa que renuncia a su cargo de forma voluntaria desde el s. XIII. Su sucesor es un combativo argentino de 77 años de edad, el Papa Francisco.  

Aunque la moda de lo hipster y del mito de Google nos haga pensar que el mundo está regido por insolentes treintañeros muy preparados y uniformados con gafitas, vaqueros y playeras, el caso es que nunca en la historia se ha estado tan lejos de eso mismo y las élites, siendo siempre viejas, han sido tan masivamente viejas como ahora, porque en el pasado por lo menos la alta mortalidad y la esperanza de vida limitada facilitaban un cierto relevo intergeneracional contínuo más o menos cada veinte años.   

En cambio hoy en día, en las sociedades más desarrolladas, la adolescencia cada vez se prolonga más, la etapa de formación y estudios cada vez exige más y más años, y finalmente la conquista del poder y la independencia en el mundo laboral o el público, la edad a la que se tienen hijos, la edad a la que se abandona el hogar paterno… cada vez se retrasan más. Eso ocurre en la base de la pirámide y en la cúspide eso se refleja en casos como el de Carlos de Inglaterra, a sus 65 años heredero perpetuo de Isabel IIª (de 88 años de edad).  

Debido a todo ello, como vengo diciendo, en cuanto a las cúspides de nuestras sociedades seguramente las abdicaciones se harán cada vez más comunes en diversos tipos de instituciones que originalmente no estaban pensadas para ello. En otros casos los que ostentan el poder se aferrarán a él, convirtiendo cada vez más en una gerontocracia conservadora a las élites políticas, empresariales y culturales de los sectores y países donde la “batalla” entre generaciones se decante por el lado de los grupos ya en el poder.  

No es casualidad que en España la media de edad de los gobiernos haya aumentado sin parar desde los 41,6 años de media del primer gobierno González, en 1982, hasta los 55,5 años de media en el caso de los ministros nombrados por Rajoy en 2012. Una tendencia compartida también por la política local.  

En Irán el ayatollah Alí Jameneí, líder supremo del país, cumplirá 75 años dentro de un mes. Lleva 25 años en el cargo vigilando la ortodoxia moral e imponiendo el inmovilismo en una sociedad con una pirámide de población, por demás, paradójicamente joven. Tailandia, que vive una grave agitación política últimamente, lleva con el mismo monarca 68 años, desde 1946 en concreto. Su heredero y único descendiente varón tiene ahora mismo 61 años, los mismos que Xi Jinping, el Presidente de la República Popular China. Jinping sucedió a Hu Jintao, de 71 años de edad por entonces. A su vez Hu Jintao relevó en el cargo a Jiang Zemin de 77 años y 70 años tenía Zhao Ziyang -el predecesor de Zemin- cuando este último lo desalojó del poder valiéndose para descalificarlo de la supuesta mano blanda del primero al tolerar las protestas de los insolentes jóvenes de Tiananmen.  

En 2005 murió el rey Fahd de Arabia a los 84 años de edad. Lo sucedió su medio hermano Abdullah que sigue reinando en la actualidad a sus 89 años. Hace tres murió el siguiente en la línea de sucesión por entonces, Sultán Abdelaziz, a los 83 años, con lo cual el heredero del trono actual es el príncipe Salman de “solo” 78 años de edad. En su momento al rey Fahd lo habían antecedido en el trono el rey Khaled que accedió al poder a los 63 años de edad y a este lo había precedido a su vez el rey Faisal que llegó al trono a los 60 años de edad. Y habrá gente que se sorprenda de que la monarquía saudita sea una de las más conservadoras y rancias del planeta, para colmo en un país donde sorprendentemente dos tercios de la población tienen menos de 30 años. Por su parte Akihito, el emperador de Japón, tiene 81 años y su heredero el príncipe Naruhito va a cumplir 54. El rey Harald de Noruega ya tiene 77 años y su heredero Haakon ya tiene 40 añitos. Margarita II de Dinamarca lleva 42 años como reina y su previsto sucesor, el príncipe Federico, ya tiene 46 años. Etc., etc., etc. Como digo todo esto no solo es una tendencia curiosa en determinadas monarquías o teocracias sino que a mi modo de ver es un síntoma de algo mucho más general.

    Hay autores que simplifican la Hª Universal del Arte reduciéndola a una continua alternancia entre ciclos dominados por la inclinación hacia el realismo (el arte griego, el Renacimiento o el Neoclasicismo) frente a otros dominados por la tendencia a la abstracción (el arte egipcio, el románico o el arte contemporáneo). Si damos eso por bueno también en cierta forma se podría simplificar la Hª universal de la Humanidad reduciéndola a una flujo constante de períodos dominados por el conservadurismo frente a pequeñas etapas intermedias de progreso y ruptura con el pasado. Cambio contra resistencia. Esa dialéctica no ha sido nunca ajena a la pugna entre civilizaciones, ni entre clases sociales dentro de estas, pero todo ello no deja de ser asimismo una plasmación a otra escala de la eterna lucha entre generaciones en el seno de la cual las desemejanzas entre grupos de edad, en cuanto a número de integrantes y años de vida, marcan asimismo diferencias de poder y de puntos de vista. 

La balada de Narayama.

   Toda sociedad funciona mejor cuanto más cohesionada se encuentra. Esa cohesión puede ser de tipo cultural y simbólico pero también conviene que sea socioeconómica, punto este último que estimula enormemente la adopción de intereses y puntos de vista comunes por parte de una mayoría de la población, y todo esto a su vez facilita la gobernabilidad del territorio. Sin embargo a la hora de lograr esa cohesión socioeconómica es imprescindible la solidaridad y esa solidaridad no solo debe darse entre clases sociales sino entre territorios y entre generaciones.  

En La balada de Narayama, un largometraje de 1983 obra del cineasta japonés Shohei Imamura, se cuenta la historia de una anciana y su hijo en la precaria sociedad campesina del viejo Japón. En el seno de esa sociedad eminentemente rural y de base agrícola se imponía la cruel realidad de los recursos limitados. En la aldea en que vivían los protagonistas eso había dado lugar a una tétrica costumbre, el Ubasute, es decir abandonar en la cima del cercano monte Narayama a los ancianos cuando estos ya no tenían dientes. Esto se explicaba porque, simplemente, esa caída de las piezas dentales marcaba el momento en que un individuo aportaba más costes que beneficios al colectivo y consiguientemente, llegado ese momento, los ancianos eran abandonados en la montaña para que se murieran de hambre y frío despejando con ello el camino para la herencia de las tierras por parte de hombres en su madurez. Con todo eso de telón de fondo la película cuenta el "drama" vital de una anciana que se encuentra en perfecto estado cuando va a cumplir setenta años. Eso que debería ser una alegría para ella se convierte en un problema porque ya no puede trabajar el campo ni aportar nada tangible a la familia y sin embargo sigue consumiendo año tras año parte de los limitados recursos de comida de los que disponen en la casa. Por tanto la anciana se da cuenta de que si su hijo quiere tener a su vez hijos para realizarse y también para sumar más manos fuertes que lo ayuden a cultivar la tierra ella tiene que morir para liberar la parte de los escasos recursos familiares que está reteniendo. Debido a ello se arranca voluntariamente los dientes obligando a su hijo a hacer lo que “tiene” que hacer.  

En resumen. Esta entrada de hoy no deja de ser un batiburrillo de ideas sazonadas con algo de perspectiva histórica. Por otra parte no quiero ser insensible, todo lo que he contado al fin y al cabo no deja de darse en nuestro tiempo de forma simultánea a procesos de signo contrario, como la progresiva pérdida del respeto a los ancianos. Las familias cada vez más, si están en disposición de ello, simplemente se “deshacen” de sus mayores, derivando sus responsabilidades en la residencia o el inmigrante de turno reconvertido a cuidador. Y eso no es bueno.  

Pero, en suma, la entrada de hoy no va sobre esa incómoda cuestión sino sobre otra cosa igualmente fastidiosa y problemática: cómo muchos mecanismos sociales relativos a instituciones de poder están quedando obsoletos por algo tan simple como que ya no nos morimos como antes (incluso podría decirse que como debe ser). A la vez se impone encontrar fórmulas de solidaridad intergeneracional y de relevo en el poder más ágiles que las diseñadas hasta el presente, las cuales se están quedando también obsoletas por lo mismo, o sea el crecimiento de nuestra esperanza de vida y el envejecimiento progresivo de nuestras sociedades en general y de nuestras élites en particular.

                              https://www.youtube.com/watch?v=XO99nL_at0o

5 comentarios:

  1. Excelente articulo, muy bien documentado y por demas real. Felicitaciones, matilde.

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  2. Necesitamos empezar a plantearnos dar paso a las generaciones nuevas, mejor preparadas y con una mentalidad mucho mas abierta que las actuales elites.

    Señores. Han fracasado. Dejen a los jovenes solucionar los problemas.

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  3. Ahora es el Emperador de Japón el que está pensando en abdicar por lo que el legislativo japonés deberá poner en marcha próximamente el procedimiento para abordar una reforma de la ley que rije la Casa Real de cara a facilitar dicha abdicación.

    http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/08/actualidad/1470638846_118087.html

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  4. Como era de esperar la Cámara Alta del Parlamento nipón ha aprobado una propuesta legislativa que permitirá al emperador ceder el trono a su hijo:

    http://internacional.elpais.com/internacional/2017/06/09/actualidad/1496974586_622829.html

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